CAPITULO 2
Harry atiende a su Primo
El miércoles Harry estaba dormido en su cama custodiado por sus padre cuando una sombra lo tomo y desapareció sin decir palabra, al despertar se encontraba sentado en una banca y oyó un claxon de un vehículo que pasaba por ahí, se dirigió a casa de su primo y llamó al timbre inmediatamente se oyó a Dudley correr a abrir, lo hizo Pasar y lo bombardeo de preguntas, por lo que Harry tubo que tranquilizarlo y decirle te lo explico con calma; empecemos desde que tu madre y la mía eran pequeñas te parece:
Sus padres Un gran Científico pero con cero de sangre mágica en su historia ancestral estuvo de acuerdo con ayudar a nuestro bisabuelo y a sus hermanos en una misión mágica, durante esta se enamoró de nuestra abuela y viceversa, por lo que cuando él fue trasladado a su tiempo nuestra abuela se quiso venir con él y tuvieron dos hijas tu madre que heredo a nuestro abuelo, y a mi madre que heredo a nuestra abuela, desde niña ella dio a notar las habilidades mágicas por lo que tu madre la empezó a despreciar y luego la odio cuando ella no fue aceptada en la escuela de magia, de ahí conoció a tu padre que tampoco cree en nosotros y no nos acepta lo que ha provocado que te inculquen esto, si te has dado cuenta yo no he usado palabra alguna y tú me escuchas eso es parte de mi núcleo mágico, el cual en ti no se desarrolló, pero tus gemelos si lo tendrán, es por eso que te vine a pedir que me avises cuando te enteres de esta noticia tan hermosa, y procura estar sin preguntar a tus padres sobre este tema van a tardar en asimilarlo, quieres que te haga algo de comida te caerá bien, y recuerda cuando lleguen tus padres si quieren me voy y si no me quedare hasta el 30 de julio por la noche. De acuerdo
Partieron a la cocina y cuando estaban en el almuerzo llego la tía, aunque no contenta nada al verlo no dijo nada desagradable cuando llego el tío avisaría la noticia de que un cliente muy importante iría a cenar esa misma noche. Cuando noto la presencia de Harry y pregunto a su esposa y este que hace aquí, Petunia respondió recuerdas que ya habíamos hablado de él y le dimos permiso a Dudley, a si y puso una cara molesta, Harry se acomidió a ayudar a la tía a preparar la cena pero ella lo rechazo pidiéndole que mejor le ayudase a arreglar la casa.
Solo te advierto muchacho la palabra que tu acostumbras — ACERCA DE PRONUNCIAR LA PALABRA CON «M» EN ESTA CASA —Yo sólo... — ¡TE LO ADVERTO! ¡BAJO ESTE TECHO NO TOLERARÉ NINGUNA MENCIÓN A TU ANORMALIDAD! Harry miró el rostro encarnado de su tío y la cara pálida de su tía. De acuerdo —dijo Harry—, de acuerdo... Tío Vernon volvió a sentarse, resoplando como un rinoceronte al que le faltara el aire y vigilando estrechamente a Harry por el rabillo de sus ojos pequeños y penetrantes. Desde que Harry había vuelto a casa Vernon lo trataba como si fuera una bomba que pudiera estallar en cualquier momento; porque Harry no era un muchacho normal. De hecho, no podía ser menos normal de lo que era. Harry Potter era un mago..., un mago que acababa de terminar el primer curso en el Colegio Hogwarts de Magia. Y si a los Dursley no les gustaba que Harry pasara con ellos las días, su desagrado no era nada comparado con el de su sobrino. Añoraba tanto Hogwarts que estar lejos de allí era como tener un dolor de estómago permanente. Añoraba el castillo, con sus pasadizos secretos y sus fantasmas; las clases; las lechuzas que llevaban el correo; los banquetes en el Gran Comedor; dormir en su cama con dosel en el dormitorio de la torre; visitar a Hagrid, el guardabosques, que vivía en una cabaña en las inmediaciones del bosque prohibido; y, sobre todo, añoraba el quidditch, el deporte más popular en el mundo mágico, que se jugaba con seis altos postes que hacían de porterías, cuatro balones voladores y catorce jugadores montados en escobas. En cuanto Harry llegó a la casa, tío Vernon le desprecio, Los Dursley eran lo que los magos llamaban muggles, es decir, que no tenían ni una gota de sangre mágica en las venas, y para ellos tener un mago en la familia era algo completamente vergonzoso.
