Bueno la segunda parte :P gracias a todos por sus comentarios sobre la primera yo espero que este final le guste tambien :D


PARTE II

Era aún de madrugada cuando Impa estaba chequeando la carga. Zelda estaba lista fuera del carruaje con un austero vestido azul claro y una abrigadora capa negra.

-Ya es hora- dijo la princesa.

-Sí, suba al carruaje. Cuídese mucho por favor, si ocurre algo regrese de inmediato. La veré en dos semanas, estaremos todos rezándoles a las diosas.

-Muchas gracias Impa, te adoro en serio, gracias por cuidar tan bien de mí.

La joven abrazó a su nana y después de darle un beso en la frente subió a su transporte. Ahora era el turno de Link, pero antes, Impa lo retuvo unos instantes para recomendarle a la princesa.

-Link, confío mucho en ti. Sé que eres el mejor guardia de todo el reino y eso me quita un gran peso de encima. No dudo de que la cuidarás con tu vida, y me tranquilizo mucho porque vas con ella, pero nadie sabe las cosas que pueden pasar así que no te separes de ella jamás ¿me oíste?

-Señora Impa, despreocúpese que sé hacer bien mi trabajo. Jamás dejaría que le pasara algo a la princesa. Volveremos pronto, no permitiré que haga ninguna locura.

-Muchísimas gracias querido. Ve ahora, se hará tarde.

El caballero se despidió y subió al carruaje. Emprendieron el camino de inmediato. Iban lento debido a la nieve del camino, afortunadamente ese día no caía más y esperaban que no cayera al menos hasta en dos días. Las diosas les sonrieron y les regalaron un clima relativamente agradable para el día que partieron y el que llegaron. Pronto estaban ya en la aldea siendo recibidos por un grupo de personas bien abrigadas en la entrada. La princesa bajó y saludó a todos los presentes y de inmediato se puso a trabajar. En menos de dos horas ya tenían todas las provisiones abajo y Zelda se encontraba dentro de la cabaña del alcalde ofreciendo sus disculpas por el aparente abandono de la corona hacia el pueblo y prometiendo mejor comunicación para el futuro.

-En serio señor alcalde, me siento apenada por el malentendido.

-No se preocupe, sabemos que usted es una sola y no es posible estar en todo. A partir de ahora, delegaremos un par de personas que se encargarán de visitar su palacio con regularidad para informar de la situación tal como han hecho otras aldeas lejanas.

-Me parece idóneo. Agradezco su compresión y paciencia y espero que lo que hemos traído sea suficiente.

-Es más que suficiente su majestad. Con todo esto podríamos sobrevivir cinco inviernos y cinco veranos muy secos. Su bondad es infinita.

-Es mi deber y me alegra ayudar, si necesita algo más no dude en pedirlo que hemos venido para eso.

-Gracias alteza, todo el pueblo está muy agradecido con usted. Debe estar muy cansada, ya es algo tarde y tengo entendido que saldrá mañana temprano. Tenemos preparada para usted una cabaña algo fuera del pueblo para su privacidad y seguridad.

-Oh, qué considerados. No era necesaria la molestia pero muchas gracias.

-No hay problema. Venga conmigo.

Zelda le hizo una seña a Link y ambos siguieron al alcalde hasta una bonita cabaña a unos diez minutos del pueblo a pie. Muy educadamente, la princesa despidió al hombre agradeciendo de nuevo su hospitalidad y entrando a su morada provisional. Se quitó la gruesa y caliente capa y se dejó caer en el pequeño sofá.

-Me siento muy cansada- dijo más para sí misma que para iniciar una conversación.

Link la observó unos momentos hasta que se le ocurrió que sería buena idea preparar un té.

-Princesa, ¿le gustaría que le preparara un té?

-Por favor. Me vendría de maravilla.

El joven así lo hizo y en unos minutos se lo entregó. Zelda lo tomó casi de inmediato y fue a revisar su habitación que le pareció muy cómoda.

-Señor Link, me temo que tendrá que dormir en el sofá. Veo que esta cabaña sólo cuenta con una habitación.

-No tengo problema con eso alteza. Lo importante es su comodidad.

