Disclaimer: Los personajes aquí citados pertenecen única y exclusivamente a Once Upon A Time.
La Pianista es la adaptación de Teleny o El Reverso De La Medalla de Oscar Wilde, es literatura enteramente erótica y homosexual, Me he tomado la tarea de adaptarlo y agregar un poco más a la historia, después de pensarlo un poco gracias al comentario de una amiga "The Little Phoenix" Por cierto super recomendados sus fics! Son geniales! Gracias a Laura-Al y Melissa Swan e infinitas gracias para…(suspenso)…taratataaaaaaa… jajaja muchas gracias para Akton30.
Bueno sin dar más vueltas espero que les guste y que se enamoren por completo de esta historia tan tormentosa.
Cualquier duda, queja o recomendación me la envían, estoy dispuesta a resolver absolutamente todas sus inquietudes. Gracias
Capítulo II
Pasé la noche en un estado de afiebrada excitación, agitándome sin cesar en la cama, e incapaz de conciliar el sueño; y, cuando al fin pude dormirme, me vi asaltada de sueños lascivos.
En uno de ellos aparecía Regina, como mi propia hermana. Y, sin embargo, yo no tengo hermanas. En dicho sueño, yo, al igual que Amón, el hijo de David, me hallaba enamorada de mi propia hermana, y tan vergonzoso era mi amor, que caí enferma, reconociendo el carácter repugnante de mi pasión.
Cada noche luchaba con todas mis fuerzas contra esta pasión, hasta que una noche, devorada por la lujuria, e incapaz de resistir ya más, entré en su habitación.
Bajo la luz rosada del crepúsculo, la vi tendida en su lecho. Su carne fina y blanca me hizo temblar de concupiscencia. Hubiera querido ser una bestia de presa, para arrojarme sobre ella y devorar su carne.
Su cabello negro se esparcía por encima de la almohada. Su camisa de lino, que apenas bastaba para cubrir su desnudez, realzada el encanto de lo que dejaba ver. Los lazos que la sujetaban por los hombros estaban desatados, y mis ojos ávidos recorrían con lujuria sus rígidos pechos.
Sus senos de mujer madura, firmes y salientes como dos montículos, no eran más grandes que una copan de champán, y, como dice el poeta Symonds:
«Parecían dos capullos de rosa rodeados de una corona de lirios.»
Su brazo derecho servía de apoyo a su cabeza, dejando al descubierto en su arqueamiento, lo suave de su axila.
Se hallaba tendida en una postura tan excitante como la que suele exhibir Dánae en los cuadros, al ser desflorada por Júpiter inundado en lluvia de oro.
Las rodillas levantas, los muslos generosamente abiertos. Y, aunque profundamente dormida, como la leve respiración de su pecho dejaba traslucir, su carne parecía totalmente recorrida por un deseo amoroso, mientras sus labios carnosos entreabiertos con esa sensual cicatriz parecían ofrecerse al beso.
De puntillas, fui acercándome lentamente a ella, con precaución, y me deslicé entre sus torneadas piernas. Mi corazón latía hasta romperme el pecho de la emoción, y yo ardía de pasión, contemplando aquel objeto que me enloquecía los sentidos. Según iba avanzando sobre ella, apoyada en mis codos y rodillas, un fuerte olor de heliotropo blanco inundó mi cerebro, hasta casi asfixiarme.
Temblando de emoción, y con los ojos abiertos de par en par, hundí mi mirada entre sus piernas. Al principio no vi más que su hermoso sexo, la abertura del pozo del amor. Yo levanté suavemente su camisón, y separé los dos labios, que por sí mismos se abrieron al contacto de mis dedos como para facilitar la entrada.
Yo clavé mis ojos en aquella carne amiga, en aquella carne rosada similar a la pulpa madura y azucarada de un fruto suculento; y vi entonces, anidado en medio de dos labios de color carmín, un pequeño capullo, una pequeña flor viva de carne y sangre.
