Talleres.
A los pocos días que había ingresado en el palacio, Tino se dio cuenta que la gente le miraba de forma divertida cada vez que abría la boca para decir algo en el idioma de aquellas personas. Él lo hablaba, sabía el idioma, pero como siempre había vivido en las afueras del reino, su acento se había deformado un poco, haciéndole sonar gracioso. Aun así, él seguía prefiriendo el idioma nativo de su madre, el finés.
Su voz fue desapareciendo poco a poco, hablando cada vez menos y solo cuando se necesitara, como el hablar con un superior, alguna duda o para preguntar si ya habían encontrado a su madre. No era nada fácil, después de todo, había miles de esclavos y sirvientes dentro del palacio, su madre sería un poco difícil de encontrar.
Nunca perdió las esperanzas, trataba de dar lo mejor de sí y aprender lo mejor que se pudiera en el nuevo taller al que sería asignado. Las pruebas serían ese día al atardecer, lo que significaba que probarían sus habilidades en tres etapas: creatividad, inteligencia y habilidad.
No iba a negar que estaba nervioso, pues lo mandarían a la que mejor se le diera, y él bien sabía que habilidad no era.
Un guardia lo sacó de sus pensamientos, avisándole que debía salir a encontrarse con las cabezas de cada taller, junto con los otros niños nuevos que también iban a probar y así poder demostrar cada una de las presentaciones que se requerían para entrar, y si no era bueno en ninguna, se dedicaría a ser un simple criado que lava, cuida de los animales y corta el césped.
—Muy bien, ahora podemos comenz… —Antes de que pudiera terminar la oración, una trompeta se escuchó y de un carruaje que se había parado muy cerca, bajaron el príncipe y el niño rubio que había visto en el salón de la ropa.
El guarda que iba con los dos niños, se acercó y le susurró algo al otro guardia, quien solo asintió y observó como el príncipe y su primo se sentaban en dos sillas que uno de los sirvientes había puesto para ellos.
El mayor se aclaró la garganta.
—Ahora sí podemos iniciar. Primero mediremos la creatividad de cada uno, así que, por favor, tomen ese trozo de madera y una lija, cada quien tiene quince minutos para tallar una pequeña figura de su elección sobre esta —Tino asintió junto con los demás niños y cuando lanzaron la flecha -que se utilizaba como señal de inicio- todos los infantes corrieron en busca de sus materiales.
Tino tomó los suyos y se sentó en el césped, tratando de hacer una figura más o menos aceptable, sintiendo el tiempo pasar extremadamente rápido. Cuando se dio cuenta, era el último que quedaba y su figura no parecía nada en concreto, solo un hoyo gigante con dos círculos en medio. Suspiró derrotado y dejó la figura a lado del de otro niño, que al parecer había tenido la misma suerte que él.
El guardia se alejó para ver la primer madera y Tino aprovechó ese momento para hablar con el niño que estaba a su lado. Tenía el cabello rubio, ojos azules y una cruz adornaba su cabello. Su ropa se veía bastante normal para ser honesto y su mirada era inexpresiva.
Con un poco de timidez, tocó su hombro.
—Creo que me fue muy mal —Dijo al momento en el que el niño se había volteado. Este le miró, después a su madera y luego regresó su vista al guardia.
Tino se sintió ignorado y prefirió callarse.
El jefe del taller examinó cada una de las figuras y así hasta llegar con Tino, con quien solo hizo una mueca y se alejó para así poder decir la siguiente etapa.
—Tenemos muy buenos creadores aquí… y otros… bueno, ya encontrarán en lo que son buenos —Suspiró— Ahora, vamos a la siguiente actividad, la cual será para medir su inteligencia, para esto, vamos a ponerlos a jugar ajedrez.
El hombre señaló unas cuantas mesas con tableros. Tino avanzó y se sentó en una, quedando frente a frente con el misterioso niño que había visto antes. No se intimidó, pues él sabía jugar ajedrez muy bien, después de todo, fue su hermano quien le enseñó a jugar.
—Me llamo Tino ¿Tú? —Sonrió a la vez que le decía. El niño permaneció callado y sin moverse, esperando a que les dejaran jugar para poder terminar con todo eso.
Tino suspiró y volteó a ver al príncipe, quien, para su sorpresa, les estaba mirando fijamente. Se asustó, pero trató de no demostrarlo y concentrarse en su trabajo de ahora, el cual era ganarle a ese chico cuyo nombre desconocía -el cual se mostraba confiado y ganador desde el inicio- y poder entrar al taller de inteligencia.
El jefe del taller llegó con ellos y les dio la señal de inicio, por lo cual ambos acomodaron sus piezas -Tino había escogido las blancas- y se dieron la mano antes de comenzar. Movió su peón hacia el frente, tratando de parecer un poco confiado, sin embargo, no lo parecía.
El niño movió un peón de igual manera, dejando paso a su alfil de poder avanzar. Tino intentó armar una estrategia en su cabeza, dejando como resultado una que esperaba con todas sus fuerzas funcionara. Movió otro peón, dejando vía libre a su caballo para avanzar. Así continuaron ambos con un juego que, sin que ellos se dieran cuenta, duró una hora y quince minutos. El jefe del taller sonrió al ver como el niño de la cruz en el pelo fruncía el ceño cuando Tino lo había dicho por fin.
—Jaque mate —
El niño gruñó y se levantó para volver a la fila con sus compañeros. Tino simplemente agradeció a su hermano mayor con todas sus fuerzas por haberle enseñado a jugar ajedrez en sus tiempos libres.