Zelda lo miró por unos momentos. Lo que decía era sincero, no era parte de su trabajo ni tampoco cortesía, parecía que en verdad le importaba que estuviera bien, más allá del deber. Notó actitudes como esa durante todo el viaje e incluso antes, en el castillo. Su escolta era una persona muy gentil y cuidadosa, muy distinto a los toscos soldados que siempre había acostumbrado a ver. Link tenía algo único e inusual. No eran sus hermosos ojos azules que la princesa se negaba a ver directamente ni tampoco su radiante sonrisa que en un par de ocasiones tuvo la oportunidad de disfrutar… era algo interno, una luz intrínseca que le hacía temblar las piernas dentro de aquella cabaña estando a solas con él. A solas… darse cuenta de tal condición la tensionó. Jamás había estado así con nadie y menos con un hombre. El joven caballero notó la extraña expresión en la cara de su única compañera y se acercó.

-Alteza, ¿le sucede algo?

-No… no. No me pasa nada… creo…

-¿De verdad? Parece confundida- apuntó, acercándose más.

-Sí… sí…

La princesa no podía despegar sus ojos de los de él que se acercaban casi magnéticamente. Al no obtener ningún cambio en su estado, Link la tomó del brazo con delicadeza y la sentó suavemente en el sillón. Sostuvo su mano mientras ella se sonrojó al notar su comportamiento.

-Señor Link… discúlpeme…

-¿Por qué? Señorita Zelda si se siente mal por algo dígamelo.

-No es algo físico es… es que jamás me había encontrado sola con alguien en un mismo lugar- dijo finalmente dejando todo salir como un suspiro de alivio.

-Ah… si desea me puedo ir al pueblo.

-No, no. Eso me pondría más nerviosa, me da miedo… casi todo me da miedo.

-¿Casi todo?

-Sí… hasta la cosa más ridícula me asusta.

-Pero si usted se ve una mujer muy fuerte.

-Es sólo… una cortina a través de la cual nadie ha podido ver…

Los ojos de la princesa se llenaron de lágrimas. Ya no podía mantener en pie las paredes que había levantado en su corazón. Cada uno de sus días pensaba más y más en la forma que vivía y cómo la consumía poco a poco. Su existencia era tan fría como el invierno y se deshojaba como árbol en los últimos días del otoño. Necesitaba tener cercanía con alguien y su única ilusión eran aquellas misteriosas cartas que recibía casi cada noche. Le parecía algo tonto pero de cualquier manera, eran un escape de la rutina que llevaba desde hace muchos años. Tal vez era hora de hablar con alguien sobre sus sentimientos. ¿Era Link el indicado?

-No quisiera meterme en su vida princesa pero… siento que a usted le ocurre algo, y no es algo nuevo. Desde que la conocí noto cosas…

-Sabe, tiene razón yo…. No. Olvídelo. Me iré a dormir, es tarde. Buenas noches, gracias por sus atenciones.

Y sin decir más la joven heredera entró en su habitación dejando a Link muy preocupado por ella. "¿Qué le ocurre?" Pensó antes de resignarse e irse a dormir.

La noche se le hizo larga a Zelda, que sintió que durmió un poco más de tiempo del que normalmente dormía. Se extrañó de no ver los rayos del sol atravesar las cortinas y de inmediato se levantó para correrlas. Grande fue su sorpresa cuando no pudo ver nada hacia afuera, sólo había nieve tras la ventana. Corrió hacia la del otro lado y estaba de la misma forma. Se asustó y salió del cuarto a revisar las de la sala y no hubo diferencia. Rápidamente vio a Link en el sofá aún dormido. Titubeó unos segundos pero el pánico le pudo más y lo despertó, sobresaltada.

-¿Qué ocurre alteza?

-Link, creo que estamos atrapados, hay nieve por todos lados.

-¿Nieve? Mire, tranquilícese, ya revisaré. Respire, no se altere- le dijo con dulzura y quitándose la sábana se levantó y se acercó a la ventana.

En efecto, toda la cabaña estaba rodeada de nieve. La puerta no abría y no había otra manera de salir.

-Creo que hubo una tormenta por la noche y nos hemos quedado hundidos en sus restos.

-¡Qué! ¡Cómo puede decir una cosa así con tanta tranquilidad!

-Alteza, mire esta ventana, se puede ver que la nieve no llega tan arriba. Apenas vean que no llega temprano vendrán a buscarla y nos sacarán.

-¿Y si no vienen?

-Sí vendrán.

-¿Y si no?

-Si no vienen, yo la pondré a salvo a como dé lugar. Usted no se exalte, está segura conmigo.

