Disclaimer: La historia no nos pertenece, los personajes son de S. Meyer y la trama de musegirl, sólo nos adjudicamos la traducción.


Quarterback Rush

By: musegirl

Traducción: Mónica León

Beta: Melina Aragón


Capítulo dos

El juego comenzaba a la una en punto de la tarde, así que Alice y yo nos dirigimos al estadio con las chicas, alrededor de las once. Aparentemente, todo ese asunto sobre el juego de fútbol implicaba mucho más de lo que me había dado cuenta con lo del tráfico y, por supuesto, las fiestas esa noche. Al menos el tráfico me daba una excusa para pasar el rato con mi hermana menor de la fraternidad. Con las clases empezando, no teníamos mucho tiempo para vernos tan frecuentemente. Vivía en la casa, pero yo estaba en una de las suites del frente, gracias a Alice. Las suites eran asignadas en un punto base, dependiendo de cuán involucrada estuvieras en la sección. Alice era la mariposa más social, y por ello estaba en numerosos comités y había llevado a cabo varias funciones a través de nuestro tiempo en la sección. También tenía el derecho de escoger su compañera de cuarto, por lo tanto gané la comodidad de tener un baño privado y una habitación más grande y tranquila frente a la casa sin todo el trabajo extra. La mejor parte de ser la mejor amiga de Alice y su compañera, era que podría quedarme con la misma habitación el próximo año.

Angela, mi pequeña hermana, vivía en la parte trasera de la casa, donde la mayoría de las habitaciones estaban. También había baños comunitarios, los cuales no extrañaba ni un poco. Ella era la hermana perfecta para mí, también era la clase de chica tímida y callada a la que su madre había coaccionado para unirse a una hermandad. Me había emocionado por encontrar un alma similar y luché para tenerla como mi hermana pequeña. Otras chicas la querían, pero sólo para ver si podrían sacarla del cascarón y convertirla en una chica salvaje.

—¡Hola, pequeña! ¿Cómo estuvo tu primera semana? —pregunté mientras caminaba para unirme a ella, sentándome en la parte trasera de la camioneta de alguna persona. Todos eran amigos de todos, aparentemente. Le di un trago a la cerveza Shiner Blonde que había hurtado y le tendí otra a ella.

—¿Qué tal, Big? Muy buena, ¿y la tuya? —Me sonrió, balanceando sus pies.

—No me puedo quejar. ¿Ves alguna clase interesante este semestre?

—No sé de las clases, pero hay un chico en mi clase de cálculo que es muy lindo. Puede que sea interesante. Estoy pensando en pretender que necesito un tutor o algo. —Me sonrió furtivamente y yo reí.

—¿Por qué no intentas un grupo de estudio o algo en vez de jugar a ser tonta? Estoy segura de que habrá cosas con las que querrás ayuda pero nunca hagas creer a un chico que eres boba. Si un chico no piensa que ser inteligente es sexy, no querrás estar con él. Usualmente significa que no es lo suficientemente inteligente para mantener el ritmo. —Le guiñé un ojo.

—Así que escuché de mi tía Ali que conociste a un chico. ¿Qué hay sobre eso? ¿Es el que te enviaste los boletos?

Maldita sea Alice y su gran bocota. Me sonrojé levemente; esperando que pensara que mi rostro rojo era por el sofocante calor. Suspiré.

—De acuerdo, te contaré, pero si me entero de que fuiste y le dijiste todo a Alice, te desheredaré. —La observé divertida y asintió, ansiosa por saber los detalles que incluso Alice no tenía—. Su nombre es Edward, y sí, es muy lindo. En realidad, eso es una mentira. No es lindo. Es ardiente. Muy, muy, muy ardiente. Un cogible y delicioso ardiente. —Suspiré de nuevo—. Lo que significa que no hay esperanza para mí, porque, realmente, ¿por qué un chico tan hermoso como él tendría algún interés en mí?

—¡Hey! Estoy ofendida. ¡Mi Big es hermosa! ¡De verdad, Bella! Lo eres, sólo que tienes algún tipo de bloqueo mental sobre ti misma y nunca he sido capaz de saber por qué. —Negó hacia mí mientras las otras chicas se acercaban. Todas hablamos y pasamos el rato y, algunas de las chicas, terminaron un poco ebrias al tiempo que nos dirigíamos al estadio. Alice estaba saltando por ahí como una fan de doce años de edad mientras íbamos a nuestros asientos. Una vez que los encontramos, pensé que convulsionaría.

