—Más de lo que querría admitir—

I.2 Lejanía

Esa mañana todo era un caos, tanto en el Cuartel General como en la pequeña mesa donde Ezarel trabajaba. Entre sus papeles estaba la distribución de la guardia Absenta, la supervisión de sus nuevos reclutas y el inventario. Sentía que pronto se convertiría en una versión joven de su aburrido mentor en sus últimos días de trabajo; de hecho, antes de la gran batalla por el Cristal, se imaginaba a su tío el día de su retiro bailando desnudo y celebrando con múltiples tarros de miel, exactamente lo mismo que planeaba hacer cuando le tocase.

El inicio de su administración no supuso ningún problema, ya que poseía la energía de alguien apasionado por su oficio, y, a mayores, su puesto era un constante recuerdo de su esfuerzo y entrega. En aquellos primeros años siempre encontraba tiempo para cumplir con sus obligaciones de líder o bien delegarlas a los demás, para nombrar a nuevos maestros, crear puestos de trabajo o asignar varias de sus responsabilidades en forma de misiones, pero, últimamente, esas tareas, las reuniones estratégicas, el odioso papeleo y la molesta organización, le estaban dejando sin tiempo para relajarse. La guardia estaba creciendo y ya no sólo entraban huérfanos o parias en los cuarteles; los civiles cruzaban las murallas cada año desde todas partes con la ilusión de aprender a luchar, estudiar y ser dignos guerreros, y las distintas guardias que se ubicaban por las cuatro regiones habitadas de Eldarya se estaban convirtiendo en lugares donde la población acudía en busca de oportunidades. En el caso de Absenta, ésta resultaba bastante apetecible para muchos, ya que entrar significaba no involucrarse en situaciones que implicaran batallas inminentes contra los rebeldes; por este motivo, Ezarel se encargaba de hacer de la vida de los aprendices un infierno, exigiéndoles lo que él mismo se había impuesto en sus estudios.

Debido a la situación actual de la guardia y el repentino interés de velar por la seguridad de la población desde la fragmentación del Cristal, había más trabajo y tener tiempo libre era algo complicado. Algunas veces pensaba en utilizar parte de su salario y pagarle a alguien para que fuese su asistente y terminase el papeleo que debía hacer como líder, pero entonces recordaba que ya tenía a muchos funcionarios internos; unos pocos más y se podría considerar que Absenta poseía su propio equipo administrativo, cosa que Miiko mandaría deshacer por regla. Particularmente nunca le habían molestaron las rutinas, ya que desde joven aprendió a seguirlas constantemente con disciplina. Valkyon y Nevra, por otro lado, fueron incluso sancionados por negligencias cuando tomaron el mando de sus respectivas guardias. La evasión de papeleo siempre era su colmo diario; Valkyon apenas entendía las letras y Nevra parecía haber sido privado de su libertad, ignorándolo todo y yendo de cacería con sus hombres. Ezarel en cambio se dedicó a estudiar numerosos papiros que había dejado su tío; cada regla, cada problema que se presentaba, irónicamente le ayudaba a comprender su guardia como ningún otro de sus antecesores y, antes de darse cuenta, ya no tenía que ir a los terrenos de su familia a pedirle consejo a su tío, sabía qué hacer y lo aplicaba con perfecta precisión. La Fábrica, los invernaderos, los laboratorios y las enfermerías que había, habían sido obra suya, y nunca tuvo que escuchar a Miiko gritándole una sola vez por algo que tuviese que ver con sus obligaciones. ¡Claro que a veces era flojo! Pero de vez en cuando podía sobornar a alguna persona para que hiciera el trabajo, ya que su guardia era actualmente la más sólida de todas. En ese entonces Sombra y Obsidiana tenían que competir por las misiones para tener ingresos y, a duras penas, conseguían los suficientes para pagar los salarios de sus miembros, estando mal organizadas y con sus hombres inadecuadamente distribuidos.

