Capítulo dos
El desafío permanecía pendiente entre ellos, tan poderoso como los intensos latidos del corazón de Kenshin. Este advertía que la respiración de Kaoru se había profundizado y distinguía perfectamente la confusión que se apoderaba de sus facciones.
Por un instante, cerró los ojos, negándole la sinceridad que en ellos se reflejaba. ¿Le negaría el regalo de su nombre?, se preguntó Kenshin.
Kaoru abrió los ojos y lo miró abiertamente. Era una mirada tan directa que Kenshin casi se asustó.
–Kaoru –dijo por fin.
–Kaoru –repitió Kenshin, saboreando su nombre.
–Kaoru Kamiya.
Kenshin asintió. Aquel nombre encajaba perfectamente con ella. Suave. Femenino. Y con un aura de misterio. Kaoru. Sí. Le gustaba… le gustaba mucho.
Kaoru se tensó, como si estuviera esperando una respuesta.
–Bonito nombre.
Kaoru exhaló un suspiro largo y profundo. Así que realmente estaba esperando su respuesta, se dijo Kenshin. Eso decía muchas cosas sobre ella. Y sobre todo una era evidente: no tenía miedo de él. Quizá estuviera recelosa, pero no asustada. Y eso hizo que mejorara todavía más la opinión que Kenshin tenía sobre ella. A Kenshin no le gustaban las personas débiles.
–¿Tienes hambre? –le preguntó Kaoru.
Lo decía con desgano, como si supiera que estaba obligada a hacer la pregunta.
Pero Kenshin contestó con absoluta sinceridad:
–Estoy hambriento.
–Supongo que… tendrás que cenar conmigo.
–¿Eso es una invitación? –preguntó Kenshin con una sonrisa.
La tensión del semblante de Kaoru disminuyó.
–Lo siento. No quería que sonara de ese modo.
–¿De qué modo?
–Tan brusco. No soy una persona tan brusca, por lo menos normalmente.
–¿Y te encuentras habitualmente con desconocidos en tu cocina?
Kaoru se apartó de la frente un mechón de pelo. Kenshin permanecía muy cerca de ella, probablemente mucho más cerca de lo que a Kaoru le gustaba, pero aún así no se apartó.
Kenshin atrapaba desde allí la suave esencia a jazmín de su perfume, ligera como una insinuación cargada de promesas, y no era capaz de recordar la última vez que había estado con una mujer que le resultara tan atractiva como ella.
Y se preguntaba por qué de pronto sentía tantas carencias sentimentales.
–No –admitió Kaoru por fin–. Eres el primer hombre que entra en esta cocina.
Aquella información lo sorprendió. Y le complació. No tenía por qué hacerlo, pero lo complació. Y cómo.
–Si pones la mesa –le dijo Kaoru, intentando aliviar la tensión que había en el ambiente–, te serviré algo de comer.
–Ah, una mujer moderna.
Kaoru esbozó una sonrisa que transformó sus facciones e hizo temblar a Kenshin.
–También puedes lavar los platos.
–¿Es posible que esté oliendo a pan recién hecho?
Kaoru señaló un pequeño electrodoméstico.
–Este ha sido mi capricho de este año, un horno para hacer pan.
–¿Y por todo eso sólo tengo que pagar el eximio precio de poner la mesa y lavar los platos?
–Odio lavar los platos.
Lentamente, iba revelando algunos aspectos de su personalidad.
–Señora, trato hecho.
Hacía años que Kenshin no estaba en una cocina como aquella, una cocina llena siempre de aromas. Kenshin se recordó a sí mismo ayudando a su abuela Kaede en la cocina, suplicándole que le permitiera el honor de cascar los huevos contra la antigua banda de metal que rodeaba el mostrador.
–¿Qué es lo que te resulta tan divertido? –le preguntó Kaoru.
Kenshin, que estaba ya poniendo la mesa, alzó la mirada sorprendido por su capacidad de observación.
–Estabas sonriendo –le comentó Kaoru.
–Mi abuela tenía una cocina como ésta. De pronto han acudido a mi mente muchos recuerdos –su propia cocina no se parecía nada a aquella.
