La Cabaña.
Llegaron a la cabaña más o menos a mediodía. Xena había recuperado brevemente la consciencia e intentado bajarse de Argo, pero Hércules la había golpeado de nuevo. Sabía que los cuerpos de ambas mujeres iban a necesitar tiempo para descansar y curarse, y no se veía con ánimos de discutir con Xena sobre hacia dónde se dirigían.
Hércules las llevó al interior y las tumbó sobre una gran cama. El más joven se ocupó de las alforjas.
-¿Y ahora qué? -preguntó Iolaus dejándose caer sobre una gran silla.
-Bueno, lo primero es comprobar la seriedad de sus heridas. No soy tan buen curandero como Xena, pero sé lo suficiente. A pesar del aspecto de la espalda de Gabrielle, creo que Xena se ha llevado la peor parte. Me parece que tiene varias costillas partidas y una pierna rota. Puedo encargarme de eso, pero va a necesitar tiempo. Por eso las traje aquí.
-¿Xe... Xena? -La áspera voz de Gabrielle le interrumpió. Ambos hombres se acercaron a ella inmediatamente.
-¿Gabrielle? Soy yo, Hércules. Iolaus también está a aquí. ¿Cómo te encuentras?
-Uh... -Sacudió ligeramente la cabeza para aclarar sus ideas. Sus ojos se centraron en la guerrera que yacía a su lado.
-No pasa nada, Gabrielle. Sólo está descansando -dijo Iolaus-. Ambas lo habéis pasado muy mal.
-Parece tan indefensa... -se lamentó la bardo.
-Gabrielle, necesitas comer y beber algo. ¿Puedes sentarte? -Hércules fue hasta las alforjas y trajo consigo un odre de agua. Gabrielle hizo una mueca de dolor y se incorporó sin dejar de mirar a Xena ni un momento. Mientras bebía, Iolaus calentó un poco de comida para todos. Luego relataron a la bardo lo que sabían acerca de lo sucedido. Xena despertó un rato después, pero pudo poco menos que tomar unas cuantas cucharadas de comida de manos de Gabrielle antes de volver a caer inconsciente.
-Bueno, ya está. Mi técnica no es tan buena como la de Xena, pero al menos los puntos servirán -dijo Iolaus cuando terminó de cerrar las heridas de la espalda de Gabrielle. Ella se puso una camisa limpia y se giró hacia el hombre.
-Iolaus, quiero daros las gracias a ti y a Hércules por todo lo que nos habéis ayudado. Nunca habríamos...
-No te preocupes por eso. Pero que no se os olvide, nos debéis un favor.
-Gabrielle, ¿podemos hablar un momento? -dijo Hércules mientras atravesaba la puerta de la cabaña.
-Claro -respondió ella. Los tres se sentaron a la mesa.
-Gabrielle, tenemos que irnos pronto. Una vez que comiencen las nieves, estaréis atrapadas aquí durante las próximas cuatro lunas. Si haces una lista Iolaus bajará al pueblo y os traerá todo lo que necesitéis. En el establo hay heno y avena suficientes como para tener a Argo contenta durante al menos cinco lunas más, así que cíñete a vuestras necesidades.
A Gabrielle no le llevó demasiado tiempo confeccionar la lista de artículos. Junto a ella, entregó a Iolaus todos los dinares que les quedaban. Éste asintió y se dirigió hacia el establo, seguido e Hércules.
-Iolaus, espera. -Hércules fue hasta el muro del fondo y desencajó una de las tablas, que reveló tras de sí varias bolsas repletas de dinares. Sacó dos de ellas y se las arrojó a Iolaus-. Déjame ver lo que ha escrito ahí. -Iolaus alargó a Hércules el pedazo de pergamino para que lo estudiara un momento-. Muy práctica. ¿Cuántos dinares te ha dado?
-Cincuenta.
-Esa es la razón. Trae tres veces más de todo lo que te haya pedido... y también esto. -Acto seguido procedió a enumerarle toda una letanía de cosas que debía conseguir.
-¡Herc! Para traer todo eso tendré que emplear dos caballos, y ni siquiera tendré sitio para montar yo.
-Mejor, necesitas hacer ejercicio -dijo Hércules, golpeando con fuerza al hombre en la espalda-. Llévate a Argo y mi caballo. Ellos pueden perfectamente con todo ese peso extra.
-De acuerdo, ¿pero para qué todas estas cosas? No las necesitan para sobrevivir.
-Iolaus, ambas han pasado por una experiencia traumática y van a estar atrapadas juntas aquí arriba los próximos cuatro meses. Creo que terminarán por necesitarlas -afirmó con un guiño de complicidad.
-Espero que sepas lo que estás haciendo -dijo Iolaus mientras montaba a Argo-. No me gustaría estar presente cuando Xena descubra que tiene que estar encerrada tanto tiempo.
-A mí tampoco -susurró Hércules cuando su amigo se puso en camino.
