George
Entró con sigilo en la cocina, por si había alguien. Debía ser una sorpresa para mamá. Se escuchaba a los chicos jugando al Quiddich a lo lejos, mientras la gotera del fregadero caía como siempre, monótona y regularmente, sobre la misma zona que hacía 19 años, cuando ella llegó envuelta en una mantita rosa del hospital, y todos pensaban que la mantita sería azul.
Subió escandalosamente la escalera debido a sus altos tacones, y entró en la salita, pequeña y acogedora, de la peculiar casa de los Weasley. Allí miró los marcos de fotos y de dibujos de los chicos cuando eran pequeños. Entonces descubrió en un rincón todos sus dibujos de cuando era pequeña, su primer viaje en escoba plasmado en una foto en movimiento muy bonita y sus premios académicos colocados en una vitrina. Ginny sonrió de satisfacción, y su hoyuelo, el que sabía desde pequeñita, asomó por su moflete. Se sentó en el sofá, hundido por la parte en la que su padre siempre solía sentarse, y le llegó el olor característico y familiar a humedad, tan agradable para ella ahora que vivía lejos y apenas podía visitar a sus padres y sus hermanos. Observó la chimenea, donde ya no había leña, pero aun brillaba un poco el color verde de las llamas de los polvos flú, así que supuso que sus padres se fueron a las compras del callejón justo cuando ella entró en la casa. Le dio un poco de pena, pero decidió que esperaría, y se quedaría haciendo el almuerzo si era preciso.
Miró por la ventana, observando a los chicos jugar a un uno contra uno, en el cual obviamente ninguno de los dos ganaba ni perdía, puesto que o hacían trampas o no los contaban porque se les olvidaba de repente. Estuvo mirando buen rato por la ventana, estudiando los movimientos de las espaldas de sus gemelos, sus reflejos de golpeadores, su poca agilidad para el regateo y su gran destreza para la localización de la única bludger que había suelta por el campo de los manzanos, aunque un poco lenta igual de peligrosa que cualquier otra. Al final subió un poco la vista y, encima de la ventana, observó los títulos oficiales de la tienda de sortilegios Weasley, cerrada hacía 3 años para abrir unos grandes almacenes, debido al grandísimo éxito que sus bromas tenían, e incluso habían hecho que la tienda del doctor filibuster cerrara sus puertas por quiebra. Les dio mucha pena, pero, tal como ellos dijeron cuando el señor filibuster huyó con sus cuatro túnicas de los empleados para empeñarlas: "el dinero no crece en los árboles, si la competencia te aplasta, o lo aceptas, o te vengas". Días después encontraron la fachada de su tienda pintada con spray de graffiti mágico, que brillaba con los colores del arco iris y que rezaba: Weasley apesta. Afortunadamente, hacía unas horas que habían terminado de mudarse.
Escuchó como los chicos entraban en la cocina y asomó la cabeza.
-¡Gin! –gritó George, con sus dedos amoratados y su sonrisa más amplia que nunca-.
-¿Que haces por aquí? ¡Estaba deseando ir a verte hermanita! –dijo con entusiasmo, pasando una mano por el cabello de su hermana y despeinándola, como antaño-.
-Me dijo mama que habías vuelto de las vacaciones con Charlie, ¡y dentro de unas semanas me iré yo a visitarle!-contestó entusiasmada-. Ya lo estoy esperando con impaciencia.
-Sí, pero antes tendrás que esperar a que vuelva yo, que me voy mañana –dijo Fred, entrando por fin en la conversación-. ¿Que pasa, hermanita? –Dijo dándole un beso en la mejilla-. Espero que estés a gusto, porque hoy queríamos que te quedaras a comer los deliciosos manjares que nuestro querido hermano George nos ha traído de parte de nuestro hermano Charlie de Rumania, ¡junto con una foto adjunta!
-Si, esas rumanas vuelven loco a Charlie –dijo con malicia en los ojos señalando a tres chicas rubias rodeando el cuello de su hermano mayor en una foto movible-.
-Definitivamente tenemos un ligón afortunado en la familia –dijo sonriendo la pelirroja-. Por cierto, ¡oléis como carne de dragón podrida! ¡Iros a duchar ahora mismo! –Ordenó con su autoritario tono de madre Weasley-.
