He vuelto con… FINALMENTE (agotamiento) el Segundo capi de Hell. Y final, lógico. Sólo después de esto viene Oxnard Medical Center, que tuve un enredo con los capis, :P

Pero no más.. he terminado… y éste es un poco más cortito que el anterior, pero espero siga teniendo angustia, :p

Muchas gracias a Javoss18, a Rosa Novak Winchester, a Dee Spiegel y a Choi Mingyu por postear, y Aldarame, tu respuesta.

"Debo decir que me siento halagada por eso de la buena redacción, jajaja. Es sólo que trato de que mis fics (e historias personales y originales tbn), tengan una buena ortografía y redacción y coherencia y todo eso. Si uno se da la molestia en leer uno tiene que entregar tbn algo de buen contenido, no? Y gracias más por lo de la buena trama, jaja. Y si bien al Destiel le pongo drama, después igual termina… no diré más, no quiero revelar el final, cuek. Gracias, nos vemooossss :3

Bueno, los dejo leyendo, espero este capi les guste mucho porque ya son las… 1:18 AM y tengo sueñito y me siento realizada porque lo terminé pero espero que guste… y Danna… me distraes! Pero igual te escribiré, sabes que te queyo mucho.

No olviden postear!

THE COSTUME OF SIN; Cap I Hell II

Dean solo le había ido después de haber dejado a Castiel tirado sobre el suelo, necesitado de aire y casi ahogado con su propia sangre, adolorido de todo su cuerpo y jadeando. Apenas oía que las puertas de su infierno el ángel comenzaba a moverse, tratando de enderezarse. Logró arrodillarse, con las manos heridas apoyadas en el suelo frío, un frío que no permite que los dedos se muevan con facilidad, y pudo escupir el resto de la sangre que caía de su boca.

Logró moverse un poco más. Lo suficiente hasta que perdió el equilibrio y cayó de espaldas en la esquina de aquel lugar oscuro. Juntó las piernas, doblándolas y apoyando y escondiendo su cabeza entre sus brazos, con la chaqueta del cazador en su espalda, con una lagrimita rebelde cayendo por su mejilla que trató de ignorar y de reprender restregando su rostro contra su brazo. Siempre trataba de ignorar que lloraba, lo pasaba por alto, pero simplemente le era imposible evitar notar un leve cosquilleo cayendo y tenía que quitárselo para no sentirse tan débil.

Ésta tortura había sido diferente para el ángel. A Dean no le había bastado con la sola idea de golpearle hasta el cansancio o de penetrarle. Miró detenidamente, con una leve curvatura de sus labios hacia arriba, cómo Castiel le negaba la mirada. Le acorraló contra la pared y embistió su cadera, apenas en un roce, pero que de todos modos hizo que el ángel gimiera a modo de reflejo ante el temor. Con sus manos apoyadas en su pecho, se acercó a susurrarle al oído que lo haría suyo, que lo sometería a su voluntad y que le convertiría en un esclavo. Castiel simplemente no podía evitar estremecerse y negar con la cabeza al escuchar aquello.

Pero ya no se atrevía a decirle que no al cazador. Al arcángel que para esas alturas ya era. La última vez, y por cierto, primera, que se había negado a las órdenes indirectas de su verdugo, que había reunido algo de fuerza para defenderse, había acabado con un par de os atravesando bajo su hombro, dañado en el pulmón y adolorido con la falta de aire, que le hacía exasperante y agonizante. Había gritado horas, era un dolor que jamás terminaba. Había decidido, apenas Dean le había dejado, no negársele nuevamente. Había cometido un error en el que no había vuelta atrás. Había que aceptar las consecuencias.

Dean le tomó de los hombros y le impulsó hacia abajo, hasta arrodillarle sobre el suelo.

—Ya sabes que hacer, Cass—le sonrió, de costado—Tengo que admitir que siempre me ha gustado la idea de saber cómo lo mamas—Anda, abre esa boquita tuya—

El ángel le negó la mirada. Estaba suelto. Al menos de las muñecas, que mostraban la marca permanente de los grilletes, pero seguía encadenado del cuello. Quiso lanzarse a él, abrazarle las piernas y llorar, y rogar que no le forzara, pero simplemente prefirió mover la cabeza negativamente y suplicar, en un susurro.

—Dean, no… por favor, no me obligues a hacer esto—

—Sabes que yo no ruego, Cass, pero sabes que soy bastante persuasivo—No me hagas obligarte, anda, házmelo—

Pareció acorralarle contra la pared y desanudó el cinturón, acariciando y tironeando con suavidad su cabello.

