— ¿Estás bien?
Por tercera vez en aquel largo viaje a caballo la chica había girado la cabeza, preguntando aquello al escuchar al chico soltar un siseo de dolor.
—Perfectamente —volvió a responder. Y volvió a recibir como respuesta aquella mueca de desagrado.
—Eso de antes no ha sonado en absoluto a estar perfectamente. ¿Seguro que no quieres que paremos y te revise eso?
Gilbert se llevó instintivamente la mano al brazo. Antes le había dicho que había resultado magullado por la pelea, pero no mencionó que había sido esa maldita alimaña la que había conseguido herirle. Estaba bien, pero temía que para aquella persona el haber sido siquiera tocado por un vampiro fuera una mala señal.
A fin de cuentas, él hubiera pensado lo mismo de haber estado las tornas cambiadas.
Pero seguro que estaba bien, apenas le había rozado… Aunque aquellas dos heridas ardían como sus malditos muertos. La del brazo izquierdo, que había comprobado discretamente mientras ella no miraba, parecía un mero arañazo, no más profundo que el que cualquier animal salvaje le habría podido haber hecho, tan sólo enrojecido y abultado de más. Pero la otra… Se estremeció pensando en ella. No había podido echarle un vistazo para ver su aspecto, ya que la tenía en la parte alta del brazo derecho y hubiera resultado imposible hacerlo sin atraer la atención de la jinete, pero podía hacerse a la idea de lo mal que estaba esa herida en particular por el lacerante quemazón que sentía y porque apenas era capaz de rozarla con la mano por encima de la tela sin aullar de dolor.
Tal vez era peor de lo que pensaba, pero no podía arriesgarse. No podía dejar que ella lo supiera. No podía dejar su vida en las manos de aquella desconocida.
—Seguro —murmuró, asintiendo con la cabeza—. Estoy… Estoy bien.
La chica –que no parecía una chica, por mucho que Gilbert intentara verla como tal- sólo soltó un suspiro y volvió a mirar al frente, azotando las riendas de su caballo.
—De acuerdo. Como quieras —se quedó un rato callada antes de seguir hablando—. No queda mucho para llegar a Salzburgo. Allí encontraremos un médico, ¿de acuerdo? Te curará y podremos descansar. Ha sido un día demasiado largo.
Entonces se giró con una mirada casi comprensiva y una pequeña, apenas visible sonrisa en los labios que parecía decir "todo irá bien". Él simplemente asintió, serio, aunque en su mente resonara una carcajada irónica. Nada tenía la pinta de que fuera a ir bien, ni mucho menos. No sabía ni cómo lo haría, pero tendría que escabullirse antes de que aquel médico apareciera. Salzburgo, por lo que había oído era una ciudad grande y bulliciosa, por lo que no le debería costar mezclarse entre la gente y salir de allí. Cuando encontrara un momento de paz él ya trataría su propia herida, sabía más que suficiente acerca de cómo hacerlo. Sólo necesitaba fuego, alcohol, vendas, una aguja e hilo y una mordaza que llevarse a la boca para cuando doliera demasiado. Estaba curtido en eso, no le resultaría difícil. Eso sí, le costaba bastante visualizar el qué hacer luego. No tenía ahora literalmente nada: ni casa, ni dinero, ni pertenencias, ni tan siquiera alguien a quien proteger. Sólo tenía su nombre, un cuchillo y aquella ansia de venganza. ¿Cómo iba a conseguir algo si ahora era nadie? Sabía qué quería hacer, pero no tenía ni idea del cómo. Una amarga sensación le subió por la garganta al pensar que tal vez no le quedara más opción que robar para ganarse la vida. ¿Hasta ese punto tan ruin habría de llegar con tal de seguir vivo?
