-Muévete a la derecha - ordenó el mayor, moviendo rápidamente sus ojos en la dirección indicada.
El niño levantó el arma con rapidez, moviendo su pie derecho hacia atrás para contrarrestar fuerzas; pero su padre fue mucho más rápido. Antes de que pudiera darse cuenta, su espada ya había sido tocada, y apenas un segundo más tarde sintió un intenso dolor en el costado al recibir el impacto del filo de madera.
Llevándose una mano al lugar en cuestión, el pequeño dejó caer las rodillas a tierra, sintiendo cómo las lágrimas escapaban de sus ojos, sin poder él hacer nada por solucionarlo.
-Me lo suponía - continuó hablando el otro, sin dirigirle una sola mirada significativa al niño. - Claro que tu entrenador está descontento contigo.
Thranduil intentó levantarse, pero el dolor en el costado se lo impidió. Tal vez se había roto una costilla. A los pocos segundos, sintió unos brazos arropándolo por los hombros y apegándolo a un cálido cuerpo.
-Levántate - le ordenó el padre, alzando ligeramente la barbilla.
-No - negó la suave voz que venía de sus espaldas, mientras que unas manos acariciaban su cabello con suavidad.
-No te metas - le espetó Oropher a su mujer, alzando ligeramente la punta de la espada. - Hijo, levántate.
-No es más que un niño. Déjalo en paz.
-Yo era menor que él cuando mi padre me colocó una espada entre las manos. ¡Vamos, álzate!
-¡Oropher!
Thranduil se refugió aún más entre los brazos de su madre, enterrando la cabeza en su cuello, intentando escapar así a la vergüenza y a la furia de su padre. Éste miró muy largamente a su esposa de una manera muy extraña, como si no se hubiera esperado aquel estallido de furia por su parte.
-Déjalo en paz - susurró ella, entrecerrando sus ojos.
Oropher asintió lentamente, dejando a un lado el arma de madera y desenfundándose los guantes. -Siempre os tenéis que meter en todo vosotras, tan blandas y dóciles. Cuando tu amado hijo se enfrente a diez mil enemigos en el campo de batalla, de poco le servirá el consuelo y el llanto.
Thranduil no se atrevió a elevar la mirada hasta estar seguro de que su padre se había marchado. Las lágrimas seguían rodando por su rostro sin poder él hacer nada por evitarlo.
-Shhh - le susurró su madre al oído, intentando tranquilizarlo. -No te preocupes, pequeño. Serás un gran guerrero, ya lo verás. Lo llevas en la sangre.
-Naneth, ¿por qué adar es así conmigo? ¿Por qué no es como tú?
-Tu padre te quiere, Thranduil; de veras. Pero no es capaz de darse cuenta. Ha sufrido demasiado en su vida.
El alce se detuvo con una suave sacudida tras el mandato de su amo, que giró la cabeza en derredor para observar el paisaje. Era un atardecer inestable y ventoso, con tenues rayos del sol filtrándose a través de los nubarrones grises que empañaban el cielo. A su frente, erigido sobre un acantilado alto y rocoso, con las saladas gotas del mar salpicando contra sus fuertes muros, se alzaba un alto palacio de roca rojiza, empinadas torres y pequeñas ventanas. El único punto de acceso al portón principal era un estrecho puente que salvaba la caída hacia la irregular playa que quedaba abajo. El Rey del Bosque permaneció un par de minutos observando con aire despreciativo aquella forma arquitectónica tan poco común entre los de su especie, más similar tal vez a los antiguos castillos y fortalezas humanas, en un vano intento de mostrar un inexistente dominio por la salvaje naturaleza que los rodeaba.
Thranduil espoleó a su montura una vez más, y se dirigió a paso lento hacia la entrada del paraje. Las pezuñas del animal apenas resonaban contra el camino de tierra clara rodeado de hierbajos silvestres y arbustos espinosos. El húmedo aire con olor a salitre le provocó al Elfo una profunda punzada en el pecho que él no pudo ignorar; aquélla no era la primera vez que sentía la presencia del mar, pero la congoja y la nostalgia invadieron su alma igualmente.
Pasó por debajo de las enormes puertas seguido de su séquito personal. A ambos costados quedaban apostados guardias del lugar, que permanecían firmes, con los escudos y las lanzas en perfecto equilibro e inmovilidad. Sin embargo, sus rostros y sus cabellos quedaban al descubierto, al contrario de lo dictado por la costumbre de su padre.
