Capítulo II: Los azares del destino

Harry despertó con una inexplicable jaqueca al día siguiente. Parecía ser que el sólo hecho de haber aceptado el cargo de Ministro supusiere un esfuerzo horroroso, como trotar dos horas de forma ininterrumpida. Sobre el velador que reposaba al lado de su cama, había un memorando corto, pero que implicaba hacer demasiadas cosas. El pergamino rezaba: "Tareas Prioritarias: Reunirse con el Ministro Chileno de la Magia para buscar cooperación para la Reconstrucción" Harry supuso que era la primera idea inteligente que tenían sus asesores. Solicitar ayuda a otras naciones para proporcionar insumos y recursos en aras a una más expedita labor de reconstrucción debería haber sido una de las primeras cosas que un Ministro con sentido común hubiera hecho.

Junto con el memorando, había otro papel, pero no pergamino. Era un papel con muchos arabescos y letra estilizada y lucía de carácter oficial. Entre toda la parafernalia, pudo ver un número grande: 50.000. Eran 50.000 dólares. ¿Qué significaba esto? ¿Qué podía valer tan absurda cantidad de dinero? No había que ser un experto en tipo de cambio para darse cuenta que con esa cantidad de dinero podría donar un set de Saetas de Fuego para un equipo completo de Quidditch. Examinó con más detenimiento el trozo de papel y se le cayó el alma a los pies.

Era un pasaje de barco, pero no de un barco cualquiera. Se trataba de un transatlántico y tampoco de cualquier transatlántico. Había sido construido hace sólo un año atrás y era el más grande y lujoso de su clase. Se trataba del Queen Mary II.

Harry apenas se lo podía creer. Iba a viajar a un país a casi medio mundo de distancia en un buque que podía albergar tres canchas de fútbol en hilera, viajando a una velocidad promedio de 20 nudos, lo que significaba unos diez días y medio de viaje. Diez días y medio de profundo aburrimiento, pues no iba a aprovechar ninguna de las fabulosas entretenciones que proporcionaba el barco. Estaría ocupado pensando en las cosas que debía hacer en el Ministerio chileno: pensar en la mejor forma de relacionarse con su par, a quien presumía con más edad y más experiencia, realizar un discurso que diera a conocer la grave situación por la que estaba pasando su país y establecer las condiciones bajo las cuales Chile podría ayudar a Inglaterra. Harry no tenía el don de la palabra: él era un hombre de acción, le gustaba tomar decisiones rápidas, un sí o no en fracciones de segundo, no pensar y pensar por largos periodos de tiempo en algo que le causaba un sopor insufrible. No, era mejor la labor de terreno.

Pero había una razón de peso para continuar con ese juego, ese juego que le recordaba a las clases de Historia de la Magia hace años ya.

Trabajar en cosas aburridas y absorbentes le reportaba un solo beneficio: alejaba a la chica de sus sueños de su cabeza. Anoche, cuando se fue a la cama, su mente divagaba por documentos, discursos, entrevistas con políticos y pasajes de barco. No pensaba en absoluto en ninguna chica, ni siquiera en Hermione, quien le había escrito una carta ayer. En su interior venía una serie de recomendaciones para que se concentrara en sus quehaceres y que no se extraviara por chicas, aunque fuera ella.

"Lo necesitas" le había escrito. Era verdad. Harry necesitaba estar solo, lejos de cualquier contacto con el sexo opuesto, por al menos tres meses. Sí, tres meses serían suficientes para evacuar su mente de toda pena, angustia o remordimiento. Y, por sobre todas las cosas, quería olvidar su cuerpo, tentador, provocativo… sensual, su cabello rojo encendido flameando al viento, sus ojos, invitadores y laberínticos… Lo último que deseaba era encontrarse con ella, en el lugar que fuera, arrinconarla contra una pared y hacerle el amor loca, y apasionadamente. Harry jamás había tenido un encuentro sexual con Ginny, lo que empeoraba las cosas y lo motivaba a enfrascarse en la lectura del Código Civil del Mundo Mágico, el manuscrito más aburrido del planeta. De hecho, ella era la única chica que conocía con la que no se había acostado.