Se apretó la herida de su brazo con fuerza para alejar todo pensamiento con el punzante dolor. Ya tendría tiempo de pensar en su momento y confiaba en su instinto nato de supervivencia lo suficiente como para saber que encontraría una forma. De algún modo, la encontraría. Porque él era Gilbert Beilschmidt y no tenía intención de abandonar este planeta sin haber cumplido su palabra de matar a aquel monstruo que asesinó a su hermano.
Pero las cosas tenían un orden. Y ese orden empezaba por no levantar sospechas en la chica y en aguantar el resto del viaje a caballo sin amputarse el brazo para evitar volverse loco con el dolor constante. Tal vez iniciar una conversación fuera una buena manera de evadirse. Aparte de por educación, preguntarle a su salvadora quién era le permitiría volver a encontrarla en un futuro para devolverle el favor. Sólo para saldar la cuenta y eso.
—Nunca he estado en Salzburgo —comentó en un tono desinteresado, a pesar de que ella había mencionado aquella ciudad hacía ya mucho. Debió resultarle muy raro el oírle hablar, ya que se sobresaltó un poco antes de contestarle.
— ¿No? Vaya, qué raro, está muy cerca de aquí. Bueno, es igual. Seguro que te encantará. Es una ciudad enorme, preciosa. Hay dos Universidades, la catedral y muchas iglesias. Incluso hay un castillo impresionante. Es preciosa, realmente preciosa.
—No me gustan mucho las ciudades grandes —musitó en respuesta.
— ¿Y eso?
—No me gusta la gente —ella soltó una carcajada—. E-en serio, no me gusta. Siempre he vivido lo más aislado que he podido. La gente… es rara —concluyó.
—No hace falta que lo jures, te creo. Y si no quieres hablar no tienes por qué hacerlo, tranquilo. Estoy acostumbrada a no hablar con nadie.
—Oye, si te estoy hablando es porque quiero hacerlo, no por compromiso —gruñó, algo molesto. ¡Encima que estaba siendo sociable!
—Vale, de acuerdo —soltó junto con una risilla.
Y, de nuevo, se hizo el silencio. El pesado, pastoso e incómodo silencio entre ambos. Definitivamente el intentar ser sociable no equivalía a ser elocuente ni a desarrollar de golpe la habilidad de mantener una conversación decente durante un tiempo igualmente decente. Pero ella tampoco ayudaba. Que conste.
—A propósito —dijo de pronto, como si tal cosa—. Me llamo Elizabeta.
—Ah, Elizabeta, bien —revisó sus apuntes mentales de educación y vio conveniente el añadir—. Esto, eh, encantado. Yo soy Gil-…
—Gilbert Beilschmidt —terminó la frase por él, con un cierto tono de sorna en la voz—. Me quedé con tu nombre cuando se lo gritaste a los cuatro vientos a Braginsky.
—Ya —susurró para sí, una mueca de desagrado cruzándole la cara al escuchar aquel nombre—. Me alegro, supongo. Y, bueno, ¿de qué zona eres? Hablabas raro a tu caballo.
— ¿Raro? ¡No es raro, es húngaro! Lo que se habla en Hungría, listo.
— ¿Hun…gría…? No….
Se giró de pronto y le miró con los ojos tan abiertos como pudo. Gilbert sintió cómo le ardían las mejillas al observar tan de cerca y tan nítidamente cada detalle de aquellos ojos del mismo verde que el del bosque en verano. Tal vez, ahora que le veía aquellos ojos y aquellas pestañas rizadas y largas pudiera empezar a creer que verdaderamente debía ser una chica.
— ¿No sabes dónde está Hungría? ¿En serio?
—Yo… —empezó a decir pero se le ahogó la voz ya al principio de la frase, lo cual Elizabeta aprovechó para seguir su indignada represalia.
— ¿Cómo no puedes saberlo? ¡Ni que fuera un país desconocido! ¿Qué pasa con los alemanes, no sabéis mirar más allá de vuestras narices, os pensáis que toda Centroeuropa es vuestra o qué?
