BLANCA NAVIDAD
Por Cris Snape
Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.
Esta historia participa en el reto "Solsticio de invierno" del foro "La Noble y Ancestral Casa de los Black"
2
Pastel de zanahoria y whisky
En algún lugar de los Picos de Europa, 24 de diciembre de 1997
Mary se había levantado sintiéndose bastante deprimida. Echaba muchísimo de menos a sus padres y hermanos, pero al menos sabía que estaba bien. La Navidad siempre fue muy importante en su familia y deseaba con todas sus fuerzas poder seguir con las tradiciones que llevaba practicando toda su vida, pero ese año sería imposible. Casi todos sus seres queridos estaban muy lejos de allí y lo único bueno que podía desearles era que la guerra no les alcanzara. Ni siquiera contar con la compañía de su marido y sus hijos lograba levantarle el ánimo. Lo sentía muchísimo por ellos, pero ya no tenía fuerzas para seguir fingiendo que todo estaba bien. Cuando Reginald la animó a levantarse para preparar el pastel de zanahoria y whisky, ella decidió no mover un músculo.
En algún momento de la mañana se había puesto a llorar. No dejaba de darle mil vueltas a lo mismo y sentía que la cabeza iba a explotarle. Se dijo que debía ponerse en pie y mantenerse entretenida con algo, que no podía dejarse abatir precisamente en esas fechas tan importantes, pero no era capaz. Fue una suerte que los niños irrumpieran en ese momento en su habitación. Maisie se las apañó para hacer a un lado las cortinas mientras Ellie y Alfie se arrojaban sobre ella.
—¡Mamá! ¡Tienes que venir!
—¡Sí, mamá!
Los dos pequeños comenzaron a gritar pidiéndole que se levantara y se vistiera y Mary encontró un poco de calma en los ojos de Maisie. A pesar de ser tan pequeña, era una niña muy responsable y tranquila, capaz de controlar los caracteres más impetuosos de sus dos hermanos.
—Papá está intentando hacer el pastel de zanahoria —Explicó con parsimonia—. Y no le está saliendo nada bien.
—¡Se le ha caído la botella de whisky al suelo! —Chilló Ellie—. ¡Huele fatal!
—Tienes que hacer el pastel, mamá —Le pidió Alfie mientras se agarraba con fuerza a su cuello—. Si no, Santa Claus no vendrá.
—¡Porfa, mami! Levántate.
Mary no hubiera podido negarse ante tanta insistencia. Resoplando de risa, echó las mantas hacia atrás y prometió que se pondría guapa enseguida. Los niños gritaron extasiados y saltaron con nerviosismo a su alrededor mientras celebraban su hazaña.
—Id con papá y esperadme en la cocina. ¿De acuerdo? No tardaré nada.
Los tres chiquillos obedecieron y se marcharon dando brinquitos. Al fin habían conseguido convencer a mamá y así se lo hicieron saber a papá en cuanto estuvieron nuevamente con él. Reginald, que se estaba peleando con una masa de color extraño, los miró con el ceño fruncido.
—¿Seguro que va a venir?
—¡Sí!
—Pues menos mal. Creo que puedo dejar esto por aquí.
Reginald depositó el cuenco de cristal sobre la encimera e hizo desaparecer las huellas de su crimen gastronómico. Su primo había insistido para que los niños, Mary y él se unieran a su cena navideña, pero Reginald se había negado. Ya habían causado demasiadas molestias a ese hombre y no quería ocasionarle más. Ricardo había comentado que por esa noche se irían a casa de la madre de Darío y le había ofrecido su vivienda para que dispusiera de ella como creyera conveniente. Y aunque Reginald no era un hombre muy dado a hacer cosas como aquella, había creído conveniente precisamente hacer el maldito pastel de zanahoria y whisky. No le importaba tener que renunciar a la cena de Noche Buena, pero aquella tradición era imprescindible porque los niños se morían por dejar el citado pastel para que Santa Claus se lo zampara a cambio de sus regalos.
