Inaccrochable

Disclaimer: Haikyuu! pertenece a Furadate Haruichi


Anteriormente: Akaashi envía a Tsukishima, por correspondencia, un libro que aún no necesita.


II

Yamaguchi sacó medio torso por la ventana que daba al pasillo y agitó los brazos.

—¡Ennoshita-san! ¿Qué hace por aquí?

Era la hora del almuerzo, y Tsukishima y Yamaguchi comían juntos en el salón. Por desgracia para Tsukishima, Yamaguchi era una persona de hábitos sociales, y cada vez que se cruzaba un rostro familiar en su campo de visión, sentía la necesidad de saludar a aquel rostro. Ennoshita volteó su rostro bonachón al oír su nombre y luego de saludar, dejó sobre la mesa sus motivos para encontrarse en el corredor de los de segundo año.

—El grupo Fukurodani ha revelado las fechas de los entrenamientos conjuntos, y la nueva capitana del equipo de básquetbol femenino nos ha pedido el gimnasio para cuando estemos entrenando en Shinzen. ¿La conocen? Su apellido es Ono.

Yamaguchi y Tsukishima intercambiaron una mirada. No habían hablado con ella pero podían suponer de quien se trataba. Una chica del salón dos se apellidaba Ono y todos la conocían porque era enorme.

—¿Tan alta como Tsukishima? —Ennoshita a veces trataba de hacer bromas.

—No —respondió Yamaguchi—. Nadie es como Tsukki.

Tsukishima no se molestó en comentar nada. Ennoshita agradeció a ambos por la ayuda prestada y siguió con lo suyo. Yamaguchi cerró su bento, también dio las gracias pero por la comida, y comenzó a pelar una naranja. Tsukishima aún iba por la mitad de su almuerzo entonces.

—Eso quiere decir que las chicas de tercero de básquetbol se han retirado. —Yamaguchi concluyendo lo evidente, damas y señores—. ¿Has pensado en esas cosas, Tsukki?

Tsukishima picó una verdura con sus palillos y la observó. Brócoli al vapor, le gustaba el brócoli al vapor; pero comer le agotaba, y con cada movimiento adicional que hacía con los palillos, menos apetecible le resultaba el brócoli y cualquier comida. A veces, prefería no tener que comer. Dejó los palillos sobre su bento para reflexionar cómo abordar la pregunta que planteaba Yamaguchi. Si debía ser honesto, había pensando en ello los últimos días quizá demasiado.

—¿Te refieres a quién de nosotros van a nombrar capitán? Es difícil de decir.

—Si nos dan la oportunidad de elegir, pienso que-

—Por favor no digas que yo.

—Que Tsukki sería el ideal para el puesto.

—No me hagas eso. —Volvió a tomar los palillos y pinchó un brócoli—. Sería demasiado abrumador. En tercero son ya muchas responsabilidades como para añadir la capitanía de un equipo.

—Entiendo, estás dispuesto a relegar la capitanía al dúo loco. Tsukki, te has ablandado con los años.

—Cállate.

Yamaguchi mostró todos sus dientes. Su sonrisa era amplia y delgada, y al cerrar sus ojos, su rostro se llenó de finas pero largas arrugas. No se podían sacar dobles lecturas de aquella sonrisa.

—Faltó un Daichi-san entre nosotros. Tú, Kageyama y Hinata causan muchos problemas, y yo no puedo controlarlos.

—Yo no causo problemas.

—Los causas, Tsukki.

—En mi defensa los kohai son muy ingenuos.

Ese año postularon varios novatos al club de vóley, varios alentados por los últimos éxitos del equipo sembrados la temporada anterior. Pero independiente de los motivos que los llevaron a Karasuno, todos ellos eran irritablemente entusiastas, y por lo mismo, todos merecían bromas que bajasen esos innecesarios humos. Selección natural simple, Tanaka y Tsukishima descubrieron que podían aliarse sin ser aliados, y los novatos lo pasaron mal el primer mes y medio.

—Quiero decir —se explicó Tsukishima—, ¿cómo puedes creer que sea tradición que los novatos arranquen el peluquín del vicerrector? Si crees algo así es que eres imbécil.

O si crees que debes pulir el piso de la cancha con cepillos de dientes, o que debes comprar para todos los veteranos bebidas isotónicas, o que debes cantar en la formación por qué Yachi-san es la mejor mánager, y etcétera, etcétera.

—No me quejo porque no nos sancionaron, pero tampoco fue gracioso.

—Te reíste.

