Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo le pertenecen a la gran Stephanie Meyer, yo sólo me adjudico la historia que brota de mi alocada cabecita soñadora.

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¿Jamás deshecho?

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Beteado por Isa :)

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Capítulo Dos: La caja metálica

—Así que… sólo amigos, ¿huh?

Tanya me miró, volvió su vista a la inesperada parejita y volvió a mirarme.

—Uh, ¿amigos que se besan? —sonrió tímidamente.

Sentí como Edward curvaba sus labios en una sonrisa y dejaba un pequeño beso en la parte posterior de mi cabeza. No pude evitarlo y recargué mi cuerpo en él, sin quitar la vista de los besuqueadores.

—Conozco de ese tipo —respondió Edward, apretándome más fuerte a él.

Rodé mis ojos con una amplia sonrisa en mi rostro. Nosotros sabíamos muy bien de ese tema, después de todo así habíamos empezado.

«¡Bendito sea!».

La escena que se desarrollaba delante de nosotros no había cambiado para nada; salvo en el pequeño detalle que prácticamente Simon se tiraba encima de Jess. Si bien intentaba que lo que estábamos viendo no me sorprendiera para nada, digamos que no era tan fácil de lograr. Por un lado teníamos a Jessica, una de mis mejores amigas, reconocida por su gran libertad e independencia. No tenía relaciones estables, no se enamoraba y mucho menos le importaba el romance —al menos, eso creíamos o nos hizo creer—; pero, todo cambió cuando conoció a Brad, aunque no lo quisiera reconocer.

Hablar de Brad con Jessica era como invocar al demonio. Jamás, nunca, jamás nos dijo una sola palabra de qué es lo que había desatado la guerra entre ambos, aunque con las chicas habíamos construido una teoría con una base bastante sólida. Y todo nos conducía al mismo camino: Jess se había enamorado de Brad, o estaba muy próximo a hacerlo, y Brad echó todo a perder. Era sabido que Jessica nunca admitiría que se enamoró de Brad porque eso significaba signos de debilidad. O, pensándolo bien, la Jessica de antes jamás lo haría; quizás, con un poco de esmero, la Jessica actual sí lo hará.

¿Por qué hablo de dos Jessicas? Fácil. Desde hace aproximadamente un año, la castaña no es la misma de siempre. Supongo que algo dentro de su cabeza hizo un clic y cambió drásticamente. Al principio fue gradual: dejó de ir a tantas fiestas, rechazó a chicos guapos y, de a poco, reunirnos los fines de semanas a ver películas en alguna casa se transformó en rutina. Además, de cierta forma, también abandonó su larga lista de sexo casual con desconocidos, diciendo que eso ya no era para ella. No voy a mentir y decir que no nos sorprendió, porque digamos que de las cuatro, Jess siempre fue la más activa.

«Por eso siempre la querré. Aunque, ¿no te olvidas de alguien?».

Rodé los ojos.

«Cierto, Amanda, lo siento. Tú eres la reina del Orlando».

«Gracias, gracias; muchas gracias».

Al principio pensamos que todo se trataba de alguna broma o estaba planeando alguna venganza en contra de Brad, pero los meses fueron pasando y su comportamiento se mantenía igual. Aunque nunca, nunca nombraba a la palabra con «B»; ni siquiera para criticarlo.

Por otro lado, estaba Simon. El irlandés del cuál conocíamos poco y nada. La única información que pude reclutar desde que lo conocí fue más bien poca: Huye de algo o alguien, no le gusta hablar de su familia, tiene un hermano, un sobrino pequeño y una tal Michelle le rompió el corazón. No había mucho más de su pasado, pero por lo que pude conocerlo todo este tiempo, se veía un hombre bueno. Reservado, sí, pero con la caballerosidad irlandesa fluyendo en su sangre. Era un excelente amigo y siempre haría todo lo posible para ayudarte, sin que ni siquiera tengas que pedírselo.

Pensar en Jessica y Simon juntos, no sé… supongo que era algo raro; pero tampoco era muy descabellado. De alguna manera a Jess le rompieron el corazón y sabía que Simon también había sufrido un desamor, él mismo me lo había dicho en días más difíciles, así que… si querían estar juntos, hacían muy linda pareja. Algo dispareja, sí, pero… ¿no dicen por ahí que los opuestos se atraen? Y por la forma en la que se estaban comiendo el uno con el otro, vaya que sí había atracción.

—¿Ustedes están viendo lo mismo que ven mis ojos? —inquirió Alice, aproximándose a nosotros.

—Amigos que se besan, según Tanya —respondí con una sonrisa.

Alice sonrió y Tanya me rodó los ojos. Sentí a Edward mirar hacia atrás y cómo soltaba un suspiro pesado. Me di media vuelta, llevando mis ojos hacia la misma dirección. Aunque sabía que Brad no se había portado nada bien con mi amiga, no podía evitar sentir un poco de pena por él, más aún viéndolo en ese estado. Sus ojos estaban fijos en Jessica y Simon, y podía ver la fuerza que ejercía sobre la punta de la botella por el blanco de sus nudillos.

—Iré con él —avisó Edward, y se encaminó junto a uno de sus mejores amigos.

Nosotras tres nos quedamos sin decir nada, sumergidas en nuestros propios pensamientos y con la mirada perdida en la otra parte del salón.

—¿Saben algo? —Alice fue quién rompió el silencio—. Sé que Brad sufre por Jess, es mi amigo y lo adoro, pero creo que se lo tiene bien merecido.

Tanya frunció el ceño.

—No creo que nadie se merezca algo como esto, Alice —murmuró la rubia, siendo siempre tan buena.

—Si bien ambas tienen un poco de razón, de alguna manera u otra, en algún momento esto sucedería —curvé mis hombros—. Es decir, no sé quién tuvo la culpa, si es que alguno la tiene, porque… bueno, la relación de ambos, si es que se puede llamar relación, fue extraña desde el principio. Lo único que sabemos es que se veían y pum, sexo, sexo y más sexo.

«Eso suena bien».

«Amanda… sabes que el sexo no lo es todo».

«Pero sí una gran parte de la relación».

Y no lo negaba, pero tampoco sabía hasta dónde se pudo haber llamado «relación» a lo que sea que tuvieron Jessica y Brad.

—Estoy de acuerdo contigo —secundó Alice—. Pero fue Brad quién llevó a Lauren a aquella fiesta y todos sabemos qué ocurrió después. Justamente Lauren, y Brad sabía muy bien lo mal que se lleva con Jess.

—En eso tienes razón —esta vez fue Tanya quien habló—. Lo único que espero es que si lo de Jess y Simon prospera, sea para bien, ¿no?

Tanto Alice como yo asentimos; y sin ponernos de acuerdo, volvimos hacia los sillones, dándole privacidad a mi vecino y a una de nuestras mejores amigas.

