*** La historia no es más que una adaptación al final, el nombre del autor y el nombre original de la historia ****
**** Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer ****


Capitulo 2

Edward

El agua de mar se agitaba a mí alrededor, en mi nariz, por mi garganta, en mis ojos. No podía respirar sin ahogarme. Bella nadó hacia mí, llorando, sangrando y gritando. Me tomó de la mano y trató de hablar, pero sus palabras salieron todas rotas, y no pude entender nada de lo que decía. Su cabeza se tambaleó, y su cara salpicó hacia abajo en el agua. La levanté de su cabello. —Despierta, Bella, ¡despierta! —Las olas eran muy altas y temía que nos separáramos, así que metí mi brazo derecho por debajo de la correa de su chaleco salvavidas y me aferré a ella. Levanté su cara—. Bella, ¡Isabella!

Oh, Dios. Sus ojos permanecían cerrados y no respondía, así que metí mi brazo izquierdo debajo de la otra correa de su chaleco y me eché hacía atrás, con ella acostada sobre mi pecho.

La corriente nos alejó de los escombros. Las piezas del hidroavión desaparecieron bajo la superficie y no pasó mucho tiempo antes de que no quedara nada. Traté de no pensar sobre Harry atado en su asiento.

Flotaba, aturdido, mi corazón latiendo con fuerza en mi pecho. Rodeado por nada más que olas, traté de mantener nuestras cabezas por encima del agua y me obligué a no entrar en pánico.

¿Sabrán que nos estrellamos? ¿Nos estarán rastreando en el radar?

Tal vez no, porque nadie vino.

El cielo se oscureció y el sol se puso. Bella murmuraba. Pensé que podría estar despertando, pero su cuerpo se estremeció y vomitó sobre mí. Las olas lo lavaron, pero ella temblaba y la acerqué más, tratando de compartir calor corporal. Tenía frío, también, a pesar de que el agua se había sentido ligeramente caliente después del accidente. No había ninguna luz de luna y apenas podía ver la superficie del agua que nos rodeaba, ahora negra, no azul.

Estaba preocupado por los tiburones. Liberé uno de mis brazos y puse mi mano bajo la barbilla de Bella, levantando su cabeza de mi pecho. Sentí algo caliente justo debajo de mi cuello, donde su cabeza descansaba.

¿Seguía sangrando? Traté de hacer que se despertara, pero sólo respondía si sacudía su rostro. No hablaba, pero gemía. No quería lastimarla, pero quería saber si estaba viva. No se había movido por mucho tiempo, lo que me asustó, pero luego vomitó de nuevo y se estremeció en mis brazos.

Traté de mantener la calma, respirando lentamente dentro y fuera. Manejar las olas era fácil flotando sobre mi espalda, y viajábamos mientras la corriente nos llevaba. Los hidroaviones no volaban en la oscuridad, pero estaba seguro de que enviarían uno en cuanto saliera el sol. Para entonces, alguien tendría que saber que nos habíamos estrellado.

Mis padres ni siquiera sabían que estábamos en ese avión.

Pasaron las horas y no vi ningún tiburón. Tal vez estaban allí y no lo sabía. Agotado, me quedé dormido por un rato, dejando mis piernas colgando en lugar de luchar para mantenerlas cerca de la superficie. Traté de no pensar en los tiburones que podrían estar dando vueltas por debajo.

Cuando sacudí a Bella de nuevo, no respondió. Pensé que podía sentir su pecho subiendo y bajando, pero no estaba seguro. Hubo un fuerte chapoteo y me erguí. La cabeza de Bella se ladeó un poco a un lado y la jalé de nuevo hacia mí. El chapoteo continuo, casi como un ritmo. Imaginándome no solo un tiburón, sino cinco, diez, tal vez más, me di la vuelta. Algo sobresalía del agua, y me tomó un segundo averiguar de qué se trataba. El chapoteo eran las olas golpeando el arrecife alrededor de una isla.

Nunca me había sentido tan enormemente aliviado en toda mi vida, ni siquiera cuando el médico nos dijo que mi cáncer se había ido y que el tratamiento finalmente había funcionado.

La corriente nos empujó más cerca de la isla, pero no nos dirigíamos directamente hacía ella. Si no hacía algo, la pasaríamos de largo.

No podía usar mis brazos porque todavía estaban debajo de los tirantes del chaleco salvavidas de Bella, así que me quedé sobre mi espalda y pateé con mis pies. Mis zapatos se cayeron, pero no me importaba, debí habérmelos quitado hace horas.