—Dean, en serio… —se lamentó, casi arrastrando las palabras—No me obligues a hacer esto, te lo pido…—No hubo caso. Después de todo, las súplicas no habían funcionado en los últimos 35 años. Lo más probable era que dentro de lo que quedaba de su eternidad, tampoco funcionaran.

Mientras con una mano revolvía su cabello relamiéndose en el interior, con la otra sostenía su mentón y acariciaba con el pulgar su labio inferior, mientras el ángel trataba de negarse, con sus ojitos llenos de súplica. Apenas logró meter un dedo y hacerle abrir un poco la boca, tomó ambas manos con premura y las sostuvo contra su cintura, guiándolas a bajar la parte delantera de su pantalón. Ya no se atrevía a decir que no. Cerró los ojos y aceptó las consecuencias de su error.

A la primera caricia que dio su lengua en su miembro su torturador gimió, tironeando con ambas manos sobre su cabeza, intentando profundizar aún más el contacto de su lengua, levantando la cabeza y arqueando apenas visiblemente la espalda.

— ¡Ahhhmm! Cass… más profundo, Cass, más profundo—Contra el total de su voluntad, el ángel sólo obedecía. Después de tanto tiempo había sido entrenado sólo para obedecer y ser un esclavo sexual y algo parecido a una bolsa de arena con forma humana. Su lengua recorría cada centímetro de su miembro y negaba por todos los medios, su mirada y su rostro de tortura al arcángel—No pares, no te detengas, Cass ¡Ahhhmm! —

Cada gemido era un estremecimiento más para el ángel que trataba de aguantar una que otra lágrima de humillación. Dean apoyaba la mano izquierda en la pared, tratando de penetrar en aquella húmeda cavidad con un empujón casi insignificante de su cadera. Cuando le dejó alejarse de él, con un rostro algo enrojecido y humillado por lo que acaba de hacer, tomó ambos brazos del ángel, obligándole a ponerse de pie y quedar contra la pared. Castiel ocultó su rostro, pero su cuerpo se estremecía al sentir cómo le rozaban y le susurraban al oído;

—Quiero que repitas lo que yo diga, Cass—Ocultando un rostro con los ojos ya humedecidos, sólo asintió—Di que eres mi esclavo—

Con su cuerpo castañeando, escuchó una sonrisilla. Pero obedeció y repitió lo exigido en un susurro.

—Que eres todo mío—

—Soy todo tuyo—susurró.

—Di exactamente… lo que sientes por mi—Hubiera deseado decir que le odiaba. Gemirlo, gritar que le odiaba. Que lo único que deseaba era verle muerto y sufriendo tanto como él lo había hecho—Di que me amas. Dime cuánto me amas—

Como el ángel se negaba a responder, el arcángel comenzó a acariciar su espalda, abriéndose paso en su entrada con un par de dedos, hasta que logró embestirle, sosteniéndole firme por la cintura, apresándole contra la pared y comenzando a penetrarle con más prisa, con más rabia, pidiéndole entre jadeos que volviera a repetir lo que le había ordenado un minuto atrás. Entre gemidos de dolor, Castiel volvía a repetirlo, que era su amo, que su cuerpo era suyo, que podría hacer de él cuánto quisiera. Dean le exigía rogarle, oírle gemir, y Castiel siempre lograba complacerle, lo quisiera o no. Apenas le dejaba, se arreglaba y le arrojaba al suelo, comenzando a golpearle salvajemente. Si fuera en el mundo de los vivos y Castiel fuera humano—como lo era en aquel momento por haber perdido sus poderes—, Dean sólo se hubiera detenido cuando le hubiera tenido muerto. En este caso, sólo se detenía cuando veía que necesitaba voltearse para escupir la sangre que tenía y necesitaba aspirar grandes bocanadas de aire para poder parar un poco el dolor que afligía con tanta fiereza su pecho.

—Dean, ya basta, te ruego... detente—le suplicó el ángel, cubriéndose con ambos brazos.

El arcángel se acuclilló a su lado y tomó su rostro.

—Es cierto. Basta por hoy—quitó una lágrima que caía con la manga de su prenda—No llores, Cass. Sabes que te amo. Después de todo, eres mi juguete favorito—se arrodilló a besarle en los labios; algo largo, y luego se puso de pie y se fue. Castiel necesitaba descargar toda la rabia que tenía contra aquel arcángel. Todo su odio se acumulaba. Necesitaba ver a Dean Winchester sufriendo lo mismo que él. Y ahora que ya no había ilusión o pensamiento que le ayudara a superar las horas infernales, el frío, la humedad, el dolor y la falta de aire, necesitaba algo que le ayudara a sobrellevar la situación, y aquello era imaginar, soñar que alguien le liberaba de su tormento eterno y le ayudaba a escapar. Como obviamente ya no tenía a ninguno de los Winchester, su única esperanza era un ángel. Y de los únicos que tenía cerca era Balthazar, a quien había amado como a un hermano. Balthazar era su hermano mayor. Le había apoyado en tiempos de angustia y había tratado de guiarle por el buen camino y las buenas decisiones.