—¡Bella! ¡Oh mi Dios! Mira lo cerca que estamos, ¡esto es increíble! —chilló, tomando mi brazo y saltando de arriba hacia abajo. Le lancé una mirada y ella hizo un visible esfuerzo para contenerse a sí misma. Las personas estaban mirando—. Amiga, no sé a quién le diste una mamada para tener estos asientos, ¡pero hazlo de nuevo! —bromeó en una voz en la cual estaba segura que ella pensaba que era lo suficientemente silenciosa, pero noté a un par de personas alrededor observándome. Le lancé una mirada—. Lo siento. Bromeaba, ¡estaba bromeando!

Caminé a nuestros asientos, ya enojada. Crucé mis brazos mientras miraba el campo. Tenía que admitirlo, estábamos en el centro del campo, en lo que Alice había llamado la línea de las cincuenta yardas y sólo a diez filas de la de la fila principal de asientos. No precisamente la sección de estudiantes. Noté que había algunos estudiantes de nuestra edad, dispersos en los asientos de alrededor y mezclados con adultos mayores, quienes eran probablemente alumnos graduados, si debía adivinar. Los otros estudiantes aquí eran probablemente los hijos ricos del ex alumnado.

Noté una pareja extremadamente magnífica parados junto a nosotros, quienes nos sonreían a Alice y a mí. Les sonreí de vuelta y observé que la mujer tenía unos hermosos ojos verdes que me recordaban a Edward. Con él en mente, eché un vistazo alrededor de los stands, mirando para lograr ubicarlo. Estaba esperando que estuviese allí, si era la persona que había enviado los boletos. Tristemente, no lo veía entre la multitud en ninguna parte.

Tomando en cuenta lo que todos los demás usaban, estaba feliz de haber dejado que Alice me vistiera. Tenía una falda de mezclilla que caía hasta mis rodillas y una camiseta sin mangas de color naranja tostado con un símbolo de ganado de cuernos largos de Texas cosido al frente y unas sandalias cómodas. Me había forzado a dejar mi cabello suelto, pero sabía que con ese calor no duraría. De cualquier forma, la mayoría de las chicas y mujeres alrededor estaban vestidas de manera similar, estaba agradecida de no haber utilizado jeans y una camiseta. Todos vestían naranja tostado, apoyando a Texas. Miré el campo y vi un mar de rojo; nuestro primer juego era contra la Universidad de Nebraska.

Los jugadores de ambos equipos salieron y las canciones de las escuelas fueron cantadas. Me encontré a mí misma sonriendo a pesar de todo el temor que había tenido. Alice estaba babeando por los jugadores mientras caminaban hacia los laterales. Me uní a ella para verlos, notando lo genial que todos se veían en pantalones.

—Alice, ¿tienen relleno para sus traseros o todo eso es natural? —Me incliné y susurré. El número 17 en particular tenía un gran trasero y quería saber si era real o no.

La mujer con ojos verdes se inclinó hacia mí.

—Tienen relleno en la cadera, muslos y el coxis, pero creo que a lo que te estás refiriendo, es completamente natural. Por tanto correr. —Me guiñó un ojo y me sonrojé terriblemente. Rió y Alice y yo reímos con ella—. Soy Esme y este es mi esposo, Carlisle. —Tendió su mano y la estreché.

—Soy Bella y ella es mi amiga, Alice. —Todos intercambiamos saludos y luego volteamos para ver la primera patada. Como Alice explicó, Texas había diferido la toma de la pelota hasta la segunda mitad para que Nebraska tuviese posesión de la primera bola. Los dos equipos colisionaron y traté de seguir lo que estaba sucediendo. Debí haber lucido confundida porque Carlisle me observó, sonriendo.

—¿Sabes mucho sobre fútbol? —preguntó y estaba impresionada de nuevo por cuán apuesto era. Negué, sonriendo tristemente—. ¿Te gustaría que te ayudase a entenderlo?