-¿Cuánto volverá Iolaus? -preguntó Gabrielle en cuanto Hércules volvió a la cabaña.
-Mañana seguramente. Vamos a hablar un momento. -Hércules le indicó que se sentara con él a la mesa-. Gabrielle, ésta es mi cabaña de caza. El establo está al otro lado de ese muro, y es cálido y acogedor. La cabaña se encuentra en una zona de Grecia bastante aislada. No tendréis que preocuparos por merodeadores ni nada parecido.
-Me alegro. Ambas necesitamos tiempo para recuperarnos. -Hizo una mueca al intentar enderezar la espalda.
-De eso vais a tener a raudales. ¿Has echado un vistazo a las heridas de Xena?
-Sí, las cosiste muy bien. ¿Cuánto tarda en soldar un hueso roto?
-Depende de cada persona, pero creo que en su caso será cosa de una luna más o menos.
-¿Pero no podemos salir de aquí hasta primavera?
-Es totalmente imposible. Habrá demasiada nieve como para que Argo siga bien el camino. Plantéatelo como unas largas vacaciones, una oportunidad para que paséis tiempo juntas sin preocuparos de batallas o ataques. Ahora, voy a preparar algo de cena. Me muero de hambre, y apuesto que tú también.
-Prepararé sopa. Así será más fácil que Xena pueda comer.
-Muy bien. -Hércules miró a la bardo un momento. Tanta dedicación, tanta lealtad. Xena necesitaba a esta mujer en su vida. Era consciente de cuántas veces él mismo dependía de la ayuda de Iolaus, y le alegraba ver que Xena también tenía a alguien que la cuidara.
La guerrera se encontró lo suficientemente fortalecida al tercer día de estar allí como para sentarse en la cama. Hércules e Iolaus por su parte se despidieron y se marcharon. Nadie le había dicho a Xena cuánto tiempo iban a tener que permanecer allí. Gabrielle estaba ocupada organizando las provisiones cuando Xena le habló.
-¿Gabrielle?
-¿Qué ocurre? -contestó la bardo dirigiéndose hasta la cama y sentándose junto a ella-. ¿Necesitas algo?
-No. Sólo quiero saber cómo estás. -Las visiones de los golpes descargados sobre Gabrielle invadieron su mente por un momento.
-Xena, me voy a curar, y tú también. Drax ha muerto. No tenemos que hablar más de todo esto si no quieres. -Gabrielle estaba demasiado acostumbrada al estoicismo de la mujer. Se levantó y volvió a la chimenea para poner agua a hervir y hacer un poco de té.
-Gabrielle, lo siento.
-¿Qué sientes? -dijo Gabrielle sin molestarse en dar media vuelta.
-Lo que Drax te hizo. Resultaste herida únicamente por mi culpa. Si no estuvieses conmigo, si hubiese encontrado la forma de ponerte a salvo...
-Xena, ya basta. -Gabrielle se volvió y se encaró con ella. Había cólera en aquellos ojos verdeazulados-. No podías saber lo que esa mujer pretendía. Hiciste todo lo que estuvo en tu mano para protegerme.
-Ella habría dejado de golpearte simplemente con que le dijeras que te habías equivocado al quedarte conmigo.
-No podía hacerlo, Xena. Nunca podría hacerte sufrir de ese modo. Drax intentaba acabar contigo utilizándome a mí. Incluso si hubiese hecho lo que quería, habría intentado matarme.
-Me rompió el corazón verte sufrir de esa forma -admitió Xena en voz baja. Gabrielle fue hasta ella y tomó su mano.
-Xena, escúchame. Ahora estoy bien. Las heridas tardarán en cicatrizar, pero estoy viva y tú también. Eso es lo que importa. Entiéndelo, guerrera estúpida, no voy a dejarte, así que vete acostumbrando a tenerme dando vueltas a tu alrededor todo el tiempo. -Gabrielle revolvió la oscura cabellera de Xena y se levantó-. ¿Necesitas algo? Tenemos muchas provisiones. Cualquier cosa que se te ocurra.
-¿Por qué tantas? -Xena echó un vistazo a su alrededor y descubrió las cajas que se apilaban en un rincón del cuarto-. Gabrielle, ¿qué está pasando aquí?
-Um, bueno, verás...
-Gabrielle -dijo Xena severamente. La bardo pudo adivinar por su mirada que lo mejor que podía hacer era decirle la verdad, y deprisa.
-Estamos atrapadas en la cabaña de Hércules durante las próximas cuatro lunas.
Parte II
-Estamos atrapadas en la cabaña de Hércules durante las próximas cuatro lunas -dijo rápidamente, dando un paso atrás para ponerse fuera el alcance de la guerrera.
-¡¿Cuatro lunas?!
-Xena, ya no nos queda otro remedio. La nieve ha empezado a caer. No hay nada que hacer hasta la primavera. -Sin darse cuenta, Gabrielle siguió retrocediendo-. Tómatelo como unas... vacaciones forzadas.
