"Estoy embarazada, Levi."

Mikasa había huido de la habitación que compartía con Historia para colarse a la de Levi. Como en los viejos tiempos, excepto que ahora llevaba un embarazo de tres meses y Levi estaba moribundo y sin un ojo. Nada fuera de lo común.

Porque lo extrañaba, cada día lejos de él había sido un tormento. Cada momento en el que pensó que nunca volvería a estar junto con él la había lastimado. Poco le importaba la lucha, poco le importaba la libertad que tanto ansiaba el pueblo, ella solo quería una oportunidad de vivir y envejecer junto a él.

Levi escuchó los pasos en el pasillo, sabía que era ella. Reconocía sus pisadas en la madera mientras se encaminaba a la habitación, su único ojo se fijó en la puerta, en como esta se abría para dejar pasar a una Mikasa vestida con un camisón de Historia.

Lo que más le fascinaba de la relación que mantenía con ella, es que bastaban poco para entenderse, Mikasa no necesitaba decir hermosas palabras para demostrarle su amor, y Levi tampoco necesitaba recordarle como la necesitaba en su vida. Así como transmitirle sus temores, pues estos eran de fácil lectura para ambos.

Así que cuando escuchó esas palabras salir de su boca, millones de interrogantes pasaron por su cabeza, millones de posibilidades surcaron su mente. Su hijo iba a nacer en un mundo cruel, egoísta y despiadado. No estaría a salvo ni afuera de la isla, ni dentro de ella. Durante toda su vida, nunca se visualizó como padre, ni siquiera era un buen compañero, y apenas era un buen amigo... No solo su hijo iba a nacer en un mundo cruel y despiadado sino también iba a tener una mierda de padre.

"¿Qué vamos a hacer?" Mikasa no se había permitido sentir miedo, claro que no. Estaban en medio de una guerra en la cual nadie saldría victorioso si no arriesgaban. Pero ahora, con el ruido de los grillos y las estrellas iluminando la cabaña tenía miedo, terror, pánico... De perder todo nuevamente.

" Vamos a partirnos el culo intentando lograr la salvación de esta isla de Mierda para que tú y el mocoso frijol vivan en un mundo donde no tengan que oler el aire de mierda dentro de estas murallas ni mucho menos temer por la amenaza de naciones extranjeras." Mikasa lo observó después de tanto tiempo, y le dedicó una de esas sonrisas que solamente eran para él.

*

No vería a su hijo nacer por culpa del mundo idiota en el que se encontraban. Probablemente sería la última vez que Mikasa y él se verían, y tal vez nunca tendría la posibilidad de conocer a su hijo o hija del todo. Pero no podía hacer nada, simplemente limitarse a confiar en él plan de Eren y Armin como siempre, y resignarse a que Mikasa protegiera a su hijo o hija.

"No lo pienses tanto, estaré bien... Estaremos bien." Mikasa no le diría que dejaría a su hija en el cuidado de alguien más cuando tuviera los meses suficientes para poder unirse al campo de batalla. Ahora tenía una razón por la cual luchar, no producto de experimentación en humanos, sino más bien, producto de un sentimiento que Armin le describía como el más puro del humano. Le dolía que a penas había gozado de la presencia del Capitán algunos meses y ahora tendría que separarse de él otra vez. Le dolía con todo su corazón que todo lo bueno que llegaba a su vida tenía que irse. Sus padres, Carla, Grisha, todos habían desaparecido de su vida para nunca volver, inclusive sabía que a Eren y a Armin no les quedaba demasiado tiempo de vida y tendría que resignarse a verlos morir. Ahora tenía que tragarse todo lo que estaba experimentando, de nuevo y ver montar y partir en un caballo a la única persona... Mikasa no sintió sus lágrimas hasta que la mano delicada del Capitán las limpió, un gesto impropio de él, impropio de ella.

Sin darle tiempo a reaccionar, a dudar, los labios del Capitán estaban sobre los suyos, deborandole, en un arrebato de dolor y angustia, sin importarle la mirada sorprendida de todos los miembros restantes de la Legión de Reconocimiento. Sin importar los gemidos de sorpresa y los murmullos no disimulados. Era el fin del mundo, y una mierda lo que dirían, si era la última vez que probaría los labios de Mikasa.

"No hagas ninguna estupidez."