Zelda quería creer esas palabras. Llorando, se sentó en el sofá desconsolada y desesperada. No le gustaba estar en situaciones sobre las que no tenía el control y peor aún si estaban en manos de personas externas que no conocía. ¿Cómo sabía si los aldeanos se darían cuenta que estaban casi enterrados en nieve? Link le dijo que estaba segura con él… ¿podía confiar en eso?

-Señorita…-dijo él sentándose a su lado- no debe tener miedo. No está sola.

-Siempre he estado sola señor Link… nadie nunca me ha acompañado en mis peores momentos.

-Pero estoy aquí… sólo para usted.

-No me refiero a eso…

-Cálmese.

-Siempre he tenido que resolver mis problemas por mi cuenta y me he acostumbrado. Detesto depender de otros.

-A veces es necesario.

-Link… discúlpeme por mis reacciones. Soy muy nerviosa, y… aunque suelo ocultarlo bien, me descontrolo con facilidad cuando no estoy a cargo de todo.

-La entiendo- dijo sonriéndole- he notado eso en usted.

-¿Lo ha notado?

-Quizás le parezca atrevido de mi parte pero… el otro día vi que intentó convencer al embajador de Ordon sobre unos asuntos que no entiendo, y él se negó. Después usted se fue a su habitación muy molesta. Nadie más se dio cuenta, pero la manera en que aprieta los labios cuando algo no le parece es algo difícil de obviar para mí.

Zelda se sorprendió de aquello. La estuvo analizando todo este tiempo… y esa frase: "es difícil de obviar para mí" la había escuchado antes. ¿Dónde?

-Señor Link, me parece extraño que sepa eso de mí.

-¿Por qué? Paso la mayor parte de mi tiempo a su lado, y dado que yo no participo en sus reuniones y no sé de los asuntos que debate con otros cortesanos, no me queda nada más que entretenerme con otras cosas.

-¿Y estudiar mis reacciones le entretiene?- preguntó con un toque de indignación.

-Totalmente.- respondió con sinceridad, o con cinismo según la interpretación de la princesa.

La joven se enrojeció. Quiso pensar que de cólera por el descaro que tenía el capitán de su guardia de hablarle de esa manera, aunque en realidad era por saber que la había estado observando sin ella darse cuenta.

-No me mal entienda- continuó él- es usted una mujer muy… esquiva y seria. Por eso me parece interesante ver cómo se expresa aunque siempre intente ocultarlo. Es atrayente.

-¿Atrayente?

-Y misteriosa.

"Atrayente y misteriosa", ya la habían llamado así antes. ¿Quién?

-Me parece que esto se está yendo de control.

-Perder el control es bueno en algunos momentos.

-Señor Link…- dijo levantándose de golpe.

-Señorita Zelda- dijo él haciendo lo mismo.

Ella se volteó y lo miró directamente a los ojos. Sucumbió ante la dulce mirada que acariciaba su rostro, una mirada que jamás había sido dirigida hacia ella por nadie, una mirada que tantas veces envidió a los enamorados, y deseó para sí misma. Sus ojos eran dos zafiros… eran el cielo… eran el mar. Ya lo había notado antes, pero nunca quiso aceptarlo; su guardia tenía ojos atrayentes y qué decir de sus sensuales labios que la llamaban apasionadamente. No… aquellos deleites no eran para ella, no había nacido para fijarse en alguien de esa forma, no había nacido para el amor, no había nacido para ser feliz. Su propósito era reinar Hyrule y nada más. Todas aquellas historias de amores que traspasaban fronteras y perduraban por los siglos que tantas veces sus padres le contaban, habían sido enterradas junto con ellos. El día que sus progenitores la dejaron, primero el padre y luego la madre, la felicidad no tuvo más cabida en su corazón. ¿Era ya hora de derretir el hielo que la envolvía? Cayó sollozante en el sillón de nuevo.

-Princesa, no llore.

-Usted no me entiende… no puede entenderme. No sabe lo que he sufrido, no me conoce.

-No la conozco, pero me he enterado de su sufrimiento. Sus sirvientas me han contado lo de sus padres y… sé que se siente sola. Se siente sola sin necesidad de estarlo. ¿Sabía usted que muchas de las mucamas mayores la ven como una hija? La han acompañado desde que sus padres aún vivían y la han visto cambiar de una niña dulce a una mujer fría. La estiman mucho princesa y usted se ha cerrado a ese cariño por el dolor. Esas personas la conocen más de lo que usted cree, pero no se acercan porque usted los ha apartado. Está bien tener miedo, está bien flaquear, y está bien ser fuerte e inquebrantable también. Déjese querer…

"Déjese querer…" otra frase familiar.