Tío Vernon había incluso puesto cerraduras nuevas en el cuarto de Harry y una trampilla para mascotas pequeñas cosa que Harry no había visto todavía. Harry no se parecía en nada al resto de la familia. Tío Vernon era corpulento, carecía de cuello y llevaba un gran bigote negro; tía Petunia tenía cara de caballo y era huesuda; Dudley era rubio, sonrosado y gordo. Harry, en cambio, era pequeño y flacucho, con ojos de un verde brillante y un pelo negro azabache siempre alborotado. Llevaba gafas redondas y en la frente tenía una delgada cicatriz en forma de rayo. Era esta cicatriz lo que convertía a Harry en alguien muy especial, incluso entre los magos. La cicatriz era el único vestigio del misterioso pasado de Harry y del motivo por el que los magos lo admiraban, Harry había sobrevivido milagrosamente a la maldición del hechicero tenebroso más importante de todos los tiempos, lord Voldemort, cuyo nombre muchos magos y brujas aún temían pronunciar. Los padres de Harry habían muerto en el ataque de Voldemort, pero Harry se había librado, quedándole la cicatriz en forma de rayo. Por alguna razón desconocida, Voldemort había perdido sus poderes en el mismo instante en que había fracasado en su intento de matar a Harry. En aquel instante, tío Vernon se aclaró la garganta con afectación y dijo: —Bueno, como todos sabemos, hoy es un día muy importante. Harry levantó la mirada, incrédulo. —Puede que hoy sea el día en que cierre el trato más importante de toda mi vida profesional —dijo tío Vernon. Harry volvió a concentrar su atención en la trabajo.
Por supuesto, pensó con amargura, tío Vernon se refería a su estúpida cena. No había hablado de otra cosa. Un rico constructor y su esposa irían a cenar, y tío Vernon esperaba obtener un pedido descomunal. La empresa de tío Vernon fabricaba taladros. —Creo que deberíamos repasarlo todo otra vez —dijo tío Vernon—. Tendremos que estar en nuestros puestos a las ocho en punto. Petunia, ¿tú estarás...? —En el salón —respondió enseguida tía Petunia—, esperando para darles la bienvenida a nuestra casa. —Bien, bien. ¿Y Dudley? —Estaré esperando para abrir la puerta. —Dudley esbozó una sonrisa idiota—. ¿Me permiten sus abrigos, señor y señora Mason? — ¡Les va a parecer adorable! —exclamó embelesada tía Petunia. —Excelente, Dudley —dijo tío Vernon. A continuación, se volvió hacia Harry—. ¿Y tú? —Me quedaré en mi dormitorio, sin hacer ruido para que no se note que estoy —dijo Harry, con voz inexpresiva. —Exacto —corroboró con crueldad tío Vernon—. Yo los haré pasar al salón, te los presentaré, Petunia, y les serviré algo de beber. A las ocho quince... —Anunciaré que está lista la cena —dijo tía Petunia—. Y tú, Dudley, dirás... — ¿Me permite acompañarla al comedor, señora Mason? —dijo Dudley, ofreciendo su grueso brazo a una mujer invisible. — ¡Mi caballerito ideal! —suspiró tía Petunia. — ¿Y tú? —preguntó tío Vernon a Harry con brutalidad. —Me quedaré en mi dormitorio, sin hacer ruido para que no se note que estoy —recitó Harry. —Exacto. Bien, tendríamos que tener preparados algunos cumplidos para la cena. Petunia, ¿sugieres alguno? —Vernon me ha asegurado que es usted un jugador de golf excelente, señor Mason...