La tierra aún estaba a unos cincuenta metros de distancia. Un poco más lejos, por supuesto, que antes, no tenía más remedio que utilizar mis brazos, nadé de costado, arrastrando la cara de Bella a través del agua.

Levanté la cabeza. Estábamos cerca. Pateando frenéticamente, mis pulmones en llamas, nadé lo más fuerte que pude.

Alcanzamos las tranquilas aguas de la laguna dentro del arrecife, pero no dejé de nadar hasta que mis pies tocaron la arena del fondo del océano. Tenía sólo la energía suficiente para arrastrar a Bella fuera del agua y hacia la costa antes de que me desplomara a su lado y me desmayara.

El ardiente sol me despertó. Rígido y adolorido, sólo podía ver a través de uno de mis ojos. Me senté y me quité el chaleco salvavidas, luego miré a Bella. Su cara estaba hinchada y con moretones, cortes atravesando sus mejillas y su frente. Permanecía quieta.

Mi corazón golpeaba en mi pecho, pero me obligué a acercarme y tocar su cuello. Su piel estaba caliente y el alivio se apoderó de mí por segunda vez cuando sentí su pulso latiendo bajo mis dedos. Estaba viva, pero lo único que sabía acerca de lesiones en la cabeza era que probablemente tenía una. ¿Y si nunca despertaba?

La sacudí con cuidado. —Bella, ¿puedes oírme? —No respondió, así que la sacudí de nuevo.

Esperé a que abriera los ojos. Eran increíbles, grandes y de un oscuro gris azulado. Fue la primera cosa que noté cuando la conocí. Había venido a nuestra casa para entrevistarse con mis padres, y estaba avergonzado porque era hermosa y yo estaba muy delgado, calvo y parecía una mierda.

Vamos, Bella, déjame ver tus ojos.

La sacudí más fuerte y no fue hasta que por fin los abrió lentamente, que dejé escapar el aliento que había estado conteniendo.

Bella

Dos imágenes borrosas de Edward se cernían sobre mí, y parpadeé hasta que se fusionaron en uno solo. Él tenía cortes en la cara y el ojo izquierdo estaba cerrado por la hinchazón.

—¿Dónde estamos? —pregunté. Mi voz sonó áspera y mi boca sabía a sal.

—No lo sé. Alguna isla.

—¿Qué pasó con Harry? —pregunté.

Edward sacudió la cabeza. —Lo que quedó del avión se hundió rápidamente.

—No puedo recordar nada.

—Te desmayaste en el agua, y cuando no pude despertarte pensé que habías muerto.

La cabeza me dolía. Me toqué la frente e hice una mueca cuando mis dedos rozaron una gran protuberancia. Algo pegajoso recubría el lado de mi cara.

—¿Estoy sangrando?

Edward se inclinó hacia mí y peinó mi cabello hacia atrás con sus dedos, buscando la fuente de la sangre. Lloré cuando la encontró.

—Lo siento —dijo—. Es un corte profundo. No está sangrando tanto ahora. Sangraba mucho más cuando estábamos en el agua.

El miedo se apoderó de mí, viajando a través de mi cuerpo como una ola.

—¿Había tiburones?

—No sé. No vi ninguno, pero estuve preocupado sobre ello.

Tomé una respiración profunda y me senté. La playa giraraba. Colocando las manos planas sobre la arena, me tranquilicé a mi misma hasta que lo peor de los mareos pasó.

—¿Cómo llegamos aquí? —pregunté.

—Enganché mis brazos por las correas de tu chaleco salvavidas, y nos dejé llevar por la corriente hasta que vi la orilla. Luego te arrastré sobre la arena.

La realización de lo que había hecho se hundió en mí. Miré hacia el agua y no dije nada durante un minuto. Pensé en lo que podría haber pasado si me hubiera dejado ir o si los tiburones hubieran venido o si no hubiera una isla. —Gracias, Edward

—Seguro —dijo, encontrando mi mirada sólo durante unos segundos antes de mirar lejos.

—¿Estás herido? —pregunté.

—Estoy bien. Creo que me golpeé la cara en el asiento que se encontraba delante de mí.

Intenté ponerme de pie y fallé, vencida por el mareo. Edward me ayudó a sostenerme y esta vez me quedé sobre mis pies. Desabroché mi chaleco salvavidas y lo dejé caer en la arena.

