Esta historia esta inspirada en los personajes de CCS que pertenece a Clamp

y en la obra de Johanna Lindsey

La adaptación se realiza sin fines de lucro


El relato se ubica en un universo alterno, por lo que las personalidades de los personajes, varíen según el desarrollo de la trama.


Capítulo 2: Poción de amor

-¿Qué puedo hacer, Marusia? –preguntaba Wei a su esposa-. Él la desea. Ella se niega a compartir su lecho. Hasta ahora, nunca me había encontrado con este dilema.

-Pues búscale otra mujer –replicó ella con soltura, creyendo que la solución era así de simple-. Sabes lo que ocurrirá si él queda insatisfecho esta noche. Será imposible complacerlo durante todo el viaje de vuelta. No sería tan grave si su abuela no lo hubiese regañado por su excesiva promiscuidad... Pero le advirtió que no se acercara a sus criadas y él obedeció por deferencia. El príncipe debe tener una mujer esta noche, antes de que zarpemos, o todos sufriremos por su frustración. Será diez veces peor que al venir acá, cuando esa estúpida condesa cambió de idea en el último momento y no zarpó con él.

Wei ya sabía todo eso. Su problema no era tan sólo que nunca antes le había fallado al príncipe; era cuestión de garantizar un viaje placentero para todos ellos. No era que el príncipe no pudiera permanecer célibe por necesidad, como lo haría en el viaje de vuelta a Rusia. Pero cuando no era imprescindible hacerlo, como esa noche, no quisiera Dios que él no consiguiera lo que deseaba, ya que cuando Shaoran no era feliz, ninguno de sus allegados lo era. Wei se sirvió otro trago de vodka y lo bebió. Marusia continuó rellenando un ganso para la cena de Shaoran. Creía resuelta la cuestión. Su esposo le había dicho únicamente que la mujer que él había conseguido para el príncipe le estaba causando problemas.

-Marusia¿por qué razón una mujer... oye, no es ninguna dama, sino una campesina inglesa, una criada... por qué no la complacería que un príncipe la considerara deseable?

-Debe sentirse halagada. Ninguna mujer en el mundo dejaría sentirse al menos halagada, aunque no quisiera acostarse con él. Muéstrale el retrato. Eso la hará cambiar de idea.

-Sí, lo haré, pero... pero no creo que eso influya esta vez. No se sintió halagada, Marusia. Se sintió insultada. Lo vi en su rostro. No entiendo. Ninguna mujer lo ha rechazado antes, vírgenes, esposas, princesas, condesas, hasta una reina...

-¿Qué reina¡Nunca me has contado eso!

-No importa –repuso él con brusquedad-. Eso no es para habladurías, y a ti, mi querida esposa, te encanta chismorrear.

-Bueno, todo hombre debería ser rechazado al menos una vez. Le hace bien.

-¡Marusia!

La mujer rió con regocijo.

-Bromeo, marido mío. Todo hombre, excepto nuestro príncipe. Ahora deja de preocuparte. Ya te lo he dicho, ve y búscale otra mujer.

Wei contempló lúgubremente su vaso vacío y volvió a llenarlo.

-No puedo. No me dijo "Quiero una mujer esta noche. Búscamela". Me señaló esta pichoncita y dijo: "Esa. Arréglalo". Y ella ni siquiera es hermosa, Marusia, salvo por sus ojos,. Podría encontrarle diez o doce mujeres más a su gusto antes de esta noche. El quiere esta. Debe tenerla.

-Debe de estar enamorada –dijo Marusia, pensativa-. Esa es la única razón por la cual una mujer de clase baja rechazaría tal honor. No hay campesina en Rusia...

-Esto es Inglaterra –le recordó él-. Tal vez aquí piensen de otra manera.

-Ya hemos estado aquí antes, Wei. Nunca has tenido este problema. Te digo que ella está enamorada de alguien. Pero hay drogas que pueden hacerla olvidar, enturbiar su memoria, hacerla más complaciente...

-El creerá que está borracha –replicó severamente Wei-. Eso no le agradará en absoluto.

-Al menos la tendrá.

-¿Y si no da resultado¿Si ella recuerda lo suficiente como para pelear contra él?

Marusia arrugó la frente.

-No, eso no servirá. Se pondría furioso. No necesita tomar a una mujer por la fuerza. No lo haría. Ellas se pelean por lanzarse a sus pies. Puede tener cualquier mujer que quiera.

-Pues quiere a esta, que no lo quiere a él.

Marusia le lanzó una mirada de disgusto.

-Ahora empiezas a preocuparme. ¿Quieres que hable con ella, a ver si logro averiguar cuáles son sus objeciones?

-Puedes intentarlo –admitió Wei, ya dispuesto a hacer cualquier cosa.

La mujer movió la cabeza asintiendo.

-Entre tanto, ve y habla con Bulavin. Puede que no sea nada, pero la semana anterior se jactaba de conocer un modo de lograr que una mujer le rogara que le hiciera el amor, cualquier mujer. Quizá tenga algún tipo de poción mágica –agregó sonriendo.

-¡Qué disparate! –se mofó él.

-Nunca se sabe –bromeó la mujer. Los cosacos siempre han vivido cerca de los turcos, y nunca se ha comentado que estos sultanes tuvieran problemas con sus jóvenes esclavas, que en su mayoría eran cautivas inocentes.

Wei desechó la idea con un ademán y un gesto de enfado, pero hablaría con Bulavin. Ya estaba desesperado.

Sakura no podía permanecer inmóvil. Caminaba en círculos por la habitación, mirando cada pocos minutos, ceñuda, el enorme ropero que los dos guardias habían empujado frente a la única ventana. Con su escasa corpulencia, no podía moverlo, aunque estaba vacío. Lo había intentado en vano durante media hora.

Se hallaba encerrada en un dormitorio bastante grande, que estaba en desuso. Hasta la cómoda estaba vacía. Un empapelado rosa y verde cubría los muros. El mobiliario evidenciaba influencia griega y egipcia en la decoración. Un cubrecama de raso verde, muy caro, sobre la cama.