"Cuidalos." Su vista se dirigió a todo lo que restaba de la Legión, enfocandose específicamente en la Erdiana de Marley, La niña estaba cargando las cosas a su caballo, ella sería una pieza fundamental en el plan, era brillante y fuerte, no podía negar que temía por su vida y el terror dominaba sus pensamientos, aunque la Comandante le aseguraba que era por las hormonas del embarazo, ella sabía que no era así. La chica se había ganado un trozo de su corazón, y a pesar que había matado a Sasha, sabía que sus acciones eran producto del adoctrinamiento que habían tenido. Nada es negro, nada es blanco, no hay ni buenos ni malos.

"La mocosa estará bien... Es más fuerte de lo que creemos y más peligrosa de lo que aparenta." Pero era una niña, al fin y al cabo. Una niña a la que le había sido arrebatada su niñez, justo como a ella. Y Mikasa se aseguraría que tanto ella, como la mayor cantidad de niños posibles vivieran sus infancias felices y fuera del peligro. Gaby regresó su mirada hacia Mikasa y le saludo con su brazo extendido, despidiéndose de forma animada.

Un leve asentimiento fue el último gesto que intercambiaron ambos soldados, y Mikasa intentó memoriar cada centímetro del rostro de Levi. Si sería la última vez que le vería, no quería que su mente borrara los detalles de él hombre que en su momento le hizo feliz.

*

La carta que envió Eren le confirmaba lo que ella necesitaban, y se permitió sentir dos cosas, miedo y emoción. Louise era aquella niña que en su momento le había agradecido en Trost, y antes de que se armará la revolución de Eren, y fueran por primera vez a Liberio, podía recordarla como una niña, una niña al igual que Gaby lo era en ese momento. Levi solía bromear que era su mocosa adoptada por la forma en la que Mikasa la había acunado bajo sus alas y enseñado las mejores maniobras de combate después que la chica se había unido a la Legión de Reconocimiento.

Mientras caminaba con su hija en sus brazos, no pudo evitar acunarla más. Quizá, sería esta la última vez, Mikasa odiaba con todo su corazón esa frase, que la pequeña estuviera con ella, la última vez que oleria su aroma, y la última vez que sus deditos se enredarian en sus cabellos. Pero necesitaba partir, por ella, porque de nada servía quedarse con ella si el mundo bajo el que vivían las consumiría vivas.

El olor se hacia más intenso mientras bajaba las escaleras hacia la Ciudad Subterránea. Louise le esperaba en la base, con una capucha que cubría su cara. ¿Podría confiar en ella? Lo haría, Louise estuvo bajo su cuidado, y cuando miraba a sus ojos marrones aún veía a la niña que soñaba con luchar contra las injusticias. Su pequeña hija, ignorante de lo que estaba por ocurrir, babeaba dormida uniforme antipersonas de Mikasa.

FInalmente llegó el momento de entregarle a su hija y no pudo evitar sentir el peor dolor en el pecho que había sentido, aún peor que cuando vio partir a Levi hacia el campo de batalla hacia un año atrás. Ahora era su turno, y el nudo en la garganta era inmenso.

"Confío en que cuidarás de ella."

"Con mi propia vida, Mikasa." cuando Louise tuvo en sus manos a la pequeña de casi un año, Mikasa depositó un suave beso en la coronilla de la pequeña. Y se fue, lo hacía por ella, porque en este mundo cruel, si no luchaban, si no ponían toda su fuerza para derrotar al enemigo nunca vencerían, y todas las Louise, las Gabi, los Falco nunca vivirán en paz. "Mitsuki estará bien, la cuidare con mi vida. Tu ve, que esta guerra depende de ti."

*

Si le preguntaban a Mikasa, como había terminado su discusión con el Capitán acerca de su presencia en el campamento de la Legión, y de su plan de resguardar a Mitsuki en ella desnuda apoyada sobre un árbol y él besándola deshinibidamente sin importarle el riesgo de ser atrapados en medio del asunto, no lo sabía. O en ese momento, las manos habilidosa del soldado le hacían olvidar el argumento que habían tenido.

Aventurandose entre sus piernas, su mano le proporcionaba un placer que ni ella en sus momentos de soledad, aquellos que pasó sin saber acerca de la situación en la que estaba, le pudieron proporcionar. Porque Levi sabía tocar a Mikasa en los puntos exactos, de la manera correcta, para hacerla gritar de placer. Acariciaba su clitoris una, y otra, y otra vez, logrando que su anatomía lubricara ese líquido dulzón que volvía loco al propiciado de sus caricias.

