Declaimer: los personajes le pertenecen a Masashi Kishimoto, solo los tomo prestados para dar un poco de vida a esta historia, que por cierto tampoco es mía sino de la talentosa escritora Linda Howard. Sin más, que disfruten la lectura
DOS
Se alegró de que el día siguiente fuera sábado, porque después de pasarse la noche alternativamente llorando y contemplando el techo, se levantó tarde y cansada, con párpados pesados y movimientos lentos. Hizo un esfuerzo por realizar las tareas rutinarias de la casa, pero a media tarde se dejó caer sobre el sofá, demasiado cansada y abatida para ocuparse de nada más. Tenía que comprar comida, pero era superior a sus fuerzas. Un rápido inventario mental de sus provisiones la tranquilizó: no se moriría de hambre, al menos durante un par de días.
Sonó el timbre de la puerta, y Hinata fue a abrir sin pensar. Nada más ver el rostro sombrío de Sasuke, fue presa de la desesperación. ¿No podría haber esperado hasta el lunes? Ella se habrá recuperado para entonces y no estaría en desventaja. Ni siquiera disfrutaba del consuelo de estar bien vestida. El pelo le caía libremente por la espalda, llevaba unos vaqueros viejos, ceñidos y descoloridos, y el jersey holgado que se había puesto dejaría traslucir que no llevaba sujetador.
Reprimió el impulso de cruzar los brazos, en particular cuando Sasuke la miró de arriba abajo, desde el rostro exento de maquillaje hasta los pies enfundados en calcetines azules.
-Invítame a entrar -le ordenó, con voz más grave de lo habitual.
Hinata no pronunció una invitación verbal, no podía. Dio un paso atrás y abrió la puerta de par en par, y Sasuke se adentró en el salón. Llevaba un atuendo informal: unos pantalones de vestir tostados y un jersey azul con un par de botones en el cuello.
-Siéntate -lo invitó, cuando por fin acertó a hablar. Sasuke se sentó en el sofá y ella ocupó el sillón que estaba justo enfrente, incapaz de trabar conversación, a la espera de que él disipara la tensión hablando.
Sasuke no era consciente de la tensión; el aspecto de Hinata lo había desconcertado y le estaba costando asimilar aquella nueva faceta de su personalidad. Esperaba encontrarla vestida con tacones, pantalones negros de vestir y una blusa de seda, y con una máscara de frialdad como barrera entre ellos. En cambio, estaba muy juvenil, relajada y atractiva con aquella ropa vieja y cómoda. Tenía la figura y el porte aristocrático y airoso que le permitían lucir cualquier prenda, incluso un viejo jersey, con naturalidad y elegancia. Sabía que era de la misma edad que Ino, así que debía de tener treinta y tres, pero la frescura de su rostro le quitaba al menos diez años de encima. Así era como a menudo la había imaginado o, al menos, era una variante de su ensoñación. No había rastro de la pose de indiferencia que había esperado encontrar, y comprendió que Hinata estaba en inferioridad de condiciones. Con fruición, volvió a contemplarla de pies a cabeza, y su mirada se posó en la libertad de los senos bajo el jersey; para sorpresa y creciente deseo de Sasuke, un cálido rubor cubrió sus mejillas.
-Lamento lo de anoche -dijo con brusquedad-. Al menos, lo que dije. No lamento haberte besado, ni haber estado a punto de acostarme contigo.
Hinata bajó los ojos, incapaz de sostener la mirada intensa de Sasuke.
-Lo entiendo. Los dos estábamos...
-Afligidos. Lo sé -remedió la interrupción con una media sonrisa-. Pero, afligido o no, la segunda vez te besé porque quería besarte. Me gustaría verte, invitarte a cenar, si puedes perdonarme por lo que dije.
Hinata se humedeció los labios. En parte, quería aprovechar la oportunidad, cualquier oportunidad, para estar con él, pero al mismo tiempo sentía recelo, miedo a sufrir.
-No creo que sea una buena idea -dijo por fin, arrancando las palabras de su garganta reseca- Ino... Siempre tendría presente a Ino.
Los ojos de Sasuke ennegrecieron de dolor.
-Y yo. Pero no puedo dejarme morir con ella; la vida sigue. Tú me atraes y te seré sincero, siempre me has atraído -se pasó la mano con desazón por el pelo, trastocando el mechón que solía caerle sobre la frente-. Maldita sea, no lo sé -barbotó, confundido-, pero anoche, por primera vez, pude hablar sobre ellos. Tú los conocías y tú lo entiendes. Me reconcomo por dentro, pero puedo sincerarme contigo. Por favor, Hinata, eras amiga de Ino. Sé ahora mi amiga.