Sin duda, al posar mis dedos entre los labios, lo había acariciado inconscientemente, mientras lo contemplaba, y ahora se agitaba como dotado de vida, levantándose tenso hacia mí. A la vista de esto, un deseo loco me embargó de gustarlo, de acariciarlo con mi boca; e incapaz de resistir, me incliné sobre el, cubriéndolo con mi lengua, paseándola en torno suyo, hundiéndola en medio de los labios, recorriendo todos sus recovecos, penetrando en sus más íntimos repliegues, mientras ella, encantada sin duda por este juego, me ayudaba en mi labor con sus hermosos muslos, con un ardor tal que, al cabo de pocos minutos, la pequeña flor abrió sus pétalos y esparció su rocío de almíbar, que mi lengua devoró golosa.
Al tiempo que esto ocurría, no dejaba ella de suspirar y gritar, sonámbula de placer.
Sobreexcitada como estaba, no le di tiempo de volver en sí, y moviendo de nuevo mi mano, le introduje tres dedos en su abertura.
La hendidura era muy estrecha, pero los labios estaban húmedos; yo empujé con todas mis fuerzas.
Ella me secundaba valerosamente en mi obra destructora, abriendo todo lo que podía las piernas, pegándose contra mí, esforzándose por engullir la columna entera, gritando a un tiempo de placer y de dolor.
Yo me hundí una y otra vez, pujando y ahondando cada vez más a cada nuevo embate, hasta que, habiendo superado todas las barreras, alcancé las profundidades últimas de la vagina, donde me parecía como si numerosos pequeños labios se dedicaran a cosquillear y succionar la punta de mis dedos.
¡Placer celeste! ¡Divino éxtasis! Me sentía flotando entre el cielo y la tierra y rugía y aullaba de placer.
Al oír un ruido en la habitación, empecé a retirar lentamente mis dedos del orificio estrecho donde se hallaban encajados. Una luz más brillante que la de la víspera se encendió de repente, y una mano me tocó la espalda, al tiempo que pronunciaba mi nombre.
Imagine usted mi vergüenza y mi confusión, mi profundo horror. Era la voz de mi madre Mary Margaret, ¡y yo me hallaba sobre mi hermana!
–Emma –me dijo–, ¿qué te pasa? ¿Estás enferma?
En este preciso instante me desperté, llena de consternación y temblando de miedo, preguntándome dónde estaba y si en realidad había poseído a mí hermana.
Y ciertamente parecía que sí. Las últimas gotas de fluido corrían aún por mi entrepierna del placer tan exquisito que había sentido.
Y al pie de mi cama se hallaba mi madre, en carne y hueso. ¡No estaba, pues, soñando!
¿Pero dónde está mi hermana, mi hermana o la muchacha de la que había gozado? Y esa vagina excitada que había tenido en mi mano, ¿era la mía o la de Regina?
No, yo estaba sola en mi cama.
¿Qué quería, pues, mi madre?
¿Y cómo se encontraba en mi habitación aquel horrible faldero que, sentado sobre el respaldo de un sillón, me miraba fijamente?
Finalmente, pude recobrar el sentido. Y vi entonces que el caniche no era otra cosa que mi blusa blanca, que antes de acostarme había arrojado sobre una silla.
Viéndome totalmente despierta, mi madre me explicó que, oyéndome gemir y gritar, había venido a ver si me encontraba enferma.
Yo me apresuré a asegurarle que me encontraba perfectamente, y que simplemente había sido víctima de una pesadilla. Ella posó su fresca mano sobre mi frente enfebrecida y el contacto de esta mano suave refrescó mi cerebro, disminuyendo mi fiebre.
Cuando estuve más calmada, me hizo beber un vaso de agua azucarada, rociada de esencia de azahar, y volví a dormirme, despertándome de tanto en tanto, para encontrar siempre ante mí la figura de la pianista.