—Seguro. —Sonrió y procedió a explicarme algunas de las estrategias defensivas que utilizaba nuestro equipo. Hasta ahora, habíamos detenido al equipo de Nebraska de que tomaran las diez yardas que necesitaban para quedarse la pelota y era el cuarto down, el cual era la última oportunidad que tenían antes de darle la bola a Texas. Estaba un poco confundida pero, sólo estuve de acuerdo con lo que sucedía.

Cuando fue tiempo para que nuestra ofensiva tomara el campo, Esme y Carlisle comenzaron a vitorear incontrolablemente.

—Nuestro hijo es el quarterback —dijo orgullosamente y Alice y yo estábamos impresionadas. No sabía mucho sobre fútbol, pero al menos sabía que esa posición era muy importante. Escuché al locutor hablando sobre él.

—Cullen, número 17, es el quarterback de este año que comienza. Está escalando inusualmente rápido por las clasificaciones, sólo un joven este año. Sin embargo, con toda la promesa que está mostrando y la graduación del gran Applewhite el año pasado, era el único candidato verdadero para la posición.

El locutor comenzó a hablar de estadísticas y cosas de las cuales no tenía absolutamente ni idea y me desconecté. Me enfoqué en el número 17 mientras comenzaban a jugar de nuevo. Tenía que admitir que lucía realmente bien ahí afuera. Estaba esperando que se quitara su casco para que pudiese ver su rostro en algún momento. Carlisle comenzó a explicar la diferencia entre un juego de carreras y un juego de pases. Un juego de carreras era aquel donde el quarterback básicamente corría con la pelota hasta la meta y uno de pases era donde lanzaba la pelota al receptor, quien entonces trataba de llevar la pelota a la meta. Eso fue todo en los términos más simples y el juego en sí conllevaba detalles más complejos, pero Carlisle dijo que ese era el argumento básico. Nuestro quarterback era conocido por su velocidad, así que su principal fortaleza era un juego de carreras, aunque también era muy bueno con su juego de pases.

Conversamos durante el transcurso del juego y pasó más rápido de lo que me había dado cuenta. Había disfrutado por completo, a pesar del calor y no saber nada sobre el juego. El conocimiento de Carlisle era extremadamente útil y mientras pasaba un poco de tiempo esperando que el número 17 se quitase su casco, la vista de su trasero era suficiente. No se lo quitó hasta el final del juego cuando estaba en el medio del campo y muy lejos para ver su rostro. Ganamos 21 a 7, así que todo el mundo estaba eufórico. Alice y yo nos despedimos de Carlisle y Esme y comenzamos el largo viaje a casa.


Dormí hasta tarde el domingo, completamente cansada por el juego de fútbol y las fiestas de la fraternidad a las que Alice y Rose me habían arrastrado esa noche. Me fui más temprano que ellas, decepcionada por no ver a Edward por ninguna parte. Sabía que al no verlo en el juego, era muy poco probable que las entradas hubiesen venido de él. Sólo que no podía averiguar quién más las había enviado. Empujé a un lado los pensamientos sobre Edward y luego de un tazón de cereal en nuestro comedor, me dirigí de vuelta a mi habitación para comenzar a leer. Mi clase de literatura principal estaba comenzando La Divina Comedia de Dante y estaba leyendo la primera sección, Inferno. Me coloqué mis lentes y recogí mi cabello en un desordenado moño en la punta de mi cabeza, sumergiéndome en mi lectura. Estaba tomando notas y resaltando fragmentos para investigar más a fondo, basándome en las lecturas que habíamos hecho hasta el momento, cuando el timbre sonó en el piso inferior. Escuché a una de las chicas contestar y luego el chillido de emoción.

Suspiré y traté de ignorar la distracción. Un momento después, un gran grito de múltiples chicas le siguió y lancé mi resaltador, saliendo furiosa de mi habitación. Era probable que las chicas gritasen por alguien a quien le habían enviado flores o algo igual de estúpido. Me incliné sobre el barandal de las escaleras frontales y grité.

—¡Cállense la maldita boca! ¡Algunas de nosotras realmente tratamos de estudiar! —Entré a mi habitación pisando fuerte, complacida por el silencio sorprendido que siguió a mi estallido. Escuché una explosión de risitas desde abajo luego de un momento y azoté mi puerta. Me acomodé de nuevo en mi escritorio, retomando donde me había quedado. No estaba segura de cuánto tiempo había pasado, pero no pudieron haber sido más de diez minutos antes de que hubiese un toque en mi puerta. Me encogí. Probablemente era nuestra mamá de la casa viniendo a hablar conmigo por mi pequeña explosión. No era propio de una chica maldecir o gritar.

