El dulce sabor del recuerdo
DISCLAIMER: No poseo los derechos de ninguno de los personajes ni del universo de Hey Arnold!
Creditos de la imagen de portada a Loredanneg.
Un agradecimiento especial mi beta reader que hace que esta historia sea más especial.
Capítulo II
Nunca había sido capaz de adaptarse a nadie, y si lo hizo alguna vez, fue solo por un tiempo.
Él fue un niño tardío.
Sus padres habían perdido la esperanza de tener un hijo y ya se habían retirado cuando su madre se quedó embarazada de él.
Al ser un hijo de padres mayores le costó mucho socializar con otros niños. Sus abuelos estaban muertos, sus padres no tenían hermanos y tampoco había primos lejanos o algún otro pariente a la vista.
Así que solo fueron sus padres y él viviendo en las afueras de la ciudad hasta que tuvo la edad suficiente para poder ir al preescolar.
En cuanto cumplió cuatro años, sus padres vendieron la casita que habían comprado con sus ahorros de toda la vida para cambiarla por un viejo y destartalado departamento en uno de los suburbios de la ciudad de Hillwood. Él no se sentía feliz de dejar los juegos de madera que su padre había puesto en el jardín o las flores que su madre siempre plantaba, pero en cuanto llegaron a la ciudad, logró sentirse entusiasmado por primera vez del cambio al ver a más niños con los que sus padres le prometieron que podría hacer amigos y jugar.
El lugar al que llegó no era bonito o grande como su antigua casa, y lo peor era que ahora sus padres estaban constantemente ocupados para pasar el tiempo juntos. Su papá ya no estaba todo el día en casa trabajando en su huerta (aunque tampoco tenían una) y su madre arreglaba ropa para personas a las que no conocía, pero a pesar de los cambios, siempre tuvieron tiempo para contarle un cuento y arroparlo antes de ir a dormir.
El verano era caluroso y seco, sin ninguna brisa o sombra de los árboles que sirviera de consuelo. El sonido de los grillos fue reemplazado por el claxon de los automóviles, el pasto fresco por cemento seco y había días en el que el cielo era gris, pero no llovía.
Con el avanzar del tiempo sus padres estaban cada vez más ocupados. Muchas veces encontró a su madre zurciendo a altas horas de la noche, y cuando le preguntaba por qué trabajaba tanto, ella solo le sonreía y lo llevaba a la cama después de darle un vaso de leche.
Pronto llegó el primer día de escuela. Sus padres le habían comprado un montón de cosas nuevas. Estaba feliz. Se sentía expectante con la idea de compartir con otros niños por primera vez, o eso creía hasta que llegó al que sería su preescolar.
El lugar era bonito.
Las paredes eran rojas, el techo azul, las puertas de cristal y al llegar le habían tomado una fotografía con un cartel brillante. Lo malo era que esperaba ver más niños, pero no tantos. Se sintió intimidado por ver tantas caras nuevas en ese lugar, y no fue solo eso, sino que en ese momento sus padres le dijeron que tenía que quedarse solo en ese lugar.
Nunca había estado sin sus padres antes. Ya no le gustaba eso de ir a la escuela, ya no quería conocer a otros niños y mucho menos pasar el tiempo que podía estar con su mamá en casa con otras personas a las que no sabía si les caería bien.
El pequeño chico se aferró con fuerza a las faldas de su madre con temor.
—¿Qué pasa, Brainy? —preguntó la desconocida a la que su mamá le había presentado como su maestra.
Sin embargo, el niño pálido de gafas no respondió y su único movimiento fue ocultarse de la mujer con el inocente pensamiento de que, si no lo veía, no tendría que quedarse en ese lugar.
—Lo siento, señorita Graham. No sé qué le pasa —se disculpó rápidamente el padre del niño—. Le puedo asegurar que estaba muy entusiasmado en venir a clases.