— ¡Lo siento, ¿vale?! ¡No es mi culpa! —exclamó como respuesta, aún bastante nervioso por su penetrante mirada—. No he salido apenas, sólo cuando vine con mi padre y mi hermano a vivir a esta zona del país. Y nunca había oído a nadie hablar de Hungría antes. Además —desvió la vista antes de añadir, avergonzado— tampoco fui al colegio así que apenas sé qué hay más allá de las fronteras.
Ella tan sólo parpadeó un par de veces antes de volver a su posición soltando un simple "Oh, vaya", azotando un momento las riendas del caballo para luego terminar diciendo "supongo que eso te excusa. Un poco, solamente". Gilbert gruñó entre dientes por respuesta, molesto consigo mismo por haberse puesto en evidencia de una forma tan burda ante un casi total desconocido. Maldita su lengua y malditos aquellos ojos que le obligaron a sincerarse de ese modo.
—Bueno, ¿y cómo es Hungría? —creyó conveniente preguntar para no volver a hablar de él en un buen rato.
—Hermosa —simplemente contestó, destilando felicidad y orgullo en su voz mientras hablaba de su tierra natal—. Es la tierra más hermosa que jamás llegarás a ver. Hay llanuras tan extensas que eres incapaz de ver dónde acaban, pequeñas colinas por aquí y por allá, los bosques, por todas partes. Todo, todo verde intenso y lleno de vida. Oh, y el Balaton, de pequeña mi padre nos llevaba allí en verano, es tan grande que sientes que estás en el mismo mar, pero a la vez sabes que estás en mitad de Europa por el paisaje alrededor. ¡Y ni siquiera he hablado aún de Budapest! No puedo siquiera describirla y hacer honores a su belleza. Fui sólo una vez y, créeme, entendí perfectamente por qué la denominan la perla del Danubio, la ciudad más mágica y bella en la que jamás podrías estar —se tomó una pequeña pausa de su patriótico discurso sólo para suspirar—. Todo es idílico, hermoso, único. La cultura, la gente, la comida, el paisaje, absolutamente todo. Hungría es simplemente hermosa.
—Está claro que estás orgullosa de tus raíces —como si no fuera bastante obvio. Pero entonces añadió—. Pero parece que lo echas de menos.
Se tomó un tiempo antes de contestar. Él también se lo hubiera tomado. Hablar de los recuerdos de una vida que ahora te es inalcanzable necesita su tiempo, al fin y al cabo.
—Sí. Hace mucho que no he podido volver a casa. Supongo que es el precio a pagar por continuar este trabajo.
— ¿Qué trabajo? —y, por fin, Gilbert realmente sintió que la conversación tomaba justo el rumbo que quería.
—Investigo y busco el paradero de diferentes tipos de criaturas y bestias que aterrorizan a la gente. Y, bueno, siempre que puedo, los cazo. Y, hey, te aseguro que lo que pasó esta vez fue algo fuera de lo común, soy muy buena en esto.
—Parecía que lo conocías bastante bien —murmuró buscando sacarle la mayor información posible acerca de su futura presa.
—Le llevo siguiendo la pista desde hace unos cuantos meses —explicó Elizabeta, con tono serio—. Es un caso único. Quiero decir, oí decir en algún lugar que aquel vampiro había protagonizado unas matanzas abominables en Rusia hace unos diez años, más o menos, hasta que de pronto, sin saber por qué, cesaron. Nadie supo absolutamente nada de él durante todo este tiempo, no se produjo ningún ataque que se le atribuyera. Y, de pronto, vuelve a escucharse su nombre: Ivan Braginsky, el moscovita.
—Ivan Braginsky —repitió, destilando desprecio en cada sílaba que pronunció con lentitud, regocijándose en cierto modo con el sabor de su propio odio hacia aquella persona.
