Los personajes ni la trama me pertenecen, yo solamente adapato.
Chicas muchas gracias por la aceptacion de esta historia. Les digo que les pondre el nombre de la historia original al final del fic, espero su comprencion.
Por el bien de mi hijo
Capítulo 2
A las cinco de la mañana siguiente, después de voltearse durante mucho tiempo de un lado para el otro de la cama, Bella finalmente renunció a dormir. Estaba a punto de levantarse, cuando oyó el sonido de un coche parando frente a su casa. Una pareja vecina usaba los servicios de taxis a menudo por la mañana, por lo tanto ella no dio importancia al hecho y se dirigió al baño.
Su mente estaba ocupada con otras cosas, como el día que tenía por delante y que prometía ser tan traumático como lo fuera la noche.
Pasando por el cuarto de Anthony, ella abrió la puerta para ver si él aún dormía. La visión de una mata de cabellos cobrizos saliendo debajo de un edredón estampado fue como un bálsamo para ella. Al menos Anthony había dormido, a pesar de la tensión nerviosa.
Cerrando nuevamente la puerta, ella descendió la escalera con intención de preparar una jarra enorme de café, con lo cual esperaba reanimarse antes de la próxima batalla. Sin embargo, a la débil luz de la mañana, una sombra se proyectó en el vidrio de la puerta del frente.
Bella vio la silueta de un hombre alto, parado en la pequeña terraza delante de la puerta.
Frunció las cejas. ¿Quién podría ser? Era muy temprano para que fuese el cartero, consideró ella.
En aquel momento, observó que el hombre se inclinaba para tocar el timbre.
Entró en acción rápidamente. Necesitaba evitar que, quienquiera que fuera, tocara el timbre y despertara a Anthony. Abrió la puerta del frente rápidamente, sin mucha noción de lo que hacía.
Sólo descubrió que se había olvidado de poner la alarma, la noche anterior, cuando cerró la puerta.
Pero, a aquellas alturas, eso no tenía importancia.
Su corazón se contrajo. El choque de ver a Edward allí, en carne y hueso, después de tres largos años, fue tan fuerte, que ella perdió la capacidad de hablar y de moverse.
Pero lo examinó detenidamente, como hipnotizada. Nada le pasó desapercibido. Vio el brillo sarcástico de los ojos, la boca ceñuda, hasta el modo con que él, alejando ligeramente el abrigo, se había puesto la mano en el bolsillo del pantalón.
Edward usaba terno negro y camisa blanca, confirmando lo que ella había imaginado la noche anterior. Sólo le faltaba la corbata de moño, y el botón de encima de la camisa estaba indiferentemente abierto, mostrando su fuerte cuello.
Bella consideró la hipótesis de que él tenía que haber ido directamente a Londres, inmediatamente después de haber salido de su casa, en Nápoles, la noche anterior. Como había llegado tan rápido, ella no lo sabía. De cualquier forma, si Edward esperaba impresionarla con toda aquella prisa, demostrando preocupación por Anthony, no lo consiguió.
Ella no lo quería allí. No deseaba ver aquellos ojos color de la verde oscuro mirándola de arriba a abajo, evaluándola como si ella aún fuera una de sus pertenencias.
Eso la hizo tomar conciencia de su propia apariencia. ¡Había acabado de despertarse! Sus cabellos, normalmente una masa de hilos color de oro cobrizo, caían desordenadamente hasta los hombros, y ella estaba vestida sólo con un cortísimo pijama de algodón semitransparente. Nada de eso, sin embargo, la perturbó.
La mirada de Edward descendió lentamente por el cuerpo esbelto, pestañas oscuras enmarcando los ojos extenuados, que parecían acariciar la suave piel de Bella. Y, ella sintió resurgir en su cuerpo algo hacia mucho tiempo dormido: deseo.
Todo lo que aquel hombre tenía que hacer era mirarla, para que ella no consiguiera pensar en ninguna cosa más.
—¿Qué estás haciendo aquí? —ella se obligó a reaccionar.
Con su típica arrogancia, él levantó una ceja oscura, y su mirada la hizo sentirse increíblemente pequeña.
—Pensé que era obvio —respondió—. Vine a ver a mi hijo.
—Son sólo las cinco —ella protestó—. Anthony aún está durmiendo.