Si tan sólo pudiera salir de aquella habitación, podría llegar a su casa... pero ¿para qué? Tomoyo, a quien viera por última vez sola, esperando en la esquina, ya se habría reunido con Eriol. Estará casada antes de que yo llegue a casa.

Es estúpida mascarada, esa espantosa situación... todo para nada. Tomoyo casada con un bribón cazafortunas. Eso, y sólo eso, ponía a Sakura furiosa contra aquellos rusos. Ese bárbaro, ese idiota cabeza dura que la había llevado allí... por su culpa la vida de Tomoyo estaba arruinada ya. No, él no. El no había hecho más que cumplir órdenes. Su príncipe era realmente el responsable. ¿Quién diablos creía ser, enviando a un criado en busca de ella por un motivo tan vil¡Qué arrogancia!

Le cantaré cuatro frescas, pensó Sakura. Debería hacer que lo encarcelen. Conozco su nombre, Shaoran Alexandrov... Pensarlo era agradable, pero ella no lo haría. Sería peor el escándalo que el delito cometido. Pues sólo le faltaba eso: el nombre de los Saint John arrastrado por el fango.

-Pero si Tomoyo no está en casa cuando yo vuelva, y si no está soltera todavía, juró por Dios que lo haré.

Había una esperanza, aunque remota, de que ese día Tomoyo se reuniera con Eriol tan sólo para hablar con él, para hacer planes. Necesitaba aferrarse a esa idea. Entonces no todo estaría perdido, y esa sería tan sólo una experiencia irritante que ella haría todo lo posible por olvidar.

-Le traigo algo de comer, señorita, y otra lámpara. Este cuarto es muy oscuro con la ventana bloqueada. Usted habla francés¿no? Yo lo hablo muy bien porque es el idioma de nuestros aristócratas. Algunos de ellos ni siquiera hablan ruso.

Ese torrente de palabras brotó cuando una mujer cruzó de prisa la habitación llevando una pesada bandeja que depositó sobre una mesa redonda y baja, entre dos sillas. Era media cabeza más alta que Sakura, de edad mediana, con cabello castaño recogido y unos bondadosos ojos azules. No había llamado a la puerta. Uno de los guardias, después de abrirla para que ella pasara, la había vuelto a cerrar.

La mujer ordenó lo que traía en la bandeja. Un delgado florero, que contenía una sola rosa, se había caído. Afortunadamente no contenía agua. Trasladó la lámpara a la repisa de mármol de la chimenea. Ya estaba encendida, y su luz fue bienvenida. Luego regresó a la bandeja y empezó a levantar tapas.

-Son katushki – explicó revelando un plato con albóndigas de pescado en una salsa de vino blanco-. Soy la cocinera, por eso sé que le gustarán. Me llamo Marusia.

Junto con los katushki había un panecillo de centeno, una ensalada, fruta, un pedazo de pastel como postre y una botella de vino. Una comida muy apetitosa. El aroma de los katushki era delicioso. Y Sakura se había perdido el desayuno. Lástima que fuese demasiado empecinada para comerlo.

-Gracias, Marusia, pero puede llevarse eso. No aceptaré nada en esta casa, ni siquiera comida.

-No es bueno que no coma. Es usted tan menuda... –dijo Marusia con asombro.

-Soy menuda porque... soy menuda –respondió Sakura con parquedad-. No tiene nada que ver con la comida.

-Pero el príncipe es tan grande.. ¿Ve usted?

Prácticamente plantó un retratito bajo la nariz de Sakura, de modo que ella no pudo evitar mirarlo. El hombre reproducido en la miniatura era... imposible. Nadie podías tener realmente esa apariencia.

Sakura apartó la mano de la mujer.

-Muy gracioso. ¿Acaso con este ardid piensan hacerme cambiar de idea? Aun cuando ese fuera realmente su príncipe Alexandrov, mi respuesta seguiría siendo no.

-¿Está casada?

-No.

-¿Tiene entonces un amante a quien quiere mucho?

-El amor es para los idiotas. Yo no soy ninguna idiota.

Marusia arrugó la frente.

-Entonces dígame, se lo ruego, por qué se niega. Este es verdaderamente mi príncipe –insistió, señalando el retrato-. No le mentiría, ya que lo conocerá esta noche. En todo caso, este retrato no le hace justicia. Es un hombre lleno de vida, energía y hechizo. Y pese a su corpulencia, es dulce con las mujeres...

-¡Basta ya! –exclamó Sakura, perdido el control-. Dios mío, ustedes son increíbles. ¡Primero esa bestia que me rapta, ahora usted¿Ese príncipe no puede encontrar él mismo sus mujeres¿Se da cuenta de lo repugnante que es que usted interceda por él, como si yo estuviese en venta? Pues no lo estoy, y no hay suma de dinero que pueda comprarme.

-Si le molesta el dinero, piense solamente en un hombre y una mujer disfrutando de mutua compañía. Y mi amo habitualmente corteja él mismo a sus mujeres. Sólo que hoy no hay tiempo. Está en los embarcaderos, comprobando que todo esté en orden con respecto al barco. Verá usted, mañana zarparemos rumbo a Rusia.

-Me alegro mucho de saberlo –declaró secamente Sakura-. La respuesta sigue siendo no.

Wei tenía razón. Esa moza era peor que testaruda, era imposible. Tenía el desdén de una princesa, pero la estupidez de la sierva más vil. Nadie en su sano juicio se negaría a pasar una noche con Shaoran Alexandrov. Había mujeres que pagarían por tal privilegio.

-No ha dicho todavía por qué se niega –señaló Marusia.

-Ustedes han cometido un error, nada más. No soy del tipo de mujer que pensaría siquiera remotamente en acostarse con un desconocido. Simplemente no tengo interés.