Hinata contuvo el aliento y lo miró, desolada. ¡Qué ironía que el hombre que amaba desde hacía años le suplicara su amistad porque sentía que podía hablar con ella sobre su difunta esposa! Por primera vez, albergó rencor hacia Ino, la odió por el poder que ejercía sobre Sasuke, un poder que no había disminuido ni siquiera tras su muerte. Pero ¿cómo podía decirle que no cuando la miraba con tanta desesperación? ¿Cómo podía oponerse pidiera lo que pidiera? La cruda verdad era que no podía negarle nada.
-Está bien -susurró.
Sasuke se quedó inmóvil durante un momento; entonces, asimiló la respuesta y cerró los ojos con alivio. ¿Y si ella se hubiera negado? En cierto sentido, no podía comprenderlo, pero era vital para él que no lo rechazara. Era su último vínculo con Ino y, más aún, la noche anterior había roto el hielo que la rodeaba y había descubierto que no era en absoluto fría. Quería hacerlo otra vez. La perspectiva de enardecerla dificultó su respiración y agitó su entrepierna.
Para distraerse de su creciente deseo, paseó la mirada por el apartamento y, una vez más, se sorprendió. No había cromo ni cristal, solo texturas confortables y colores relajantes. Los muebles eran recios y mullidos, tentadores para un cuerpo cansado. Sasuke deseó estirarse sobre el sofá, lo bastante largo para dar cabida a sus piernas, y ver un partido de béisbol en la televisión mientras masticaba palomitas de maíz recién hechas y saladas y sostenía una lata de cerveza helada en la mano: así era de acogedora la habitación. Allí, pensó, era donde Hinata se soltaba el pelo, literalmente, y admiró con placer la melena oscura. Cuando se lo recogía en un severo moño para ir a trabajar, anulaba cualquier indicio de rizo, pero Sasuke comprobó en aquellos momentos que no tenía el pelo liso. Las puntas tenían la tendencia de formar rizos vaporosos y llenos. Era de un color tan llamativo que lo dejaba sin aliento.
-Me gusta esta habitación -declaró, con los ojos clavados en ella.
Hinata miró alrededor con nerviosismo, consciente de lo mucho que revelaba sobre sí misma el entorno que había creado como refugio. Había crecido en una casa con todas las comodidades, pero desprovista de amor. Siempre impecable, había sido concebida a la perfección por un diseñador de interiores que cobraba una atrocidad, pero su frialdad le había producido a Hinata escalofríos, y había inventado excusas, incluso de niña, para huir de allí. La frialdad era un reflejo de la hostilidad del hombre y de la mujer que la habitaban, ambos tan amargados por estar atrapados en un matrimonio sin amor que no habían prodigado afecto ni risas a la hija que, aunque inocente, era la cadena que los mantenía atados.
Cuando por fin se divorciaron, apenas semanas después de que Hinata entrara en la universidad, fue un alivio para los tres. Como nunca se había sentido unida a sus padres, a partir de entonces, se distanció aún más. Su madre se había vuelto a casar y vivía en Bermuda; su padre también tenía otra esposa y se había mudado a Seattle y, a la edad de cincuenta y siete años, era el ufano padre de una niña de seis años.
El único ejemplo de vida hogareña que Hinata había conocido se lo había procurado Ino, primero con la casa de sus padres y, después, con el hogar que había creado con Sasuke. Ino tenía el don de amar, un torrente desbordante de afecto que era un imán para los que la rodeaban.
Con Ino, Hinata había reído y bromeado, había vivido la adolescencia como cualquier otra joven, pero Ino ya no estaba. Al menos, pensó Hinata con pesar, Ino había muerto sin saber que su mejor amiga estaba enamorada de su marido.
De repente, recordó los buenos modales y se puso en pie con dificultad.
-Lo siento. ¿Te apetece beber algo?
"Una cerveza fría», pensó Sasuke. «y palomitas saladas». Apostaba cualquier cosa a que Hinata no bebía cerveza, pero podía imaginarla acurrucada a su lado, saboreando un refresco y posando la mano en un cuenco de palomitas. Ella tampoco hablaría durante el partido; pero durante los anuncios, Sasuke le levantaría la cabeza y la besaría despacio, y lamería la sal de sus labios. Cuando el partido terminara, estaría tan enardecido que la haría suya allí mismo, sobre el sofá, o quizá en la alfombra, delante de la televisión.
Hinata se movió con incomodidad, preguntándose por qué la miraba tan fijamente; Se llevó la mano a la mejilla, pensando que podía entrar un momento en el dormitorio y maquillarse un poco. Cualquier cosa sería mejor que nada.
-¿No tendrás cerveza? -preguntó Sasuke con suavidad, sin dejar de mirarla.
A pesar suyo, Hinata río al oír la pregunta. No había comprado cerveza en la vida; lo único que conocía de ella eran los anuncios pegadizos de la tele.
-No, no has tenido suerte. Solo puedes elegir entre refrescos, agua, té o leche.
Sasuke enarcó las cejas.
-¿Nada de alcohol?
-No bebo mucho. Mi metabolismo no tolera el alcohol. En la universidad, descubrí que emborracharme me sale muy barato.