Harry, después de la Guerra y de terminar su relación con Ginny, había decidido que la mejor forma de rehacer su vida era… viviendo. Por eso, buscó en su agenda las direcciones de todas sus amigas del colegio y las invitaba a salir. Y, aunque no tuviera el don de la palabra para expresarse como orador, sí lo tenía para conquistar y seducir chicas. Muchos de sus trucos los aprendió de un libro perdido en la pequeña biblioteca de su primo Dudley con el cual Harry se topó por casualidad. Después de cuatro años, no podía contar la cantidad de chicas con las que se había acostado. Desde luego, todas sus amigas del ED habían pasado un gran momento en su cama; Cho vino por más después…

Pero, lo que en un principio vio como una gran forma de vivir, se convirtió en una rutina y cada vez salía menos y pensaba más en quien lo había vuelto loco desde un comienzo. Un año después, se la pasaba encerrado en su casa, con la mano en el mentón, sentado en un sillón de su sala de estar, perdiéndose en el recuerdo de una relación que había cambiado su vida. Ginny era la más hermosa y la más alegre de cuantas hubiera conocido, la que más deseaba e, irónicamente, la única que no había compartido lecho con él. Y, para ahogar aquel ardiente deseo, leía, pensaba en su trabajo, jugaba Quidditch con sus amigos. Y ahora, que tenía un trabajo que demandaba más tiempo y energía, podía dedicarse por entero a sus labores sin tener que desear cosas imposibles.

Se quedó dormido contemplando el boleto que le daba una habitación de primera clase en el Queen Mary II.


Harry conducía su vehículo a través de la carretera en dirección al puerto de Liverpool, desde donde partiría el monumental buque hacia el distante país de Chile, más específicamente, al puerto de Valparaíso, lugar que había visto sólo a través de unas postales turísticas. Eran las nueve de las mañana y el barco partía a las cuatro: tenía una hora y media para comerse un refrigerio antes de subir a cubierta. Aceleró un poco más, adelantando misteriosamente a una cola de automóviles que esperaban a causa de un accidente de tránsito. El banderero no se dio cuenta que Harry pasó a 120 por hora por su lado, haciendo a un lado camiones y furgonetas como si éstas tuvieran miedo de chocar con el bólido que se les aproximaba.

Era la una de la tarde y Harry ya conducía tranquilamente por las calles del gran puerto inglés. Se estacionó frente a un restaurante cuya especialidad era la comida de mar. Llevó consigo un bolso que contenía un libro de ley mágica, por si hallaba alguna distracción que le entorpeciera lo que sea que estuviera haciendo. No quería sentirse atraído por un cuerpo bonito en ese momento. Era una labor de mucho cuidado, porque en el puerto, las chicas hermosas eran tan comunes como las embarcaciones que plagaban los muelles. Harry no había previsto una situación como esa, por lo que debió improvisar.

De la guantera sacó unas gafas que había comprado hace tiempo ya y que creyó que jamás iba a usar. Se las puso y salió con prisa de su vehículo, cogiendo el bolso de forma obsesiva. De esta forma, luciría como alguien inseguro y con la autoestima por el subterráneo, y las chicas no se fijarían en él como lo harían normalmente. Entró al local y se dirigió a la mesa más alejada de la ventana, sin quitarse las gafas y llamando al mesero para ordenar su almuerzo.

Resultaba ser que el mesero era una chica. Harry trató de mirar a otro sitio cuando supo que se le acercaba, pero cuando le echó un ojo para decidir si debía seguir con la política del avestruz, supo que no tenía nada que temer. Se trataba de una chica rolliza, como una versión rejuvenecida de la señora Weasley.

-Buenas tardes, señor. ¿Qué se va a servir?

Harry suspiró de alivio y examinó la carta en busca de algo delicioso para comer.


Dos horas después, Harry se estacionó frente al muelle, encargó a un joven pecoso vestido con el uniforme del buque a que le llevara el equipaje. Mientras el empleado resoplaba y ponía esmerados esfuerzos en poner todo sobre un carrito de dos ruedas, Harry caminó hasta el muelle, desde donde partía un puente inclinado hasta la cubierta del enorme barco. Se afirmó de la baranda y comenzó su ascenso, dando constantes miradas hacia arriba, donde la única chimenea marcaba el punto más alto de la embarcación, apenas visible a causa de la torre de habitaciones, la cual daba la sensación de ser una fortaleza flotante. Tan monumentales eran las dimensiones del barco, que Harry sentía náuseas al mirar hacia arriba o hacia los lados, pues parecía extenderse hasta el horizonte.

Una vez estuvo dentro de la "ballena de acero", Harry pudo respirar más tranquilo. Dentro del boleto salía consignado el número de su habitación, y cuando lo vio, supo que su viaje no había terminado aún.

