Nota: aquí esta el segundo capítulo; procurare subir uno nuevo cada semana. Los reviews recibidos los contestare a la brevedad posible. Soy nueva publicando en esta web y en el capitulo anterior se me olvido poner el disclaimer, ahí va:
Disclaimer: todos los personajes pertenecen a J.K. Rowling, yo solo se los pido prestados para escribir esta historia que es sin fines de lucro, solo para entretener. No se gana nada con ella.
Advertencia: es una historia de tematica homoerotica, hay escenas fuertes de chicoXchico.
Seducido II
A la cena siguió una agradable sobremesa, y como la señora Bagshot se durmió sobre su taza de te los chicos se quedaron en libertad para hablar sobre lo que quisieran. Los ojos claros de Grindelwald se iluminaban al susurrar al oído de Dumbledore los secretos que conocía sobre las Reliquias de la Muerte y otras varias cosas, y cuando a su vez el pelirrojizo le contaba sus ideas tan cerca de su oreja que olía perfectamente el aroma a limpio del cabello del rubio, este sonreía traviesamente y adoptaba una mirada muy satisfecha de si misma.
Luego charlar hasta le media noche Dumbledore regreso a su casa, donde nada mas que una patética existencia que amenazaba con hacer que su cerebro y su varita se enmohecieran ahí encerrados lo esperaba.
El chico se apareció en su dormitorio y se dejo caer pesadamente, vestido, sobre su cama. Si tan solo sus padres no estuvieran muertos...
Si tan solo pudieran reunir las tres Reliquias... Si tan solo fuera libre como Gellert...
No supo cuanto tiempo había dormido cuando unos golpecitos en su ventana lo despertaron: era una lechuza con una carta.
Asustado de que fueran más malas noticias Dumbledore brinco a abrirle, y soltó una carcajada tremenda al descubrir que la carta era de Grindelwald. La abrió, era una continuación de la charla que habían mantenido todo el día, él se disculpaba por importunarlo en plena noche pero tenia una necesidad enorme de comunicarse con él.
Dumbledore sonrió mientras terminaba de leer las palabras, con cierta dificultad pues Grindelwald tenía una letra menuda, pequeña y apresurada: como patitas de araña salpicando el papel blanco. En cuanto acabo de leer se puso a escribirle una respuesta con su letra bella y elegante.
A esa carta y a esa noche siguieron la siguiente, y la siguiente y las de toda la semana: no se les terminaban los temas de conversación, desde porque la Ley de Gaus tenia cinco excepciones en vez de siete o tres o que usos se le podría dar a la sangre de dragón...
Dumbledore no veía la hora de largarse de casa para conversar con Grindelwald y a este no parecía importarle que el pelirrojizo tenia otras cosas que atender, y estaba siempre dispuesto a darle su tiempo, incluso a exigirlo, en casa de la tía abuela o paseando por el cementerio o por ahí...
Dumbledore regresaba a altas horas de la noche, y se aparecía directamente en su dormitorio para que Aberforth no le hechara la bronca, y por las mañanas, mientras apresuradamente hacia cuanto requería de magia (que Aberforth no podía usar fuera del colegio) ponía la radio a todo volumen, para la niña, decía él, pero en verdad era para no poder escuchar ni media palabra de los reproches y las quejas de su incomodo hermano menor.
Una noche, luego de enviarle una apasionada carta a Grindelwald, Dumbledore se desvistió y se puso camisón de dormir, azul cielo con grandes estrellotas amarillas de cinco picos, se tendió cuan largo era en la cama, jugueteando con la luz en la punta de su varita, sintiendo el fresco de la ventana que dejaba abierta para recibir las cartas de Grindelwald. Cuando escucho un chasquido y volteo lo ultimo que esperaba ver a Grindelwald en persona, y en pijama ahí.
-¡Hola!-saludo el chico alegremente, y le hecho una miradita burlona a las estrellotas del camisón de Dumbledore.