—No se preocupe, señor…
—¡Helga, trae tu trasero para acá en este mismo instante! —la voz gruesa de un hombre interrumpió la conversación.
—¡Ya voy, Bob! —respondió la dulce voz de una niña solo un par de segundos después.
La maestra negó repetidamente antes de hablar.
—Discúlpenme, señor y señora… —La mujer frunció el ceño ante el nuevo grito del hombre—. Espérenme un momento, ¿sí? —Aunque antes de que cualquiera de los padres de Brainy pudiera decir algo, la mujer se dirigió a donde se encontraba el hombre gritando por tercera vez.
Él daba miedo, fue el pensamiento del niño al ver a ese hombre gritar y así se lo hizo saber a sus padres.
—No te preocupes, querido Brainy —consoló la mujer acariciando el cabello corto de su hijo—. Todo estará bien.
—Escucha a tu madre, hijo —El hombre también acuclillándose a la altura del niño—. Aquí aprenderás muchas cosas y tendrás amigos con quién jugar.
—Pero…
Brainy vio a lo lejos a una niña rubia, de más o menos su misma edad, llegar a donde estaba la maestra y el hombre que gritaba.
Brainy no alcanzaba a oír todo lo que ellos hablaban, pero sí alcanzó a escuchar que esa niña llamaba papá al hombre grande. ¿Cómo podía ser posible que ese fuese su padre? se preguntó curioso.
La maestra le dijo algo al hombre y este parecía un poco arrepentido, según pudo notar, y luego le ofreció su mano a la chica para entrar en la casa de ladrillo rojo.
—¿Ya estás listo para ir, Brainy?
El chico volteó el rostro para ver a la maestra que nuevamente se había acercado a ellos. No quería alejarse de sus padres, sin embargo, la curiosidad por ver a dónde había entrado la niña de pelo rubio y su aterrador padre llamó su atención, y por eso tímidamente el niño asintió, para gran alegría y alivio de sus padres.
Caminó junto a la mujer hasta que entró al mismo lugar y pudo ver nuevamente a la niña, pero en esta ocasión, ella estaba frente a los otros chicos. Ella estaba asustada. Podía reconocer el mismo miedo que él sentía al estar por primera vez lejos de sus padres.
Ella tenía tanto miedo, más era tan valiente mientras se enfrentaba sola a sus compañeros.
En ese momento, Brainy no pudo evitar sentirse enamorado por la valentía de Helga. Deseó algún día poder ser como ella, enfrentarse a todo y a todos con la misma determinación con la que hacía esa chica o por lo menos descubrir su secreto para lograr que el mundo se moviera a su compás, pero por más que la siguió y aunque fue golpeado una y otra y otra vez no pudo descubrir cómo hacía que los otros niños la siguieran.
Mientras intentaba ser como alguien, y sin casi darse cuenta, se armó un grupo que giraba en torno a dos astros solo comparables al sol y la luna, solo que estos astros podían ser tanto el sol brillante, cálido y energético o calmados, hipnotizadores y tranquilizantes como la luna.
Ambos podían llegar a ser tan inocentes como traviesos.
Ambos eran tan positivos como pesimistas en diferentes circunstancias.
Ambos podían ser tan pacientes como un monje meditando en el Tíbet o tan impaciente como el mismísimo demonio de Tasmania.
Ellos eran el Ying de su Yang y el Yang de su Ying.
Eran un extraño equilibrio que sorprendentemente funcionaba y que hacía que el mundo girara próspero para el resto.
Cuando por fin se percató de todo eso, ya era muy tarde para buscar su lugar y solo le quedó ser renegado a las sombras, donde rara vez fue notado por los otros. Así que, sin otra opción, intentó buscar su propia identidad entre los fenómenos, aunque ni siquiera eso duró lo suficiente debido a que sorpresivamente uno de los eslabones más inesperados de la pandilla fue reducido a su misma condición, o casi porque también comprendió que nunca sería como ellos, porque gracias a Rhonda Wellington Lloyd y sus gafas nuevas, se dio cuenta de la gran brecha que los separaba con los otros.
