Disclaimer: Los personajes de Inuyasha no me pertenecen :(, si no, a Rumiko Takahashi.
Como Damisela en Apuros
—¡Kagome! ¡Es ese viejo de Mushin otra vez!
Kagome alzó la mirada con un gesto de hastío. Se encontraba detrás de la barra y tenía en sus manos una copa y un paño con el que la secaba. Tenía el cabello negro atado en una coleta alta y un delantal roñoso sobre el vestido marrón que usaba. Suspiró al ver el rostro de pánico de la muchacha frente a ella y dejó el vaso sobre la barra.
—¿Qué sucede ahora, Koharu?
—¡Está haciendo alboroto en la entrada y disparando a todos lados! ¡Los espanta a todos! —Explicó la joven cuyos encantadores ojos marrón brillaban cual damisela en apuros. Tenía el cabello negro apenas tomado por una liga y las pecas sobre sus mejillas la hacían ver aún más joven de lo que era—. ¡Eres la única que puede hacer algo!
Kagome asintió blanqueando los ojos con molestia. Mushin era una preocupación constante en el salón y ya estaba cansada de ponerlo en su lugar, una y otra vez. ¡Siempre estaba tan borracho que olvidaba cualquier amenaza que le hiciera! Pues bien. ¡Hoy Kagome no estaba de buenas! De hecho, estaba de un humor de los mil demonios. Y si había algo más que precedía a Kagome aparte de su reputación de libertina indecente, era su temperamento endemoniado.
Eso, y una puntería igual de peligrosa.
Saliendo tras la barra, rodeó a Koharu en dirección a la entrada.
—¿Y Kaede? —Preguntó, calmada a pesar de la situación en mano. Los disparos locos de Mushin estaban haciéndole varios agujeros a la puerta.
—Salió a buscar los trajes —Contestó Koharu, para luego hacer una reverencia burlona—, ya sabes que ninguna costurera quiere entrar al burdel.
Kagome asintió, se arremangó las faldas de su vestido marrón algo roído por el tiempo hasta casi la cintura y sacó dos revólveres que se hallaban amarrados a sus muslos con vendas. Desde joven había aprendido a guardarlas ahí e iban con ella a todas partes.
Por su parte, Koharu la observó en la seguridad que otorgaba estar tras la barra. Kagome podrá ser una diosa si quería con las armas y arriesgar el pellejo cuando se le antojara, pero en lo que concernía a Koharu, prefería estar lo más lejos posible de esas balas infernales y el libidinoso de Mushin.
—¡Mushin! —Gritó Kagome antes de salir por la puerta con ambas armas cargadas. El grito distrajo al hombre como Kagome había esperado y por lo tanto, saliendo rápidamente, la pelinegra apuntó y disparó justo al arma de Mushin, haciendo que el hombre borracho soltara la suya lanzando al mismo tiempo un grito de dolor ante el fuerte impacto—. ¡Vete ya a esconder, viejo borracho!
—Ah, pero si no es la dulce, bella Kagome —exclamó él con la lengua prácticamente trabándosele en la boca. Tenía las mejillas rojas y los ojos brillantes, apenas era capaz de sostenerse en pie—, voy a volver por ti esta noche, pequeña zo…
—¡Cierra la boca, Mushin! —Gritó ella, realmente molesta. No era secreto para nadie en el pueblo minero lo que hacía Kagome para ganarse la vida, pero lamentablemente para ellos, tenía un arma. De hecho, tenía dos, y era una experta usándolas. Nadie iba a sacarle en cara su trabajo si no le venía en gana.
—¿Qué? —Gritó Mushin insolentemente—. ¡Como si nadie supiera ya lo que eres! —continuó con arrogancia. La cantidad de alcohol ingerida lo hacía valiente (o idiota) aún ante la reconocida puntería de la mujer—. Esta noche los dos vamos a bailar, palomita.
