Choice of life.



Summary: La duquesa de Kent, una mujer con temple decide vivir en Bristhland. Era una mujer fría y sin corazón, dependiente del dinero y el status, hasta que conoce el amor en manos de quien menos espera ¿Dejaría la alta alcurnia por un simple amorío? ThreeShot

Disclaimer: Los personajes de este shot pertenecen a Stephenie Meyer, lo único que es de mi propiedad es la historia, por lo que queda tajantemente prohibida la reproducción parcial o total del texto.


Capitulo II.

Confusión.



Este capitulo va dedicado a mi querida
AnneHilldweller, por todos aquellos agradables momentos via twitter y msn,

por compartir conmigo parte de su vida, así como yo la mía.

Por ser una persona muy agradable y de buen corazón, también por preocuparse de nosotras en nuestro dificil momento.

Te quiero mucho y espero seguir conociendo aquella agradable mujer que veo en ti.

Anne, esto es con cariño para ti.


Los meses habían pasado con inusual rapidez. Isabella había desistido momentáneamente de conquistar al Rey ya que el interés por el domador de caballos había crecido en demasía.

El baile de festejo que había realizado a los pocos días de su llegada había sido todo un éxito, gracias a la excepcional velada su marido había podido concretar algunos negocios en Londres, es por esto que debió marcharse dejándole sola en Bristhland.

Sus días no eran para nada aburridos, pues la gracia de aquellos era otorgaba por Edward y su agradable compañía.

—Isabella, cariño —le dijo la baronesa —. No sé como decirte esto, pero creo que es hora que dejes ese amorío con el campesino.

Alice había oído innumerables comentarios sobre Isabella y su criado, a tanto había llegado el cotilleo que no sería extraño que el propio duque ya estuviese al tanto.

—¿Qué dices? —rió Isabella —. No dejaré a Edward por los absurdos comentarios de gentuza sin vida.

Para ella no había motivo por el que debiese dejar a Edward, aquel hombre le había despertado una parte que no conocía: la pasión.

Ahora reunirse con aquel joven en secreto había conocido mucho más de lo que habría esperado de manos de un sirviente y esto implicaba mucho más que sexo, él la comprendía, escuchaba y orientaba, como nunca nadie lo había hecho y a pesar de no haber sido instruido por alguna institutriz, el joven Edward había sido autorizado por los Witham para frecuentar la biblioteca, eso explicaba sus amplios conocimientos.

El joven domador, era un enamorado de las novelas y las lecturas apasionadas, disfrutaba por las noches de la excelente compañía de un libro.

Isabella se sorprendió al saber que tenía un alto conocimiento en política y aún más en temas contemporáneos que ella oía solamente de ciertas personas de la nobleza.

Isabella no podía dejar a Edward después que él le había abierto los ojos a un mundo que ella no conocía, un mundo en el que las clases sociales eran sólo sandeces del ser humano, en aquel lugar lo que realmente valía era la sinceridad de los afectos que se expresaban en caricias y mimos.

Permanecían largas horas juntos, disfrutando de agradables conversaciones y excelentes momentos, aunque para los amantes solo parecían minutos.

—¿Isabella? —llamó su atención Alice al verle tan distraída y con la mirada perdida en el gran ventanal.

—Perdona, es sólo que —se mordió el labio —no puedo, dejarle para mí es algo imposible, él…

—¿Lo amas? —inquirió la baronesa.

Jamás se había planteado el hecho de amarle, ¿Podría estar enamorada de él? Edward era un buen amante, un hombre comprensivo y leal, quizá podría haber sido un gran marido siempre y cuando hubiesen rondado los mismo círculos.

—Respóndeme ¿Lo amas? —insistió al ver el silencio y un extraño brillo en sus ojos.

Para Alice no cabía duda, los sentimientos de su amiga se veían claramente reflejados en sus ojos y el silencio simplemente corroboraba todas aquellas teorías que rondaban su mente.

—Alice —le tomó las manos —. Creo que si, creo amarle aún más de lo que me esta permitido, creo que mi amor por él es algo más de lo que yo misma he creído, él para mí es un gran apoyo y estoy muy agradecida de sus atenciones para conmigo.

—¡Bella! —chilló sorprendida—. Realmente es así, entonces es más de lo que creí Dejarías todo por él ¿No es así?

—¿Todo? ¿A que te refieres con todo? —cuestionó lo que su amiga le había planteado, mientras bebía una taza de té.