Al salir de la habitación, sacudiendo la cabeza, Marusia soltó una lista de palabras en ruso. En el pasillo se encontró con su marido, que la aguardaba expectante. Aunque detestaba desilusionarlo, no tenía otra alternativa.

-Es inútil, Wei. Creo que teme a los hombre, o bien no le gustan. Pero no cambiará de idea. Estoy segura. Será mejor que dejes que se vaya e informes al príncipe Shaoran, de modo que pueda hacer otros planes para esta noche.

-No, tendrá la primera que eligió –dijo Wei, empecinado, entregándole un saco atado con un cordel-. Mezcla un poco de esto en la comida para su cena.

-¿Qué es?

-La poción mágica de Bulavin. Por lo que él afirma, el príncipe quedará muy complacido.


La bañera fue entregada al caer la tarde.

Sakura había observado con desconfianza la llegada y la partida de un trío de criados. Ellos habían traído la bañera de porcelana, que llenaron con agua humeante y aceite de un fresquito, que impregnó la habitación con aroma de rosas. Nadie le había preguntado si quería darse un baño. No lo deseaba, desde luego. En esa casa no se quitaría ni la menor prenda.

Pero entonces Wei Kirov entró a la habitación. Probó la temperatura del agua y luego sonrió. Sakura se esmeró en ignorarlo. Permaneció sentada en un sillón, rígida, tamborileando furiosamente con los dedos.

Wei fue a detenerse frente a ella en actitud tan imperiosa como su tono.

-Te bañarás –dijo.

Lentamente Sakura alzó la vista hacia él, y después, de la manera más condescendiente, la apartó otra vez.

-Debió usted preguntar antes de tomarse tantas molestias. Yo no me baño en casa extrañas.

Wei ya estaba harto de su arrogancia.

-No es un ruego, moza descarada, sino una orden. Harás uso del baño tu misma, o los hombres que custodian este cuarto te ayudarán. Aunque quizás ellos disfruten de eso, no creo que te resulte una experiencia agradable.

Quedó satisfecho al ver con cuanta rapidez había recobrado la atención de la joven. Sus ojos, grandes y ovalados, llamearon enormemente. Era el mejor rasgo de la mujer, con su color brillante. De una belleza excepcional, dominaban su rostro pequeño, dándole un aire de rara inocencia. ¿Era posible que eso hubiera atraído a Shaoran? Pero no, él no podía haber apreciado los ojos desde tan lejos.

Ese vestido tan poco favorecedor tendría que ir a la basura. Su severo color negro eliminaba el colorido de su tez y le dejaba la cara de un blanco enfermizo. El rosado tinte que en ese momento le teñía las mejillas era uns mejora, pero no duraría. Ella tenía buena piel, lisa y sin mancha, pero un poco de cosmético le vendría bien. Kirov lo hubiera ordenado, pero habría que sujetarla para hacérselo aplicar. Y no quería que el cuerpo de la mujer mostrase magullones que provocaría las protestas del príncipe.

La suave iluminación y las sábanas verdes tendría que ser el único realce de la mujer. Wei se convenció de que tenía todo en orden. Ella estaría perfumada después del baño, narcotizada con la cena que pronto le llevarían y vulnerable sin sus ropas.

-Aprovecha el agua mientras aún está caliente – Wei continuó impartiendo órdenes-. Enviaré una doncella para que te ayude. Pronto llegará tu cena, y esta vez comerá o se te ayudará para que lo hagas. No es nuestra intención que pases hambre mientras estés aquí.

-¿Y cuanto tiempo más debo estar aquí? –dijo Sakura entre dientes.

-Cuando te deje el príncipe, yo haré que te lleven a donde quieras ir. Sería inusitado que él requiriera tu compañía más de una horas.

Sakura pensó furiosamente que sólo le llevaría unos minutos vituperar al libertino y luego se podría marchar.

-¿Cuándo vendrá él?

Wei se encogió de hombro.

-Cuando esté listo para retirarse por esta noche.

Sakura bajó los ojos; un caliente color le tiñó de nuevo las mejillas. Ese día había oído hablar de sexo más que en todos sus veintiún años, y todo de una manera tan natural, sin turbación alguna. Esos criados de Alexandrov debían de hacer esa clase de cosas a cada rato, ya que no sentían nada de vergüenza. Era como si no viesen absolutamente ningún mal en secuestrar en la calle a una mujer inocente para ofrecérsela a su amo.

-¿No se da cuenta de que lo que hace es un delito? –inquirió con calma.

-Pero una trasgresión muy pequeña, por la cual recibirá usted recompensa.

Sakura quedó tan aturdida que no pudo contestar, y Wei salió antes de que la cólera de ella tuviese ocasión de estallar. ¡Ellos creían estar por encima de la ley! No, tal vez no. Simplemente creían que ella pertenecía a las clases inferiores, y la ley favorecía a la gente bien nacida allí, sin duda en Rusia también. En cuanto a ellos se refería, abusar de ella no era nada, pues ¿qué podía hacer ella contra un poderoso príncipe? Pero Sakura no les había dicho que estaban equivocados. No les había dicho quién era ella en realidad, y que raptar a la hija de un conde era un asunto muy diferente.

Supuso que debería haber hablado con franqueza al respecto, pero la idea de confesar una charada tan necia era demasiado embarazosa. Y no sería necesario hacerlo para obtener su libertad. Sería suficiente con mostrar su antipatía a Alexandrov.

Fue una joven doncella quien entró para ayudarla a bañarse. Sakura no quería ninguna ayuda, pero era obvio que la muchacha sólo hablaba ruso, ya que pasó por alto las protestas de Sakura y no cesó de parlotear en su propio idioma mientras doblaba cada prenda que Sakura dejaba caer al suelo en su prisa por terminar de una vez con su calvario. Y luego, tan pronto como ella se metió en la bañera, la jovencita salió de la habitación llevándose todas las vestimentas de Sakura, incluidos sus zapatos.