¡Claro! Cuando la llamas del infierno se congelasen y Kagome tuviera alas para subir al cielo y preguntarle a Dios porqué mierda tenía que lidiar con todos esos problemas.
Era increíble. ¿A bailar? ¿Palomita? ¡Como si alguna vez en la vida Kagome le iba a dar la pasada a ese viejo repugnante! ¡Antes se daba un balazo ella misma con su propia arma!
—¿Así qué quieres bailar, eh, Mushin? —Inquirió Kagome esbozando una sonrisa maliciosa. La gente que se había reunido alrededor luego de que la joven mujer desarmara a Mushin, comenzó a regresar por su camino alarmado ante la sonrisa de la joven, quién parecía estarle quitando los seguros a las armas con algo parecido a una expresión maniaca. Apuntando a los pies del anciano, gritó—. ¡Entonces baila, desgraciado! —Comenzando a soltar disparos, quién al intentar esquivarlos, saltaba cual liebre en una penosa imitación de lo que parecían piezas de baile mal elaboradas. Tenía las mejillas rojas por el licor y el esfuerzo físico; y su panza rechoncha saltaba por el mismo motivo—. ¡Y no vuelvas a poner un pie aquí, viejo libidinoso!
—Y tú no espantes a mis clientes, Kag.
Kagome dejó de reír a carcajadas de sopetón y volteó el rostro con las mejillas rojas al reconocer la voz de madam Kaede, quién observaba las armas de Kagome con una mirada aprehensiva. La muchacha siguió su mirada y procedió a guardarlas en su lugar, sin observar como Mushin caía al suelo agotado.
—En mi defensa, él estaba espantándolos primero —se justificó con una expresión inocente mientras acompañaba a la anciana al interior del burdel, no sin antes lanzar una mirada de advertencia a toda la gente detenida fuera del saloon—. Y creo haber hecho un trabajo admirable conteniéndolo.
Kaede dejó los paquetes con vestidos sobre una de las mesas y se volvió hacia Kagome con ambas manos en la cintura, y una actitud reprobadora.
—Todo Tombstone sabe que tienes una puntería admirable, Kagome.
—¿Y por qué suena como si estuvieras reprochándomelo? —preguntó la joven con una ceja arqueada en confusión—. Nos dará incluso más respeto, no cualquiera puede venir a hacer lo que quiera aquí, Kaede, por mucho que lo parezca. Yo me encargaré de...
—Hija —interrumpió Kaede, preocupada—, no atraigas demasiada atención sobre ti, ¿quieres? Los hombres no se toman bien que una mujer sea mejor pistolera. Eres demasiado bonita para atraer más de la que tienes ¿entiendes?
Kagome guardó silencio con un gracioso mohín de enfado, pero asintió. Sabía lo que significaban aquellas palabras, y agradecía enormemente la preocupación de Kaede al respecto, pero tampoco iba amilanarse ante una situación tal cuando tenía todas las habilidades para tomar el asunto en sus manos.
Kagome sabía que ella tenía potencial con las armas de fuego, después de todo, había aprendido bajo la tutela del mismísimo Toutosai. El único hombre capaz de confeccionarlas por sí mismo, y cuya puntería había sido legendaria años atrás… Varios años de hecho, lo único que quedaba del anciano en la actualidad era su pasión por la confección de armas y una potencial capacidad para olvidar todo en un lapso de cinco minutos.
Sólo un tonto le entregaría un arma a ese anciano ahora.
—Koharu, niña, sal de ahí —oyó decir a Kaede, quién situaba ahora los equipajes de compras sobre el suelo, cercano a la barra tras la cual se alzaba una tímida Koharu.
—¿Ya se fue Mushin?
—Kagome se encargó de él.
Kagome asintió mientras revolvía las alforjas y esparcía los trajes que le gustaban sobre la barra. No es que quisiera usar ninguna, pero tenía que hacerlo, así que al menos usaría los que le gustasen.
