Capítulo 2
Pasión
Nota: Los hechos narrados en las siguientes páginas contienen escenas sexualmente gráficas. Si el erotismo no es lo suyo, favor omitir este capítulo. Su autora hace previa salvedad, cada quién lo lee bajo su propia responsabilidad. XD
Llena de miedo di los tres toques acordados. El incomparable crujido de la puertecilla al abrirse, me provocó un respingo. De un momento a otro, un brazo varonil se asomó desde el interior, tomando el mío, jalándome hacia sí.
—Espera aquí. —dijo para luego asomar un poco su cabeza, corroborando que no había muros en la costa.
—¿Y si alguien ocupa el tocador? —pregunté con nervios.
—Todo estará bien, ¡tranquilízate!
—¿Sobornaste al camarero?
—¡Qué imaginativa eres, mujer!
—¿Qué hiciste?
—Nada. —musitó, restándole importancia con sus hombros.
—¿Qué hiciste? —reiteré, colocando mis brazos en jarra y dando mi mejor rostro iracundo.
—Solamente coloqué la tarjeta de "en uso" sobre el llavín.
El espacio dentro del tocador era muy angosto, casi no podíamos movernos. Cruzamos miradas, sonriéndonos para darnos apoyo. —Las grandes manos del pelo negro se posicionaron en los laterales de mi cabeza. —¿Asustada?, me preguntó y su refrescante aliento chocó contra mi cara. —Asentí en respuesta. —¡Yo también! —musitó.
Se escuchan voces provenientes de afuera, avisándonos que los pasajeros volvían a sus puestos. — ¿Debemos apurarnos preciosa?, susurró. —Puso sus brazos a mi cintura elevándome hasta poner mis posaderas sobre el borde del lavabo.
Sabíamos con antelación que esto es una completa locura. Nuevamente nos atravesamos con las miradas. Me encontraba temblorosa por la incertidumbre, por la excitación. Él atinó a sonreír ladinamente. —Parecemos un par de jovenzuelos asustados por ser encontrados en pleno cachondeo, ¿cierto? —sonreí por su comentario. El inocente intentaba quitarle el ácido al asunto. Di un brinco al sentir sus cálidas manos rozar mis pantorrillas. Se acercó lentamente a mi oído y dijo —: ¡Tócame! —. Esa revelación aunada a una voz ronca que eriza la piel, desarticuló mis defensas en un dos por tres.
—¿Cómo te gusta que te toquen? —pregunté calladamente porque era evidente que no podíamos hacer ruido, haciendo un pésimo intento de voz sensual. Arrepintiéndome por mostrarme ante él como una mojigata.
—¡Cómo tú quieras, gatita! —fue su respuesta. De inmediato caracoleó sus manos hasta mis muslos, esta vez con posesión, arrastrando con ello mi falda, formando un rollito con la tela, alrededor de mi cintura. —Y así sin más. Sin preámbulos de nada, estampó su boca a la mía.
No fue un beso pausado. Tampoco romántico. Más bien era tosco, desesperado e imperioso. Una guerra sin tregua iniciaba en nuestras bocas. Nuestras lenguas se entrelazaban al igual que nuestros brazos que resultaban insuficientes para la mutua exploración.
«¡Mi dios!» —Este hombre besa como un demonio. —¡Y ni siquiera sé cómo besa uno! — Si bien Sasori es un idiota, debo darle méritos por ser un excelente besador y ni que decir de amante. —No solo yo puedo opinar al respecto, ¡créanme! —, pero el moreno que me tiene atrapada entre sus brazos, no tiene punto de comparación. Mi pelirrojo ex marido es un principiante ante él.
Nos separamos para tomar aire. Nuestros pechos subían y bajaban como si hubiésemos corrido un maratón. Nuestras ropas estaban hechas un desastre. Mi labial carmín resplandecía en su boca. Asimismo, puedo imaginar que, tal y como le sucede a él, mi frente está decorada con pequeñas gotas de sudor, mi cabello despeinado y mis mejillas ruborosas. Pretender tener sexo en un cubículo tan pequeño, hace que se acelere el calor corporal y por ende el vaho se hace presente.
—Besas increíblemente bien — me halagó.
—¡Tú no te quedas atrás! —confesé.
—¡Así me gusta desinhíbete! —me dijo.
—¿Por qué lo dices?
—Porque estabas muy callada. Obviamente debemos manejar la mayor discreción, pero adoraría verte más atrevida.