En la cocina de Kaoru no había horno microondas; y tampoco lavavajillas. Pero había algo que no había podido conseguir Kenshin en la suya a pesar de todos sus electrodomésticos: calor de hogar.
Kenshin se encontró de pronto pensando si la cocina de Kaoru le hubiera recordado a la suya, no se habría sentido tan cómodo como se sentía en ese momento. Y aquel pensamiento le hizo preguntarse, una vez más, qué motivos tenía para volver a Tokio y aceptar la dirección de Himura Enterprises, la empresa que hasta entonces había controlado su padre.
Yuki-chan entró en la cocina en ese momento y se metió debajo de la mesa, aparentemente ansioso por recibir parte de la cena. A juzgar por el aspecto del chucho, Kaoru era una dueña muy indulgente.
Una mujer con un gran corazón.
No le sorprendía. De hecho, no le habría extrañado enterarse de que Yuki-chan había llamado a su puerta , al igual que él, y había terminado quedándose en la casa.
Kaoru sirvió dos tazas de café y se reunió con Kenshin en la mesa. Sus rodillas se rozaron. Sus miradas se encontraron. Y entonces Kaoru se humedeció los labios, golpeando directamente las entrañas de su invitado con la necesidad imperiosa de hacer el amor con ella.
No era un sentimiento bienvenido en aquellas circunstancias. Pero allí estaba, crudo y sincero. Y el problema era que no podía hacer nada para evitarlo.
Kenshin le había prometido a Kaoru que no corría ningún peligro con él. Pero estaba comenzando a preguntarse si eso era cierto.
Deseaba a Kaoru Kamiya con una intensidad que lo dejaba estupefacto.
Pero jamás podría tenerla.
Estaba allí de paso, no podía quedarse. Su vida estaba en otra parte, por mucho que en ese momento lo odiara. Si lago había aprendido a lo largo de su vida, era que no se podía cambiar de identidad.
No había forma de escapar de uno mismo.
Ejerciendo el férreo control que lo había hecho famoso, aplacó su deseo y tomó el cucharón para empezar a servir.
–Cuidado con el fondo –le advirtió Kaoru.
Kenshin se detuvo.
–Se ha quemado –le indicó Kaoru encogiéndose de hombros–. Estaba tan concentrada en mi trabajo que me he olvidado de la cena.
A juzgar por su delgadez. Debía olvidarla muy a menudo. Kenshin se dijo que aquella mujer necesitaba que alguien la cuidara. Pero él no podía asumir ese papel.
Aunque envidiaba al hombre que estuviera en condiciones de hacerlo.
Tomó el plato de Kaoru, lo sirvió e hizo lo mismo con el suyo.
Kaoru lo miró a los ojos. Durante algunos segundos, un velo de silencio cubrió aquella casa. ¿Sentiría también ella aquella atracción tan intensa?, se preguntaba Kenshin. Y si así era, ¿qué diablos iban a hacer?
Kaoru se llevó la cuchara a los labios y sorbió. A Kenshin se le tensó algo en el interior. Desesperado por distraerse, siguió su ejemplo. Probó el guiso y lo saboreó con deleite. Y antes de ponerse nostálgico con un largo suspiro, comentó:
–Mi abuela hacía un guiso parecido.
Una inmensa tristeza se apoderó de la voz de Kaoru.
–Yo no conocí a mi abuela.
–Lo siento –contestó Kenshin con sinceridad. Su abuela había sido la única presencia alegre en su infancia sombría. De quien no se acordaba él era de su madre, que había muerto cuando solo era un niño. Su padre se había volcado a partir de entonces en levantar el negocio que había heredado de la familia. Y prácticamente no había podido dedicar ni un minuto de su precioso tiempo ni a Kenshin ni a su hermana Misao.
Pero la abuela Kaede había intentado llenar todos los huecos. Había celebrado con ellos los cumpleaños, las navidades… había llenado sus vidas de amor y esperanza.
Kaoru cortó un trozo de pan y se lo dio al vigilante Yuki.chan.
Kenshin tuvo entonces una visión repentina de la soledad de su estilo de vida. A nadie le preocupaba si llegaba o no a casa por la noche. Absolutamente a nadie.
Pero no le importaba. Realmente nunca le había importado. Y se prometió a sí mismo que jamás le importaría.
