El pelo rubio de Riza caía por sus hombros y a sus lados flotaba ondulándose con el agua. Sentía como si el cuerpo le pesase una tonelada. El agua caliente se sentía tan bien que quería quedarse ahí por siempre. Se le escapó un pequeño suspiro mientras inclinaba su cabeza hacia atrás y dejaba a sus párpados caer hasta cerrar los ojos.

Mientras tanto Roy estaba preparando la cena en una pequeña cocina. Hayate estaba sentado junto a él, observándolo fijamente y moviendo la cola a la vez. Cuando él se movía un poco Hayate lo seguía.

-¿Tienes hambre, Hayate? -preguntó Mustang al canino.

Hayate dio un ladrido como si le contestase. Mustang se agachó al instante con un plato de plástico en una mano. Al dejarlo en el suelo Hayate empezó a mordisquear las patas de pollo recién hechas que habían en el plato. Roy acarició la cabeza del perro revolviéndole un poco el pelo.

-Riza me dijo que es tu comida favorita -le dijo mientras el pequeño comía, por lo visto con mucho apetito-. Te lo mereces. Te debo muchas cosas por haber cuidado de Riza cuando yo no estaba.

Black Hayate levantó su cabecita y empezó a lamer las manos de Mustang.

Justo en ese momento se oyó el ruido de una puerta. Mustang miró hacia el baño y vio a su compañera cubierta solo con una bata. Sus mejillas se tiñeron de rojo, pero el rubor de la chica era mucho más notable. Él carraspeó un poco mientras dirigía su mirada hacia abajo, hacia Hayate.

-Le he dado la cena ya -empezó a hablar-. Es que tenía mucha hambre y no quería hacerle esperar más.

-Muchas gracias -le agradeció Riza con la voz un poco más suave de lo normal. Entonces preguntó a Roy un poco más sonrojada-. ¿Yo... podría pasar...? ¿Podrías prestarme...?

Riza tenía mucha vergüenza y no sabía muy bien como hacerle las preguntas. Pero Mustang le entendía y se apresuró a contestar antes de hacerle pasar por algo más bochornoso.

-Puedes cambiarte en mi cuarto. Te puedo dejar alguna camiseta mía y algún pantalón de cuando era más joven. Ya sabes es que si te dejo uno de mi talla de ahora pues te quedarían realmente enormes y entonces pues se te caería...

Mustang estaba por lo visto bastante nervioso también así que Riza le frenó antes de que esto acabase peor.

-Gracias -la voz de su amiga bastó para que él se callase pero no le tranquilizó sino que le puso más nervioso provocando que su corazón se acelerase.

Le llevó hasta su cuarto. Ella se sentó a un borde de la cama mientras él buscaba la ropa en unos cajones. Riza estaba muy rígida y nerviosa.

-Aquí tienes -se levantó Roy y se acercó a ella con la ropa doblada sobre sus manos-. A lo mejor te quede un poco grande pero es lo más pequeño que tengo.

-No pasa nada -le tranquilizó su amiga aceptando la ropa mientras se ponía de pie.

Él miró al suelo y luego volvió a mirarla.

-Pues eso -dijo volviendo a mirar al suelo y luego a un lado-. Tienes mi habitación para cambiarte. Me voy.

Salió de su habitación cerrando la puerta tras él.

Cinco minutos después salió del cuarto Riza. Roy estaba sentado en el sofá con Hayate encima suyo mordisqueando un hueso de las patas de pollo que había cenado. Al oír que la puerta se abría, el pelinegro, se giró enseguida y su corazón volvió a acelerarse. La camiseta que le había dejado le quedaba bastante grande, casi hasta las rodilla, y el cuello era bastante grande por lo que amenazaba con caer por uno de los hombros. Los pantalones se los había remangado hasta un poco por debajo de las rodillas. A pesar de su nerviosismo, Roy le dedicó una sonrisita provocando un pequeño rubor en las mejillas de la chica.

-Te dije que te quedaría grande.

-No pasa nada. En serio, gra... -se vio interrumpida por la camiseta que llevaba puesta ya que un hombro y medio pecho habían quedado descubiertos por aquel amenazante cuello, y la colocó bien al instante con su cara bastante roja-. Gracias.

Mustang tuvo que desviar su mirada con disimulo.

-Bueno -dijo él entonces intentando que pareciese que no vio nada-, ¿te apetece una cena a las dos de la madrugada?

-Deberíamos ir a dormir ya. Aunque tú aún no te has duchado, si quieres es tu casa así que puedes hacer lo que quieras.

Mustang sonrió y le contestó:

-Tienes razón. Debes estar agotada. Puedes dormir en mi cama, si necesitas algo me lo dices.

Riza se dirigió al cuarto de su general. Entonces él fue a coger su toalla y se dirigió al baño. Empezó a desvestirse y se metió en la ducha.

Riza salió un momento de su cuarto para beber un poco de agua. Estaba en la cocina buscando los vasos cuando se fijó en que Roy había preparado un poco de tallarines y pollo para comer. Aún estaba todo caliente, pero lo puso a calentar unos minutos.

Roy llevaba unos diez minutos duchándose cuando acabó. Salió cubriéndose con su toalla desde la cadera hasta las rodillas.