La noche siguió su curso, así como también el número de botellas de un licor extraño que tomaba Brad una detrás de la otra, pese al exhaustivo pedido de Daniel y Edward para que dejara de beber, pero no había caso. Por otra parte, Simon y Jessica seguían en su burbuja personal y, siendo sincera, me alegraba que fuera así, pues hacía mucho tiempo que no veía a ninguno de los dos divertirse tanto.

—¿Crees que te molestará irte con Edward esta noche, Bella? —preguntó Alice viendo con pesar a Brad, quien volvía a luchar por tomar la botella que Daniel retenía en sus manos.

«¿Quién se molestaría por dormir con Ojitos, Alice?».

—¿Te encargarás de Brad? ¿No necesitarás ayuda?

«Nosotras necesitamos ayuda. Escasez de Orlandos, duh».

Intenté no prestarle atención a las palabras de Amanda.

—Nah, estaré bien. —Alice le quitó importancia haciendo un gesto con la mano—. Es que Daniel y Tanya se irán juntos, ya sabes y… bueno, estoy segura que tú también querrás pasar tiempo con Edward; sobre todo, luego de lo que vi esta tarde en casa.

Intenté no sonrojarme, pero fue imposible.

—No te preocupes, sé de eso —mi mejor amiga me guiñó el ojo; sólo pude sacarle la lengua—. Vigílalo un momento, iré a saludar a alguien.

Me acerqué a Daniel, ayudándolo a alejar más aún la botella de ese licor extraño que tenía un aroma muy fuerte. Brad al reconocerme me sonrió y me llamó para que me sentara a su lado; así lo hice.

—¿Sabes, Aguda Voz? —Apreté mis labios para no largar una fuerte carcajada por cómo me había llamado. El pobre estaba mucho peor de lo que creí, apenas y podía hablar; sin mencionar que era pésimo para inventar apodos—. Ahora entiendo a Edward, el Salmón sólo… sólo… —comenzó a reírse.

Daniel me miró rodando sus ojos.

—Ni siquiera sabe qué decir —comentó el rubio, apoyando la botella sobre otra de las mesas—. Alice me dijo que lo llevará a tu departamento; no tienes que preocuparte, yo mismo los dejaré allí.

Me sentí un poco mejor por eso. Brad volvió a mirarme y me sonrió tímidamente, cerrando un momento sus ojos. Suspiré con pesar, odiaba toda esta situación de mierda; de verdad que la odiaba. Una cálida mano se apoyó sobre la mía y no tuve que adivinar de quién se trataba, puesto que reconocería ese toque sea donde sea. Miré hacia mi costado y me encontré con la hermosa sonrisa de Edward; quien miraba a Brad con pesar, pero también con cierta diversión.

—Acabo de ganarme trescientos dólares —murmuró.

Lo miré con el ceño fruncido.

—¿Y eso?

—Cuando… —suspiró—. Cuando me tocó a mí estar en su lugar, él mismo me apostó que jamás estaría en mi misma condición. Y ya ves, he ganado.

Le sonreí con dulzura, acurrucándome en él cuando se sentó a mi lado. Daniel había desaparecido y Brad hablaba solo o con la botella vacía, aún no estoy segura.

—¿Y sabes qué es lo más gracioso de todo? —Hice una seña para que siguiera hablando—. Que en ambos casos, el Salmón está implicado.

Edward comenzó a reír y yo sólo rodé mis ojos.

—La diferencia, amigo, es que yo jamás besé a Simon.

Los ojos de Edward brillaron y me besó la nariz.

—Y jamás lo besarás —pronunció con convicción, rozando sus labios con los míos—. Para eso estoy yo.

«Me va a dar algo».

«¿A ti sola?».

Me torturó un poco más hasta que ya no me aguanté, lo tomé por la nuca y estampé mis labios sobre los suyos como moría de ganas de hacerlo desde hacía rato. Todo el día hemos estado tonteando y yo ya casi, casi estaba en mi límite; sabía que no podría aguantar mucho más tiempo con esta tortura. Y conociendo a Edward, sabía que estaba igual o peor que yo.

Intenté focalizarme en el lugar, en las personas que nos rodeaban, en que era el cumpleaños de mi mejor amiga, pero era imposible. Mi concentración estaba solamente en Edward y en lo que sus besos me hacían sentir. Nada más importaba. Nada más que no sea apagar este fuego que comenzó a recorrer mis venas desde la mañana. No sabía bien qué es lo que nos estaba pasando, pues no podíamos besarnos castamente sin que la pasión saliera a flote en un dos por tres; casi era imposible poder controlarnos.

«Eso se llama abstinencia».

Sí, bueno, eso podía ser.

Edward tampoco ayudaba en mucho, pues nuestro beso se hizo más demandante, más necesitado. En algún momento, me tomó desprevenida y me subió a su regazo, cosa que yo acepté gustosa, por supuesto. Una parte pequeña —pequeñísima— de mí me recordaba en dónde estábamos y en que era necesario que paremos esto antes de dar un espectáculo. Pero otra parte —grandísima, a diferencia de la otra—, le importaba una mierda todo, sólo gritaba: "¡Continúa, continúa!"; y en fines prácticos, era eso lo que estaba haciendo.

—Me estás matando, Voz de Pito —susurró entre beso y beso, apretándome aún más a su cuerpo.

«Tú nos matas siempre, Ojitos».

Mi respuesta fue algún jadeo involuntario y alguna oración sin coherencia; no era el mejor momento para querer hablar, era muchísimo mejor dedicarme a sentir. Los labios de Edward comenzaron a besarme la mandíbula, las mejillas, hasta finalmente posarse en el lóbulo de mi oreja, el cual mordió suavemente, haciendo que se me pusiera la carne de gallina y soltara un gemido ahogado. Realmente, estábamos fuera de control.

«¿Y a quién mierda le importa?».

Ya ni siquiera sabía en dónde estábamos.

—Uhm, ¿Edward? —lo llamé débilmente, cerrando mis ojos cuando sus dientes volvieron a encontrar la suave piel de mi oreja.

Me apreté a su cuerpo, balanceando mis caderas involuntariamente.

—Dios, Bella —jadeó, apretándome aún más.

Volví a cerrar mis ojos fuertemente y probé otra vez.

—¿Edward? —El segundo intento, ahora sus labios estaban sobre mi maldito cuello. ¿Por qué siempre el maldito cuello?

—¿Huh? —preguntó, sin desatender una de las partes más sensibles de mi cuerpo.

Intenté despejar mi cabeza y murmuré como pude:

—Debe… —mordí mi labio inferior, concentrándome aún más para poder formar una frase coherente—. Deberíamos parar… gente… mirando.

Dios, casi era imposible; sobre todo, si él no cooperaba.