Su cuarto estaba en el último piso, hacia proa. Dirigió sus pasos hacia el enorme vestíbulo, cuyo techo de vidrio parecía estar a kilómetros de altura y, en el centro, cuatro ascensores subían y bajaban en medio de una maraña de escaleras mecánicas. Palmeras habían sido plantadas en anillos ubicados cada tres pisos y abajo y, en la planta baja, había una fuente que actuaba como una plazoleta. Tragando saliva, Harry caminó hasta un ascensor que disponible y, cuando otras diez personas entraron junto a él, el transporte inició su ascenso.

Eran una sensación irreal. Estaba dentro de un buque de pasajeros, pero parecía estar dentro de un centro comercial, en tierra firme. Aparte que el barco no se zarandeaba hacia los costados, resultado de un excelente sistema de mamparos, se sentía como si hubiera ido de compras y no como si fuera a viajar.

Mientras observaba las escaleras mecánicas desfilar por sus ojos, sintió un repentino retortijón en el estómago cuando, por una de las escaleras, vio una cabellera rojiza. Segundos después, le dirigió una segunda mirada y se trataba de una mujer entrada en años ya y no de la joven en la que pensaba casi a diario antes de ser Ministro. Sacudiéndose la cabeza y juzgando que estaba comportándose como un tonto, Harry miró hacia las palmeras y las luces que adornaban el titánico vestíbulo.

El ascensor llegó hasta el último piso, y Harry salió de él como si fuera un sarcófago en lugar de un medio de transporte. Sacó el boleto de su bolsillo una vez más y se dirigió al sector de proa, maravillándose de los extensos pasillos y las pinturas que embellecían las paredes, la mayoría de ellas relacionadas con el mar. Después de caminar unos cien metros, Harry se halló en un vestíbulo más pequeño, pero de similares características al primero en el que estuvo. Había banquillos, plantas en anillos y una pequeña pileta con varias monedas dentro, y alrededor, una serie de puertas, todas con un número de bronce en ellas. Harry se dirigió a la que tenía al frente y la abrió.

Sintió su mandíbula caer al vislumbrar el mundo en el que acababa de entrar.

Estaba justo al frente del transatlántico. Toda la pared frontal de su cuarto era un ventanal que daba vista a una piscina de respetables dimensiones, tan grande que no era totalmente visible desde su habitación. Ya había gente lanzándose al agua o tomando sol al borde de ésta. La cama era de dos plazas, de sábanas satinadas y de aspecto cómodo. El piso estaba recubierto por una alfombra de un color azul marino y una mesa ratona, rodeada de sillones descansaba en el centro de la habitación. Varios muebles barnizados dos veces, hechos de cedro y que lucían como recién fabricados, cubrían las paredes.

Harry vio una línea en forma de rectángulo que apenas se notaba en el techo. Entre tanta opulencia y perfección, supuso que se trataba de un error de diseño y se recostó en la cama, en la cual rebotó un par de veces antes de quedar quieto. Encima del velador había un control remoto que pertenecía a algún televisor que retiraron del cuarto por un motivo desconocido. Aburrido, jugó un poco con los botones, aunque sabía que ninguno de ellos funcionaría. Y, entre tanto juego, uno de los botones sí hizo algo.

Harry no lo supo hasta que miró al techo… un televisor de pantalla plana había aparecido en el lugar donde vio la línea en forma de rectángulo. Harry prendió el aparato y supo que había estado equivocado respecto al error de diseño. Tenía más de cien canales para ver, más de los que tenía el televisor en casa de Tío Vernon: podía ver las noticias, deportes, películas y hasta cine erótico. Estaba acostumbrado a los dos mundos, al mágico y al muggle y disfrutaba de los placeres que le proporcionaba ambos.

Estaba viendo un partido de fútbol entre dos equipos locales cuando la puerta se abrió y el sujeto pecoso con el que se había encontrado llevaba el carrito con el equipaje. Su cara brillaba de sudor mientras extraía las ropas del huésped y las ordenaba en los muebles correspondientes. Harry se puso de pie para decirle que no era necesario que lo hiciera, pero el tipo se dio la vuelta, sacándose el gorro de la cabeza, haciendo que el recién electo Ministro sufriera una incómoda descarga eléctrica.

-¿R… Ron? –balbuceó Harry, mirando de forma incrédula a su mejor amigo, vestido con el uniforme del Queen Mary II.

-Me preguntaba si me irías a reconocer con este traje –repuso Ron, sonriendo alegremente. Pero Harry, en lugar de sentirse contento, tenía un rostro de desconcierto grabado en su cara.

-¿Qué haces aquí? –preguntó, sin saber si era lo más correcto decir eso. Sin embargo, Ron no se puso colorado ni nada parecido. Lucía extasiado con el trabajo que hacía.