Este se apeno un poco, pues el camisón de Grindelwald era mucho más elegante que el suyo, de color blanco y con puntillas en el cuello, las mangas y el ruedo.
-¡Hola! Umh, ¿tenias tantas ganas de contestar mis últimas y sabias palabras que no pudiste perder tiempo en escribirlas y viniste a decírmelas en persona?-explico Dumbledore.
-Umh... - Grindelwald se puso un dedo sobre los labios, pensativo-No, de hecho venia a invitarte un caramelo de limón. -Dumbledore lo miro extrañado- Son tus favoritos, ¿no?
-Claro, y si te has tomado la molestia de violentar mi intimidad deben de ser unos caramelos de limón soberbios.
Grindelwald rió y se sentó tan campante junto al ojiazul.
-Mala escusa, debí decir que tenía curiosidad de ver tu pijama. Esta mona, yo usaba una así, pero con lunotas, cuando tenia cinco años.
Dumbledore lo miro con reproche, a veces sus bromitas se pasaban de la raya.
-Ya, ya. Perdón. ¿Un caramelito?- le tendió la bolsita abierta.
Dumbledore cogió uno y se lo llevo a la boca, se recostó sobre los almohadones con los ojos cerrados para saborearlo. Sintió a Grindelwald recostarse a su lado.
-¿Sabes? Tu alcoba es casi como me la imaginaba.- y se puso a chupar un dulce.
-¿Casi?
-Aja.- asintió sin darle más explicaciones.
Se quedaron así, saboreando los dulces uno junto al otro, Dumbledore sentía la calidez del cuerpo de Grindelwald a su lado, y este le picaba las costillas para molestarlo, y al ver que el otro no se molestaba se puso a tocar sobre su muslo como si tocara sobre un piano.
Se sentó con las piernas cruzadas y hecho sus manos de largos dedos sobre la pierna de Albus, y empezó a tocar así, con los ojos cerrados y meneando la cabeza, escuchando la melodía en su mente.
Los ojos azules lo miraban preguntándose que tan loco estaría. Cuando empezó a dolerle el muslo le dijo:
-¿Sabes? A menos que me transformes en un piano no voy a sonar.
-Ya lo se.- abrió los ojos y lo miro muy intensamente.
-Y duele ser confundido con uno.
Grindelwald empezó a sobar su muslo sin quitarle los ojos de encima. Dumbledore levanto las cejas y estiro la mano para coger el último caramelo. Pero el rubio se lo gano de un manotazo y se lo llevo rápidamente a la boca.
-¡Oye!-protesto- Debes ser compartido.
Grindelwald sonrió maliciosamente y con agilidad felina se monto sobre la cadera de Dumbledore, le sujeto las muñecas contra la cama y se inclino sobre el sin apartar la ardorosa mirada de los ojos azules que lo veían como hipnotizado.
Dumbledore veía el rostro acorazonado cada vez mas cerca, y un segundo antes de que sus labios se rozaran cerró los ojos.
Había imaginado muchas cosas de ese chico, pero no que le diera un beso. Asumiendo que aquello no era un sueño era bastante irreal; es decir, los labios de Gellert sobre los suyos se sentían suaves y cálidos y su peso encima era agradable. Movió sus labios y sintió un saborcito a limón en los del rubio, y a poco sintió que algo presionaba sobre sus labios, ¿su lengua? No, era el caramelo. Separo los labios para recibirlo y antes de que pudiera evitarlo ya tenia la lengua del otro dentro, rozando la suya y moviendo el caramelo.
Abrió los ojos asombrado y trato de librar sus manos pero el rubio lo tenía bien sujeto por las muñecas, y al notar el movimiento las apretó más, hasta que fue doloroso y se dio por vencido. Vio un brillo salvaje en los iris claros cuando aflojo el cuerpo y ladeo la cabeza para facilitar el beso. Gellert empujo su pecho contra el de él y movió mas rápido su lengua, Albus tardo un poco en darse cuenta que el otro estaba chupando el caramelo, cada vez mas pequeño, junto con el.