—¡Y no has visto nada aún, vago!
— ¿No?
—¡En absoluto! —Y con ello me abalancé sobre él como leona al acecho. Retomamos los besos. Exquisitos. Deliciosos y húmedos lengüetazos. Quitó sus suaves labios de los míos. Comenzó a darme besitos mariposa por todo mi cuello, luego la pasión le ganó, convirtiéndolos en lamidas. —El morbo de lo prohibido se anidó en nuestros corazones. Caímos en sus artimañas y una vez atados a sus hilos, poco nos importaba que todo saliera a la luz pública.
Se ladeó más hacia mí para delinear mi garganta con la punta de su lengua, ascendiendo por esta, subiendo por mi mentón y pegar una vez más su boca a la mía. Sus besos esta vez fueron más cautos, casi con significado. Recorrió mi torso, masajeando mis pechos. —«Jadeamos»— Puso sus manos en el ribete de mi blusa, jalándola para sacarla por encima de mi cabeza; quedé semidesnuda de la cintura para arriba, vestida solo por mi sostén verde esmeralda que no hace conjunto con mis bragas.
—¡Combina con tus ojos! —musitó, posicionando sus manos detrás de mi espalda para desprender magistralmente el broche que lo sostenía. Con un sutil movimiento bajó los tirantes de este por mis brazos, los saqué y quedé con mis blancos senos desprotegidos. Mis pezones reaccionaron al contacto con el frío. Se pusieron corrugados y en un tono más rosa de lo normal.
—¡Perfectos! —siseó más para sí mismo. Cogió mis mamas para manosearlas, se llevó una a la boca mientras que era solazada por el pezón. —Tiré mi cabeza hacia atrás, —era demasiado placer en tampoco tiempo. —No fue egoísta con ninguna. Complació a la dos hasta saciarlas.
Serpenteó como cobra. —Direccionando su cuerpo al sur del mío. Decidido a agazaparse en mi intimidad. — Una parte de mí mostraba timidez. Mi experiencia sexual se reduce a tres hombres —: Mi novio de secundaria, con quién perdí mi virtud después de la final de campeonato; mi novio universitario y por último mi ex. —«¿Qué tal si no satisfago las expectativas del moreno?» — Ese mismo hombre por el que he tirado al retrete todos los valores inculcados por mis padres. El mismo que está arrodillado ante mí con pretensiones de hacerme un oral.
Las nocivas dudas repiqueteaban en mi mente. En mi conciencia. —No me dejaban en paz aun estando sentada sobre los mosaicos del lavamanos, con un extraño en medio de mis piernas, con mis glúteos cubiertos únicamente por mis bragas, las cuales, —¡gracias al cielo! —, son una de las más decentes que tengo y no un calzón mata pasión que lo hiciera salir del baño como alma que lleva el diablo.
El muy maldito se negó a hundir su boca en aquel lugar que clamaba por ser atendido. — Fue una falsa alarma, — solamente dio un beso casto sobre el encaje, pero la notar cuán mojado estaba, quiso paladear un poco, así que lamió el retazo que resguardaba la costura de mi sexo.
Se estiró cuan alto era, dejó su rostro frente al mío. Desesperadamente, mientras nos besábamos, comencé a quitarle la chaqueta azul marino de su traje, —la tiré por ahí— él detuvo el beso, no así sus caricias, separándose para darme más libertad de desnudarlo, introdujo sus dedos a mi melena, masajeando mi cuero cabelludo, luego jaló con fiereza mis rubias hebras de cabello, exigiéndome con ello a sostener mi cabeza inclinada. —¡Quédate así!, ¡Mirándome sin pestañear! —pidió.
Estuvimos así unos instantes. Diciéndonos todo y nada a la vez. — Era un juego peligroso dónde la única víctima iba a ser yo. — «Es lo menos inteligente que hecho jamás.» —pensé.
Sin más preámbulo, desabotoné su camisa, bajándola por sus tonificados brazos. —Arrojándola por ahí. — El perfecto torso del moreno quedó al descubierto. Lucía un par de pectorales que inducían a acurrucarse sobre ellos. — restregué mis manos por todo su pecho. — Cosa que lo excitó en sobremanera. Lo sé porque resopló y contrajo el estómago al sentir mi tacto. Su piel se erizaba bajo mis palmas. Pellizqué sus pezones, pero no soporté el abstenerme de llevármelos a la boca. Los chupeteé hasta dejarlos como púas. Descendí entre lamidas, besé sus músculos abdominales. Introduje mi lengua a su ombligo, percibí el delicado rastro de vello que bajaba hasta perderse en el pantalón.
