Crepúsculo, Luna Carmesí

Por Wolfrider

Libro 1: Los Hijos de la Luna

Los Nuevos

No había sucedido nada de importancia en los primeros días de instituto este año. Así que, en cierta manera, todavía Martín y yo continuábamos siendo la novedad, a pesar de que ya llevábamos casi dos años viviendo en Forks.

Había sido una verdadera suerte el compartir varias de las clases, en especial Español. Era raro, al comienzo, para mí pensar en él como un 'latino', talvez debido a su piel un poco pálida, su cabello rubio oscuro o los ojos verde pardo que escondían sus gafas. Él decía lo mismo de mí; que era difícil que una chica llamada Danielle Renoir fuera en realidad una morena, de piel canela y ojos café oscuros, en vez de una francesa rubia o pelirroja con aires de 'femme-fatal'

El tener a alguien que supiera hablar bien el Español me ayudó mucho, así como lo hice yo con su dominio de la aritmética, que era verdaderamente horrible. Siempre me extrañó que alguien que pudiera hablar con facilidad tres idiomas, y dibujara como él, no pudiera con una simple ecuación de primer grado. De esas con una sola incógnita.

Se podría decir que no nos había ido tan mal; por lo menos no era como Los Ángeles, donde tenía que cuidarme de no morir a causa de algún pandillero loco que le diera por disparar en la calle, o de no ver a los ojos al traficante local si quería llegar sana a casa. Sí que le agradecí al destino que mi padre hubiera conseguido el trabajo como guardia forestal en esta zona, ya que quería llegar viva a mi graduación por lo menos.

Y había otras razones también ahora. Una de ellas el sobrino de los dueños de la tienda de deportes local; John Newton, tan alto y rubio que casi parecía un modelo de Calvin Klein.

Extrañamente, mi relación con Johny no molestaba para nada a Martín, quien se había convertido en un buen amigo. Sería justo reconocer que en realidad era mi mejor amigo, mucho más cercano que Johny en un comienzo. Ser el centro de la atención de todo el instituto en Forks nos había unido de formas que nunca hubiera creído posibles en otro escenario. Aunque nunca, jamás, fueran sentimientos románticos los que sintiera a su lado. Y lo más raro, él parecía sentirse de la misma forma, ya que nunca intentó ningún avance conmigo.

Y todo siguió así, hasta estos días en que comenzaba mi tercer año de instituto.

Porque llegaron ellos.

Los Cullen.

Había tenido noticias, como todos por supuesto. Mi padre se había hecho amigo de Charlie Swann, el jefe de policía, y éste le había informado de la llegada del nuevo doctor y su familia. En realidad papá me había dicho que el jefe se encontraba muy emocionado con la noticia, como si se tratara de gente muy conocida para él. Algo extraño, cuando menos, ya que todos en el pueblo sabían que era primera vez que los Cullen aparecían por aquí.

Uno de los rumores que más se habían extendido era el número de hijos que tenía la familia del doctor Cullen, ¡cinco! Y lo principal; todos habían sido adoptados. Un chisme que se extendió como pólvora encendida al saberse lo joven que era el matrimonio Cullen y que todos sus hijos ya eran adolescentes. También se decía que los acompañaba una pareja joven, compuesta de la hermana natural de uno de ellos y su novio. Al parecer se trataba de universitarios ya, que habían decidido quedarse una temporada junto con los Cullen.

Pero nada de eso me prepararía para el momento en que hicieron su aparición.

¡Hola morena! –me dijo Martín en español, al momento de bajarme de mi auto en el estacionamiento del instituto. No me llamaba la atención que llegara siempre temprano, ya que vivía muy cerca y podía irse y venirse caminando sin problemas. Era uno de los pocos estudiantes a los que no les gustaba conducir.

Pero que dark andas hoy –le respondí en el mismo idioma; sonriendo al verlo vestido con jeans, camisa y chaqueta negras.

Ando estrenando armadura para 'engrupir' –una manía incurable que poseía, siempre me hablaba con modismos de su país, muy difíciles de traducir.