¡Rayos y centellas¡Ellos pensaban en todo! Y en la habitación no había nada con que ella pudiera cubrirse, salvo las ropas de cama. ¡Era el colmo! Ella había procurado guardar calme. Había hecho todo lo posible por disimular cada ofensa y tratar todo el asunto como un simple error. Al final habría sido cortés con el príncipe cuando explicara la arbitrariedad de su criado. Pero ya no. El sufriría la cólera de ella.

Sakura se frotó con violencia hasta que cada centímetro de su piel tuvo un brillo sonrosado. Antes de que terminara llegó su cena, entregada otra vez por Marusia.

-¡Quiero que me devuelvan mis ropas! –reclamó Sakura tan pronto como se abrió la puerta.

-Todo a su tiempo –replicó con calma la mujer.

-¡Las quiero ya!

-Debo advertirle que no alce así la voz, pequeña. Los guardias tienen órdenes...

-¡Al infierno con ellos, y al infierno con usted!

Sakura salió furiosa de la bañera, se envolvió rápidamente con una toalla y se fue a la cama antes de que a ellos se les ocurriera sacar de la habitación también las mantas. Como el pesado cubrecama era demasiado grueso y abultado, y no le servía, quitó la sábana de arriba, que se echó en torno de los hombros, como una capa corta. El raso verde absorbió enseguida la humedad de su piel.

Marusia quedó bastante sorprendida. Cuán pequeño bulto de furia, todo rosado y brillante después del baño. La ira hacía centellear sus ojos, florecer sus mejillas, y su cuerpo... vaya, qué perfección se había ocultado bajo ese feo vestido negro. Allí el príncipe no encontraría defecto alguno.

-Ahora coma, sí, y después, acaso tenga tiempo para dormir un poco antes de...

-¡Ni una palabra más! – la interrumpió Sakura con brusquedad-. Déjeme. No hablaré con nadie, salvo Alexandrov.

Juiciosamente, Marusia se marchó. De todos modos no quedaba nada que hacer, salvo esperar que en los alardes de Bulavin hubiese algo de verdad.

Visiones de esos robustos guardias sujetándola y metiéndole comida en la garganta empujaron a Sakura hasta la mesa. Poco tuvo que ver con ello el hecho de que estaba experimentando punzadas de hambre desde hacía tres horas. Pero la comida era deliciosa: pollo con una salsa cremosa, patatas y zanahorias hervidas, y pastelillos de miel. El vino blanco también era excelente, pero ella estaba en realidad demasiado sedienta para apreciarlo, ya que no había bebido nada en todo el día. Vació dos vasos antes de que volviera la joven criada con otra bandeja. Esta contenía una jarra de agua helada, demasiado tarde, pues Sakura ya había saciado su sed, además de una garrafa grande de coñac y dos vasos. La dejó junto a la cama.

¿Entonces se acercaba finalmente la hora en que el gran príncipe se presentaría? Era obvio. Muy bien, que llegara mientras ella se encontraba todavía en la cima de su cólera... Pero él no llegó pronto, y el tiempo siguió transcurriendo con lentitud, igual que toda la tarde.

Sakura terminó de comer, luego empezó a pasearse otra vez de un lado a otro. Pero al cabo de diez o doce vueltas por la habitación, cuando a cada instante esperaba que se abriera la puerta para dar paso al esquivo príncipe, sintió que la piel empezaba a hormiguearle donde el raso la rozaba. Nervios. Ella, que siempre era firme como una roca, experimentando nervios.

Deteniéndose junto al coñac, se sirvió un vaso. El coñac era un gran fortalecedor. Lo bebió de un trago, cosa nada juiciosa, pero no había tiempo que perder. El príncipe llegaría en cualquier instante y ella necesitaba tranquilizarse, tener control. Se sentó, exhortándose a la calma. Su método no dio resultado. El cosquilleo continuaba, a decir verdad empeoraba.

Se incorporó de un salto y se sirvió otro coñac. Esta vez lo sorbió. No era tan tonta como para embriagarse por nerviosidad. Era como si cada nervio de su cuerpo vibrara de energía, apremiándola a moverse, a actuar. Permanecer inmóvil era imposible. Nunca en su vida había sentido tal inquietud. Y luego hubo algo más. Creyó poder sentir realmente la sangre que le corría por la venas... imposible y, con todo, se sentía tan extraña y... caliente.

Se abrió la puerta, pero era tan sólo la joven doncella, que venía a llevarse la bandeja. No tenía objeto hablarle, ya que la muchacha no podía responder sino en ruso. Tan pronto como salió la doncella, Sakura fue a servirse otro trago pero se detuvo. No se atrevía. Se sentía ya un poco atolondrada, cuando definidamente necesitaba conservar el juicio.

Al sentarse en la cama, se oyó gemir. Sus ojos se dilataron de pronto al oír tal sonido. ¿Qué le ocurría? Tenía que ser la condenada sábana. Debía deshacerse de ella, aunque fuese por unos instantes.

Sakura dejó caer la sábana, luego se estremeció al sentir que resbalaba por sus brazos y su espalda para rodearle las caderas. En un movimiento reflejo, cruzó los brazos sobre sus senos desnudos, luego sintió una sacudida hasta los mismos dedos de sus pies. Nunca había tenido tan sensibles los pechos. Pero la sacudida había sido placentera. Tampoco había sentido eso antes.

Cuando bajó la vista y se miró, le sorprendió ver que tenía la piel enrojecida. Y sus pezones eran duras y pequeñas protuberancias que le cosquilleaban; el cosquilleo estaba en todas partes. Se frotó lo brazos, luego volvió a gemir. También su piel estaba sensible en todas partes. Algo andaba mal, indudablemente. El dolía, no, no era dolor... no sabía que era. Pero la recorría en olas impetuosas y culminaba en su entrepierna.

Inconscientemente, Sakura se recostó en la cama, retorciéndose inquiera. Estaba enferma. Debía de estar enferma. La comida. Y entonces comprendió, repentinamente, que debían haberle puesto algo en la comida.