Cuando Hinata sonreía, su rostro se avivaba y lo dejaba sin aliento. Sasuke se movió con incomodidad. ¡Maldición! Todo lo que ella hacía le hacía pensar en el sexo.
-Creo que me abstendré de tomar nada, a no ser que me invites a cenar... -elevó las cejas a modo de pregunta.
Hinata se dejó caer en el sillón, irritada por la libertad que Sasuke se tomaba con su amistad recién nacida. ¿Cómo iba a invitarlo a cenar? Ya era muy tarde y no había hecho la compra. La comida más consistente que podía ofrecerle era sándwiches de mantequilla de cacahuetes, y Sasuke no daba la impresión de ser adicto a los cacahuetes. ¿qué le gustaba comer? Desesperada intentó recordar las comidas de Ino, pero su amiga había sido un desastre en la cocina y se había limitado a preparar platos sencillos, destinados a aplacar el apetito más que a satisfacer sus preferencias. Hinata era una cocinera excelente, pero había un límite sobre lo que podía prepararse con medio paquete de pan de molde y un frasco de mantequilla de cacahuetes. Por fin, abrió las palmas de las manos con impotencia.
-No tengo la despensa vacía, pero casi. Puedo invitarte a cenar, pero será una cena tardía, porque primero tengo que salir a comprar.
El candor de Hinata lo deleitó, y profirió una carcajada sincera que iluminó sus ojos. Hinata contuvo el aliento. Desde luego, no era hermoso, pero, cuando reía, Sasuke Uchiha embelesaba a cualquiera. Aquella risa aterciopelada le produjo un hormigueo por la espalda, y se imaginó en la cama con él en la oscuridad, después de hacer el amor. Hablarían, y la voz de Sasuke la envolvería; sus resonancias le harían sentirse a salvo y protegida.
- ¿ Y qué tal si te invito a cenar? -sugirió, y Hinata comprendió enseguida que esa había sido su intención desde el principio, pero que había querido torturarla primero.
-Está bien -aceptó en voz baja-. ¿Te apetece algún tipo de comida en especial?
-Chuletas. Encontraremos las chuletas más grandes de todo Texas. No he almorzado nada -confesó.
Como estaba tan hambriento, cenaron pronto.
Hinata se sentó frente a él y masticó la chuleta sin saborearla apenas, con la mente puesta en Sasuke y en cada matiz de su expresión, en cada palabra que articulaba. Se sentía desconcertada por el giro que había tomado su relación. No podía creer que, estuviera cenando con él, trabando conversación, como si los momentos bruscos y abrasadores que había pasado en sus brazos la noche anterior no hubieran existido. Había cenado fuera Cientos de veces, pero siempre con hombres que no rasgaban su velo de indiferencia. Con Sasuke no se sentía en absoluto indiferente, sino desnuda, expuesta, aunque era una vulnerabilidad interior oculta tras su expresión serena. Tenía los nervios de punta y el corazón desbocado. Aun así, logró entablar con Sasuke una conversación normal, y fue inevitable que acabaran hablando del trabajo.
El jefe de Hinata, el señor Jiraiya, el vicepresidente primero, estaba por encima de Sasuke en virtud de su cargo, pero era un secreto a voces que cuando el señor Orochimaru, el presidente de la junta, se jubilara, el señor Jiraiya no sería quién ocupase su lugar. Sasuke era joven, pero era un estratega empresarial brillante y conocía todas las facetas de la compañía. Hinata pensaba que estaba sobradamente capacitado para ocupar un cargo de tanta autoridad; tenía el temperamento, la inteligencia y el carisma necesarios para gestionar la empresa. Desde que lo conocía, solo lo había visto perder los estribos una vez en el trabajo, y aquel acceso de ira había amedrentado a todos los presentes. Tenía genio, pero lo contenía con mano de hierro. Por eso era tan sorprendente que hubiese perdido los estribos con ella la noche anterior, sin apenas provocación.
Al principio, Sasuke se mantuvo un tanto rígido, como si temiera irse de la lengua, pero con el paso de las horas, se relajó, se inclinó hacia delante sobre la mesa con interés y fijó la mirada con intensidad en el rostro de Hinata. Hinata no solía exponer voluntariamente sus opiniones, prefería observar; los años de entrega a su trabajo le habían proporcionado una visión precisa sobre los mecanismos ocultos de la política de la oficina, y sobre los puntos fuertes y flacos de las personas con las que trabajaba. Con Sasuke, su por acostumbrada cautela perdía fuerza, se borraba era por completo de su conciencia. Se abría a él en todos los sentidos, demasiado feliz de poder disfrutar de su compañía para pensar en protegerse.
El rostro de Hinata, por lo general remoto y hermético, se animaba a la luz de su atención, y sus ojos grises luna perdían sus sombras y destelleaban de forma seductora.