-Trabajo a bordo –dijo, como si no hubiera nada mejor que hacer la cama a extraños, llevar ropa y atender cualquier cosa que los pasajeros necesitasen-. No es como todos piensan. Aquí todos son amables cuando se les brinda un buen servicio, por lo que no tengo razón para hacer mal mi trabajo, aparte que he aprendido un montón de idiomas, teniendo que lidiar con personas de todo el mundo.

-Me alegro que estés contento con tu trabajo –dijo Harry, palmeando el hombro de Ron. Él siguió desempacando la ropa del dueño de la habitación como si fuera la suya-. Por cierto, ¿has sabido algo de… ya sabes… ella?

Harry no se lo esperó. Lo normal, era que a su amigo se le pusieran las orejas coloradas cuando se abordaban temas delicados, tuviera pudor recordar algo o estuviera muy furioso. Pero en esta ocasión, Ron siguió con sus quehaceres como si Harry no hubiera dicho nada.

-No sé de Hermione desde hace unos… dos años –dijo despreocupadamente-. No nos hemos visto desde que se acabó nuestra relación. ¿Es una buena compañera de cama?

Esto Harry tampoco se lo esperó. ¿Cómo demonios sabía Ron que había estado acostándose con Hermione? No sabía qué lo tenía más impactado: el hecho que lo supiera, o la tranquilidad con la cual se tomaba ese hecho. Fue él quien se puso rojo y entrelazó las manos, jugando pulso chino consigo mismo.

-No me malinterpretes –añadió Ron, abriendo uno de los muebles para colocar impúdicamente la ropa interior de Harry-. Sólo quería saber tu opinión. Bueno, eso ya es lo de menos. Al menos, Helen no se enoja cuando le hablo de Hermione.

-¿Helen? ¿Quién es ella?

-Ah, no te lo había dicho. ¿O sí? Bueno, son tantas las cartas que te mando que ya no me acuerdo. –Era raro en Ron ese comportamiento. Harry jamás lo había visto actuar de esa forma, como si aceptase todo lo malo que le hubiera ocurrido y viera todo bajo una nueva lupa-. Helen es la chica con la que he estado saliendo desde hace un año ya. También trabaja aquí. La conocí cuando recién entré a trabajar al barco. Fue amor a primera vista.

Rió alegremente.

Harry estaba entre dos aguas. Por una parte, estaba contento a propósito de que a Ron le estuviera yendo tan bien, sobre todo, después de romper con Hermione, y por otro, le causaba envidia saber que su mejor amigo lo estaba pasando mejor que él.

-Bueno, creo que he terminado –suspiró Ron, secándose el sudor casi seco de su frente-. Disculpa, pero tengo que atender la habitación de Ginny. Adiós.

Ron no había dado ni dos pasos cuando oyó la voz de Harry llamarlo.

-¿Ginny… está a bordo?

-Desde hace una hora atrás –respondió Ron-. Esta toda mi familia aquí también. La madre de ese rubio malnacido costeó los pasajes de todos. Supongo que ya sabes que ese idiota es el prometido de mi hermana.

Harry no decía palabra alguna. No tenía ninguna para describir lo que estaba sucediendo. Ginny, ¿a bordo del Queen Mary II? ¿Por qué? ¿Cuál era su destino? Tenía que saberlo…

-Sé lo que estás pensando –dijo Ron de repente y, como Hermione, puso una cara seria cuando lo encaró-. Lamento tener que decirte esto, Harry, pero ella también me hizo jurar que no diría nada a nadie, menos a ti. Dice que no quiere hacerte daño, nada más.

Harry, en lugar de sentirse derrotado, por haber obtenido de Ron la misma respuesta de Hermione, estaba más curioso por saber qué le había sucedido a su antigua novia. ¿Se trataba de algo grave? Y si así era, ¿implicaba que él estuviera lejos de ella? Los hechos indicaban que sí.

-¿Ni siquiera puedes mandarle saludos de mi parte?

-Me temo que no… ella no quiere verte, Harry –respondió Ron, ya no con la alegría de cuando entró a la pieza de su amigo-. A mí tampoco me gusta que ese imbécil millonario esté con ella, pero ella tiene sus razones para quedarse con él. Te recomiendo que me mantengas lejos de Ginny y de los demás, si no quieres meterte en problemas.

Y Ron abandonó la habitación, dejando a Harry con un cúmulo de preguntas sin respuesta en su mente. Sabía que su amigo tenía razón; aparte, debía de trabajar en todos los otros asuntos que debía atender, con motivo de su visita al Ministro chileno de Magia.

No sabía que una parte de él quería descubrir el secreto que Ginny le estaba ocultando.