Al día siguiente, su nombre resonaba aún en mis oídos, sin que mis pensamientos dejaran de volar a ella, ni mis labios de pronunciar su nombre. La veía con los ojos del alma, de pie en el proscenio, saludando al público y lanzando sobre mí sus miradas de fuego.
Me quedé durante unos momentos aún arrebujada en la cama, contemplando con parsimonia aquella visión vaporosa e indistinta, intentando reconstruir los rasgos perfectos de su rostro, que se confundían en mi recuerdo con los de algunas de las más hermosas estatuas de la mitología griega.
Al analizar mis impresiones, tenía conciencia de una sensación nueva, de un vago malestar entreverado de inquietud. Sentía dentro de mí un cierto vacío, sin poder comprender si dicho vacío se hallaba alojado en mi corazón o en mi cabeza. Nada había perdido, y sin embargo me sentía sola, abandonada.
¿Qué digo?, despojada. Intenté explicarme a mí misma mi estado lastimero, y todo lo que pude descubrir es que tales sensaciones se asemejaban a las de las personas que añoran su país, o desean violentamente volver a ver a la madre lejana, con la diferencia de que el exiliado sabe lo que le falta, y yo difícilmente hubiera podido definirlo; era algo indeterminado, como el «Sehnsucht» de que tanto hablan los alemanes, y que tan poco experimentan.
La imagen de Mills seguía persiguiéndome, y el nombre de Regina invadía sin cesar mis labios. Lo repetía docenas de veces. ¡Qué nombre tan dulce! Al simple sonar, mi corazón latía fuertemente y mi sangre empezaba a hervir, a fluir con viveza.
Me levanté sin prisas. Me vestí con descuido. Eché una mirada al espejo, y en vez de verme a mí misma, vi a Regina; y detrás de mí, nuestras sombras aparecían unidas, tal como yo las había visto la noche anterior sobre la acera.
El sirviente que llamaba a la puerta me devolvió a la realidad. Me miré en el espejo y me vi asquerosa. Por vez primera en mi vida deseaba tener un hermoso rostro, o mejor, un rostro fascinantemente bello.
El sirviente me informó que mi madre me esperaba en el comedor, y que le había enviado a informarse si aún me hallaba indispuesta.
El nombre de mi madre volvió a traerme a la memoria el sueño y, por primera vez, sentí ganas de no verla.
Sin embargo, aún me hallaba en buenos términos con ella, y cualesquiera que sean las faltas que haya podido cometer, he de reconocer que nadie me quería tanto como ella. Y, cualesquiera que sean los chismes que sobre su ligereza corren, sobre su amor al placer, nunca me descuidó ni un solo instante.
Si su vida no estaba conforme con lo que suelen llamar los «principios morales», o , por mejor decir, la hipocresía cristiana, la culpa era de mi padre, y no de ella, como quizás le explicaré en otro momento.
Cuando hube entrado en el comedor, mi madre, asustada por la alteración que mis rasgos revelaban, me preguntó si sufría.
–Un poco de fiebre sólo –respondí–. Tal vez la música de ayer me enervó un poco…
Nuestra conversación comenzó a girar entonces sobre el concierto y aunque estaba ansiosa por preguntar a mi madre acerca de Regina, no pude atreverme a pronunciar el nombre que bailaba en mis labios, poniendo buen cuidado en que no se me escapara.
Fue mi misma madre quien empezó a hablar de ella, alabando primeramente su arte, y luego su belleza.
–¿Acaso la encuentras bella? –le pregunté yo bruscamente.
–Ciertamente respondió ella, –asombrada–. ¿Es que hay alguien que opine lo contrario?
Todas la mujeres la consideran una Diosa; pero hay hombres que no aprecian nuestras opiniones sobre nuestro mismo sexo, tanto que encuentran la mayoría de las veces insípidas a las que nosotras más admiramos. En cualquier caso, lo que no cabe duda es que triunfará como artista, pues todas las damas acaban enamorándose de ella.