Él tenía mi dedo índice atrapado en su boca. Succionándolo con movimientos envolventes. —chupaba y gruñía. — Era excesivamente erótico. Más de lo que podía resistir. —¡Lleva tu mirada a mi pantalón! —ordenó, atrayéndome al presente.
—¿Qué es lo que ves? —inquirió.
—Lo muy excitado que estás. —respondí con sinceridad.
—¿Qué harás al respecto?, ¿Me dejarás así o vendrás a mi rescate?
Estaba totalmente hechizada por aquel abultamiento reflejado en la pelvis del sujeto. —¿Vas a salvarme? —indagó nuevamente, izando mi barbilla. —¿Eso dependerá de qué entiendes por tortura o salvación? —dije juguetona y con ello bajé de mi incomodo asiento para arrodillarme ante él. Clavé mi mirada a la suya para trazar mi lengua sobre la cremallera de su pantalón.
—¡Oh, santo cielo! —balbuceó.
Zafo su cinturón con delicadeza, desabotono su pantalón, bajándolo con ímpetu. Frente a mí quedó en evidencia que al desvergonzado coletudo no le gusta portar calzoncillos. Su majestuosa virilidad quedó frente a mí. Desnuda y Orgullosa. De color caramelo. Erecta y venosa. Decorada por un denso y oscuro vello púbico. —Digna de presumir. —
La corona de su falo estaba hinchada, colorada y lagrimosa. —Dejándome sin aliento—. Haciéndome meditar si podría caber en mi interior.
Llevé su miembro a mi cavidad bucal. Engullendo toda su longitud. — Alcé mi mirada, necesitaba contemplar cada una de sus expresiones. Estimulándome visualmente con aquel masculino rostro, poseedor de uno ojos rasgados. —Lo masturbé con cautela para no hacerle daño. Mi tráquea crujió cuando profundicé la felación. Maniobrándolo hasta el hastío. —Él no daba más. —Lo sé porque entre dientes me suplicaba que le permitiera poseerme. Me levanté antes de que colapsara, me aupó por los hombros para ponerme de pie.
De inmediato giró mi cuerpo. Inclinándome. Sostuve el peso de mi cuerpo con mis manos pegadas al azulejo. — Me quería con la cola levantada y así lo hice. —Se agachó, colando sus pulgares a cada extremo de mi ropa interior, bajándola lentamente hasta dejarlas alrededor de mis talones. —¡Hermoso! —ronroneó, para luego darle un azote a una de mis pompas. Más que sentir dolor. Produjo un estimulante picor que me obligó a morder la parte interna de mis mejillas. —Mordió esa misma nalga y así que no pude más. Gemí. Me fue imposible acallarlo, más cuando sus manos abrieron el canal que separa mis glúteos para darle paso a su lengua que mancillaba mi intimidad y su nariz cosquilleaba mi recto.
De perfil como estaba y contra el pequeño espejo, formando con mi cuerpo un ángulo de cuarenta cinco. Las sensaciones se hacían más vivenciales. Tenía libre acceso para hacer conmigo lo que le plazca. —Era implacable en su objetivo. Despertó mis bajos instintos. —¡Iba a correrme! —captó el mensaje puesto que apremió sus cometidas. — Fue instante. Un mísero momento en que mi alma se desprendió de mi cuerpo. Un ínfimo minuto en que una corriente eléctrica navegó por mi anatomía.
Ahí estaba yo. Fatigada por la faena a la que me sometió el moreno. Tenía mis piernas abiertas como compás geométrico con un caliente y viscoso líquido deslizándose por mis muslos; sudorosa, sin rastro de labial en mis labios y el peinado descompuesto.
—¡Sabes delicioso! —dijo. Se levantó de su escondite, relamiendo sus comisuras con una sonrisa ladina y sarcástica. Vano fue mi intento de enderezarme. La habilidad de movilizarme había abandonado mi cuerpo. —Sin embargo, me es insuficiente. — demandó, besando mi cuello con ahínco, su perrilla hormigueaba la zona erógena de mi nuca.
