CAPÍTULO 2
Bella dejó que Edward se adelantara mientras corrían. No porque estuviera cansada, sino porque quería mirarlo. Desde que se le ocurrió la idea de añadir sexo a su relación, Edward había dejado de ser solo Edward.
Esa mañana se había sobresaltado al ir a buscarlo a su casa para iniciar la carrera de los domingos. Llevaban años haciendo lo mismo. Primero corrían por el parque, luego iban a la casa de él a darse una ducha rápida, desayunar y leer con tranquilidad el New York Times. Luego quedaban para comer en el Brodway Diner con todo el grupo. Se permitía la presencia de invitados que hubieran pasado la noche con cualquiera, pero casi siempre eran ellos seis. A menos que Edward estuviera de viaje. O Jasper en una obra teatral. Pero casi siempre los domingos eran iguales. El hábito era tan cómodo como un jersey viejo. Al menos así solía ser.
Pero ese día, cuando Edward le abrió la puerta, el primer pensamiento de Bella había sido sobre sexo. Había sido increíblemente consciente de su torso. Era un gran torso. De hombros anchos y cintura estrecha. Con un toque de vello cobrizo que incrementaba su atractivo masculino. Era esbelto, fuerte y musculoso.
Luego notó su cara. Una cara que consideraba tan familiar como la suya propia. Pero algo era distinto. Su percepción había cambiado, aunque realmente no entendía por qué. Edward siempre había sido guapo. Aunque eso no era lo importante sobre él. Podría haber sido feo y aún así lo habría querido. Sin embargo, ese día su aspecto tuvo un impacto que la sorprendió. Era como si lo viera por primera vez.
Su pelo cobrizo, levemente despeinado, que le llegaba por debajo del cuello, le iba a la perfección. Siempre había admirado sus ojos. Eran verdes, verdes de verdad. Mucha gente pensaba que llevaba lentillas de color. Lo que no entendía era por qué no se había fijado antes en sus pestañas. Eran ridículamente largas para un hombre. Deberían ser suyas, no de él.
Luego, por supuesto, estaba su boca. Su sonrisa siempre le había causado un gran placer, pero nunca había analizado el porqué. Tenía una de las diez mejores bocas que había visto. Unos labios perfectamente moldeados sobre unos dientes blancos. Se trataba de una boca que daban ganas de besar. Todos esos años y no se había dado cuenta hasta entonces. Bueno, salvo por el primer año en la universidad. Entonces había pensado mucho en su aspecto. Pero nunca daban la impresión de estar disponibles al mismo tiempo, por lo que se había obligado a no pensar en él de esa manera. Cuando ambos quedaron libres, ya se habían hecho amigos. Y en ese momento, cuando pensaba en él de esa manera, la sorprendía que no hubiera ocurrido años antes.
Vale, era posible que tuviera la nariz un poco torcida, y esa cicatriz en la sien derecha, pero, de algún modo, eso incrementaba su encanto.
En conjunto, se trataba de un espécimen notable. ¿Quién lo habría pensado?¿Lo había dado por hecho todo ese tiempo? No le extrañaba que todo tipo de mujeres lo invitaran a salir. Inteligente, atractivo, amable y divertido, era todo lo que una persona podía desear en un amigo. Y en un amante.
- Eh, ¿qué sucede?
Se sobresaltó al oír las palabras de Edward. Había quedado tan inmersa en sus pensamientos que él había reducido la marcha hasta andar. La miró con las manos en las caderas y la frente arrugada.
- ¿Te encuentras bien?
- Sí- asintió-. Me distraje.
- Bueno, pues vuelve a concentrarte. Me gustaría terminar ésta carrera hoy.
- Pues todavía no te quites la camiseta- emprendió la carrera una vez más y en un segundo llegó a su lado, recuperando ambos el ritmo familiar.
- ¿En qué pensabas?- preguntó él.
Bella debatió si decírselo, pero decidió que no. ¿Cómo se suponía que iba a reconocer que no le había mirado de verdad en años? Se sentiría insultado, y con motivo.
- En nada- repuso.- Sólo trabajo.
- Ah. Y yo que creía que pensabas en mí.
- ¿En ti? ¿Por qué iba a pensar en ti?
- Porque soy un hombre complejo en un mundo complejo.
- ¿Dónde has leído eso? ¿En Esquire?
- Si quieres saberlo, en una galletita de la fortuna.
- Ah.
Edward aumentó un poco el paso, de modo que respirar pasó a ser más importante que hablar. Bella no tardó mucho en recuperar su línea de pensamientos.
Dormir con Edward. Verlo desnudo. Tocarlo. Besarlo. Jugar.