—Hubo ataques desperdigados por toda Europa y me dediqué a estudiarlos, comparándolos con los apuntes que mi padre había recopilado en su libreta acerca de lo que conocía de ese vampiro en particular, y coincidía. Tenía una especie de patrón, al parecer para engañar en cierto modo a los posibles cazadores que fueran en su pista, ya que tomaba mucho tiempo entre ataque y ataque para no crear una ristra fácilmente rastreable, y elegía cuidadosamente los lugares en los que decidía alimentarse: pueblos recónditos, pequeños, rodeados de grandes bosques entre los cuales poder perderse de ser detectado. Fue realmente una suerte que yo acabara en el tuyo, mis predicciones situaban su ataque un par de días más tarde en otro sitio diferente, pero el fuego atrajo mi atención, gracias a Dios. Definitivamente, es un vampiro único en su especie. Incluso mi propio padre lo tomaba por uno de los más peligrosos en su momento, y ahora, con toda la sangre que está tomando de nuevo, solamente puede estar haciéndolo más fuerte aún si cabe. Quedó bastante claro cuando le disparaste la bala de agua bendita. Apenas le hizo gran cosa, cuando a los vampiros normalmente se les deshace la piel con tan sólo el roce de una gota. Y además de resistente, fuerte y desalmado, es increíblemente inteligente. Es… Es verdaderamente un Clase Superior. Y yo apenas he conseguido cazar nada que superara la Clase Base —terminó su perorata con un chasquido de disgusto.
Gilbert no dijo nada. No le gustaba en absoluto la idea de que aquella bestia campara a sus anchas, matando y devorando a más gente, destrozando más vidas como la suya en su insaciable sed de sangre. Pero, por lo que había dicho, era totalmente imposible convencerla para planear un ataque. Además, no quería que ella tuviera nada que ver con la muerte de aquel vampiro: debía ser sólo y únicamente él quien lo hiciera.
Esta vez, los dos estuvieron de acuerdo en no romper aquel silencio para poder concentrarse en sus propios pensamientos. Al menos, no hasta que, a lo lejos, los albores de un nuevo día iluminaron de naranja la silueta de aquella esbelta urbe.
—Gilbert: te doy la bienvenida a Salzburgo.
Era un día hermoso, pensaba para sí mismo mientras miraba por la amplia ventana el cielo pálido de las primeras horas de la mañana y se vestía con paciencia y primor. Sonreía ante la belleza urbana que tenía el placer de admirar –y agradecer- día a día, movido por el burbujeo de expectación que aquel perfecto día traería consigo. Se movió hasta llegar al espejo, donde se debatió entre usar un pañuelo de seda lila o uno blanco con un delicado encaje decorando los bordes, optando finalmente por este último con un elegante nudo, dejando que colgara por delante. Luego lidió con su pelo para peinarlo, rindiéndose finalmente ante aquel habitual mechón rebelde que tenía en el lado derecho, dejando que siguiera ligeramente levantado y rizado en comparación con el resto de pelo de su flequillo echado a un lado. Comprobó desde varios ángulos que todo estaba perfecto antes de apartar su vida de espejo enmarcado en ébano.
Y no fue capaz de resistir la tentación de darle a su ciudad los buenos días como él mejor sabía. Así que se acercó a su mesa, tomó aquel instrumento con la delicadeza con la que un vidriero tomaría su magna creación de cristal y se encaminó hacia la ventana de su pequeño balcón, abriéndola de par en par, disfrutando del roce de la suave brisa en su mejilla y del aroma a pan recién hecho y del repiqueteo de los cascos de los caballos trotando sobre el empedrado con los ojos cerrados. Entonces posó el violín sobre su hombro y dejó a su música ser libre en Salzburgo.
Iba a ser un día hermoso, se decía con una sonrisa, cuando salió de casa maletín en mano, despidiéndose de sus mayordomos. Saludó a los vecinos a su paso, destilando la cortesía que le caracterizaba tan bien, en su camino a la Universidad. Se disponía a cruzar el Salzach cuando un grito desesperado cruzó la calma como una flecha.
— ¡Ayuda! ¡Ayuda, por favor! ¡Un médico, necesitamos un médico!