Había tratado. De todos modos Castiel no había tomado su consejo y había cometido el peor error de su infinita vida.

Si Balthazar era capaz de sacarle, apenas recuperara sus habilidades se encargaría de destruir moralmente a su torturador. Por tantos años como él estuviera él, le haría pagar por cada lágrima que le hizo derramar o por cada gota de sangre que cayera de su cuerpo.

Por otro lado, miraba arriba y veía oscuridad. A donde mirara, a donde girara la cabeza y la vista, no veía nada más que oscuridad. Y estaba seguro de que Balthazar jamás podría atravesar la puerta de su infierno, que jamás alcanzaba a ver.

Pero como solía pensar antes de que el arcángel entrara a torturarle, era mejor vivir una ilusión que no era real, antes que seguir sufriendo por el dolor en aquel maldito infierno suyo.

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Su tortura se repitió por mucho tiempo. Años que para el ángel eran interminables. Se veía forzado a hacer cosas que iban contra su orgullo, y siempre terminaba arrinconado, tiritando y cubierto con la chaqueta verde oscura del cazador, quitando lágrimas y manchas de sangre de su rostro.

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No supo cuánto tiempo había pasado. Ya no tenía noción del tiempo. Después de tanto, ya se encontraba tendido sobre el suelo, su cuerpo sólo castañeando, apenas sus dedos se movían, como acariciando el suelo rocoso. Ya se dejaba hacer de todo. Si bien seguía gimiendo cuando Dean abusaba de él, era más por la orden de él que por sí mismo. Ya no rogaba. Ya no emitía palabra alguna, sino cuando le pedían repetir alguna cosa. No se negaba a nada y obedecía ávidamente a cualquier mandato, olvidando si fuera contra su orgullo.

Se había dado cuenta que, desde que entró en ese estado de "inconsciencia despierta", Dean iba cada vez menos a su infierno. Podía pasar lo que él llamaba "días" sin verle. Pero parecía no importarle o encontrarle algo que pudiera hacerle aprovecharse de aquello "Si estoy así, ya no vienen tanto como antes". Si bien había conseguido averiguar aquello, parecía no importarle. Su cuerpo era ahora sólo movido por las manos de su torturador. Se había transformado en el peluche que Dean había entrenado por tantos años.

"Había vuelto a tierra firme. Sí. Veía todo a mí alrededor más iluminado de cuanto estaba en el Infierno. Pero seguía sin comprender por qué estaba aquí. No sabía qué otra cosa podrían hacerme. Ya me habían hecho de todo. Supongo. No estoy al tanto de qué otras formas de tortura puede inventar Lucifer. Pero ya todo me da lo mismo, estoy del todo resignado"

Dean avanzó lentamente por la arena, bastante cerca de donde llegaba la marea.

—Realmente estás en tierra firme, Cass ¿Lo sientes? ¿Te das cuenta de la diferencia? —le susurró. Castiel no se movió. Sólo movía las pupilas de sus ojos pero sin mirarle a él—Lucifer decidió dejarte libre. No comprendo por qué. No me agrada la idea, pero ni modo. De todos modos no creas que éste será nuestro adiós. Lucifer no me ha prohibido venir a verte de vez en cuando. Aunque no sé con quién vas a quedarte por mientras. No me dijo nada de eso—

Castiel pareció tratar de moverse un poco sobre la arena. Sentir una brisa de aire, el sonido del mar, las gotas que saltaban al chocar contra las rocas eran algo que le hacían sentir un poco más liberado. Estaba de nuevo con vida.

No pensó de inmediato en la venganza que había planeado con tanto tiempo de sobra. Pero eso no importaba. Necesitaba moverse. Pero aún no podía. Aún no sabía qué hacer. Su mente no trabajaba todavía.

—Antes de dejarte… necesito sentir que eres mío una última vez más—

No se había dado cuenta sino hasta cuando Dean comenzó a desvestirle, que llevaba algo puesto encima que no era la cazadora. Tampoco era lo mismo que llevaba cuando entró. Pero al menos la camisa, el blazer oscuro y el pantalón. De todos modos, se dejó hacer, con la vista ahora clavada en el cielo oscuro. Tenía ese azul brillante que tiene sólo la madrugada. Tres, cuatro de la madrugada. Sentía cómo Dean besaba cada parte de su pecho y de su vientre repitiendo que no sería la última vez que le vería, penetrando en él y gimiendo, tomando su espalda y arqueándola, mordiendo suavemente su cuello. Cuando volvió a dejarle sobre la arena, le miró con una ternura algo extraña y se acercó a besarle.