-¿Cuatro lunas? ¿Estamos atrapadas aquí durante CUATRO LUNAS? -Odiaba la idea de quedarse mucho tiempo en el mismo sitio.
-Ni siquiera puedes andar todavía, así que ¿a dónde crees que ibas a ir? -Gabrielle intentó apelar al sentido práctico de Xena.
-No me gusta estar demasiado tiempo en el mismo sitio. ¿Y qué hay de Argo?
-¿Qué pasa con ella? Está en el establo, resguardada, y Hércules dijo que hay mucha comida y heno. -A sabiendas de que acababa de echar por tierra el único argumento posible de Xena, Gabrielle sintió una oleada de confianza-. Acéptalo, Xena, estás encerrada aquí conmigo te guste o no. Ahora voy a echar un vistazo a tus heridas.
Xena se recostó y dejó que Gabrielle la examinara, con el ceño fruncido todo el rato. Sin embargo prestó mucha atención, asegurándose de entender la gravedad de su estado. En un momento dado, Gabrielle se giró para examinar las piernas de Xena. La guerrera vislumbró entonces las aspas rojizas dibujadas a través de la camisa que Gabrielle llevaba puesta. -Oh, Gabrielle, tu espalda -dijo con tristeza. Xena sabía que los golpes que Gabrielle había sufrido eran tremendos, pero aun así se estremeció al comprobar la realidad de las heridas.
-Estoy bien, Xena -dijo Gabrielle dándose media vuelta. Su espalda aún parecía estar en llamas, pero no quería preocupar a Xena.
-Gabrielle, déjame verlas.
-Xena, no pasa nada. Es menos de lo que parece.
-Déjame -dijo Xena con firmeza. Suspirando, la bardo se giró y retiró la camisa de su cuerpo. Escuchó a Xena contener el aire en el interior de sus pulmones ante la visión tan cercana del daño que había sufrido-. Gabrielle, lo siento mucho. -Su voz se quebró.
-Xena, no es culpa tuya -dijo Gabrielle encarándose con ella. Alcanzó a ver un destello de miedo y preocupación en los azules ojos de Xena antes de que la guerrera cambiara su expresión por la que solía mostrar, una mortalmente dura.
-Necesitan más ungüento -dijo con decisión.
-No puedo alcanzar toda la espalda sola.
-Yo lo haré. Trae el frasco. -Xena se sentó, ahogando una repentina sensación de náusea. Gabrielle le puso las manos en los hombros y la volvió a tumbar con delicadeza.
-Xena, puedo esperar hasta después de haberte examinado a ti. Túmbate y deja que traiga todo lo necesario. -Gabrielle se levantó y volvió a ponerse la camisa-. Dime si te hago daño, ¿de acuerdo? -dijo al tiempo que retiraba lentamente algunos de los vendajes que cubrían el cuerpo de la guerrera. A pesar del cuidado de la bardo, Xena sentía un dolor tremendo. Cerró los ojos y apretó los dientes para no gritar. Le parecieron horas hasta que Gabrielle terminó de cambiarle los vendajes, aunque en realidad no pasó de unos pocos minutos-. Ya está -dijo Gabrielle al terminar con el último. Aún estaba maravillada de la capacidad de Xena para sobrevivir a pesar de todos los ataques que había sufrido.
-Ahora te toca a ti -dijo Xena sentándose, aguantando a duras penas el dolor que reapareció en su cuerpo. Gabrielle le entregó el ungüento y luego se sentó a su lado, con la espalda descubierta-. Prometo tener cuidado.
-Sé que lo harás -respondió Gabrielle. Se abrazó a sí misma anticipándose al dolor que sabía que iba a sentir en breve. Xena empezó dándole un suave masaje en los hombros. Esperó hasta notar que los músculos de la bardo se relajaban y después continuó. Se tomó su tiempo, descendiendo hasta que todas las huellas del látigo quedaron cubiertas con el ungüento. Gabrielle se maravilló al pensar en lo feroz que Xena podía mostrarse con un enemigo, y lo cariñosa y sensible que lo hacía con ella. De hecho todo el proceso de curación le dolió mucho menos de lo que había esperado.
-Ya puedes ponerte la camisa -dijo Xena limpiándose las manos. Cada una de aquellas marcas había disparado su rabia y su odio, pero también había colmado su corazón de orgullo hacia la joven. Había soportado una tortura que habría hecho caer de rodillas a cualquiera. Incluso Xena había sucumbido, pero Gabrielle encontró la fuerza necesaria para sobrevivir-. ¿Cuándo dejaste de ser una chica indefensa y te convertiste en la increíble mujer que tengo delante? -dijo Xena, sin darse cuenta de que estaba hablando en voz alta.
-¿Qué has dicho?
-Nada. -La cara de Xena se tornó pétrea de nuevo, reprochándose a si misma el haber dejado escapar tan distraídamente sus pensamientos-. ¿Sabes? Estoy orgullosa de ti.
