Sintió la gran presencia del desconocido torbellino entrar a la tienda con en clásico tintineo de la campanilla de viento colgada en la puerta. Era aquél muchacho poco más alto que él y con cabellos extravagantes, ese de sonrisa viva y lágrimas de niño.
—Volviste —reaccionó Akaashi.
Sin embargo, el hombre sin nombre no le escuchó y siguió viendo cada llamativa flor con mirada inquisitiva. Parecía concentrarse en el brote y sus pensamientos, solo eso. Incluso Akaashi tuvo la impresión de no querer derrumbar el estado mental del recién llegado.
—Hay un ramo que se parece a las plumas de un búho —Expresó en un susurro, finalmente.
—¿Eh? —frunció el ceño, desorientado frente a tan inesperado comentario.
—Míralo, realmente se parece. Es gris y blanco. Y si no lo ves de ese color, algo está mal con tus ojos, Akaashi —afirmó, convencido en una sonrisa de aquello.
El pelinegro lo analizó con la mirada. Pensando en lo inesperado que podía ser ese hombre y lo tan poco malo que ese gran detalle llegaba ser. Además de tener en mente el trato que había acordado de trabajar juntos hasta saldar cuentas y el hecho de que él no tenía, básicamente, ni idea de quién se encontraba en frente suyo.
—¿Akaashi? —los ojos del muchacho sin nombre ahora lo analizaban a él. El de cabellos negruzcos volvió a Tierra con el llamado.
—¿Cómo te llamas? —Preguntó, finalmente—. No tuve oportunidad de preguntártelo la vez pasada.
—Soy Bokuto Koutaro —sonrió y estrechó su mano, esperando un apretón. Akaashi le tendió la mano en un movimiento delicado, con su usual energía tranquila de siempre.
—Un gusto, Bokuto. Sígueme, por favor —pidió luego de finalizar su recibimiento.
Caminaron entre el estrecho sendero de flores hasta un mostrador. Ya detrás de este, se sentaron en los altos asientos rojos giratorios.
—A pesar de ser una florería familiar, me gustaría que para antes del jueves a las 4:30 de la tarde, horario en donde vas a empezar a trabajar, traigas un currículum. Además de fotocopias de tu cédula de identidad y carnet de salud al día. Así podremos asegurarnos de que si te accidentas dentro de las horas de trabajo, estarás asegurado —Explicó con detalle mientras que leía el papel rasgado donde su jefe/ tío le había escrito las pautas para un nuevo ingreso de ayudante al local—. Oh, y trabajarás hasta las 8. Después de esa hora ya eres libre de hacer lo que quieras.
—Perfecto. Pero, exactamente, ¿qué tendré que hacer? —Preguntó inseguro.
—El trabajo va a variar según la necesidad que tengamos. Igual, no tienes porqué preocuparte por eso. Si no sabes hacer algo, yo te puedo enseñar —le apoyó. Ya que Bokuto parecía bastante nervioso con todo aquello.
En ese momento, Akaashi no sabía cuánto la había cagado en pretender enseñarle a Bokuto sobre su trabajo. Cuando se despidieron, a eso de las siete de la tarde. Bokuto por fin dejó de hacer preguntas sobre su nuevo trabajo y se dignó a llamar a Kuroo.
—Bro, ya hablé con Akaashi —Anunció mientras que desencadenaba su nueva bicicleta.
—Que raro que sigas vivo —bromeó sin pensarlo—. ¿Cómo te fue?
—Bien. Hablamos bastante. Él me explicó algunas cosas que debía hacer y lo que tengo que presentar esta semana.
—¿Tienes alguna duda sobre lo que vas a entregar? —Cuestionó Kuroo, por las dudas. La respuesta de Bokuto tardó en llegar.
—¿Qué es un currículum?
Por el otro lado de la línea ya se encontraba Kuroo queriéndo arrancarse los pelos. Ser la mano derecha de ese idiota le costaría caro algún día.
—Ven a casa así te lo explico, ni loco vas a poder hacerlo solo —y cortó.
—A ver, no podes poner que de chiquito mirabas los Power Rangers. ¿Sos bobo? —se exasperó Kuroo.
Se habían sentado frente a la computadora apenas llegó Bokuto. Llevaban unas dos horas preparando el tan importante currículum y todo iba bien. Claramente, hasta la parte de "Habilidades".
—Me vi una maratón de los Power Ragers de cuarenta y ocho horas. Si eso no es una habilidad, entonces no sé —se defendió, recostándose sobre la silla y estirando sus ya adormecidas piernas.
—Vamos, estoy seguro que además de jugar Volleyball y ver los Power Rangers dos días seguidos, tenés otra habilidad.