—Voy a buscarte, Cassie. No puedo permitir que mi juguete favorito me sea arrebatado de las manos, ¿verdad? Voy a encontrarte. Cuando lo haga serás mío cada vez que quiera—

Apenas se puso de pie, sintió un agudo dolor en la pierna. Algo en ella se quebraba. Algo en ella había sido quebrado por el arcángel, pero sólo pudo gritar en su interior. Dolía. Sus ojos lloraban a causa de la agonía pero su rostro no lo demostraba en realidad. Todo su huésped padecía inconsciente e inmutable ante cualquier daño. Más un dolor que le costaba la respiración, justo donde las costillas se separaban.

—Si es que, claro… sobrevives ésta noche—

Ladeó la cabeza. Ya no sentía miedo, ni humillación. Todo eso estaba en algún lugar recóndito de su mente. Sólo sentía frío, y dolor.

Tampoco estuvo al tanto de cuánto tiempo estuvo tendido sobre la arena, ignorando lo que sucedía a su alrededor. Estaba al tanto de dónde estaba, de que estaba nuevamente con vida, pero no tenía reacción alguna ante aquello.

Sintió unos pasos que saltaban a la arena y corrían hacia él. Le habían tomado de la cabeza y golpeaban su rostro con suavidad. Sentía que le llamaban, pero no era alguien que le conocía. Su visión había empezado a confundirse. Todo lo que veía tenía una capa que hacía que todo se viera borroso. Le dolía la cabeza y su frío ya se hacía infernal. Quiso gemir, decir algo. Quiso pedir ayuda a quien entendió estaba tratando de ayudarle, pero la voz no le salía. No movía los labios. Sólo respiraba con dificultad y trataba de controlar el castañeteo de su cuerpo.

Sintió que le tomaban del torso y que le levantaban un poco, como sentándole en la arena, pero su cabeza sólo se dejó caer hacia adelante. La miraba. Al menos ya sabía que era una mujer. Trataba de descifrar cómo era, pero su visión no le permitía estar muy seguro. Quería pedirle ayuda, y refugio. Pero no le salía la voz. Ella se había sacado algo de su propia ropa y había colocado en su espalda un chaleco rojo, bastante tibio. Sintió su brazo alrededor del suyo, tras su espalda. No pudo evitar sentirse conmovido por aquella conducta.

Sintió de pronto un sonido fuerte. La voz de aquella mujer la había escuchado profunda. Difícil de entender. Como si saliera de algún instrumento raro de viento, como si estuviera lejos, pero al mismo tiempo a su lado. El sonido fuerte, lo conocía. Era una especie de sirena. Veía luces moverse en círculos y un par de hombres de más de 30 años que se acercaron a él a tocar su rostro y a tomarle en brazos, pero él no quiso separarle del calor que le daba la desconocida, y logrando mover su brazo, casi inconscientemente, se aferró con la poca fuerza que pudo conseguir, y que quedaba en su cuerpo, a la ropa que llevaba. Ella se levantó junto con él y se separó sólo cuando estos hombres envueltos en un blanco total le recostaban sobre algo blando. Sentía que abrían su camisa, que examinaban sin tocar la herida y que ponían un gel helado sobre su cuerpo, pero simplemente no se estremeció. De pronto sintió una especie de descarga. Dolió un poco, pero no tanto con lo que había aprendido a soportar. Quien no sostenía esa cosa con gel que hacía su pecho saltar y su corazón acelerarse golpeaba con suavidad su rostro, levantándole con suavidad, y con algo que confundía con ternura, su párpado, poniendo sobre él una luz que le molestaba. También en el otro ojo.

No sabía dónde estaba. Sólo veía una potente luz sobre él, que no era la que manejaba el sujeto más joven envuelto en telas blancas, pero estaba seguro que aquel no era el Cielo.

Por suerte, tampoco era el Infierno.

De todos modos, en medio de esos golpes de corriente que daban a su corazón, terminó ladeando la cabeza y cerrando definitivamente los ojos.

Pd: Debo decir que en mi vida jamás me han desfibrilado… y tampoco conozco a alguien que lo haya sido como para preguntarle y… no tengo idea qué se siente, pero supongo que es esto, no? Bueno… en las escenas de lemon hay veces en que uno tbn tiene que "estimar", no? Nos vemos lueguito, byeeee