Título: Tinte índigo

Ranking: M

Sumary: Cuando el hilo rojo del destino no sea suficiente tíñelo de un tinte índigo. Aún más fuerte que el rojo del amor nos atará el azul de la tristeza.

Advertencias: Teleiofilia/Pedofilia/Lenguaje Fuerte/Posible incesto. Queda a elección del lector/OoC

Pareja: InuYashaxKagome

Disclaimer: Todos los derechos de creación de InuYasha son de la maravillosa Rumiko Takahashi. Y yo sólo experimento con sus personajes, tratando de recrear una historia lo mejor desarrollada con la poca experiencia que poseo en construcción de personajes.

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Ella con él

"Antes de que se desborde,

atrápame y apóyame.

Incluso si es sólo un poco

Hará que el mundo signifique algo"

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Ella con él

La hermosa sonrisa que decoraba su rostro se ensanchó al ver ese lindo gesto de enfado. Aun cuando ella permanecía con la mano extendida en su dirección él seguía impasible, con el ceño fruncido y sus ojos de color miel observando sus movimientos con recelo.

Ella soltó un largo suspiro de cansancio, pero se mantuvo serena y firme en su lugar. No podía creer que tuviera que forzarlo a este tipo de cosas, cuando deberían nacerle naturalmente del corazón. Un resquicio de pena y una punzada de dolor en su abdomen la aislaron en sus pensamientos por algunos segundos antes de mirarlo y volver a insistir.

Si él era terco, ella lo sería más. —Vamos InuYasha, eres el único que falta.

Sus ojos avellana se posaron sobre los orbes dorados, buscando algún mínimo signo de alegría o motivación pero él no parecía no estarle escuchando.

La pelinegra conocía a la perfección la personalidad tan difícil de su esposo, quien se mantenía escudriñándola como si quisiera encontrar segundas intenciones a sus palabras. Le resultaba increíble y un poco doloroso pensar en la posibilidad de que él no sintiera la misma cantidad de amor y satisfacción que ella por aquel maravilloso momento que tanto había estado esperando. Se removió en su lugar, alzando y girando lentamente sus talones para aliviar la tensión por la posición. — ¿Y para que me quieres a mí? —Preguntó, tomando por fin la molestia de pronunciar palabras.

Casi soltaba un bufido si no fuera porque eso solo lo haría retroceder más. —Eres el padre… ¡Tienes que estar! —Reclamó con molestia e indignación. Había sido paciente tratando de convencerlo pero no estaba dispuesta a soportarlo más, era una mujer orgullosa y serena, pero él estaba tentando los límites de su entereza simplemente por el capricho de enfrentarla.

Esta vez ella le cogió de la mano, guiándolo.

Se aseguró de no soltarlo mientras lo arrastraba pese a las protestas. Apenas unos metros más adelante una grande puerta de madera con sencillo acabado giró su perilla y fue abierta. —Parece que ya despertó, ¿dónde estaban? —Cuestionó una castaña, mientras los miraba detalladamente. La cara de pocos amigos que llevaba el pelinegro no era una señal de que estuviera feliz.

— ¿Cómo se está portando? —Exclamó Kikyou, desviando el tema.

—Muy bien, hermosa dama. —Alzó la voz un pequeño de cabellos negros. Buscó con la mirada entre los presentes y descubrió a un encantador niño de ojos azules quien le sonreía con ternura, mientras su acompañante tensó más la quijada.

—Se nota que es de Miroku...—Masculló él, molesto con su amigo por las semejanzas. Molestas, humillantes e indignantes semejanzas que harían de ese chiquillo una molestia en el futuro. No entendía el por qué, pero tenía el presentimiento de que ese crío sería un fastidio para él cuando fuera mayor.

—Gracias. —Contestó con burla el aludido, saludándolo desde el rincón de la habitación.

La pelinegra respetuosamente les pidió permiso de pasar y todos retrocedieron de inmediato dejando descubierta la causa de su alboroto.

Una preciosa cuna adornada de velos blancos figuró en su campo de visión y en ella una personita de cabellos negros en delgados rizos, llorando como si no hubiera sido alimentada en años. Encantada con el pequeño ser que aseguraba la madre la llamaba en gritos, la tomó entre sus brazos, causando que la niña abriera sus ojos de chocolate en una expresión bellamente enternecedora. Sus manitas se estiraron, tomando una enorme en la lejanía que se cernió sobre ella, precisamente la de su joven padre que la miraba absorto preguntándose si ella al sonreír tanto no le dolería. —InuYasha, te presento a Kagome...