Continuaron por el largo patio de entrada, revestido todo de sillares de piedra fría, hasta llegar a la puerta doble que daba acceso al interior del palacio. Thranduil detuvo a su animal, se bajó del mismo con gracia y firmeza, y se aproximó hacia los dos Elfos, vestidos con largas túnicas rojas, que lo esperaban justo ahí.
-Mi Señor Thranduil - se arrodilló el más alto de los dos, mostrándole el respeto al Rey. -Bienvenido a Caran-Falas.
-Caran-Falas - repitió él, mirando con insignificancia el lugar. -Muy original.
-Nuestro Señor os espera - continuó el otro, eludiendo su comentario. -Por favor, seguidnos. Los pajes se encargarán de vuestra montura y de las de vuestro séquito.
-Que se encarguen bien. Mi compañero animal es muy preciado para mí.
El Elfo continuó a los otros dos pasillo a través. El corredor no era muy distinto al exterior de la fortaleza: la piedra y el color rojo prevalecían sobre todo el edificio. Los encargados de guiarlo hacia el Señor del lugar tampoco eran de su etnia: tenían una complexión más robusta, la piel menos blanca, y el cabello de un color entre negro y castaño.
Al final del pasillo, todo recto, les esperaban unas escaleras anchas revestidas de una alfombra de color dorado. Thranduil las subió sin prisa, con la barbilla en alto, con la mirada fija en la puerta que había al acabar éstas.
Los dos Elfos se detuvieron a ambos lados de la misma, con las cabezas gachas. El Rey penetró en el salón del trono sin demora. Era una habitación estrecha y larga, con altísimos pilares sosteniendo el techo abovedado. Para su sorpresa, el color predominante no era el rojo, sino el gris claro, casi blanco. La sala estaba casi vacía; el Señor no había convocado a nadie para recibirlo. Casi mejor así.
Y, sobre el trono de granito situado al final de la estancia, orgulloso y firme, con una tiara de oro colocada sobre su cabellera dorada y una significativa sonrisa en el rostro, estaba él, su huésped y aliado. Una de las personas a las que más odiaba en el mundo.
Thranduil se detuvo finalmente frente a su figura, y el Señor se levantó de su asiento, con los brazos extendidos.
-Hermano - lo saludó, abrazándolo en un intento de calidez.
-Hermano - le devolvió él el saludo, pero no el gesto.
-Ha debido de ser un viaje largo - le sonrió el otro, una vez se hubo despegado, mirándolo con sus pequeños ojos azules. -Y fatigoso.
-Pocos viajes pueden fatigarme.
-Había olvidado ya tu cinismo - murmuró el Señor, rodando ligeramente sus iris.
-Irónico, yo siempre te he recordado como el cínico de la familia.
-Y yo a ti como el despreocupado y gracioso. Parece que nos hemos intercambiado los roles. Cuántas vueltas da la vida, ¿no crees?
Thranduil no le respondió. En su lugar, cerró muy fuertemente el puño derecho tras su espalda, intentando por todos los medios relajarse.
-He venido con un motivo, Threnion.
-Oh, claro - asintió él. -¿Por qué si no? No creo que vinieras a visitarme de buen gusto. No es tu naturaleza.
-Parece que tú me recuerdas mejor.
-Oh, sí - rió como respuesta. -Mejor de lo que crees. Bueno, no perdamos tiempo. Mis señores te llevarán a tu aposento. Date un baño y vístete con propiedad; mi familia está deseando conocerte. Sobre todo mi bella Fánie.
-Yo también ansío conocerla - agregó el Rey, intentando que la mentira sonara creíble.
Sin mediar media palabra más, Thranduil siguió a otros dos Elfos distintos por unas escaleras de caracol, que los condujeron a una hilera de puertas que discurrían a través de un pasillo largo y solitario. La primera de todas ellas era la suya.
La alcoba era amplia, con una cama grande y cómoda, varios muebles que podían resultar muy útiles, y un baño adosado. Thranduil agradeció fríamente a los otros dos su cortesía, y, aprovechando su soledad, se encaminó hacia la bañera de la que disponía. Se alegró al comprobar que el agua caliente que rebosaba sus límites. Se despojó de sus ropas con rapidez, y sumergió su desnudo y tenso cuerpo entre el ardiente líquido, dejando soltar sus labios un suspiro ahogado de placer, dispuesto a disfrutar de un momento de paz y comodidad para reponer fuerza y ánimos. Los necesitaría.