Me recosté a su torso sintiéndome exhausta. Con esfuerzo entrelacé mis brazos a su cuello. Él dirigió los propios a mis pechos, entreteniéndose con ellos. Poco a poco deslizó sus manos a mi cintura para acariciarla. Se hincó para tener su cabeza a la altura de mi vientre y poder besarlo, bordeó mi ombligo con la punta de su lengua, sus manos pretendían aventurarse hacia mi vagina, pero lo impedí antes de que el palpara aquello que quizás le sería visualmente desagradable.
—¿Sucede algo, preciosa?
—Sí.
—¿No te gusta?, ¿Hice algo mal? —inquirió con preocupación.
—Me ha fascinado todo. Es sólo saber algo, más bien verlo, antes de que sigamos adelante.
Atravesándome con los ojos y una de sus cejas arqueadas, dijo—: ¿Qué?
—Esto es común en muchas mujeres, aunque todavía no he conocido alguna a quién no le apene un tanto desnudarse ante un hombre aun siendo este su esposo. Con valor me volví frente a él, y resbalé mi falda para que nada obstaculizara su campo visual. —¿Ahora entiendes a qué me refiero? — indagué.
Pasaron unos segundos y él sólo elevó sus cejas en señal de asombro, pero se abstuvo de hacer comentarios. —¿Así que es eso? —se atrevió a decir, colocando sus dedos en la pequeña y horizontal cicatriz que descansaba en mi pubis. Dibujándola y estremeciéndome por el contacto.
«Asentí, tragándome un sollozo»—Las cesáreas suelen suceder cuando eres madre primeriza. —añadí.
—¡Ya veo!, ¿Te arrepientes de ser madre y cargar con la séquela de ello?
—Puedo arrepentirme de muchas cosas. Pero si algo me hace inmensamente feliz y no tengo palabras para explicar cuánto; es ser la madre de un pelirrojo, pecoso y risueño; por quien sería capaz de dar mi vida.
Una sonrisa se formó en su boca. Estaba impresa a lo largo de esta y era tan enigmática que te invitada a imitarla. No encontré una frase justa para tan increíble espectáculo con hoyuelos repintados en sus mejillas incluidos.
—A mí me encantaría ser padre. —comentó sin detener sus arrumacos.
—¿Creí que lo eras?
—No. Estuve a punto de serlo, pero el bebé no se formó bien.
—¡Lo siento!, no quise importunarte.
—¡Y no lo haces, cariño! —Dime entonces, ¿por qué te avergüenzas?
—No es agradable a la vista, ¿cierto?
—¡Mujeres! — murmuró. Negando con su cabeza. —Notaste que tengo un tatuaje en mi pecho, ¿verdad? —Afirmé con mi cabeza. —Era un ciervo de amplias astas y de color marrón. —Si lo detallas bien está sobrepuesto a otro. El original llevaba inscrito el nombre de mi novia de colegio. ¡Eso sí es una soberana estupidez!
Si me fuese permitido destornillarme de risa, lo hubiese hecho, más cuando un mohín sobre el mal recuerdo surcó su rostro.
—¿Te han dicho que tienes una sonrisa cautivante? —exclamó, haciéndome sonrojar.
—¡Bien!, ya que te preocupa que no sea padre todavía, podemos arreglarlo fácilmente. Permíteme hacértelo sin protección quizás te embarace, ¡con gusto me dejo amarrar por ti! —indicó socarronamente, guiñando un ojo.
Rodé mis ojos como respuesta.
—¡Vamos, mujer! —Estoy lo suficientemente empalmado. No quiero enfriarme y el tiempo apremia así que, ¡manos a la obra! —refunfuñó.
Tantas sensaciones revolucionándose en mi ser me impedían pensar claramente. Me perdí a la deriva del placer. Me deleito entre el sabor de lo prohibido del pecado original.
—¿En qué estábamos? —dijo. Me hizo girar como bailarina, colocó su mano a la mitad de mi espalda y me besó con frenesí. Me arrastró hasta el retrete dándome la orden de sentarme sobre el tanque de agua. De nueva cuenta abro. Anticipada y automáticamente. —Exhibo mi entrepierna sin decoro alguno. — se acuclilla poniendo sus manos en mis rodillas para apartar mis extremidades exponencialmente.
Me quedé estupefacta con tan erótica escena. Más esto no era sinónimo de retroceder. Moría porque él se hundiera en mi cuerpo. En mi alma. Aunque eso era mucho pedir. — Moja sus labios con su propia saliva, separa mis labios vaginales con sus dedos, cierra sus ojos y sepulta su aterciopelada lengua en mi clítoris.