Apartando despiadadamente todo tipo de sentimentalismo de su alma, comentó:
–Esta es una casa de campo fabulosa –le había llamado la atención la solidez de la construcción, a pesar de que la casa estaba pidiendo a gritos algunas reparaciones.
Pero había algo más. Tamborileó la mesa con los dedos. Había algo que le molestaba en aquella casa, era como si faltara algo evidente, aunque no era capaz de darse cuenta de lo que era.
–Me enamoré de esta casa en cuanto la vi –respondió Kaoru.
–¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí?
Kaoru dejó la cuchara en el plato. Kenshin había vuelto a hacerlo; había pasado de un tema intrascendente a otro con implicaciones mucho más personales. El también dejó de comer, esperando una respuesta. Cuando había renunciado ya a recibirla, convencido de que su compañera de mesa iba a cambiar de tema, ésta contestó:
–Tres años.
–¿Y llevas tres años viviendo aquí sola?
–Bueno, no estoy sola del todo. Tengo a Yuki-chan.
–Y una katana.
Aquello le hizo sonreír. Y Kenshin saboreó su victoria.
–¿Nunca te sientes sola, Kaoru?
–Disfruto de mi propia compañía.
Y en cualquier caso, ¿qué le importaba a él? En menos de veinticuatro horas estaría de nuevo en los lomos de su moto, rumbo a Tokio. Kaoru quedaría convertida en un agradable recuerdo, un recuerdo que lo ayudaría a enfrentarse con nuevos ánimos a su rutina.
¿Pero a quién pretendía engañar?
Se estaba mintiendo. Kaoru Kamiya no era una mujer fácil de olvidar.
Después de cenar, mientras Kaoru recogía la mesa, Kenshin se dedicó a fregar los platos, tal como había prometido, tarea que no le resultó tan fácil como pensaba.
–¿Quieres que tomemos el café en el cuarto de estar? –le ofreció Kaoru.
Agradeciendo la oportunidad de salir de la cocina antes de que le asignaran una nueva tarea para la que no estuviera preparado. Kenshin mostró su acuerdo. Mientras él intentaba deshacerse de los últimos restos de espuma, su anfitriona preparó café.
A Kenshin le pareció advertir un brillo de diversión en la mirada de Kaoru, pero como no hizo ningún comentario sobre su evidente inexperiencia, decidió atribuirlo a un juego de luces.
Yuki-chan se acomodó en la alfombra del cuarto de estar, y Kaoru en una silla frente al fuego. Kenshin, antes de sentarse, echó un nuevo leño al hogar y permaneció de pie durante un rato, observando la nieve que cubría ya la ventana. El viento arrojaba los copos contra el cristal, haciendo que el calor del interior de la casa cobrara un nuevo valor. Afuera el panorama era espantoso, pero dentro…
Entonces fue cuando se dio cuenta de lo que faltaba.
Faltaba navidad.
No había nada, absolutamente nada, en aquella casa que indicara que estaban en navidad.
En aquella época del año, a sólo cuatro días del veinticuatro de diciembre, su abuela ya habría puesto el árbol. No habría ni una sola mesa sin un centro de navidad y ni un solo rincón del que no colgara una guirnalda.
Y debajo del árbol adornado, habrían encontrado refugio regalos envueltos en papeles de todos los colores imaginables. Y por lo menos en dos de ellos aparecería el nombre de Kenshin a grandes letras.
Y aunque la abuela Kaede ya no estuviera entre ellos, la navidad continuaba siendo uan fecha muy especial para él. Era una oportunidad de estar con Misao y con sus niños, y le parecía un error que aquella casa pasara desapercibida una fecha tan emblemática.
Se metió la mano en el bolsillo del pantalón y se volvió hacia Kaoru.
–¿Kaoru?
Kaoru lo miró por encima del borde de su taza. El vapor del café se elevaba hacia su rostro. Aunque no dijo nada, lo miró con expresión interrogante.
–No tienes árbol de navidad.
El fuego crepitó. Yuki-chan alzó una pata y la colocó sobre su cabeza.
–No veo el problema –contestó suavemente.
–¿Qué no ves el p…?