La conversación no se apagó cuando la llevó a casa, y estaban tan absortos que, cuando Sasuke aparcó delante del bloque de apartamentos, permanecieron sentados en el coche, como adolescentes reacios a poner fin a la cita, en lugar de entrar a tomar café como colofón de la velada.
Las farolas bañaban con su luz plateada el interior del Mercedes, difuminando todos los matices de color excepto la negrura del pelo y los ojos de Sasuke y el brillo azuldo de los cabellos de Hinata. Parecía etérea a la luz de luna artificial arrojada por las farolas, y su voz resonaba con suavidad en la oscuridad.
Sasuke tomó su mano sin previo aviso.
-Lo he pasado bien. Hacía siglos que no podía hablar con una mujer. No he mantenido ninguna relación desde la muerte de Ino. Y no me refiero al sexo -le explicó con calma-, sino a trabar amistad con una mujer, hablar con ella y disfrutar de su compañía, relajarme con ella. Creo que eso es lo que más echaba de menos. Esta noche... en fin, me he sentido a gusto. Gracias.
Hinata movió la mano que Sasuke sostenía y le dio un apretón afectuoso.
-Para eso están los amigos.
La acompañó hasta su apartamento. Hinata abrió la puerta con la llave y metió el brazo en el vestíbulo para encender la luz, antes de darse la vuelta para volver a mirar a Sasuke. Le dirigió una triste sonrisa, porque lamentaba que la noche terminara. Había sido, sin exagerar, una de las veladas más agradables de su vida.
-Buenas noches. Me lo he pasado bien -mucho más que bien. Había sido una delicia.
-Buenas noches.
Pero Sasuke no se marchó. Permaneció en el umbral, contemplándola con sobriedad. Levantó la mano y le acarició la mejilla con el dedo índice; después, la bajó para rodearle la barbilla. Se inclinó hacia ella, y Hinata se quedó débil de expectación, abrió los ojos presa de un deleite febril. Iba a besarla otra vez. Sasuke unió su boca a la de ella con suavidad, y acarició con tierna destreza los labios entreabiertos y jadeantes de Hinata, embriagándola con su sabor cálido. Hinata parpadeó y, por fin, cerró los ojos despacio. Con un céfiro como suspiro, se recostó sobre él, y con Sasuke no necesitó ningún otro gesto de aliento.
La aprisionó entre sus brazos, la apretó contra su pecho y profundizó el beso despacio, como si temiera ir demasiado deprisa para ella, o quisiera darle tiempo para aceptar o rechazar cada nuevo movimiento.
Era impensable que lo rechazara. La naturalidad de Hinata carecía de la voluntad de decir que no a Sasuke en ningún sentido. El calor de su cuerpo viril la abrasaba a través de las prendas, y era como una baliza que la guiara hacia él. Le rodeó el cuello con los brazos y aceptó, ansiosa, la intrusión más íntima de su lengua. Un calor desnudo, anhelante, empezó a crecer en su interior, y deseó estar más cerca de él, fundirse de tal manera con Sasuke que la carne de él fuera la suya.
Las manos de Sasuke se movieron, inquietas, por la espalda de Hinata, anhelando la tierra prometida, aunque restringidas por el firme control que Sasuke ejercía sobre sí mismo y la situación.
Hinata, que intuía que estaba a salvo con él, lo besó con ansia desinhibida, sin importarle que de su comportamiento se desprendiera que su atracción hacia él iba más allá del sexo. Pero el sexo con él sería maravilloso, pensó con sensación de vértigo, y se aferró a él. La destreza de Sasuke se traslucía en sus caricias firmes pero suaves, en el sosiego con que abordaba cada contacto. Si la hubiera llevado a la cama en aquel preciso instante, Hinata lo habría seguido sin ni siquiera murmurar una protesta.
Pero Sasuke cortó el beso, aunque suspiró y apoyó la frente en la de Hinata durante un instante, antes de bajarle los brazos y apartarse.
-Ahora, sí que son buenas noches. Si esto sigue así, acabaré en baja forma, así que será mejor que pare. Te veré el lunes por la mañana, en la oficina.
Hinata recuperó con rapidez la compostura, y se envolvió con ella como si fuera una capa.
Trató de disimular su respiración entrecortada. Su cuerpo se sentía traicionado, pero Sasuke tenía razón: debían parar o ya no pararían.
-Sí, buenas noches -susurró, antes de entrar en su apartamento y cerrar la puerta sin hacer ruido.
Sasuke regresó al coche, pero permaneció sentado durante largo rato antes de arrancarlo y marcharse. No, Hinata no era nada fría, pese a su apariencia y su pose de princesa de hielo. No le había hecho gracia irse; sus sentidos clamaban por el consuelo que encontraría en su cuerpo suave y cálido de mujer, pero, no sin cierta sorpresa, había comprendido que no podía poseerla con la misma ligereza con que había poseído a
otras mujeres en los últimos dos años. Era la amiga de Ino, e Ino la había querido; su conciencia no le permitía tratarla como un objeto sexual. Además, había disfrutado cenando con ella. Hinata tenía un agudo sentido del humor, y cuando se relajaba, estaba realmente preciosa, con aquellos ojos centelleantes y su suave sonrisa. Y cuando lo besaba, lo hacía con sentimiento.