Me alejé de la orilla y miré hacia la isla. Se parecía a las fotos que había visto en Internet, excepto que no tenía un hotel de lujo o casas de vacaciones en las que permanecer. Con los pies desnudos, la arena primitiva blanca parecía azúcar bajo mis pies; no tenía ni idea de que le había pasado a mis zapatos. La playa dio paso a los arbustos con flores y vegetación tropical y, finalmente, una zona boscosa donde los árboles crecían muy juntos, sus hojas formando un toldo verde. El sol, alto en el cielo, la quemaba con un calor intenso. La brisa del océano no bajaba mi aumento de la temperatura corporal, y el sudor corría por mi cara. Mi ropa se pegaba a mi piel húmeda.

—Tengo que volver a sentarme. —Mi estómago estaba revuelto, y pensé que podría vomitar. Edward se sentó junto a mí y cuando las náuseas finalmente pasaron, le dije—: No te preocupes. Tienen que saber que se estrelló y van a enviar un avión de búsqueda.

—¿Tienes alguna idea de dónde estamos? —preguntó.

—En realidad, no.

Usé mi dedo para dibujar en la arena. —Las islas se agrupan en una cadena de veintiséis arrecifes que corren de norte a sur. Aquí es donde nos dirigíamos. —Señalé una de las marcas que hice. Llevé mi dedo a través de la arena y señalé a otro—. Este es Malé, el punto de partida. Estamos en algún lugar intermedio, creo, a menos que la corriente nos haya llevado al este o al oeste. No sé si Harry se quedó en el camino, y no sé si los hidroaviones archivan un plan de vuelo o si son rastreados sobre el radar.

—Mi mamá y mi papá deben estar volviéndose locos.

—Sí. —Los padres Edward habían, sin duda, intentado llamar a mi celular, pero era probable que se encontrase en el fondo del océano ahora.

¿Habría que construir una señal de fuego? ¿No es eso lo que se supone que debes hacer cuando estás perdido? ¿Crear fuego para que sepan dónde estás?

No tenía idea de cómo crearlo. Mis habilidades de supervivencia se limitaban a lo que había visto en la televisión o leído en los libros. Ninguno de nosotros usaba gafas, así que no podíamos colocar las lentillas en ángulos hacia el sol. No teníamos ningún espejo o roca. Pero nos quedaba la fricción, ¿Si frotábamos dos varitas juntas, realmente funcionaba? Tal vez no teníamos que preocuparnos por un incendio, al menos no todavía. Nos verían si volaban bajo y nos quedabamos cerca de la playa.

Tratamos de deletrear SOS. En primer lugar utilizamos nuestros pies para aplanar la arena, pero no creía que fuera visible desde el aire. A continuación, tratamos de utilizar hojas, pero la brisa las dispersó antes de que pudiéramos formar letras. No había ninguna roca grande para sostener las hojas, sólo guijarros y los fragmentos de lo que pensé eran el coral. Movernos por alrededor nos hizo sentirnos más calurosos y el dolor en mi cabeza empeoró. Nos dimos por vencidos y nos sentamos.

Mi cara se quemó por el sol y los brazos y las piernas de Edward se pusieron rojos. Pronto no tuvimos más remedio que alejarnos de la orilla y refugiarnos bajo un árbol de coco. Los cocos cubrían el suelo, y sabía que contenían agua. Los golpeamos contra el tronco del árbol, pero no pudimos abrirlos.

El sudor corría por mi cara. Recogí mi pelo y lo sostuve en la parte superior de mi cabeza. Con mi lengua hinchada y la sequedad en la boca se me hacía difícil tragar.

—Voy a echar un vistazo alrededor —dijo Edward—. Tal vez hay agua en alguna parte. —No se había ido por mucho tiempo, cuando llegó de nuevo al árbol de coco sosteniendo algo en la mano.

—No vi nada de agua, pero he encontrado esto.

Era del tamaño de un pomelo y verde, espinosas cubrían su superficie.

—¿Qué es? —pregunté.

—No sé, pero tal vez tiene agua en su interior, al igual que los cocos.

Edward la peló, usando sus uñas. Fuera lo que fuese, los insectos habían llegado allí primero, así que lo dejó caer al suelo, golpeándolo con el pie.

—Lo encontré debajo de un árbol —dijo—. Había un montón de ellos colgando, pero estaban demasiado altos para alcanzarlos. Si consigues subir en mis hombros, podríamos ser capaces de derribar una. ¿Crees que puedes caminar?