—Deberíamos… —secundó y nuevamente cubrió mi boca con la suya. Esta vez, su lengua no se hizo esperar y en una milésima de segundo éramos un desastre de lengua, batallando, degustando, tentando. Sabía que deberíamos parar, que seguramente estábamos dando un espectáculo, pero era muy difícil poder hacerlo.

Lo necesitaba.

Ahora.

«¿Y qué esperan? Dale duro contra el muro, Bellita».

Ahogué una carcajada sobre la boca de Edward, y eso bastó para que despegara sus labios de los míos un momento. Me miró a los ojos, con esos orbes destilando fuego y pasión, y un poco de diversión por la risotada que se me había escapado.

—¿Qué es lo gracioso?

Mordí mi labio inferior; Edward relamió sus labios y mi cuerpo tembló. ¿Qué me estaba diciendo?

—¿Bella? —repitió, yo no podía despegar mi vista de sus apetitosos labios.

¡Qué mierda! Ahora era mi turno. Tomándolo desprevenido, no esperé ni un puto segundo y volví a besarlo con todas mis fuerzas. Pasión, necesidad, un poco de salvajismo y ternura a la vez. Ya casi podía ver las puertas de Orlandolandia, ¿por qué no íbamos a visitarlo un momento?

«¿Y qué es lo que estoy diciendo, tontita?».

Mis manos enredaron el cabello de Edward y lo tiré hacia mí, acercándolo lo más que podía. Me sentía salvaje, como si mi otro yo se hubiese apoderado de mí, pero no me importaba. Quería esto.

—Caramba, Bella —jadeó Edward sin dejar de besarme—. Te necesito tanto…

Asentí, besándolo más duro.

—Yo también te necesito…

Despacio, la intensidad del beso fue bajando hasta transformarse en una placentera caricia. Luego, nuestras miradas se encontraron. Mi corazón latía como loco, mi respiración era errática y podía sentir mi cara caliente —sin entrar en detalles de todas las partes de mi cuerpo que habían subido temperatura—. Ya no estaba segura de cuánto tiempo más aguantaría.

—Eres hermosa —susurró con los ojos brillantes quitándome un mechón de cabello que caía sobre mis ojos.

Sonreí, escondiendo mi cabeza en el hueco de su cuello. Mi cuerpo me pedía a gritos que continuáramos lo que estábamos haciendo, pero ahora llegaba a mis oídos el sonido de la música alta, recordándome en dónde estábamos. Edward me abrazó aún más, haciendo que nuestros pechos quedaran prácticamente fusionados, mientras repartía numerosos besos sobre mi cabello. La única parte que me quedaba cerca para besarlo era la piel de su cuello, así que comencé a posar mis labios distraídamente sobre él.

Al tercer beso, el pulso de Edward volvió a dispararse. Me encantaba tener ese poder sobre él; era el mismo que él ejercía sobre mí.

—Deja de hacer eso —pidió cerrando sus ojos.

Sonreí traviesamente mientras mis labios volvían a posarse sutilmente sobre la delicada piel de su cuello. Si su pulso antes se disparó, ahora estaba completamente alterado; su respiración comenzó a volverse irregular y pude sentir que no era la única parte afectada. En la parte sur su… ejem, coso, estaba comenzando a hacerse notar. Y eso me encantaba. Miré hacia mi alrededor y nadie parecía percatarse de nuestro excitante juego de seducción. Salvo por Brad, aunque estaba lo suficientemente ebrio como para poder acordarse de algo el día de mañana.

—¿Por qué debería? —pregunté juguetonamente.

«Me gusta cuando tomas el control, Bellita».

«He tenido a la mejor maestra, Amanda».

«Ni que lo digas. Soy un genio».

—Porque si sigues haciéndolo no me importará en dónde estamos y te estamparé a la primera pared que se cruce por mi camino.

Oh, carajo.

Un remolino de sensaciones me atacó sin piedad y estaba segura que mi rostro lo demostraba todo. Miré a Edward fijamente, sintiendo como echaba a perder mis bragas y mi único pensamiento era que podía estamparme en toda superficie que se topara en nuestro camino y que fuese apta para una estampa de Bella. No habría ninguna objeción de mi parte. Ni una sola.

—¿Y por qué no lo haces? —murmuré completamente afectada por sus palabras.

«Ya morí».

Yo no estaba muy lejos de hacerlo, la verdad.

Sin mediar una palabra más, Edward se levantó como resorte y, en consecuencia, yo lo hice con él. Quitó su celular del bolsillo del pantalón y tecleó unas palabras que, por supuesto, yo no pude ver. Al cabo de dos minutos —quizás fueron más o quizás menos, no lo sé—, aparecieron Tanya y Daniel. Yo estaba como ida, embriagada de Edward.

—Nos vamos —les dijo Edward, acariciando la parte desnuda de mi espalda baja; me estaba volviendo loca y eso él lo sabía muy bien—. ¿Tú te encargas de llevar a Brad? —Al nombrar al susodicho, levantó la mano y nos saludó. El pobre no sabía ni en dónde estaba.

Daniel asintió y nos miró con una mueca divertida.

—No te preocupes —nos dijo con una sonrisa—. Vayan tranquilos.

—¿Estás bien, Bella? —me preguntó Tanya con su dulce voz.

Tuve que concentrarme un poco para darme cuenta que era a mí a quien le hablaba. Abrí y cerré mi boca varias veces sin poder encontrar mi voz.

—Bien… estoy… —murmuré. Tanya me miró con el ceño fruncido y Edward ocultó su risa detrás de una falsa tos. Sacudí mi cabeza y me autoregañé—. Estoy bien, sí… un poco cansada.

«¿Ahora se le llama cansancio?».

«Amanda…».

«Ya, ya… ya entendí. Es cansancio de esperar Orlandos, por supuesto».

Rodé los ojos y volví mi vista a Tanya.

—Avísame cualquier cosa, ¿sí?

Ella asintió y Edward no esperó mucho más para tirar de mi mano y sacarnos de allí. En el camino nos encontramos con Alice, quien rio a carcajadas cuando se dio cuenta de la razón de nuestro apuro por salir de aquí. Murmuró como un: «No rompan nada» y nos dejó un beso en la mejilla a cada uno.

Salimos a los apurones y sentí como un dèjá vu. No sé qué era lo que tenía este lugar pero definitivamente hacía que nuestros instintos más primitivos salieran a la luz. Edward zigzagueó por el camino llevándome a las rastras; si no hubiese estado tan excitada como estaba, seguramente hubiese muerto de la risa, pues estábamos actuando como dos locos. Pero era otra la realidad, porque creo que yo estaba aún más apurada que Edward por llegar al departamento.