-Xena. -Gabrielle se volvió y se sentó junto a la guerrera. Sabía lo duro que era prodigar cumplidos para Xena, y éste era con diferencia el más grande que le había dirigido nunca-. Sólo hice lo que pensé que querrías que hiciera.
-Gabrielle, te enfrentaste a Drax a pesar del dolor. Rechazaste el camino fácil. -Xena bajó la cabeza y apartó la mirada, intentando ocultar a Gabrielle las lágrimas que empezaban a acumularse en sus ojos-. No te dejaste quebrantar. Pero yo sí -admitió en voz baja.
-Xena, mírame. -Gabrielle puso su mano bajo la barbilla de la guerrera y le giró la cara-. ¿A qué te refieres?
-No quiero hablar de eso ahora -dijo secándose los ojos. Gabrielle vio cómo las emociones de Xena desaparecían de sus ojos. "Aquí está su máscara otra vez", pensó al bardo.
-Pero estaría bien hacerlo. No recuerdo demasiado de lo que pasó. Sólo sé que no podía, que no quería decir las cosas que ella pretendía que dijera. No podía hacerte eso. -Liberó la barbilla de Xena, no sabía hasta dónde llegar con la conversación-. Mira, podemos hablar de esto en otro momento. Ahora, voy a hacer pan de nueces. -Se levantó y volvió a la chimenea, dando así tiempo a ambas para reordenar sus pensamientos.
-Esta parte no me gusta nada -dijo Xena mientras Gabrielle la ayudaba a volver a la cama, tras una breve visita al "lavabo" de la cabaña.
-Un poco de humildad no te vendrá mal, mi querida guerrera -dijo Gabrielle. Una almohada en la cara fue lo único que recibió como respuesta-. ¿Quieres que te lave? De todas formas tengo que cambiarte ya algunas de las vendas.
-Supongo que es una buena idea. Aún tengo encima el repugnante olor de esa celda.
-Bueno, Hércules no se sentía muy cómodo ante la idea e Iolaus estaba aterrorizado por lo que podrías hacerle después. -Gabrielle rió entre dientes ante la imagen de Iolaus tratando de lavar a Xena. Aún recordaba cómo le habían temblado las manos cuando ella se lo había mencionado. Todavía se reía cuando colocó dos cubos de agua junto al fuego.
-Gabrielle, puedo hacerlo sola -dijo Xena al ver a Gabrielle acercar los cubos a la cama un rato después.
-Tú échate y relájate -dijo la bardo. Comenzó por el cuello y la espalda, tomándose su tiempo y empleándose a fondo en el proceso. Xena se rindió ante el suave contacto de Gabrielle, dejando que el masaje relajara sus músculos. Fue en el momento en que Gabrielle llevó el paño hacia su torso y comenzó a deslizarlo sobre su estómago cuando la guerrera se puso tensa.
-Ya termino yo, Gabrielle -dijo, quitándole el paño de las manos. Se lavó rápidamente el resto del cuerpo antes de devolvérselo a la bardo. Gabrielle se preguntó qué podía haber asustado a Xena en el momento en que había empezado a lavarla por delante. Un breve pensamiento cruzó la mente de la joven bardo, pero sacudió la cabeza para librarse de él.
-Toma, ya está. Ahora voy a darme un gran baño caliente -dijo alejándose en busca de un poco de agua fresca-. Después de todo, tenemos pendiente una charla y mucho pan de nueces -añadió antes de salir a recoger nieve para derretirla después. Xena se recostó y pensó en lo que acababa de ocurrir. El tacto de Gabrielle era delicado, casi como una caricia, y había disfrutado con él mucho más de lo que se atrevía a admitir. Ya era bastante duro no mirarla cuando se vestía o se desnudaba. Su cuerpo se había desarrollado mucho en los dos últimos veranos. Ya no era la joven asustadiza que Xena había conocido. Su Gabrielle era ahora una reina amazona muy hábil con su cayado. Se había convertido en una hermosa mujer.
Gabrielle meditó mucho mientras rellenaba los cubos con nieve. Recordó la primera vez que vio a Xena y cómo empezó a seguirla. Entonces era una mujer fría, distante, alguien con quien era difícil convivir. Ahora había veces en las que Gabrielle se sentía muy cerca de la guerrera. Parecía que era capaz de sacar su mejor cara. También le dedicaba halagos más a menudo. Gabrielle apreciaba cada palabra amable, cada pequeño gesto, y era consciente de que recientemente le prestaba más atención. Xena siempre la había sobreprotegido, pero estas últimas lunas aquello se había convertido en algo exagerado. Gabrielle solía poder entrar sola en las tabernas, y ahora Xena insistía en hacerlo primero para asegurarse de que no había peligro. Sabía que se sentía más apegada a aquella mujer que a cualquier otra persona en su vida. No sabia qué haría sin ella. Apartando este último pensamiento de su mente, recogió los cubos y volvió dentro.