Dígame dónde ha comprado ese vestido, señora Mason... —Perfecto... ¿Dudley? — ¿Qué tal: «En el colegio nos han mandado escribir una redacción sobre nuestro héroe preferido, señor Mason, y yo la he hecho sobre usted»? Esto fue más de lo que tía Petunia y Harry podían soportar. Tía Petunia rompió a llorar de la emoción y abrazó a su hijo, mientras Harry escondía la cabeza debajo de la mesa para que no lo vieran reírse. — ¿Y tú, niño? Al enderezarse, Harry hizo un esfuerzo por mantener serio el semblante. —Me quedaré en mi dormitorio, sin hacer ruido para que no se note que estoy —repitió. —Eso espero —dijo el tío duramente—. Los Mason no saben nada de tu existencia y seguirán sin saber nada. Al terminar la cena, tú, Petunia, volverás al salón con la señora Mason para tomar el café y yo abordaré el tema de los taladros. Con un poco de suerte, cerraremos el trato, y el contrato estará firmado antes del telediario de las diez. Y mañana mismo nos iremos a comprar un apartamento en Mallorca. A Harry aquello no le emocionaba mucho. No creía que los Dursley fueran a quererlo más en Mallorca que en Privet Drive. —Bien..., voy a ir a la ciudad a recoger los esmóquines para Dudley y para mí. Y tú —gruñó a Harry—, mantente fuera de la vista de tu tía mientras limpia. Harry salió por la puerta de atrás. Era un día radiante, soleado. Cruzó el césped, se dejó caer en el banco del jardín y se sentó en una banquilla del jardín:
No había recibido cartas de sus amigos, y tendría que pasarse la noche fingiendo que no existía. Abatido, fijó la vista en el seto. Nunca se había sentido tan solo. Antes que ninguna otra cosa de Hogwarts, antes incluso que jugar al quidditch, lo que de verdad echaba de menos era a sus mejores amigos, Ron Weasley, Luna, Neville y Hermione Granger. Pero ellos no parecían acordarse de él. Ninguno de los cuatro les había escrito en todo el verano, a pesar de que Ron le había dicho que lo invitaría a pasar unos días en su casa. Un segundo después sintió que un gato se ponía en su regazo y un mariposa se posaba en su hombro, ambos se comunicaron con Harry y le indicaron no temas estamos contigo algo traman tus tíos y arriba en esa nube están ron y los gemelos y la Sra. que vez tiene contacto con Dumbledore inmediata ella fue la nana de los Dumbledore recuerdas lo que dijo Omagon estera más de una sola cosa fuera de lo común. Pero el prolongado silencio de Ron y Hermione le había hecho sentirse tan apartado del mundo mágico. Al final del último trimestre, Harry se había enfrentado cara a cara nada menos que con el mismísimo lord Voldemort. Aun cuando no fuera más que una sombra de lo que había sido en otro tiempo, Voldemort seguía resultando terrorífico, era astuto y estaba decidido a recuperar el poder perdido. Por segunda vez, Harry había logrado escapar de las garras de Voldemort, pero por los pelos, y aún ahora, semanas más tarde, continuaba despertándose en mitad de la noche, empapado en un sudor frío, preguntándose dónde estaría Voldemort, recordando su rostro lívido, sus ojos muy abiertos, furiosos... De pronto, Harry se irguió en el banco del jardín. Se había quedado ensimismado mirando el seto... y el seto le devolvía la mirada. Entre las hojas habían aparecido dos grandes ojos verdes. Una voz burlona resonó detrás de él en el jardín y Harry se puso de pie de un salto. —Sé qué día es hoy —canturreó Dudley, acercándosele con andares de pato. Los ojos grandes se cerraron y desaparecieron. — ¿Qué? —preguntó Harry, sin apartar la vista del lugar por donde habían desaparecido. —Sé qué te traje a tener incomodidades primo perdón pero mis padres parece que no cambia, pusieron cosas en la puerta de tu recamara que no