Al llegar al coche ninguno dijo ni una sola palabra, nos subimos rápidamente y pude oír el chiquillo de las ruedas cuando Edward apretó el acelerador. Realmente estaba apurado. Y eso me encantaba. El único sonido que se oía dentro del vehículo era nuestras respiraciones aceleradas. Podía sentir como me miraba de reojo, aunque al levantar la vista, él ya no me miraba más. Jugamos a los cruces de miradas un momento, hasta que él no se contuvo y comenzó a sonreír ladinamente. Rodé los ojos y crucé mis piernas; gesto que no pasó inadvertido para Edward.

—Me siento un chiquillo hormonado —comentó, ingresando al garaje del edificio.

Mordí mi labio inferior.

—Deja de hacer eso si no quieres que pierda el poco control que me queda aquí mismo.

Oh, Dios. Cada vez peor. O mejor, según el punto de vista en que se vea.

«Maldita sea, ¡pierde el control, Ojitos!».

Con una sonrisa de lado, se bajó del auto y, antes de que pudiera reaccionar, lo tenía frente a mí esperando a que bajara. Tomando su mano extendida, descendí del coche y me vi acorralada entre su cuerpo y el vehículo. Me concentré para no morder mis labios, aunque no estoy segura si lo logré o no.

—Aún no sé qué es lo que me haces —murmuró acercando su rostro al mío—. Pero jamás, jamás tendré suficiente de ti.

Por fin pude reaccionar y lo abracé por el cuello, alzándome en puntitas para poder besar su mandíbula cubierta por una fina capa de barba de dos días.

—Es bueno saberlo —musité perdiéndome en sus ojos—. Porque yo tampoco nunca tendré suficiente de ti.

Sus ojos brillaron aún más y no tardé mucho en recibir gustosa sus labios en un suave beso. Estos eran unos de los momentos que más me gustaba compartir junto a Edward. Porque, a pesar de que ambos estábamos al límite de la cordura, aún éramos capaces de perdernos en nuestra propia burbuja. Me abracé lo más que pude a su cuerpo y él me levantó unos centímetros para no tener que agacharse mucho. Con una sonrisa sobre mis labios, me atreví a morder levemente su labio inferior, ganándome un jadeo por su parte.

—Carajo, Bella. —Sus ojos volvieron a estar nublados de deseo. Mi bajo vientre se removió—. Vámonos de aquí antes de que usemos el asiento trasero, hablaba en serio.

«¿Quién dijo que no quiere ir allí?».

Antes de que pudiera decir alguna palabra, me arrastró al interior del edificio y nos dirigimos rápidamente al sector de los ascensores. Cerré mis ojos y me convencí mentalmente que no pasaría nada y que sólo era poco tiempo encerrada en la puta caja metálica. Además estaba junto a Edward y su precioso método del conteo mental; nada iba a salir mal.

Él me miró, entrelazando nuestros dedos.

—¿Hasta cien?

Asentí, preparada.

—Hasta cien —respondí.

El clic del elevador llegar hizo que automáticamente cerrara mis ojos y me dejara guiar por Edward. Uno, dos… tres. Sus dedos jugueteaban con los míos entrelazados a los suyos, su otra mano me tenía tomada de la cintura, tocando mi piel desnuda. Cuando llegaba a los treinta, sentí su cuerpo más cerca del mío y eso comenzaba a distraerme. ¿Qué sigue luego del treinta y nueve?

—¿Bella?

No abrí mis ojos, su cercanía no dejaba concentrarme.

—¿Qué tal aguantas tu claustrofobia?

—¿Qué claustrofobia? —pregunté, sin saber ni en dónde estaba.

Abrí mis ojos y me encontré con la hermosa sonrisa de Edward en su rostro. No sabía qué se traía entre manos, pero siempre, siempre esa sonrisa pícara significaba algo.

«¡Oh, por favor, dime que sí!».

«¿De qué se supone que me estoy perdiendo?».

«Sólo cállate y disfruta».

—Gracias a Dios —musitó e hizo algo que no entendí. Revoleó su saco hacia una de las esquinas superiores del elevador, dejándola colgada allí. Luego, pulsó un botón rojo en el panel de las teclas y el ascensor se detuvo abruptamente. Antes siquiera me agarrara el ataque de pánico, estuve arrinconada —otra vez— en medio de su cuerpo y la pared del ascensor—. A la mierda con todo, ya no aguanto.

Y, sin más, me besó.

Un beso rudo, demandante, que dejaba ver claramente toda la frustración que sentíamos. Su lengua estuvo en contacto con la mía, llenándome de calor, de pasión y, aunque era difícil de entenderlo, de ternura. Las manos de Edward estaban en todas partes, una levantando mi pierna que envolvía su cadera y la otra sosteniéndome de la nuca para marcar el ritmo del beso. Por mi parte, la cabeza me daba vueltas, y todos mis sentidos estaban nublados por lo que Edward me hacía sentir.

Me empujó aún más a la pared del ascensor y sonreí sobre sus labios al darme cuenta que, después de todo, sí me estaba estampando en la pared. Y, eso, me encantaba. Claro que sí. Con su ayuda, me trepé en él y rápidamente pasé ambas piernas a sus lados, mientras él me aplastaba un poco más —cómo si eso fuese posible— sobre la pared del elevador.

Sus labios se movieron a mi cuello, donde torturó, besó, acarició e hizo lo que quiso con él. Por mi parte, había dejado de reprimir los gemidos que amenazaban con salir de mis labios, ya era imposible mantenerlos al margen. Cuando Edward mordió la porción exacta, mis ojos se cerraron y sentí el cuerpo hecho gelatina.

—Voz de Pito, yo… no… —Ahora fui yo quién tomó un poco el control.

Como pude, comencé a desabotonar la camisa de Edward, acariciando con mis palmas extendidas la piel que iba quedando descubierta. Sentir el estremecimiento de su cuerpo debajo de mis manos me hizo sentir poderosa. Mordiendo mi labio inferior, llegué al último botón y lo desabroché, abriendo completamente la camisa oscura y relamiendo mis labios cuando vi su torso desnudo. Lo miré a los ojos y me gustó lo que vi; ambos estábamos en las mismas condiciones: ojos anegados de pasión, cuerpo encendido y ni una sola gana de frenar esto que habíamos empezado.

¿La claustrofobia? Se podía ir bien a la…

Sus manos acariciaron mis senos por encima de mi blusa y eso me distrajo. Me sonrió con ternura y comenzó a bajar las tiras de mis hombros, besando mi cuerpo a medida que me dejaba desnuda. Besó mis clavículas y el nacimiento de mis pechos. Dejé caer mi cabeza hacia atrás y Edward tuvo que sostenerme un poco mejor, ya que estaba próxima a desfallecer. Llevó sus manos hacia atrás —a mi espalda— y bajó el pequeño cierre de mi blusa, haciendo que instantáneamente la parte de adelante descendiera y dejaba ver mis senos desnudos. No me había puesto sujetador, puesto que no era una prenda para utilizarla con sostén.