-Es difícil para mí.

-Tan difícil como usted lo crea.

-…Sí… Me cuesta tanto…

Derrumbada, se lanzó en los brazos de Link. Los primeros brazos que la sostenían en muchos años. Y para ella no era nada extraño, en ese momento, no se sentía ajena al mundo, todo lo contrario, sentía que podía confiar en ese hombre que la abrazaba suavemente, que no todo era tan negro como su mente lo pintaba, que había luz para ella. Todo lo que le acababan de decir era cierto, había sufrido, pero había personas que la querían y se preocupaban. El dolor de perder a sus padres y el peso de un reino dependiendo de ella jamás se irían, pero había felicidad y amor para ella que harían llevadera la carga, podría incluso disfrutar de su deber teniendo gente en quién confiar a su lado.

-Señorita… Ya no llore más, no vale la pena. Hay que superar el pasado.

-Lo sé- dijo separándose, mirándolo directamente a los ojos- gracias, gracias por sus palabras.

-Puede confiar en mí.

-Sabe… me pasé la vida evitando cualquier sentimiento incómodo y me sentía ridícula cada vez que me debilitaba y… me sentía tonta cuando me emocionaba por cosas tan simples que para cualquiera son niñerías. ¿Recuerda la vez que le pedí que me cortara un melocotón? Ese día me sentí feliz conmigo misma por atreverme a intercambiar un par de palabras con alguien. ¿Ridículo no?

-Para nada. Para mí pudo haber sido algo sin importancia, pero para usted no lo fue. No importa lo que piensen los demás sino lo que piense usted.

-Sí… También… He estado recibiendo cartas de alguien. No sé quién es, no sé si sea una broma pero, esas cartas me hacen sentir bien. Cada noche que las leía, dormía con una sonrisa. Soñaba con que fuera alguien que me amara tanto como lo describía, y me sentía tonta porque podía ser todo una mentira. Eran palabras tan dulces que… me costaba obviarlas.

-¿Tan dulces como la miel de la primavera? ¿Tan exquisitas como el olor de un perfume de rosas? ¿Tan misteriosas como una luna tapada por las nubes en una noche de amor apasionado?

Zelda había escuchado todas esas frases en alguna parte… De inmediato, algo se resolvió en su mente. Todo eso lo había leído en las cartas. ¿Acaso…?

-Señor Link… ¿esas cartas son suyas?

-Todas y cada una de ellas.

-¿Cómo…?

-Desde que la conocí me pareció una mujer hermosa. Dulce a pesar de su semblante serio, con un andar exquisito que dejaba una estela de ese perfume que siempre usa y misteriosa en todo su ser como la cara oculta de la luna. Me cautivó su inexpresión porque sabía que había mucho por descubrir sobre usted, que había algo más allá de lo que usted deseaba que los demás viéramos y cuando… cuando todos me hablaban de lo alegre que era de niña, quise conocerla más… y no estaba equivocado. Usted no es así de seria.

-…No… no lo puedo creer…

-¿Le decepciona saber que era yo?

-No… en lo absoluto. Bueno sí. Nunca pensé que un soldado…

-¿Pudiera escribir cosas como esas? Debo confesar que me gusta mucho la poesía, soy muy distinto de los demás, sabe.

-Es que… yo intenté averiguar quién las enviaba y… sospeché de usted así que revisé el juramento que escribió el día en que comenzó a trabajar para mí y la letra no era la misma.

-Es que mi letra como notó, no es muy buena que digamos. Le pedí el favor a una sirvienta muy confiable que las escribiera para mí y le agradezco mucho, especialmente porque supo guardarme el secreto.

-Señor Link…

Zelda no podía contener más la felicidad que le causaba saber que el remitente de las cartas que la ilusionaron tanto era Link. Siempre le habían atraído esas sonrisas tan simpáticas que le daba y quiso saber más de él, aunque jamás se lo permitió. Ya se había percatado antes que su capitán de guardia no era como los otros soldados, pero no imaginó que fuera tan sensible y delicado. ¿Podría pedir algo más en él?

-Mi princesa… la amo.

-Link… yo también.

Él la tomó por la cintura y la acercó con suavidad. La besó con todas las ganas que tuvo desde la primera vez que fijó su mirada en los tiernos labios de su princesa. Fue un beso tan dulce que pudo haber durado una eternidad de haber sido posible. Ambos se deleitaban en la boca del otro, nunca habían experimentado un beso de esa manera tan íntima, que decía te amo, te entiendo, te cuidaré y no me separaré jamás de ti. Las palabras sobraban en aquel momento tan mágico y único en sus vidas.