esperaba, espero que la vigilancia de tu mundo sea mejor que la del mío. —repitió Dudley a su lado. —Enhorabuena —respondió Harry—. ¡En eso no te quepa la menor duda precisamente están aquí y tú no los notas! — ¿Por qué miras el seto? —preguntó con recelo. —Estoy pensando que se me hizo ver unos ojos verdes grandes pero no sé qué son — dijo Harry. Al oírlo, Dudley trastabilló hacia atrás y el pánico se reflejó en su cara gordita. —No..., no seguro no es algo malo no primo además ya te dije que estoy bien cuidado y si algo malo te quisieran hacer yo te ayudaría. Petunia los vio hablando y los separo y luego le dio tareas que hacer, asegurándole que no comería hasta que hubiera acabado. Mientras Dudley no hacia otra cosa que mirarlo y comer helados, Harry limpió las ventanas, lavó el coche, cortó el césped, recortó los arriates, podó y regó los rosales y dio una capa de pintura al banco del jardín. El sol ardiente le abrasaba la nuca. Finalmente, exhausto, oyó que lo llamaba tía Petunia. — ¡Entra! ¡Y pisa sobre los periódicos! Fue un alivio para Harry entrar en la sombra de la reluciente cocina. Encima del frigorífico estaba el pudín de la cena: un montículo de nata montada con violetas de azúcar. Una pieza de cerdo asado chisporroteaba en el horno. — ¡Come deprisa! ¡Los Mason no tardarán! —le dijo con brusquedad tía Petunia, señalando dos rebanadas de pan y un pedazo de queso que había en la mesa. Ella ya llevaba puesto el vestido de noche de color salmón.
Harry se lavó las manos y engulló su miserable cena. No bien hubo terminado, tía Petunia le quitó el plato. — ¡Arriba! ¡Deprisa! Al cruzar la puerta de la sala de estar, Harry vio a su tío Vernon y a Dudley con esmoquin y pajarita. Acababa de llegar al rellano superior cuando sonó el timbre de la puerta y al pie de la escalera apareció la cara furiosa de tío Vernon. —Recuerda, muchacho: un solo ruido y... Harry entró de puntillas en su dormitorio, cerró la puerta y noto que tenía exceso de cerraduras y pensó ha desean que no vuelva al colegio de seguro ese es su plan. Se echó en la cama. El problema era que ya había alguien sentado en ella.
Al avistamiento de Dobby Harry no gritó, pero estuvo a punto. La pequeña criatura que yacía en la cama tenía unas grandes orejas, parecidas a las de un murciélago, y unos ojos verdes y saltones del tamaño de pelotas de tenis. En aquel mismo instante, Harry tuvo la certeza de que aquella cosa era lo que le había estado vigilando por la mañana desde el seto del jardín. La criatura y él se quedaron mirando uno al otro, y Harry oyó la voz de Dudley proveniente del recibidor. — ¿Me permiten sus abrigos, señor y señora Mason? Aquel pequeño ser se levantó de la cama e hizo una reverencia tan profunda que tocó la alfombra con la punta de su larga y afilada nariz. Harry se dio cuenta de que iba vestido con lo que parecía un almohadón viejo con agujeros para sacar los brazos y las piernas. —Esto..., hola —saludó Harry, azorado. —Harry Potter —dijo la criatura con una voz tan aguda que Harry estaba seguro de que se había oído en el piso de abajo—, hace mucho tiempo que Dobby quería conocerle, señor... Es un gran honor... —Gra-gracias —respondió Harry, que avanzando pegado a la pared alcanzó la silla del escritorio y se sentó. Quiso preguntarle « ¿Qué es usted? », pero pensó que sonaría demasiado grosero, así que dijo: — ¿Quién es usted? —Dobby, señor. Dobby a secas. Dobby, el elfo doméstico —contestó la criatura. — ¿De verdad? — Dijo Harry—. Bueno, no quisiera ser descortés, pero no me conviene precisamente ahora recibir en este dormitorio a un elfo doméstico. De la sala de estar llegaban las risitas falsas de tía Petunia. El elfo bajó la cabeza. —Estoy