—Sí, pero por los nervios. Tenía miedo.

—Todavía te escucho cantar la canción de Yachi-san.

—Es pegadiza, no puedo quitármela de la cabeza.

—Conclusión: ninguno de los dos da la talla de capitán.

Yamaguchi se encajó el último gajo de naranja entre los dientes, y enseñó una sonrisa que se amoldaba al contorno de la naranja. A Tsukishima todavía le quedaba un cuarto de su comida, pero ya no podía seguir comiendo, así que juntó sus manos, agradeció la comida, y sacó su cepillo de dientes. Yamaguchi tragó y buscó en su mochila su propio cepillo.

Todavía quedaban diez minutos de recreo cuando volvieron del baño. Los de su salón escribían sobre el pizarrón sus nombres con la mano izquierda. Yamaguchi, por supuesto, se unió a la actividad sin que lo invitaran. Tsukishima regresó a su asiento, subió sus cascos, y sacó de su bolso el libro que el profesor Takeda les dejó de lectura para el verano.

Kamen no kokuhaku.

Había una razón por la que Tsukishima había comenzado a pensar recientemente en la capitanía. La conversación telefónica que sostuvo con Akaashi aquel día que le llamó Kuroo, fue corta y sembró más dudas de las que aclaró. Tsukishima no se atrevió a preguntar demasiado porque sabía que Kuroo y Bokuto escuchaban, y si resultaba que todo era una broma de parte ellos, no les iba a dar oportunidad para reír. Así que, cuando Akaashi preguntó:

¿Qué libro necesitas?

Tsukishima flaqueó solo un segundo antes de pronunciar el título. Akaashi, que se oía extrañamente somnoliento y gangoso, también se tomó su tiempo.

—¿Kamen no kokuhaku? ¡Ah! Kamen no kokuhaku, claro. Debería llegarte en estos días, te lo envié la semana pasada.

—Sí, lo sé. Ya me llegó.

¿Y no lo has abierto?

—Me escribiste que… —Pero se interrumpió al oír un feroz estornudo, una maldición, y un montón de risas de Bokuto y Kuroo—. ¿Estás bien?

Sí, estoy bien.

¡Akaashi no mientas! —ese era Bokuto.

—Estornudé y me pegué en la frente. Amanecí terrible ¿feliz? —reconoció Akaashi, más a Bokuto que a Tsukishima—. Disculpa Tsukishima ¿Y tú cómo estás? ¿Cómo llevas la capitanía?

Fue como recibir el golpe de un rayo.

¿Tsukishima?

—Akaashi-senpai, los de tercero aún no se han retirado —fue todo lo que dijo.

Agradeció por el libro, se despidió, y se giró hacia Yamaguchi, cobrándole inmediatamente el shortcake que le debía. Yamaguchi suspiró, contó las monedas en sus bolsillos, y bajaron juntos a la cafetería a pagar la apuesta.

Con el libro ya en mano, Tsukishima intentaba no pensar demasiado en el asunto. Pero era inevitable. Al anochecer las dudas buscaban respuesta, y lo único que sabía hacer Tsukishima, era rascarse los ojos y enterrar la cabeza en la almohada. Que Akaashi asumiera que Tsukishima era el nuevo líder de Karasuno, sembró una inquietud que Tsukishima no hubo sopesado. La sensación de asombro que sintió en aquel momento se extendió por todas sus extremidades, y cuando volvía a pensar en ella, podía ver a sus vellos erizarse. No lo entendía, y le disgustaba tanto el no entenderlo como el querer entenderlo. Entonces volvía a leer el título de la portada, y se irritaba aún más.

De momento manejaba dos teorías que explicaban el motivo del envío adelantado: o se trataba de una broma increíblemente elaborada, o bien una broma intuitiva que se dio en las fechas adecuadas.

La elaborada implicaba una alianza entre Akaashi (o Bokuto y Kuroo, no los iba a descartar), el profesor Takeda, y otros conspiradores de Karasuno; de la intuitiva no podía decir nada. De ser cierto el primer caso, lo único que podía concluir es que el esfuerzo le resultaba patético que no valía su tiempo seguir indagando más, y lo mejor que podía hacer, era desmerecer el esfuerzo y hacerse el desentendido. Si se trataba del segundo caso, le gustaría conocer lo motivos para tal broma.

Se lo comentaría a Yamaguchi, pero…

Tsukishima se bajó los cascos por un momento y observó la espalda de Yamaguchi.