Apenas una hora después, ya estaba vestido con una larga y lujosa túnica de color azul plateado, sus dedos repletos de anillos y su cabello peinado con lustre. Colocó sobre su cabeza la tiara plateada que siempre llevaba en sus viajes, y se dispuso a bajar de nuevo aquellas molestas escaleras. Abajo, los mismos Elfos que lo habían acompañado antes le indicaron el camino que debía seguir hacia el comedor real, donde la familia del Señor lo esperaba desde hacía un rato.
Intentando contener sus nervios, e inspirando muy profundamente, el Rey penetró en la habitación, en cuyo centro descansaba una larga mesa de madera tallada. Sobre las paredes descansaban unos tapices lustrosamente tejidos, y, sentados sobre sus asientos, esperando a que llegara, estaban los seis miembros de la Familia Señorial. Todos se levantaron al verlo aparecer, excepto su hermano, que permaneció sentado en el centro de la mesa.
-Hermano - lo saludó de nuevo. -Os esperábamos. Ven, acércate, toma asiento. Aún no hemos probado bocado.
Thranduil calló y se aproximó a los comensales, tragando saliva fuertemente. Solamente era capaz de mirar al Señor.
-Majestad - continuó él, levantándose y agarrando del hombro al joven de cabellos castaños que permanecía a su lado izquierdo. -Éste es mi primogénito, Ullion.
El aludido, que, como su padre, tenía una sarcástica sonrisa en el rostro y unos ojos redondos y de pequeñas dimensiones, le hizo una profunda reverencia, antes de hablar con voz firme y palabras suaves: -Un placer conoceros, mi Señor y, si me lo permitís, tío.
-Os lo permito - asintió Thranduil, sorprendido por la frescura del joven, que, por razones que el conocía, le recordó a él mismo muchos años atrás. -Os conozco, sobrino. Asistí a vuestro bautizo.
-Es curioso - asintió Threnion, como pensando para sí mismo. -Creo recordar, y corrígeme si me equivoco, que es el único de mis hijos al que conoces.
Thranduil le dirigió una fría mirada a su hermano, pero el hijo de éste pareció querer intermediar. -Mi Señor, lo que ocurriera años atrás es mejor ser olvidado. Estamos hoy aquí reunidos por un asunto mayor.
-Sabias palabras, hijo mío - asintió Threnion, sin borrar la sonrisa de su rostro. -Serás un gran Señor. Y tu hermana una gran reina.
Aquellas palabras no habían sido elegidas al azar, y Thranduil bien lo sabía.
-Hermano - continuó el Señor, pasando un brazo ahora por la figura que quedaba a su derecha. -Seguro que recordáis a mi esposa, lady Näria.
Thranduil rodó sus ojos con lentitud hacia la bella dama cuyos hombros cubría el brazo de su hermano. Lady Näria, claro que sí. Piel tersa y brillante, ojos enormes y verdes, cejas espesas y perfiladas, cabello largo y oscuro, labios rojizos y carnosos, y figura de curvas sinuosas. Ella miraba hacia abajo, con una pequeña sonrisa en el rostro.
-Majestad - lo saludó, con voz clara y algo débil. Él inclinó la cabeza a modo de respuesta.
-Qué saludo tan frío - comentó Threnion, que parecía tener la lengua más afilada de lo común aquella noche. -Ya habrá tiempo de reencuentros. Prosigamos. Mi hija mayor, Mëria.
Mëria era una muchacha joven, más aún que el mayor de sus sobrinos; una doncella alta, de figura delgada y esbelta, con el cabello dorado de su padre, rizado, los ojos verdes de su madre, y las facciones tan bien definidas, que Thranduil sintió una punzada de dolor en el corazón.
-Es increíblemente hermosa, ¿no crees, hermano?
-Así es - asintió él, besando la mano de la joven. -Me recordáis mucho a mi madre, mi Señora. Diría que sois su viva imagen.
Aunque no había pronunciado aquellas palabras con ánimo de hacer daño, el rostro de Threnion se mostró ceniciento en menos de dos segundos; pero se recompuso a la nada.
-Ya tiene a varios pretendientes por detrás. No es sorpresa. Aunque el aspecto sea el de su abuela, el carácter es de su madre, sin lugar a dudas.