encantado de conocerlo —se apresuró a añadir Harry—. Pero, en fin, ¿ha venido por algún motivo en especial? —Sí, señor —contestó Dobby con franqueza—. Dobby ha venido a decirle, señor..., no es fácil, señor... Dobby se pregunta por dónde empezar... —Siéntese —dijo Harry educadamente, señalando la cama. Para consternación suya, el elfo rompió a llorar, y además, ruidosamente. — ¡Sen-sentarme! —gimió—. Nunca, nunca en mi vida... A Harry le pareció oír que en el piso de abajo hablaban entrecortadamente. —Lo siento —murmuró—, no quise ofenderle. — ¡Ofender a Dobby! —repuso el elfo con voz disgustada—. A Dobby ningún mago le había pedido nunca que se sentara..., como si fuera un igual. Harry, procurando hacer « ¡chss!» sin dejar de parecer hospitalario, indicó a Dobby un lugar en la cama, y el elfo se sentó hipando. Parecía un muñeco grande y muy feo. Por fin consiguió reprimirse y se quedó con los ojos fijos en Harry, mirándole con devoción. — Se ve que no ha conocido a muchos magos educados — dijo Harry, intentando animarle. Dobby negó con la cabeza. A continuación, sin previo aviso, se levantó y se puso a darse golpes con la cabeza contra la ventana, gritando: « ¡Dobby malo! ¡Dobby malo!» —No..., ¿qué está haciendo? —Harry dio un bufido, se acercó al elfo de un salto y tiró de él hasta devolverlo a la cama. —Dobby tenía que castigarse, señor —explicó el elfo, que se había quedado un poco bizco—. Dobby ha estado a punto de hablar mal de su familia, señor. — ¿Su familia? —La familia de magos a la que sirve Dobby, señor. Dobby es un elfo doméstico, destinado a servir en una casa y a una familia para siempre. — ¿Y saben que está aquí? —preguntó Harry con curiosidad. Dobby se estremeció. —No, no, señor, no... Dobby tendría que castigarse muy severamente por haber venido a verle, señor. Tendría que pillarse las orejas en la puerta del horno, si llegaran a enterarse. —Pero ¿no advertirán que se ha pillado las orejas en la puerta del horno? —Dobby lo duda, señor. Dobby siempre se está castigando por algún motivo, señor. Lo dejan de mi cuenta, señor. A veces me recuerdan que tengo que someterme a algún castigo adicional. —Pero ¿por qué no los abandona? ¿Por qué no huye? —Un elfo doméstico sólo puede ser libertado por su familia, señor. Y la familia nunca pondrá en libertad a Dobby... Dobby servirá a la familia hasta el día que muera, señor. Harry lo miró fijamente. —Y yo que me consideraba desgraciado por tener que pasar otras cuatro semanas aquí —dijo—. Lo que me cuenta hace que los Dursley parezcan incluso humanos. ¿Y nadie puede ayudarle? ¿Puedo hacer algo? Casi al instante, Harry deseó no haber dicho nada. Dobby se deshizo de nuevo en gemidos de gratitud. —Por favor —susurró Harry desesperado—, por favor, no haga ruido. Si los Dursley le oyen, si se enteran de que está usted aquí... —Harry Potter pregunta si puede ayudar a Dobby... Dobby estaba al tanto de su grandeza, señor, pero no conocía su bondad... Harry, consciente de que se estaba ruborizando, dijo: —Sea lo que fuere lo que ha oído sobre mi grandeza, no son más que mentiras. Ni siquiera soy el primero de la clase en Hogwarts, es Hermione, ella... Pero se detuvo enseguida, porque le dolía pensar en Hermione. —Harry Potter es humilde y modesto —dijo Dobby, respetuoso. Le resplandecían los ojos grandes y redondos—. Harry Potter no habla de su triunfo sobre El-que-no-debe-ser-nombrado. — ¿Voldemort? —preguntó Harry. Dobby se tapó los oídos con las manos y gimió: — ¡Señor, no pronuncie ese nombre! ¡No pronuncie ese nombre! — ¡Perdón! —se apresuró a decir—. Sé de muchísima gente a la que no le gusta que se diga..., mi amigo Ron... Se detuvo. También era doloroso pensar en Ron.