Terminó de firmar la mitad de las misiones cumplidas. En plena calma, en un Cuartel General incluso más fuerte que el de hace siete años, había muchas diferencias: edificios y casas nuevas, más seguridad, gente diferente y un montón de razas extrañas. Ya no podía recordar todas las caras de su guardia, ya que tenían todo tipo de criaturas, incluso a una humana. Loreley. Cierto, La bendición del Oráculo. Así es como habían optado por llamarla en las nuevas ediciones de los libros de la historia de Eldarya, aunque realmente no recibía ningún tipo de trato especial. Se creía que era aquella destinada a sanar el Cristal de maana y devolverlo a su forma primaria, ya que después del segundo encuentro contra su peor enemigo, Leiftan, aquel que apareció en medio de la guerra exigiendo venganza por la muerte de su familia, cambió de manera drástica. Muchos creían que descendía de un linaje poderoso conectado con el Cristal, aunque otros creían que simplemente estaba destinada a la batalla; Ezarel creía en la versión de Miiko, la de que cualquier humano que atravesara el portal sería bendecido por el Oráculo para que pelease por él. Sin embargo, gracias a ella, hubo una solución para la guerra, descabellada, pero que al final funcionó. Estaba pensando en ella, ¿no?. Sí, de nuevo estaba pensando en ella.

Volvió a suspirar abnegado, concentrándose en el trabajo. Si seguía entreteniéndose nunca terminaría y sólo acabaría evocando un asunto que, por lo general, siempre aparecía en su cabeza cuando empezaba a divagar, provocándole jaquecas: no poder huir de ella. Tomó la hoja de papel sintiendo como el mundo se burlaba socarronamente de él.

"Asignación, Loreley.

Dificultad, Rango D: Distribución.

Estado, completa.

Pago, autorizado.

Sello de la guardia, _"

Loreley. Una chica de mente abierta, franca y con carácter, servicial, graciosa y, aunque algo terca, también imprudente y entrometida. Quienes la conocían se cuestionaban si en realidad era una terrícola, pues nunca se asustaba por las cosas nuevas y hablaba de forma casual con casi todo el mundo, a excepción de Ezarel, con la que sí había sido un poco despectiva teniendo en cuenta el trato que recibía por su parte. Las personas del cuartel se acostumbraron rápidamente a las batallas verbales entre ambos, que ocurrían con frecuencia en los pasillos, logrando que los espectadores giraran sus cabezas de un lado a otro, como si los argumentos e insultos que se lanzaban estuvieran dentro de una pelota de ping pong. Básicamente era alguien normal y agradable, o así pensaban todos de ella; sin embargo desde hacía tiempo la situación entre ambos había cambiado, y Ezarel no seguía siendo capaz de verla de esa forma, lo cual lo volvía loco.

Un par de toques a su puerta lo alertaron.

—¡E-Ezarel! —Zasde, una de sus más recientes aprendices, apareció en el umbral de la puerta con las mejillas coloradas, quizás por haber estado corriendo por el cuartel. —Venía... —trataba de seguir, recuperando el aliento y poniendo ambas palmas de las manos en las rodillas. —¡No se presentó a la reunión de hace unas horas en la cantina!

La joven hablaba tan deprisa que apenas se entendía, pero el elfo no levantó la mirada de la mesa mientras seguía firmando papeles.

—Han llegado unas personas importantes y Miiko le solicita en la Sala del Cristal. —sentenció, poniendo en orden sus ideas.

—Entiendo. —respondió el elfo.

—Bien.

La chica dio por terminado su trabajo y, satisfecha, se marchó de la habitación. Sin darle más vueltas al asunto, puso en orden varias pilas de papel y usó varios pisapapeles antes de salir de la habitación. Volvió a suspirar. Sentía como poco a poco se le escapaba el ánimo tras cada suspiro, ya que no quería ir a la reunión.