—Es un nombre muy raro —Comentó, correspondiendo al apretón, levemente afectado. —No me pediste mi opinión. —Mencionó, prestando más atención al modo tan curioso en que ese bulto de poco pelo lo veía, siguiéndolo en cada movimiento con sus enormes ojos color chocolate.

Un vacío en su pecho se instauró al comprender que esa cosa había nacido como parte de él.

De él, y de su esposa. Había algo externo a su cuerpo que respiraba, y sin embargo le pertenecía; tan frágil que podría romperse al más inapreciable error, algo que formaba uno con su carne, con su sangre y su alma. Alguien a quien debía querer, pero al rebuscar en sus sentimientos no hallaba más que un sabor agridulce junto a la sensación de que ella no debía nacer.

No de él.

—Creo que le agradas. —Murmuró su esposa con suavidad. Trató de despegar sus manos de la criatura, pero la pequeña lo tomaba con firmeza. —No quiere soltarte —Y utilizó mayor fuerza, tratando de no lastimar al bebé. Haló un poco más, creyendo soltarla por fin, pero esa minúscula manita fue a dar con uno de los mechones negros, jalándolo con fuerza.

— ¡Me duele!

—Kagome, no...

Y la niña obedeció de inmediato, dejándolo ir y sonriendo como si nada hubiera pasado. La madre lo separó de su nena, intuyendo por esa mirada asesina que sería lo más prudente; sin imaginar que a pesar de ser tan solo una recién nacida que nada entendía, él ya quería venganza. —Me las tiene que pagar…

—Es tu hija InuYasha…

Suspiró y se relajó. Las risas vinieron a coro de su alrededor pero en cuanto el silencio marco su espacio la melódica voz de la bebé pidiendo atención con balbuceos causó que su padre alzara una ceja. Para ser tan enana tenía una bonita sonrisa, además de haber heredado la belleza de su madre.

Sin darse cuenta una sonrisa se extendió por su rostro con emoción impresa. Esa niña tenía el poder inaudito de bajar su guardia, destensarlo de la alerta contra los demás en la que siempre vivía. De nueva cuenta se acercó a la criatura que le recibió extendiendo sus brazos.

Quizás Kagome podría llegar a agradarle.

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Las finas sabanas de seda comenzaron a arrugarse, siendo llevadas vuelta tras vuelta con el atlético cuerpo de un joven hombre. Perlas de sudor cubrían su frente mientras el joven se removía de su sitio de izquierda a derecha y sucesivamente, intentando encontrar el modo de aminorar la incomodidad. —Kikyou...—Murmuró entre lastimeros sonidos.

InuYasha estaba soñando.

No parecía ser consciente de cómo sus parpados se apegaban con fuerza a la visión de un tortuoso sueño, ni cuando sus manos restregaban con fuerza los cobertores protectores del invierno del mismo modo que antes lo hizo con las sábanas en época primaveral, su cuerpo sólo seguía moviéndose bruscamente, retorciéndose hacia arriba y adelante sin poder contenerse.

Apretó con saña y excesiva fuerza a la exquisita tela mientras la empapaba, tiñéndola de los retorcidos sentimientos que poseían sus sueños, instándole a mantener el ceño fruncido. Una vuelta más a la derecha hasta quedar al borde la cama fue lo único que hizo antes de no soportar más las pesadas culpas de sus pesadillas sobre ella. —InuYasha...—Susurró alguien sobre su oído.

La respiración le comenzó a fallar y el sudor se hacía presente tanto en su frente como en aquellos tonificados músculos que se lastimaban por la rudeza de sus movimientos, el cabello largo comenzaba a pesarle por el excesivo calor y su rostro descompuesto por los gemidos agudos de dolor. Dentro del sueño sentía que la cabeza le explotaría por la inclemente presión, de un manotazo apartó las sábanas aún sumido en el mundo de Morfeo, indispuesto a dejarle marchar por la simpleza de una violenta acción.