Thranduil fue el que recayó aquella vez, pero no lo mostró físicamente.
-Mi hija menor - continuó Threnion, posando aquella vez el brazo sobre los hombros de una niña de largo cabello entre castaño y anaranjado y ojos grandes y castaños. -Thenidiel.
Thranduil agachó la cabeza frente a la pequeña en señal de respeto, y ella se lo devolvió, con las mejillas teñidas de rojo y la mirada nerviosa. Probablemente nunca hubiera estado ante un Rey.
-Y, ahora, la guinda del pastel. Fánie, la pieza más hermosa de toda mi descendencia.
Thranduil abrió exageradamente los ojos ante lo que le esperaba. Fánie era bella, muy bella. Su piel era pálida, sus ojos eran azules, su cabello muy rubio. Era una copia casi idéntica a su madre, lo cual le dolió profundamente. Pero no era aquella la razón de su desconcierto. Fánie era una niña; una muchacha que estaría entrando en su doncellez, nada más. Las formas de su cuerpo apenas y eran aún perceptibles, y la inocencia de su mirada le mostraba como si de un espejo se tratara todas las ilusiones que su joven cabecita proyectaba sobre su mente; ilusiones que probablemente distarían mucho de la realidad.
-Mi señor - murmuró ella, con las mejillas ardientes y la voz temblorosa.
-Mi... mi Señora - la saludó él, agarrando su mano y besándola con brevedad. -Es todo un encanto conoceros al fin.
Ella sonrió con nerviosismo, jugueteando con sus manos, y miró hacia el suelo, sin atreverse dirigirle la mirada a su futuro prometido.
-Bueno, pues ya está - sonrió Threnion, más feliz que ninguno en aquella habitación. -Tendréis mucho tiempo para hablar y conoceros a partir de ahora. Pero, por el momento, comamos, antes de que nuestros platos se enfríen. Hermano, creo que será conveniente que hablemos más tarde en mi habitación.
-Creo que será lo mejor - asintió él, no sabiendo si mirar al Señor con odio, o con una pizca de miedo.
Una vez acabada la cena, Thranduil y Threnion se despidieron con educación del resto de comensales, y se retiraron por una puerta distinta. Tras subir otro tramo de escaleras (por suerte, aquellas fueron rectas) ambos Elfos se internaron en un pasillo de grandes dimensiones y penetraron por una puerta que había al fondo. La habitación personal del Señor de palacio era muy amplia y conectaba a través de otra puerta con su alcoba.
Threnion tomó asiento tras su escritorio, y cruzó las manos ante su hermano, con una sonrisa complacida en el rostro.
-Y bien, ¿qué te ha parecido?
-¿Que... qué me ha parecido? Es una niña.
-Sí - asintió el otro, como un poco confundido. -¿Qué pasa? ¿No te gusta?
-¿Que si no me...? Threnion, por amor de Ilúvatar, ¡no es más que una niña!
-Oh - gorjeó el Señor. -Olvidaba que te gustaban las mayores.
Thranduil no cabía dentro de su asombro. -Cuando tenía la edad de tu hija mayor, me gustaban las mayores. Pero ahora, años después, siendo yo más que un adulto... ¿Me quieres casar con una chiquilla?
-¿Tienes algún problema con esa chiquilla? Te recuerdo que es mi hija.
-¡Eres tú el que tendrías que tener un problema conmigo!
-¿Contigo? - inquirió el otro, que parecía aún más perdido que el monarca. -Tengo muchos, no lo niego. Pero eres un Rey. Con eso me basta.
-Threnion - recomenzó Thranduil, intentando inspirar lentamente. -Tu hija apenas y es doncella.
-Es doncella. No te preocupes por eso. Sangra desde hace cinco años.
-¡Me da igual que sangre! - exclamó él, alzando los brazos al cielo. -¡Santa Aman, Threnion! ¿¡No te sientes reacio ante la idea de casar a tu hija con un Elfo de mil años!? ¿¡Cuántos años tiene!?
-Qué más te da cuántos años tenga. Es joven, bella, y tiene toda una vida para darte hijos fuertes y hermosos.
-Pero... ¿Acaso hablas en serio? Es tu hija. ¿No la ves más que como un objeto para darte poder y nietos?