-De acuerdo, ¿subes tu primero, Fred? –Preguntó George, con una sonrisa traviesa-.
-Bien, y mientras, ¿porque no subes a enseñarle a Ginny tu cuarto, en su antigua habitación? –Preguntó con picardía-.
-¡¿Me has quitado mi habitación?! –Gritó Ginny con sorpresa y un poquitito de molesta-.
-No me mires así –dijo subiendo las escaleras con ella y su hermano gemelo-. Es que, como nos faltaba espacio y tu vives en la casita nueva, pues…
-Vale, te lo perdono ¡pero si me lo enseñas todo! –Dijo dándole un beso de despedida a Fred, quien ya había llegado a la 3ª planta, la del cuarto de baño-. Quiero ver tu cama nueva y como lo has decorado. Espero que nada de los Chudley Cannos –dijo ella, con repugnancia-.
-Bueno, pues aquí está –dijo mirando al frente, donde antes había un cartel de "no pasar, Ginny estudiando" colgado en la puerta que antes era también de un color rosa chicle muy agradable-. Nada de Chudley's. Mamá quería que conservara el color de la puerta, porque le recordaba a ti.
Ahora, la puerta era como todas las demás, una puerta. Al abrirla, se toparon ambos de frente con la cama, que tenía una altura de un metro y algo de alto, con una pequeña escalera para subir, y bajo el hueco un colchón con muchísimas probetas encima, con calderos del numero 2 y 5. Bajo estos, un montón de libros de pociones peligrosas y experimentos de brujos que se convirtieron en famosos por sus excentricidades. A la derecha, donde Ginny tenía puestos sus pósters de los jugadores de Quiddich más guapos del momento, se hallaba un cartel de la semana loca de los grandes almacenes de los sortilegios Weasley, y una rana en un bote que Ginny sospechaba que era el sapo de Ron cuando era joven. También había pósters de equipos de Quiddich que ella nunca había escuchado nombrar pero que, por las fotos, se veían un poco antiguos, aunque sospechaba que el libro "el gran diccionario del Quiddich" tenía algo que ver con eso. Las cajas de los experimentos para llevar a práctica estaban arrinconadas al fondo, a la izquierda, mientras que los ya probados para la tienda se situaban en la otra esquina-
-Bueno, ¿no me vas a decir porque cambiaste tu y no tu queridísimo Hermano? – Preguntó con una sonrisa, pero al ver a su hermano con una media sonrisa lasciva, sospechó estúpidamente que su hermano ya había previsto aquella visita-.
-Porque pensar en ti me hace imaginar cosas, Ginny… -ronroneó en el oído de su compañera-. Cosas muy poco inocentes para saber que eres mi hermana pequeña –añadió con lujuria desmedida en sus palabras-.
-¡George! Espero que sea una de tus bromas –dijo riéndose al subir a la cama de metro y medio, probando el colchón de espuma que, dedujo, era el mismo que usaba ella cuando vivía allí-. Veo que papa y mama no te han cambiado el colchón, como no –rió-.
Notó una presión en la muñeca y encontró su cara frente a frente con la de George, con una mirada que casi rozaba lo perverso.
-Eres ya muy mayor para no entender lo que te estoy confesando, Gin –dijo recalcando su nombre-. A lo mejor no has hecho nunca nada con un hombre de verdad… y te estoy ofreciendo probarlo –dijo señalando su cuerpo con la otra mano de arriba hacia abajo-.
-Suéltame, George –dijo con calma. Había cometido ya aquel error con Ron y no pensaba hacer lo mismo con George, que era mayor que él y, según notaba su cadera contra su hermano, mucho más hombre-.
-No quiero –replicó, y el chico reaccionó apretándola contra él-.
Ginny le dio una bofetada que sonó por toda la escalera.
-¿Por que mierda lo has hecho, Ginny? ¿Es que… -susurró, acariciando a Ginny por la entrepierna- no sabes lo que va a desencadenar tu ridículo bofetón? –Dijo con lujuria, paseando su lengua por los carnosos y rojos labios de la joven-.