Todo él tembló, desde sus pies hasta su rebelde mechón de pelo, con aquella palabra. Tragó saliva que le supo a fuego garganta abajo, mientras, totalmente quieto aún, movió sus pupilas para mirar a su alrededor. Las miradas posadas sobre él, tal y como presagió. Le estaban pidiendo que hiciera algo y él se sentía clavado al suelo. Tal vez… Con un poco de suerte… La Tierra le tragase ahí y ahora….
¡No! Se dijo tan pronto como acabó aquella frase. Debía ser fuerte, debía hacerlo, debía cumplir con su deber. Cerró los ojos y apretó la mandíbula con fuerza antes de echar a correr, tan finamente como sólo él sabía hacerlo, hacia donde debía ir.
— ¡Un médico, por Dios! ¿No hay ningún médico cerca?
En medio de la amplia calle, un caballo bayo relinchaba nervioso, en el suelo dos personas, una de ellas sujetando el cuerpo de otra. Pudo deshacer parte del nudo de su garganta al ver que no había sangre a la vista. Conforme llegó a donde estaban, se arrodilló torpemente enfrente de las dos personas, una chica de pelo castaño rizado y un chico de pelo y piel inusualmente pálidos. Se llevó una mano al pecho, tratando de coger el aire que le faltaba a bocanadas, mientras observaba al moribundo. Seguía vivo y consciente, pero temblaba y parecía no tener fuerzas siquiera para mantener los ojos abiertos. Echó una mano para llegar a su cuello, tomándole el pulso con dos dedos: al contrario de lo que se esperaba, latía desbocado y a erráticamente. Apartó la mano rápidamente, mirándole con cara de desconcierto.
— ¿Puedes hacer algo?
Levantó la mirada y sintió su propio pulso tomarse el pequeño lujo de volverse loco por un instante. La chica era preciosa, tenía los ojos más puramente verdes que había visto jamás, vidriosos por la preocupación. Se tuvo que pasar la lengua por los labios antes de poder darle una tartamuda respuesta.
— N-no, yo no… Yo no soy médico.
— ¡¿Qué?! —le reprochó ella, enojándosele la mirada en un instante de una forma que le acobardó sobremanera.
— ¡M-mi familia! —levantó ambas manos en defensa— ¡Mi familia, son médicos!
— ¡Haz que vengan! ¡Rápido, algo grave le pasa ¿es que no lo ves?! —movió un poco los brazos, lo que hizo al herido soltar un débil siseo molesto.
— ¡Por supuesto que sí! —echó un rápido vistazo alrededor, viendo a todos sus conciudadanos agolpados alrededor, cuchicheando y observándole minuciosamente. Le tembló el labio y cuando giró la cabeza de nuevo para mirar a la chica y al herido, se recolocó las gafas en el puente de la nariz con el índice—. Mi casa está cerca. Llevémosle allí, mi madre podrá curarle.
Ella soltó un bufido antes de asentir, conforme con la decisión. Él se levantó, evitando soltar un quejido en voz alta por el dolor en sus rodillas, y se preocupó de quitarse el polvo que se había pegado en sus pantalones oscuros antes de elevar las manos y la voz, dirigiéndose a la multitud ahí congregada.
— ¡Dejen paso, por favor, aquí hay un herido que necesita ayuda y debemos llevarlo cuanto antes a la residencia de mi familia! ¡Y les suplico, por Caridad, que alguien vaya a avisar a la Señora Edelstein! —bajó los brazos y miró herido con preocupación— Díganle que la vida de una persona está en juego.
Debía haber sido un día hermoso, pensaba para sí mismo.
La puerta de la habitación se abrió con un golpe seco. Los dos giraron la cabeza a la par. Una mujer entrada en años de mediana estatura y porte que a la vista fue esbelto antaño había entrado de pronto en la habitación. Su pelo canoso estaba recogido en la nuca en un moño, que dejaba, sin embargo, caer algunos bucles sueltos en su cuello y hombros, y vestía un sobrio pero suntuoso vestido negro de terciopelo estampado con puntillas y volantes en blanco, parcialmente tapado por un largo delantal marfil, atado al cuello y a la cintura, que tenía en algunas partes unas sospechosas manchas oscuras.