Su entrega incondicional había estado a punto de hacerle perder la cabeza. Sentir sus suaves caderas apretadas contra las de él bastaba para que se olvidara de todo salvo del cuerpo cálido y femenino que tenía en los brazos. Lejos de disminuir, el interés físico que había sentido por ella durante años se intensificaba a medida que la iba conociendo. Había visto su pelo negro azulado como un halo resplandeciente en torno a sus hombros y, en aquellos momentos, deseaba verlo en forma de abanico sobre la almohada. Hinata lo esperaría echada en la cama, con el cuerpo, curvilíneo y grácil, desnudo y los labios henchidos y trémulos por sus besos. Una oleada de posesividad le hizo apretar los dientes, y pensó en la ducha fría que tendría que darse para poder dormir.
Si se hubiera quedado con Hinata, ya estaría relajado y somnoliento, liberado de todas las tensiones.
Pero Hinata no era una mujer de usar y tirar. No solo porque trabajaban juntos, sino porque deseaba algo más de ella. Una aventura de una noche no bastaría; quería arrancarle todos sus secretos, estremecerse una y otra vez de placer al sentir el cuerpo dulce y ardiente de Hinata unido al suyo. Pensó en tener un romance con ella, pero se sorprendió preguntándose si un romance bastaría para satisfacerlo. Quería conocerla por entero, quería hacer añicos su sereno control y averiguar mil y una maneras de darle placer.
Sasuke iba a la deriva, y necesitaba a Hinata más de lo que alcanzaba a comprender, en todos los sentidos.
No era solo físico, descubrió de repente. Podía hablar con ella; era inteligente y amena, pero también poseía el don de la serenidad que hacía posible disfrutar del silencio en su compañía. Cuando contemplaba las sombras de sus exóticos ojos grises, tenía la sensación de que lo comprendía todo, sin necesidad de hablar. Pero era una mujer entregada a su profesión; había dejado muy claro a lo largo de los años que estaba a gusto sola, sin un hombre que acaparara su tiempo. Era probable que Hinata le parara los pies al menor atisbo de seriedad en su relación, así que debía ir despacio, darle tiempo para que se acostumbrara a estar con él. Sin embargo, dudaba de su capacidad de ir despacio cuando Hinata se entregaba a sus abrazos y lo besaba con tanto ardor. Deseaba tumbarla sobre una cama y besarla de la cabeza a los pies, regalarse los sentidos con sus curvas tersas y femeninas. Pero, ¿qué diría ella?
Tal vez no rechazaría la proposición de un romance. Después de todo, era una mujer adulta y moderna y, a juzgar por su ardor, estaba deseosa de acostarse con él, aunque Sasuke sabía que Hinata mantenía su vida privada al margen del trabajo. Eso sería un punto en su contra, pero acabaría persuadiéndola. No la apremiaría, esperaría a que ella misma bajara la guardia. No sabía decir por qué, pero tenía la sensación de que abrigaba cierto recelo hacia él. Quizá fuera recelosa con todos los hombres. Ino se había preguntado en voz alta varias veces si Hinata no habría tenido un amorío con un hombre casado que la hubiese dejado marcada.
Hinata escondía bien su vulnerabilidad, Sasuke se preguntó qué hombre habría sido tan idiota de gozar de toda aquella palidez gloriosa en su cama y, luego, dejarla escapar.
Hinata no esperaba volver a tener noticias de Sasuke aquel fin de semana, así que, cuando al día siguiente por la tarde contestó al teléfono y oyó su voz, se estremeció de placer. Sin embargo, Sasuke se adelantó a su saludo.
-Hinata, Jiraiya ha sufrido un infarto, y bastante grave.
Atónita, Hinata estuvo a punto de soltar el teléfono, pero lo sujetó con fuerza. Su jefe no parecía la típica persona aquejada del corazón. Era menudo, enjuto y muy activo. Era un adicto al golf, hacía jogging todos los días y, que Hinata recordara, no cometía ninguno de los excesos desaconsejados por los médicos. No era tan dinámico como Sasuke, pero Hinata sentía un gran afecto por él.
-¿ Vivirá? -preguntó por fin, en voz baja, sin rodeos.
-Está con un pie dentro y otro fuera. Me ha llamado su esposa; ahora mismo estoy en el hospital -Hinata oyó que alguien le decía algo-. Espera un momento- Sasuke cubrió el micrófono con la mano y sus palabras quedaron reducidas a una maraña ininteligible de sonidos. Después, se dirigió otra vez a ella, en tono brusco- Jiraiya se llevó a casa varios informes para repasarlos durante el fin de semana, y los necesitaremos mañana. ¿Podrías ir a recogerlos a su casa? El ama de llaves te dejará pasar.