—Pero como estaba borracho, seguro olvidará lo que pasó —continuó Kagome tras unos minutos—. Estará aquí nuevamente en la noche haciendo de las suyas.
Koharu hizo una mueca de fastidio y se apoyó sobre la barra.
—Ojalá no viniera, creo que le diste un buen susto esta vez —Opinó Koharu. Entonces su rostro se volvió soñador. Kagome la miró arqueando una ceja ante la expresión—. Espero que lord Miroku nos visite hoy.
¿Lord Miroku? Personalmente, Kagome esperaba que no.
Era un tipo agradable realmente. Incluso atractivo si... Bueno, era atractivo. Especialmente si se comparaba con la clientela habitual del saloon. Era un hombre joven, de buena familia, bien parecido, cuyo gran objetivo en la vida parecía acostarse con cada mujer que trabajara en un burdel a varios kilómetros a la redonda. Tenía una conocida reputación de casanova y Kagome dudaba que sus conquistas se limitaran a las de su clase.
Además, tenía la costumbre de llevar un portafolio a cada uno de sus encuentros y pedir con galantería que la dama en cuestión posase para él.
Hasta el momento, sólo faltaba Kagome en su colección. Cosa que seguiría así si estaba en manos de Kagome.
—Espero que no estés tomándote las cosas con Miroku demasiado serio, Koharu —soltó Kagome, mirándola fijamente a los ojos. Kagome no entendía como teniendo la clase de vida que ambas tenían, Koharu seguía pensando como una adolescente enamorada. Después de todo, ya tenía dieciocho años—. Los caballeros como él no se mezclan con mujeres como nosotras.
—¿Mujeres como nosotras?
—No seas ingenua —espetó Kagome—. Mujeres de la vida alegre… Ya sabes.
Koharu frunció el ceño.
—¿Y qué? —preguntó enojada—. Yo voy a salir de aquí, Kagome. ¡No voy a quedarme trabajando en este burdel por el resto de mi vida como tú!
¿Y esperaba que un caballero de buena cuna como Miroku Houshi la sacara de aquél lugar?
Como si el hombre tuviera alguna clase de intención romántica detrás de todos sus encuentros. Eso era lo que a Kagome le molestaba de hombres como Miroku, tan educados y gentiles a la vista, hacía difícil odiarlos, aborrecerlos. Hacía que mujeres como ella soñaran con una vida más allá de las paredes de su habitación y una cama mal oliente, que imaginaran como sería su vida o como habría sido si no estuvieran ahí, si tuvieran la oportunidad de irse.
¿Una prostituta tocando el cielo? No en esa vida. Para ellas no había hijos, ni marido, ni familia. Ni siquiera respeto.
Inquieta, comenzó a pasar las manos sobre los vestidos y a observarlos distraídamente. Uno de ellos tenía un profundo escote en forma de uve, blanco hasta que comenzaba el corsé de un tono verde muy oscuro, casi negro. El resto consistía en una sencilla tela que apenas cubría hasta el inicio de los muslos, rodeado por detrás con lo que parecía un tul. Bonito diseño en su clase, pero con mucho que envidiarle a los vestidos de las señoritas.
—¿Kagome?
La muchacha levantó la vista y relajó sus puños, los que había apretado tanto que los nudillos estaban blancos sin haberse dado cuenta.
—Kaede —dijo, tomando el vestido junto con otro de color blanco y uno rojo, poniéndolos bajo su brazo. Se detuvo por unos minutos y luego vio a Kaede a los ojos, con lo que a la anciana le pareció resignación—. Tú… Esto, aquí... ¿Es siempre así?
—¿Siempre así? —repitió Kaede, confundida, aunque teniendo la sospecha de a que se refería—. ¿Qué cosa, niña?