Kaoru se encogió de hombros a la defensiva.
–Vivo completamente sola.
Pero hasta Kenshin tenía un arbolito artificial de navidad en su solitario departamento.
–El día de navidad es un día como cualquier otro.
–¿Estás hablando en serio? –preguntó Kenshin–. ¿Y qué me dices de todo lo que acompaña esa fecha, la familia, el amor, el compartir…?
–¿De qué me estás hablando Kenshin? –dejó la taza de café en la mesa y lo miró–. ¿Por qué te parece la navidad algo tan especial? Desde luego, para mí no lo es.
Pestañeó, como si estuviera intentando ocultar algún sentimiento y continuó explicándole:
–El día de navidad me levanto, me tomo un café, hago las tareas de la casa, intento llamar a mis padres, aunque normalmente las líneas están ocupadas, y me pongo a trabajar. Es un día como otro cualquiera.
Kenshin la oyó tragar saliva, intentando disimular su dolor. ¿Qué tendría aquella mujer que lo hacía desear borrar ese dolor y reemplazarlo con algún recuerdo hermoso?
Descartó inmediatamente aquel pensamiento. Estaba pensando imposibles.
No estaría en aquella casa tiempo suficiente para dejar un buen recuerdo. Además, ¿qué derecho tenía a insistir en que celebrara la navidad? Era una opción completamente personal.
Pero, kuso, esa repentina y absurda necesidad sentimental se negaba a ser ignorada. Aquella casa estaba clamando por algo de atención, por algo cálido, por una familia.
Aunque posiblemente Kaoru no quisiera formar parte de ninguna.
Las luces parpadearon peligrosamente. El viento aullaba contra las ventanas, haciendo temblar los cristales. El fuego siseaba.
–¿Tienes linternas? ¿Y velas? Si no me equivoco, pronto vamos a quedarnos sin luz.
–En la cocina –Kaoru se levantó, deseando de repente poder estar a solas.
Kenshin no la siguió. Sabía que le habían afectado sus palabras, probablemente más de lo que la joven estaba dispuesta a admitir. Y la verdad era que a él también le había afectado su actitud… y también mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Las luces volvieron a parpadear, haciéndolo ponerse en acción. Aquella prometía ser una larga noche.
–¿Kaoru? –le preguntó, siguiéndola a la cocina–. ¿Dónde guardas la leña?
–En esa despensa.
Mientras Kaoru recogía linternas y velas, Kenshin bajó unas lámparas de queroseno de la estantería. Ya en el cuarto de estar. Kaoru lo dejó todo en la mesa del café.
Y para cuando llegó Kenshin con una segunda carga de leña, las luces parpadeaban ya continuamente.
Kenshin y Kaoru se miraron a los ojos. Y de pronto se hizo una total oscuridad. Kenshin era intensamente consciente de la mujer que tenía a su lado.
–¿Kenshin?
–Ahora mismo enciendo la linterna, Kaoru –la ausencia de luz azuzaba el resto de sus sentidos, haciendo que el sonido de la voz de Kaoru le resultara mucho más provocativo. Advertía el suave fluir de su respiración, el dulce perfume que emanaba de su piel y el indescriptible impacto de su presencia.
Intentando acelerar la operación, frotó un fósforo contra un ladrillo de la chimenea y encendió la lámpara de queroseno. Una ráfaga de viento sacudió la casa, haciendo aumentar la tensión del ambiente.
–Supongo que te alegras de haber encontrado un lugar en el que refugiarte –comentó Kaoru.
Kenshin asintió. Después se fijó en la tenue luz de la lámpara y en el brillo del fuego en la azabache melena de Kaoru.
Aquella mujer era toda una tentación.
Kenshin intentó resistirse. Se obligó a resistirse.
Y fracasó.
Alargó el brazo hacia ella y dibujó con un dedo el perfil de su mejilla. A la luz de la linterna, Kaoru parecía un ser etéreo, producto de la magia de las fechas en las que se encontraban.
Kaoru se tensó, pero no se apartó.
Sus miradas se encontraron. Kenshin reconoció la soledad que se reflejaba en aquellos ojos azules y supo que era idéntica a la suya.