Sus besos eran desesperados, hambrientos, eran gritos de enojo y frustración, él no quería perderla, sus mano libre recorría sus curvas como viejos caminos ya conocidos, aprisionaba sus pechos sacando pequeños gemidos de placer, el cuerpo de la soldado había cambiado y el Capitán se deleitaba en estos cambios. Pero Mikasa era igual que terca, y mientras los dedos de la chica bajaban con premura el pantalón de quien le robaba la mitad de sus pensamientos, no pudo evitar pensar en la estupidez que estaban cometiendo, al estar ambos en el centro del infierno, en el ojo del huracan, donde sus almas quiza perecerán y dejarán a su hija a merced de un lugar cuyo destino era incierto. Y aún así, no podían evitar consumirse ellos mismos.

Dejando de administrar las caricias, se introdujo en ella, nunca se cansaría, es probable que después de su muerte, su alma le buscaría una y otra vez para deleitarse en sus labios, sus manos aprisionaban su trasero, las manos de la chica se sostenían de sus hombros y la diferencia de tamaños quedaba en el olvido con casa arremetida que él daba.

Las uñas se enterraban en las pieles, los gemidos para nada disimulados, el árbol en el que estaba apoyada rozaba deliciosamente su piel. Y allí, en medio del bosque, los besos del Capitán se dirigían a toda porción de piel presente, su cuello, su pecho. Las piernas de Mikasa, enrolladas en la cintura del capitán, ejercían la presión necesaria para que con cada arremetida, la pérdida de cordura del hombre fuera mayor.

Su nombre susurrado con cada onda de placer, sus manos marcando el terreno de su espalda, entre gemidos que bien podrían traducirse en Te amos y Te extraños que nunca se dirán.

*

Levi miraba a su hija pequeña cortar las flores del jardín trasero, le envidiaba, su serenidad, su inocencia. Ella estaba allí, era el vivo retrato de su madre y cuando observaba a la niña corretear al pequeño saltamontes mientras saltaba hacia el pequeño huerto que tenían fuera de la cabaña, ni pudo evitar suspirar.

"¡Mira papá pirata, el pequeño saltamontes quiere comerse tus hojas!" En ese momento, y en todos los anteriores, supo que todos los sacrificios valieron la pena, que toda la sangre derramada era insignificante si podía garantizarle a su hija el futuro que ni él, ni su madre tuvieron. Ambos arderian en el infierno pero, cada pecado cometido valía la libertad de respirar aire puro fuera de las murallas, sin preocuparse de ridiculeces políticas.

"¿Papá pirata?" Levi se encaminó hasta arrodillarse junto a la pequeña, que se había sentado junto a las ramas de los tomates, mientras la chica mantenía su mirada fija en el bichito que se había posado en ella.

"Tía Hanji dijo que eras un pirata, porque los piratas están medio tuertos como ella y como tú." La niña seguía su discurso sin quitar la vista de su objetivo. Levi se preguntaba de dónde había salido tan parlanchina, y culpaba en su fuero interno la influencia de la loca científicaYa verá esa cuatro ojos de mierda."Y hermana Gaby dice que los piratas son malhumorados y crueles, ¡Pero yo le dije que tu eras bueno! Así que eres un pirata bueno, como el del cuento de tio Armin."

"Oi, deja de ser una Mocosa y entra a comer." La niña negó con su cabecita, Mientras tocaba las hojas de la planta para ver si el saltamontes saltaba de allí, pero era tan sutil el movimiento que no se movía. Mitsuki amaba la naturaleza, su tío Armin le había dado un libro de animales, y los más peculiares para ella eran los insectos.

Porque, las estupideces que Eren había soltado le importaban poco ahora, si ser esclavo significaba estar atado de por vida a la única persona que le había conferido la felicidad, pues así sería. La humanidad era una mierda, él era una mierda, pero como Hanji le había dicho en algún momento, no se podía negar la felicidad porque, la vida ya le había arrebatado demasiado. Debía ser feliz, y disfrutar lo que tenía, aunque fuera difícil de entenderlo.

"¡Mamá! ¡Hermana Gaby! " y cuando la pequeña corrió hacia Mikasa, y esta le cargó en sus brazos, Levi no pudo evitar sonreír, de esas sonrisas que se hacían presentes cada quinientos mil años, como ese cometa que Armin les mencionó una vez. Y ella le devolvió la sonrisa, porque para Mikada la libertad no estaba fuera de los muros, no estaba en una nación con buenas relaciones con sus vecinos, ni mucho menos la imposibilidad de convertirse en titanes. La libertad la tenía allí, con él, con la familia que siempre soñó, con la suavidad de los cabellos de Mitsuki y su dulce voz al cantarle una canción, con Gabi dejando peinarse como alguna vez le enseñó su madre a ella, con Levi haciéndole el amor una y otra vez sin cansarse, la libertad, para ella, era el amor y el calor de un hogar.

Estarían bien.