Pensó que cuando terminaran de comerse el dulce él liberaría su boca y no le daría explicaciones, y si se las pedía solo le diría que fue él quien le dijo que debía ser compartido. Y aunque Dumbledore ignoraba varias cosas por haber sido un chico modelo sentía que besar a otro chico superaba el límite de rarezas normales, incluso en alguien como Grindelwald.
El dulce termino pero el beso continuó. Grindelwald sabía muy bien lo que quería, y no estaba dispuesto a soltar a su presa ahora que ya la tenía bajo sus garras. El pelirrojizo volvió a forcejear pero el sujeto sus manos con fuerza e hizo mas violento el beso, ahora que ya no movían de un lado a otro el dulce le acariciaba el interior de la boca descaradamente, siempre mirándolo con sus ojos muy claros y muy límpidos.
Tenía su torso pegado al de Albus y su cadera entre sus rodillas; las cerró para apretarlo más y meneo su cuerpo, frotándose de arriba abajo contra el guapo ojiazul, disfrutando de su sonrojo y de sus intentos de empujarlo tanto como de lo agradable del roce. Capturo su lengua y se la succiono, igual que si fuera el caramelo, y llegado a ese punto su cuerpo traicionó al pelirrojizo.
El beso del ojiclaro, su lengua acariciando la parte de debajo de la suya y chapándosela un poquito, lo suficiente para enloquecerlo con la sensación, y el roce de su cuerpo esbelto y flexible, cuya fricción era cada vez menos inocente, cada vez se sentaba mas sobre su sexo, presionándoselo y frotándoselo con su trasero: Dumbledore nunca había sentido algo así de excitante.
Cuando sintió que había despertado la hombría de su amigo le soltó las manos, estaba casi seguro de que no se resistiría más. Llevo manos a los costados del ojiazul y lo acarició, y a poco sintió las manos de él sobre su espalda y trasero, apretándoselo con deseo.
Grindelwald sonrió con una alegría feroz y predativa que desvió a besar con mas ansia a Dumbledore, pues, aunque este no lo sabia ni debía sospecharlo, ahora era mas suyo, esa falsa intimidad de lo sexual ligaba al íntegro joven a él, estaba seguro de que luego de un buen revolcón Albus se sentiría obligado a guardarle el secreto.
Y si podía contar con silencio y la lealtad del joven podría llegar a lo verdaderamente íntimo e importante, sus planes para erguirse dueño y soberano del mundo, con Dumbledore a su lado, pues por fin había encontrado a alguien suficientemente inteligente y capaz para ser su segundo al mando. Y quien sabe, quizás pudieran ser también algo mas que aliados y amigos, después de todo, por algo había elegido ligarse al ojiazul por medio de la carne.
Tomo el rostro de Dumbledore con ambas manos y lo beso jalándole todo el aire, repegándosele como un gato frenético y luego libero su boca, pero no su rostro, y lo miro con una intensidad que hizo enrojecer al joven.
-¿Te gusto Albus?
-Me parece que dadas las evidencias tratar de negarlo seria inútil.
Grindelwald se rió, y su risa era cristalina y contagiosa.
-Eres divertido Albus. Por eso me gustas, quizá.- se llevo un dedo sobre los labios y miro hacia un lado, como si mirara sus pensamientos apuntados en un lugar arriba y a la derecha.