—¿No has pensado que ocurriría si todo esto se descubre? Tendrías que huir con él y perder todo tipo de privilegios —le hizo ver.

Isabella quedó sorprendida ante lo que su amiga le planteaba, ella sabía que tener este tipo de aventuras le podría traer grandes problemas, pero jamás la habían descubierto ¿Por qué lo harían ahora?

—¿Dejarías tu comodidad y tu caudal por este amorío con un hombre que no tiene ni un penique en sus bolsillos? —arqueó una ceja.

Ella realmente creía en el amor de Isabella hacía aquel hombre, sabía que ella realmente estaba enamorada de él, pero a pesar de todo, le conocía demasiado bien como para saber que el amor al dinero, el status y la sociedad eran su prioridad.

—Eso no ocurrirá, jamás me han sorprendido y no creo que lo hagan, además sé que Edward no me haría elegir, puedo obtener todo lo que deseo si continúo siendo así de cauta —sonrió.

—Sólo ponte en el caso, no te pido que me respondas, sólo piénsalo —le pidió.

Isabella aquella noche no pudo dormir en paz, las imágenes de Edward daban vuelta su cabeza y su atormentado ser sólo quería olvidar los cuestionamientos que le había planteado Alice.

Para la duquesa algo así no podía ocurrir, había sido discreta en sus encuentros con el domador de caballos, ella disimulaba muy bien sus preferencias, así como él también lo hacía. Si todo continuaba tal cual como iba no debían temer, los pueblerinos hablarían siempre de cualquier mujer de alto status, esa era su única diversión admisible para ellos: el cotilleo.

Aún así no logró conciliar el sueño, su alma se sentía intranquila y atormentada. Jacob estaba lejos y mientras más tiempo pasaba fuera más podría complicarse el asunto. Su esposo no estaba junto a ella para poder manipularle, quizá los comentarios ya hubiesen llegado a sus oídos y sería demasiado tarde para persuadirle de no creer en ellos.

Posó la capa de seda sobre sus hombros, dejó caer la capucha sobre su cabeza y salió cautelosamente de su habitación.

El silencio rondaba la noche, la humedad del ambiente se posó en su rostro enfriándolo aún más.

Edward vivía al lado de los establos con su padre.

Aquella noche el joven domador no pudo dormir, se sentía agobiado por todo lo que en su ser acontecía, la mujer altanera que alguna vez había desmerecido a su padre le tenía de cabeza y con el corazón en la mano, no podía explicarse como había llegado a sentir emociones y sensaciones tan fuertes hacía la persona que en primera instancia le había causado rechazo. Entonces reconoció que con él todo había sido distinto, ella le trataba con amor y cariño, sus modales eran otros, dejaba de lado todo lo que implicaba ser una duquesa. Entre ellos existía una relación hombre – mujer y nada más, era simple de entender, sin títulos de por medio, solo habían dejado fluir sentimientos que jamás creyeron ser capaces de sentir.

Se levantó para buscar un vaso de agua e intentar conciliar el esquivo sueño y sintió un suave golpe en la puerta, en lo primero que pensó fue en su padre, quizá le había ocurrido alguna desgracia. Caminó rápidamente hacía la puerta y la abrió para encontrarse con la duquesa que desesperada se lanzó a sus brazos.

—Edward —sollozó.

Este cerró la puerta rápidamente por miedo que pudiesen encontrarles allí.

—¡Oh, Edward! —repitió sin aliento —. Dime que me amas, que no me dejaras nunca, que esto será un secreto por siempre y tú estarás conmigo —sollozó.

El joven no comprendió a qué se debía aquello ¿Por qué Bella estaba tan agobiada?

La abrazó y consoló hasta que estuvo más calmada.

—¿Por qué me dices todo esto? —inquirió confuso.

—Han estado hablando de nosotros, ya sabes… y bueno tengo miedo, no quiero perder nada, menos a ti, yo solo quiero… solo quiero tener las cosas tal cual como están, no soportaría perderte —sollozó.

Edward analizó cada una de sus palabras y se detuvo en "… no quiero perder nada, menos a ti…"

No quiso darle más vueltas al asunto, debía preocuparse por Bella que estaba agitada llorando en sus brazos.

La sentó y la miró mientras que lloriqueaba. ¿Qué haría con tan hermosa mujer?