Después de la disolución del grupo de fenómenos, él seguía siendo tan invisible como siempre lo había sido, sin embargo, aún quería ser tan valiente como Helga, así que pensó tomar eso como una ventaja. La invisibilidad sería su súper poder. Y ese "poder" le dio la oportunidad de observarlos, de mezclarse como un peón y por sobre todo estar más cerca de su amada, o así fue hasta que por esos motivos de la vida (o Dios castigándolo por querer algo que no le pertenecía) fue cambiado a otro salón a principios de quinto grado.
Pero el destino también podía ser bastante retorcido, como mencionaban algunos de sus poemas favoritos, y desde hoy sería reincorporado a la clase del señor Simmons.
Hoy sería el primer día del resto de su vida.
Menos de un minuto pasó desde que el señor Simmons había entrado al salón. Fue extraño para todos verlo entrar y decir un simple "Buenos días" y luego permanecer en silencio apoyado contra su pupitre mientras miraba al suelo como si no supiera por dónde comenzar a hablar.
—Chicos, hay algo muy importante que necesito hablar con ustedes.
Por algún motivo, siempre escuchar esas palabras fue sinónimo de incertidumbre y aprensión para las personas receptoras del mensaje, sin ni siquiera conocer la razón de la charla bajo la repentina ansiedad que se había instalado en el estómago de los preadolescentes.
—Sé que lo que pasó hace un par de lunes atrás es algo que no olvidaremos por un buen tiempo o quizás… nunca —El maestro de quinto grado miró a los rostros de cada uno de los estudiantes que fueron partícipes de la inmerecida venganza—. Por eso quiero pedirles disculpas por la situación en la que se vieron involucrados.
Los niños se miraron confundidos por las palabras del maestro.
—¿Por qué, señor Simmons? —preguntó Nadine—. Nosotros fuimos quienes ideamos ese plan sin pensar en nada más que darle su merecido a Helga.
El maestro bajó la mirada unos instantes antes de responder sopesando sus opciones. No quería hacer sentir más culpables a esos chicos, no obstante…
—Porque esto no hubiera pasado si les hubiera dicho la verdad desde un principio sobre el incidente de la salsa picante.
Arnold, que había estado apoyando la cabeza sobre sus brazos, se irguió rápidamente al escuchar esas palabras e inmediatamente recordó la sensación de que algo no cuadraba con respecto a la fechoría de la que Helga había sido acusada; la gatillante de toda esa mala situación.
El murmullo hizo eco en la sala.
—¿Qué verdad? —preguntaron algunos niños al unísono sintiéndose completamente confundidos.
La psicóloga miró a Helga, quien se encontraba recostada sobre el sofá en un silencio casi sepulcral. Ella solo entró murmurando un saludo muy cordial para luego acomodarse en la posición que ahora estaba sin darle algún indicio de querer charlar o decirle lo que estaba sintiendo.
Podía entender que la mente de Helga era un completo caos en este instante, ya que el único entorno confiable y constante la había dañado en uno de sus momentos más difíciles, y eso le preocupaba en demasía porque, y a pesar de que no habían compartido tanto, apreciaba mucho a la preadolescente; diría que más que a cualquier otro paciente que alguna vez pasó por su consulta.
Y si bien Helga no era la única niña descuidada con exceso de ira con la que trabajaba, tampoco era a la primera que citaba por tener una conducta agresiva con otros niños, y ni siquiera podía definir el acoso al que sometía a Arnold como un caso fuera de lo común (exceptuando el peculiar altar de goma de mascar usada).
Sin embargo, sí podía afirmar que había algo en ella, algo único, que ni la fachada mal humorada era capaz de ocultar, y eso era su carisma. Helga tenía una luz especial que atraía irremediablemente a las personas a su alrededor y que estas no pudieran guardarle rencor por mucho tiempo.