— ¡Roderich! —el susodicho se estremeció, levantándose de la silla. La mujer recorrió rápidamente la distancia entre ambos y le atrajo con fuerza en un abrazo— ¡Me has asustado tanto! ¿Qué ha ocurrido?
—Lo siento, Madre —murmuró, tratando de apaciguarla acariciando sus hombros—. Los encontré en la calle, camino a la Universidad, suplicando ayuda. Yo… ¡No sabía qué hacer, se estaba muriendo, pensé que llevarlos a casa sería la mejor opción!
La mujer se separó un poco para mirarle a sus ojos de puro color amatista, asintiendo levemente, antes de separarse de él para poder acercarse a su paciente.
— ¿Historia clínica del paciente?
Roderich se aclaró la voz antes de erguirse y empezar a enumerar, metódicamente:
—Nombre del paciente, Gilbert Beilschmidt. Edad, diecisiete años. Se encontraba junto a la señorita Héderváry, aquí presente —la señaló con la mano, sin atreverse a mirarla demasiado—, montando a caballo cuando sin razón aparente una pérdida del control de su cuerpo le hizo precipitarse al suelo. El primer examen in situ reflejó una aparente lividez ante todo en rostro y manos.
—Roderich, cariño, un simple desmayo….
—Se descarta el desmayo ya que el paciente no perdió la consciencia en ningún momento, además de que su pulso estaba inusualmente arrítmico y acelerado.
Ambos se quedaron callados tras eso. La mujer se acercó a la cama y observó al chico que ahora dormía pacíficamente en la cama.
—No concuerda… ¿Algún otro episodio previo conocido?
Roderich desvió la mirada a Elizabeta, que vaciló un poco antes de contestar.
—Lo siento mucho, Señora pero, bueno, este chico y yo acabamos de conocernos —hasta ella se sorprendió de lo mal sonante que era aquello—. Verá, estuvimos en una lucha… Y yo le salvé la vida y vinimos a Salzburgo en busca de un médico para poder curarnos cuando de pronto cayó al suelo y empezó a delirar y me asusté…
— ¿Una lucha? —murmuró ella, girándose hacia Elizabeta— ¿Tiene alguna herida importante?
—Cuando cabalgábamos rumbo aquí él parecía estar resentiéndose de alguna herida, pero se negó a enseñármela, pensé que simplemente sería soberbia o ese estúpido sentido del orgullo que tienen los hombres. No sé, no insistí más en el tema.
—Una infección —soltó un bufido, girándose para poder discutirlo con su hijo, que asentía a todo lo que iba diciendo—. Su herida ha debido infectarse con alguna partícula tóxica que le ha provocado la taquicardia y el colapso, es la explicación más plausible. Debemos actuar rápido antes que se extienda por su cuerpo y sea incontenible. Roderich, trae mi maletín, tendremos que intervenir.
—Cla-claro, madre. Si me disculpan —contestó, saliendo rápidamente de la habitación para evitar que la invitada pudiera alcanzar a ver lo pálido que se había vuelto con la simple mención de aquella palabra. Volvió en apenas un instante con el susodicho maletín que depositó, abierto, a los pies de la cama.
La doctora se acercó de nuevo a Gilbert y le apartó las sábanas, inspeccionándole el cuerpo. No tardó en encontrar las manchas de sangre en el brazo derecho. Empezó a desabrochar los botones de la camisa y pidió de ayuda de Elizabeta para poder levantarle y quitársela. Primero sacaron el brazo izquierdo, en el que había las abultadas marcas de un arañazo que apenas habían sangrado. Sin embargo, cuando fueron a tratar de hacerle sacar el brazo derecho, él se despertó súbitamente, gritando desgarradoramente de dolor y se agarró fuertemente con la mano la herida.