Dobby se inclinó hacia Harry, con los ojos tan abiertos como faros. —Dobby ha oído —dijo con voz quebrada— que Harry Potter tuvo un segundo encuentro con el Señor Tenebroso, hace sólo unas semanas..., y que Harry Potter escapó nuevamente. Harry asintió con la cabeza, y a Dobby se le llenaron los ojos de lágrimas. — ¡Ay, señor! — Exclamó, frotándose la cara con una punta del sucio almohadón que llevaba puesto—. ¡Harry Potter es valiente y arrojado! ¡Ha afrontado ya muchos peligros! Pero Dobby ha venido a proteger a Harry Potter, a advertirle, aunque más tarde tenga que pillarse las orejas en la puerta del horno, de que Harry Potter no debe regresar a Hogwarts. Hubo un silencio, sólo roto por el tintineo de tenedores y cuchillos que venía del piso inferior, y el distante rumor de la voz de tío Vernon. — ¿Qué-qué? — Tartamudeó Harry—. Pero si tengo que regresar; el curso empieza el 1 de septiembre. Eso es lo único que me ilusiona. Usted no sabe lo que es vivir aquí. Yo no pertenezco a esta casa, pertenezco al mundo de Hogwarts. —No, no, no —chilló Dobby, sacudiendo la cabeza con tanta fuerza que se daba golpes con las orejas—. Harry Potter debe estar donde no peligre su seguridad. Es demasiado importante, demasiado bueno, para que lo perdamos. Si Harry Potter vuelve a Hogwarts, estará en peligro mortal. — ¿Por qué? —preguntó Harry sorprendido. —Hay una conspiración, Harry Potter. Una conspiración para hacer que este año sucedan las cosas más terribles en el Colegio Hogwarts de Magia — susurró Dobby, sintiendo un temblor repentino por todo el cuerpo—.
Hace meses que Dobby lo sabe, señor. Harry Potter no debe exponerse al peligro: ¡es demasiado importante, señor! — ¿Qué cosas terribles? — Preguntó inmediatamente Harry—. ¿Quién las está tramando? Dobby hizo un extraño ruido ahogado y acto seguido se empezó a golpear la cabeza furiosamente contra la pared. — ¡Está bien! —gritó Harry, sujetando al elfo del brazo para detenerlo—. No puede decirlo, lo comprendo. Pero ¿por qué ha venido usted a avisarme? —Un pensamiento repentino y desagradable lo sacudió—. ¡Un momento! Esto no tiene nada que ver con Vol..., perdón, con Quien-usted-sabe, ¿verdad? Basta con que asiente o niegue con la cabeza —añadió apresuradamente, porque Dobby ya se disponía a golpearse de nuevo contra la pared. Dobby movió lentamente la cabeza de lado a lado. —No, no se trata de Aquel-que-no-debe-ser-nombrado, señor. Pero Dobby tenía los ojos muy abiertos y parecía que trataba de darle una pista. Harry, sin embargo, estaba completamente desorientado. —Él no tiene hermanos, ¿verdad? Dobby negó con la cabeza, con los ojos más abiertos que nunca. —Bueno, siendo así, no puedo imaginar quién más podría provocar que en Hogwarts sucedieran cosas terribles —dijo Harry—.