Pensó que su hermano se iba a levantar violentamente tras escuchar aquella pregunta, para agarrarlo por fuerza del cuello y pegarle un puñetazo en la sien izquierda; sin embargo, y para acrecentar su estado de sorpresa, él pareció ni inmutarse.
-¨Cuando se tiene el poder no se puede desviar la atención¨ - recitó, a modo de toda respuesta.
Thranduil negó para sí, mirando al Señor con asco en los ojos. -No has cambiado nada. Sigues igual.
-La vida es para los inteligentes, Thranduil. Y yo soy uno de ellos.
-Tú eres un depravado.
-¡No soy un depravado! Te encanta exagerar. Siempre te ha encantado. Fánie no es tan niña. Prefiero que le quites la inocencia tú ahora que un estúpido paje dentro de unos años.
-¿Esa es la imagen que tienes de tu hija?
-No es mi culpa. No me extrañaría, teniendo la madre que tiene. Su hermana mayor ya ha salido a ella.
Thranduil cerró muy fuertemente el puño por segunda vez aquella noche, pero se contuvo para no caer en su juego.
-No pienso desposar a una chiquilla.
-Oh, Manwë - bufó Threnion. - Tú y tu honor.
-Alguien deberá tenerlo en esta familia.
-Tú y yo no somos familia. Recuerda eso siempre.
-Lo recuerdo todos los días, créeme.
-Pues bien que lo has olvidado al venir aquí y pedir la mano de mi hija.
-Un pacto se establece entre Señores, no entre familias.
-Cierto - sonrió Threnion forzadamente, alzando una mano. -Y dime, hermano, ¿crees que permitiré que te quedes en mi castillo, tú, que ni siquiera asististe ni a mi boda ni al bautizo de ninguno de mis vástagos, después de espetarme en toda la cara que no quieres casarte con mi bella y dulce niña, la que ha estado soñando contigo día y noche en silencio desde que le dije que iba a casarse con un apuesto Rey?
-¿Apuesto?
-Debía mentirle para hacerle ilusiones a la pobre.
-No me niego a casarme con ella. Solamente digo... que sería más que conveniente esperar un poco más.
-Ajá - asintió Threnion, mientras su sonrisa iba ensanchándose en su rostro poco a poco. -Así me gusta. No somos tan diferentes, ¿verdad? Y dime, hermanito, ¿cuánto es para ti ¨un poco más¨?
-Hasta que cumpla la mayoría de edad.
-Oh, venga, ¡no fastidies! - exclamó el Señor, golpeando con sus manos los reposabrazos de la silla.
-No pienso casarme con ella hasta que cumpla la mayoría de edad. ¿Cuántos años tiene?
-Treinta y seis.
-No hay problema. Podemos esperar catorce años.
-¡Para el carro! ¿Quién te dice que a mí no me importe?
-Vamos, Threnion. Sé que estás loco por ver a tu hija en el trono. Darías lo que fuera por ello.
-Tienes razón. Pero ¿quién te dice que no tengo más alternativas?
-Claro que las tienes. Tienes otras dos hijas. Seguro que les tienes fichado ya algún pretendiente.
Threnion miró muy fijamente a su hermano a los ojos, asintiendo con brevedad. -Y ¿tú qué ganas con ello?
-Armas. Sé que tienes el mayor resguardo de armas de toda la Tierra Media. Quiero que me envíes una cantidad determinada anualmente.
-¿Sólo?
-Y aceite de pescado.
-¿Para qué quieres aceite de pescado?
-Para lo mismo que tú. Sé de sus propiedades. No elegiste un asentamiento al lado del mar por gusto.
-Vaya, no eres tan lerdo como pensaba.
-Quiero eso y catorce años de espera. Entonces, tu hija será reina.
-Sí. Y tú me mandarás un tercio de tus Elfos para mi Ejército.
-¿C-cómo?
-Tú tienes soldados y yo armas. Tendremos que equilibrar, ¿no crees?
-(...) De acuerdo. Trato hecho.
Threnion se separó lentamente de su hermano, con una sonrisa sarcástica luciendo en su rostro.
-¿Qué te ocurre? - le preguntó Thranduil finalmente, pues lo estaba poniendo realmente nervioso.
-Estás solo.
-¿De qué hablas?
-Estás desesperado por cerrar el pacto conmigo. A ti no te importa el aceite de pescado, tú quieres una esposa.