—Bella, eso no ocurrirá —le respondió mientras acariciaba su mano que estaba sobre la mesa —. Todo estará como siempre y tú podrás mantener tus privilegios. Mi amor por ti es constante y aunque te vieses sola y sin nada de lo que posees estaré allí para ti, yo… —dudó — yo te amo por lo que tú eres, jamás amaría lo que posees.

Isabella sintió una alegría en su pecho que la hizo saltar de la silla para sentarse junto a él y besar tiernamente sus labios, aún así no pasó desapercibida la última frase de lo que Edward había dicho: "jamás amaría lo que posees"

Quizá a él no le interesase lo material, pero ella había crecido con grandes comodidades y perder todo aquello que amaba por naturaleza le era imposible, ella amaba lo que poseía.

Acarició los cabellos cobrizos de Edward en un intento de olvidar todo aquello que la agobiaba, no deseaba pensar más en los problemas que aún no existían y quizá nunca existieran.

Entonces él comprendió que evadía algo en busca de sus caricias y la detuvo.

—¿Ocurre algo? —inquirió Bella al ver como Edward la alejaba.

—Eso es lo que debo preguntarte ¿Estás bien?

Isabella se petrificó en sus brazos, ¿Habría notado su interés en su status? Eso debía ser algo obvio, él debía saberlo ¿Por qué admirarse que una mujer con poder desease más aquello que el mismo amor?

—Nada, cariño sólo quiero estar contigo ahora —le susurró en el oído.

Deslizó su húmeda y tibia lengua en el lóbulo de Edward, quien estremeció ante la exquisita sensación que le producía aquel contacto.

Abrazó su pequeña cintura y le apegó aún más a él.

Los suaves labios de la duquesa se deslizaron suavemente hasta encontrarse con la tibieza de los labios de su amado, sin cautela demostró su necesidad de él, de olvidarse del mundo en sus brazos.

Lentamente Edward deslizó la capa que cubría a Bella y observó su sensual enagua que cubría el delicado cuerpo de su amada. Acarició cada centímetro de piel expuesto y rápidamente se deshizo del exceso de ropa entre ellos.

Las pieles suaves y calientes de ambos se rozaban en un choque eléctrico que les erizaba cada vello de su cuerpo. La química era palpable entre ambos, sus caricias y ansias de poseerse iban en aumento.

La tomó en sus brazos y la llevó hacía su cama. Las caricias continuaron sin control, él deslizó sus manos sobre aquel cuerpo delineado por los ángeles, besó las cumbres de sus senos tibios, succionó uno los pezones firmes de aquella excitada dama, masajeó el otro con delicadeza y suspicacia. Isabella tembló en cada ocasión que él presionaba las cumbres de sus senos, sentía un calor intenso que iba en aumento en su intimidad, sentía como la electricidad recorría cada terminal nervioso de sus extremidades y la hacía estremecer en brazos de aquel hombre.

Edward deslizó su boca por aquel vientre perfecto, expuso su lengua e Isabella estremeció ante la humedad de la boca de su amante.

Él recorrió su ombligo y acarició las perfectas piernas de la pasional mujer, las abrió con firmeza hasta que con su lengua llegó a su intimidad.

Isabella sintió como Edward acariciaba con su lengua los bordes de su intimidad, acelerando así su ritmo cardiaco y demorando aquel preciado momento en que se adueñara de de ella. Jugueteó por largo rato con los labios de su sexo, besó y mordisqueó su clítoris haciéndole estremecer y arquear su cuerpo en la cama. Las sensaciones que desbordaban a la duquesa la tenían al borde de un abismo.

No podía evitar gemir ante las caricias certeras de Edward, quien mordisqueaba su clítoris cada vez que lo deseaba. Él al ver la desesperación de su amante introdujo su tibia lengua en ella y sintió el calor y la humedad del interior de Bella, masajeo con suavidad los bordes de su estrecho ser y disfruto de su único sabor.

La creciente tensión de su miembro le hacía perder el control, pero los jadeos de la excitada duquesa le invitaban a continuar con su pequeño juego.

Introdujo sus dedos en ella mientras volvía a besarle con impaciencia, acarició su interior disfrutando de su humedad. No tardó demasiado en desesperarse por el placer que ella sentía y la necesidad de poseerla se apoderó de él.