—Soy fuerte.
—No. Créeme, Akaashi ya te vio llorar abrazado a unas flores que rompiste. No creo que él piense que eres fuerte —rió el de cabellos alborotados.
—¡No sentimentalmente! Digo de físico.
—Oh, eso es más razonable.
—¡Además podemos incluir que luzco muy bien en bikini! —Gritó, emocionado.
—No —Kuroo tomó el teclado de la computadora y lo alejó de Bokuto—. Ni en pedo ponemos eso.
—¿Alguna vez usaste Bikini, Bokuto? —Preguntó la madre de Kuroo, entrando al cuarto con un paquete de galletitas y dos cafés sobre una bandeja.
—Sí, Kuroo me retó a dejármelo durante todo el día de playa —Explicó vitamínico. El último mencionado estampó la palma de su mano contra su frente en señal de pura frustración ante su mejor amigo.
La señora rió y dejó los aperitivos sobre el escritorio.
—Bueno, la próxima vez, si deseas, podría prestarte mi bikini —ofreció en broma, mientras que se encaminaba a la salida del cuarto—. Suerte terminando eso. Si necesitan alguna ayuda, háganme saber.
Los muchachos siguieron escribiendo aquello hasta que el reloj de pared marcaba la una y treinta de la madrugada. Por lo que ya habían dispuesto las camas para hacer una pijamada y luego tratar de dormir medianamente temprano.
Aunque eso no fue así. Terminaron llamando a Kenma (quien vivía al lado) para jugar videojuegos, contar algunas historias de terror y ver alguna que otra película. Nadie durmió esa noche y todos quedaron con tremendas ojeras al día siguiente; pero poco importaba.
—¿Estás preparado para ir a trabajar? —Preguntó Kuroo.
El primer día de trabajo de Bokuto había llegado y allí se encontraba su mejor amigo, para darle algo de ánimos o una nueve milímetros si el grandulón se ponía demasiado nervioso.
—Seguro —el muchacho respondió con una sonrisa implantada en el rostro—. Estoy listo para hacer desastres.
—Pero se supone que tienes que regar plantas.
—Lo sé, pero también me preparo para hacer desastres porque eso es lo que siempre hago —Explicó, aún sonriendo.
Kuroo lo miró pensativo.
—¿Acaso Kenma te dijo eso? —Preguntó, con una ceja alzada. Kenma amaba molestar al grandote. Claro, nunca pasándose de maldad. O eso trataba.
Bokuto asintió.
—Pero será porfiado —negó mientras que reía levemente. A veces su mejor amigo lograba ser algo extrovertido en su única forma.
Kuroo suspiró y tomó de los hombros a su mejor amigo.
—Bro, ha llegado tu momento —dio vuelta al grandote y lo encaminó hacia la puerta de la florería—. ¡Ve y sé un hada de las flores!
Y con esto, Kuroo se deshizo de Bokuto, dejándolo al pobre en medio de un ataque de ansiedad dentro de la tienda donde desde ese día comenzaría a trabajar.
Apenas giró la cabeza en busca del pelinegro con sonrisa obstinada, se encontró con la calle vacía.
«Sí que corre rápido cuando quiere», pensó.
Giró nuevamente, ahora dirigiendo su vista hacia el mostrador. Donde, como ya sabía, se encontraba Akaashi.
—Buenas tardes —Saludó sereno el pelinegro.
—Buenas —Congratuló, caminando hacia el mostrador.
Luego de unas breves preguntas por cortesía, ambos muchachos acordaron sus quehaceres. Por lo que, mientras que Bokuto se encontraba acomodando las flores de en frente, Akaashi regaba las plantitas de adentro.
Aunque todo cambió cuando el pelinegro prendió la música en su ya usual estación de radio.
Bokuto dio un pequeño salto en su lugar al darse cuenta del ritmo. El golpeteo constante y seco, el sonido del piano de forma alegre y la sutilmente varonil voz de Elvis le hizo comenzar a mover las caderas instintivamente. Luego se le sumaron suaves toques de sus pies contra el suelo.
Cuando Akaashi quiso acordar, detrás de la ventana y todos los orgánicos colores, se podía ver al muchacho bailar libremente mientras que movía macetas de aquí para allá, preparando nuevamente la apertura de la tienda. Y como el pelinegro no era ningún bobo, pudo ver el sutil brillo en sus movimientos, por lo que se decidió a ir hasta la radio y subirle un poco más al volumen.
Fue en cierto momento indescifrable de la tarde, que Keiji no pudo evitar sentirse algo afortunado al encontrarse con un torbellino tan colorido como lo parecía ser Bokuto Koutaro.