Une dos de sus dedos a su escrutinio. Los mueve en sincronía magistralmente. Los sumerge profundamente para luego arrástralos con vehemencia. — Encuentra el punto exacto que me hace estremecer. Siento como el clímax nace en mis entrañas. Se cimbra en mi bajo vientre y me provoca una ola de calor corporal. —¡Oh, kami!, —solté inevitablemente en un casi inaudible gemido.
Con pequeños golpecitos en su frente, pretendo avisarle que iba a correrme. Estallar con anhelo.
—¿Qué pasa? — pregunta sin detener la labor.
— Voy correrme. —confesé.
—¡Hazlo!, ¿Qué te atrasa? —ironizó el infeliz.
—Tú. —respondí.
—¿Yo?, ¿por qué?
—No lo haré en tu boca, ¡apártate!
—¡Oh, sí que lo harás! —dijo, apremiando su trabajo.
No es que nunca lo hubiese hecho. — Infinidad de veces lo hice con el padre de mi hijo, y pagué el favor de la misma manera. —Aceptaba su semiente con gusto, pero practicarlo con un desconocido me parecía antihigiénico. —«No sabía sus costumbres. Ya bastante me rifo el pellejo con que incluso me contagie una enfermedad venérea.» — Fue hasta que su húmeda lengua hizo contacto con mi receptivo botón que me di cuenta que el bribón había vuelto a sus andanzas. —arrancándome de mis malévolos pensamientos. — Ahora me importaba un pepino emanar mis flujos en toda su cara.
Mi cuerpo se tensó. Mis músculos vaginales apretaron sus dedos. Me arqueé hacia adelante. Y ese dolor tan placentero se hizo presente. —La pequeña muerte se abrió paso en mi interior. —¡Estallando en decadencia!
El alto moreno se erigió con orgullo, no sin antes beberse mis jugos. Se limpió los restos de mi orgasmo con su pulgar. —No sé por qué te niegas. Si ya te habías venido en mi boca. —pronunció, haciéndome bramar.
Llevó su mano al bolsillo trasero de su pantalón. Sacó su billetera y de esta una pequeña envoltura cuadrada de vivos colores. —La misma que no dejaba espacio para dudas. — Lo abrió con sus dientes. Previo a colocárselo, untó saliva por toda la longitud de su pene. —Con gusto le ayudaría si tuviera capacidad motora, pero mi fuerza había escapado de mis brazos. —creo que leyó mi mente porque me guiñó un ojo. — Lentamente cubrió su órgano sexual con el látex, dejando espacio para su semen.
Por tercera vez consecutiva, me giró llevándome por los aires. Obligándome a colocar mis manos sobre la pared. — Apartó mis piernas como en requisa policiaca. Buscó una posición favorecedora para las penetraciones, una vez hallada, besó mi espalda mientras amasa mis nalgas con fervor. Estimula mi hendidura con sus pulgares, de pronto la molesta intromisión de su glande me induce a soltar un leve quejido. Quita unos mechones sueltos de mi cabello, se acerca a mi oído para mordisquear el lóbulo —¿Te duele? —musitó.
—¡Ve despacio! —me animo a suplicar. —¡De acuerdo! —responde para después tomar su pene desde la base. De forma lenta y precavida se adentra a mi femineidad. Suspiramos al sentirnos acoplados. —Glorioso telonero. Antesala de lo que estaba por venir. —Su torso se adhiere a mi espalda y raspa uno de mis hombros con sus dientes.
El golpeteo a la madera de la puerta nos hizo dar un brinco.
—¿Está ocupado? —preguntó el entrometido.
—¡Dame un minuto! —musitó lastimeramente. «No sé si por disimulo o por no poder moverse en mi interior.»
—¡Oh, está bien!, ¡siento incomodarlo! —replicó al desconocido, a quién sus pasos delataron que se había alejado.
—¿Un minuto? —ronroneé en sorna y con mi ceja arqueada.
—¡Es un decir, mujer! —señaló de malagana. —Temo que ahora sí, debemos apresurarnos. —acotó. No había terminado la oración cuando los rieles del tren iniciaron su travesía.