Edward me miró y suspiró pesadamente.

—¿Alguna vez dejarás de sorprenderme? —preguntó con los ojos oscuros fijos en mis pechos.

Sonreí, sin sentir vergüenza. Era Edward, ¿por qué habría que sentirla?

—Espero que no —respondí con una sonrisa.

Él sonrió de igual manera y… después, después su boca cubrió el pezón de mi pecho izquierdo, haciendo que pusiera los ojos en blanco. Jamás, jamás me acostumbraría a esto. Era como si cada vez fuese aún mejor.

«Cada vez es mejor».

Claro que sí, no tenía dudas de eso.

Edward se entretuvo con mis pechos, acariciándolos, torturándolos, excitándolos. Yo no podía hacer otra cosa que jadear, gemir y golpear mi cabeza contra la pared de la puta caja metálica cuando mordía suavemente esa delicada porción de mi cuerpo. Cuando creí que me volvería loca, me puso sobre mis pies y sonreí, acercándome a su boca para besarlo con ansias, desespero y deseo.

Él me besó con la misma intensidad, luchando con su camisa desabrochada que pronto se vio en el suelo. Mi blusa no tardó en seguir el mismo recorrido y, ahora, ambos estábamos desnudos de la cintura hacia arriba. Volvimos a mirarnos y, sin mediar palabra, nuestras bocas volvieron a juntarse, esta vez en un beso suave, prolongado y dulce.

Claro que como pasaba últimamente, todo beso suave se transformaba en un remolino de pasión, así que no pasó mucho tiempo para volver a estar enredados en un beso demandante, apasionado y brusco.

Mi mano se atrevió a descender desde su perfecto abdomen hacia abajo, deteniéndome encima de la cinturilla de su pantalón, lo miré a los ojos y pude ver como los suyos se cerraban con fuerza cuando acaricié por encima de la tela su poderosa —y cuando digo poderosa, es poderosa— erección. Creo que escuché gritar a Amanda, pero realmente estaba muy ocupada en otra cosa como para asegurarlo.

Con mis dedos índice y pulgar desabotoné el único botón del pantalón y, siendo un poco más atrevida, metí mi mano dentro de sus bóxers. Edward gimió roncamente, apoyando su frente sobre mi cabeza. Sonreí, amaba hacerlo sentir así. Mordiendo mi labio, comencé a acariciar la delicada piel de su… bueno, coso; ganándome jadeos y gemidos roncos. Luego de estar torturándolo un poco, comencé a bajarle el pantalón, pues ahora era una prenda muy, muy estorbosa.

Edward, entendiendo mi punto, me ayudó con mi tarea. Comenzó a patear su pantalón hasta tenerlo a la altura de los tobillos y con una maniobra muy graciosa, quitó una pierna de él y luego pateó la otra, haciendo que la prenda volara hacia un costado. Me reí un poco y Edward sonrió, mirándome con intensidad.

—Me estás matando —suspiró, cuando una vez más mi mano se dirigía a su parte más necesitada.

Le sonreí con dulzura.

—Es bueno saberlo —murmuré, con la voz ronca.

Miré hacia abajo y sus bóxers eran lo más parecido a una tienda de campaña. Volví mi vista a él y creo que entendió qué es lo que estaba pasando por mi cabeza. Simplemente sus ojos se abrieron, masculló alguna palabrota y dejó caer su cabeza hacia atrás.

«Eres mi heroína, Bellita».

Como pude intercambié nuestras posiciones y esta vez fue él quien estuvo estampado sobre la pared del elevador. Ahora yo llevaba las riendas. Esto se ponía cada vez mejor. Me elevé en puntas de pie para alcanzar sus labios y comencé a besarlo despacio, preocupándome por poner en absoluto contacto mi pecho en el suyo. Él gimió sobre mis labios, enganchando sus brazos en mi cintura y abriendo su boca para que mi lengua saliera en busca de la suya.

Mi mano derecha se posó sobre su abdomen, acariciándolo y bajando tentativamente hacia la parte superior de sus bóxers. Mordí su labio inferior y lo succioné un poco, mientras le daba un ligero apretón a su erección sobre la tela de su ropa interior.

Mis labios dejaron los suyos y comencé un camino de besos descendentes. Besé su mandíbula, su nuez de Adán, la larga extensión de su cuello, su pecho y así seguí hasta posarme por debajo de su ombligo. Miré hacia arriba —pues había tenido que arrodillarme— y estaba segura que él ya sabía qué es lo que se venía ahora.

«Recuerda, suave, lento, rápido».

Sonreí, sabiendo bien qué es lo que le gustaba.

—Bella… ¿Qué…?

Rodé los ojos, mientras quitaba lentamente la única prenda que llevaba puesta.

—Creo que sabes perfectamente qué… —dije, con una sonrisa divertida en mis labios.

—Oh, carajo… —masculló entre dientes, mientras dejaba caer su cabeza hacia atrás, dándose un fuerte golpe aunque pareció no darse cuenta.

«Sí, Ojitos… disfruta».

Su gloriosa erección saltó a mis ojos y me sentí orgullosa de seguir haciéndolo sentir así. Lo miré otra vez y estaba en la misma posición, con una mueca de dolor en su rostro. Largué un sonoro suspiro y lo envolví con mis manos. Edward volvió a decir una palabrota y sonreí, de verdad que estaba al límite, se notaba porque su erección crecía cada vez más. Sin tanto preámbulo y con ganas de querer hacerlo sentir bien, comencé a acariciarlo. De arriba, abajo, deteniéndome más tiempo en jugar con la punta de su sexo.

—Oh… —salió de sus labios, mientras apretaba aún más fuerte sus ojos. Sonreí una vez más y volví a la carga. Esta vez, me atreví un poco más, y fue mi lengua quien envolvió la punta, mientras que mis manos se encargaban de acariciar toda la longitud de su coso—. Bella, no… hace… ¡Carajo!

Sonreí perversamente cuando me lo llevé totalmente a la boca y comenzaba a torturarlo, llevándolo al límite, pero luego desacelerar mis movimientos. Sus manos colgaban inertemente a cada lado, con sus puños cerrados y una mueca de dolor y placer en su rostro. Relajé la garganta y metí lo más que pude de él en mi boca, haciendo movimientos de arriba hacia abajo.

«¿Ves eso, Armando? Hemos mejorado con el tiempo».

Edward llenaba el lugar con sus roncos gemidos y eso me daba más fuerzas para continuar con lo estaba haciendo. Lo saqué de mi boca para volver a meterlo y fui repitiendo esos movimientos. Sin poder aguantarse más, una de sus manos fue hacia la parte de atrás de mi cabeza y marcó cariñosamente el ritmo que deseaba. Por mi parte, relajé aún más mi garganta y me dejé guiar, queriéndolo hacer sentir bien. Subí y bajé por toda la extensión hasta que Edward ya no aguantó más y, antes de pasar a mayores, me obligó a pararme y otra vez me vi estampada sobre la pared y con sus labios aplastando los míos.

