Fiebre
Después de que hubo encadenado a Azula, tendiéndole una trampa, se acercó a Zuko. Estaba tendido en el piso y tenía una cicatriz parecida a la de Aang en el estómago. Reprimió un escalofrío, no deseaba pensar en lo peor. No estaba segura de poder curarlo como había curado la última vez a Aang. Necesitaba suerte; Zuko necesitaba mucha suerte. Katara cerró los ojos momentáneamente, concentrándose.
—Vamos, despierta —murmuró, sabiendo que Zuko no podía oírla.
Vamos, despierta…
«No puedo», quiso contestar él. Era cierto, la cruel verdad era que no podía volver en sí, a aquel campo de batalla, a aquel campo minado en el que todo estaba siendo destruido. Pero no podía y se reprochaba por eso. Sólo necesitaba ayuda, necesitaba que alguien lo sacara de allí, donde se estaba volviendo loco oyendo la voz de Katara. «No puedo»… no eran buenas palabras.
Entonces, por un momento, lo invadió un sentimiento de calidez que no supo reconocer. Era un poco reconfortante después de todo y él se dejó llevar. Tal vez lo sacase de allí después de todo, que era lo que había estado todo aquel… tiempo (¿cuánto tiempo había sido? Bien podían parecer horas, minutos o años enteros). Aquel mundo en el que estaba no tenía un principio y un final, allí cada quien sentía el tiempo como quería. Tal vez era su mente jugándole una mala pasada únicamente. Tal vez no ocurría nada, después de todo.
Al menos esa era una buena perspectiva. Aunque no fuera la verdad. La verdad tal vez sería demasiado cruda para soportarla, para aceptarla o simplemente oírla. Prefería creer en algo más, aunque sólo representara una dura mentira. No iba a cometer ese error —si es que al final nada salía bien— para que la gente se lo restregara en la cara de nuevo.
Sé que hay una forma de que despiertes, sé que tú puedes hacerlo… Vamos, Zuko…
«No puedo», volvía a ser la verdad. A pesar de aquella sensación de calidez que lo había invadido de repente, era incapaz de salir de allí, de despertar. «Tú puedes hacer algo», tuvo ganas de decirle. Pero tampoco podía. Ella no lo escucharía. Tal vez en ese mismo momento ni siquiera estuviera hablando y él sólo se lo estuviera imaginando. Pero si Katara estaba allí, podría ayudarlo, estaba total y completamente seguro.
Las sombras se volvían cada vez más tenues y los contornos de aquel mundo se iban marcando, poco a poco. Zuko lo consideró como una buena señal, como una señal de que tal vez despertase pronto. Quería creer que era capaz de despertar por él mismo, pero no lo logró. No podía. Iba a necesitar ayuda.
Zuko, sé que puedes salvarte… debes despertar…
Quería despertar en verdad, quería volver al mundo real y dejar a su imaginación encerrada bajo siete llaves a partir de entonces. Quería volver, lo deseaba. Ya no era sólo un deber más. De verdad quería. Esa sensación lo invadió aún más, lo hizo pensar que aún quedaba una esperanza.
Y fue entonces cuando ocurrió: empezó a volver en sí. Lo primero que notó fue la oscuridad en la que se había sumido tan de repente. Lo segundo fue el dolor lacerante en el estómago, un dolor casi insoportable. Y después… la luz. Sólo la luz. Le cegó los ojos un momento, que tardaron en enfocar lo que estaba frente a él. Era el rostro de Katara, preocupado.
Cerró los ojos un momento, completamente deslumbrado, a pesar de que no había mucha luz. Los abrió de nuevo lentamente, y Katara, al descubrir que había abierto los ojos, le sonrió. Él intentó apoyarse sobre los codos, pero sintió un dolor lacerante en el estómago y volvió a dejarse caer sobre el frío piso, lleno de agua. No estaba en sus mejores tiempos.
—Estás… vivo —le dijo Katara, con una sonrisa, intentando curarle el estómago. Él le devolvió la sonrisa, con trabajos, pero no dijo nada. Cuando Katara terminó lo miró a los ojos y se obligó a confesar sus peores temores—: Por un momento creí que no despertarías jamás.
Zuko notó la angustia en su voz y desvió la mirada un poco. Katara se levantó y le tendió la mano, ayudándolo a levantarse. Apenas podía caminar, pero Katara le indicó con un gesto que se apoyara en ella. Katara había vencido a Azula, dejándola encadenada; Zuko la miró un momento y comprendió que su mente se había nublado para siempre. Se había desestabilizado completamente.
Katara lo miró suspicaz, pero él se dio la vuelta, ignorando a Azula completamente. En realidad, hacía ya mucho tiempo que su hermana no le inspiraba ningún afecto.
—Tienes la fiebre altísima, Zuko —le dijo Katara—, no creo que estés bien. Busquemos un lugar bajo techo. —Lo dejó apoyarse en ella, porque a pesar de que ya estaba mejor, apenas si podía sostenerse. El dolor le nublaba.
Zuko sonrió forzada, pero sinceramente. No encontraba las palabras correctas para darle las gracias a Katara. Tal vez porque no las había.