Suspiré y me preparé.

—Adelante —llamé, aún enfocada en mi lectura.

Mi puerta se abrió y escuché pisadas.

—Bella, tienes visita —me dijo una de las chicas con su voz cantarina. Fruncí mi ceño e hice una pausa en la mitad de la nota que estaba haciendo. Me volteé en mi silla.

—¡Edward! —exclamé, completamente sorprendida—. Qué, um, ¿qué estás haciendo aquí? —Lo observé con ojos amplios y él me sonrió.

—Hey, Bella, estaba en el vecindario y pensé en pasar para saludar.

—Oh —murmuré penosamente. Miré a Jessica, aún parada ahí, mirando boquiabierta a Edward—. Gracias, Jess —dije y señalé la puerta explícitamente. Captó la indirecta y salió de la habitación, sonriéndome a espaldas de Edward. Casi cerró la puerta, lo suficiente para que nadie pudiese ver el interior, pero aún abierta para que obedeciésemos la regla de la casa de nada de puertas cerradas con un chico en la habitación.

Me levanté, nerviosa por tener un hombre en mi cuarto.

—Quieres, uh, ¿quieres sentarte? —Le eché un vistazo a mi habitación, notando que los únicos lugares para sentarse realmente eran la silla de mi escritorio o de Alice, el piso o mi cama. Alice tenía una cama loft así que estaba lo suficientemente alta para que no se pudiese sentar en ella. Su escritorio estaba bajo la cama para ahorrar espacio.

Edward echó un vistazo e hizo un gesto hacia mi cama.

—¿Puedo sentarme ahí?

—Seguro, esa es mi cama —respondí, agradecida por haberla hecho esa mañana. Lo seguí, consciente de lo que estaba vistiendo. Tenía pantalones negros para yoga y una camiseta azul sin sujetador. Sabía que mi cabello era un desastre y estaba usando mis anteojos. Me los quité rápidamente y los puse en mi mesa de noche mientras me sentaba en la cama, dejando una modesta distancia entre nosotros.

Edward levantó las comisuras de sus labios.

—Me gustan un poco los anteojos. Le añade algo a la imagen de bibliotecaria que tienes.

Sentí mi rostro calentarse y bajé la mirada hacia mi cubrecama púrpura, retorciéndolo con mis dedos. Escuché su suave risa.

—Bella, estoy bromeando. Digo, son muy sensuales en ti, pero no quería que te avergonzaras.

Me sonrojé más por sus palabras, pero me forcé a mí misma a mirarlo. Sonrió y le ofrecí una de respuesta.

—Así que, ¿qué te trae por aquí? ¿Realmente?

—Quería verte. Saber qué hiciste con tu sábado, mientras todos estaban en el partido. ¿Está tu compañera aquí? ¿Le importará que esté acá?

Sacudí mi cabeza.

—Alice no llegó a casa anoche. Está en el departamento de nuestra hermana mayor, Rosalie. Al menos, es donde espero que esté. Dejé la fiesta donde estábamos antes que ellas, así que no lo puedo asegurar.

—¿Su hermana mayor? —inquirió Edward y arqueó sus cejas.

—La hermana mayor de la fraternidad. Es de ambas. Alice y yo fuimos inseparables luego de que nos conocimos durante la carrera y todos nos llamaban gemelas. Así que cuando llegó el momento de tener a nuestras hermanas mayores, ambas escogimos a Rose. Es genial, la extrañaré cuando se gradúe este año.

Edward me sonrió cariñosamente.

—Suena como que tienes una gran familia aquí. Es muy lindo, pero veo que también evitaste mi primera pregunta sobre lo que hiciste el sábado.

Sonreí y mordí mi labio, bajando la mirada por un segundo. Levantando la mirada, respondí:

—En realidad, sí fui al juego. Dos boletos para unos asientos ridículamente asombrosos me llegaron anónimamente y Alice me forzó a ir. No sabrás nada de eso, ¿verdad?

Rió y me sonrió juguetonamente.