—Eres perfecta… —susurró entre besos.

Ahora fue él quien con mucha convicción, comenzó a tirar de mi pantalón a la vez que sus labios volvían a perderse en mis pechos. Sus dientes raspaban lentamente mis pezones y eso estaba comenzando a volverme loca. Cuando intentó sin éxito volver a desabotonar mi pantalón y no pudo hacerlo, solté una risita ante su estado de frustración.

—¿Problemas allí, amigo? —lo molesté.

Él me miró con una ceja alzada, pero no podía esconder la sonrisa de sus labios.

—¿Por qué tuviste que ponerte este pantalón duro de sacar?

Comencé a reírme por sus palabras, aunque la risa duró poco ya que cuando pudo quitarlo hacia abajo, su mano no tardó en colarse en la parte más necesitada de mi cuerpo. Sus exquisitos dedos encontraron aquel botón pulsante de mi centro y comenzó a acariciarlo con decisión, llevándome al borde del abismo en poco tiempo. Mis ojos se pusieron en blanco, mi boca jadeante en busca de aire y mi cabeza voló hacia atrás, lastimándome sin darme cuenta con la pared de la caja metálica.

—¿Qué decías, Voz de Pito?

Santo Jesús.

No pude responder, puesto que esta vez dos de sus dedos ingresaron en mí, bombeando hacia adentro y hacia fuera sin contemplación. Solté un gritito cuando sus dientes mordieron suavemente mi pezón y creí morir allí mismo. Comencé a removerme en sus brazos, luchando con mis pantalones para quitarlos. Y, gracias a Dios, Edward entendió mis súplicas y ayudó a quitármelos, junto con mis bragas de encaje.

—Por supuesto que serían de encaje, mierda… —dijo con la voz ronca.

Sus ojos me recorrieron de arriba abajo y se dejó caer de rodillas. Intenté cruzar mis piernas para mitigar el calor que sentía allí, pero era casi imposible.

—Ahora es mi turno —murmuró, colocando sus manos en mis caderas para acercarme a él.

Oh… carajo, mierda.

«Yo. Estar. Muerta».

«Yo. También. Estarlo».

En el momento en que su lengua encontró la piel caliente de mis pliegues, oh madre mía, creí que podría morir en ese mismo instante. Cerré mis ojos con fuerza y me dejé ser. La boca de Edward era una de las séptimas maravillas del mundo y sólo podían hacerte sentir de maravilla. Cuando encontró mi botoncito de placer, mis piernas se arquearon y si no era porque él me mantenía bien sujeta, me hubiese dado un duro golpe en el culo.

Intenté no mirar hacia abajo pero, mierda, debía mirar hacia abajo. Al hacerlo, casi vuelvo a morir para revivir y volver a morir una vez más. Los ojos de Edward estaban fijos en los míos, mientras su boca estaba llena… bueno, estaba llena de . La vena en su frente se marcaba y llevé una de mis manos hacia allí para poder acariciarlo.

—Oh, Edward —gemí cuando succionó sólo un poco mi clítoris, haciéndome estar al borde al precipicio.

Las puertas de Orlandolandia abrían sus puertas luego de una larga temporada y yo estaba más que lista de lanzarme a sus brazos, para darle la bienvenida una vez más. Edward notó como mi cuerpo comenzaba a temblar, así que aceleró sus movimientos, chupando, lamiendo, mortificándome para volverme loca de placer. El nudo en mi bajo vientre se intensificó y… sin más, el Orlando uno de la noche vino por mí. Elevándome, llevándome y haciéndome flotar al séptimo cielo.

Cuando mi conciencia volvió sólo un poco, porque en mi cabeza sólo escuchaba los gritos de festejo de Amanda, me encontré con los ojos verdes más hermosos de todos.

—Hola —dijo con una sonrisa de orgullo—. ¿Estuvo lindo el viaje?

Fanfarrón.

Sonreí con ganas e intenté encontrar las palabras.

—Uhm, no estuvo mal —respondí como quien no quiere la cosa—. Hubo mejores.

Sus ojos llamearon una vez más y solté un grito cuando volvió a subirme a sus brazos, mis piernas se envolvieron automáticamente en sus caderas y ambos soltamos un jadeo pesado cuando nuestros sexos desnudos estuvieron en contacto.

—Veremos qué me dices ahora…

Ni siquiera tuve tiempo de analizar qué es lo que me estaba preguntando, pues de una certera y muy fuerte —sin llegar al punto de lastimarme— estocada, estuvo dentro de mí. Mis ojos volvieron a ponerse en blanco, todo mi cuerpo estaba sensible por el Orlando anterior, pero no tuvo que pasar mucho para volver a estar encendido. Enganché mis brazos detrás del cuello de Edward y lo ayudé con sus movimientos, moviéndome de arriba hacia abajo mientras que lo besaba con pasión y tiraba de sus cabellos con furia.

Dios, éramos un desastre caliente.

Sentir nuestros cuerpos sin ninguna barrera incrementaba aún más las sensaciones. Y agradecí el día que comencé a tomar las pastillas anticonceptivas. Todavía recuerdo cómo sus ojos brillaron al darle a conocer la noticia, el pasado catorce de febrero. Aunque eso no fue lo más me sorprendió, sino saber que antes, Edward jamás había estado con alguien sin usar condón. Y eso, demonios, me hizo flotar de felicidad por todo el puto mes. Yo había sido la primera mujer con la que estaba sin ningún tipo de barrera y ni siquiera podía describir todo lo que me hacía sentir.

Lo sentí más dentro de mí y gemí, gemí como si mi vida dependiera de ello. Sentí sus ojos sobre mí y luché con todas mis fuerzas para poder abrir los míos y mirarlo también. Al hacer contacto de miradas, él me sonrió y me besó despacio, sin desacelerar sus firmes estocadas. Adentro, afuera, adentro, afuera. Me estaba volviendo loca.

—¿Qué tal ahora?

«Oh, Dios… oh, Dios».

¿Qué mierda pretendía que le dijera en una situación como esta? ¡Era el puto paraíso!

—Sólo… sigue haciéndolo.

Sonrió ladinamente y me acomodó de tal manera que nuestras caderas se chocaran y él estuviese completamente dentro de mí. Todo a mi alrededor comenzó a dar vueltas y juro por lo más bendito que el Orlando dos ya comenzaba a sonreír y a abrir sus brazos para recibirme nuevamente.

«Orlando, te amo».

Oh, claro… por supuesto que lo hacíamos.

—Voz de Pito —me llamó con la voz errática. Me obligué otra vez a abrir los ojos y verlo tan al límite, casi, casi que me hace venir—. Ya no puedo más…

Asentí, yo tampoco duraría mucho tiempo más.