—Esta vida —respondió Kagome, mirando a su alrededor—. ¿Tendré que venderme el resto de mi vida para comer? —espetó, sintiéndose ahora cada vez más enojada y sucia—. ¿Y luego morir de hambre, en la calle, cuando ya no sea lo suficientemente hermosa?
Kaede había oído esa pregunta un millón de veces a lo largo de su vida, después de todo, llevaba alrededor de cincuenta años trabajando en el saloon, recibiendo a muchas mujeres como aquella bajo su techo y solo unas cuantas habían estado satisfechas con el trabajo que realizaban. A todas las demás, Kaede les había abierto los ojos, a veces incluso de forma cruel.
Pero no a Kagome.
Aquella joven tenía en los ojos algo distinto. Había algo en Kagome que la separaba irremediablemente de aquel mundo sin dignidad ni esperanza. Por eso Kaede la había protegido hasta donde más podía hacerlo y generalmente solía delegarle tareas de administración del saloon como pago, las cuales Kagome solía realizar brillantemente. Pero a sus inicios, no había podido privarse de los servicios de la joven, y Kagome era una mujer hermosa, una que podía atraer la atención fácilmente. Y sumando a ello su actitud temperamental y apasionada, atraía hombres como polillas a la luz.
—No, Kagome —respondió finalmente. Kagome la observó casi sorprendida, obviamente esperando una respuesta más sombría.
Al menos no para ti, pensó Kaede, observando como Kagome evitaba a verla a los ojos y se marchaba, seguramente a su habitación. Lo más probable era que no la viese hasta la noche.
¿Cómo se atreve a salir a la luz del día? Eso era lo que leía Kagome en las miradas que le dirigían las personas que pasaban a su lado, al menos de parte de las mujeres. Algunas incluso llegaban al ridículo nivel de rodearla, como si temieran perder la virginidad con sólo rozarla.
No eran más que una tropa de… remilgadas. Ignorantes remilgadas. Y estúpidas.
Abrazándose a sí misma, Kagome frunció el ceño, buscando aún más insultos para todas aquellas damas tan refinadas, aferrándose a su enojo. Era más fácil lidiar con la ira que con la tristeza y la añoranza. Tal vez debería hacerles un favor y darles un tiro, así no tendrían que preocuparse de su estúpida reputación.
Perdida en sus pensamientos, continuó caminando, sin preocuparle el polvo del camino de tierra que se levantaba a sus pasos y se pegaba a su faldón de color marrón. De vez en cuando se cerraba más la chaqueta negra para esconder el escote de su vestido ante las miradas lujuriosas. La atención masculina le molestaba, y deseó haber traído su sombrero para ocultarse un poco. Cualquier día de estos una tropa de fanáticos vendría a apedrearla si no tenía cuidado.
—¡Corran! —Gritó repentinamente un hombre, con un tono de voz desesperado. Kagome levantó la cabeza sobresaltada, al igual que la gente alrededor. Todos se volvieron en dirección a la voz, viendo a un hombre corriendo como loco, totalmente agitado, con las mejillas rojas por el esfuerzo. Una estela de polvo parecía seguirlo a unos metros más atrás, y estaban ganando terreno en cosa de segundos. Eso pareció llamar la atención de todos hasta que el hombre volvió a gritar horrorizado—. ¡Son las cuatro espadas! ¡Las cuatro espadas! ¡Huyan, rápido!
Tras aquello, el infierno pareció subir a la tierra. La gente comenzó a correr como loca en la dirección contraria a la que se acercaban los jinetes, que debido a la cercanía cada vez mayor, se podía ver que se trataba de tres. ¿Qué no eran las cuatro espadas?
Kagome comenzó a correr también, no era una actitud normal en ella huir, pero las palabras "huyan" y "corran" solían impulsar a una persona a hacer eso mismo, aún cuando no entendía a que se debía el alboroto. Mirando hacia los lados, observó que la gente estaba encerrándose en los establecimientos aledaños y ella se encontraba ya demasiado lejos del saloon como para regresar sin encontrarse con los jinetes de frente. Y cualquier cosa que causara tal pánico y conmoción era mejor evitarlo. Sin saber exactamente qué estaba haciendo, comenzó a correr siguiendo a la turba de gente que quedaba en el camino, esta vez recibiendo empujones. Al parecer ya no les importa tocarme, pensó.