-Oh, Dios mío¿qué me han hecho?

Pero no podían haber querido que ella enfermara. Pero ¿qué otra cosa podía estar causándole tanto calor y tan furiosa inquietud, al punto de que, al parecer, no podía controlar los movimientos de su propio cuerpo?

En un momento de terrible desesperación, se arrojó sobre la cama. Sintió fresca la sábana contra su ardiente piel. Se estiró boca abajo y, durante algunos benditos instantes, sintió algún alivio. Una placentera languidez la envolvió, y empezó a sentir esperanzas de que la crisis hubiera terminado... pero eso no duró. Pudo sentir que esas calientes oleadas de sensación comenzaban de nuevo con creciente fuerza, y en su entrepierna un insistente palpita, un sordo dolor. ¡Oh, Dios!

Retorciéndose, se volvió de espaldas en medio de la cama, con los brazos a los costados, agitaba la cabeza de un lado a otro, su respiración brotaba en leves jadeos. Estaba perdiendo totalmente el control; su cuerpo se arqueaba, se retorcía, embestía, sin que ella se diera cuenta siquiera de que lo hacía. No tenía conciencia del tiempo. Su desnudez, la situación en la que estaba, todo quedó olvidado en la fiebre incendiaria que la consumía.

Veinte minutos más tarde, cuando Shaoran entró en la habitación, Sakura ya no podía pensar en nada, salvo el calor que le quemaba el cuerpo. No lo oyó entrar. No supo que él se detenía mirándola, con sus aterciopelados ojos ambares, fascinados por cada movimiento de la mujer.

Shaoran había quedado atraído por la imagen erótica que ella presentaba. Su cuerpo, que ondulaba y se arqueaba rodando sobre la cama, parecía presa de pasión sexual. Siempre había percibido esos movimientos en sus compañeras de lecho más apasionadas, había sentido tales movimientos debajo de sí, se había deleitado en ellos, pero nunca los había observado desde cierta distancia. La escena tuvo un efecto inmediato. El príncipe sintió que su virilidad se erguía, cobrando vida bajo la bata suelta que era lo único que lo cubría.

¿Qué se había estado haciendo esa pequeña rosa inglesa para ocasionar tan febril extremo de excitación¡Qué sorpresa era ella! Y él, que durante toda la noche había estado lamentando el impulso que lo había hecho enviar a Wei en pos de ella. Al fin y al cabo, no había en ella realmente nada que despertara su pasión. Eso había creído hasta entonces.

Cuando finalmente Sakura advirtió la presencia de Shaoran, él se hallaba inmóvil al pie de la cama.

Ese retrato.. Adonis revivido. Imposible. No podía ser real... ella deliraba. Pero no, esto era carne y sangre.

-Ayúdeme. Necesito... –La joven tenía la garganta tan reseca por el calor que apenas logró pronunciar esas palabras. Se pasó lentamente la lengua por los labios-. Un médico.

La semisonrisa de Shaoran se tornó gesto ceñudo. Cuando finalmente la miró a los ojos, había tenido otra sorpresa. Qué color, y humeantes de pasión. Había estado seguro de que ella iba a decir que lo necesitaba a él. ¡Un médico!

-¿Te sientes... mal?

-Sí... con fiebre. Tengo mucho calor.

Su gesto de fastidio se convirtió en sombrío entrecejo. ¡Enferma¡Maldición! y después de haber hecho que él la deseara.

Una cólera irrazonable lo dominó. Fue hacia la puerta. Esto le costaría la cabeza a Wei. La voz de la joven lo detuvo.

-Por favor... agua.

Por alguna razón, la patética súplica movió su compasión. Habitualmente la habría dejado al cuidado de sus sirvientes. Pero él estaba cerca, y darle agua llevaría tan sólo un momento. No era culpa de ella si estaba enferma. Wei debería haberlo informado antes de que él se presentara a verla. Se le habría debido llevar un médico de inmediato.

No consideró la posibilidad del contagio, y de que acercarse a ella postergara su partida del día siguiente. Le alzó la cabeza para acercarle el vaso a los labios. Ella bebió algunos sorbos; volvió la mejilla hacia la muñeca de él y la frotó contra ella. Entonces todo su cuerpo se volvió hacia él, como atraído por el contacto.

Shaoran la soltó, pero al perder la fresca piel del ruso, ella lanzó un gemido.

-No... tanto calor... por favor.

La mujer temblaba. ¿De frío?, se preguntó él. No tenía caliente la mejilla. Le tocó la frente; estaba fresca. Sin embargo, obraba como si ardiera de fiebre. ¿Qué clase de enfermedad era esa¡Y, rayos, aún la deseaba!

Enfurecido otra vez, salió de la habitación llamando a gritos a Wei. El criado apareció instantáneamente.

-¿Mi príncipe?

Shaoran nunca había golpeado a un sirviente con furia. Hacerlo habría sido el colmo de la injusticia, porque sus criados le eran fieles, pero en ese momento su frustración estuvo a punto de hacerlo olvidar de todo eso.

-¡Maldito seas, Wei, esa mujer está enferma¿Cómo es posible que no lo supieras?

Wei había anticipado esto, sabía que debería dar explicaciones. Pero mejor entonces, cuando la dosis había surtido efecto, que antes, cuando él tendría que haber admitido su fracaso.

-No está enferma –se apresuró a responder-. Se le dio cantárida en la comida.

Shaoran retrocedió, asombrado. ¿Cómo no se había dado cuenta él mismo de lo que aquejaba a la mujer? Había visto antes una mujer a quien le habían suministrado ese potente afrodisíaco, durante el año que había pasado en el Cáucaso. Ella había sido insaciable. No habían bastado quince soldados para satisfacerla. Seguía reclamando más y el efecto había durado horas.