No quiero, por favor, George, Déjame… -forcejeó, notando la respiración entrecortada de su hermano sobre su cuello-. Por favor…
-No, Ginny… -zarandeó el brazo de su hermana y, con un movimiento un poco brusco, la estrelló contra la cama de madera por la parte de detrás. Ahí la inmovilizó y, lentamente, comenzó a frotar su miembro por las nalgas de su hermana, mientras esta iba desesperándose por momentos.
-¡George, no quiero! ¡Déjame! – se quejó, aunque no tan fuerte ni tan convincentemente como antes. Su hermano le tapo la boca con la mano libre-.
-Cállate–susurró-. ¿Acaso crees que Ron no nos ha contado nada? –Preguntó con sarcasmo-. Aunque prometa muchas cosas, acuérdate de que tu hermano Ronald es un bocazas, y gracias a eso vas a poder probar a tu hermano mayor… y te gustará, créeme, porque yo te estoy deseando desde hace muchísimo tiempo… -concluyó, alargando la mano mas allá de la minifalda a cuadros que llevaba Ginny, que usaba para ir al trabajo-. Estás mojada… -suspiró, llevando la mano hacia arriba y observando el líquido de su hermana entre sus dedos-. Al final resultarás más fácil de lo que yo me imaginaba.
-No toques, por favor no toques… -gimió sin convicción-.
-No te niegues o será peor… -dijo el muchacho, aventurando una mano por debajo de la falda y dentro de sus braguitas blancas-. Oh, dios mío, eres más morbosa de lo que me había llegado a imaginar…
-George, por favor, no debemos, no me obligues –dijo Ginny con tristeza. Era verdad que no debía, pero sí quería hacer algo con su hermano-.
George bajó poco a poco hasta encontrar su cara con las nalgas de Ginny, quien inconscientemente dejó que las abriera para poder llegar mejor hacia sus braguitas. Eran sencillas, blancas, de algodón. Esto excitó más aún a George, cuyo pene completamente erecto sobresalía incluso de sus pantalones hasta casi la altura de su ombligo.
Una vez allí, bajó hacia las piernas de su hermana, y oliendo su aroma a mujer, retiró las braguitas hacia un lado, e introdujo su lengua en la cavidad. La chica de ojos marrones gimió inconscientemente, mientras el dedo del joven acariciaba su clítoris suavemente, notando a su vez los espasmos de placer de su hermana. Ella agarró los cabellos de su hermano con una mano, en un intento inútil de su fuerza de voluntad de separar su cabeza de entre las piernas, pero no lo consiguió obviamente, puesto que la idea le entusiasmaba. El chico lamió con entusiasmo, acarició con los labios cada parte de su piel, de sus muslos, de su humedad, mientras desesperadamente introducía dos dedos en la cavidad de su hermana, notando la textura de su interior y disfrutando del momento. Pronto su hermano se retiró, con el pensamiento de dejarlo como solo un juego, pero la mano de Ginny aferrada a sus cabellos le detuvo.
-Mas… –pidió esta vez Ginny, avergonzada por su atrevimiento-.
-¿quieres más? –Preguntó momentáneamente sorprendido desde debajo de ella-. Tus deseos son órdenes para mí… -comentó perversamente, aupándose y subiéndola en brazos hasta el borde de la cama. Allí bajó sus braguitas y comenzó a lamer su clítoris con velocidad, haciendo que ella inclinara su frente perlada en sudor hacia detrás, gritando suave de placer. Un tercer dedo se aventuró en compañía de los otros dos y Ginny jalaba de los cabellos pelirrojos del chico que jugaba con su lengua en el interior de su vagina. Ambos estaban excitadísimos en ese momento, y Ginny bajó de la cama para desabotonar la túnica de George y notar su erección sobre los bóxers negros a conjunto con su túnica de trabajo, y los bajó para por fin observar con plenitud su grandísimo pene, imponiendo su virilidad.