Yuki-chan ladró suavemente, quebrando la sensualidad del momento. Kaoru se apartó lentamente y encendió una segunda lámpara.
Kenshin no pudo evitar fijarse en el temblor de su mano.
–Yo… eh…, bueno, voy a prepararte una habitación.
–Puedo dormir en el sofá. No quiero causarte problemas.
–No es ningún problema –le aseguró Kaoru, pero le agradeció su sugerencia. Cuanto más lejos estuvieran, mejor.
–No me importa dormir en el sofá, de verdad.
Kaoru asintió y desapareció durante unos minutos llevando una linterna y un rezagado y perezoso Yuki-chan como compañía.
Kenshin se sentó en el sofá y se bebió lentamente el café. Después de haber pasado aquella noche de tormenta con alguien tan especial, de repente descubría el vacío y la desolación de su propia vida.
Aunque dejara de nevar aquella noche y pasara en familia la navidad, el dos de enero continuaría siendo un hombre solitario.
Kaoru quizá no quisiera celebrar la navidad, sin embargo, conocía perfectamente su significado. Había recibido en su casa a un perfecto desconocido, le había ofrecido comida y abrigo. Si no era ese el espíritu de la navidad, entonces no sabía qué podría serlo.
Kenshin se prometió en ese mismo momento, una forma de devolverle a Kaoru el regalo de su hospitalidad.
La joven regresó al cabo de un rato llevando mantas, sábanas y hasta una almohada de plumas. Las sábanas olían a fresco, como si se hubieran secado al viento.
Mientras Kaoru ahuecaba la almohada, Kenshin se descubrió imaginándose su oscura melena extendida sobre ella.
Se levantó y tomó la sábana que Kaoru había dejado en una silla.
–Yo la colocaré.
–Gracias, pero prefiero hacerlo yo.
Kaoru tomó entonces la sábana, rozando los dedos de Kenshin al hacerlo. Abrió los ojos de par en par y desvió rápidamente la mirada.
Con movimientos rápidos y precisos, colocó la sábana sobre los cojines. Su jersey de algodón se movía con ella, proporcionando una visión encantadora de sus caderas y muslos.
Aquella iba a ser una noche infernal, comprendió Kenshin, y no precisamente a causa del frío.
Kenshin extendió la manta y la colocó sobre la sábana. Si no hacía algo, cualquier cosa, pronto sucumbiría al impulso de tocarla de nuevo, molestándola más de lo que ya lo había hecho. Y sería imperdonable, no podía violentar de aquella forma su hospitalidad.
Pero aquella resolución no impedía que continuara recordando lo que sentía por ella.
Kaoru se volvió hacia él y levantó una lámpara. La luz se derramaba sobre su rostro, acariciando sus facciones tal como pretendía hacerlo Kenshin.
–¿Puedo hacer algo más por ti?
Incluso bajo aquella tenue luz, Kenshin pudo advertir su sonrojo. Había formulado la pregunta en un tono involuntariamente íntimo. Pero Kenshin no iba a aprovecharse de ello. Así que negó con la cabeza.
–En ese caso, buenas noches.
Kenshin esperó hasta que Kaoru estuvo frente a la escalera para preguntar:
–¿Kaoru?
Kaoru se detuvo.
–Yo…
–¿Sí?
–Encontraré una forma de agradecerte lo que has hecho por mi.
–No es necesario.
Y esa era la razón por la que Kenshin no pensaba renunciar a su intención. Kaoru comenzó a subir, haciéndole sentir infinitamente solo.
Kaoru dio media vuelta en la cama. Llegaban a su habitación sonidos mudos, procedentes del cuarto de estar. Escuchaba moverse a aquel invitado inesperado.
¿Estaría desnudándose?
Golpeó con fuerza la almohada.
El frío de la noche parecía filtrarse entre las sábanas, haciéndole sentir escalofríos.
Se ordenó dormirse. Pero cada vez que cerraba los ojos, su mente se llenaba de la imagen de Kenshin y comenzaba a especular con todo tipo de posibilidades. Se imaginaba sus hombros anchos, sus caderas estrechas, sus musculosas piernas.