Eso último lo descubrió gracias a el día que pasó observándola, y las múltiples charlas telefónicas que había tenido con su maestro de cabecera, porque para ser una persona que se había propuesto ser una abusiva con sus compañeros, pasaba mucho tiempo compartiendo con ellos; cosa que no era tan común en los matones escolares.
Por lo regular, un niño abusivo dominaba al resto haciendo uso, mayormente, de su fuerza física, y aunque Helga era una chica fuerte (a pesar de su apariencia) no vio ese tipo de miedo en sus interacciones. También sabía que ella siempre intentaba cumplir las normas de la escuela (incluso fue la mejor prefecta por un tiempo), su rendimiento académico estaba por sobre la media y por sobre todo no era indiferente a las consecuencias de lo que podían provocar sus actos.
Por supuesto que no iba a negar que podía llegar a tener una muy mala actitud hasta el punto de ser grosera, pero independiente de eso o de los problemas hogareños que enfrentaba diariamente… Helga era una chica bastante equilibrada, un poco obsesiva y excesivamente apasionada, pero lo más importante de todo era que ella estaba plenamente consciente de sus propios defectos.
Hablar con el señor Simmons no solo fue muy revelador sobre Helga, sino que también le sirvió para conocer el entorno escolar en el que la niña pasaba una parte importante de sus días y descifrar si este alentaba de alguna manera sus tendencias agresivas, aunque gratamente descubrió que no era así, y por eso su enfoque cambió directamente a sus padres de quienes, por cierto, jamás recibió una respuesta.
Por eso cuando se enteró de lo acontecido en la escuela se sintió extremadamente preocupada de cómo esto afectaría la actitud de Helga y también cómo tenía que orientar a un grupo de niños que se sentía demasiado culpable por lo que había pasado, aunque al verlos, también comprendió mejor a lo que se refería el señor Simmons con que eran un grupo muy especial de alumnos, y les hubiese gustado conocerlos mejor, en especial a Arnold, quien no había estado presente para la charla que habían tenido en la escuela la semana pasada.
La mujer miró a la chica una vez más antes de hablar.
—¿Cómo te has sentido?
El silencio permaneció en la habitación unos segundos antes de ser cortado por la voz baja de Helga.
—Bien, supongo —respondió sin dirigirle la mirada.
—¿Sigues teniendo algún tipo de dolor?
Aunque esta vez la chica solo respondió moviendo la cabeza de manera negativa.
—Helga, entiendo que puedes sentirte herida —dijo la mujer en tono amable, pero sin mayor reacción más que un encogimiento de hombro de la chica.
La psicóloga se levantó de su asiento para sentarse a los pies del sofá.
—Eres una niña muy inteligente y creo que en el fondo sabes que no puedes seguir durmiendo para esconderte de la realidad por muy dolorosa que esta nos parezca.
Helga miró a la mujer intentando buscar sus verdaderas intenciones… ¿En verdad le importaba o solo estaba haciendo su trabajo? Ya no sabía si podía confiar en ella o en su propio juicio y ¿qué tenía de malo querer dormir? Su madre lo hacía todo el tiempo y era algo que le había comenzado a gustar mucho más que ir a la escuela y ver a personas que la odiaban.
Había descubierto que permanecer dormida era bueno porque no sentía nada. No había hambre, dolor o tristeza. Era perfecto. Su madre la entendía, o eso había creído, porque en vez de informar que estaba muy enferma, como le había pedido, le había contado al señor Simmons de su nuevo hábito para que él pudiera comunicarse con la psicóloga, y ahora estaba ahí en vez de en su cama, que era una de las pocas comodidades que habían conservado. Solo quería dormir un poco más, acaso… ¿era mucho pedir?