—Ahora pasemos a la final —El jefe del taller de habilidad se acercó con ellos —Van a hacer una carrera, desde aquí, hasta el otro lado del palacio, justo donde empieza el lago.
Los niños asintieron.
—Mi compañero ya está ahí, aparte, van a haber otros miembros del taller que verán su habilidad esquivando cosas y saltando, así que asegúrense de ganar sin tropezar.
Tino se colocó justo en la raya de salida y se puso en posición para poder comenzar a correr. El niño a su lado era el mismo que había estado ahí todo el tiempo. Sonrió para sí mismo.
Cuando sonó la marca de inicio, todos se pusieron a correr lo más rápido que podían. Tino trataba por todos sus medios de no tropezar y seguir corriendo para poder ganar la carrera, estaba en un buen puesto, así que no se preocupaba mucho.
Tras un rato de ir corriendo, un ruido lo alertó de inmediato. Se detuvo sin dudarlo y vio al niño de antes caer al piso con una fuerza que hasta a él mismo le dolió. Corrió en la dirección contraria y se arrodilló junto con él. Tenía raspones por toda la cara y sus ojos estaban medio cerrados.
—Déjame —Tino se sorprendió al escuchar su voz —Corre, y déjame aquí.
Lo ignoró rotundamente, poniéndolo sobre su espalda. El niño se agarró a su cuello y descansó en su espalda mientras que Tino corría -ahora más lento- hacia la meta. Ya no tenían a nadie por detrás, por lo que, al llegar, fueron calificados como los últimos.
Tino dejó al niño en el césped y se arrodilló junto a él.
—¿Estás bien? —Preguntó el guardia cuando se acercó con ellos.
—Sí —El guardia asintió y se levantó para ponerse en su lugar de nuevo. Tino le miró volver a su lugar, cuando escuchó una tímida vocecita mencionarle algo. —Lukas.
—¿Qué? —Volteó su cabeza al escuchar ese nombre
—La respuesta a tu pregunta de antes —Lukas apartó la mirada —Así me llamo.
—Tienes un lindo nombre —Lukas se sonrojó con el comentario, Tino soltó una pequeña risa —Vamos, ahora nos van a decir en que taller quedamos.
Lukas asintió y se levantó con ayuda de Tino. Ambos caminaron hasta llegar con los otros niños, quienes esperaban pacientes sus resultados y ver en que taller quedarían. Tino estaba muy nervioso por esto, pues a pesar de que había ganado en ajedrez, no sabía si lo había hecho tan bien como los otros niños.
—Muy bien —El jefe de los tres talleres se levantó y caminó hacia ellos, listo para dar los resultados de las pruebas —Hemos decidido que, para cada taller, habrá cuatro miembros. Por favor, que cada líder pase con la lista de los niños que escogerán.
A ese momento, las manos de Tino comenzaron a sudar, así que soltó un gran suspiro, nervioso por los resultados. La mirada del príncipe nunca se apartó de él.
—Iniciaremos con el taller creativo —Sacó una hoja con los nombres de los miembros que lo formarían desde ahora —Son… Feliciano Vargas, Alfred Jones, Yao Wang e Ivan Braginski.
Tino no dijo nada, desde un inicio sabía que ahí no entraría. Mordió su labio, esperando para el otro taller. Mientras el líder se acercaba, los niños mencionados iban a reunirse para tener sus uniformes y distintivos, aparte de decirles las reglas y lo que harían a partir de ese momento.
—Muy bien, ahora daré los resultados de la prueba de inteligencia —Al igual que su compañero, el jefe sacó una hoja donde había anotado los nombres —Kiku Honda, Arthur Kirkland, León Wang y Tino Väinämöinen.
Tino sonrió feliz al escuchar su nombre ser nombrado por el jefe, sin embargo, recordó algo e inmediatamente se volteó a ver a Lukas, quien miraba al piso con algo de decepción en sus ojos. Tino se sintió algo culpable, así que tomó su mano.
—Los que serán asignados al taller de habilidad, son los siguientes —Sacó su hoja y los llamó en voz alta —Lovino Vargas, Antonio Carriedo, Ludwig Beilschmidt y Francis Bonnefoy.
Tino hizo una mueca, pero continuó sosteniendo la mano de su nuevo amigo.
—Tienes que ir —Lukas señaló a los nuevos miembros del taller y Tino asintió, sabiendo que ahora su amigo sería un criado. No dejó de sentir la mirada del príncipe en todo ese tiempo, de todas formas.
Antes de separarse, escuchó por primera vez la voz del príncipe. Le había hablado a uno de los guardias para que este le hablara a el jefe del taller de inteligencia. Le mencionó algo y después se acercó a ellos dos. Tino apretó la mano de Lukas con fuerza, debido a los nervios que le daba estar cerca del príncipe, que, si bien no era malo, tenía una cara bastante intimidante.
—Quiero que lo añadas a él —El jefe del taller lo miró y asintió —Sé que los grupos son de cu'tro, pero me g'stó su forma de jugar el aj'drez.
—Muy bien, Lukas Bondevik, a partir de ahora formas parte del taller de inteligencia también. Con el permiso de su majestad, nos retiraremos para explicarles las reglas y darles sus distintivos.
—A gusto —El jefe asintió y comenzó a caminar de lado contrario al príncipe, con dirección a quién sabe dónde. Este volvió a mirarlos a los dos y antes de irse dijo —Soy el príncipe Berwald. Las c'sas serán difíciles a p'rtir de ahora.
Se dio vuelta y volvió a la carrosa lista para llevarlos junto con su primo.
Tino hizo una mueca de preocupación y después se volvió con Lukas, listos para seguir al jefe del taller y no hacerlo enojar en su primer día como miembros oficiales.