Se miró al espejo mientras se peinaba hacia atrás el pelo y recitaba en voz baja:

-Soy el Alquimista de Fuego, y Generalísimo quiero ser. Mi sueño es un harén de tiarronas tener. Hoy como ayer miro al espejo y entreno mi pose de tío bueno.

Se le escaparon unas cuantas risillas. Poco minutos después estaba fuera del baño solo con los pantalones del pijama.

Riza estaba sentada en el sofá esperándole. Contempló el torso firme y musculoso de su general. Más abajo, hacia casi el lateral izquierdo de su abdomen, se presenciaba una cicatriz que ella muy bien recordaba. Aquella vez que lucharon contra Lust. Cuando aquella homúnculo le había echo creer que su general, la persona que tanto amaba, había muerto, provocando así que perdiese los estribos y quisiese morir. Y cuando Alphonse la había protegido y el General los había salvado a ambos.

De pronto volvió a la realidad y notó que Mustang la miraba fijamente. Entonces se atrevió a hablar:

-Verás, quería que me acompañases un momento a la cocina. Es que no encuentro los vasos.

-¡Ahh! Están en el mueble de arriba a la izquierda -le contestó enseguida.

-Pero acompáñame- le insistió la muchacha.

-Ya tienes tus veintiséis añitos- le reprochó su amigo-. Soy mayor que tú, pero aún así eres ya adulta como para tener miedo.

Riza desvió la mirada enfadada.

-Vale, vale- se resignó él.

Fueron juntos hasta la cocina. Mustang le dio al interruptor de la luz iluminando el cuarto. Sobre la mesa del comedor estaban los cubiertos ordenados. En medio estaba servida en bandejas la comida que él mismo había preparado.

Miró a la rubia algo confuso.

-¿No querías que cenásemos juntos?- le preguntó ella sonriendo.

-Cada día me sorprendes más con algo nuevo -dijo Mustang mientras retiraba una de las sillas invitando a Riza a sentarse.

Los dos se sentaron y cenaron juntos.

-Cocinas muy bien- le alagó Riza mientras comía.

-Estás mintiendo.

-En serio- insistió ella.

Él se rió. Le encantaba molestar a su amiga. Pero entonces su cara se tornó seria.

-Hace mucho que no cenábamos juntos -dijo-. Al menos a solas.

Riza también se puso seria y vio añoranza en los ojos azabaches de Roy.

-Lo sé -asintió ella-. Pero ya no somos dos adolescentes despreocupados sin conocimientos de la vida.

Roy dio un gran mordisco a su pata de pollo.

-Eso es mentira -le refutó él-. Somos los mismos. Un juguete se puede romper con el tiempo, pero sigue siendo un juguete y se puede arreglar.

-Eso lo decía mi padre -añadió Riza con un reflejo de tristeza y a la vez añoranza en sus ojos miel.

-La alquimia no es lo único que aprendí de él -afirmó Roy borrando su seriedad de su cara y dibujando en ella una sonrisa-. Y no solo aprendí. También conocí a alguien muy especial. La persona más importante en esta vida para mí.

Riza se sorprendió al escucharle decir eso último. Sabía que él lo decía muy en serio y también sabía que ella pensaba lo mismo acerca de él.

-Yo... No quiero vivir una vida sin ti... -se le escapó a la joven rubia sin querer, pero las palabras de su general habían abierto aquel corazón de acero y no pudo parar, no quiso callar más- Tú... eres toda mi...

Roy apoyó una de sus manos sobre una de las de ella, sobresaltándola e interrumpiéndole. Ella levantó la mirada y se encontró con la cara del pelinegro, con una tierna sonrisa dibujada en esta. Comprendió que él sabia lo que ella sentía y que no hacía falta que siguiese. No hacía falta que siguiese diciendo cosas que ambos sabían, pero que por mucho lo dijesen, por muy alto que lo gritasen, no cambiaría su realidad. No podían ser más que amigos y, superior y subordinada.

Cambiaron de tema y acabaron de cenar.

Unos minutos después estaban en la habitación.

-Ahora sí deberíamos dormir -dijo Mustang.

Riza le sonrió. Mustang se acercó a ella, haciendo que se sonrojase. Él acercó su cara a la de ella. Riza desvió su mirada hacia el suelo apoyando su frente en la de con la suya. Él la rodeó por la cintura con sus brazos. Entonces ella levantó un poco su mano y rozó la cicatriz del abdomen de él. Apoyó bien su mano y la empezó a deslizar, subiendo hasta el pecho de Mustang.

Él disfrutaba el tacto suave de la mano de Riza que acariciaba su piel. Tenía ganas de besarla y decirle todo lo que sentía hacia ella, pero no podía. Tenía miedo de que sus sentimientos arruinasen todo el progreso que habían conseguido en su trabajo.

Riza de pronto se sintió débil. Solo quería que Mustang le abrazase como en ese momento y no la soltase nunca. Quería estar por siempre a su lado y olvidarse del resto del mundo, ser indiferente a la vida, olvidarse de todo lo ocurrido y solo saber que estaba con él y que lo amaba más que a nada en esta vida.

En ese momento Roy se separó un poco de ella sin dejar de abrazarla.

-Vamos a dormir- dijo dándole después un beso en la frente.

Entonces se separaron por completo y se fueron a acostar. Se tumbaron girados de forma opuesta, quedando espalda con espalda.

-Buenas noches- dijo él.

-Buenas noches- le contestó en voz baja Riza mientras una lágrima caía por su cara.