—Sé muy bien que hora es, Bella —replicó, mientras una sombra de preocupación le pasaba por el rostro.
A esas alturas, Bella comenzó a notar las señales de cambio en Edward. Él parecía más viejo, por ejemplo. El cinismo había dejado arrugas en su rostro, y los ángulos antes firmes de su boca estaban un tanto caídos, como si él no se permitiera sonreír más.
Por alguna razón, ella se sintió triste, y eso la enfureció aún más. No quería sentir nada por Edward, a no ser una total indiferencia.
—¿Cómo llegaste tan rápidamente? —ella preguntó, seria.
—Piloteé mi propio avión durante la noche —contestó—, y vine directo del aeropuerto hacia acá.
Mirando por sobre el hombro de él, ella esperó ver un coche enorme estacionado en la calle, pero no vio nada. Entonces, se acordó de haber oído un coche poco antes de levantarse.
Un taxi, pensó.
¡Debía haber sido una gran novedad para él! A Edward siempre le había gustado tener el control, fuera de su coche o de su avión. O de la vida de los que lo rodeaban.
—¿En qué aeropuerto aterrizaste? —ella quiso saber.
—¿Qué importancia tiene? —respondió, irritado—. ¿Tenemos que conversar aquí afuera?
Miró a su alrededor, observando la tranquila calle residencial y las casas típicas de aquella área, con sus hileras de ventanas iguales. En algunas de ellas, se podía notar cortinas abiertas por personas curiosas, atraídas por sus voces alteradas.
Edward no era el tipo de hombre que conversa en la puerta, consideró Bella divertida.
El respetado jefe del mundialmente famoso Banco Cullen de Inversiones era muy bien recibido por todos, dondequiera que fuera.
Pero ella no era una de esas personas, recordó. No le debía nada a Edward, y tampoco lo respetaba.
—Tú no eres bienvenido —habló fríamente.
—Tal vez mi hijo no piense así —él replicó en el mismo tono hostil.
—Entonces, ¿por qué no vuelves, en digamos dos horas? —ella sugirió—.Anthony ya habrá despertado, con certeza.
Ella estaba lista para cerrar la puerta, cuando los ojos de él brillaron de furia.
—Si cierras esa puerta vas a arrepentirse amargamente —él la amenazó.
Bella suspiró, odiándose por dejar que Edward la intimidara.
La tensión entre ellos aumentó. No se soportaban el uno al otro, y ninguno de ellos intentaba esconder eso.
—Pensé que era absolutamente obvio que necesitamos conversar antes que Anthony despierte —Edward habló con resentimiento—. ¿Por qué otra razón yo golpearía a tu puerta a esta hora?
Aunque Bella detestara admitirlo, él tenía razón. Sin embargo, ella continuó impidiéndole entrar. Los viejos hábitos eran difíciles de cambiar, y rehusarse a darle a Edward aunque fuera un centímetro de ventaja, se había hecho más que un hábito, era un principio.
—Fuiste tú quien me telefoneó, Bella, —él prosiguió—. Lo que percibí en tu voz me dejó preocupado, y vine. ¿Podrías ser más gentil? —sugirió—. ¿Admitir, al menos, que merezco alguna consideración por haber venido?
Bella, de mujer orgullosa e intransigente, se transformó súbitamente en una niña avergonzada. Se alejó de la puerta sin pronunciar una palabra, con los ojos bajos, permitiendo que el hombre que fue su marido por seis largos años entrara en su casa por primera vez.
Él entró lentamente, pues también debía percibir la importancia de aquella ocasión.
De súbito, estaba frente a ella, llenando el angosto vestíbulo con su poderosa presencia.
Bella sintió la tensión crecer dentro de ella, mientras absorbía, literalmente, la altura de Edward, su cuerpo musculoso, toda la superioridad física en relación a ella.
Sentía el olor de la piel de Edward, las vibraciones que emanaban de él, y sabía que todo aquello podía ser muy peligroso.
Hace seis años, bastaba una mirada para que ellos cayeran en los brazos del otro, desbordados de deseo. En aquel momento, aún después de varios años como enemigos, ella sintió el deseo comenzando a tomar cuenta de su cuerpo.
Diablos, maldijo silenciosamente, sin saber si maldecía su propia flaqueza o a Edward, por ser el animal sexual que era.