—Helga, entiendo que lo que ocurrió te tiene deprimida, pero también necesito que comprendas que nunca fue su intención que las cosas llegaran a ese punto —Al ver que ella tenía la mirada perdida, insistió:
—Ninguno de tus amigos sabía sobre tu alergia y por nada del mundo te lastimarían a propósito. Ellos te aprecian y te extrañan.
¿Extrañarla? ¿A ella? Lo dudaba, y estaba completamente segura de que era una mentira, una piadosa, pero mentira de todas formas, aunque de cierta manera agradecía el esfuerzo que estaba haciendo la mujer. Era la única que lo seguía intentando. Sus padres ya se habían cansado de su actitud y apenas le dirigían la mirada, pero los entendía porque, después de todo, gracias a este incidente habían perdido su hogar y ahora tenían que ocupar el emporio para poder vivir.
La mujer podía sentir la negatividad irradiando de Helga. Le preocupaba los pensamientos que pudiera llegar a tener sobre lo que pasó; de sentir que no pertenecía a nada y que no era valorada por nadie, y por muy normal que fuese tener pensamientos autodestructivos ante esa situación, no quería decir que fuese sano para su salud tanto mental como física, sin embargo, confiaba en que Helga era lo suficientemente fuerte para superar lo que había pasado.
—Helga —dijo en un tono lo suficientemente firme para que la niña la mirara—, quiero que tengas en mente que ningún dolor es para siempre y que cada vez que necesites un oído para desahogarte puedes contar conmigo o si solo quieres sentarte en silencio como ahora también estoy aquí para ti.
—¿Y Arnold?
Gerald simplemente negó ante la pregunta realizada por Rhonda, haciendo que el resto de los niños que estaban sentados en la mesa del patio exterior bajaran la cabeza en clara decepción.
—Esto es un desastre —murmuró Sid.
—Lo sé, amigo —asintió Gerald—. Ya es suficientemente malo que Helga no quiera volver a la escuela como para que ahora Arnold se recluya del resto.
Era el segundo día que la niña rubia se ausentaba con la excusa que se sentía mal, aunque ninguno de los chicos creía el anuncio que hacía el señor Simmons al pasar por su nombre en la lista.
—Pero… ¿qué podemos hacer? —preguntó Rhonda—. Todavía me siento horrible por habernos vengado de ella y también de haber involucrado a la única persona que siempre tuvo la razón.
—Creo que todos nos sentimos de la misma manera —indicó Stinky.
Varios murmullos afirmativos indicaron que estaban de acuerdo con sus palabras antes de que los integrantes de la mesa se quedaran nuevamente en silencio.
—Creen… —Harold comenzó a decir llamando la atención del resto—. ¿Creen que alguna vez nos perdonen?
—No puedo hablar por Helga, pero sé que Arnold no nos culpa, Harold —aclaró Gerald—. En estos momentos se siente responsable por no haber previsto esta situación.
—Pero… ¿cómo lo sabría? Creo que nadie había oído antes sobre la alergia de Helga… —comentó Nadine.
El sollozo de Phoebe no tardó en hacerse escuchar ante sus palabras.
—Yo sí lo sabía —replicó la pequeña chica con los dientes y puños apretados—. Helga suele ser muy descuidada y por eso me encargó de llevar su medicina en caso de que llegase a comer alguna fresa por error, pero en vez de cuidarla como ella siempre hace conmigo…
Phoebe solo se rompió y comenzó a llorar amargamente. Los otros niños cerraron los ojos sintiéndose tan adoloridos como ella.
—Me siento tan culpable —dijo Sid, cargando su frente contra sus manos.
Pasó casi un minuto antes que el sonido de una garganta aclararse resonara un par de veces, llamando la atención del resto.
—Si se sienten tan mal como dicen… deberían hacer algo para mostrarle que están arrepentidos.
—¿Tú qué sabes, Curly? —reprochó Rhonda mientras se intentaba limpiar disimuladamente las lágrimas—. Ni siquiera estabas ahí.