Ginny no aguantó más e introdujo la erección en su boca con rapidez, lamiéndola desde su base y entreteniéndose en la punta, notando como su hermano no se esperaba tal reacción y soltaba un gemido apenas audible desde su posición. Succiones, gemidos y movimientos circulares con su lengua se fusionaban en una boca demasiado pequeña para la talla, aunque no por ello menos experta en dar placer. George casi perdió el equilibrio de la sorpresa, pero pronto enredó sus dedos en los cabellos de ella para empujar con su mano hacia dentro, casi ahogando a Ginny. Esta, sin embargo, no paró de lamer con lujuria, mirando con ojos deseosos hacia arriba, hacia los ojos verdes que deseaban más que mirar. Aun así, no hizo nada en ese momento, y Ginny comenzó a masajear con un dedo los testículos, grandes y pesados, del hombre que estaba de pie con la túnica subida y los bóxers bajados, notando como cada vez se ponía más firme dentro de su boca, como con cada lengüetazo gemía más fuerte.
-¿Te gusta, George? Esto es lo que ocurre cuando me provocas –dijo succionando ligeramente el tronco de su erección, provocando un escalofrío en la espalda de su hermano-. ¿Quieres que siga? ¿Que es lo que quieres? –Preguntó, desabotonando su ceñida camisa blanca de trabajo, dejando ver una talla 100-, ¿Quieres esto? –Preguntó con malicia-. Pienso seguir hasta que termines en mi boca…
Volvió a la carga con el miembro del pelirrojo, más duro y grande que nunca, y mucho más ancho, y comenzó a moverse con peligrosa rapidez, haciendo que sus pechos botaran con cada movimiento hacia delante y hacia atrás, observando a su hermano, sin dejar de mirar sus ojos, su cara. Le gustó ver como cambiaba sus gestos, como cada vez gritaba mas, empujando hacia su garganta, tirándola del pelo cuando mordía, disfrutando de la suavidad de su lengua. Entonces Ginny pensó que aquel entusiasmo era excesivo incluso para tratarse de su chica fetiche, y paró por un momento mirándole inquisitivamente.
-Es la primera vez que te hacen esto, ¿verdad George? –Insinuó, mirando la cara descompuesta de placer de su hermano-.
-Si… quería que tu fueses la primera en hacerlo, aunque nunca pensé realmente… –murmuró con voz ronca, agarrándola aun más fuerte del pelo-.
Sujetó la cabeza de su hermana firme contra su mano, y comenzó a mover las caderas dentro de su boca, cada vez mas rápido, cada vez mas brusco, hasta que Ginny consiguió soltarse y siguió chupando al mismo ritmo impuesto por el chico, saboreando el pre semen en su boca, amargo pero no desagradable, hasta que notó como algo explotaba en su boca, y la abrió de par en par para recibir aquella lluvia, relamiendo sus labios de gusto, mientras su hermano observaba excitadísimo como se lo tragaba todo, poco a poco.
-Ahora, Ginny… prepárate –dijo levantándola de la camisa-. Quiero tus pechos… -exigió, rompiendo dos botones de arriba de la camiseta, y viendo como los grandes pechos de Ginny entrechocaban debido a su tamaño. La colocó mirando hacia la cama, apoyada en ella, y abrió sus piernas para penetrarla bruscamente. Ginny nunca había hecho tal cosa en una postura de pie. A lo mejor fue por eso que al principio le dolió un poco.
-George, me duele… se quejó-.
-¿Crees que me importa? –Preguntó, empujando con fuerza sus caderas-.
-¡Ah…! Es en serio, George, ¡me duele! –gritó, intentando zafarse-.