Isabella al darse cuenta de la impaciencia de Edward, tomó su miembro entre sus manos y lo acarició varias veces, sintiendo así la tensión y firmeza que poseía a lo largo de toda su longitud. Repitió un sinnúmero de veces la maniobra y se detuvo suavemente en el extremo del magnifico miembro de su amado. Este al sentir la caricia no soportó más, quitó las manos de Bella y se introdujo de una vez en la calida y húmeda intimidad que le estaba esperando hacía bastante.

Los roces comenzaron lentos, pero firme logrando que Isabella se impacientara por más frecuencia, entonces él la besó apasionadamente adueñándose bruscamente de su boca, ella rogó por aire y Edward se lo concedió.

Exquisitos sonidos de placer eran emitidos en la pequeña habitación, Edward aumentó la potencia de sus movimientos, introduciendo en ella todo su miembro con vigor, los gemidos y quejidos de la joven mujer eran música para los oídos del domador de caballos, por lo que se sentía incentivado en continuar con la danza, quizá con aún más de frenesí.

La humedad que le rodeaba le hacía sentir la calidez del interior de aquella mujer era el mejor lugar que podría albergarle.

Sentía como si su miembro fuese succionado por aquel exquisito lugar, el deseo de no apartarse de la humedad de Bella iba creciendo.

El hormigueo que le producía los movimientos certeros de Edward la hacían sentirse en el paraíso, los espasmos iban en aumento y la carencia de aire le imposibilitaba controlar su exaltado pecho que le exigía más de la frenética fricción de sus intimidades.

Edward retiró su espécimen de ella y lo introdujo con fuerza, repitió el movimiento un par de veces, mientras que Isabella le acompañaba con quejidos y jadeos.

Ella no soportaba más el placer que era absolutamente innegable, quitó sus manos de la prisión de las de él y acarició su espalda. Edward aumentó las embestidas y la potencia con las que se apoderaba de Bella.

Ella al sentir que el grosor del espécimen de Edward aumentaba en su interior y que la fricción era aún mayor clavó sus uñas en la espalda de su amante y las deslizó con desesperación al mismo momento que llegaba al clímax.

Edward se quejó aún más al sentir como se rasgaba su piel a manos de la duquesa y al mismo tiempo la contracción de su interior rodeó su miembro, a causa del colapso de sensaciones llegó al éxtasis máximo del momento.

Ambos cuerpos agotados se separaron, mientras que el joven se recostó al lado de la cansada y sudorosa Bella.

Ella se quedó largo tiempo allí sin sentir sus extremidades ya que no re respondían ante tanto desenfreno.

Vio como Edward se quedaba dormido y lamentó no poder acompañarle, le cubrió con las frazadas y luego de vestirse se marchó.

Lo poco que quedaba de noche logró disfrutarla con los recuerdos de la pasión de su amante.

El duque entró esa mañana al vestíbulo de Bristhland agotado por el viaje y deseoso de ver a su esposa, pero se sorprendió al ver que ella no le esperaba en el vestíbulo como se acostumbraba.

—¿La duquesa? —inquirió a una de las sirvientas.

—Anoche la señora volvió tarde, de seguro esta durmiendo —dijo una muchacha que la vio llegar cuando volvía de su encuentro, aún así ella no sabía desde donde venía.

—¿Dónde andaba? —exigió nervioso.

Había oído comentarios de su esposa en Londres, muchos de ellos hacían referencia a las numerosas infidelidades cometidas anteriormente y ahora no podía faltar el amorío con el criado de Bristhland. Jacob se negó a hacerle oídos a aquellos cotilleos, pero aún así el comentario de la sirvienta le dejó absorto.

—No lo sé señor —respondió la joven.

Jacob subió desesperado hacía la habitación de Isabella, necesitaba oír sus versiones y saber si realmente debía creer en aquellos rumores.

La duquesa sintió el estruendo y despertó asustada.

—¡Jacob! —chilló —. ¿Cómo osas abrir así mi habitación?

Enajenado se acercó a ella e intentó calmar sus ansias de respuestas.

—¡Isabella, dime ¿Qué hiciste anoche que te vieron llegar muy tarde a Bristhland?! —exigió.

Ella sintió como un escalofrío recorría su cuerpo, aún así intentó mantener la compostura.

—Jacob, anoche me sentí muy triste al saber que retrasarías tu regreso y como no podía dormir fui a los jardines, pero el frío me impidió continuar allí y no tarde en volver —sonrió tiernamente.

—¡Isabella! —dijo sosteniéndole fuertemente del brazo —. ¡Más te vale que lo que me dices sea cierto y que los rumores sobre ti no sean más que eso, no me gustaría enterarme que soy un cornudo!

