Los gritos de la directora recorrían el Sweet Amoris y chocaban con el oído de un pelirrojo malhumorado. La escuela iba a organizar otro estúpido evento y el elegido por la directora para ayudar en los preparativos era ni más ni menos que el único chico que no deseaba ayudar con nada. Y ahora, la directora buscaba a su víctima favorita, para obligarlo a trabajar.
"Esa vieja" masculló Castiel, alejándose hacia el final del pasillo, con dirección al sótano. Al fin, llegó allí y llaveó la puerta, suspirando con alivio, al sentirse en libertad.
Sin embargo, la agradable sensación no le duró mucho. En seguida notó a unos ojos, que lo observaban desde un rincón de la habitación.
-¿Tú que haces aquí?- preguntó, incrédulo.
-Me escondo para no trabajar. Al igual que tú, imagino
-A decir verdad, era una pregunta retórica. Ahora, largo.
-¿Eh? ¡No es justo, yo llegué primera!
-No me importa que no te parezca justo. Vete.
-¡Esta bien! ¡Me iré y le diré a la directora en dónde puede encontrar al chico al cual busca!
Castiel enfureció. Sabía que Karla iría con el cuento si la dejaba salir, pero no podía admitir su derrota. Tampoco deseaba golpearla, pero no podía darse el lujo de que esa chica piense de que podía hacer lo que quisiera con él.
-Escucha, enana cabezona- comenzó, tomándola bruscamente de las muñecas- Si quieres jugar con alguien, ve a jugar con tus Barbies.
-¡Suéltame!- chilló la chica, observándolo con odio -¿Tú crees que quiero estar contigo? ¡Sólo estoy esperando que terminen sus estúpidos arreglos! ¿O es que no toleras mi compañía solo un momento?
-No- espetó el pelirrojo, pero la soltó. Si la estúpida seguía gritando, acabarían por descubrirlos y obtendría doble castigo. El primero por haber huido de sus obligaciones y el segundo por molestar a una inocente chica.
La chica se sentó, apartándose de él, sumamente ofendida y asustada. Cuando Castiel vio esa reacción, se acercó de nuevo a ella, simplemente por molestarla. Karla se tensó en el acto y le lanzó una mirada de odio, que él respondió con una peor. La chica se asustó un poco y decidió recorrer la habitación con la mirada, hasta posar nuevamente su vista sobre él.
-¿Qué tanto me miras, enana cabezona?- gruñó él, por lo cual ella apartó de nuevo rápidamente la mirada.
Castiel hizo un esfuerzo por no echarse a reír. A veces no entendía por qué le tenían tanto miedo, pero en ocasiones como esta, era divertido hacerle un uso útil a ese poder. Enserio, esa chica debía de ser algo hueca. Ya debía de serlo si era amiga de Ámber.
De pronto, su vista bajó, hasta posarse en el cuerpo de ella. Era la primera vez que la veía de cerca. La verdad, no había mucho qué mirar. Era una completa tabla de planchar.
"Tabla de planchar" Castiel suspiró tristemente al recordar a Sucrette. Ella, quien había dejado el instituto, dejándolo a él sin siquiera haber podido probar sus labios tan siquiera una vez.
-Ugh, eres asqueroso- chilló de pronto la chica, dedicándole la mejor de sus miradas de odio.
-¿Acaso quieres morir? ¿Qué diablos dices, enana?
-¡Me estabas mirando el pecho, pervertido!
-¿Cuál pecho?- contestó enfadado
-Muy divertido, pero claramente te vi observándome. De verdad, eres un asqueroso.
Castiel volvió a bajar la mirada, esta vez adrede, dirigiendo su mirada descaradamente a los pechos de la chica.
-Eres una tabla, no te creas tanto.
-¡Y lo haces de nuevo! ¿Estas loco? ¡Eres un…!
Pero no logró terminar con su frase, cuando unos labios la callaron y unos brazos la apresaron contra la pared del sótano. Karla intentó deshacerse del agarre, pero el chico, con los ojos cerrados, la sujetó con fuerza, devorándose su aliento. Al comienzo reticente, al final la chica se dejó llevar por esa lengua experimentada que con suspiros recorría cada recodo de su boca. Castiel paseó con sus manos el cuerpo de la chica, tan deliciosamente similar al de su amada, que por un momento creyó que realmente se encontraba allí, con la chica de sus sueños. Sin embargo, un golpe en su pierna lo devolvió a la realidad. Sólo entonces abrió los ojos y notó que a quien estaba besando no era Sucrette.
La soltó de forma brusca y gruñó un "no le digas a nadie, ¿oíste?" antes de salir, limpiándose la boca con la manga de su campera. Karla, por su parte, sin aliento, simplemente sonrió con superioridad. Había ganado a Ámber en conseguir un beso del pelirrojo, aunque eso no lo sabría nunca nadie.