Xena dirigió al vista hacia la chimenea, pero miró a Gabrielle por el rabillo del ojo. Estaba canturreando, sin saber que ella la observaba. Xena sintió acelerarse su respiración al ver el agua y el jabón deslizarse por su espalda. Cuando se volvió, Xena miró directamente hacia el fuego, y no dejó de hacerlo hasta que Gabrielle dio por terminado su baño y se puso la camisa.
-Y ahora el pan de nueces -dijo Gabrielle alegremente llevando la hogaza caliente hasta la cama. Se sentó con las piernas cruzadas junto a Xena y partió un gran trozo para ella-. Entonces... mmm... dime, ¿qué ocurrió en aquella celda? -preguntó la bardo echándose un gran rozo de pan a la boca. A Xena siempre le había maravillado la capacidad que tenía para comer y hablar a la vez.
-No estoy segura de querer hablar de eso ahora -dijo ella mirando a los ojos verdeazulados de la joven.
-Xena, por favor, dímelo. Necesito saberlo -le pidió Gabrielle apasionadamente-. Antes dijiste que ella te quebrantó. ¿Cómo? ¿Qué ha podido hacerte ella que no te haya hecho ya alguien antes? -Gabrielle estaba pensando en todas las batallas que Xena había librado en sus días como señor de la guerra. Sabía que la guerrera había sufrido heridas mucho más graves que éstas.
-Te hizo daño -dijo Xena en voz baja mientras bajaba la vista hasta sus manos-. Habría hecho cualquier cosa con tal de que parara.
-Oh, Xena -exclamó Gabrielle comprendiendo al fin. Sabía que ella habría hecho lo mismo de haber estado en su lugar. Se inclinó ligeramente hacia ella y le puso la mano sobre su torneado muslo. Xena la cubrió con la suya y la acarició con cariño.
-Le supliqué, Gabrielle. Le rogué y le supliqué que dejara de golpearte. Habría hecho cualquier cosa para librarte de aquel dolor. -La imagen de la espalda de Gabrielle cruzó como un rayo la cabeza de Xena, estremeciéndola. Las lágrimas comenzaron a caer sin control de sus profundos ojos azules-. Me alegro de que me golpeara tanto como para impedirme ver. Pero aún podía oír. Te oía gritar y... y no podía...
-Shh -dijo Gabrielle abrazando a la desconsolada mujer-. Sé que hiciste todo lo posible para protegerme, y te adoro por ello. -Recorrió con sus manos la espalda de Xena para reconfortarla, con cuidado de no forzar sus costillas rotas. Xena enterró su cabeza en el hombro de la bardo y permitió que el dolor la invadiera. Gabrielle siguió acariciándole el pelo mientras la mecía-. Lo sé, lo sé -repetía rítmicamente, intentando calmar a la guerrera. En su debilitado estado, el agotamiento cayó sobre la imponente mujer, por lo que a Gabrielle no le llevó mucho tiempo tumbarla para que pudiera dormir. Y la bardo se acercó, abrazándose a su guerrera.
Xena despertó temprano, pero no se levantó como normalmente hacía. Se encontró rodeada por los brazos y las piernas de Gabrielle. Pensó en escabullirse, pero decidió que estaba demasiado a gusto como para acabar con el momento tan pronto. Se permitió vagar en perezosos círculos con sus dedos por el brazo de la bardo, disfrutando la sensación de la suave piel bajo ellos un buen rato antes de desasirse y levantarse por fin. Fue hacia el cayado de Gabrielle y lo usó como muleta para ir hasta el lavabo, ignorando el dolor de su pierna y sus costillas.
Gabrielle sacó la cabeza de entre las mantas bastante después y captó el aroma del desayuno. Xena estaba sentada junto a la chimenea, bebiendo una taza de té. -Ya pensaba que ibas a dormir todo el día -dijo mirando a la bardo, medio dormida aún.
-¿Cuánto tiempo llevas levantada? -le preguntó Gabrielle ya incorporada y desperezándose. Notó que los ojos de Xena no se habían apartado de ella, así que se esforzó por ahogar el gesto. Las ideas comenzaron a formarse de nuevo en la mente de la bardo. Ideas que quería seguir explorando.
-Como una hora y media. -La guerrera preguntó mientras se giraba otra vez hacia la comida, aún a medio hacer-. ¿Tienes hambre? Vaya pregunta. ¿Mi bardo sin hambre? -se rió Xena. El silencio cayó en la habitación un momento mientras ambas mujeres consideraban en silencio, y al mismo tiempo, el "mi bardo" de la frase de Xena. Gabrielle sonrió y rompió el silencio.
-Pues sí, me muero de hambre. ¿Qué has preparado? -dijo deslizándose de la cama y colocándose junto a la guerrera. Xena dio gracias a los dioses de que Gabrielle no mencionara más su pequeño desliz lingüístico.