—Nope, no sé nada sobre eso. ¿Qué pensaste del juego?

Me encogí de hombros.

—En realidad… me divertí mucho. Los asientos estaban junto a una linda pareja y el hombre me explicó el juego muy bien. —Entrecerré mi mirada hacia él, inclinándome hacia adelante un poco—. ¿Por qué no te creo que no sepas de dónde vinieron los boletos?

Me dedicó esa sonrisa moja-bragas e imitó mi postura, inclinándose hacia mí también.

—No lo sé, no tengo ni idea de dónde pudieron haber venido.

Tenía al chico más sexy en el que hubiese puesto mis ojos, sentado en mi cama y sonriéndome. Mierda, estaba tan excitada en ese momento. Le sonreí de vuelta, tratando de luchar con el deseo cosquilleando a través de mí.

—Creo que estás mintiendo.

—Creo que eres hermosa —susurró Edward y acortó el pequeño espacio entre nosotros. Levantó una mano hacia mi cabello, desatando el moño y presionando sus llenos y suaves labios contra los míos. Mi cabello cayó alrededor de mis hombros mientras me inclinaba a su beso. Era hambriento, la manera en la que movía sus labios contra los míos y dejé salir un pequeño gemido. Edward levantó su otra mano para acunar mi mejilla y trazó la curva de mi labio inferior con su lengua. Separé mis labios ansiosamente y su lengua se deslizó dentro de mi boca, acariciándose contra la mía. El fuego consumía mi cuerpo y sentí un latido doloroso entre mis piernas.

Pasé mis manos por su pecho y hacia su sedoso cabello-del-sexo, ronroneando de placer. Me empujé sobre mis rodillas suavemente, dejándolo sobre su espalda y las manos de Edward se deslizaron por mi cuello, hombros y espalda, finalmente descansando en mi cintura. Su toque por mi cuerpo me puso a toda marcha y presioné mi pecho contra el suyo, colocándonos encima de mi cama. Gimió suavemente cuando sintió mis pechos contra él, sin duda sintiendo mis pezones dolorosamente duros contra su pecho. Los pulgares de Edward trazaron pequeños círculos contra mi piel y lloriqueé ante la electricidad de su toque. Su lengua exploró mi boca a un ritmo pausado, contra mis dientes, el techo de mi boca, pero siempre regresando a deslizarse y enredarse con mi lengua. Era el mejor beso de mi vida y no quería parar.

—¡Bella, necesito tu ayuda! Ben, ese chico lindo del que te estaba hablando… —La voz de Angela se apagó mientras caminaba a mi habitación y se detenía en seco frente a la imagen de mí acostada encima de un hombre, besándonos fuertemente. Edward y yo volteamos de golpe nuestros rostros hacia la puerta.

Los ojos de Angela estaban amplios sin poder creerlo.

—Oh, mierda. Mierda. ¡Lo siento! De-Debí haber tocado, es sólo que tú no, digo, nunca… um, demonios. ¡Lo siento, Bella! —Se puso roja y se tropezó hacia la puerta, luego se congeló—. Vaya, Edward Cullen. No puedo creerlo —exhaló.

Espera, ¿quién? ¿Cómo ella conocía a Edward y por qué el nombre Cullen sonaba tan familiar?

—Cullen… ¿Cullen? —murmuré para mí misma, tratando de averiguar a través de mi halo de lujuria.

—Bella —dijo Edward con un toque de preocupación en su voz.

Me sacudí tan pronto me golpeó.

—¿El jugador de fútbol? —grité—. ¿El quarterback? Oh, mi Dios. Soy tan estúpida. —Le eché un vistazo—. ¿Qué? ¿Esto fue alguna clase de chiste para ti? ¿Encontraste la única chica en el campus a la que no le importa un demonio el fútbol y no sabía quién eras así que jugaste con ella? ¿Qué demonios? —Me levanté de mi cama y crucé mis brazos sobre mi pecho. Fuera de mi campo de visión, vi a Angela saliendo de la habitación y cerrando por completo la puerta.

Edward se levantó, caminando hacia mí rápidamente. Me retiré, advirtiéndole con mi expresión que no me tocara. Apretó el puente de su nariz y suspiró.