En su mente, veía su torso desnudo, su espalda, sus bíceps…
Abrió los ojos bruscamente y automáticamente buscó el reloj digital que tenía en la mesilla para saber que hora era. Al recordar que se habían quedado sin corriente eléctrica, se tumbó de nuevo en la cama, intentando relajarse.
En el segundo intento no tuvo más éxito que con el primero.
Todavía le costaba creer que hubiera invitado a un hombre a pasar la noche en su casa.
Y lo que más le costaba creer era la innegable reacción de su cuerpo ante la presencia de aquel extraño, el palpitar que despertaba ante su vibrante presencia.
La caricia de Kenshin no había sido nada, menos que un beso de buenas noches en la primera cita. Pero en su interior había causado estragos. Al sentir sus dedos en la mejilla, había deseado más… le había faltado muy poco para inclinar la cabeza y dejar que su rostro descansara en su mano.
Kenshin no parecía querer nada más, pero que el cielo la ayudara, ella había deseado mucho, mucho más.
Gimió desesperada. Kaoru Kamiya habitualmente no reaccionaba así ante ningún hombre.
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había sentido acelerarse su corazón. Pero Kenshin lo había conseguido, y en cuestión de minutos.
No había respetado además la alambrada que Kaoru había tejido alrededor de su vida personal. Había intentado traspasarla buscando respuestas que Kaoru jamás había dado a nadie. Se estremeció, y aquella vez no a causa del frío, sino porque sospechaba que si se quedaba, Kenshin continuaría pidiéndole mucho más.
Esperaba tener tiempo suficiente para resistirse a aquella tormenta en forma de hombre que había entrado a su casa.
Durante algunas horas, estuvo dando cabezadas. Una fuerte ráfaga de viento sacudió de pronto la casa. Yuki-chan gimió y saltó a la cama, despertando, despertando a Kaoru de su ligero sueño.
Estaba temblando, la temperatura había bajado considerablemente en el dormitorio. Por mucho que se tapara o acurrucara, no conseguía entrar en calor.
Admitiendo haber perdido la batalla, se sentó en la cama, encendió la linterna y buscó su yukata. Se levantó, se puso las zapatillas y bajó de puntillas la escalera. Se paró en seco al ver a Kenshin en el sofá. Casi un metro ochenta de pura masculinidad descansaban entre los cojines. De pronto, respirar se convirtió para Kaoru en un acto que requería toda su concentración.
La manta cubría a Kenshin hasta la cintura, dejando su pecho completamente al descubierto.
Ni siquiera dormido tenía un aspecto inocente, pensó kaoru. De hecho, parecía sombríamente peligroso.
Tragó saliva. Conciente de que se estaba comportando como una mirona, desvió la mirada hacia el suelo mientras pasaba por delante de él, seguida por Yuki-chan.
Una vez en la cocina, encendió una lámpara y se dispuso a calentar agua para prepararse un té, alegrándose por vez primera de poder contar con una antigua cocina de gas.
En medio de la tormenta, tomó el angelito de cerámica que tenía encima del mostrador y acarició sus alas.
Aquél ángel, Umi, era su favorito. Le había puesto el nombre pensando en su abuela, que había muerto antes de que ella naciera. Era uno de los primeros intentos artísticos de kaoru, y el único ángel del que no había sido capaz de separarse.
–Bueno, Umi, ¿qué vamos a hacer?
Umi mantuvo su perpetua y serena sonrisa, ofreciéndole a Kaoru cierto consuelo. Volvió a dejar la figurilla en su lugar. Cuando el agua comenzó a hervir, apagó el gas. Metió una bolsita de té en una taza y se sirvió una cucharada de azúcar.
–¿Hay té para dos?
A Kaoru se le cayó la cucharilla. Alzó la mirada.
Kenshin se recostó contra el marco de la puerta. Llevaba la camisa desabrochada, los vaqueros… y una tentadora sonrisa.
Y el problema era que Kaoru tenía unas ganas terribles de ceder a la tentación.
Que Kami la ayudara. En ese momento le parecía imposible combatirla.
Continuará…………….
Disculpen la tardanza…..
¿Y?... ¿qué les pareció?... el lemon ya viene, no se desesperen….jajajaja.
Dejen sus RR para que me incentiven a seguir ne?
Mataneeee….