Dicho esto se marchó antes que perdiese el control sobre si mismo.

Ella quedó absolutamente sorprendida ante la actitud de su marido, jamás ella le había visto tan enajenado y molesto con ella, acarició su brazo adolorido por la fuerza que él ejerció sobre ella y se dejó caer triste en la cama.

Poco había durado su felicidad, la vuelta de Jacob no había sido como esperaba, él si había creído las habladurías sobre ella y dudó de su propia esposa.

Lloró de impotencia al ver que la vida no era como deseaba, nada le salía bien y muchas veces sus propias decisiones le habían causado más de un dolor de cabeza, aún así sabía sobreponerse, pero esta vez el control se había ido de sus manos, debía hacer algo de inmediato para evitar su ruina, entonces comprendió que debía alejarse momentáneamente de Edward, por lo menos hasta que Jacob no sospechase de ellos.

Golpearon la puerta de su habitación, pero ella no tenía ánimos de oír a nadie así que pidió que no la molestasen.

—Disculpe, señorita, sé que no debo entrometerme, pero el duque acaba de echar a Edward —señaló la muchacha.

Isabella sintió como su corazón se destrozaba al oír aquello, la ira de Jacob había llegado mucho más allá de lo que le había demostrado.

No quiso bajar a los establos, no quería causar aún más problemas, con el dolor de su alma se limitó a mirarle por los ventanales del antiguo estudio de pintura.

Vio allí como Edward llevaba una maleta y unos sacos. Se despidió de su padre y se llevó su único caballo.

Sostuvo su rostro con ambas manos y contuvo su llanto sin lograr su cometido, las lágrimas cayeron de sus ojos tristes.

Le vio irse de allí sin más.

Edward no reclamó ante lo que el duque le había encarado, más bien mantuvo el control, tenía muy claro que él siempre tendría la razón y no quería exponer a Bella.

—Usted señor —dijo sumiso — se equivoca, pero aún así le comprendo, estando en su caso haría lo mismo —explicó —. Gracias por ser tan honesto y decirme el por qué de mi despido.

Jacob quedó sorprendido ante la reacción del hombre, quizá todos aquellos cotilleos eran falsos y se sintió muy mal al despedir a aquel muchacho de apariencia tan noble, pero prefirió evitar las malas lenguas y por sobre todo impedir que hablasen mal de su adorada mujer.

Isabella se sintió terrible aquel día, no deseaba comer, ni tampoco hablar, simplemente quería permanecer en su habitación sin ser molestada, pensar en Edward era doloroso y se sentía muy culpable, no quería sobrecargar su ánimo soportando a gente junto a ella.

¿Cómo había llegado a todo esto? Se criticó una y otra vez sin descanso.

—¿Ocurre algo? Estas muy silenciosa desde la mañana —le dijo su esposo mientras cenaban.

—Me siento terrible —dijo luego de beber un poco de vino —. No sé como la gente cotillea sin pensar en las consecuencias.

De inmediato se arrepintió, ella no era una persona compasiva, no por lo menos antes de conocer a Edward.

—¿Te compadeces de él? —cuestionó dudoso.

—No, no se trata de eso —intentó enmendar su error —. Se trata de mi odio al cotilleo, mucho más porque me daña directamente y mi imagen se ve seriamente afectada con aquello —mintió.

—Lo sé querida es por eso que preferí echarle de aquí —explicó.

—Pues te has equivocado —volvió a utilizar su usual tono de voz —. ¿No te has dado cuenta? Al echarle has confirmado sus rumores, ahora se hablará de la medida que tomaste ante aquellos comentarios —le criticó duramente.

—Creí hacer lo mejor —sonrió.

—¡Pues no lo has hecho! —golpeó la mesa —. Ahora simplemente espero que esto termine de una vez, estoy cansada de cargar con estos tipos de rumores solo por ser tu esposa —fingió resentimiento.

—Espero entonces que todo el mundo se disculpe contigo mañana en la noche.

—¿Mañana en la noche? —cuestionó confusa.

—¿Olvidaste el baile? Lo has estado organizando por semanas.

—¡Oh! Es solo que el tiempo pasa muy lento cuando te marchas —sonrió.

En la noche no pudo conciliar el sueño, pero aún así se obligó a hacerlo, los pensamientos sobre Edward, los recuerdos, las buenas vivencias y ahora el sufrimiento se apoderaban de su cansada alma.