Asentí con la cabeza. —Si vamos despacio.

Cuando llegamos al árbol, Edward estrechó mi mano y me ayudó a subir a sus hombros. Yo era alto un metro y ochenta y pesaba cincuenta y cuatro hilos. Edward tenía por lo menos catorce centímetros y probablemente catorce libras más que yo, pero se tambaleó un poco tratando de mantener mi equilibrio. Llegué tan alto como pude, mis dedos se extendieron hacia la fruta. No podía agarrarla, así que la golpeé con mi puño en su lugar. Las primeras dos veces no se movió, pero la golpeé un poco más y salió volando.

Edward me bajó al suelo y la agarré.

—Todavía no sé lo que es esto —dijo, después de que se la entregué.

—Puede que sean frutos del árbol de pan.

—¿Qué es eso?

—Es una fruta que se supone que sabe a pan.

Edward la peló, y el olor fragante me recordó de la guayaba. La dividimos por la mitad y chupamos la fruta, el jugo inunda nuestras bocas secas. La masticamos y la tragamos en pedazos. La textura gomosa probablemente significaba que la fruta necesitaba más tiempo para madurar, pero de todas maneras la comimos.

—Esto no sabe a pan, para mí —dijo Edward

—Tal vez lo es si se cocina.

Después de que terminé, me volví a subir en los hombros de Edward y derribé dos más que comimos inmediatamente. Luego regresamos al árbol de coco, nos sentamos y esperamos otra vez.

A última hora de la tarde, sin previo aviso, el cielo se abrió y una lluvia torrencial cayó sobre nosotros. Salimos de debajo del árbol, se volvimos el rostro hacia el cielo, y abrimos la boca, pero la lluvia terminó diez minutos más tarde.

—Es la temporada de lluvias —dije—. Debería llover todos los días, probablemente más de una vez. —No teníamos nada donde retener el agua y las gotas que logré conseguir con mi lengua, me hicieron querer más.

— ¿Dónde están? —preguntó Edward cuando el sol se puso. La desesperación en su voz acompañaba mi propio estado emocional.

—No lo sé. —Por razones que no podía entender, el avión no había llegado—. Nos van a encontrar mañana.

Volvimos a la playa y nos tendimos en la arena, descansando la cabeza en los chalecos salvavidas. El aire se enfríó y el viento que soplaba desde el agua me hizo temblar. Envolví mis brazos mí alrededor y me hice un ovillo, escuchando el rítmico golpeteo de las olas chocando con el arrecife.

Los escuchamos antes de entender lo que eran. Un sonido de aleteo llenó el aire seguido por las siluetas de cientos, quizá miles, de murciélagos. Obstruyeron la luz de la luna, y me pregunté si habían estado colgando por encima de nosotros en algún lugar cuando fuimos hacia el árbol del pan.

Edward se sentó. —Nunca he visto tantos murciélagos.

Los observamos durante un rato y, finalmente, se dispersaron, a la caza de otros lugares. Unos minutos más tarde, Edward se quedó dormido. Me quedé mirando al cielo, sabiendo que nadie nos estaría buscando en la oscuridad. Cualquier misión de rescate llevado a cabo durante el día no se reanudaría hasta mañana. Me imaginé a los padres de Edward angustiados, esperando a que saliera el sol. La posibilidad de que mi familia recibiese una llamada trajo lágrimas a mis ojos.

Pensé en mi hermana, Alice, y una conversación que tuve con ella hace un par de meses. Nos habíamos reunido para cenar en un restaurante de comida mexicana y cuando el camarero trajo las bebidas, tomé un sorbo de mi margarita y dije—: Acepté ese trabajo de tutoría del que te hablé. Con el chico que tenía cáncer.

Puse mi copa hacia abajo, recogí un poco de salsa en un chip de tortilla, y me lo metí en la boca.

—¿Ese con el que tienes que ir de vacaciones? —preguntó.

—Sí.

—Te irás por tanto tiempo. ¿Qué piensa Riley de esto?

—Riley y yo tuvimos la charla del matrimonio de nuevo. Pero esta vez le dije que también quería un bebé. —Me encogí de hombros—. Pensé, ¿por qué no ir a por todas?

—Oh, Bella —dijo Alice.