Al escuchar estas últimas palabras, intenté mantener la calma, pero, a pesar de mis esfuerzos, me fue difícil no hacer una extraña mueca con mi cara.
Mi madre, al observar mi fruncimiento de cara, añadió, sonriendo:
–¡Vamos! Emma, eres tan vanidosa como algunas damas que no pueden soportar que se alabe a otra mujer, sin imaginar que se les roba algo que les era debido.
–Todas la mujeres son muy libres de enamorarse de ella, si tal cosa les parece –respondí yo vejada–; tú sabes muy bien que jamás me he enorgullecido de mi hermosa cara, como tampoco me he vanagloriado jamás de mis conquistas.
–Así es. Pero hoy te pareces tanto a la perra del hortelano, que se enoja por lo que nada le importa.
¿Qué puede importarte que las mujeres se enamoren o no de ella, sobre todo si tal cosa le ayuda en su carrera?
–¿No puede, pues, acaso una artista no debe alcanzar el éxito por sus propios méritos?
–A veces sí, pero son más bien pocas, y sólo gracias a una perseverancia sobrehumana, de la que generalmente carecen los artistas. En cuanto a Regina…
Mary Margaret no llegó a concluir la frase, pero la expresión de su rostro y sobre todo su sonrisa de incredulidad revelaron claramente sus pensamientos.
–¿Y tú crees que esa mujer es un ser lo suficientemente degradada como para dejarse mantener por otras mujeres?… Como una simple…
–Mantener no es la palabra exacta, o al menos no se encararía la cosa de esa manera. Es muy fácil dejarse ayudar por otros medios que no sean el dinero; en todo caso, los del piano serían sus ingresos confesados.
–Como lo son las tablas para la mayor parte de las bailarinas de ballet. ¡Verdaderamente no me gustaría ser artista!
–¡Oh!, las artistas son las únicas mujeres que deben su éxito a una amante, o a un esposo. Léete Bel Ami y verás cuántas de entre las que han triunfado, incluidas las más célebres, deben su enaltecimiento…
–¿A una mujer?
–Exactamente. Ahí está la vieja expresión: «Cherchez la femme» "Busca a la mujer"
–¡Entonces el mundo es asqueroso!
–Pero como tenemos que seguir viviendo en él, es preciso tomar partido, sacar de él el mejor provecho, y no tomarse las cosas de manera trágica como tú te las tomas.
–Como quiera que sea, Regina toca bien. Jamás he escuchado a nadie tocar como ella lo hizo ayer.
–Sí, estoy de acuerdo en que realizó una ejecución brillante, por no decir sensacional; pero también hay que admitir que tu estado ayer no era muy bueno, y sin duda la música produjo en tus nervios un efecto inhabitual.
–¡Oh! ¿Piensas que un espíritu maligno me poseía y que una hábil ejecutante como aquella de quien hablamos era la única que podía calmarme los nervios?
Mi madre sonrió.
–Todas, en todos los tiempos, nos parecemos a Saúl; quiero decir que a todas nos acosa por igual el Espíritu Maligno.
La frente de mi madre Mary Margaret, al decir esto, se ensombreció; calló por un instante; y amargos recuerdos debieron llenar de pronto su memoria, porque añadió:
–Y Saúl es ciertamente digno de llanto.
Yo no le respondí. Me preguntaba de qué modo había ganado David la voluntad de Saúl.
¿Era tal vez a causa de sus cabellos rojos, de su noble porte y de su hermosa cara? Tal vez por esto mismo, tan pronto Jonatán lo vio, «el alma de Jonatán se fundió con la de David, y Jonatán lo amó como a su propia alma».
¿Acaso el alma de Regina se había fundido con la mía? ¿Debía yo amarla y después odiarla, como había hecho Saúl?