—Bella, eso no es lo que… esto es. Juro que no sabía que no me reconociste cuando nos vimos por primera vez. Entendí que incluso si no te gustaba el fútbol, me reconocerías. Sólo pasó que una vez que te vi tenía que conocerte. Dios, Bella, eres tan hermosa que no pude apartar la mirada. Y cuando no sabías quién era, quise la oportunidad de que una chica me conociera. Sólo a mí. No tendría que preocuparme porque sólo quisieras hablar conmigo porque juego fútbol, sino porque de verdad querías. —Comenzó a pasar sus dedos por su cabello, causando que se desarreglara más.

Abruptamente, se detuvo y me miró.

—Bella, te envié esos boletos porque pensé que descifrarías quién era. Y realmente pensé que te divertirías en el juego. Bella, por favor, hay algo aquí, entre nosotros. —Hizo un gesto hacia ambos, suplicando con sus palabras y sus ojos.

—¿Pensaste que lo averiguaría? ¿Es por eso que no te quitaste tu casco en todo el juego? ¡Para que pudiera descifrarlo! La pareja junto a mí dijo… ¡hiciste que me sentara junto a tus padres! Debo haber parecido una idiota. ¿Lo sabían? ¿Qué me habías dado los boletos? Les dije que no sabía quién me los había enviado. —Lo observé y vi la verdad por todo su rostro—. Tus padres sí sabían. Realmente debo haber sido el chiste más grande para ti. Mierda, no puedo creer que te besé. Puedes irte.

Caminé hasta mi puerta y la abrí.

—Vete.

—Bella, por favor no, ¿podemos hablar sobre esto? —Me alcanzó y salí al corredor.

—Te acompañaré a afuera. —Me volteé y fui por las escaleras, sin molestarme en asegurarme que estuviese detrás de mí. Abrí la puerta principal y la sostuve con mi pie, cruzando mis brazos una vez más.

—Bella —susurró.

—Adiós, Edward.

Me miró por un momento, luego suspiró suavemente y salió. Me volví y corrí hasta mi habitación, dejando que la puerta principal se cerrara sola.


Evité a todo el mundo por el resto del domingo e incluso Alice no me acosó por los detalles. Sabía que había escuchado los rumores de lo que sucedió por todas las chicas y habría obtenido los detalles reales de Angela. También sabía que Angela sólo le diría a Alice y a nadie más sobre lo que había visto y escuchado. Era lo suficientemente buena amiga para no dejar que toda la casa supiera lo que había sucedido.

Me forcé a mí misma a enfocarme con una intensidad que no sabía que tenía durante mis clases el lunes y, cuando terminaron, me salté el autobús y comencé a caminar a casa. Edward debió haber estado observando y notó que no iría a la parada, porque de pronto estaba caminando junto a mí. Rodé mis ojos y apresuré el paso, odiando cuando se adecuó a mi ritmo fácilmente.

—Bella, ¿podemos hablar? ¿Por favor? —Me miró con esa mirada de cachorrito triste y me enojé, sacando mi iPod e ignorándolo. Edward caminó conmigo todo el camino hasta la puerta principal de mi casa. Me volteé para entrar y me tomó por los hombros, volteándome para enfrentarlo. Simplemente me observó, expectante.

Suspirando, me saqué mis audífonos.

—De acuerdo, ¿qué?

—Bella, sólo quería una oportunidad para arreglar esto. Sé que hay algo entre nosotros que podría ser realmente bueno y no quiero que mi propia estupidez lo arruine todo. Déjame llevarte a cenar, ¿por favor? Dame la oportunidad de hablar de esto y si todavía te sientes de la misma manera, prometo que te dejaré sola.

—No puedo. —Edward comenzó a protestar, pero coloqué la punta de mis dedos en sus labios—. Es lunes, siempre tengo reuniones largas los lunes.

Besó las puntas de mis dedos y me forcé a mí misma para no mostrar cuánto me había afectado.

—Eso es un no.

Sonreí con suficiencia y me aparté de su agarre.

—No es un no. —Caminé hacia la casa, dejándolo parado en la acera.

—¿Qué tal mañana en la noche? —me llamó.

—Veré mi calendario —grité sobre mi hombro y caminé dentro. Entendí que él no dejaría que algo tan pequeño como no tener mi email o mi número de teléfono se metiera en su camino para averiguar si estaba libre o no.