—Escuché que si escribes en sentido espejo con la mano izquierda, los ideogramas son más fáciles de dibujar, aunque difícil de leer de todas maneras —dijo Yamaguchi con la tiza en mano, y trató de poner a prueba sus propias teorías.

Yamaguchi a veces le sorprendía con ideas absurdas que Tsukishima estaba casi seguro que, de comentarle el asunto, su opinión se desviaría hacia un campo de especulaciones sin fin que no, muchas gracias. Así que volvió a subirse los cascos y abrió el libro en su primera página. Bajo el título había una nota escrita en papel adhesivo. Tsukishima se acomodó las gafas.

«Las frases resaltadas son culpa de Bokuto-san que no tiene respeto por los bienes ajenos. No pienses demasiado en las frases resaltadas. —Akaashi K.»

Así que le habían prestado un libro deteriorado, qué pereza. Hojeó el libro para constatar el daño, y lo que vio le obligó a releer la nota.

—¿Qué…?

El libro lucía casi intacto. Una segunda inspección arrojó idéntico resultado. Algo manoseado sí, conservaba sus páginas limpias y sin rayas ni notas.

Despegó el papel por si el mensaje continuaba atrás pero no. Volvió a releer el mensaje por tercera vez, poniendo atención en la caligrafía. Pequeña y apretada igual a su nota anterior, la letra de Akaashi era legible de todas maneras, y los ideogramas no podían confundirse con otros similares, así que el mensaje decía justamente lo que decía y nada más.

Bien, Akaashi era una persona con un curioso sentido del humor, no le iba a dar más vuelta. El profesor de inglés acababa de ingresar al salón, y Tsukishima no logró avanzar con la lectura. En lugar de dejar la nota donde la había hallado, la dobló y metió en el bolsillo de la camisa. Fue difícil seguirle el hilo al profesor Ono aquel día, y se preguntó si el profesor y la nueva capitana del equipo de básquetbol guardaban algún parentesco, o no era más que un alcance de apellidos. Así de distraído estaba.

Deseaba pensar en abismos. Deseaba simplemente no pensar. Se sentía cansado, fatigado, y lo único de lo que estaba seguro en aquel momento, era que en la noche le costaría nuevamente conciliar el sueño.

·

·

Al llegar el domingo, Tsukishima no había hecho más que hojear el libro. Clavó en la pizarra de corcho las dos notas de Akaashi, y a ratos, entre sus estudios, levantaba la mirada y observaba su caligrafía, pero solo eso. Le sorprendió saber que Yamaguchi ya llevaba veinte páginas avanzadas.

—¿Lo compraste?

—Nishinoya-san me prestó el suyo ayer, y leí un poco antes de dormir. ¿Tú lo has leído, Yachi-san?

—Todavía no —reconoció ella—. Mamá compró una edición de lujo y se supone que llega la próxima semana.

—¿Edición de lujo? —le preguntó Yamaguchi. Yachi-san le explicó que su madre solo compraba ediciones caras, con una portada que quedara bien en la biblioteca de la casa.

Hinata los observaba sin enterarse de qué hablaban. Él, a diferencia de Yachi-san, Yamaguchi, y Tsukishima, debía leer Kinkaku-ji, del mismo autor. Compró una edición barata en una tienda de libros de segunda mano, y llevaba una copia para Kageyama metida en una bolsa de nylon.

Los cuatro iban de camino a una clínica de rehabilitación ubicada en el sector costero de Miyagi. Kageyama cayó de espalda sobre la mesa del juez luego de colocar un balón extremadamente difícil y se fracturó una vértebra. Hubiese sido menos grave si Kageyama no se hubiese callado para seguir jugando, y cuando ganaron el partido, Yamaguchi y Tanaka alcanzaron a agarrarlo antes que se diera de bruces contra el piso. Desde entonces no había asistido a la escuela.

—¿La familia de Kageyama es adinerada? —no se pudo contener Yamaguchi al observar la fachada de la clínica.

—Postuló a Shiratorizawa en primera instancia —recordó Tsukishima.

Hinata murmuró «no» y apretó el paso. Los otros tres se miraron y apresuraron.

En la clínica, una enfermera les informó que Kageyama estaba en su sesión de fisioterapia. Les recomendó esperar en cafetería, y cuando se desocupara, les avisaría. Así lo hicieron. Entre Yamaguchi y Tsukishima pagaron unas gaseosas para todos, y un melonpan que partieron en cuatro. Hinata fue el único que no tocó su porción; sus pies que apenas llegaban al piso se resbalaban pastosos por la cerámica aumentando la tensión, y al final Tsukishima se aburrió:

—¿Vas a seguir en ese modo de depresión? —murmuró con hastío—. No fue tu culpa, supéralo.

