2. Imposible

One-shot

Cuando Sofía miró por primera vez a Cedric como algo más que un mentor, o incluso un amigo, ella tenía 16 años. Fue una mañana, mientras ella barría el taller y él ordenaba unos papeles. A penas pasó por su cabeza, se ruborizó y rio en silencio. Había sido un simple pensamiento, un pensamiento imposible y probablemente pasajero.

Para cuando ya tenía 17, llegó a preocuparse. Se suponía que había sido producto de su adolescencia, o al menos de eso se había logrado convencer.

¿Entonces por qué no podía dejar de pensar en él?

De todos modos, era su placer culpable, y gozaba poniendo escenarios en su cabeza basados en las novelas románticas que Ruby y Jade le prestaban.

A menudo se distraía y caminaba tarareando alguna melodía por los pasillos, perdida en las nubes. Enamoramientos de la edad, había supuesto la gente en el palacio, cuando pasaba con una sonrisita y la mirada perdida.

Cuando a los 18, luego de muchos intentos de olvidarse del tema, e innumerables bofetadas mentales, seguía con el mismo dilema, le tomó el peso al asunto. Al parecer, se había enamorado del hechicero real. Y solo al parecer, porque de amor no sabía mucho. Lo único que sabía era que en los bailes no podía fijarse en los pretendientes que la cortejaban porque ninguno era Cedric; cuando hacían pociones juntos, el corazón se le aceleraba con la cercanía y la cara le hervía por dentro; escuchar el tono grave de su voz ponía siempre una sonrisa en su rostro, aunque fuera para decirle que saliera de su taller y dejara de molestar.

Sofía sabía que de sus sentimientos nada bueno podía salir: primero, él jamás la miraría como algo más que una niñita. Además, confesar sus sentimientos no solo traumaría a su inseguro amigo, sino que arruinaría su amistad. Finalmente, ella no estaba para juegos, sabía que tarde o temprano se le elegiría un príncipe o noble para desposar.

Así, decidió que cada vez que pensara en Cedric, recordaría estos 3 puntos para que, aunque rompiera su corazón, no saliera aún más lastimada en un futuro.

Cuando Cedric miró por primera vez a Sofía como algo más que su pupila, o incluso una amiga, ella tenía 18 años. A penas el pensamiento se transmitió de neurona a neurona, el hombre se aterró. Ese mismo día inició una campaña secreta para alejarse de Sofía, y ese mismo día la campaña terminó: Sofía no pensaba apartarse de su mejor amigo, y él nunca le había podido decir que no a Sofía. Mandó a decir, vía Baileywick, que las clases de la tarde se cancelaban, y por supuesto, ella llegó de todos modos para saber la razón. No es necesario decir que las clases, por supuesto, siguieron su curso habitual.

Por eso mismo, sus sentimientos no hicieron más que crecer, asustándolo cada vez más, pero también haciendo que se preocupara cada vez más por la princesa.

¿Estaba demente? Sí. Solo un demente era capaz de arriesgar su carrera, trabajo, reputación y cabeza por una mujer. Pero esa mujer era Sofía, y él estaba seguro, aunque lo hiciera hervir por dentro, que, por ella, probablemente muchos estaban dementes.

¿Confesarle sus sentimientos? ¡Ja! Por supuesto que no. No era tan idiota. ¿Cuántos años de diferencia tenían? ¿20? ¿25? La espantaría. Quizá no, pero las cosas entre ellos no volverían a ser como antes, y no estaba dispuesto a perderla.

En fin, en cualquiera de los casos terminaría con el corazón roto... y quizá también algunos huesos, si es que no el cuello, si llegaba a esterarse el Rey Roland.

Y así estaba la situación: Ella enamorada él y él loco por ella. Ambos incapaces de confesarlo y sufriendo al contenerlo.

Mirando en retrospectiva, era algo obvio. Durante 10 años fueron amigos inseparables, y el uno conocía al otro como la palma de su mano. Habían pasado los mejores y peores momentos juntos y se habían visto crecer: Ella convirtiéndose en una mujer; él, en un hábil hechicero.

Y, aun así, una relación para ellos era algo imposible.

Quizá las cosas eran mejor así. No para ellos, claro, pero en general. Quizá algún día en el futuro, podrían confesarlo como un recuerdo del pasado, pero por ahora, solo les quedaba sufrir en silencio.