Una suave mano se posó sobre su brazo derecho y le ejerció presión, apoyando su propio cuerpo sobre el mismo con la confianza de que en nada le afectaría, su peso era mínimo, comparado con él. Trepó hasta su cintura donde colocó las piernas a ambos costados abriéndolas lo más posible en un vano intento de inmovilizarlo.

Sus brazos, a pesar del tiempo y lo fortalecidos que estaban para alguien de su edad, nunca eran suficientes para detenerlo. Su frágil complexión se posó por completo sobre su abdomen, murmurando palabras de consuelo contra su piel caliente y el ritmo de ese corazón se aceleró en la misma medida que sus meneos cesaron y el cuerpo masculino se acopló al propio permitiéndole encajar perfectamente en el hueco entre sus brazos. —Tranquilo InuYasha…—Murmuró con calidez, alzando un poco la cabeza para ver como el aludido comenzaba a despertarse lentamente.

—Kagome…—Suave y cálido tono que le hizo un cosquilleo sobre el estómago. La fuerte presión en su pecho y la dificultad para tomar el aire vital le hizo volver en sí. Fue elevado en una fuerte sacudida, siendo señal del abrupto despertar de un hombre atormentado. —Mierda...—Masculló entre dientes, mientras tomaba su frente intentando aplacar el sudor intensivo y la anormal temperatura de su cuerpo.

Se obligó a mirar a su alrededor en un vano anhelo de despejar su mente de ella. Sin embargo la habitación impecablemente decorada en tonos beige y blanco se le hizo algo escalofriante, su esposa había sido quien escogió la decoración, más nunca llegó a disfrutarla debido a su abrupta muerte.

Un débil hormigueo incesante en sus costillas le hizo ladear el rostro y encontrar algo que sobresalía de entre un bulto de blancas sabanas sobre él. Nació de su ser una sonrisa; sostuvo esa manita entre las suyas y comenzó a guiarla por las zonas sensibles de su formado abdomen. Era una sensación suave, refrescante que aminoraba el bochorno de su cuerpo y le producía un extraño bienestar. — ¿InuYasha?

—Feh. Así nunca podrás causarme cosquillas. —Protestó intentando desviar la atención de ella. Era entretenido mantenerla así, con su cálido tacto bordeando cada rastro de piel y sintiendo la gentileza que desprendía de ella. Aunque él la guiara, podía imaginar el cariño y amor que impregnaba en sus manitas para ayudarlo a controlarse. La vio asomarse de su sitio con ojos tristes y cansados. —No pasa nada Kagome, deberías dormir...

— ¿Otra vez mamá? —Y desplegó esa abatida mirada que le hacía tanto flanquear. Lo miró unos segundos, pensativa, antes de responderle. — ¿Duermo contigo para que no tengas pesadillas, papá? —Molesto y algo conmovido por sus intenciones de cuidarlo como si él fuera el bebé, le frunció el ceño.

—Sabes cuándo te conviene llamarme así, ¿verdad? —Ella sonrió y su padre suspiró. —Eres una perra…

A pesar de su corta edad entendía perfectamente que el hombre que la procreó no era precisamente el más inteligente a la hora de seleccionar sus palabras. Dicho en su idioma vulgar, él era una bestia al hablar.

— ¡Eres un idiota!… —Masculló furiosa la pelinegra sin importarle los motivos de su conducta, desatando una espeluznante aura negra que preocupó al ambarino. Enroscado como estaba bajo el cobertor y las sábanas ella lo tomó por una orilla, como si fuera una solapa, y se encargó de acercarse lo más posible a su rostro ahora sumamente aterrado por el carácter de su primogénita. — ¡Eso me gano por ayudarte!

Arrojó las telas al suelo y se colocó en pose lista para mirarlo igual de retadora que él.

Se veía pequeña, realmente pequeña cuándo la miraba, con su cuerpo tan delicado envestido en enormes batas de dormir, el sonrojo de sus mejillas era notorio y la fiereza de sus ojos chocolate le daba un aire salvaje que denotaba peligro. Para ser una infante tenía un aspecto mucho más fascinante que cualquier mujer normal, era inexplicable, algo atrayente que causaba que las personas, hombres y mujeres por igual, no fueran capaces de apartar su mirada.