Me despreciaba a mí misma y a mi locura, y sentía crecer en mí la animosidad contra aquella artista que me había hechizado. Por encima de todo aborrecía yo a los hombres, verdadera maldición del mundo.
Mi madre me arrancó de mis negros pensamientos.
–No debes ir hoy a tu despacho, si no te sientes bien –me dijo, tras un momento de silencio.
Sin duda sabe usted que mi padre me había dejado en herencia un lucrativo negocio y un excelente director de toda la confianza que, durante años, fue el alma de la casa. Tenía yo entonces veintidós años y todo mi trabajo en el negocio consistía en embolsarme la parte del león en los beneficios. Sin embargo, debo decir que nunca fui perezosa, sino que, por el contrario, era más seria en el trabajo de lo que mis pocos años podían hacer esperar.
Me fui, pues, al despacho como de costumbre, pero me fue imposible dedicar mi atención a ocupación alguna.
La imagen de Regina se mezclaba con cada una de las cosas que intentaba hacer, embrollándolo todo.
Las palabras de mi madre retumbaban sin cesar en mi memoria:
«Todas las mujeres estaba enamoradas de ella, y su amor le era necesario».
Intentaba borrarla de mi pensamiento. «Querer es poder», me decía, «así que lograré borrar de mí esta maldita y embrutecedora obsesión». Pero cuanto más intentaba olvidarme de ella, más volvía su imagen a mi pensamiento.
¿No se ha sentido usted a veces obsesionada por los fragmentos de una canción que no consigue recomponer entera?
Donde quiera que uno va, los fragmentos resurgen de repente, llenando por completo la cabeza. Resulta imposible desembarazarse de ellos. Le impiden a uno dormir, y cuando se consigue al fin conciliar el sueño, las notas resuenan de nuevo en su interior; al despertarse de nuevo, las notas son el primer sonido que le asalta. Así me ocurría a mí con Regina; su figura me perseguía; su voz dulce y baja me repetía constantemente en aquella lengua desconocida:
«¡Oh, amiga mía! ¡Mi corazón por ti suspira!».
Su imagen no se apartaba de mis ojos, y podía sentir aún el dulce contacto de su mano sobre la mía, el aliento perfumado de sus labios. Y, en mi impaciente deseo, yo extendía el brazo para abrazarla, para apretarla contra mi pecho; la alucinación se hacía tan real que llegaba a sentir su cuerpo contra el mío.
Un fuerte placer tensaba todos mis nervios y mi entrepierna, pero
¿Antes de conocer a Regina se había enamorado alguna vez?
–Jamás.
–Sí que es extraño.
–¿Extraño? ¿Por qué?
–¡A los veintidós años… !
–En esto puede ver usted que me hallaba destinada a amar a las mujeres y no a los hombres, y sin darme cuenta, había estado luchando hasta entonces contra las inclinaciones de mi naturaleza.
En diversas ocasiones, bien es verdad, creía haberme enamorado, pero sólo cuando conocí a Regina comprendí lo que era el verdadero amor.
Como todas las jóvenes de mi edad, me había creído obligada a mantener una amante, a la que había hecho todo lo posible por convencer de que estaba profundamente enamorada de ella.
Habiendo encontrado por causalidad una muchacha de ojos risueños, una modista parisiense empleada en un almacén de Bond Street, decidí que ella debería ser para mí mi Dulcinea; me puse a seguirla cada vez que la veía, y a pensar en ella, cuando no tenía otra cosa que hacer.
–¿Y cómo terminó la aventura?
–De la manera más ridícula. Fue, creo, uno o dos años antes de abandonar el colegio, durante las vacaciones de verano; por primera vez hacía un viaje sola, para ir a encontrarme con mi madre en
Eastbourne.
Tímida como soy, me sentía nerviosa ante la idea de tener que introducirme entre la muchedumbre, abrirme paso a codazos hasta conseguir mi billete, y cuidarme de no tomar un tren equivocado.