Por la mañana intentó sonreír con más frecuencia de lo usual, su vida debía continuar, quizá pronto conseguiría olvidarle, aunque su corazón le decía lo contrario.

Estuvo ocupada toda la mañana de allá hacía acá, arreglando los últimos detalles de los salones que estaban dispuestos para la fiesta.

—¡Alice! —chilló al ver a su amiga.

—Querida mía —le abrazó —. He oído todo, lo lamento —le susurró.

—Gracias a Dios vienes a ayudarme —sonrió realmente feliz al sentir una compañía grata.

Caminaron juntas por los salones y Alice se sintió muy complacida de ver a su amiga tan distraída.

—Pensé que te encontraría más afectada —susurró.

—No puedo pasarme el tiempo llorándole, eso es una de las cosas que he aprendido luego de haber elegido esta vida —explicó mientras ordenaba uno de los arreglos florales.

—Lamento que todo haya terminado así —dijo su amiga sintiendo realmente una gran tristeza al ver a Isabella tan triste.

—¡Querida Alice! —le saludó el duque que venía entrando.

—¡Oh, Jacob querido! ¿Cómo estás? —sonrió Alice como si nada hubiese ocurrido.

—Muy bien, gracias ¿Cómo has estado?—le saludó mientras le estrechaba la mano.

—Muy bien mi querido Jacob, muy agradecida por el baile de esta noche —sonrió —. Será un gran baile estoy segura.

—Así será, mi querida Isabella es una gran anfitriona —sonrió Jacob mientras abrazaba a la duquesa.

El Barón entró rápidamente al vestíbulo.

—¡Jasper! —le saludó alegremente Jacob.

—Amigo, tanto tiempo sin vernos —sonrió mientras se estrechaban la mano.

Jacob y Jasper conversaron sobre los típicos temas, política, adquisiciones y las últimas decisiones del rey.

—Dispénsenme, creo que ya es hora que me aliste —sonrió Isabella.

Alice la acompañó, como siempre, ella y su esposo eran invitados con anterioridad a la velada para poder compartir un poco más con sus cercanos amigos.

Isabella ordenó que le peinasen y vistiesen con lentitud, no tenía apuros en bajar a aquel lugar.

Alice no quiso hacer más comentarios al respecto, podía ver como Isabella hacía grandes esfuerzos por sonreír y aparentar naturalidad ante su marido, más ahora que tendría un baile.

Ambas bajaron hacía el vestíbulo, allí estaban sus esposos acompañados del Conde y la Condesa de Anjou.

Isabella les saludó cortésmente, ambos halagaron la majestuosidad de los salones de Bristhland e Isabella les realizó un pequeño paseo por cada uno ellos para que observasen los delicados adornos que se habían dispuesto para la ocasión.

Los invitados llegaron muy puntuales y no tardó en inaugurarse el baile, Jacob y Bella caminaron hacía la pista.

La duquesa como siempre logró convencer a todos que su estado de ánimo era el mejor, durante toda la noche consiguió deslumbrar a todos sus invitados con su alegría y disposición, en ningún momento se le vio triste o decaída, todo lo contrario se veía mejor que nunca, sin lugar a dudas había logrado desmentir todo lo que se hablaba de ella.

Isabella se encontraba bebiendo su ponche cuando Frank le habló.

—Señora ¿Podría acompañarme usted? —le pidió.

Para ella fue extraño que él hiciese aquello, pero aún así se disculpó con sus amigos y se dirigió hasta donde Frank la guiaba.

—¿Qué ocurre? —preguntó una vez alejados de todos los invitados.

—Es Edward, señora —susurró.

Su corazón se desbocó desesperado al oír el nombre de su amado.

—¿Está aquí? —dijo sorprendida.

—Si, desea verle esta en los jardines detrás de las magnolias —sonrió.

—Gracias, Frank —le sostuvo de sus manos.

Salió despacio del vestíbulo, sin levantar sospecha alguna y se encaminó hacía las magnolias.

Entonces allí le vio, sus manos temblorosas se abrazaron al firme cuerpo del joven.

Edward había venido con una idea fija, se había quedado en aquella construcción subterránea esperando el momento adecuado para poder hablar con la duquesa.