Quiero decir que, además, allí está Dumbledore. ¿Sabe usted quién es Dumbledore? Dobby hizo una inclinación con la cabeza. —Albus Dumbledore es el mejor director que ha tenido Hogwarts. Dobby lo sabe, señor. Dobby ha oído que los poderes de Dumbledore rivalizan con los de Aquel-que-no-debe-ser-nombrado. Pero, señor —la voz de Dobby se transformó en un apresurado susurro—, hay poderes que Dumbledore no..., poderes que ningún mago honesto... Y antes de que Harry pudiera detenerlo, Dobby saltó de la cama, cogió la lámpara de la mesa de Harry y empezó a golpearse con ella en la cabeza lanzando unos alaridos que destrozaban los tímpanos.
En el piso inferior se hizo un silencio repentino. Dos segundos después, Harry, con el corazón palpitándole frenéticamente, oyó que tío Vernon se acercaba, explicando en voz alta: — ¡Dudley debe de haberse dejado otra vez el televisor encendido, el muy tunante! — ¡Rápido! ¡En el ropero! —dijo Harry, empujando a Dobby, cerrando la puerta y echándose en la cama en el preciso instante en que giraba el pomo de la puerta. — ¿Qué demonios estás haciendo? — Preguntó tío Vernon rechinando los dientes, su cara espantosamente cerca de la de Harry—. Acabas de arruinar el final de mi chiste sobre el jugador japonés de golf... ¡Un ruido más, y desearás no haber nacido, mocoso! Tío Vernon salió de la habitación pisando fuerte con sus pies planos. Harry, temblando, abrió la puerta del armario y dejó salir a Dobby. — ¿Se da cuenta de lo que es vivir aquí? —le dijo—. ¿Ve por qué debo volver a Hogwarts? Es el único lugar donde tengo..., bueno, donde creo que tengo amigos. — ¿Amigos que ni siquiera escriben a Harry Potter? —preguntó maliciosamente. —Supongo que habrán estado... ¡Un momento! — Dijo Harry, frunciendo el entrecejo—. ¿Cómo sabe usted que mis amigos no me han escrito? Dobby cambió los pies de posición. —Harry Potter no debe enfadarse con Dobby. Dobby pensó que era lo mejor... — ¿Ha interceptado usted mis cartas? —Dobby las tiene aquí, señor —dijo el elfo, y escapando ágilmente del alcance de Harry, extrajo un grueso fajo de sobres del almohadón que llevaba puesto. Harry pudo distinguir la esmerada caligrafía de Hermione, los irregulares trazos de Ron, y hasta un garabato que parecía salido de la mano de Hagrid, él guardabosques de Hogwarts. Dobby, inquieto, miró a Harry y parpadeó. —Harry Potter no debe enfadarse... Dobby pensaba... que si Harry Potter creía que sus amigos lo habían olvidado... Harry Potter no querría volver al colegio, señor. Harry no escuchaba. Se abalanzó sobre las cartas, pero Dobby lo esquivó. —Harry Potter las tendrá, señor, si le da a Dobby su palabra de que no volverá a Hogwarts. ¡Señor, es un riesgo que no debe afrontar! ¡Dígame que no irá, señor! — ¡Iré! —dijo Harry enojado—. ¡Dame las cartas de mis amigos! —Entonces, Harry Potter no le deja a Dobby otra opción —dijo apenado el elfo. Antes de que Harry pudiera hacer algún movimiento, Dobby se había lanzado como una flecha hacia la puerta del dormitorio, la había abierto y había bajado las escaleras corriendo. Con la boca seca y el corazón en un puño, Harry salió detrás de él, intentando no hacer ruido. Saltó los últimos seis escalones, cayó como un gato sobre la alfombra del recibidor y buscó a Dobby. Del comedor venía la voz de tío Vernon que decía: —... señor Mason, cuéntele a Petunia aquella divertida anécdota de los fontaneros americanos, se muere de ganas de oírla... Harry cruzó el vestíbulo, y al llegar a la cocina, sintió que se le venía el mundo encima. El pudín magistral de tía Petunia, el montículo de nata y violetas de azúcar, flotaba cerca del techo. Dobby estaba en cuclillas sobre el armario que había en un rincón. —No —rogó Harry