-Pensé que te apetecería un poco de pan y pescado -dijo Xena apartando este último del fuego y sirviéndolo en dos platos.
-¡Mira el tamaño de ese pez! No sabía que pudieran ser tan grandes -exclamó Gabrielle partiendo un gran pedazo y metiéndoselo en la boca.
-Bueno, el mérito no es mío. He encontrado una pila de peces congelados junto a la puerta.
-Iolaus o Hércules debieron atraparlos para nosotras antes de irse. Nunca me había molestado en mirar. ¿Cómo los encontraste?
-Eché un vistazo rápido afuera mientras estabas durmiendo. Hacía mucho tiempo que no veía tanta nieve.
-¿Cómo te las has arreglado con la pierna rota?
-Utilicé tu cayado para apoyarme. Pero tengo que admitir que ahora las costillas me duelen un poco.
-No me extraña. Te llevaste una buena paliza. -Todo volvió a quedar en silencio, puesto que ninguna de las dos quería hablar del incidente con Drax-. Xena, necesito que me dejes tu espada y tu daga un rato.
-Claro, ¿qué vas a hacer? -Gabrielle nunca le pedía prestadas sus armas, lo cual le disparó la curiosidad.
-Es una sorpresa. Confía en mí. Iré a ver a Argo ya que salgo.
-Vale, pero ten cuidado. No vayas más allá de donde yo pueda oírte.
-Sí, mamá -dijo Gabrielle con tono sarcástico.
Gabrielle inspeccionó varios árboles antes de encontrar lo que andaba buscando. Sonriendo, agarró la espada y comenzó a golpear una rama larga y gruesa. Ya sudaba a raudales para cuando logró separarla del tronco. Luego la llevó a rastras hasta el establo. -Hola Argo, ¿cómo estás? -dijo a la preciosa yegua mientras le rellenaba el comedero. Luego se sentó en la esquina opuesta a la que ocupaba el animal y colocó la rama sobre su regazo. Sacó la daga y comenzó a quitarle la corteza y toda la madera que no iba a necesitar. Tal y como había dicho Xena, la daga y la espada estaban bien afiladas. Para cuando hubo terminado tenía varios cortes en las manos y uno más junto a su ombligo, puesto que la hoja se le había resbalado de entre mas manos en varias ocasiones. Cuando logró la forma adecuada, Gabrielle comprobó el tamaño. Xena era mucho más alta que ella, lo cual hizo difícil calcular con precisión la altura. Con frecuencia regresaba a la cabaña, asomaba la cabeza, llevaba agua y dejaba que Xena comprobara con sus propios ojos que se encontraba bien. Habían pasado casi seis horas desde que salió. Por fin, satisfecha con el resultado, abandonó el establo y volvió a la cabaña, aunque dejó de momento lo que había hecho afuera, junto a la puerta.
-¿Dónde has estado? -le dijo Xena cuando entró. Gabrielle tenía el aspecto de alguien que ha llevado a cabo una tarea física. Su cabello rojizo estaba pegado a su cara, y traía las manos sucias-. ¿Qué has hecho? ¿Talar cada maldito árbol del bosque? -bromeó Xena.
-No, sólo una rama -dijo Gabrielle. Abrió la puerta y dejó que Xena viera su invento-. La he hecho para ti. Así no tendrás que usar mi cayado. Mira, esta parte de arriba es en curva y tiene un mango a media altura para que puedas descargar el peso sobre la mano y tus costillas no sufran tanto.
-Gabrielle -dijo Xena sorprendida tomando la muleta de las manos de la bardo-. Es preciosa. Debes haber trabajado en ella todo el día. -Gabrielle se balanceó atrás y adelante, halagada por el cumplido.
-No estaba segura de la altura. La puedo acortar si hace falta.
-No, está perfecta -dijo Xena suavemente. Se la puso bajo el brazo y la probó. Era perfecta. Gabrielle había conseguido la altura y la forma correctas para su constitución-. Muchas gracias, Gabrielle. Significa mucho para mí. -Cojeó ligeramente hacia delante y abrazó a la bardo, que le correspondió al instante. Sabía que Xena estaba emocionada. Le había costado tanto tiempo conseguir que la guerrera le dedicara una alabanza o una sonrisa que el hecho de que ambas se encontraran en aquella situación era casi abrumador. Había valido la pena.
Cuando rompieron el abrazo, Xena distinguió la mancha entre rojiza y marrón del top de la bardo. -¡Gabrielle, te has herido!
-No es nada, Xena. La daga se me escapó, eso es todo. -Gabrielle retrocedió un paso. No había querido que la guerrera viera el corte.
-¿Se te escapó? ¿Y no viniste para que te curara? -Xena deslizó su voz hasta un tono de profunda seriedad-. Ven aquí y déjame ver.
-No es nada grave. Sólo un pequeño corte.