Era una niña, pero llamaba demasiado la atención. Lo suficiente para causarle problemas a él por tener que apartar a tantos desconocidos que los detenían en la calle, solo porque ella les resultaba encantadora. No lo admitiría, pero verla siempre convivir con toda clase de personas con tanta facilidad y confianza causaba que despertara su instinto sobre protector.

Tenía que cuidarla. Tal vez cuándo nació y hasta la muerte de su mujer no llevaran la mejor de las relaciones sanguíneas padre e hija, pero eso no significó nunca que él no la protegiera.

¿Se suponía que los padres sintieran aquél recelo ante cualquier persona que se la pudiera arrebatar? Miroku le dijo alguna vez que los celos eran normales, seguramente lo eran pues había vivido de primera mano las ocasiones en que su mejor amigo estuvo a punto de castrar a varios con meterse con sus gemelas, sin embargo había algo muy excepcional en lo que le sucedía a él.

Pensar en Kagome como una futura mujer y no como su propia descendiente causaba estremecimiento en su ser y lo hacía dudar.

No soportaba la idea de que nadie lo viera, aquella bondad y hechizo que cualquiera notaría con solo verla. No quería que los demás se dieran cuenta, de cuán linda era su hija, no quería perderla.

La miró fijamente, con sus ojos dorados examinando cada rasgo de su rostro y su cuerpo, fue entonces cuando se dio cuenta que los tirantes de su ropa colgaban apenas y provocaban la exhibición de su piel cremosa y delicada un poco más allá de lo que era debidamente moral lucir. De alguna manera, lucía indecente que se presentara con tales prendas frente a él.

El borde la tela apenas cubría sus empobrecidos atributos delanteros y la prenda interior estaba completamente a la vista, permitiendo cualquier descarado delineamiento de sus glúteos y muslos algo tonificados por la hiperactividad de la niña.

Era demasiado bella aún sin percatarse. Si un hombre se acercara a ella estaba seguro que lo mataría…

Un calor desconocido brotó en su interior, producto de la confusa sensación de ansiedad, que aunado al mismo cosquilleo insistente en todo su cuerpo lo desprendió del enfado que su reacción causó.

Extendió los brazos para apartar los extraños pensamientos de su mente.

Kagome, al no encontrar respuesta a sus reclamos lo empujó sin la menor duda contra la cama que lo recibió con un doloroso resorte enterrado en la espalda y se marchó por la puerta frustrada murmurando cosas acerca de padres inmaduros e idiotas y la clase de vida que tenía con él. El adulto farfulló y se dignó a alistarse para un nuevo día de trabajo no sin antes dedicarle la palabra más hiriente que pudiera encontrar para hacerle enojar: —Perra…

Lo sabía, estaba siendo preso de pensamientos insanos por culpa de la abstinencia. No debería llamarla de esa manera. No podía estar celando a Kagome desde ahora, como si estuviera al menos cerca de ser una mujer.

Sin conseguir evitarlo vino a su mente la conversación de dos años atrás con su hermano en el funeral de Kikyou y las palabras que marcaron a fuego en su memoria aquél recuerdo:

"—Deshazte de ella, te traerá problemas…"

Quizás Sesshoumaru tenía razón.

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La amplia estancia de su sala le recibió silenciosamente. El día había sido caótico con tantos nuevos clientes en la empresa y su medio idiota mayor recordándole todo de su trabajo a cada momento el muy bastardo como si no llevara años en el empleo. La cabeza le dolía como si lo hubieran agredido a golpes con una varilla durante una semana.

Entre sus brazos un gemido de insatisfacción le hizo distraerse de sus pensamientos. Miró a la pequeña criatura entre sus brazos dormitando con la media sonrisa que le caracterizaba, había caído rendida desde que fue a recogerla a la escuela.

Kagome había tardado tanto para recuperar esa sonrisa desde ese día y eso le ocasionaba más dolor. Solo era una niña de escasa edad y se había quedado sin una madre que le guiara en este mundo, con un idiota como él como padre. ¿Podría irle peor?

No pudo contener un poco de inseguridad que le acogió en el pecho por la incertidumbre; él no sabía nada sobre cuidar a un ser, a pesar de que fuera su propia hija.