-Sí, claro -accedió Hinata de forma automática-. ¿Qué informes necesitas?
-El estado de cuentas Sterne y el gráfico de crecimiento previsto. Mejor, revisa todo el maletín y saca lo que creas que podamos necesitar. Te dejo, hasta mañana.
-Pero, ¿en qué hospital...? -empezó a decir Hinata, pero el clic del teléfono la interrumpió.
Bueno, no podía hacer nada, de todas formas. Al día siguiente tendría más noticias sobre su jefe, y quizá el pronóstico sería menos difuso que «con un pie dentro y otro fuera». Apesadumbrada por la repentina enfermedad del señor Jiraiya, se peinó deprisa y se dirigió en coche hasta su casa. Obedeciendo instrucciones el ama de llaves la dejó pasar, y la minúscula mujer le contó a Hinata los detalles. El señor Jiraiya se había levantado con buen aspecto, y había jugado nueve hoyos al golf. Después del almuerzo se había quejado de dolores en el brazo izquierdo hasta que, de repente, sufrió el ataque.
-Estas cosas pueden ocurrir en cualquier momento -dijo el ama de llaves con solemnidad mientras movía la cabeza-. Nunca se sabe.
-No, nunca se sabe -corroboró Hinata.
Fue a la mañana siguiente, cuando la convocaron a una reunión extraordinaria en el despacho del señor Orochimaru, cuando Hinata comprendió que el infarto del señor Jiraiya podría afectar de forma drástica a su trabajo. Sasuke también estaba presente, con expresión consternada en sus ojos oscuros mientras la observaba.
Hinata le lanzó una mirada fugaz y se estremeció al pensar en sus besos. No podía sostener aquella mirada intensa y concentrarse en su trabajo, y eso resultaba angustioso. Aun estando sometida a una gran presión, siempre había sido capaz de cumplir con sus obligaciones; resultaba enojoso descubrir que Sasuke podía desequilibrarla con una sola mirada.
-Hinata, siéntate, por favor -la invitó el señor Orochimaru, con expresión amable en sus ojos sagaces. Hinata siempre había congeniado con el señor Orochimaru, pero era la primera vez que le pedía que asistiera a una reunión. Se sentó y entrelazó las manos con calma en el regazo.
Jiraiya no volverá -dijo el señor Orochimaru con suavidad-. He hablado personalmente con su médico. Si se relaja, evita el estrés y no tiene otro infarto, podría vivir durante varios años, pero no podrá trabajar. Pedirá la jubilación anticipada. Sasuke ocupará su puesto como vicepresidente primero.
De nuevo, Hinata se arriesgó a mirarlo, y lo sorprendió observándola aún con aquella turbadora intensidad. Sasuke se inclinó hacia delante en su silla y declaró:
-No puedo tomarte como mi secretaria. Karim ha trabajado para mí durante años y ascenderá conmigo.
No era ninguna sorpresa. Hinata esbozó una suave sonrisa que causó estragos en las entrañas de Sasuke. Hinata no había albergado esperanzas de ser su secretaria; de todas formas, no habría salido bien. No podría haber trabajado con Sasuke, en estrecha colaboración, todos los días. Ya era bastante terrible verlo de vez en cuando.
-Sí, por supuesto. ¿Estoy despedida?
-¡Santo Dios, no! -exclamó el señor Orochimaru, perplejo-. Ni mucho menos. Pero queremos darte a elegir. Voy a traer a un ejecutivo de Montreal para que sustituya a Sasuke, y su secretaria no quiere trasladarse aquí. Si quieres el puesto, es tuyo, y él está de acuerdo. Si prefieres cambiar de departamento, no tienes más que decirlo. Has hecho un trabajo excelente para Spencer Nyle en todos estos años; tú eliges tu puesto.
Hinata pensó en cambiar de departamento pero le agradaba el ambiente dinámico de la dirección, donde se tomaban decisiones que afectaban a miles de personas. El reto mantenía su interés y, aunque estaba cerca de Sasuke, el ritmo frenético del trabajo le impedía pensar en él a lo largo del día.
-Me gustaría ser su secretaria -contestó por fin con gravedad-. ¿Cómo se llama?
-Naruto Uzumaki. Ha estado dirigiendo nuestra oficina de Montreal con excelentes resultados. Tengo entendido que es inglés.
-Así es -confirmó Sasuke. Seguramente, pensó hinata, ya habría sacado por ordenador el expediente de Naruto Uzumaki y habría memorizado hasta la última palabra.
-Bien -dijo el señor Orochimaru con satisfacción, y se puso en pie, dando a entender que ya podían irse. Sasuke salió por la puerta detrás de Hinata, pero no regreso a su despacho. La siguió hasta el de ella y cerró la puerta. Sintiéndose inexplicablemente nerviosa, Hinata se apartó de él y se refugió detrás de su escritorio.