-Zelda… ¿no le molesta que la llame así?

-Llámame cómo quieras.

-Zelda, te amo y te juro que así será para siempre.

-También siento lo mismo, aunque nos hayamos conocido de una manera tan inusual.

-¿Tú a través de cartas y yo a través de lo que me contaban tus sirvientas? Es cierto, es inusual, pero ¿sabes? No siento que nada de lo que me dijeron es mentira.

-Tampoco siento que seas diferente de tus cartas.

Link la abrazó y le acarició el cabello suavemente. En ese momento, se escuchó ruido afuera. Posiblemente ya habían llegado a ayudarlos.

-¿Princesa está bien?-era la voz del alcalde.

-¡Sí señor! Estoy bien.

-Espere unos minutos ya la sacaremos.

Tal cual lo dijo, en unos quince minutos ya estaban fuera, contentos. El alcalde se disculpó por lo ocurrido, definitivamente fue mala idea dejar a la princesa en una cabaña situada en una hondonada, en tiempo de invierno. Zelda le dijo con amabilidad que no se preocupara que son cosas que pasan y después de arreglar todo, se dispuso a regresar a su castillo como una princesa totalmente diferente a la que era antes.

En dos días estaba de vuelta y bajó del carruaje feliz acompañada del hombre que amaba. Impa, que fue la primera en verla se sorprendió de su actitud.

-¡Impa! ¡Me siento tan feliz de verte!- exclamó abrazándola fuertemente.

-¡Señorita Zelda! ¡Qué le ocurre!

-Nada, que estoy muy feliz ¿no puedo estarlo? Me he dado cuenta que la vida es más que sufrir. Aunque el dolor nos acompañe, hay que aprender a ver las cosas hermosas de la vida y dejar guardado lo que no nos hace bien.

La anciana estaba confundida y le dirigió una mirada a Link, quién le devolvió una picaresca sonrisa que tampoco entendió.

-Bueno, me debe una explicación princesa. Entre.

Entraron y se relajaron del arduo viaje.


Un mes había pasado ya desde entonces, y el castillo había cambiado su cara por completo. Todos estaban más alegres y la princesa se paseaba por doquier como lo hacía de niña, sólo que esta vez iba siempre seguida de su ahora prometido, Link, que cuidaba que no se fuera a lastimar entre sus inquietos andares por todas partes. La diferencia era radical, si bien Zelda se ocupaba muy bien de sus asuntos reales, era una muchacha muy feliz, así como la recordaban todos antes de los infortunados sucesos con el rey y la reina. Mandó a colocar los cuadros de sus padres de nuevo en la sala del trono, podía mirarlos y pensar que estaban en un lugar mejor en vez de sentirse abandonada y sola. Ya no estaba más sola, ahora tenía a Link que la amaba con devoción, a sus servidores que la adoraban como nadie y a todo su reino, que se alegraba de su próximo casamiento y la apoyaban en lo que podían, eran personas muy buenas. Lo único que Zelda lamentaba, era haberse perdido de aquello tanto tiempo, pero ahora que lo tenía jamás lo dejaría ir.

Zelda subió a la torre más alta del castillo donde hace unos meses miraba las montañas nevadas y frías y pensaba cómo Link había cambiado su vida.

-Link, muchas gracias por llegar a mí.

-Agradéceselo a las diosas que nos juntaron.

-Cada uno de mis días lo hago. Mira, las flores están empezando a crecer de nuevo. El invierno está terminando. Por más que amaba la nieve… nada se compara como un verde campo en el cual corretear y sentir el perfume de la naturaleza viva.

-Sólo hazlo con cuidado porque no quiero que te pase nada malo.

-¿Quién es el serio ahora, eh?

-No es seriedad, es cordura, cosa que tú has ido perdiendo poco a poco.

-¿De qué hablas? Yo soy una mujer muy seria y recta.

-¡Cómo no!… Te amo Zelda.

-También te amo Link, y no puedo esperar para el día de nuestra boda.

-Ni yo tampoco…

Y con un tierno beso sellaron una vez más la promesa de amor eterno que se juraban cada mañana al salir el sol y cada noche antes de ser arrullados por las estrellas del cielo que se regocijaban de la alegría de los enamorados.


Y el fin n.n Espero de verdad que les haya gustado esta historia :D Gracias por pasarse por mi fic 3