¿Y si hacía ruidos raros? Su último novio había gritado "Oh, mamá" cada vez que tenía un orgasmo. Al final, había deseado meterle un calcetín en la boca. Claro que también había querido hacerlo cuando no estaban en la cama. Aún se sentía molesta consigo misma por quedarse con James durante tanto tiempo. Era un imbécil de primera, aunque no se había dado cuenta hasta que vivió con él casi un año.
Pero le estaba agradecida por una cosa. Había sido el catalizador de esa revelación que había cambiado su vida. Tras su desagradable ruptura, al final había comprendido que su destino no era una relación romántica. Sencillamente no se le daban bien.
Era competente en todos los demás ámbitos de la vida. Tenía éxito en su trabajo en una empresa de bolsa, en especial con los valores tecnológicos, tenía buenos amigos y carecía de vicios terribles. En conjunto, la enorgullecía y satisfacía cómo iban las cosas. Pero, ¿el amor? No.
Había llegado a la conclusión de que el amor romántico era un talento, como pintar o tener una buena voz. Algo genético, como el pelo rubio o los pies grandes. No era su culpa ser una completa inepta ni elegir hombres inadecuados. En cuanto aceptó eso, la vida había encajado en su sitio.
El único problema era que echaba de menos el sexo... lo cual la conducía otra vez a Edward.
Si no era capaz de sentirse segura teniendo sexo con Edward entonces algo iba muy mal en el mundo. Él jamás le haría daño. Siempre sería considerado. Confiaba plenamente en él. Y sabía que era completa e inalterablemente reacio al matrimonio. Se lo había dicho muchas veces. Tenía una postura inamovible, y jamás mostró vacilación al respecto. Perfecto.
Entonces, ¿por qué titubeaba aún?
Llegaron al último giro y disminuyeron la carrera hasta caminar. Edward insistía en que estiraran bien, y aunque ella se mostraba impaciente los últimos quince minutos, le hacía caso. Más para complacerlo que porque creyera que era necesario para su cuerpo.
Mientras lo observaba sentarse en la hierba e inclinarse sobre la pierna derecha, se preguntó si debería dejar de analizar tanto e ir al grano. El único modo de averiguar si eso iba a funcionar era hacerlo.
En un momento iban a regresar al apartamento de él. Edward siempre dejaba que se duchara primero.
Se sentó a su lado y extendió las piernas. Se adelantó, aferró su pie derecho y, mientras estiraba, tomó una decisión. Cuando llegara el instante de darse la ducha, iba a invitarlo a que se uniera a ella.
Edward estaba oficialmente preocupado. Desde la conversación que mantuvieron la noche anterior, había estado obsesionado con la idea de tener sexo con bella. Verla esa mañana no había mejorado la situación. Todo lo contrario, apenas había sido capaz de correr. No dejaba de imaginar todo tipo de cosas. Cosas sexy. Peligrosas. Se le ocurrió que probablemente llevaba años teniendo esos pensamientos X con Bella, pero como no tenían sentido, los había reprimido. En cuanto abrieron esa puerta, su imaginación se desbocó.
Y supuso que a Bella le pasaba lo mismo. Sin duda pensaba que el sexo entre ellos sería educado y civilizado.
Cuando estuvieron cerca del apartamento la gravedad del problema se tornó evidente. Costaba ser sutil con los malditos pantalones cortos. Pero cada vez que intentaba pensar en algo seguro, como los resultados de béisbol o su cartera de acciones, terminaba imaginándola en la ducha. Fantástico. Aún no habían hecho nada y ya había perdido el control. Que Dios no permitiera que Bella sacara el tema. No sería capaz de volver a mirarla a la cara.
¿Porqué se le había ocurrido esa idea estúpida?¿Es que no se daba cuenta de que había abierto la caja de Pandora?¿Qué una vez que plantara la idea ya no podía desplantarla? Bueno, no pensaba caer sin luchar. Valoraba demasiado su amistad. El sexo no podía suceder. Él no podría soportarlo.
- ¿Vas a tardar mucho en abrir la puerta?
Aturdido, se dio cuenta de que se había quedado quieto mirando la puerta de su casa no se sabe cuánto tiempo. Sacó la llave y la introdujo en la cerradura. Bella entró primero.
Él, desde luego, tuvo que mirarle el trasero. Por enésima vez esa mañana. Nada había cambiado. Era el mismo trasero que había visto la primera vez. Aunque eso no parecía importar. Tenía que mirarlo. Admirarlo. Suspirar.
- ¿Qué?
Ella se volvió, acalorada, agitada y hermosa. Los pechos le subían y bajaban, dificultándole no mirarla como un pervertido de Central Park. Se obligó a bajar la vista a su cuerpo largo y esbelto, pero eso empeoró las cosas. Suspiró otra vez.
- ¿Edward?
- No es nada.
- Cuando suspiras de esa manera suele significar que has hablado con tu madre.