—¿Y qué esperas, campeón? —lo piqué.

Él entrecerró sus ojos y me sonrió ampliamente, acelerando sus movimientos a un ritmo inhumano. Lo sentía por todos lados. Mi cuerpo comenzaba a sentirse como una gelatina y mi bajo vientre comenzaba a tensarse. Ya casi, ya casi llegaba una vez más. Ahora podía ver más de cerca al Orlando dos y, carajo, hasta quería besarlo.

—¿Me mordiste? —preguntó Edward entre sorprendido y excitado.

No me di cuenta de lo que había hecho hasta que él lo dijo. Sonreí, lamiéndome los labios. Realmente me estaba volviendo loca.

—Lo siento, no me contuve —dije, haciéndome la inocente.

Los ojos de Edward se volvieron más oscuros y sentí crecerlo más en mi interior, como si eso fuese posible. De un momento a otro, todo cambió. Me aplastó aún más contra la pared y sus ojos se mantuvieron fijos en los míos. Regularizó sus movimientos, descendiendo la velocidad, continuando con la tortura.

—Cariño, no te contengas jamás —fue su respuesta, mientras me tentaba con un ritmo lento, muy lento para mi gusto.

Me removí como pude, tratando de acercar mi cadera a la suya para acelerar el ritmo, pero no me hacía la tarea fácil. Dios, esto era muy frustrante.

«Ojitos, acelera ¡por Dios!».

—¿Qué es lo que quieres? —su tono fue ronco y supe que se estaba conteniendo por como apretaba sus labios.

Cerré mis ojos.

—El Orlando dos, por favor —musité con una sonrisa.

Él sonrió, satisfecho con mi respuesta y comenzó a acelerar. Mordí mi labio fuertemente y cuando bajó una de sus manos a mi manojo de nervios, lo supe… estaba perdida. Las olas y olas placer vinieron a mí con una fuerza indescriptible. De mi boca salió un grito ronco mientras sentía que todo lo demás desaparecía y sólo estaba yo, aprisionando al Orlando dos con todas mis fuerzas. En una nebulosa me pareció haber escuchado un grito ahogado de Edward y supe que se vino dentro de mí; haciendo que todas las sensaciones que estaba sintiendo se identificaran todavía más.

Poco a poco, volví a recuperar la conciencia; los brazos de Edward estaban fallando así que con cuidado fue descendiendo hasta quedar sentado en el piso de la —ahora— adorada caja metálica. Le sonreí, besando suavemente sus labios, mientras intentaba recuperar mi respiración sobre su pecho.

—Hola —musitó, trazando círculos imaginarios sobre mi espalda.

Esta vez, besé su pecho.

—¿Qué hay? —respondí.

Ahogó una carcajada y me obligó a mirarlo a los ojos.

—¿Estás bien?

«¿Que si estamos bien? ¡El puto paraíso, Ojitos!».

—Puedes alimentar tu ego, amigo —piqué su nariz con el dedo—. Ha sido asombroso.

Sonrió de oreja a oreja, luego me miró con las cejas alzadas.

—No me has dicho algo…

Fruncí el ceño y, luego, se iluminó mi mente.

—Claro, ¿cómo he podido olvidarlo? —Intentando que nuestros sensibles sexos no volvieran a rozarse por el bien de mi salud mental, lo abracé con fuerzas—. Bienvenido a casa, Ojitos.

«Ya no te denunciaré por plagio, mira nomas la carita que pone cuando lo llamas así».

«Todo gracias a ti».

«Siempre todo es gracias a mí, cariño».

—Ahora sí me siento en casa —susurró besándome lentamente—. Te amo tanto.

Mi corazón se derritió. Mucho. Volví a besarlo con ternura y clavé mis ojos en los suyos.

—Te amo —susurré y nuevamente nuestros labios volvieron a encontrarse.

Así estuvimos varios minutos, hasta que poco a poco mi memoria iba recordando en dónde estábamos. Intenté concentrarme en olvidar el pequeño detalle que aún nos encontrábamos encerrados en la caja metálica y comencé con el conteo mental; antes de que desesperara completamente.

—¿Uhm, Edward?

Él me miró, un poco preocupado por mi vacilación.

—¿Qué sucede?

Miré hacia todos lados sintiendo un poco de pánico envolverme. De a poco, comenzaba a sentir que el poco espacio del elevador comenzaba a encerrarme aún más. Mi hombro comenzó a dar sutiles movimientos automáticos que no pasaron desapercibidos por Edward, quien abrió mucho los ojos al darse cuenta de mi estado de ánimo.

—¿Claustrofobia? —preguntó.

Asentí con las manos sudorosa y sintiendo como comenzaba a formarse el sudor frío en mi nuca. Edward nos levantó rápidamente y me alcanzó la ropa, ayudándome él mismo a vestirme. Cuando estuve completamente cambiada, comenzó a dejar suaves besos por mis mejillas, mentón, distrayéndome mientras él terminaba de alistarse.

—Apúrate —pedí casi rogando.

Besó mi nariz y cubrió con sus dos manos mis oído al mismo tiempo que cerré fuertemente mis ojos. Vaya manera de arruinar el momento. Concentrándome aún más en contar números, sentí la marcha del elevador y, de cierta forma, me tranquilicé sólo un poco al saber que no lo habíamos descompuesto o algo parecido. Edward nos movió un poco, dio un saltito que no supe porqué, y me besó una vez más.

—Abre los ojos —susurró.

Con cautela, fui abriéndolos despacio y solté un suspiro de alivio cuando nos vi en el pasillo de su departamento. Lo miré con una sonrisa, sintiéndome completamente relajada y lo besé con todas mis fuerzas. Él me abrazó con fuerza y sentí su saco haciéndome cosquillas en mi espalda. No hizo falta que preguntara por qué lo había colgado en la caja metálica; él entendió la pregunta sin ni siquiera formularla.

—Hay cámaras, no quería que nadie viera a mi novia en ese estado —elevó sus cejas de manera sugestiva—. Yo soy tu único espectador.

«El único, Ojitos, siempre serás el único».

Rodé los ojos y volví a besarlo con suavidad.

—Vaya, y pensar que yo no he tenido problemas en subir con el elevador. ¿Se acaba de descomponer, tortolitos?

Una voz proveniente desde atrás de nosotros, hizo que nos sorprendiéramos y peguemos un brinquito del susto. Al posar mi vista en dirección a la voz, me encontré con el rostro risueño de Emmett, mirándonos con las cejas elevadas y las bromas que tenía para nosotros escritos en su frente.

—¿Qué haces aquí, Emmett? —preguntó Edward, intentando sin éxito abotonar su camisa correctamente.

—No lo mismo que ustedes, por desgracia —murmuró con una sonrisa pícara pintada en su rostro. Intenté esconderme detrás de mi cabello. ¿Por qué estas cosas tenían que pasarme a mí?