Iba a preguntarle que quería decir, aunque su guiño travieso me daba pistas de lo que significaba, cuando todos los que nos encontrábamos en el estacionamiento quedamos en silencio al escuchar el ruido de motores potentes, y pudimos ver llegar los automóviles.

Pero llamar automóvil al bólido gris plateado, y a su gemelo rojo, casi parecía una ofensa. Eran vehículos extraordinariamente llamativos, último modelo, y definitivamente hechos para carreteras que permitían una velocidad mucho mayor a la que imperaba en Forks.

– ¿Quiénes son esos? –pude pronunciar apenas, al ver a los ocupantes bajar de sus vehículos.

– Deben ser los Cullen. Carl, de Historia, me dijo que había escuchado a la secretaria del director diciendo que hoy empezaban sus clases. Parece que tomaron todas las avanzadas –me susurró rápidamente Martín en el oído, hablando en inglés esta vez.

Debía haberlo supuesto, pero no pude responderle. Eran, no podía pensar en una palabra mejor, hermosos. Increíble y casi insoportablemente hermosos; todos ellos, hombres y mujeres por igual. Me había quedado sin habla a causa de la impresión.

Los del automóvil escarlata fueron los primeros en bajar. Una pareja. Ella tenía el bello rostro de una elfo salida de la película del Señor de Los Anillos, moviéndose tan fluidamente que parecía bailar más que caminar. El chico que tomó su mano tiernamente era rubio, demasiado apuesto para ser verdad a pesar de cierto ademán nervioso que imperaba en sus facciones. Bastante alto y delgado aunque muy fuerte, de acuerdo a los músculos que mostraba la camisa ajustada que vestía.

Esperaron a que bajaran los ocupantes del vehículo plateado. Los del frente bajaron primero; un verdadero modelo masculino, de cabello color cobre peinado en picos medio desordenados. La increíblemente bella muchacha de melena oscura que venía en el asiento contiguo se bajó y puso a su lado rápidamente, con un paso suave y elegante; él la abrazó con tanta ternura que era obvio, para cualquiera, que su lazo era mucho, mucho más profundo que la amistad o que un simple noviazgo. Se veían tan perfectos, tan enamorados, que parecían la viva imagen de un aviso publicitario de San Valentín.

A pesar de lo hipnótico que eran los recién llegados me volví hacia Martín, ya que su silencio me había llamado la atención.

– ¿Qué...? –pude susurrar apenas al ver su expresión. Se encontraba boquiabierto. Parecía de verdad hechizado. Sin embargo algo me llamó la atención, y se trataba del hecho que su vista no se dirigía hacia los Cullens que ya estaban a la vista, si no los que todavía no salían del auto plateado.

Volví a observar a los recién llegados; por el lado del conductor, en la parte posterior, iba saliendo un muchacho de hermosa piel morena un poco más oscura que la mía. Muy, pero que muy guapo, de cabello negro largo atado en una cola de caballo, un chico que tenía toda la pinta de galán sudamericano.

El motivo de la reacción de Martín, por otra parte, había bajado ya y daba la vuelta para unirse al grupo.

Decir que la chica de cabello color cobre era hermosa no le haría justicia. Me dio un súbito ataque de envidia, a cualquier muchacha le hubiera pasado, especialmente al ver los bellísimos rasgos de estrella de cine juvenil. Un rostro por el cual una mujer hubiera vendido hasta su alma por tener. Además el rubor en sus mejillas le daba un aspecto tierno, como de niña, y la hacía aun más atractiva que la piel extremadamente pálida de los otros. La reacción de Martín me pareció bastante comprensible, a pesar de que la envidia me había tirado mi ánimo un poco abajo. Sí, debía reconocerlo, el aspecto de la chica me había dejado el ego por los suelos.

De pronto, el muchacho abrazado a la chica de cabello oscuro se volteó hacia nosotros. Se encontraban demasiado lejos para poder ver sus ojos, pero su mirada me dejó congelada. Sabía que con una belleza como esa a su lado no me miraría dos veces, pero era tan... nunca sabría como describirlo, ¿precioso? Su sonrisa de medio lado parecía decir que había leído en mi cara todo lo que había pensado de ellos, y eso me hizo sentir inesperadamente cohibida. Me di vuelta, para hablar con Martín y tratar de que el ataque de vergüenza súbita pasara. No me atrevería a voltear antes de eso.