Por una feliz casualidad vine a encontrarme sentada justo enfrente de la jovencita de quien me creía enamorada, quien, en compañía de su madre, se dirigía al mismo lugar que yo. Animada por tan inesperado azar, me atreví a dirigirle unas palabras en su lengua materna.
Desgraciadamente, sin darme cuenta, me había introducido en un comportamiento reservado «sólo para damas», donde se encontraba ya sentado el más perfecto espécimen de solterona inglesa que en el mundo haya visto, envuelta en un impermeable o guardapolvos.
Es fácil encontrarse con criaturas de este tipo en el Continente, y un poco también por todas partes, salvo, tal vez, en Inglaterra; esto me ha hecho siempre pensar que Inglaterra las fabrican especialmente para la exportación. Como quiera que sea, no bien me hube yo sentado, cuando en un tono desagradable y con un horrible francés, me vi recriminada de este modo:
–Monsieur, cette compartiment il était reserved pour dames soules. "Este compartimento está reservado solo para damas"
Quería decir «seules», pero confundida por su intemperancia, me vi llevada a repetir su error, tomándolo al pie de la letra.
–Dames soules! –repetí aterrorizada, mirando en torno mío.
Mis vecinas se echaron a reír.
–La señora dice que este compartimiento está reservado para damas solamente –me hizo observar la madre de mi adorada–, y naturalmente, se espera que ninguna señorita venga por aquí a fumar.
–¡Oh!, si es por eso, dejaré ciertamente de fumar.
–Non, non! –protestó la madura señorita, absolutamente enojada–, vous exit, sortez, ou moi crier! "Salga, salga o le grito"
Y sacando la cabeza por la puerta del compartimiento, se puso a gritar, esta vez en buen inglés:
–Revisor, por favor, haga salir a esta joven…
El revisor acudió apresuradamente, y no solamente me ordenó salir, sino que me arrojó ignominiosamente fuera, como si de otro coronel Baker se tratara.
Me trasladé, pues, al compartimiento vecino, pero me sentía tan avergonzada, tan mortificada, que mi vientre, que siempre ha sido muy sensible, se sintió de pronto trastornando. Tan pronto el tren se puso en marcha me sentí presa primero de un malestar general, y luego de un dolor agudo, pronto transformado en una necesidad tan apremiante, que yo no me atrevía a hacer un solo movimiento por temor a las consecuencias.
En la primera parada de algunos minutos me precipité fuera del vagón, pero no encontré empleado alguno que pudiera indicarme un lugar donde liberar mi carga. Empezaba a preguntarme qué hacer cuando el tren empezó a ponerse en marcha.
El único ocupante de mi compartimiento era un anciano que, tras haberme dicho que me pusiera cómoda, se durmió y roncaba como un toro. Me encontraba, pues, como si estuviera sola.
Empecé a fabricar planes para descargar mis intestinos, que estaban en plena revolución, y el único de todos ellos que parecía factible no podía ser puesto en práctica, porque mi adorada, que estaba en el compartimiento contiguo, no dejaba de sacar la nariz por la ventanilla, e imagínese qué cuadro si en lugar de ver aparecer por la ventana de mi compartimiento mi cara, hubiera visto mi trasero al pleno.
Me disponía a utilizar mi sombrero, para reemplazar a lo que los italianos llaman la comodina, cuando el tren se detuvo de nuevo. Había seis minutos de parada. Ahora o nunca, me dije y salté al andén.
Se trataba de una estación en pleno campo, una estación de cruce, y todo el mundo bajó a tierra.
El revisor gritaba: «Viajeros para Eastbourne, hagan el favor de subir al tren».
–¿Dónde están los servicios? –le pregunté.
Él quiso empujarme de nuevo al tren, pero me escabullí y le pregunté a otro.
–Por allí –me dijo, mostrándome el retrete–; pero dese usted prisa.