Shaoran se disgustó, sabiendo que él solo no podría ocuparse de la mujer, que probablemente tuviera que llamar a sus guardias para que ayudaran a aliviar su sufrimiento, ya que era sufrimiento. Ella ardía por tener un hombre entre sus piernas, dolorida de necesidad. Pero, pese a su disgusto, su virilidad palpitaba de anhelo. Ella no estaba enferma. La poseería y ella imploraría más. Era una situación excepcional, que causaba toda clase de pensamientos placenteros.

-¿Por qué, Wei? Yo ansiaba una noche de descanso, no una maratón sexual.

La crisis había pasado. Wei advirtió que el príncipe había aceptado la idea, aunque no era lo que él se había propuesto. Y al final quedaría muy satisfecho. Eso era lo único que importaba.

-Fue difícil de persuadir, mi señor. No se la pudo comprar e insistió en que no se acostaba con desconocidos.

-¿Quieres decir que me rechazó? –Shaoran se regocijó al pensarlo-. ¿No le dijiste quién era yo?

-Por supuesto. Pero estas campesinas inglesas tienen una alta opinión de sí mismas. Creo que la descarada moza quería ser cortejada antes. Le expliqué que no había tiempo para eso, aunque usted no necesita esforzarse por alguien como ella –agregó con cierto desdén-. Perdóneme, príncipe Shaoran, pero no se me ocurrió hacer otra cosa.

-¿Cuánta droga le has suministrado?

-No sabíamos con certeza cuánta utilizar.

-¿Entonces podría durar horas, o toda la noche?

-Todo el tiempo que desee divertirse, mi señor –fue la simple respuesta.

Shaoran lanzó un gruñido y despidió a Wei con un ademán. Luego entró de nuevo en la habitación, bastante sorprendido por lo ansioso que estaba de volver a ver a la mujer, que seguía sacudiéndose sobre la cama, y gemía de modo bastante audible. Cuando Shaoran se sentó a su lado, ella volvió los ojos hacia él. Se calmó un poco, pero no pudo aquietar su cuerpo.

-¿Un médico?

-No, palomita, temo que un médico no pueda ayudarte en lo que te aqueja.

-¿Me estoy muriendo entonces?

El príncipe sonrió con dulzura. Ella realmente ignoraba lo que le ocurría, o que hubiese sólo una cura capaz de aliviarla. Pero él se lo mostraría con gusto.

Se inclinó y suavemente rozó los labios de la joven con los suyos. Los ojos de ella se abrieron, dilatados de sorpresa. Shaoran no pudo contener la risa. ¡Qué combinación de inocencia y atractivo sexual...! Le resultaba deliciosa.

-¿No te ha gustado eso?

-No, yo... oh¿qué me ocurre?

-Mi criado se tomó la atribución de vencer tu timidez con un afrodisíaco. ¿Sabes qué es eso?

-No, pero... estoy enferma.

-Enferma no, pequeña. Está haciendo exactamente lo que se supone que haga... excitar tu deseo sexual hasta un grado intolerable.

Sakura tardó un momento en aceptar que no se había equivocado en cuanto a lo que él quería decir; luego exclamó:

-¡Nooo!

-Sssh... –la tranquilizó Shaoran, tomándole la mejilla con una mano. De inmediato el rostro de ella se apoyó de nuevo en la palma del hombre-. No le desearía esto a ninguna mujer, pero hecho está, y puedo ayudarte si lo permites.

-¿Cómo?

La joven desconfiaba de él. Shaoran podía verlo en su mirada. Wei tenía razón. Realmente ella no quería tener nada que ver con él. De no haber sido por la droga, él habría fracasado con ella, tal como había fracasado aquel patán en la calle. Qué interesante. Aun cuando él recurriera a todo su considerable hechizo, tenía la sensación de que sería en vano. ¡Qué desafío! Ojalá hubiese más tiempo...

Pero estaba la droga. La cantárida lograría lo que no se podría lograr con esfuerzos humanos. El la poseería. Y su vanidad estaba lo bastante picada como para sacar toda la ventaja posible de la situación y someter a aquella florecilla inglesa.

Shaoran no respondió a la pregunta de la muchacha. Siguió acariciándole la mejilla, que estaba delicadamente sonrojada, al igual que el resto de su hermoso cuerpo.

-¿Cómo te llamas?

-Saku... no, quiero decir, Sakura.

-Entonces, Saku y Sakura–sonrió él-. Un nombre hermoso.

-Sí.

-¿Y no tienes apellido?

Ella apartó su rostro.

-No.

-¿Un secreto? –rió él-. Ah, pequeña Sakura, yo sabía que me divertirías. Pero los apellidos no importan. De cualquier manera, seremos demasiado íntimos para utilizarlos. –Mientras hablaba, bajó la mano libre al seno de Sakura. Esta lanzó un grito penetrante y torturado-. ¿Demasiado sensible? Necesitas alivio inmediato¿verdad?

Y movió la mano hacia el oscuro triángulo de bucles castaños que ella tenía entre la piernas.

-¡No¡Oh, no, no debe hacer eso! –pero mientras protestaba, ella alzó las caderas hacia los dedos del hombre.

-Es el único modo, Sakura –le aseguró él con voz grave-. Sólo que no te das cuenta todavía.

Sakura gimió al acelerarse la palpitación con el contacto del hombre. Su mente se rebelaba contra lo que él hacía con los dedos, pero se veía impotente para impedírselo. Tal como lo había estado para cubrirse, cuando él apareció. Necesitaba la frescura de sus manos, que la calmaban. Necesitaba...

-¡Oh, oh, Dios! –clamó mientras el placer estallaba en olas estremecidas, vibrantes, que no cesaban nunca, inundando sus sentidos, arrastrando consigo ese calor insoportable.

Sakura bajó flotando a un mar de dichosa languidez. Toda la tensión se había disipado, dejándola saciada e infinitamente relajada.

-¿Ves Sakura? –la voz del hombre le quitó la tranquilidad-. Era la única manera.