- No- meneó la cabeza. No pensaba reconocer en qué había estado pensando. Era el momento de una distracción-. Iré a preparar el café. Ve a ducharte.
Ella titubeó. Edward se dirigió a toda velocidad a la seguridad de la cocina, donde la parte inferior de su cuerpo quedaría oculta detrás del mostrador. De ese modo, sin importar lo que Bella dijera, mantendría un poco de dignidad.
- Hmmm, ¿Edward?
- ¿Sí?- sacó el bote del café del armario.
- Sobre la ducha...
Supo lo que ella iba a decir. Le iba a pedir que se ducharan juntos. Maldición, ¿qué debía hacer? El cuerpo le gritaba "¡Sí, sí!", pero, ¿era inteligente? Si no paraba de mirarlo de esa manera, el voto inteligente iba a salir derrotado por el voto de seguir adelante.
- Yo, eh... yo...
- ¿Qué?- soltó él. No había tenido intención de ladrarle. Incluso se sobresaltó un poco.
- Nada.
- Eh, no pretendía ser tan seco. Es que-
- ¿Sí?
- Tengo calor, eso es todo.
- Oh
Maldición. ¿La había espantado? Bien. Bueno, más o menos bien. Era muy fácil imaginarse que le subía los brazos, alzaba la parte inferior de su camiseta y la levantaba despacio por encima de su vientre y luego de sus pechos. Deteniéndose un instante para admirar e imaginar qué había debajo del sujetador y luego continuar hasta haberle quitado la camiseta. Dejarla caer al suelo. Mirarla. Y entonces... Oh, Dios. ¡Era Bella en quien estaba pensando! Bella, quien le había consolado durante la ruptura con Lauren. Quien lo había visto borracho, enfermo, estúpido. La mujer con la que podía contar, sin importar nada. ¿En qué diablos pensaba?
Ella debía ir por el mismo camino, porque dio media vuelta y corrió hacia la ducha. Podría haberla detenido. Lo único que tendría que haber hecho era pronunciar su nombre. Pero no lo hizo, y ella desapareció.
Bajó la vista. Había estado vertiendo café en la cafetera. Mucho café. Meneó la cabeza, echó de nuevo los granos en el bote y volvió a empezar. En esa ocasión contó. Al terminar, la llenó con agua y encendió el aparato. En ese momento oyó el sonido del agua de la ducha.
La situación era imposible.
Tenía que hablar con ella. Decirle que era una idea descabellada. Lo arriesgaba todo, ¿y para qué?
Fue al salón, sacó el periódico de su bolsa de plástico y comenzó a ordenar las diversas secciones como a él le gustaba. Primero puso la de noticias, luego la de opinión y después la de cómics. A ella le dejó la sección de deportes, para que pudiera ponerse al día de cómo marchaban sus amados Yankees, la sección financiera y la de televisión. El resto quedaba libre.
Se sentó, pero mantuvo el diario doblado sobre el regazo. La cuestión era que la conocía demasiado bien. Cómo le dolía cuando los Yankees perdían. Cómo removía el café de manera interminable mientras leía. Los diferentes sonidos de su risa. Sin embargo, todavía había misterios. Qué aspecto tendría al dormir. Había imaginado su cuerpo, pero con ello sólo había llenado los espacios en blanco con otras imágenes. Era absolutamente única. Hermosa.
Maldita sea, ¿es que era tonto? ¿Cómo podía huir de la oportunidad de que con Bella podía tenerlo todo? Una compañera, una amiga, una amante. Todo sin la inevitable fealdad que acompañaba al matrimonio..., al menos a todos los matrimonios que él había visto. Había leído sobre las parejas felices que celebraban cincuenta y sesenta años de felicidad en común. Pero en su experiencia eso era un mito. Excepto por Jasper y Alice, aunque era evidente que ellos venían de otro planeta, de modo que no contaban.
Sus propios padres le habían mostrado todo lo que realmente necesitaba saber sobre el matrimonio. Cada uno se había casado cuatro veces, y ninguna perduró. Todas fueron feas, amargas y vengativas.
Pero la proposición de Bella no era de matrimonio. Era para algo distinto. No tendrían la oportunidad de aburrirse el uno con el otro, porque no vivirían juntos. Ella no dependería de él para que la hiciera feliz. Lo conseguiría por sus propios medios. Él no esperaría que ella le ordenara la vida. Eso sería responsabilidad suya.
Escuchó el ruido del agua un momento. Aún no había terminado de ducharse. Quizás no era tan tarde. Dejó el periódico a un lado y se levantó. Observó la larga marcha hasta el cuarto de baño. Entonces sonó el teléfono.
Aliviado, descolgó el auricular.
- ¿Hola?
- ¿Está Bella ahí? ¿Lo habéis hecho ya?