La expresión de Martín había cambiado. Seguía mirando fijamente pero la expresión boquiabierta había desaparecido de su rostro. Ahora bajaba un poco la cabeza, pero era un ademán muy lejano de la sumisión. Me hizo acordar cuando un animal se preparaba para luchar, sin embargo, la sonrisa juguetona en su cara y el brillo travieso de sus ojos me hicieron darme cuenta de lo que sucedía realmente.

Lo mismo que, seguramente, les pasaba a todos los estudiantes varones en el estacionamiento. Habían entrado en modalidad 'cazador', como mi amigo lo había definido una vez.

Y, obviamente, la presa sería la misma para todos. La chica de rizos cobrizos que le llegaban a la cintura. La única de los nuevos estudiantes que parecía no estar envuelta en una relación. Además, a pesar de su aspecto tan atrayente, los otros como que daban algo de miedo, pero no podía comprender exactamente el porqué. Rápidamente me di cuenta que los chicos no serían los únicos que se creerían cazadores; el galán moreno también iba a ser objeto de cada posible mirada coqueta, o gesto seductor, que las estudiantes de Forks pudieran hacer para lograr llamar su atención.

Una parte de mí, la envidiosa debía reconocer, decía que todos se comportaban como tarados babosos. Se me había olvidado, convenientemente, lo bien que me había sentido al ser yo la 'nueva' dos años atrás; ahora sólo podía decirme que una 'hottie' como la chica Cullen, de acuerdo a mi experiencia en L. A., debía tener un ego más grande que todo Forks, incluidos los bosques y montañas cercanas. Debía ser toda una Paris Hilton; una cabeza hueca y mimada que debía creer que le hacía un favor al mundo con sólo respirar.

Otra parte de mí, al darse cuenta de eso, se sintió repentinamente mal. Me había olvidado de Martín y su interés por la muchacha; una tipa así se lo iba a comer vivo, y escupir los pedazos después. De repente me entró un ataque de celos, al imaginar que hasta Johny se iba sentir atraído por ella. Y, aunque nunca había sido insegura de mi propio aspecto, me sentía incapaz de competir contra cualquiera de los Cullen, mucho menos contra la 'Barbie Ricitos'.

Martín me miró con gesto dudoso, cuando me separé de él rápidamente para dirigirme a clases. Era un chico listo, ya que no intentó preguntarme que pasaba, o talvez había visto algo en mi rostro enojado. Ni siquiera lo consideré.

– Lo más seguro es que siga babeando, mirando a la 'Barbie Ricitos' –me dije, dirigiendo hacia mi amigo, y a los demás chicos del instituto, todas las palabrotas en español que él me había enseñado una vez.

Oh, como me divertí pensando en hacer pedazos a la niña esa. Todas las pelis de terror y 'slashers' que había visto junto con Johny se pasearon en mi cabeza, sólo que con un detalle nuevo... la víctima siempre era la chica Cullen, y yo la descuartizador. Una verdadera estupidez, de la que me reí en cuanto la envidia bajó un poco al no ver a ninguno de ellos cerca.

Pero el destino guardaba una sorpresa.

Ya me encontraba en el laboratorio de Biología, mi primera clase de ese día, sentada sola en la mesa de trabajo. El año anterior Johny había sido mi pareja, pero debía reconocer que mi prospecto de novio no era precisamente la mayor lumbrera de Forks y había tenido que repetir el ramo, así que todavía no tenía compañero para mi tercer año de instituto.

Escuché un murmullo del profesor Pattkinson, el nuevo maestro de Biología, y levanté la cabeza cuando escuché mi nombre.

– Sólo hay un asiento disponible, junto a la señorita Renoir.

Pude ver el interés hirviendo en los ojos de todos, mientras mi boca se abría de la sorpresa, y un repentino ataque de hiel me revolvía el estómago.

– H... hola, me llamo... Renesmee Cullen –escuché decir, sin poder creer el tono tímido y cantarín de su voz, cuando la chica se sentó a mi lado.

¡'Barbie Ricitos' iba a ser mi compañera de laboratorio este año!