-Quiero que sepas -murmuró Sasuke, y se inclinó sobre la mesa para acercar su rostro al de Hinata-, que me gustaría tenerte de secretaria...mucho. Pero mi sentido común me dice que no daría pie con bola en el trabajo. Sería el típico jefe que no le quita los ojos de encima a su ayudante, así que, por el bien de la compañía, tendré que quedarme con Karin.
Hinata clavó la mirada en él y se perdió en las profundidades oscuras de sus ojos.
-Lo entiendo -susurró.
-¿Sí? -se enderezó, y la miró con sonrisa burlona-. Yo no estoy tan seguro. Pero podrías explicármelo. ¿Saldrías a cenar conmigo esta noche?
Hinata no solía salir entre semana, porque nunca sabía cuándo tendría que trabajar hasta tarde, pero cuando Sasuke la invitó, se olvidó de su acostumbrada cautela.
-Me encantaría -no podía camuflar el placer que irradiaban sus ojos grises luna, y Sasuke la miró fijamente durante un momento antes de inclinarse otra vez hacia delante y besarla con fuerza.
-Pasaré a recogerte a las ocho. ¿Qué tal si vamos a un chino?
-Estupendo. Me encanta la comida china.
Cuando Sasuke se fue, Hinata se enfrascó en los papeleos rutinarios con manos trémulas. Aquello empezaba a parecer una relación formal, y no había forma humana de dar marcha atrás, ni siquiera quería hacerlo. Pensó en Ino y cerró los ojos unos momentos. Habría muerto en lugar de Ino, si hubiera podido, pero nadie le había dado esa opción. Sasuke estaba libre, física y legalmente, aunque su corazón siguiera siendo de Ino y, si Hinata tenía alguna posibilidad con él pensaba aprovecharla.
Si no tenía ninguna cena de negocios programada, Sasuke la invitaba a cenar todas las noches durante la semana. Hinata no cavilaba sobre su buena fortuna, se limitaba a disfrutar de cada momento que estaba con él. Recordando que Sasuke solo le había pedido su amistad, intentando no decir ni hacer nada que pudiera interpretarse como coquetería, aunque, a veces, eso carecía de importancia. Cuando Sasuke le daba un beso de buenas noches, el contacto persistía, como si Sasuke se sintiera inexorablemente atraído al calor de su boca, y enseguida la aprisionaba entre sus brazos y se besaban con el fervor acumulado de dos adolescentes. Pero no había nada más; Sasuke siempre se apartaba antes de que la intimidad se intensificara, y Hinata deducía que no quería dar pie a una relación seria entre los dos. Parecía contentarse con las cosas como estaban; podía disfrutar de la compañía de Hinata, de su animada conversación, además del consuelo de sus intereses comunes. Hinata quería más, quería todo lo que él pudiera darle, pero quizá ya estuviera dándole todo lo que tenía.
Sabía que Ino siempre rondaba sus pensamientos y, cuando hablaban de ella, como inevitablemente hacían, la expresión de Sasuke se tomaba lúgubre.
Una semana después de que el señor Jiraiya sufriera el infarto, Naruto Uzumaki viajó en avión desde Montreal. Era un inglés alto y delgado, con el acento preciso de un británico de clase alta, de pelo rubio y con los ojos de color azul cielo más vivos y pícaros que Hinata había visto nunca. Era más que apuesto, gozaba de la belleza aristocrática siempre joven que embelesaba a las mujeres. Si Hinata hubiese podido mirar a alguien que no fuera Sasuke, se habría enamorado de Naruto Uzumaki nada más verlo, pero, dadas las circunstancias, el inglés recibió su habitual sonrisa educada y levemente indiferente.
Naruto no perdió el tiempo. La primera vez que Hinata se quedó a solas con él, la invitó a cenar. Hinata lo miró con ojos muy abiertos, perpleja. Era imposible malinterpretar sus intenciones, no con aquellos ojos luminosos que tan bien telegrafiaban sus pensamientos. Hinata se mordió el labio; ¿cómo podía negarse sin que su relación laboral se resintiera? Pero tampoco quería comprometerse, porque Sasuke podía invitarla a salir en cualquier momento.
-No creo que sea buena idea -se negó por fin, en tono amable-. Trabajaremos juntos y, aunque no hay ninguna normativa que prohíba las relaciones entre los empleados, suele desaconsejarse dentro del mismo departamento.
-Pero -replicó el inglés- siempre que se haga con discreción, no se le da importancia.
Hinata inspiró hondo.
-Estoy saliendo con otra persona.
-¿Se molestaría? -preguntó Naruto enseguida, y Hinata profirió una carcajada.
-No creo -reconoció, y su risa pereció en eco de dolor que empañó el grisaseo de sus ojos.