Trevor meneó la cabeza al oír la voz de Mike.
- Cielos, Mike. ¿Hemos salido en las noticias o qué?
- Algo tan grande no se puede ocultar, Edward. Es demasiado jugoso.
- Todos vosotros necesitáis una vida propia. O un plan de seguros con un apartado importante en cuanto a salud mental.
- Contéstame
- No
- ¿No, no me quieres contestar, o no, no lo habéis hecho todavía?
- Ambas cosas.
- Maldita sea. Y Yo que pensé que hoy iba a tener un poco de suerte. El romance se ha ido al traste.
- Imagino que las cosas no funcionan con no sé cómo se llama.
- Claudia. Y sí, he visto su partida de nacimiento. Decidió volverse a Idaho. A esquiar. Quiero decir, comprendo que desee esquiar, pero, por el amor de Dios, ¿Idaho? He de recordar ceñirme a los urbanitas.
- Si no recuerdo mal, me contaste que eran sus raíces rurales las que te atrajeron en primer lugar- Edward había sabido que la relación de Mike con Claudia no iba a funcionar. Mike siempre se enganchaba con los bollycaos magníficos y jóvenes, y terminaba desilusionado al descubrir que por dentro no había más que un relleno de crema. Mike podía tener el mismo aspecto que ellos, pelo rubio y ondulado, atractivo como las estrellas de cine, pero por dentro era un hombre sustancial. Alguien con quien Edward podía contar. Es decir, cuando el actor no se hallaba inmerso en otra aventura amorosa rota.
- Fui un tonto- suspiró-. Me dejé cegar por la raja de sus vaqueros.
- Lamento que no saliera bien.
- Yo también. Bueno, c'est la vie. Tendré que vivirlo indirectamente a través de vosotros
- Te desilusionarás
- ¿Te has decidido?
- Sí. Bueno, quizá... sí.
- Ah- comentó Mike-. Ha hablado el hombre de la voluntad de hierro.
- No se trata de una decisión fácil.
- Claro que sí. Tú la quieres. Ella te quiere. ¿Cuál es el problema?
- Sabes que no es tan sencillo, Mike.
- Sí, de acuerdo. Supongo que no. Bueno, ¿vais a venir a comer?
- Claro.
- Estupendo. Hablaremos de ello luego.
- ¡No! No hablaremos de ello. Ni en el restaurante ni en ninguna otra parte- reinó una larga pausa. Edward oyó que la ducha se cerraba.
- ¿Te ha dicho alguien alguna vez que el que no comparte es malo con los demás?- preguntó Mike.
- Sí..
- Nos vemos luego.
- Adiós.
Edward colgó. Intentó respirar con tranquilidad, pero no le resultó fácil cuando pensaba que tenía un ataque al corazón. Bella iba a abrir esa puerta en cualquier segundo. La cuestión era cómo. ¿Vestida? ¿Desnuda?
Dio un paso en dirección a la cocina. El café. Ya estaba hecho. Se serviría una taza. Entonces se detuvo. No quería café. Se volvió hacia el pasillo. Necesitaba una toalla. Para su ducha. Una ducha fría.
No, quizá primero el café. Giró de nuevo y fue a la cocina.
- ¿Es un baile nuevo?¿Algo parecido a la Lambada?
Se quedó quieto. No la había oído abrir la puerta. No estaría desnuda. Giró la cabeza despacio. Al ver que estaba vestida, se relajó. Aunque no pudo negar que se sentía decepcionado.
- ¿Qué?
- Nada. El café está listo.
- Bien.
- Y el periódico.
- Bien también. Gracias. ¿Te encuentras bien?
- Sí. Claro. Perfecto. Mejor que nunca.
- Es por el sexo, ¿no? – Bella frunció el ceño.
Edward asintió.
Se acercó a él, con el pelo largo lustrosos y mojado, la piel tan limpia y luminosa que tuvo ganas de tocarla con amabas manos.
- Quizás no fue una buena idea- indicó.
- ¿Qué?
- El sexo.
- Oh, sí- se obligó a mirar algo que no lo excitara. El radiador.
- ¿Quieres olvidarlo?- preguntó ella, aunque Edward notó que no estaba segura.
- Puede que eso no sea una mala idea.
- Lo sé. Fue una locura. Quiero decir, tenemos algo especial. Odiaría estropearlo.
- Sí, era lo mismo que me preocupaba a mí. Eres demasiado importante. No me gusta la idea de arriesgar eso.
- Lo sé- sonrió un poco-. Olvidémoslo. Fue una locura.
La miró. Se había echado el pelo hacia atrás, pero un mechón se le había escapado. Alargó la mano para arreglárselo, y con las yemas de los dedos le rozó la mejilla. Eso fue todo. Suficiente.
Se inclinó para besarla.