Me puse a correr y me precipité en el interior de la letrina sin mirar en dónde entraba y empujando violentamente la puerta.
Oí primero un gruñido de satisfacción y alivio, seguido de un ruido de salpicadura y caída de agua, luego un grito, ¡y vi a mi solterona sentada en la taza!
La locomotora pitó, la campana sonó, el jefe de la estación tocó su trompetilla, y el tren echó a andar.
Yo eché a correr, a mi vez, sin temor a las consecuencias, sujetándome el pantalón desabrochado, y perseguida por las imprecaciones de la arpía, como un pez desgraciado que huyera de los picotazos de una vieja gallina. Todos los viajeros, asomados a las portezuelas, se reían de mis desaventuras.
Algunos días después, volví a encontrar a la muchacha acompañada de su madre. Tan pronto me divisó, sus ojos risueños adoptaron una expresión burlona. No me atrevía a mirarla, y menos a seguirla.
Había en la pensión donde yo me alojaba con mis padres otros jóvenes, con los que ella pronto estableció relaciones, pues resultaba amable y simpática a todo el mundo. Yo, en cambio, me mantenía apartada, seguro de que mis desventuras no sólo eran conocidas de todos, sino que eran incluso objeto de conversación.
Un día por la tarde, y mientras me hallaba sentada en el amplio jardín trasero de la pensión, escondida tras unos macizos de flores, recordando mis desventuras, vi de pronto a Rub's –su nombre era Ruby – paseándose con otras muchachas por la alameda vecina.
Al poco, alejándose de sus amigas, se detuvo con la espalda vuelta, y empezó a subirse las faldas, mostrando una hermosa pierna, enfundada en una media de seda negra. El cordón que le sujetaba las medias al corsé se había desatado y ella intentaba colocarlo de nuevo, creyéndose sin testigos.
Con sólo estirarme un poco, hubiera podido clavar mi mirada entre sus piernas y ver lo que ha hendidura de sus bragas dejaba entrever, pero no llegó a ocurrírseme. La verdad es que Rub's no me atraía más que cualquier otra mujer. Lo único que quería era encontrar una ocasión para encontrarme a solas con ella, y saludarla sin que las demás muchachas se rieran de mí. Salí pues de mi escondite, y avancé tranquilamente por la alameda.
Al torcer la esquina, una visión inesperada me saltó a los ojos. El objeto de mi admiración sentimental se encontraba agachada sobre la arenilla de la alameda, con las piernas abiertas y la falda cuidadosamente recogida.
Pude divisar un trozo de carne rosada y un torrente de líquido amarillo que corría sobre la arena, dejando un rastro de espuma, al tiempo que, para saludar mi presencia, de las partes traseras atronaba un sonoro cañonazo, igualmente despedido por la bella.
–¡Divino encuentro! ¿Y qué hizo usted Emma, entonces?
–¿Ignora usted que, como dice el Libro de Oraciones,
«Siempre hacemos lo que no debiéramos hacer, y dejamos de hacer lo que debiéramos» ?
Pues bien, en lugar de esfumarme, escondiéndome detrás de un seto, para ver sin ser vista el lugar de donde el arroyo fluía, permanecí estúpidamente paralizada, muda, confusa.
Sólo cuando ella levantó los ojos pude recobrar mi uso de palabra.
–¡Oh, perdón, señorita Ruby! No sabía que estuviese usted ahí… es decir, que…
–Tonta, imbécil, estúpida, bestia, animal –vociferó ella con una liberalidad típicamente francesa, y levantándose roja como un tomate.
Fue a darme la espalda ella, y toparse de frente con la solterona inglesa, que justamente en aquel momento aparecía por el otro extremo de la alameda, y que la saludó con un «¡oh!» prolongado, sonoro como una nota de trompeta.
Y así terminó el único amor que jamás haya experimentado por una mujer que no sea Regina Mills.