—Emmett…

—Está bien, está bien —sonrió—. Vine a traerte unos documentos de la empresa que papá me hizo jurar y perjurar que te trajera. Como la cena de negocios terminó un poco tarde, decidí venir directamente.

—Podrías haberme llamado. —Edward rodó los ojos, mientras iba hacia la puerta de su departamento para abrirla.

—Lo hice —respondió Emmett, sin quitar esa sonrisita de su cara—. Muchas veces… pero bueno, estabas ocupado así que es entendible porque no respondiste.

«¿Has probado sexo en el ascensor, cuñado? ¡Es lo máximo!».

—No te avergüences, cuñada —me dijo, dándome un ligero abrazo—. No te culpo para nada. Se sintió bien, ¿ah? —Mi rostro se iluminó. ¡Dios!

—Emmett, ¡por Dios! —lo regañó mi novio, aunque no podía ocultar su sonrisa. Oh, genial. Completamente genial. ¡Hora de burlarse de Bella-foquito-encendido-Swan!

—El elevador es bueno… —murmuró pensativamente—. Aunque… ¿Ya lo han hecho en el coche?

Mi rostro era un poema. Un poema rojo, en realidad.

«Aún nos falta ese, a ver… deja que apunte».

«Amanda, ayúdame ¿quieres?».

«¿En qué? Emmett nos ayudará, déjame escuchar».

Carajo.

—No hay comparación, chicos. Deben probarlo —nos miró a ambos y sonrió—. Los coches Cullen son especiales para eso; tienen a un ingeniero que piensa en todo.

—Eres un idiota —le dijo su hermano más chico, cerrando la puerta una vez que todos entramos al interior del departamento—. ¿Qué tal la cena?

El grandote suspiró teatralmente al ver cómo Edward cambiaba de tema de conversación. Reí por dentro, Emmett era todo un caso.

—Nada nuevo —encogió sus hombros—. Oh, sí, de hecho tenemos nuevos inversionistas irlandeses.

—Eso es genial —murmuró Edward.

Emmett asintió, y, luego me miró como si acabara de recordar algo que tenía que ver conmigo. Lo miré con el ceño fruncido.

—Bella —me llamó; toda mi atención estuvo puesta en él—. Me he encontrado con un profesor tuyo, ¿Louis? ¿Leunis? ¿Lewis? Algo así.

¿El profesor Lewis? ¿Qué haría en una reunión como esa? Él fue el mejor profesor en la universidad que pude haber tenido, además de mi tutor en la tesis. Gracias a él había aprendido muchas cosas y no sólo académicas, sino de la profesión misma. Me sentía halagada que aún me recordara, aún después de haber terminado la universidad hacía un año.

—¿Qué hacía allí? ¿Se acordó de mí?

Emmett asintió.

—Se puso feliz al saber que eras la novia de mi hermanito y que al fin podía localizarte. —¿Por qué quería hacerlo?—. No sé bien como salió el tema, pero de repente estuvimos hablando de ti. Me dijo que lleva varias semanas intentando encontrarte, pero no pudo hacerlo. Dijo que era importante que lo llames y me dio su número —me tendió una tarjeta, luego de sacarla del bolsillo de su caso—. Nombró algo así como una puesto que quedará vacante en el departamento de literatura de la Universidad de Nueva York y te ha conseguido una entrevista.

¿Qué? ¿A mí?

—¿C-Cómo? —pregunté sin encontrar el habla.

Emmett asintió.

—Sí, algo así —sonrió—. Mucho no pudimos hablar, pero me hizo prometer que te lo diría apenas te viera… así que, estoy cumpliendo.

—Oh, Emmett, gracias —me tiré a sus brazos y lo abracé con fuerzas.

—De nada, cuñada —me guiñó el ojo—. Ahora bien, ¿me invitan a tomar algo? ¿O deberé ir a buscar a Richard para que me arregle el elevador e ir a casa?

Edward rio, abrazándome por la cintura.

—¿Qué deseas de beber, hermanito?

El susodicho le guiñó el ojo y se perdió en la cocina, riéndose a carcajadas.

—¿Es cierto lo que acaba de decir? —dije, una vez que volvimos a quedarnos solos en la sala. Edward me sonrió con ternura y besó mi nariz.

Uau, esto realmente era como un golpe de suerte, después de todos los momentos amargos que había pasado. Sabía que aún no estaba nada dicho, pues debía hablar con quien había sido mi profesor, pero era la primera vez que tendría una entrevista en una universidad. Era lo que más deseaba; el poder enseñar lo que me más me apasionaba.

«Luego de Ojitos».

Puse los ojos en blanco.

—Completamente cierto, hermosa —acarició mi mejilla—. ¿Lo ves? Sólo era cuestión de esperar —volvió a besarme una vez más—. Ten un poco de fe en ti, cariño; eres brillante, y al fin hay alguien que se dio cuenta de eso.

—No puedo creerlo.

«Dejaremos de ser las mejores desempleadas del mes».

«Aún no hay que cantar victoria, Amanda».

«¿Qué importa? Una universidad, Bella. U-n-i-v-e-r-s-i-d-a-d».

Edward me estrechó con fuerza. Dios, estaba feliz. Esta era sin duda una de las mejores noticias que había tenido en semanas. Era increíble. Aunque muy prematuro también, así que debía no emocionarme tanto. Al menos, hasta saber a ciencia cierta que el profesor Lewis todavía me tenía en cuenta para esa entrevista de trabajo. Vaya, no podía creerlo.

—Prepárate y patea muchos traseros, cariño. —Llevó sus labios hacia mi oreja y susurró con voz seductora—. Pero esta noche, sólo concéntrate en el mío.

Y dejándome allí sola en la sala, salió en búsqueda de su hermano. En cierta manera, le hice caso, pues no pude sacar mis ojos de esa manzanita apetitosa que se balanceaba al caminar.

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¡La vuelta de los Orlandos! Hahahaha.

¡Hola a todos! Viernes de por medio, por lo tanto nueva actualización :)

No tengo mucho más que decir que gracias, gracias y gracias por la cálida bienvenida que me han dado. No saben lo lindo que se siente :'). Ojalá que, como dije antes, la historia esté a la altura de sus expectativas. Muchas gracias por continuar del otro lado, especialmente a aquellas personas que se toman un tiempo para comentar la historia o simplemente leer. Gracias, de corazón. Isa, como siempre, gracias por estar allí para mí siempre y perdón otra vez por hacerte trabajar en contrarreloj. Eres un sol (L).

Como ya saben, el grupo en Facebook está a su entera disposición. Los links podrán encontrarlos en mi perfil de FF; sólo pidan unirse que todos son bienvenidos.

¡Hasta la próxima actualización! (Dentro de dos semanas).

Alie~