Tenía pesadillas frecuentemente desde hace dos años y ella era quién lo despertaba, la hora de dormir siempre era especificada por la azabache ya que él no tenía un horario a seguir. Cuando preparaba algo de comida a veces ella tenía que corregirlo por poner demasiada sal o estar a punto de incendiar la cocina, si no fuera por su edad casi diría que la chiquilla lo cuidaba a él.

InuYasha era tan inmaduro como ella y demasiado joven cuando se casó con su esposa.

Las crueles palabras de su familiar más odiado resonaron con fuerza en su mente. Aunque se negara a reconocerlo, no era adecuado para criar a nadie. ¿De verdad podría seguir adelante y llevar consigo a la niña?

Empezaba a dudarlo. Y como si ella estuviera leyendo cada uno de sus pensamientos le rodeó el cuello con ambos brazos, abriendo lentamente sus ojos de chocolate con un hermoso brillo. También le sonrió; amaba tanto la sonrisa de su hija como la de su esposa.

El frágil cuerpo se apegó con más fuerza al suyo en busca de afecto concediéndole al tacto sentir la calidez de su hija. Encajaba perfectamente entre sus brazos, y su dulce aroma le producía placer.

A veces se preguntaba de donde había sacado ella ese carácter. Kikyou era pasiva, aunque muy difícil de lidiar y peligrosa si alguien le hacía enojar, cosa que pocas veces pasaba; sonreía magníficamente pero se limitaba a hacerlo en contadas ocasiones. Kagome era desenfrenada, muy amable y amigable con todo mundo, enamoraba seguido a los pequeños vecinos sin saberlo con su espontanea sonrisa e InuYasha como buen padre celoso constantemente emprendía la labor de ahuyentar a esos mocosos que pretendían acercarse a su Kagome.

Y eso que apenas cumpliría cinco años...

¿Qué sería de él cuando llegara a la adolescencia? —InuYasha, tengo hambre...—Sus rosados labios le hicieron sonreír ante el recuerdo de un pícaro beso robado de los suyos unas semanas atrás, el sentimiento tan especial y la paz que le entregó a su atormentada alma.

Pero eso no evitó que frunciera el ceño ante su modo de llamarlo. —Kagome... Ten algo más de respeto, soy tu padre. —Acotó con molestia.

—Kikyou te llamaba así. ¿Qué tiene de malo? —Mucho, quiso decirle. No solo porque su nombre entre sus labios sonaba estimulante, adictivo, sino que causaba en él olvidar un detalle importante en su relación, era su padre. Y no un jodido adolescente que cuidaba de alguien menor. Recordaba que desde la vez en que su mujer le enseñó a Kagome a llamarlo así, apoyada por su madre Izayoi que reservadamente disfrutaba verlo furioso por eso no había parado. —InuYasha, tengo hambre... —Repitió.

—Veré que hay de comer. —Y, molesto como estaba, la tiró sin delicadeza sobre el sillón más cercano para emprender su camino a la cocina y cumplir con su estúpido deber de proporcionar alimento a su cría maleducada.

No era nada justo. Él preocupándose por la integridad de la niña a su lado y ella tan descortés no quería llamarle padre de manera formal, debería ya de haberla enviado a un internado desde hace años atrás.

Su brazo se extendió hasta alcanzar la puerta del refrigerador y abrirla; un plato ya servido de comida sobresalía triunfante entre todo lo demás, sólo debía calentarlo y listo. Aunque bien como castigo podría dárselo así. La puerta del microondas fue abierta e introdujo la comida, minutos después esta estuvo lista.

Ladeó el rostro buscando al motivo de sus preocupaciones y la encontró sentada sobre el mismo sofá en el que la arrojó. Estaba claro, no debió de hacerlo. Ella aún era una niña infantil y sentirse herido por comentarios tontos no debía ocasionar esas conductas en él. Pero...—InuYasha, ¿otra vez comeremos ese recalentado?

— ¿Quien dijo que tu comerías? —Reclamó molesto, intentando obtener un desquite. Ella frunció el ceño dándole una parte de la satisfacción que quería tener. —Si tanta hambre tienes solo...

Fue interrumpido. Un insistente golpeteo en la puerta con suma fuerza le hizo crujir los dientes con probabilidades de haber limado sus colmillos en el movimiento. No tenía muchos amigos, así que la lista de entrometidos realmente era bastante corta.