—Por aquí —indicó ella, alejándose para que sus cuerpos no se tocaran.
Lo condujo a la sala de estar y se paró delante de las cortinas cerradas.
Edward observó silenciosamente el cuarto. Alfombra y cortinas azules, dos pequeños sofás, una televisión, un par de mesitas y un estante de libros componían el ambiente. En un lado especialmente arreglado para Anthony, juguetes y libros se apilaban encima y alrededor de una mesita baja.
Todo muy, muy organizado y simple. Nada de la elegancia y del espacio de las varias salas llenas de preciosas antigüedades de la casa de Edward. Nada que se comparara al enorme cuarto de juguetes, repleto de todo lo que un niño pudiera desear y que Anthony tenía en la casa de su padre. Todo eso quedó bien evidente para Bella, cuando ella notó el leve temblor en la barbilla de Edward.
—Voy a vestirme —ella dijo, bajando la cabeza.
Intentaba esconder su expresión y, admitió para sí misma, que quería huir antes que se sintiera tentada a decir que el dinero no lo era todo y muchas otras cosas más.
—No soy esnob —murmuró, cogiéndola por la muñeca—. Sé que Anthony vive bien y feliz aquí contigo, y te admiro por eso.
—Por favor, suéltame —ella pidió, intentando desasirse de él.
—Tampoco soy un atacante de mujeres —se burló él.
—Eso es muy extraño —respondió, soltándose—, pues me acuerdo que la última vez en que nos peleamos tú me amenazaste.
—Palabras, Bella. —Él suspiró—. Sólo palabras. Yo estaba enojado, y aquella amenaza no significó nada, tú lo sabes muy bien.
—¿Lo sé? —replicó, afligida—. Éramos unos extraños, Edward. Y aún lo somos. Nunca, jamás supe lo que tú estabas pensando.
—A no ser en la cama —él la provocó, volviéndose para mirarla cínicamente—. En la cama tú sabías exactamente lo que yo pensaba.
Bella levantó la cabeza, imitando la pose cínica de Edward.
—Qué pena que no pasáramos las veinticuatro horas en la cama, en vez de las seis habituales —habló—. Pero no quiero tener ese tipo de conversación contigo. No nos lleva a nada y sólo sirve para desviarnos del asunto importante, que es Anthony.
—Nuestra relación, o la falta de ella, es un asunto importante para Anthony —replicó Edward.
—No —negó ella—. Lo que le preocupa a Anthony es la perspectiva de que su padre se case con una mujer que él teme.
Edward se endureció visiblemente.
—Define «teme» —él la desafió.
—Tiene miedo —ella dijo tranquilamente—. ¿Cómo lo puedo explicar mejor?
—¿Miedo de Tanya? —Edward arrugó la frente, atónito, entonces intentó justificarlo—: Él debe haber entendido mal alguna cosa que ella dijo. Tú sabes que Anthony no habla el italiano tan bien como el inglés.
¡Oh, claro! pensó Bella. No podría ser culpa de Tanya. ¡No a los ojos de un Cullen!
—Voy a vestirme —ella silbó, alejándose.
—¿Te importa si me preparo un café mientras espero? —preguntó él.
Sin decir nada, ella se dirigió a la cocina. Percibió que Edward miró hacia las escaleras, tal vez esperando ver a su hijo.
Anthony no aparecería a aquella hora, pensó Bella. El niño era organizado por naturaleza. Su reloj biológico estaba programado para despertar a las siete, por lo tanto él estaría de pie en ese horario, no antes.
Ella estaba llenando la tetera con agua, cuando Edward se aproximó. Sintiendo escalofríos en la nuca, Bella tuvo nuevamente conciencia de su ropa transparente. El hecho de que no tenía nada debajo del short y de la camisa que componían su pijama hacía que se sintiera turbada y vulnerable.
—Parece que tú no esperas que él despierte antes de las siete —murmuró Edward a su espalda.
Bella sonrió, mientras ponía la tetera en el fogón. Se sintió aliviada con el hecho de que Edward estuviera pensando exclusivamente en su hijo.
—Ya sabes cual es su rutina—respondió Bella—. Debes saber que, si intentamos despertarlo antes, él...
—No le va a gustar —Edward terminó la frase por ella—. Sí, sé de eso.