—Veo que extrañaste mi hermosura, nena —Curly elevó sus cejas repetidamente antes de subir a la mesa—. No, no estaba ahí, pero ustedes necesitan urgentemente de la ayuda que mi amigo y yo podemos brindarles.
—¿Tu amigo? —preguntó Eugene.
—Sip. Lo que ustedes necesitan es a mi buen amigo Brainy y a mí.
Los chicos se miraron confundidos antes de recién notar al niño que al parecer también estaba siendo parte de la improvisada junta.
—¡¿Brainy?!
—Uhm… ho… Hola, chicos.
—Bien, mi amigo, ahora que por fin se dignaron en notar nuestra presencia, es hora de comenzar el plan "Perdónanos, Helga".
Miriam sabía que al permitir que Helga imitara sus pasos era una de las peores cosas como madre que podía estar haciendo, pero le era difícil decirle que no a esos ojos azules que solo eran un par de pozos de pena. Cada día era lo mismo. Era como si la vida de Helga se le escapara entre los dedos sin poder hacer nada más que asentir cuando ella le preguntaba, en voz baja, si ya podía irse a dormir cuando solo era medio día y no importaba cuánto le rogara que comiera un poco más; ella solo se llevaría un pequeño bocado de alimento a la boca antes de asegurarle que solo tenía sueño y que cuando despertara comería algo. Sin embargo, eso no pasaba. Helga dormiría todo el día si se lo permitiera.
La mujer deseó más que nunca tener algo que beber para no tener que ver a su hija sufrir, pero el dinero cada día escaseaba más y no importaba qué tanto Bob intentara vender alguno de los miles de localizadores que estaban en las bodegas, no conseguía nada. Tampoco le permitía ayudarlo. Su esposo tenía la arraigada idea de que era el único que podía sacarlos de esa situación en la que estaban.
Mientras Helga estaba de visita con la psiquiatra, Miriam se quedó recostada en el sofá observando cómo su esposo cargaba cajas de beepers hasta el frente con la idea que si los ordenaban más atractivamente estos se volverían a vender.
—Te lo digo, Miriam —Bob dejó la caja en el suelo para pasarse el antebrazo para limpiar el sudor—. Un par más de estas y podré armar una gran torre de beepers que nos hará ricos nuevamente.
—Claro, Bob.
El hombre apenas advirtió el tono desanimado con el que la mujer respondió y tampoco notó que pasó a llevar uno de los estantes en el que estaban los trofeos de Olga. Al ser un mueble viejo, este comenzó a oscilar con la amenaza de tirar todo su contenido, no obstante, la rápida acción de Miriam evitó el desastre.
La mujer suspiró con alivio al lograr mantener equilibrado el mueble. Las copas solo habían quedado un poco desordenadas, así que se dispuso a arreglarlas. Al hacerlo, Miriam notó su rostro desgatado que le devolvió la superficie de oro brillante y se cuestionó si eso era lo único que podía hacer por su familia. Ella deseó tener un vaso entre las manos que la ayudara a olvidarse de Bob, Olga y sobre todo de Helga.
La reluciente copa de metal precioso brilló ante sus ojos dándole una idea.
La enfermera miró al niño que estaba acostado sobre una de las camillas de la escuela.
—¿Aún te duele el estómago, Arnold?
—Sí, lo siento muy apretado.
—¿Quieres que prepare otro té de manzanilla?
—No, gracias.
—De acuerdo. Te daré una nota para que se la entregues a tu maestro, pero debes informarle a tu familia que te has estado sintiendo mal para que te lleven a ver a un médico, cariño.
Arnold solo asintió en respuesta. Tomó la nota que le entregó la mujer y caminó de regreso a su salón. El dolor de estómago no era lo único que había estado sintiendo los últimos días, sino también una presión en el pecho y gran dolor de cabeza que se negaban a abandonarlo. Su abuela le había dado medicina, pero seguía sintiéndose muy mal.