— ¡¿Qué-?! —preguntó, totalmente enardecido y desconcertado por la situación— ¿Dónde estoy? ¿Qué tratabais de hacer?
—Gilbert, tranquilo —le contestó Elizabeta en un tono pacificador haciendo un gesto con las manos—. Te desmayaste así que busqué un médico. Ella viene a ayudarte… No te preocupes, estás en buenas manos, va a curarte.
— ¡No! —espetó, negando enérgicamente con la cabeza— ¡No quiero, estoy bien! ¡Dejadme en paz!
—Chico, necesito ver esa herida, puede que se te haya infectado…
— ¡He dicho que no quiero! —gruñó, echándose hacia atrás en la cama, como un animal acorralado— ¡Alejaos de mí!
Elizabeta entonces frunció el ceño y soltó un bufido corto.
—Sujetadle —soltó en un tono de voz ronco y oscuro que asustó a básicamente todos en aquella sala. Gilbert apenas tuvo fuerzas para resistirse cuando Roderich salió corriendo a coger su brazo derecho y la Doctora Edelstein sujetaba su izquierdo por el antebrazo. Elizabeta, por su parte, buscó en el maletín unas tijeras que usó para rasgar violentamente la tosca tela de su camisa. En cuanto la tela cayó, dejando al descubierto la herida, ninguno fue capaz de seguir sujetando lo que llevaban en las manos. La médica retrocedió hasta dar con la mesilla, soltando un ahogado "Dios Misedicordioso…", llevándose una mano a la boca. Roderich tuvo que llevarse la mano con la que había sujetado el brazo de Gil al estómago y la otra a la boca para evitar vomitar.
En su brazo izquierdo, un poco más debajo de su hombro, dos colmilladas enrojecidas e inflamadas supuraban una mezcla pútrida de sangre, pus y un espeso y opaco líquido de color negro.
—No… No… No puedes haberme hecho esto…
—No es mi puta culpa —le respondió en un débil gruñido.
Los cuatro se quedaron en silencio, apenas roto por la respiración a bocanadas dispares de Gilbert y alguna arcada que Roderich aún era incapaz de contener. Entonces la chica, sin mayor aviso, desenfundó su pistola y apuntó a Gilbert, echando atrás la llave, totalmente preparada para disparar.
— ¡¿Qué haces?!
—Un favor al mundo —gruñó ella—. ¿Qué piensas, que voy a dejarte convertirte en uno de ellos sólo porque te rescatara? No. Debo matarte, antes de que sea demasiado tarde.
—No… —negó él, incrédulo— No soy una de esas bestias… No lo soy…
— ¡¿Eres idiota o qué?! —chilló, mantiendo la pistola en su lugar a pesar de lo que le temblaban las manos— ¡Te han mordido, capullo! ¡Antes de que llegue la noche te habrás transformado en uno de ellos, empezarás a matar gente para alimentarte de ellos! ¡No puedes evitarlo!
—No… Imposible… No llegó a morderme…
—Te hincó los colmillos y eso es suficiente.
— ¡No, joder! ¡Apenas me rozó!
— ¡Deja de negarlo, so idiota! ¿Qué sabes tú acerca de los vampiros aparte de lo que leíste en los cuentos de pequeño? ¡YO lo sé! ¡Este es mi trabajo, Gilbert, matar vampiros y evitar que se reproduzcan! Porque, ¿sabes qué? Estos monstruos se reproducen así, mordiendo a la gente e inyectándole el virus. Si entran suficientes en el cuerpo no tardan más de unas horas en invadir todo. Es el propio virus el provoca el aumento del pulso para poder desplazarse más rápidamente por la sangre y llegar más rápidamente a todas partes. ¡Una infección casi perfecta! ¿Y por qué piensas que tú eres especial y no te transformarás como todos los demás, eh, genio? ¡¿Eh?!