Hasta el momento no había logrado cocinar nada medianamente decente. No deseaba molestar a Mary porque sabía perfectamente que no estaba pasando por su mejor momento, pero finalmente tuvo que rendirse y usar a los niños para atraer a su mujer hasta la cocina. Había sido un golpe bajo, cierto, pero al menos resultó del todo efectivo. Y es que Reginald había apostado sobre seguro porque Mary era incapaz de negarles algo de ese calibre a los niños. Era toda una romántica tradicionalista.
Cuando su mujer se personó en la cocina, le dolió verla tan desmejorada. Antes solía ser una mujer coqueta, pero desde lo de Inglaterra no se había arreglado ni una sola vez. Ni siquiera se había recortado el pelo y ya iba necesitando hacerle una visita a un buen salón de belleza. Reginald había oído que existía uno bastante afamado en el barrio mágico de Madrid, así que tal vez pudiera regalarle un tratamiento exhaustivo durante esas navidades. Seguro que a su querida Mary le sentaba bien. Todas las mujeres acostumbraban a disfrutar de cosas como aquella y su esposa no sería diferente.
—Buenos días, querida —Se acercó a ella para darle un beso, aliviado y contento a partes iguales—. ¿Ya estás mejor?
—No me queda más remedio. Los niños me han dicho que estás organizando un buen desastre.
—Sí, bueno. Ya sabes que cocinar no es lo mío.
Mary echó un vistazo a su alrededor con los ojos entornados.
—¿Y dónde está ese desastre? Porque a mí me parece que está todo bastante organizado.
—Supongo que estarás pensando que te hemos engañado para hacerte venir, pero te aseguro que hasta hace unos segundos este cuenco —Y Reginald señaló el objeto limpiado mágicamente— estaba hasta los topes de un mejunje absolutamente horroroso. Decidí hacerlo desaparecer para que no pienses que soy un desastre absoluto y decidas separarte de mí.
—¿Separarme de ti? —Mary se rió. Fue la primera risa de verdad en varios años—. A estas alturas sería imposible descubrir algo que me lleve a tomar esa decisión, querido. Ya he visto lo peor de ti.
—¿En serio? ¿Y te gusta?
—Digamos que no está nada mal.
Mary besó suavemente los labios de su esposo. Tampoco se había mostrado muy afectuosa con él últimamente, así que se sintió un poco apenada cuando él le respondió con ganas. Perfectamente hubiera podido estar así durante horas, pero se dio cuenta de que sus hijos los estaban mirando con los ojos abiertos como platos.
—¡Puaj! —Exclamaron Ellie y Alfie al mismo tiempo.
—No voy a dejar que un chico me bese nunca —Aseguró Maisie con seriedad absoluta—. ¡Qué asco!
—¡Oh, cielo! Eso lo dices ahora, pero ya veremos qué opinas cuando crezcas un poco —Mary le dio un golpecito en la punta de la nariz a la niña y le arrebató el mandil al Reginald—. Muy bien. ¿Quién quiere ayudarme a preparar un buen pastel de zanahoria?
—¡YO!
—¡YO!
—¡YO!
No le faltaban candidatos. Sonriendo, miró a su esposo. Reginald alzó las manos y negó con la cabeza.
—A mí no me mires, querida. Tengo cosas que hacer.
—¿Qué cosas?
—Pues cosas de hombres, como todos los años.
Y como todos los años, Reginald se largó sin más explicaciones. Mary, que esa mañana se había despertado con los ánimos por los suelos, sólo había necesitado ver a toda su familia reunida en la cocina para comprender que tenía cuatro buenos motivos para seguir adelante. Y cuando los buenos ganaran la guerra en Inglaterra, tal vez podría reunirse de nuevo con la familia que había quedado atrás. Ese año, por lo pronto, hizo uso de la magia para preparar el pastel más delicioso en mucho tiempo y se reconcilió con la parte de sí misma que se había pasado tanto tiempo asustada.
Fue lo mejor que pudo haberle pasado durante esa blanca Navidad en las montañas.
FIN