-Gabrielle -dijo Xena con ese tono de "no pienso discutir contigo" señalando hacia la cama-. Ven aquí. -Gabrielle suspiró dándose por vencida y fue hasta ella. Xena puso a hervir un poco de agua y buscó unas hierbas en sus alforjas. Descubrió con agrado que podía moverse mucho mejor gracias a la muleta que Gabrielle le había hecho para sustituir al cayado. De espaldas a la bardo, no fue capaz de ver la sonrisa de oreja a oreja que se dibujó en su cara mientras ella se movía por la cabaña.
La herida no era tan grave como Xena había pensado, pero más profunda de lo que Gabrielle le había dado a entender. Con delicados y suaves movimientos Xena limpió a conciencia la zona para vendarla después. -Bien, he terminado.
-Gracias -dijo Gabrielle sentándose. Al momento captó una expresión sombría en sus ojos azules-. Xena, ¿qué ocurre? -La cara de la guerrera cambió al instante, haciendo visible su máscara una vez más-. Hey, no me des de lado. -Gabrielle se inclinó hacia ella y le agarró la muñeca, obligando a la guerrera a mirarla. -Habla conmigo -le rogó casi con un susurro.
-Resultas herida una y otra vez por mí -dijo Xena lentamente mirando al suelo-, y nunca te quejas.
-No me quejo porque es mi elección estar contigo. Actúas como si todo lo que me pasa fuese culpa tuya. Y no lo es. No eres tú quien me hace daño, excepto... -Gabrielle dejó morir la voz en su garganta. No quería expresar su mayor temor.
-¿Excepto qué? Gabrielle, ¿te he hecho daño de alguna forma? -La idea de que Gabrielle sufriera sin ella saberlo invadía a Xena de una tristeza tan profunda como nunca antes había sentido, ni siquiera cuando murió Marcus. -Dímelo, por favor.
-Me haces daño cuando... -Gabrielle tragó saliva, buscando en su interior la fuerza necesaria para pronunciar aquellas palabras-. Cuando hablas de nosotras yendo por caminos separados. A veces pareces tan enfadada conmigo que tengo miedo de que sea ese el momento en que decidas dejarme atrás. -Las lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de la bardo-. Xena, no quiero que me abandones. Quiero quedarme contigo. -La voz desapareció cuando las lágrimas dejaron paso a los sollozos. Había admitido su mayor miedo a la persona que más significaba para ella. Xena rodeó a la bardo con sus brazos y la atrajo hacia sí, abrazándola con firmeza y cariño.
-Shh, no voy a dejarte, pase lo que pase. Te lo prometo. -Xena acarició dulcemente la espalda de Gabrielle, con cuidado de no tocar las marcas del látigo. -Gabrielle, no puedo imaginar mi vida sin ti. Las palabras no se me dan bien, ya lo sabes. -Xena calló un momento y parpadeó con fuerza para aclarar su vista de las lágrimas que se empezaban a formar también en sus ojos-. Oye, ¿por qué no me cuentas una historia mientras preparo la cena? Sé que no has comido en todo el día, debes estar muerta de hambre. Haremos un trato. Si la historia es realmente buena me tragaré mi orgullo y te haré una hogaza de pan de nueces. ¿Qué te parece? -Xena se irguió y miró a su joven amiga. Gabrielle se secó las lágrimas y sonrió. Le encantaba que Xena le pidiera una historia.
-Trato hecho. ¿Qué clase de historia quieres? ¿Acción? ¿Aventura? ¿Romance?
-Decide tú. Me gustan todas, siempre y cuando no salga yo. -Puso una mano sobre la rodilla de Gabrielle y la apretó cariñosamente antes de levantarse y cojear hasta la chimenea para empezar a preparar la cena. Gabrielle pensó sobre el tipo de historia que iba a contar. Era una elección difícil. Mientras trabajaba en la muleta había decidido que su siguiente historia sería un cálido romance. Quería ver la reacción de Xena. Las sospechas de Gabrielle sobre sus verdaderos sentimientos se estaban haciendo más y más fuertes con cada roce, con cada sonrisa, con cada palabra amable. Esperaba estar en lo cierto, puesto que con el paso de los días mantener el control se estaba volviendo realmente duro.
-Me parece que ya hemos tenido suficiente acción y aventura por un tiempo. Es hora de un poco de romance -dijo Gabrielle. Xena se giró para mirarla y elevó una ceja.
-¿Perdona?
-Me refiero a la historia, guerrera estúpida -se burló Gabrielle. Luego sonrió para sí, puesto que había obtenido exactamente la reacción que quería. Xena no supo decir qué, pero había algo en aquella sonrisa de Gabrielle que la puso nerviosa.
-Vale, adelante entonces -dijo Xena devolviendo su atención a la comida. Gabrielle se sentó detrás de ella y con voz suave comenzó una de las mejores narraciones de Safo. Xena se permitió perderse en la voz de la bardo, dejando que las palabras acariciaran su mente como si fueran música. Cerró los ojos y dejó que aquella voz la llevara al interior de la historia. Sólo el olor a comida quemada la devolvió a la realidad. -¡Oh, Hades! -exclamó tratando de salvar valerosamente de las llamas la comida chamuscada.