Dumbledore jalo su rostro para besarlo, y ahora ambos chicos se besaban con el mismo entusiasmo, las lenguas se acariciaban y se colaban en la boca del otro para explorarla, las manos se deslizaban sobre la tela de las pijamas y a poco el ojiazul jalo hacia arriba el camisón blanco del ojiclaro, y este se enderezó para sacárselo por la cabeza, arrojándolo a un lado y quedando solo en calzoncillos sobre su amigo. Lo miro burlón, y al darse cuenta Dumbledore de que se burlaba de su camisón se apeno y trato de incorporarse para quitárselo. Pero Grindelwald se le adelantó y lo rasgo con fuerza, del cuello hasta la cadera de del pelirrojizo, sobre la que estaba bien sentado, apretando y aflojando las nalgas para estimularlo.
Le arranco la prenda a desgarrones y en cuanto tuvo la piel desnuda a la vista se dejo ir sobre ella como un ave de presa; apasionado, intenso, besaba y mordía el cuello de Dumbledore, sus hombros, su pecho. Había entrelazado sus piernas con las de él y ahora sus movimientos ondulantes frotaban sus sexos uno contra otro. Grindelwald gemía quedito y ese sonido enloquecía a Dumbledore, tanto que hizo acopio de fuerzas y abrazándolo, se dio la vuelta con él, para quedarle encima y ser ahora él quien marcara el ritmo de aquello.
El ojiclaro le bajo los calzoncillos y se bajo los suyos hasta los tobillos, quitándoselos entonces con los pies, luego separo sus larguísimas piernas y abrazo la cadera del ojiazul con ellas, juntando sus sexos desnudos, aplastándolos entre sus caderas, estimulándose cada vez mas... El cabello rojizo, suelto, caía desordenado medio cubriéndolos, el joven tenia el rostro hundido en el cuello del rubio y se lo lamia deleitándose en su sabor y aroma deliciosos, su cadera estrecha se meneaba rápida sobre su compañero, sus nalgas se apretaban cuando más pegado estaba al rubio, marcándole unos sensuales hoyuelos sobre el inicio de las mismas, Grindelwald jadeaba con la nariz pegada a su oreja y le clavaba las uñas, tan fuerte en el momento del orgasmo que lo hizo sangrar. Los dos chicos terminaron al mismo tiempo y sus fluidos se mezclaron entre sus vientres.
Dumbledore se incorporo sobre sus brazos y miro a Grindelwald bajo el, se veía tan hermoso así, con los ojos cerrados, la piel sonrojada y cubierta por minúsculas gotitas de sudor, la boca curvada en una sonrisa complacida, sin rastros de burla ni desdén.
Bajo la cabeza para besar esa sonrisa, una y otra vez. El ojiclaro le correspondió otros cuantos besos antes de empujarlo y escapársele, parándose y poniéndose rápidamente los calzoncillos y el camisón. Dumbledore miro fugazmente la esplendida desnudez del rubio y luego se subió sus calzoncillos, sentándose casi desnudo al borde de su cama.
Grindelwald lo miro divertido, con una sonrisa traviesa bailándole en el rostro.
-A ver si te consigues un camisón un poco menos estrelladote.- le dijo.
Dumbledore hizo pucherito y le arrojo una almohada. El otro la atrapo y se la puso bajo el brazo.
-Si se te ocurre alguna idea, no me la mandes por carta, porque después de esto me voy a dormir como un tronco.- le dijo, y girando sobre si mismo desapareció.
Se sentía avergonzado a la mañana siguiente, tenia muchísima pena de volver a mirarlo a la cara, pero no había cosa que deseara mas que contemplar su cara risueña, esos labios que ya sabia tan dulces, curvados con desden.
Se asomo por la ventana y vio a sus hermanos atendiendo a las cabras; ya casi terminaban de darles de comer. Se apuro a dirigir con su varita los tazones y los cubiertos a la mesa, para después servir la avena y el jugo de naranja. Luego, con mucha presteza se dispuso a hacer los huevos fritos con tocino, en forma de carita sonriente.
El desayuno estaba listo y sonreía, pero Dumbledore tenía ganas de llorar: ¿de que le servían tanta inteligencia, tanta magia, tanto poder, si lo único que podía hacer con ellos era jugar a la mamita con sus hermanitos? Se recargo en el fregadero, vuelto hacia la pared, y cerro los ojos obligándose a respirar con calma.