-Deliras, como de costumbre. Deberías volver a tus libros.
-Quién lo iba a decir - continuó el otro, medio riendo. -Podría haberte subsacado todo lo que hubiera querido.
-Inténtalo.
-Oh, no. Todo a su tiempo. Si no, no sería divertido.
-Te deseo suerte para el futuro.
Threnion se levantó de su asiento, acercándose con lentitud al rostro del monarca, hasta dejar su nariz a dos escasos centímetros de la del otro.
-Dime, hermano, sólo para cuando vayas a desvirtuar a mi hija; ¿alguna vez has yacido con Elfa alguna?
-Sabes que no - le respondió el Rey, con los ojos muy abiertos.
-Yo sí. Todas las noches.
Thranduil sintió cómo el ritmo de su corazón se acrecentaba con rapidez, pero utilizó toda su fuerza de voluntad por intentar parecer frío e impasible, como de costumbre.
-Le gusta gritar, ¿sabes? ¿Te lo preguntaste alguna vez?
Nada. Hizo un esfuerzo sobrehumano por no estamparle la cabeza contra la mesa.
-Y eso que no disfruta mucho con mi compañía - continuó Threnion, con una pizca de decepción y tristeza cruzando sus ojos. -Tú siempre has sido el guapo, yo el listo. A pesar de todo, creo que siempre me ha sido fiel. Es una buena esposa. (...) Yo también la amaba, ¿sabes?
-No. Tú nunca has amado a nadie.
-Cree lo que quieras - zanjó el Señor, dándole la vuelta al escritorio y dirigiéndose hacia la puerta de la habitación para abrirla. -Quiero que mañana al alba desaparezcas de este castillo.
-No hay problema.
-Y, Thranduil. Si me entero de que mi esposa te ha visitado esta noche, la mataré.
El otro asintió con brevedad, se levantó de su asiento, y desapareció por el pasillo sin mirar atrás.
Cuatro horas después de la conversación mantenida con su hermano, Thranduil permanecía en su alcoba, sentado sobre su escritorio, repasando los últimos informes que le quedaban por revisar con Húlion. Tantas eran sus labores como Rey, que no podía permitirse marchar de viaje o expedición un solo día sin llevar una cantidad enorme de papeleo consigo. De todas maneras, en aquellos momentos, lo agradecía enormemente, pues toda actividad era bien recibida con el fin de distraer su mente. Con un suspiro, dirigió una mirada cansada hacia el crepitar del fuego, perdiendo su mirada entre las llamas, recordando sin quererlo las palabras de su hermano.
-¨Estás solo¨.
Estás solo. ¿De veras... aquello lo afectaba tanto? La soledad siempre había sido su refugio, desde... No, la soledad no dañaba; las personas eran las que hacían daño. Las que no te atacaban, te traicionaban; las que no te traicionaban, te dejaban. Pero... ¿ciertamente se había mostrado tan desesperado por casarse con aquella niña?
Sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de la puerta abriéndose.
-Lamento la frialdad de antes.
Thranduil elevó la mirada al acto, y se encontró con ella. Iba vestida con una bata de color blanco, con el cabello cayéndole en ondas sobre el pecho y los labios ligeramente pintados.
-Yo no lo llamaría ¨frialdad¨ - respondió, sin disimular el tono de desprecio.
Näria asintió con rapidez, agachando la cabeza y apretando la mandíbula. -Tienes razón.
-¿Qué haces aquí?
-¿Tengo que decirlo?
Ella levantó la mirada, y Thranduil observó sus ojos verdes en totalidad después de muchos años.
-Vengo a pedir disculpas.
-Si no hubieras entrado sin permiso, no tendrías que pedirlas.
-Disculpas por lo que pasó hace tanto tiempo.
-Pues es tarde.
-Thranduil.
-Márchate.
-Thranduil, por favor.
Él suspiró con impaciencia, y se levantó de su asiento con lentitud. -Adelante.
-Lamento todo lo que ocurrió. Sé que te hice mucho daño.
-Qué va. No tanto como te crees.
-A mí también me dolió.
-Oh - profirió él en carcajadas. -¿Te dolió dejarme de lado por casarte con mi hermano, con el que no habías hablado en tu vida?
-Era mi futuro. Me importaba más que lo nuestro. A ti también.
-Sí, tienes razón. Pero yo jamás te hubiera hecho lo que me hiciste.