Escuchó algunos rumores mientras tomaba un desayuno rápido en la cantina; la gente cuchicheaba mucho más de lo común y, ciertamente, prefería mantenerse al margen cuando de chismes se tratara, por muy contradictorio que sonará viniendo de alguien que amaba lanzar mordaces comentarios. Una vez afuera, se encontró sorpresivamente muy cerca de Loreley, quien caminaba apurada hacia la Sala del Cristal, arrastrada por otras dos atolondradas guardianas. El jefe de Absenta la observó cuidadosamente, buscando algo nuevo o irregular en ella; se había convertido en una costumbre hacerlo, el encontrar algo para burlarse más tarde, ya fuese una mancha de comida en su ropa o un par de legañas. Para nadie era un secreto que todos le habían tomado apego a la terrícola y los líderes de guardia no eran la excepción. Ninguno la pasaba de largo aunque fuera sólo para saludar, sobre todo Nevra, quien se empeñaba en acorralarla de vez en cuando entre sus brazos, de los que ella naturalmente escapaba; sin embargo nunca se le veía sonrrojada u observándolo de más, quizás eso había provocado que llamara más su atención. Era una mujer segura de sí misma, que no se dejaba llevar y que sabía lo que quería. Le encantaba que no le tuviera miedo, que lo enfrentara y que lo hiciera divertirse al encontrar defectos tan pequeños que ni él había notado.

Su relación con Loreley siempre fue extraña. Desde el momento en que llegó llamó la atención a viva voz —una humana, bonito espécimen parlanchín tenemos aquí— siendo algo nuevo para él: una mujer que no huía despavorida e indignada tras no recibir un trato preferencial y que le contestaba con casi su misma mordacidad. No quería recordar todas las escenas posteriores a su relación de "amienemigos", después de la poción y de que ella entrara a Absenta. Las cosas fueron complicadas pero, al final, ella era la única que venía a romper su rutina, para bien o para mal. Ella no pensaba tanto en las cosas malas cuando estaba cerca de él, y, estando lejos, sólo podía pensar en que no volvería a recuperar eso.

Retomando el hilo de sus pensamientos, Ezarel recordó los días en que Loreley simplemente le agradaba. El conocerla y notarla más de lo que se hubiera permitido con cualquier otra persona, fue lo que hizo que la delgada línea entre agradar y gustar se quebrase. Empezó a sentir que la guardiana era importante para él y, cuando notó cómo se alejaba, cómo mantenía una distancia que él nunca le había pedido, cómo evitaba mirarlo y, a menos que él iniciara una conversación, cómo no le dirigía la palabra, algo en su interior secretamente lo frustró. Pero las cosas se pusieron peores cuando empezó a sospechar a qué se debía el cambio. Y no, no era por la poción. Incluso en ese momento, pese a que ella lo odiaba y él se había arrepentido de sus actos, aunque las cosas entre ambos se habían convertido en un completo desastre y había pasado un tiempo hasta obtener su perdón y un poco de confianza, ella no había dejado de hablarle e, incluso luego de esa lenta transición, no dudaba en buscarlo en los momentos que lo necesitaba. Pero así, de repente, cuando la situación se calmó, todo volvió a cero. En las ocasiones que quería bromear con ella o contarle algo, aparecía mágicamente con cualquier excusa. Ya no la encontraba en los mismos lugares. Su mirada evitaba la suya. Era distante, parecía querer alejarse y estaba muy seguro que Eweleïn era la razón principal. Aún cuando no era muy frecuente, el elfo se angustiaba; sin querer, empezaba a creer que debía meditar mejor el tema, pese a que se esforzaba por restarle importancia. Cuando Loreley se alejó, comprendió que había cometido un enorme error, debido a que su situación con Eweleïn se colaba en su mente con demasiada frecuencia. Ella era alguien importante, brillante, con muchos logros dentro y fuera de su mismo lugar de trabajo. Aquella mujer era un símbolo de respeto para él, y se sentía tonto cuando se daba cuenta que trataba de minimizar algo enorme.

Suspiró cuando se vio cerca de las tres guardianas enfrascadas en una discusión que no les permitía advertir su presencia, e intentó ocultarse al notar que hablaban del tema que justo necesitaba escuchar.