Ellos ya estaban entrando, bulliciosos y felices, y él no quería que lo vieran así. Se suponía que debía estar contento de tener a su familia unida; su padre había sacrificado su libertad y luego su vida para mantener a su familia unida, su madre había entregado la suya por la misma causa, y el tendría que estar dispuesto a hacer lo mismo: eran su sangre, eran su obligación.
Apretó el fregadero maldiciendo su suerte: a esas horas debería estar dándole la vuela al mundo con Doge, deshaciendo antiguas maldiciones de los brujos persas, visitando a Al-Sharefed y a todos esos reconocidos magos con quienes se había escrito. Pero en vez de eso estaba desperdiciando su vida entre cuatro miserables paredes, ejecutando hechizos de primer año... odiaba todo eso, lo odiaba de verdad... se mordió los labios...
La manita fría de Ariana se poso sobre la suya, y su voz bajita lo llamo:
-Albus, Albus... -los enormes ojos azules lo miraban preocupado.
Una punzada de remordimiento le atravesó el pecho, y se inclino para que su rostro quedara a la altura del de su hermana.
-Buenos días pequeña.-le acomodo un rizo rubio detrás de la oreja- ¿Cómo han comido las cabras?
-Comido... ¡ñamñam! -le mordisqueo la nariz- Come Albus.-le jalo la tunica.
-Dame un segundo pequeña, estoy terminando de lavar el fregadero.- volteo a la muchachita y levantándola por las axilas la sentó en su silla. Noto que Aberforth lo miraba con el ceño fruncido.
Se volvió al fregadero y lo limpio usando sus propias manos, de algún modo, eso se le hacia menos indignante que usar la magia para estupideces como aquella. Luego, con el gesto sereno se sentó a la mesa y con mucho exfuerzo pudo comer los bocados, el nudo de culpa que sentía en la garganta no lo dejaba tragar. Eran sus hermanos y el los quería, pero no quería sacrificar su vida por ellos. No era justo.
Ariana debió notar que hacia gestos para comer, pues le vacío todo el tarro de miel sobre la avena.
-¡No! ¿¡Que has hecho niña!?- le dijo palmeándose los muslos con exasperación.
-Come Albus.- cogió su cuchara y la acerco a su boca- Come, dulce y rico, ¡ñamñam!
Dumbledore le quito la cuchara con brusquedad y la azoto en la mesa:
-¡No hace falta que hagas eso Ariana! -la cogió por los hombros- ¿Entiendes? ¡No tienes que hacer nada!-termino casi gritando.
La niña se hecho a llorar y Aberforth se paro de un salto, y empujando con muy malos modos a Albus hacia un lado abrazo a la muchachita, volteándose para hechar unas miradas asesinas a su hermano mayor.
-Eres un histérico, Ariana solo quería ayudarte.
-Pero ella tiene que entender que como mas ayuda es no estorbando.
-¿Estorbando? -los ojos azules destellaban de ira- ¿Eso es Ariana para ti, un estorbo?
-¡No he querido decir eso!- exclamo desesperado.
-Pero eso es lo que sientes, Albus, te conozco. Te pesa cuidar de ella, de nosotros, ¿pero sabes que? ¡No hace ninguna maldita falta! A mi la escuela y los honores y el aplauso del mundo me importan un comino. Vete a ser grande Albus, vete, y así no nos estorbaremos.
Albus se cruzo de brazos y miro muy severo a Aberforth, era la enésima vez que tenían esa discusión y empezaba a estar harto del tema.
-Mama y papa querían que tu estudiaras, y que la niña permaneciera a salvo...- unos toques en la puerta lo interrumpieron, y con cara de fastidio se encamino a la puerta, mascullando que ahora quien diablos seria.
Continuara...