Hinata estrujó sus rodillas. Siguió sin soltar palabra.

Tsukishima fue el único que no observó el rostro de Kageyama sucumbir al dolor, y supone que ahí radica la diferencia. Se bajó las gafas para secarse el sudor segundos antes, y para él toda la confusión no fue más que un momento nebuloso rosado y negro. Al reacomodarse las gafas Kageyama ya no estaba, y lo único que recuerda es el rostro de Hinata.

¿Fue debilidad? Todavía se pregunta Tsukishima. Logró jalar a Hinata por las axilas a tiempo. Se retorció en su agarre pero sus fuerzas se evaporaron rápido y su cuerpo sucumbió a los espamos de un llanto contenido. Todavía no entendía los motivos por el cuál Hinata se sentía culpable, y Hinata tampoco hizo esfuerzos por explicarlos, pero Tsukishima entendía qué sentía. Apretó sus hombros para obligarlo a levantar cabeza, y cuando volvieron a mirarse, Tsukishima meneó la cabeza.

No. No te comportes como el imbécil que eres. No hagas escándalo. No pienses más. Hinata se sorbió los mocos, Tsukishima menguó el agarre y guió a Hinata hasta afuera del gimnasio. Una ambulancia acababa de llevarse a Kageyama, el cielo se tiñó rosado, y la sirena resonó en el ocaso. Al día siguiente lo dieron todo en la cancha pero perdieron, y de Kageyama no sabían nada.

La enfermera reapareció justo a tiempo.

—Kageyama-kun se está vistiendo.

Hinata fue el primero en levantarse de la silla. La bolsa de nylon se arrugaba bajo el agarre de su puño, y sus pies se arrastraron por la cerámica hasta que Yachi-san le tomó de la mano. Hinata se disculpó, entregó la bolsa a Yachi-san, y huyó. Yamaguchi interpuso un brazo para evitar que Yachi-san también escapara.

—No irá muy lejos —dijo—. Cuando Hinata se calme, volverá.

Las personas desaparecen un momento y son otras, pensó Tsukishima cuando Yamaguchi abrió la puerta. Kageyama, de pie junto a la ventana, se veía completamente diferente, aunque no hubiese cambiado demasiado. Casi. El cabello le hubo crecido, y se despejo la frente del flequillo con una horquilla. Empezaba a asomar un fino bigotillo que era más pelusa que otra cosa, que le daba un aspecto gracioso, y su piel se veía bronceada.

—¿Q-qué hacen aquí? —sus ojos se dilataron del asombro—. ¿No deberían estar entrenando?

Yachi quiso arrojarse sobre Kageyama pero Yamaguchi logró interceptarla antes que le rompiese otra vértebra. Kageyama podía lucir diferente, pero seguía siendo el mismo idiota de siempre, y lo querían así, bien idiota.

—Es domingo —le recordó Tsukishima tomando asiento lo más lejos posible.

—¿Y?

—Los domingos entrenamos solo durante las mañanas —continuó Yamaguchi—. Hace tiempo que no teníamos noticias tuyas y comenzábamos a preocuparnos. Te trajimos unos obsequios.

Abrió su mochila y dejó sobre la camilla algunas revistas y una tarjeta firmada por todos. Yachi-san le tendió la bolsa de nylon con el libro que le compró Hinata. Kageyama lo tomó entre sus manos.

—¿Por qué no vino?

—Sí vino, pero se volvió loco.

—¡Tsukki! Así no fue.

—¿Será esa mancha naranja?

Yamaguchi y Yachi-san se asomaron por la ventana. Efectivamente, abajo estaba Hinata, pateando piedras.

—¡HINATA IDIOTA! — gritó Kageyama sin importarle el dolor de la vértebra. Yamaguchi y Yachi-san agitaron sus brazos, Hinata se agarró los mechones de su cabeza y gritó, y Tsukishima, en la lejanía, comenzaba a preocuparse por un asunto que no venía a cuento. El libro de Kageyama acababa de resbalar al suelo, quedando abierto en una página con una frase resaltada.


Todaviaesviernesenchileasíqueestapublicacióneslegal.

Sorry por la rareza. Gracias por sus rw y favs. Sorry por OoC. Gracias por la comprensión, quizá.

Algún otro viernes.