Sakura abrió de pronto los ojos. Se había olvidado de él. ¿Cómo pudo olvidar? Era él quien le había aportado el alivio de ese calor que derretía. Oh, Dios¿qué le había dejado hacer ella¡Estaba allí sentado, mirándola, y ella estaba desnuda!.

Se sentó a medias, buscando frenéticamente a su alrededor la sábana que la había cubierto, pero se había deslizado el suelo mucho tiempo atrás, fuera de su alcance. Quiso tomar el cobertor, que estaba al pie de la cama, pero el hombre vio su intención y tendió un brazo sobre el estómago de la joven, sujetándola a su lado.

-Derrochas energía inútil, cuando sólo tienes unos minutos de tregua. Todo empezará de nuevo, pequeña. Conserva tu vigor y relájate mientras puedes.

-¡Miente! –dijo Sakura con horror-. No... no es posible que vuelva a empezar. ¡Oh, por favor, déjeme ir¡No tiene derecho a retenerme aquí!

-Eres libre para irte –repuso él con magnanimidad, aunque esta muy seguro de que ella no abandonaría la cama-. Nadie te lo impide.

-¡Ellos lo hicieron! –Sakura recordó su ira, que creció y estalló-. ¡Ese... ese bárbaro, Kirov, me raptó y me ha tenido todo el día prisionera en esta habitación!

Ella era adorable en su furia. Shaoran sintió un deseo avasallante de besarla, mezclado con el deseo de tomarla en sus brazos. Esta sorprendente joyita era potente, y el ardía por poseerla después de verla llegar a su clímax. Pero debía ser paciente. No hacía falta que le arrebatara lo que ella pronto daría de buen grado.

-Lo siento, Sakura. A veces mi gente excede lo que es razonable en sus esfuerzos por complacerme. ¿Qué puedo hacer para resarcirte?

-Sólo... sólo... ¡oh, no, no!

Empezaba la fiebre, el calor que fluía por sus venas y que rápidamente iba en aumento. Ella lo miró un momento en abyecta aflicción antes de apartarse con un gemido. El dolor había vuelto. El no había mentido. Y ahora ella sabía qué necesitaba, qué anhelaba su cuerpo. La moral, la vergüenza, el orgullo, todo desapareció como lluvia por una alcantarilla.

-¡Por favor! –se retorció ella, buscando de nuevo esos aterciopelados ojos suyos-. ¡Ayúdeme!

-¿Cómo Sakura?

-Tóqueme... igual que antes.

-No puedo.

-Oh, por favor...

-Escúchame –dijo él tomándole el rostro entre las manos para sujetarla-. Tú sabes lo que debe ser.

-No entiendo. ¡Dijo que me ayudaría¿Por qué no quiere ayudarme?

¿Es posible que ella fuese tan inocente?

-Lo haré, pero tú debes ayudarme. Yo también necesito alivio, pequeña. Mírame.

Se abrió la bata. Debajo de ella estaba desnudo, y Sakura contuvo el aliento, al ver su virilidad osadamente erguida hacia delante. Sakura comprendió y entonces un ardiente color inundó de carmesí sus mejillas.

-No... no puede usted –susurró balbuceante.

-Debo hacerlo. Es lo que realmente necesitas, Sakura, que yo penetre en ti. Estoy aquí para ti. ¡Úsame!

Era lo mas cerca que había llegado Shaoran a rogarle a una mujer. El que ahora lo hiciera demostraba la magnitud de su deseo... no podía recordar que alguna vez hubiera deseado tanto a una mujer. Y cuán innecesario era que él le rogara nada. Ella no podría resistir mucho tiempo, la droga no lo permitiría.

No dijo nada más, esperando sin tocarla, viéndola revolcarse torturada por el deseo. Observar su innecesario sufrimiento era casi doloroso. Bastaba con que lo pidiera y tendría alivió. Pero resistía la droga y resistía la cura. ¿Era orgullo¿Acaso podía ser tan necia?

Shaoran estaba a punto de tomar el asunto en sus manos, enviando al cuerno las protestas de la joven, cuando ella se volvió hacia él, con ojos implorantes, los labios tentadoramente separados, el cabello todo enmarañado y la carne temblorosa. ¡Dios, que bella era así, tan increíblemente sensual!

- No puedo soportarlo más, Alexandrov, haga lo que quiera, por favor, cualquier cosa... sólo hágalo ya.

Shaoran sonrió con asombro. Esa mozuela había logrado convertir una súplica en una orden. Pero él estaba muy dispuesto a obedecerla.

Quitándose la bata, se tendió en la cama, junto a la mujer, y la atrajo hacia sí. Al sentir el contacto fresco de la piel del hombre, ella suspiró, pero el suspiro se transformó pronto en un quejido. Había esperado demasiado tiempo. De nuevo tenía la piel demasiado sensible, en todas partes, pero especialmente en los senos.

El quería sentir ese exquisito cuerpo bajo sus manos. Tendría que aguardar.

-La próxima vez, Sakura, no esperes tanto –dijo con brusquedad por la frustración.

-¿La próxima vez? –repitió ella; sus ojos se pusieron redondos.

-Esto durará horas, pero no hace falta que sufras. ¿Me entiendes? No me rechaces más.

-No... no lo haré... pero ¡por favor, Alexandrov, dése prisa!

El príncipe sonrió. Ninguna mujer lo había llamado jamás Alexandrov, no en la cama, al menos.

-Shaoran o Su Alteza –la corrigió riendo entre dientes. Ella lo golpeó con sus puños diminutos-. Está bien, pequeña... Calma. Tranquilízate.

Shaoran ya no podía esperar más. Las caderas de la mujer empujaban violentamente contra él, encendiendo su pasión hasta extremos alarmantes. Rodó sobre ella, apoyándose en los codos, mientras sus largos brazos mantenían muy encima de ella la colosal anchura de su pecho. Se inclinó para saborear la dulzura de los labios entreabiertos de la joven, y eran dulces, embriagadores, pero los giros de la parte inferior del cuerpo de ella no le permitían olvidar el objetivo inmediato.