Bella miró hacia el reloj en la pared. Cinco y media. Aquello significaba que tendrían una hora y media solos. ¿Serían capaces de resistir?, ella se preguntó.
—Tu cabello está más corto.
La observación de Edward hizo a Bella sonrojarse. ¿Qué más él habría notado? ¿El modo como el short se adhería entre sus nalgas? ¿O la silueta de sus senos bajo la camisa transparente?
—Estoy tres años más vieja —contestó ella.
Pensó en lo que aquella afirmación significaría, pues se sentía hasta más joven, si consideraba la ola de deseo puramente sexual que la invadía.
—No parece —él la observó con una sonrisa.
—Pero tú pareces tres años más viejo.
La sonrisa que Edward mostraba desapareció de pronto, y toda su apariencia cambió. Parecía absolutamente débil, curvado, con la sombra de la barba por nacer, dejándolo abatido. Edward tenía una arrogante nariz de conquistador romano, ojos color de la verde oscura, que se estrechaban maliciosamente, y la boca sensual de un gigoló. Su cuerpo fue hecho para luchar contra leones en la arena, a pesar de que ningún hombre más hacía eso para probar su fuerza.
—«De eso son hechos los recuerdos»... —Edward tarareó con voz suave a espaldas de Bella.
Ella se sentía sorprendida, como si él estuviera en medio de sus pensamientos.
—Voy a vestirme —dijo más una vez.
—¿Para que darse al trabajo? —él preguntó maliciosamente—. Es demasiado tarde para esconder lo que está sucediendo contigo, cara mía.
—¡No soy tu querida! —ella replicó, rígida.
—Tal vez no —concedió él—, pero apuesto que imaginas como sería revivir los viejos tiempos.
—No contigo —ella se apresuró a negar—. Nunca más.
—¿Fue un desafío? Porque, si así fue, puedo aceptarlo —bromeó Edward—.Podría ser un ejercicio interesante ver cuántas veces nos devoraríamos en esta hora y media. Apuesto que olvidaríamos nuestros problemas...
Si el pasador de la puerta de la cocina fuera un revólver. Bella ciertamente habría tirado contra él.
—Si tienes que caer tan bajo para olvidar tus problemas —atacó ella—, llama a Tanya. ¡Aquella mujer siempre estuvo mejor entrenada que yo para atender a todas sus necesidades!
Con una de sus poderosas manos, él agarró la de ella, impidiéndole salir de la cocina.
—Tú continúas con un cuerpo de sirena, Bella —Edward silbó—, pero tu lengua se hizo demasiado afilada. ¿Cuándo vas a entender, pobre tonta y ciega, que Tanya no es, y nunca fue mi amante?
«Yo debería parar aquí», Bella se dijo a sí misma. Debería callar la boca y concluir la discusión.
Pero no lo consiguió. Edward siempre fue capaz de provocar lo peor que había dentro de ella... y dentro de él también. Ellos solían pelear hechos enemigos acérrimos, y enseguida hacer el amor como la pareja más apasionada del mundo.
Bella siempre había creído que fue el amor lo que los había llevado al matrimonio.
Había conocido a Tanya el día de su boda y había terminado sabiendo que aquella era la mujer que Edward habría escogido para casarse, si ella no se hubiese casado con su mejor amigo, Vladimir. Aquél día, las primeras semillas de duda con relación al amor de Edward habían sido plantadas en el corazón de Bella.
Edward nunca le había dado motivos para que ella creyera en los rumores, ni aún en las dos veces en que se había embarazado.
Vladimir había muerto en un trágico accidente de barco, semanas antes de la muerte del padre de Edward. Antes que Bella lo descubriera, Edward y Tanya se habían hecho prácticamente inseparables.
«Compañeros en el dolor», Edward solía decir. Tanya llamaba a aquella relación de «inevitable».
—¿Qué piensas que hizo, cuando lo atrajiste al matrimonio? —Tanya le había preguntado a Bella—. ¿Crees que él olvidó que es de mí de quién está enamorado? Mientras mi marido estaba vivo, él te aceptó como premio de consolación, pero con la muerte de Vladimir...
—Voy a creer que Tanya no es tu amante cuando el infierno se congele —Bella habló, volviendo al presente—. Déjeme en paz.
Ella intentó abrir la puerta nuevamente, pero Edward era más fuerte.