A veces se preguntaba si los dolores que estaba sintiendo eran el castigo por haber intentado matar a Helga. Habían pasado muchos días desde la última vez que la vio y había tanto que quería decirle. Quería disculparse por lo que había pasado, hacerle entender que si estuviera en sus manos retrocedería el tiempo y que haría cualquier cosa que le pidiera con tal de que lo perdonara.
A pesar del toque de queda y de la pila de asignaciones en las que debía trabajar, Arnold se escapó todos los días, primero en dirección al hospital, luego a la residencia de los Patakis, y por último a la tienda de los localizadores con la esperanza de poder hablar con Helga, sin embargo, no importa cuánto lo intentó, nunca logró más que visualizar su espalda.
El chico abrió la puerta para entrar a su clase en la que todos sus compañeros estaban apenas prestando atención, le pasó la nota de la enfermera al señor Simmons y luego se sentó en su puesto junto a Gerald.
—Arnold, abre tu libro en la página setenta y ocho, por favor.
El preadolescente hizo lo que se le pidió a pesar de que aún no se sentía del todo bien, e intentó concentrarse en lo que su maestro estaba enseñando.
Las clases transcurrieron normales durante el siguiente período. De vez en cuando el maestro preguntaría algo o uno de sus compañeros interrumpiría de alguna manera. Harold intentaría comer alguna golosina, Rhonda miraría su nuevo teléfono celular, Nadine intentaría presentar a su insecto mascota, Curly haría una imitación de un animal, Phoebe levantaría la mano para dar detalles que nadie preguntó, Gerald le daría un codazo para comentar algo sobre las palabras de Phoebe, Eugene se caería, Stinky comentaría sobre algo que no puede hacer, Sid se sugestionaría y lo que más le molestaría es que Brainy estaba ahí, solo respirando.
¿Por qué todos ellos podían actuar como normalmente lo harían? Él no podía hacerlo. Lo que había pasado no paraba de repetirse en su mente una y otra vez. No paraba de pensar en tantos posibles síes… como en el que había seguido sus instintos y no se había dejado llevar por las supuestas pruebas.
Antes de que el maestro les confesara que los verdaderos culpables del incidente de la salsa picante habían sido otros alumnos, había tenido el pequeño consuelo de que si Helga no hubiese sido tan mala nunca hubiesen querido vengarse de ella, pero no había sido así. Ella había llevado esa botella de picante porque su madre la empacó erróneamente como su almuerzo y que, si bien había pensado en hacer esa travesura, se había arrepentido a último momento y había desechado su lonchera con el contenido en la basura para luego dirigirse a la biblioteca.
Aún no se sabía quiénes eran los verdaderos culpables, pero eso no importaba, porque sabía que nada justificaba lo que habían hecho, y aunque nunca fue la intensión de nadie, la gravedad del asunto nada podía borrar que estuvieron a menos de diez minutos de matarla.
Miriam salió de la tienda llena de bolsas que cargó en el automóvil al que le había llenado el tanque y antes de subir se aseguró que su cartera estuviese dentro de su bolso y que su bolso estuviera guardado en la guantera. No podía permitirse perder el dinero que había obtenido de empeñar todos los trofeos de Olga.
No fue difícil distraer a Bob, le dijo que si los sacaban de ahí podrían tener más espacio para poner localizadores y que ella buscaría un lugar en dónde guardarlos para que no se estropearan. Por supuesto que su esposo, intentando demostrar que era el más fuerte, se ofreció a ayudarla a cargarlos, pero cuando le mostró la pequeña sorpresa que había preparado, Bob se olvidó de todo el resto.
La mujer había encontrado un viejo televisor en la sala de empleados y con un poco de esfuerzo logró conectarlo para que su marido se distrajera viendo la grabación de una maratón de futbol. En cuanto el hombre comenzó a despotricar contra la pantalla, aprovechó la oportunidad para tomar las copas de oro y cargarlas en el automóvil azul de Bob.