Se apartó de la boca para situarse en posición, sosteniéndole el rostro entre sus grandes manos. Quería observarla de nuevo cuando ella recibía su placer, ver el éxtasis reflejado en sus ojos. Empujó hondo... y ella gritó. Pero era demasiado tarde. Estaba desflorada.

-¡No puede ser! –susurró Shaoran. ¿Por qué no me lo has dicho, mujer?

Ella no contestó. Había cerrado los ojos, y de uno de ellos resbalaba una sola lágrima. Shaoran maldijo en silencio. ¡No era una muchacha ruborosa, sino una mujer¿Qué demonios hacía con su virginidad todavía intacta? No era algo que las criadas valoraran habitualmente. Sólo la nobleza la usaba como mercancía cuando negociaba matrimonios importantes.

-¿Cuántos años tienes, Sakura? –preguntó entonces con suavidad, secando sus ojos húmedos.

-Veintiuno –murmuró ella.

-¿Y has logrado mantenerte virgen tanto tiempo? Increíble. Debes trabajar en una casa penosamente falta de hombres.

-Mmmmm...

Shaoran rió. La joven ya no escuchaba, sino que aprovechaba el duro miembro incrustado en lo profundo de ella, ondulando provocativamente, atrayéndolo más aún... exquisita. El ruso gimió, apretando los dientes, dejándola satisfacerse lo más posible, pero ella no tardo mucho en elevarse en la cúspide del placer. Y aunque él habría prolongado su propio placer, las vibrantes pulsaciones que sentía dentro de ella fueron su ruina. Se sumo al clímax de la mujer, refregando sus caderas contra ella y oyéndola clamar al explotar una vez más.

Con el corazón todavía latiendo con fuerza y erráticamente, Shaoran se apartó para sentarse en el borde de la cama y se sirvió coñac. Ofreció otro a Sakura, pero ella sacudió la cabeza sin mirarlo. Tendría que lavarle las manchas de su virginidad, pero esperaría hasta que ella pudiera apreciarlo mejor. Al pensarlo, sonrió. Y estaba planeando llevarla a otro clímax.

Volvió a su lugar, sentándose de costado, apoyando su brazo en el lado opuesto de la cadera de Sakura. Ella seguía negándose a mirarlo hasta que él apoyó la fría base redonda de la copa de coñac en un puntiagudo pezón. Rió entre dientes, deleitándose en el modo en que llamearon los ojos de la joven.

-Tendrás que aplacarme, Sakura. Me agrada jugar con mis mujeres.

-Yo no soy una de sus mujeres.

Su tono de encono hizo que el insistir fuese un placer.

-Pero lo eres... por esta noche.

Se inclinó y azotó el otro pezón de la mujer con la punta de su lengua. Como reacción, Sakura se sacudió y luego lanzó un gemido cuando él le tomó todo el pezón en la boca. Instintivamente las manos de la joven se posaron en el cabello de él para apartarlo. Shaoran respondió a esta resistencia cerrando suavemente los dientes sobre el pezón de Sakura, hasta que ella se rindió y lo dejó hacer lo que deseaba. Pero pronto estuvo lista de nuevo para él.

Shaoran salió del lecho para traer el paño del baño de ella, remojándolo antes en el agua fría. Cuando volvió junto a ella, lo aplicó primero a su cuerpo, esperando hasta que el ardor interior de la joven fue casi furioso, luego mojó el paño con agua helada de la jarra y se lo apretó entre las piernas.

Sakura enloqueció con el placer combinado: frío helado para calmar el ardor y estímulo donde más lo necesitaba. Conoció así una nueva vía de placer hasta que finalmente él terminó de limpiarla.

Shaoran la dejó de nuevo para lavarse, y cuando volvió, se acomodó entre las piernas de la mujer para succionar sus senos. Ella no tenía fuerza de voluntad para protestar. Lo necesitaba. Eso se había demostrado fuera de toda duda. Si él insistía en "jugar" con ella entre cada crisis, esa era la cruz que debía llevar. Pero en realidad, también de eso derivaba placer, así que ¿cómo podía quejarse?

Sakura llegó a otra cumbre de placer frotándose contra la pelvis de Shaoran mientras él seguía acariciándole los senos. Y luego él volvió a utilizar los dedos, mientras su lengua exploraba cada centímetro de su boca. El doble estímulo en cada ocasión aumentaba su placer, magnificando la intensidad hasta un grado casi insoportable. Empero, nada fue tan completamente satisfactorio como cuando él usó finalmente el cuerpo de la mujer, llenando con su honda penetración una necesidad más intensa.

Y así continuó durante toda la noche. Lo que él dijo resultó cierto. Ella no volvió a sufrir. Mientras ella obedeciera todas sus órdenes, él estaba allí para calmar, para aliviar y para darle hora tras hora el más increíble éxtasis, con sus manos, su boca, todo su cuerpo. Lo único que pedía a cambio era que Sakura le permitiera jugar con ella, acariciarla como él quisiera. Ella estaba segura de que él ya conocía íntimamente cada centímetro de su cuerpo. Pero no le importaba. Esa noche no era real. No tenía base alguna en la realidad. Se disolvería como la droga, para ser olvidada con la mañana.


Notas de la autora: Ufff pero que caliente esta esto no les parece, con que la dulce Sakura no le dio otra opcion al pobre de Wei y este tan obediente hizo hasta lo imposible para complacer a Shaoran, verdad? Pero y que reacción tendrá Sakura al día siguiente? Y Shaoran, habrá disfrutado la experiencia?, Piensan que la arbitrariedad de Shaoran llego al punto máximo para mandar en la vida de Sakura como un cruel tirano? Yo pienso que no XD XD

Gracias por sus Reviews, de verdad que los aprecio muchisimo.

Besos a todas.