—Isabella, no tengo mucho tiempo, tampoco tengo mucho dinero, viajaré a la casa de una tía materna, me ha ofrecido buenas nuevas para mí y deseo llevarte conmigo, huye de aquí —le rogó —. No tengo el dinero suficiente para mantenernos con holgura, pero trabajaré aún más duro con tal de que tu tengas lo necesario, sé que lo que pido es demasiado, pero por favor escucha tu corazón —rogó.

Isabella quedó sorprendida, Edward le estaba pidiendo elegir, algo que ella jamás pensó que ocurriría. Su corazón se vio destrozado, ella no podía dejar esta vida, por más que amase a Edward, deshonraría a toda la familia y decepcionaría a Jacob que más que mal era un buen marido.

—Edward, yo…—el nudo en su garganta no le permitió continuar.

—No me lo digas, no quiero tener recuerdos tristes, prefiero que no me lo digas, sólo si aceptas venir conmigo coge mi mano y sígueme, pero si escoges tu vida ten por seguro que jamás me volverás a ver —sentenció triste.

Él no deseaba hacerla elegir, pero su amor le impedía alejarse de ella y necesitaba con urgencia ser correspondido y decirles a todos que Isabella era su mujer.

La duquesa no cogió su mano, pero si depositó un beso, un tierno beso en sus fríos labios.

—Edward, sólo espero que el tiempo enmiende esta herida, mis responsabilidades aquí son muchas y…

—¡Cállate! —le gritó llorando.

—Y no pretendo que me perdones, pero aún así debes saber que te amo y que siempre te amaré, pero que mi vida me ha atado a esta sociedad y no puedo dejarla —susurró.

Las lágrimas caían por las mejillas de ambos, dicho esto Edward se marchó dejándole allí, triste, sola y desolada.

Intentó reponerse de aquel mal rato, luego tendría tiempo para pensar y llorarle.

Una mujer ha sido creada para soportar los dolores más tristes de esta vida y como tal debía salir con la frente en alto, su vida en sociedad debía continuar y no podía demostrar debilidad ante aquellos cuervos que esperaban desesperados en el salón para sacarle los ojos.

El baile transcurrió con normalidad y aunque ahora le costó más sonreír y disimular todo lo que en su interior ocurría, nadie notó su tristeza y dolor.

Los invitados una y otra vez le agradecieron tan agradable velada y ella prometió volver a dar otro baile pronto.

Se fue a dormir exhausta, su amiga Alice se había marchado, no tenía en quien descargar su tristeza más que en las cuatro paredes que ahora le rodeaban.

Lloró en silencio y descargó el dolor de su alma, había sido una niña malcriada y siempre le habían enseñado que su imagen estaba primero, ahora odiaba haber aprendido tan bien aquella lección, quizá si Edward le hubiese preguntado de nuevo habría aceptado irse con él, pero su orgullo y su amor al status social habían sido más fuertes que el mismo amor que sentía por él.

Aunque ahora se sentía desolada, estúpida e incomprendida, decidió que lo mejor que podría haber hecho era rechazarle, no por ella, si no por la propia seguridad de Edward. Jacob jamás se hubiese quedado tranquilo sabiendo que él había huido con su esposa y la venganza no se habría demorado en llegar, por muy sumiso que fuese su marido, tenía claro que la ira le cegaba con facilidad.

Sin darse cuenta se quedó profundamente dormida entre llanto y tristeza.

—¡Bella! —la llamó Jacob mientras vio como Bella dormía.

Abrió las cortinas para que entrase más luz y así disfrutar de una agradable mañana con su esposa, quería enmendar la desconfianza demostrada y así poder compartir de los beneficios de Bristhland.

—¿Jacob? —dijo aún somnolienta.

—Cariño, es una maravillosa mañana deberías acompañarme a un día de campo ¿Qué dices? —sonrió.

La luz en sus ojos le molestaba y por más que intentaba enfocar a su marido la claridad se lo impedía.

—Jacob, ve tú, hoy he quedado con Alice para ayudarle con unos diseños para sus nuevos vestidos —mintió.

—Pero, Isabella…

—Nada de peros, debes ir y reconocer tu propio terreno, ve con un par de hombres y disfruta de los hermosos lugares, quizá me una a ustedes en la tarde —sentenció.

Jacob sabía como era Isabella y sería mejor no contradecirla, así que tomó un grupo de hombres y empleadas para realizar un reconocimiento de terrenos, quizá podría buscar un lugar para cazar.

Amarró la silla de su caballo, llevó un par de cantimploras y el resto de sus hombres le siguió.