—Vas a salir cuando yo te deje —declaró él—. Tú comenzaste esta discusión, por lo tanto vamos hasta el final.
—¿Final de qué? —ella gritó, volviéndose para enfrentarlo—. ¡No sé acerca de que estamos peleando!
—Ese antagonismo tuyo con Tanya —respondió él—. Es tu obsesión, Bella, y siempre lo fue. Anthony sólo puede haber sido influido por ti sobre esas tonterías.
Bella lo miró entre espantada y furiosa.
—Tú eres quien está ciego, Edward —informó—. Ciego, terco, orgulloso y tonto, demasiado para no observar que Tanya es diabólica.
—Y tú estás enferma —contestó él, alejándose de ella—. Sólo puedes estar enferma, para pensar mal de una persona que intentó ser tu amiga.
Ella rió, casi atragantando de rabia.
—¿Amiga? ¡Disculpa si esto te ofende, Edward, pero no suelo hacer amistad con las amantes de mi marido!
Los ojos color de verde centellearon.
—¡Ella nunca fue mi amante!
—¡Mentiroso!
—¡Yo no miento! —él gritó.
—Sé que Tanya ha envenenado a Anthony, como hizo antes conmigo —insistió.
—No voy a continuar escuchando estas tonterías —Edward habló, alejándola de la puerta para que él pudiera salir.
—Entonces, ¿quieres oír lo que Anthony tiene que decir? —ella lo desafió.
Él paró y levantó la barbilla en un gesto dictatorial.
—Fue para eso por lo que vine.
Bella se preguntó por qué el acento de Edward se acentuaba, siempre que él estaba nervioso. Enseguida movió la cabeza, librándose de la pregunta idiota.
—¿Vas a creer en él, si nuestro hijo dijera que lo que yo estoy diciendo es verdad? —preguntó.
—¿Y si eres tú la que está llenando la cabecita de él con esos disparates?
—Supongo, entonces, que no tienes la menor intención de creer en tu propio hijo, como no creíste en mí —murmuró, suspirando.
—Repito —continuó Edward—, eres tú la que está equivocada, no Anthony o yo.
—Vamos a la parte final de la competición —ella habló en tono bromista—. Vamos a probar tu amor por Tanya contra tu amor por nuestro hijo.
—¡No es una competición! —exclamó Edward, rabioso.
—Estoy originando una —informó ella—. Voy a comenzar dándote una elección simple, por lo tanto escucha con atención, Edward, pues es en serio. ¡O tú renuncias a casarse con Tanya, o renuncias a tus derechos sobre Anthony!
Él se volvió lentamente para enfrentarla.
—Una advertencia, cara. Nunca más vas a interferir entre mí y mi hijo, no importa que armas uses.
—¡Puedes apostar que voy a usar todas! —afirmó ella.
Nuevamente la tensión creció entre ellos.
Edward sabía que Bella no estaba bromeando. El padre de ella fue un abogado de renombre y había tenido amigos destacados y poderosos dentro de la profesión, especialistas en causas de divorcio. Esos amigos habían ayudado a Bella hacia tres años, atando a Edward legalmente, antes que él se pudiera dar cuenta. Él tenía la convicción de que bastaría una llamada de ella para que sus amenazas se concretaran.
—¿Entonces? —preguntó Bella, orgullosa—. ¿Quién sale de tu vida? ¿Tanya o Anthony?
Él osó a reírse.
—¡Dios! Tú pareces muy dura, Bella —observó—. Muy segura de ti, pero te olvidas de un pequeño detalle, muy importante.
—¿Cuál? —inquirió ella, curiosa.
—La evidente inseguridad de Anthony, y lo que pretendes hacer para ayudarlo —habló tranquilamente—. La última vez que declaraste la guerra contra mí, Bella, nuestro hijo era muy pequeño para entender lo que estabas habiendo. Pero ahora él ya tiene edad suficiente para saber todo lo que sucede entre nosotros dos.
Parando un momento para observar el efecto de sus palabras sobre ella, Edward hizo una última pregunta, que era también un desafío.
—¿Estás queriendo disminuir el amor de Anthony por mí, en otra de tus campañas vengativas?
Que malvada Tanya y Edward como siempre cegado, ¿Qué le hara al pobre niño?, bueno eso se vera mas adelante.