-Entonces, es un idiota -dijo Naruto entre dientes, con la mirada fija en el elegante recogido de pelo de Hinata-. Si se decide a darle una oportunidad a otro hombre, dígamelo.
-Sí -durante un instante, Hinata sostuvo su mirada cálida y penetrante-. Lo haré.
A decir verdad, Naruto la atraía más que la había atraído ningún hombre en su vida, excepto Sasuke. Le había caído bien nada más verlo y, curiosamente, se sentía relajada en su compañía porque intuía que él había reconocido los límites marcados por ella y que los respetaría hasta que Hinata le indicara lo contrario.
Aquella tarde, Sasuke y Naruto se entretuvieron en el pasillo, conversando, antes de dar finalizada la jornada. Hinata cerró con llave su despacho y murmuró las buenas tardes al pasar a su lado, con cuidado de no prolongar el contacto visual con Sasuke.
Naruto se dio la vuelta para contemplar cómo ella se alejaba por el pasillo, con sus brillantes ojos entornados con interés. Sasuke afiló su mirada oscura y también se volvió para mirar a Hinata. Caminaba con gracia, y la falda se movía con fluidez en tomo a sus hermosas piernas. No le agradaba la manera en que Naruto la estaba mirando, como un gato que observara con fruición al canario que pensaba merendarse, y el enojo empezó a concentrarse en su estómago.
-Es una mujer muy bonita -comentó, para suscitar una reacción, y se puso tenso, a la espera de la respuesta de Naruto.
Naruto lo miró con incredulidad.
-¿Bonita? Es condenadamente hermosa. Tiene una belleza tan sutil, tan discreta, que hay que fijarse en ella para apreciar los rasgos puros y clásicos de su rostro.
Sasuke había visto el rostro de Hinata sonrojado de placer, con los labios henchidos por sus besos y ávidos de él. Estaba actuando con agónica lentitud, esperando una señal de Hinata que revelara su frustración porque sus noches terminaran con solo unos besos. Sí, a Hinata le gustaban sus besos, pero todavía se envolvía en una altivez inexpugnable, y por mucho ardor con que lo besara, no le daba pie a ir más allá. Sasuke empezaba a sucumbir a la desesperación; su cuerpo ansiaba el desahogo. Había dedicado todas las noches a Hinata, así que no había tenido ningún encuentro esporádico con otra mujer que aliviara sus necesidades sexuales. No había encontrado tanta oposición desde que, como adolescente ávido de sexo, intentara seducir a su novia virginal todos los viernes por la noche en el asiento de atrás de su coche.
Pero si Hinata perdía alguna vez el control lo bastante para ceder a la pasión, sería con él. Por nada del mundo consentiría que Naruto fundiera su gélida reserva y la viera presa de un ansia y ardor primitivos. El deseo de Hinata sería de Sasuke, y solo de él.
-Ya me he dado cuenta de lo hermosa que es -dijo con calma, pero su tono estaba cargado advertencia. Naruto lo miró con aspereza y suspiró.
-Entonces, me has tomado la delantera, ¿no es cierto?
-La conozco desde hace años –contestó Sasuke con vaguedad.
Naruto resopló con sarcasmo.
-Yo también conozco al ama de llaves de mi madre desde hace años, pero no advierto a ningún hombre que no se acerque a ella.
Sasuke rio, como hacía cada vez con más frecuencia durante los últimos días. Muy a su pesar, Naruto le agradaba. Cortejaría a Hinata sin piedad, pero nunca lo haría de forma rastrera; se limitaría a aprovechar las oportunidades que se le presentaran. Eso no alteraba la determinación de Sasuke de tener a Hinata toda para él, pero se relajó, y miró a Naruto a los ojos con total complicidad masculina.
Naruto se encogió de hombros con elegancia.
-Estaré alerta, por si tú fracasas.
-Eso me tranquiliza -dijo Sasuke con sarcasmo. Naruto le sonrió con ironía.
-Yo que tú no me tranquilizaría demasiado. '"
*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*- y este es el fin del capitulo dos, no tarde casi nada, admítanlo jejeje, y ya se que estarán pensando ¿Orochimaru bueno?, bueno a decir verdad, como esta historia no esta basada en el manga ni en el anime, no me pareció mala idea, además como no leí bien... bueno termino así jjj y con respecto a sus mjs, si yo también tengo ganas de golpear a este Sasuke, aunque no la tendrá tan fácil, nuestra Hina lo hará sufrir jejeje, aunque si lo pienso bien, es por estas razones que esta historia me recuerda a estos personajes en particular, porque yo no me imagino a un Sasuke, siendo muy romántico o teniendo demasiado cuidado al expresarse, en especial cuando está temperamental, o como diría Francis de Junnior Express (sip, paso demasiado tiempo con mis hermanas, ¿les ah pasado?) cuando está sensible jj en fin cualquier por cualquier duda, no duden en hecermelo saber, jjj y no dejen comentarios groseros o mal intensionados, sin mas se despide de ustedes Clarity-chan