Aunque claro, nunca lo suficiente. —Feh. ¿Quién rayos…?— La puerta sonó dejando ver a las dos personas que menos deseaba tener en su hogar. Un hombre mayor de cabello albino y ojos dorados en un gélido tono empuñó el pomo para correr la madera la distancia faltante. —Sesshoumaru…

—Tenemos que hablar… —Miró a InuYasha con cierto desdén, antes de ver a la joven y callar.

El pelinegro entendió el mensaje. Sin avisarle a ella tomó las llaves y cerró la puerta, dejándola atrás.

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N/Kou: Lalala~ Ya, lo sé, no pasa nada. Bueno, es parte de la re-edición. Quién lo leyó antes notarán pedazos de varios capítulos en diferente orden y la alteración, les dije que volví siete capítulos en tres xD

Sé que esperan que las cosas avancen rápido (yo también me muero por llegar a la parte interesante de la trama) pero esto es necesario para explicar la relación. Quizás para ustedes no tiene sentido alentar las cosas con el ritmo acelerado que llevábamos, pero yo siento el encanto de descubrir cómo avanzan las cosas, quise que vieran los sentimientos posesivos de Inu, y cómo desde un inicio jamás la ve como a su hija.

No tardará tanto esta parte y si habrá escenas subidas de tono, lo juro. Pero serán más "lógicas" por así decirlo, aún tengo que trabajar en la construcción de personajes. Esto es como el intermedio para saber cómo viven, como interactúan. Quiero agradecer por su comprensión y apoyo, espero que no les haya disgustado mi decisión.

En cuanto pueda les compensaré toda esta lentitud con un one-short lemon del que hace tiempo había hablado, y sí, Kagome será menor (?)

Las amo Carol d´l Clam, AileeMadness y aky9110 a quienes ya les conteste reviews. En serio gracias por su apoyo.

Cristal: Hazte una cuenta o entra para contestarte en cuanto dejes review, me dejaste con las ansias. Lo sé, lo sé. Es que los dos años en que pasó fue el tiempo de todo adulto joven que se respete de madurar o morir en el intento y enfrentar la crisis de los cuarenta (?) Yo adoraba mi fic como estaba, pero creo que era algo ilógico lo rápido que avanzaban las cosas, eso lo aprendí cuando se fueron las hormonas xD Espero que realmente no te molesten los cambios, te aseguro que estaré más activa, quizás tarde un poco, pero no serán dos años :3 Mil besos y galletas de caramelo, te los mereces ;)

Elvi: Cuenta. Te exijo cuenta para responderte de inmediato… Nah, mentira, muchas gracias por tu review. Eso espero sinceramente, que no te hayan decepcionado los cambios y la nueva lentitud. Es que como le dije a la chica de arriba, cuando se van las hormonas aprendes a ver las cosas de otra manera y mi historia no era lógica. Todas son tan amables al no querer decírmelo ToT El incesto quedará a su decisión, como dije, originalmente yo quería una historia que si fuera incesto de verdad porque me molestaban las que te hacían el cuento, drama y demás para que al final no hubiera bronca y te sentías como si todo fuese un engaño. Pero encontré la manera de que la historia se puede interpretar como quieras, si es o no y para que eso del engaño al final no pase. Te aseguro que no lo abandonaré, quizás tarde pero no los dos años. Besos y abrazos, bien merecidos por apoyarme tanto :3

Paula: Bienvenida al lado oscuro del fandom… Ah no, que ese es el yaoi xD Fue hace dos años, quizás aún no andabas por aquí, es que soy vieja (?) Muchas gracias, me halagas, espero sinceramente tu opinión ya que la estoy editando y tener la comparación de alguien que no la había leído es maravilloso. Sobre el incesto, es que yo también me he leído varios dónde te hacen todo el drama del amor prohibido para que resulte que siempre no, me gustaba el final, pero no dejaba de sentirse como una especie de engaño. Por eso yo quería que estuvieran relacionados biológicamente, pero hay mucha gente como tú que se le hace incómodo y no los culpo, por eso encontré la manera en la recta final de dejar a su decisión si son o no realmente padre e hija, para que no se sientan decepcionados con lo que yo decida. Saludos y un abrazo enorme, te lo mereces por tomarte tu tiempo de dejarme un precioso review.