—Elizabeta —sonó de repente la voz temblorosa de Roderich—, por favor, te lo pido, cálmate. Calmémonos todos. Tiene que haber otra solución a este proble-…
— ¡Cállate! ¡Tú tampoco tienes ni idea, nadie aquí tiene la más mínima idea! —le cortó en mitad de la frase, encolerizada— ¡Se va a convertir en un vampiro en cuestión de días, horas incluso!¡O le mato yo ahora o nos matará a todos! Es que… ¿Es que acaso crees que es fácil tomar esta decisión, eh? —le espetó, tratando de que no se le quebrara la voz en mitad de la frase— ¡Pero es mi maldito trabajo salvar las vidas de los inocentes de monstruos como el que él acabará siendo antes de que nos demos cuenta!
—Yo no soy un monstruo…
— Aún no, pero lo serás dentro de poco.
— No voy a ser uno de ellos
— ¡No puedes evitarlo!
— ¡NO VOY A SER UNO DE ELLOS!
Y entonces Gilbert cogió las tijeras que habían caído en la cama y s
e las hincó en el brazo, en plena herida. Profirió un desgarrador grito de dolor puro que debió resonar por toda la casa, y que fue muriendo en un gruñido que emitía con los dientes cerrados, como un lobo malherido. Las venas de su cuerpo se hincharon en su cuello en la mano derecha, y le temblaba todo el cuerpo por el dolor, pero aquello no le hizo parar, sino solamente volverse aún más violento.
— ¡NO VOY A SERLO! —se reafirmó mientras movía la hoja horizontalmente hasta abrirse la piel, dejando aquella mezcla de sangre y ponzoña caer por su brazo—¡NO VOY A MORIR, NO VOY A MORIR HASTA MATARLE! —sacando las tijeras y volviéndoselas a hincar en la carne abierta y sangrante, soltó un aullido de dolor que convirtió en otra frase— ¡LE MATARÉ, LE MATARÉ POR QUITÁRMELO TODO! ¡NO PUEDO DEJARLE VIVIR, NO DESPUÉS DE HABERME ARREBATADO A LUDWIG! —siguió arañándose la piel alrededor, dejando correr todo el líquido y haciendo que saltara en pequeñas gotitas a todos lados, mientras él miraba fijamente la herida, con los ojos totalmente abiertos, completamente ido de sí, sin dejar de clavarse aquel arma una y otra vez—¡NO PUEDO MORIR! ¡NO PUEDO CONVERTIRME EN UNO DE ELLOS! —hincó con fiereza las hojas cada vez a más profundidad a cada palabra que pronunció— ¡TENGO-QUE-VIVIR-PARA-MATARLE! ¡TENGO-QUE-SEGUIR-VIVO-POR-LUDWIG! Por los dos…
Entonces paró de pronto, dejando caer las tijeras manchadas al suelo, todo su brazo izquierdo y las sábanas cubiertos de sangre y ponzoña. Se bamboleó, mareado por la pérdida de sangre y se dejó caer en el cabecero de la cama, totalmente derrotado. Elizabeta enfundó rápidamente la pistola y se apresuró a correr a su lado a socorrerle, al igual que la Doctora Edelstein, que gritó a su hijo que se apresurara a ayudarla a detener la hemorragia.
Sin embargo, este no le hizo caso a su señora madre por una vez, ya que, con un ruido sordo y seco, había caído redondo al suelo.
¿Cómo pretendía convertirse en médico si ni tan siquiera podía ver sangre sin desmayarse?
Ya que necesitaba que Roderich tuviera familia y gracias a Himaruya apenas tenemos Ancientalia, decidí que su madre fuera en vez de un mero OC, uno de los pocos personajes históricos que aparecen en Hetalia, María Teresa de Austria. Me ha costado un poco buscar el punto medio entre la real y la de Hetalia, al final casi que he tendido un poco más a la figura real, ante todo físicamente. ¡Espero que no os haya molestado el semi-OC introducido!
