DISCLAIMER: Akatsuki no me pertenece
N/A: ¡Otro capítulo:D
Muchas gracias por vuestros reviews ;)
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Mediodía
No tienes ganas de trabajar. Piensas en seguir ensayando tu risa, pero los otros te podrían oír, y sería bastante embarazoso.
El sol matutino te acaricia la cara. Durante unos segundos cierras los ojos y te relajas.
El buen tiempo siempre te trae recuerdos; los picnics primaverales con tus socios (no, esa tampoco es la palabra adecuada. Su misión es obedecer, o al menos fingir que obedecen tus órdenes, no discutir acerca de ellas), esas tardes felices de tu infancia en el parque, aquella vez que abriste la garganta de tu sensei con la anilla de una lata de Coca-cola.
Ese recuerdo ensombrece un poco tus pensamientos. Siempre te enfureces cuando rememoras su odio irracional hacia los refrescos con gas.
Con un suspiro, coges el montón de papeles que hay sobre tu escritorio y comienzas a revisarlo. Antes de ponerte a trabajar en serio echas un vistazo a las misiones de tus empleados (no, no, no. No les pagas. Trabajan para ti por el mero placer de la destrucción. Aunque sospechas que el alojamiento gratis y el seguro dental también influyen).
Pasas rápidamente las hojas.
Un par de secuestros. El ataque a una villa. La búsqueda de un nuevo psicólogo para Itachi, que obligó al último a comerse su propia cara.
Lo de costumbre.
Cuando comienzas a leer tu correspondencia, el contenido de una de las cartas llama tu atención. Haces un rápido repaso de lo más importante del mensaje antes de leerlo de forma más pausada.
Parece que Orochimaru sigue haciendo de las suyas. Ahora ha presentado una solicitud para trabajar de monitor en un campamento.
Con un suspiro, retiras la carta y la guardas en un cajón, para releerla más tarde. Deberías mandar a alguien a que investigara el asunto. Cuando, hace uno o dos años, el ex-componente de tu banda (no, parece que se trata de un grupo de música. Lo tachas mentalmente) montó una Academia de Inglés, varios primos lejanos de Kakuzu se vieron implicados, y nadie da trabajo de repartidor de periódicos a un niño de doce años con más tatuajes que un ex-presidiario.
Sigues revisando los papeles.
Asesinato, factura de la tintorería por la limpieza de las capas, otro asesinato.
Cuando terminas, ya casi es la hora de comer.
Te diriges al comedor.
Deidara y Kisame están peleándose por la fuente de las patatas fritas. Itachi remueve su caldo con una cuchara de plástico (toda precaución es poca), mirando por la ventana con aire nostálgico.
Cuando te sientas a la cabecera de la mesa, la discusión se aplaca. Deidara y Kisame se calman, aunque de vez en cuando se miran con odio.
Coméis en silencio.
Nunca están muy comunicativos cuando tú estás presente, dejando a un lado los asuntos de trabajo. Te tratan con demasiada cautela, como si les fueras a fulminar con la mirada si escuchas alguna tontería. No es para tanto. Después de todo, eso solo ocurrió una vez, y ya deberían saber que no volverás a hacerlo; quedó una quemadura muy fea en la mesa.
Cuando termináis de comer, Kisame e Itachi se van a dar un paseo por los alrededores, seguramente en busca de algún niño o animal salvaje al que despellejar. Deidara, sin embargo, se queda en la casa haciendo figurillas de barro para adornar las nuevas estanterías del recibidor.
Tú te sientas en el porche, a la sombra, y observas los alrededores.
Casi sin darte cuenta, empiezas a jugar con ese anillo que llevas siempre. Cuando está a punto de escapársete de los dedos, recuerdas cuando Itachi dijo que el suyo se había colado por el desagüe de la ducha y tuvisteis que levantar todo el suelo del baño para intentar recuperarlo. Luego os disteis cuenta de que aún lo llevaba puesto. Todavía recuerdas los gritos de Deidara.
Con un estremecimiento, cierras la mano sobre tu anillo, con fuerza, y lo colocas de nuevo en tu dedo.
Los anillos, así como todo lo demás, son pequeñas piezas del plan.
Suspiras.
La gente cree que intentar dominar el mundo es fácil.
No lo es.
Cuando dicen eso, los demás no piensan en lo que es tener que dar cobijo y mantener a un grupo de criminales que se encuentran entre los más buscados de sus respectivas villas, se pelean continuamente, comen más que un ejército y gritan como niños pequeños cuando se va la luz.
Ser el malo es complicado. No puedes sonreír si no tienes un oscuro motivo para ello, todo el mundo te tiene miedo, y siempre te acaba venciendo algún niño al que nadie creía capaz ni de atarse solo los cordones de los zapatos.
Ojala fuera todo tan fácil como en las películas. En menos de una hora, el villano consigue tener a todo el mundo postrado ante sus pies. Es una lástima que la media hora restante siempre estropee su trabajo.
Tu profesión es verdaderamente frustrante. Toda una vida esforzándote para construir tu imperio del terror, y de repente alguien pulsa ese botón de autodestrucción que insististe en construir "por si acaso" a pesar de los consejos de tus subordinados. En ese momento, justo antes de que todo estalle, te arrepientes de haberlos arrojado a los leones antes de que les diera tiempo de coger aire para seguir hablando.
Claro que la vida real no es como la muestran las películas.
El mundo es un reflejo de que no siempre ganan los buenos.
Y ahí es donde entras tú.
La realidad siempre supera a la ficción.
Continuará
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