-No fue fácil...
-Cómo tienes la vergüenza de venir a decirme esto a la cara.
-(...) Lo siento. Lo siento mucho.
-Ya da igual. Tengo problemas más importantes.
-Mi hija... es una niña buena y dulce. No se parece ni a Threnion ni a mí. Ella no tiene culpa de nada.
-No te preocupes, no pienso hacerle daño. No soy como vosotros.
-Threnion me ha dicho que has retrasado el matrimonio. Gracias.
-Dime, Näria. Dicen que eres la Elfa más poderosa del mundo. Dicen que el control que mantienes sobre mi hermano es magistral, gracias a tu increíble belleza. ¿Cómo es que no conseguiste convencerlo de que vuestra hija era demasiado joven para casarse?
Ella no respondió. Thranduil asintió.
-Es increíble. Sois tal para cual.
-Haría lo que fuera por mis hijos. Lo que fuera.
-Sí, como entregarlos a un desconocido.
-No eres un desconocido.
-Y por eso has venido a pedirme que no le haga daño.
-(...) No tengo todo el poder sobre mi esposo. Hay cosas que se me escapan.
-Vete. Me das asco.
Sin embargo, ella se quedó completamente quieta en el sitio, mirándolo con la cabeza ladeada. -Sabes que mi marido me matará si se entera de que estoy aquí contigo, ¿verdad?
-No. No lo hará. Eres demasiado valiosa para él.
-Me detesta. Ansía buscar la mínima excusa para deshacerse de mí.
-Creo que también te tiene cariño... a su manera. No se librará de ti tan fácilmente. Creo que tiene sentimientos encontrados.
-No soy sólo su calientacamas, para que lo sepas.
-No, también eres su dolor de muelas. Pero disfruta de ti, de la pasión que le inspiras y del odio que le generas. Le gusta tener enemigos. Así funciona él.
-(...) Yo jamás le he sido infiel. Lo juro por mi vida.
-Lo creo.
-No porque le tenga miedo.
Thranduil calló, mientras escrutaba su rostro con cálculo. Ella agachó la cabeza, dirigió sus manos a su cintura, desató el nudo de su bata, y se pasó la prenda por los hombros, dejándola que cayera al suelo.
Él jamás la había visto desnuda. Su cuerpo era tal y como siempre lo había imaginado. Sus hombros eran estrechos; sus caderas eran anchas; sus glúteos eran grandes y firmes; sus pechos eran redondos, sus pezones morenos y erizados. Ella se acarició uno de ellos con los dedos a la vez que se adelantaba hacia él, posando las manos sobre su abdomen, poniéndose de puntillas para alcanzar sus labios, besándolos, mordiéndolos, acariciándolos con su lengua. Pero Thranduil la agarró fuertemente del cabello, tirando de su cabeza hacia atrás, para poder mirarla directamente a los ojos.
-Ya no funciona - negó él, sonriendo. -Ya no. Yacería contigo esta noche simplemente para que mi hermano se enterase, para ver cómo te cruza la cara y te tortura lentamente. Pero no lo haré, porque mi orgullo está por encima. Sal ahora mismo de esta habitación, vestida, o te juro que seré yo el que te mate con mis propias manos.
Näria lo miró, con algo de temor al principio, para después pasar al odio. Con desprecio, se alejó de su lado y se agachó para coger su bata. Thranduil observó sus nalgas intentando ignorar el calor de su entrepierna y el ferviente deseo de agarrarla y hacerla suya; no, se juró a sí mismo que ya no funcionaría de la misma manera tiempo atrás.
Ella se vistió con rapidez, atándose la prenda a la cintura, y le dirigió una última mirada de repulsa. -No sabes en qué terreno te metes, Thranduil. No se trata solamente de tu hermano; se trata de mí.
-Sí, tiemblo de miedo ante vosotros. Vete ya.
-Discrepa - murmuró Näria, abriendo la puerta con rapidez. -Y cámbiate los calzones. Te hará falta en un rato.
El Rey agarró con fuerza el tintero que reposaba sobre el escritorio, y lo estampó contra la entrada de la habitación una vez que estuvo cerrada. Desgarrando el aire con un grito de rabia, se dejó caer contra el suelo, observando sus manos temblar. No temía a Näria ni tampoco a Threnion; se temía a sí mismo. Y maldijo la hora en la que se había comprometido con la hija de ambos.