Ahora, ella se dirigía a buscar a Helga a la consulta de la doctora Bliss para que se dirigieran juntas a casa.
Cuando Helga salió ese día del centro médico de Hillwood lo último que esperaba era ver a su madre esperándola.
—¿Miriam?
—Cariño, me alegro tanto que ya hayas salido.
—¿Qué haces aquí?
—¿Qué hago aquí? —repitió la mujer ante la mirada de fastidio que le dio Helga—. Pues vine por ti, pequeña dama.
—No era necesario que lo hicieras.
—Lo sé, lo sé, pero ya que estoy aquí, ¿no te gustaría que te llevara a tomar una malteada o ir al cine?
Helga miró a su madre como si repentinamente le hubiese salido una segunda cabeza. Ellos no tenían dinero para hacer ese tipo de cosas y así se lo recordó.
—No te preocupes, Helga —le respondió haciéndole un gesto despreocupado con la mano—. Podemos permitirnos esto. ¿Qué dices?
La niña miró a su madre no estando segura de qué hacer, sin embargo, no le pudo decir que no al extraño buen humor de la mujer.
—De acuerdo —asintió—. Creo que ver una película estaría bien.
Un par de horas más tardes y ya de regreso a su nuevo hogar, Helga debía admitir que, a pesar de sus dudas iniciales, había tenido una tarde inusualmente divertida con su mamá. Hace mucho tiempo que no la veía tan despierta y eso le gustó mucho, aunque no se dejaba engañar, sabía que regresaría a su yo normal en algún momento, pero aun así disfrutaría lo máximo estas temporadas en que ella se mostraba accesible.
Un golpe en la puerta trajo de regreso a Helga, quien estaba perdida en sus cavilaciones.
—Helga, ¿puedes abrir la puerta, por favor?
Ante el llamado de su madre, la niña se levantó para abrir la puerta y ver a la mujer entrar a su improvisada habitación llena de paquetes. Los mismos paquetes que había visto en el asiento trasero del automóvil. ¿Qué serían?
Como si hubiera leído su mente, la mujer incentivó a que la niña los abriera para descubrir lo que traían en su interior.
La mujer se felicitó al ver como su hija menor miraba embelesada todas las cosas nuevas que le había comprado con el dinero que obtuvo en la casa de empeño. Ella era su madre y su deber era protegerla. No podía permitir que su pequeña niña siguiera sus pasos, por eso se aferró a lo que tenía a su alcance para que ella se sintiera mejor.
Se había dirigido a una moderna tienda de niñas, y con la ayuda de una vendedora, eligió un montón de prendas nuevas para su pequeña que ya no era tan pequeña, pensó al verla observar su nueva ropa interior que incluía sujetadores blancos de algodón. Helga estaba creciendo para dejar de ser una niña, se convertiría en una adolescente y luego en una mujer.
Miriam había tomado la fuerte determinación de ayudar a su hija a superar esta difícil situación.
CONTINUARÁ...
Nota: Bien, esto tomo mas del tiempo que esperaba, pero ya está.
Haruri: Gracias por tu comentario, espero haber respondido alguna de tus preguntas.
Sandra: En mi defensa, eran casi las 11 am en mi pais. Gracias por tu comentario y aun queda mas.
The JAm: Muchas gracias.
Devi: Muchas gracias a ti por leer y por tu comentario.
Anna: Me alegro que te gustara. ¡Gracias!
Eli: Gracias. ;)
Doremishine: No te preocupes las cosas mejoraran.
Nattgeo: Gracias por tu sinceridad.
Artemisa: Me alegra que te gustase y eso lo leeras en el proximo capitulo.
anairamellark: Super Gracias.
Les deseo a todos un buen termino de mes y un buen inicio del siguiente.
Bye~bye