-No tiene importancia -dijo Gabrielle luchando por ahogar la risa. Nunca había visto a Xena tan distraída como para echar a perder una comida. Se había contestado otra de las preguntas que ocupaban la mente de la bardo. Xena, por su parte, maldijo en silencio por haberse dejado distraer con tanta facilidad mientras preparaba una nueva hornada.
Se comieron la cena y, tal y como había sido prometido, hubo pan de nueces de postre. Gabrielle devoró felizmente su pedazo mientras Xena arrojaba más troncos al fuego. Cuando consiguió una hoguera lo suficientemente buena, se recostó utilizando el borde de la cama para apoyar la espalda. Gabrielle se sentó a su lado, un poco más cerca de lo normal.
-Xena, ¿puedo preguntarte algo personal?
-Puedes preguntar lo que quieras, pero no sé si te contestaré. -Xena se irguió, a la expectativa.
-Bueno, me preguntaba...
-¿Qué?
-Pues, lo que se siente... al... -Gabrielle sintió cómo el rubor le subía por el cuello hasta las orejas, y estaba segura de que Xena podía verlo también.
-Gabrielle, suéltalo. Nunca antes te había visto tan falta de palabras. -Xena rogó secretamente para que Gabrielle no las encontrara. Si era algo tan difícil de preguntar, no estaba segura de querer oírlo.
-Bueno... -lo intentó de nuevo.
-Eso ya lo has dicho antes, y varias veces -dijo Xena, ligeramente sorprendida.
-¿Cómo es el sexo? -le espetó finalmente Gabrielle. Xena la miró a la luz del fuego y elevó una ceja. Ese no era en absoluto el tipo de pregunta que esperaba.
-Gabrielle, has estado casada. Seguro que tú y Perdicus... -Dejó la frase colgando. No quería imaginarse a Gabrielle en esa situación, con nadie.
-En realidad no -admitió Gabrielle por primera vez-. Fue un día muy largo y... bueno... él se puso un poco... no pudo esperar...
-¿A qué te refieres? -El miedo cruzó por la mente de Xena junto a varias visiones de Perdicus penetrando a Gabrielle violentamente.
-Nunca lo hizo conmigo. -Las mejillas de Gabrielle se enrojecieron al reconocerlo-. Estaba demasiado excitado. Y después, se quedó dormido.
-Oh Gabrielle -dijo Xena suavemente-. Lo siento. No lo sabía. Quieres decir que él nunca... -intentó reprimir una sonrisa irónica.
-No. Creo que soy una viuda virgen. -Ambas consideraron esas palabras un segundo y luego estallaron en carcajadas. Les llevó un buen rato recuperar el control. Gabrielle se secó los ojos y hablo de nuevo. -Contesta a mi pregunta.
-Um, ¿cuál era? -Xena trató de recordar dónde había quedado la conversación antes de tomar este nuevo rumbo.
-¿Cómo es el sexo?
-Oh, eso. -La guerrera pensó un momento antes de responder-. Depende de con quién estés y lo que busques.
-No lo entiendo -dijo Gabrielle. Realmente no tenía ni idea de lo que Xena quería decir.
-¿Necesitas algo más específico, Gabrielle? -preguntó Xena levantando una ceja.
-No -contestó rápidamente-. Bueno, sí. Quiero que me hables de los besos.
-¿Qué pasa con ellos? -Xena suspiró aliviada en su interior. Al menos no le había pedido que le hablara de su pasado sexual, por otro lado bastante extenso.
-La verdad, yo besé a algunos chicos de mi aldea cuando era pequeña y siempre me pareció algo, bueno, algo asqueroso. Pero he oído historias que dicen que besar puede ser algo placentero. Yo nunca he encontrado placer en un beso.
-Eso es porque aún o has encontrado a la persona adecuada -dijo Xena sonriendo-. Si es ella quien te besa, puedes sentirlo muy adentro, en el centro mismo de tu corazón.
-¿Has sentido tú eso alguna vez? -preguntó Gabrielle. Xena la miró un momento, tomando conciencia de lo mucho que deseaba decírselo.
-No.
-¿No? ¿Y ya está? ¿Significa eso que lo que has dicho antes no es verdad? -Gabrielle se resistía a creer que el beso mágico del que tanto y tantas veces había leído no existiera.
-No sé si es real o no, Gabrielle. Sólo que yo nunca lo he sentido. -Xena esperaba que aquello bastase a la bardo y que la conversación acabara allí. A veces se preguntaba si esa magia se desataría si besaba a Gabrielle.
-Oh -fue todo lo que la bardo contestó. Se metió otro pedazo de pan de nueces a la boca y masticó concienzudamente, dejando a Xena con sus pensamientos. En su interior, Gabrielle sonreía. Todo se desarrollaba según tenía planeado.