con voz ronca—. Se lo ruego..., me matarán... —Harry Potter debe prometer que no irá al colegio. —Dobby..., por favor... —Dígalo, señor... — ¡No puedo! —Entonces Dobby tendrá que hacerlo, señor, por el bien de Harry Potter. El pudín cayó al suelo con un estrépito capaz de provocar un infarto. El plato se hizo añicos y la nata salpicó ventanas y paredes. Dando un chasquido como el de un látigo, Dobby desapareció. Del comedor llegaron unos alaridos y tío Vernon entró de sopetón en la cocina y halló a Harry paralizado por el susto y cubierto de la cabeza a los pies con los restos del pudín de tía Petunia. Al principio le pareció que tío Vernon aún podría disimular el desastre («nuestro sobrino, ya ven..., está muy mal..., se altera al ver a desconocidos, así que lo tenemos en el piso de arriba...»). Llevó a los impresionados Mason de nuevo al comedor, prometió a Harry que, en cuanto se fueran, lo desollaría vivo, y le puso una fregona en las manos. Tía Petunia sacó helado del congelador y Harry, todavía temblando, se puso a fregar la cocina. Tío Vernon podría haberlo solucionado de esta manera, si no hubiera sido por la lechuza. En el preciso instante en que tía Petunia estaba ofreciendo a sus invitados unos bombones de menta, una lechuza penetró por la ventana del comedor, dejó caer una carta sobre la cabeza de la señora Mason y volvió a salir. La señora Mason gritó como una histérica y huyó de la casa exclamando algo sobre los locos. El señor Mason se quedó sólo lo suficiente para explicarles a los Dursley que su mujer tenía pánico a los pájaros de cualquier tipo y tamaño, y para preguntarles si aquélla era su forma de gastar bromas. Harry estaba en la cocina, agarrado a la fregona para no caerse, cuando tío Vernon avanzó hacia él con un destello demoníaco en sus ojos diminutos. — ¡Léela! —dijo hecho una furia y blandiendo la carta que había dejado la lechuza—. ¡Vamos, léela! Harry la cogió. No se trataba de ninguna felicitación.
Estimado Señor Potter: Hemos recibido la información de que un hechizo levitatorío ha sido Usado en su lugar de residencia esta misma noche a las nueve y 16 doce minutos. Como usted sabe, a los magos menores de edad no se les permite realizar conjuros fuera del recinto escolar y reincidir en el uso de la magia podría acarrearle la expulsión del colegio (Decreto para la moderada limitación de la brujería en menores de edad, 1875, artículo tercero). Asimismo le recordamos que se considera falta grave realizar cualquier actividad mágica que entrañe un riesgo de ser advertida por miembros de la comunidad no mágica o muggles (Sección decimotercera de la Confederación Internacional del Estatuto del Secreto de los Brujos). ¡Que disfrute de unas buenas vacaciones! Afectuosamente, Mafalda Hopkirk Departamento Contra el Uso Indebido de la Magia Ministerio de Magia Harry levantó la vista de la carta y tragó saliva. Olvidaste mencionarlo... Un grave descuido, me atrevería a decir... Se echaba por momentos encima de Harry como un gran buldog, enseñando los dientes.
Bueno, muchacho, ¿sabes qué te digo? Te voy a encerrar... Nunca regresarás a ese colegio... Nunca... Y si utilizas la magia para escaparte, ¡te expulsarán! Y, riéndose como un loco, lo arrastró escaleras arriba. A la una de la mañana llamo por la reja en la ventana de su dormitorio Harry llamo a su lechuza y mando el aviso a ron e hizo que su fénix fuese a casa de la Vecina y con su patronus aviso al mariposa y a la gata. Abrió los ojos. La luz de la luna brillaba por entre los barrotes de la ventana. Y alguien, con los ojos muy abiertos, lo miraba tras la reja: alguien con la cara llena de pecas, el pelo cobrizo y la nariz larga. Ron Weasley estaba afuera en la ventana