Isabella había decidido ir hacía aquel lugar en donde recordaba a Edward, la pequeña construcción subterránea le sería de gran ayuda para poder descargar su tristeza.

A medio día se levantó con total calma, se dio tiempo para descansar en la bañera, también decidió vestir sus mejores ropas, si iría a recordar a Edward sería mejor que lo hiciese como si fuese a verle.

—Si llega el duque ¿Qué debo decirle? —preguntó fielmente Frank.

Isabella estaba agradecida de aquel sirviente tan leal y le dedicó una sonrisa.

—Dile que he ido en su búsqueda, de seguro lo encontraré por allí —sonrió nuevamente.

—Así será mi señora —hizo una pequeña reverencia.

"Señora" pensó Isabella, Edward siempre le decía mi señora a pesar de lo mucho que a ella le molestaba.

Tomó su caballo y se dirigió hacía aquel lugar.

Estaba tal cual le recordaba, tal cual como ambos le había dejado la última vez.

Las frazadas ordenadas y los vasos en aquel rincón.

Prendió una vela y se sentó a esperar, quizá a esperar que los recuerdos le inundasen.

Miró a su alrededor y se dio cuenta de lo vacío que allí estaba, que alguien le faltaba, un vacío no sólo por la idea de Edward si no también por lo egoísta, manipuladora y terrible que había sido con los demás, con él había aprendido a ser más tolerante, más dulce y caritativa, Edward había conseguido sacar a flote lo mejor de ella y a pesar de aquello no fue capaz de demostrárselo cuando él se lo pidió.

¿Ahora de qué le valía ser la duquesa de Kent? ¿Qué le importaba ahora ser la mujer del duque si ella prefería ser la mujer de un domador de caballos sin un penique? Había sido una idiota al pretender llevar una vida normal después de haber conocido el amor.

Y estaba decidida, sería lo mejor. Iría a hablar con Steve, el padre de Edward sabría donde estaba su hijo, iría a por él sin importar las consecuencias, quizá podrían irse de allí, podría vender sus joyas y marcharse de Inglaterra donde Jacob no pudiese hacer nada.

Tomó su caballo y cabalgó lo más rápido posible hasta llegar a Bristhland.

—¡Señora! —le gritó una sirvienta —. ¡Gracias a Dios usted ha llegado!

—¿Qué ocurre? —preguntó al ver a todos preocupados.

—Es el duque —dijo Frank —. Ha sufrido un extraño accidente a caballo.

—¿Qué? —dijo sorprendida.

—Mientras cabalgaba por el estanque decidió saltar un cerco y ha caído bruscamente, el caballo le aplastó —sentenció uno de los testigos del terrible suceso.

—¿Han traído un medico? —dijo subiendo las escaleras hacía los aposentos de su marido.

—No ha hecho falta —señaló Frank.

—¿Qué no ha hecho falta? —cuestionó aquella respuesta —. ¿Quién te ha dicho que no ha hecho falta? ¡Traigan al médico! —chilló.

Abrió la puerta de la habitación y la encontró vacía.

—¿Dónde está mi marido? —chilló.

—El duque ha muerto, señora —susurró Frank —no se pudo hacer nada por él, su cuerpo está en el salón.

Isabella sintió el nudo en su garganta. ¿Jacob muerto? Eso era imposible, ella le había visto hace tan poco.

Bajó las escaleras y allí le encontró.

Su cuerpo sin vida yacía en una improvisada urna.

Sin en el momento en que Edward se marchó sintió que el mundo se le había acabado, ahora definitivamente estaba destruida por completo, su mundo ya no existía ni existiría de la misma forma que le había conocido, ella era una mujer distinta en un desolado lugar que ya no le acogía con los brazos abiertos.


Hola mis niñas.

Muchas de ustedes me han enviado mails diciendome que no han podido dejar RR.

.

Lo lamento en verdad, pero aún así gracias.

Por otro lado, sé que esto va demasiado rápido, quizá no se logre sentir todo por lo rápido que va...

lo siento soy demasiado impulsiva y cuando una idea se me ocurre... mm dificil es que me detenga.

Gracias a todas las que me han dejado sus mensajitos, aquellas que se preocuparon por avisarme que no pudieron... gracias a todas.

Espero actualizar pronto el capitulo final y saber que les ha parecido.

Cariños y besitos

Las quiero mucho

Manne

P/D: las que me preguntaron por Obligada a amar actualizaré entre mañana y pasado.