Hasta hace poco, no le había dado realmente mucha importancia a tener un bebé. Me sentía perfectamente contenta de ser tía de los niños de Alice, Chloe de dos años y Joe de cinco años. Pero luego, todos empezaron a darme mantas envueltas para que los sostuviera, y me di cuenta de que quería la mía propia. La intensidad de mi fiebre de bebé, y el tictac subsecuente de mi reloj biológico, me sorprendió. Siempre he pensado que el deseo de tener un hijo era algo que sucedía poco a poco, pero un día sólo estaba allí.

—No puedo seguir con esto, Alice —continué—. ¿Cómo podría él manejar un bebé cuando ni siquiera se puede comprometer con el matrimonio? —Negué con la cabeza—. Otras mujeres hacen que parezca tan fácil. Encuentran a alguien, se enamoran y se casan. Tal vez en un año o dos forman una familia. Sencillo ¿verdad? Cuando Riley y yo hablamos de nuestro futuro, es tan romántico como una transacción inmobiliaria, con casi tanta contestación. —Agarré la servilleta y limpié mis ojos.

—Lo siento, Bella. Francamente, no sé cómo has esperado tanto tiempo. Siete años parece tiempo suficiente para que Riley averigüe lo que quiere.

—Ocho, Alice. Han sido ocho. —Tomé mi copa y la terminé en dos grandes tragos.

—Oh. Perdí un año en alguna parte. —Nuestro camarero se detuvo y preguntó si queríamos otra ronda.

—Probablemente debería traerlos —le dijo Alice—. Entonces, ¿cómo terminó la conversación?

—Le dije que me iba para el verano, que necesitaba alejarme por un tiempo para pensar acerca de lo que quería.

—¿Qué dijo?

—Lo mismo que dice siempre. Que me ama, pero que simplemente no esta listo. Siempre ha sido honesto, pero creo que por primera vez se dio cuenta de que tal vez no se trata sólo de su decisión.

—¿Hablaste con mamá al respecto? —preguntó Alice.

—Sí. Me dijo que me pregunte a mí misma si mi vida es mejor con o sin él.

Alice y yo tuvimos suerte. Nuestra madre había perfeccionado el arte de dar sencillos, pero prácticos, consejos. Se mantuvo neutral y nunca juzgó. Una anomalía de los padres, de acuerdo con muchas de nuestras amigas.

—Bueno, ¿cuál es tu respuesta?

—No estoy segura, Alice. Lo amo, pero no creo que vaya a ser suficiente para mí.

—Necesitaba tiempo para pensar, para estar segura, y Carslie y Esme Cullen me habían dado la oportunidad perfecta para adquirir una cierta distancia. Espacio literal para tomar mi decisión.

—Verá esto como un ultimátum —dijo Alice.

—Por supuesto que lo hará. —Tomé otro trago de mi margarita.

—Estás manejándolo muy bien.

—Eso es porque en realidad no he roto con él todavía.

—Tal vez sea una buena idea para que ti poder estar a solas por un tiempo, Bella. Arreglar las cosas y decidir lo que quieres para el resto de tu vida.

—No tengo que sentarme y esperar por él, Alice. Tengo un montón de tiempo para encontrar a alguien que quiera las mismas cosas que yo.

—Lo tienes. —Terminó su margarita y me sonrió—. Y mírate, volarás a lugares exóticos sólo porque puedes. —Suspiró—. Me gustaría poder ir contigo. Lo más parecido que he tenido a unas vacaciones en el último año fue cuando Jasper y yo llevamos a los niños a ver los peces tropicales en el Acuario Shedd.

Alice hacía malabares con el matrimonio, la paternidad, y un trabajo de tiempo completo. Volar en solitario a un paraíso tropical, probablemente sonaba como nirvana para ella.

Pagamos nuestra cuenta y cuando entramos en el tren pensé que tal vez, sólo tal vez, mi hierba estaba un poco más verde. Que si mi situación tenía un lado positivo, era la libertad de pasar el verano en una isla preciosa, si me daba la gana.

Hasta el momento, ese plan no había funcionado muy bien.

Me dolía la cabeza, mi estómago gruñía, y nunca había estado tan sedienta en mi vida. Temblando, con la cabeza apoyada en mi chaleco salvavidas, traté de no pensar en cuánto tiempo podría llevarles encontrarnos.


hola a todas gracias por sus comentarios y espero les este agradando la adaptación esta un poco larga ya que quiero juntar los dos libros en una sola de esta historia, bueno las actualizaciones sera lunes, miércoles y viernes junto con la otra que esta en el blog les invito a que pasen a leer les dejare el enlace por aquí muchas gracias a todas.

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