De pronto, lo más extraño sucedió. En un momento estaba empujándose con un montón de gente aterrada, y al siguiente, se encontraba sola, de pie en medio del camino de tierra.
—Me parece que esto no está bien, piensa Kagome, ¡vamos! —susurró intentando conservar la calma, mirando desesperadamente hacia los lados. Corrió entonces hacia atrás de una de las carretas que había en el camino, se escondió y echó un vistazo a los tres jinetes que estaban a tan sólo unos metros de distancia, rodeando a un pobre desafortunado arrodillado en el suelo, aunque sólo parecían hablar por el momento. Desde aquella distancia, Kagome observó que llevaban los rostros cubiertos y sombreros de ala ancha. Seguro que también estaban armados.
Distraída como estaba, no oyó los cascos del caballo que se acercaba peligrosamente desde atrás hasta que fue demasiado tarde. Mirando a su lado izquierdo, sin levantar la cabeza, Kagome descubrió unas pezuñas que seguro pertenecían a un caballo, y si su suerte era tan mala como pensaba, ¡se trataba de la cuarta espada que no estaba con los otros jinetes!
—¿Qué mierda haces aquí, mujer? ¿Estás espiando? —inquirió el dueño del caballo con una voz ruda y poco amigable.
—Yo... Eh... —Kagome no se atrevió a levantar la cabeza. Por muy armada que estuviera, solo lograría que le volara la cabeza en segundos si se atrevía a sacarlas a la vista. ¡Por los dioses!, pensó Kagome desesperada, ¿por qué demonios tuve que salir? ¡Si me muero aquí no podré saber jamás a que se refería Kaede con que mi vida sería distinta!
El pánico y la añoranza hicieron que lágrimas subieran a sus ojos, pero las retuvo valientemente. No quería morir así, no ahí, no en ese momento.
Y no lo iba a hacer.
Rápidamente, Kagome se dio la vuelta y se echó a correr como si su vida dependiera de ello.
Tristemente, lo hacía.
Intentando olvidar el sonido de los galopes del caballo tras ella, se levantó la falda mientras corría y sacó un revolver. Le quitó el seguro velozmente, tomó una bocanada de aire y se volteó descubriendo que el jinete no estaba tan cerca de ella como había creído, pero sin darle demasiada importancia apuntó hacia él y apretó el gatillo.
El hombre soltó un gruñido, pero Kagome no podía estar segura donde le había dado, sólo que lo había hecho. Sin esperar más, ignoró el remordimiento que sintió al instante, se dio la vuelta para continuar corriendo y se detuvo de súbito.
¿¡Es que nada le podía salir bien ese día!?
Uno de los tres caballos frente a ella relinchó.
Las cuatro espadas la tenían rodeada.
Continuará.
¡No puedo creer que haya terminado un capítulo! Estoy muy feliz, y me costó muchísimo. De todas formas, no sé si exageré con la narración, tal vez si lo hice, pero sentí que tenía que escribirlo. De hecho, cada vez que lo leía, quería escribir más, así que mejor lo publiqué. ¡Espero no les haya aburrido tanto! En ese capítulo hubo más personajes de los que parece, los reto a adivinar.
Una cosa, los SALOON, son lugares para jugar póker, beber y todas esas cosas del lado oscuro de la vida xD. No sé si funcionaban como burdeles también, pero aquí sí. Kaede es una buena negociante, alcohol, juego y mujeres: perfecto para los hombres de la época.
Gracias a la gente que leyó, si quieren, pueden dejar un comentario, si no, está bien :)
¡Nos vemos!