El ojiverde decidió no escuchar a la chica, que desesperada intentaba quitarse de debajo de su hermano, y lo único que consiguió fue que moviera mas brutalmente sus caderas, haciendo que empezara a notar como el dolor desaparecía, y notando como su flujo comenzaba a mojar un poco parte de sus muslos. La agarró de las caderas y la empujó una y otra vez contra el, tal vez por cansancio, y la hacía notar como de grande podría llegar a ser dentro de ella, como de profundo podría hacerla llegar, y escuchando a la pelirroja gemir y gritar, manifestando su agrado. Comenzó a besar su cuello, mordiendo con muchísima fuerza, aumentando la velocidad, disminuyendo un poco la brutalidad de sus actos, convirtiendo los movimientos en regulares. Acarició los erectos pezones de la chica, que notaba pequeños para el gran tamaño de sus pechos escondidos aun en su sujetador negro, y eso le impulsó a masajearlos con ansia, pellizcándolos a veces, deseando morderlos y chuparlos. Estos deseos incontrolables le llevaron a dar la vuelta a su hermana y sentarla sobre la cama, abrió las piernas de ella y pudo ver como dicha zona estaba roja de la penetración por la cavidad y los muslos en la parte interior. Excitado, entró de nuevo en ella, mientras la chica de ojos marrones rodeaba con sus piernas la espalda del chico para no caer. Él aprovechó para llevar la boca a sus pechos, mordiendo los alrededores, la punta erecta de sus rosados pezones, mirando con placer sus pecas, masajeando con las manos. Ginny acariciaba instintivamente su clítoris, ansiando un orgasmo un poco tardío.
-Aun no, hermanita… -dijo George, quitando la mano de la chica de su clítoris-. Aun queda mucho que hacer –sonrió, aunque observando cómo su hermana se arrodillaba en el suelo a cuatro patas-.
-George, quiero que lo hagas desde atrás –dijo entre respiraciones entrecortadas, acariciando su humedad e insinuándose abriendo las piernas-. Y quiero que termines de nuevo en mi boca… -finalizó, lamiéndose de nuevo los labios-. Por favor…
-un placer –aceptó con lujuria el pelirrojo, mirando como su hermana pequeña parecía, roja y sumisa, sacada de sus sueños mas mojados-.
George se arrodilló también, y comenzó a moverse con normalidad, notando las tiernas nalgas de la chica chocar con sus testículos, estimulando su clítoris con un dedo y acariciando su espalda con la otra mano, intentando quedarse en ella con la esencia de su hermana, pudiéndola tener de nuevo mas adelante. Una voz interrumpió sus movimientos:
- Ya queda muy poco…
George miró a su hermana con curiosidad, agarró sus hombros y embistió rapidísimo y con mucha convicción, acariciando también de vez en cuando su clítoris, para que ella pudiera llegar antes que el al orgasmo, tal como terminó ocurriendo. Ginny gritó con entusiasmo y placer, mientras George salía del interior de su hermana y embestía también sobre la boca de ella, quien ayudada con su mano esperaba pacientemente, con las mejillas sonrosadas y el pelo revuelto. Notó como la erección de su hermano se quedaba de nuevo dura, como antes, y abrió la boca volviendo a esperar a que el semen de su hermano la llenara por completo, notado también el amargor tan intenso de este segundo asalto. Aun así, su hermano alcanzó su boca, para limpiar con su mano los restos de alrededor de sus labios.
-Ginny… -susurró George-.
-No sabes que decir, ¿verdad? –preguntó ella, subiendo sus braguitas algo turbada-. Pues no digas nada, porque a mí me ha encantado y cualquier cosa que digas me hará sentir culpable –le regañó seriamente-.
-No es eso… ¿Y Fred? ¿Y tus gritos? Nos habrá escuchado, seguramente –explicó el-.
-Bueno, pues se niega –dijo con naturalidad ella-. Digámosle que me he caído, o que una poción acida se me ha derramado encima, o yo que sé, piensa tú en algo, rey de las excusas…
Escucharon pasos por debajo de las escaleras, y vieron pasar de refilón a su hermano Fred, con una sonrisa de bobo pintada en los labios y con un vaporcillo subiendo por su cabeza.
-Ahí tienes al espabilado, Ginny –bromeó el chico, terminando de abrochar de nuevo su túnica-. Me voy a ducharme, si no te importa.
-¡George! –Dijo Ginny antes de que su hermano saliera de la habitación-.
-¿Que quieres ahora, Gin? –preguntó, cansino, girándose-.
-Te olvidas de esto –dijo levantando con un dedo los calzoncillos-. ¿Me los puedo quedar? –preguntó con picardía. Se Había quedado con los de Ron después de todo, así que podrían quedarse también los de su otro hermano-.
-Claro –sonrió el gemelo-. Cuídalos bien, mi pequeña pervertida.