Sacó su pene completamente para encajarlo nuevamente en mi vagina. Fue una presión ruda y sin contemplaciones. —Sabía perfectamente donde me encontraba. En el tocador de un ferrocarril teniendo intimidad con un desconocido. Todo eso me importaba poco en este preciso momento. —Él empujaba duro, sin miramientos. Me estiraba por dentro. Se mecía, sacando y metiendo su miembro. Su garganta producía discretos gruñidos, mientras que yo clavaba mis uñas a sus anchos hombros y mordía mis labios para prevenir cualquier gimoteo. El seco eco de sus caderas golpeando mi trasero pudo habernos delatado de no ser que el brillante pelo negro abrió el grifo a todo chorro. El tórrido sonido del agua caer, amortiguaba cualquier otra resonancia.
—¡Así, así…! —me atreví a pedir y esto avivó a la bestia que él llevaba dormida en su interior. Observé con las gotas de sudor escapaban deliberadamente de nuestros cuerpos, su boca ultrajaba mi cuello y sus manos violentaban mis pechos. El arrebato sexual nos hacía perdernos en el limbo. El tiempo y el espacio sobraban. Solo existíamos él y yo, en ese recóndito lugar.
Él es consciente de ser quién me acorraló al límite de mi voluntad. No había poder humano que refrenara a este hombre. Lo único jodidamente molesto era que no podía gemir tal y como me dictaba el éxtasis a hacerlo. —Sólo nuestra respiración irregular rompía el mutismo. — Cada una de sus estocadas me volvían loca. Adicta a su piel. A su cuerpo. A todo él. — Mi instinto de sobrevivencia me decía que debía disfrutar el momento y salir de ahí cuanto antes sin mirar atrás. En cambio, la esperanza incrementaba en mi alma, invitándome a soñar despierta con que, quizás podríamos llegar a algo más.
Sus asaltos se intensificaron a tal punto de sensibilizar cada una de mis terminaciones nerviosas, —el tambaleo del movimiento del tren dificultaba el coito — mi coño abrazó su pene cuando el orgasmo llegó. Aumentó sus embates en búsqueda de su propia liberación. Bastaron tres estocadas más para que su eyaculación saliera a borbotones, impregnándose en el condón.
Se derrumbó sobre mi columna vertebral. Estábamos jadeando. Acogidos por todo lo acontecido. Completamente satisfechos. —«Al menos yo sí»— ¡Y por fin!, después de tanta estira y encoje en los tribunales, las reuniones con mi abogado, las horas parloteando con el terapeuta emocional, las clases de yoga, y las sumas de dinero invertidas en ellas; vengo a descubrir que, lo que realmente necesitaba con carácter urgente era una misericordiosa sesión de sexo. Duro y perverso. Vano y excitante. Con un hombre a quién con costos conozco su nombre.
Un sujeto quién de forma indirecta me ha hecho sentir deseada y venerada. Me devolvió mi sensualidad. Esa que siempre tuve, pero encerré en un calabozo para darle paso a la madre jefa de hogar.
Ahora sé que puedo ser ambas. La madre ejemplar y la puta en la cama. Ahora es el momento justo para defender mis derechos de ser amada y respetada. Ahora es momento de ser... ¡Mujer!
CONTINUARÁ
¿Bien?, ¿Qué les pareció ese coito?, ¿Les gustó? —Cualquier queja, consejo u comentario, saben bien donde realizarlo, de mi parte quedo satisfecha con este capítulo; sin embargo, admito que me ha costado escribirlo porque hace buen tiempo que no describo sobre lemons. Sé que dije que serían únicamente dos capítulos, pero ¿Qué creen?, me ha dado el cerebro para narrar cosas cochambrosas. En síntesis, es probable que tenga uno o dos capítulos más.
Agradezco los consejos y palabras de—: Andreina. Salomon; Neenav. V; Mar Fer Hatake y ANABELITA N. Además, de dos comentarios que aún la plataforma no me permite abrir, —los reconoce, pero no los carga—sea quiénes sean mil gracias por tomarse su tiempo y dejar sus opiniones, me ayudan a seguir mejorando.
Finalmente, no me gusta excederme en la cantidad de páginas escritas por capítulo, no obstante, no podía cortar toda esta tórrida sesión de sexo a la mitad y continuarla en la siguiente. Por lo que me vale madre que se queden ciegos por morbosos. Jejejeje ¡son bromas! XD
Me despido con un caluroso, ¡hasta pronto!, y deseándoles que la luz de todo lo divino guíe su camino.
