Uno

-¡Pii, pii!- berrea Johanna. Hace unas semanas mi madre le echo la bronca por tocar la bocina todos los días a las siete menos cinco de la mañana, y esta es su solución.

-¡Ya voy!- grito, aunque sé que Lindsay me está viendo mientras abro la puerta de la casa, me pongo el abrigo y meto la carpeta al bolso, todo al mismo tiempo.

En el último instante, mi hermana Prim, que tiene ocho años, me corta el paso.

-¿Qué?- protesto mirándola.

Es como si tuviera un radar para captar cuando estoy ocupada, tengo prisa o estoy hablando con mi chico por teléfono, y escogiera esas ocasiones para darme lata.

-Te olvidas de los guantes- me dice; o más bien, "Te olvidaz loz guantez".

Se niega a ir al logopeda para aprender a hablar sin cecear, y le da lo mismo que los de su curso se burlen de ella. Insiste en que le gusta su modo de hablar.

Cojo los guantes, que son de cachemir. Seguro que mi hermana los ha llenado de mantequilla de cacahuate. Le encanta se la come a cucharadas.

-Pero ¿Qué te había dicho Prim?- refunfuño, dándole una palmada en la frente-. No toques mis cosas.

Ella me contesta con una risita estúpida, y yo la empujo al interior de la casa y cierro la puerta. So la dejara, vendría todo el día detrás de mí como un perrito.

Cuando al fin logro salir de la casa, veo que Johanna está asomada a la ventanilla del tanque (ese es el nombre que le ha puesto a su auto, un Range Rover gigante de color plateado. Cada vez que salimos por ahí montadas en ese monstruo, algunos nos dicen: "Eso no es un coche es un camión". Y Johanna siempre responde que podría abalanzarse contra un tráiler y atravesarlo sin enterarse) Glimmer y Johanna son las únicas que tienen coche propio; el de Glimmer es un Jetta negro y diminuto al que llamamos "Miniyo". En cuanto a mí, de vez en cuando consigo que mi madre me deje su Accord, y la pobre Clove tiene que apañárselas con la antigualla de su padre, un Ford Taurus que casi no arranca.

No sopla ni la más ligera brisa y hace frio. El cielo está completamente despejado. Acaba de salir un solo débil y borroso; parece como si los rayos se le hubieran desparramado por el horizonte y fuera demasiado vago para recogerlos. Se supone que más tarde habrá mal tiempo, pero cualquiera sabe.

Me acomodo en el asiento del copiloto. Johanna, que ya esta fumando, me hace un gesto con el cigarro para señalar el café que me ha traído de Dunkin Donuts.

-¿Hay bollos?-

-Detrás-

-¿Con sésamo?-

-Pues claro- me observa de reojo mientras saca el coche a la calle-. Me gusta tu falda

-Y a mí la tuya.

Johanna inclina la cabeza para agradecerme el cumplido. En realidad, llevamos la misma falda. Solo hay dos ocasiones en las que Johanna, Glimmer, Clove y yo nos vestimos igual a propósito: el día de la fiesta de las pijamas –la Navidad pasada, las cuatro nos compramos unos camisones igualitos en Victoria's Secret- y el día de Cupido. Este fin de semana nos pasamos tres horas en el centro comercial discutiendo si vestirnos de rosa o de rojo- Johanna odia el rosa, pero Glimmer no tiene nada otro color-, y al final decidimos comprarnos unas minifaldas negras y unos corpiños color rojo ribeteados de piel que estaban en liquidación en Nordstrom.

Como digo, esas son las únicas ocasiones en las que nos ponemos la misma ropa a propósito. Sin embargo, lo cierto es que Thomas Jefferson, mi instituto, todo el mundo viste más o menos igual. No es que llevemos uniforme, claro, pero nueve de cada diez alumnos van a clases con unos vaqueros Seven, zapatillas grises New Balance, una camiseta blanca y un forro polar de North Face de algún color. La única diferencia entre los chicos y chicas consiste en que nostras llevamos vaqueros más ajustados y tenemos que secarnos el pelo todos los días. ¡Viva Connecticut! Aquí la vida consiste en ser como los demás.

Lo cual no quiere decir que en mi instituto no haya gente rara; si que la hay, pero hasta los frikis se parecen entre sí. Los que van de ecologistas se mueven en bicicleta, usan ropa de lino y nunca se lavan la cabeza, como si creyeran que lo de llevar rastas sirve para reducir los gases del efecto invernadero.

Me inclino hacia el espejo mientras trato de ponerme el rímel sin sacarme un ojo. Johanna conduce como una loca, siempre dando volantazos, frenazos inesperados y acelerones.

-Como Seneca no me mande una rosa, se va a enterar- dice, tras saltarse un stop y frenar en el siguiente rompiéndome casi el cuello.

Seneca es el chico de Johanna, Es una especie de novio de quita y pon: desde el comienzo del curso, han cortado y vuelto a empezar trece veces. Todo un récord.

-Pues yo tuve que sentarme con Gale para que rellenara el pedido- contesto suspirando-. Casi tuve que obligarlo.

Gale Hawthorne y yo empezamos a salir desde octubre, pero estoy enamorada de él desde sexto, cuando el aun no se dignaba a hablar conmigo. Gale fue el primer chico que me gusto enserio. Una vez en tercero, Peeta Mellark y yo nos dimos un beso en la boca; pero éramos tan críos que estábamos jugando a los papás y las mamás, así que eso no cuenta.

-El año pasado me mandaron veintidós rosas- dice Johanna, lanzando la colilla por la ventana. Se inclina para darle un sorbo a su café-. Este año el objetivo es veinticinco.

Todos los años, antes del día de Cupido, la asociación de alumnos monta un stand junto al gimnasio en el que se pueden comprar vales para que envíen "rosagramas" a tus amigos. Se trata de mensajes atados a una rosa, que unas chicas disfrazadas de angelotes y cosas así –alumnas de primero o chicas de otros cursos que quieren lucirse delante de los chicos mayores- entregan durante el día.

-Pues yo me contento con quince- respondo.

Lo de las rosas es todo un problema, porque tu popularidad se mide por el número de rosas recibidas. Si te mandan menos de diez, malo; si recibes menos de cinco, es que eres un adefesio o no le caes bien a nadie. O las dos cosas. Hay gente que intenta arreglarlo recogiendo las rosas que encuentra tiradas por ahí, pero normalmente se les nota.

-Bien, bien- dice Johanna mirándome de reojo-. ¿Estás nerviosa? Hoy es el gran día. Noche de estreno ¿eh?

Me encojo de hombros y observo como mi aliento empaña la ventanilla.

-No es para tanto

Los padres de Gale se van este fin de semana, y hace unos días Gale me pregunto si quería ir a dormir a su casa. En realidad los dos sabíamos que no se refería a dormir, sino a hacer el amor. Hemos estado a punto de hacerlo varias veces, pero siempre fue en el BMW de su padre, en casa de algún amigo o en el estudio de mi casa, con mis padres durmiendo en el piso de arriba, así que nunca me he sentido lo bastante cómoda para llegar al final.

Así que cuando me invito a pasar la noche, le dije si sin pensármela dos veces,

Johanna suelta un gritito y golpea el volante.

-¿Qué no es para tanto? ¿Me tomas el pelo? Ay, creo que mi niñita se ha convertido en toda una mujer…

-Por favor Johanna

Una ola de calor me sube por el cuello; seguro que se me está llenando la cara de manchas rojas, Me pasa siempre que algo me da vergüenza. No hay en Connecticut ningún dermatólogo, crema o base de maquillaje que pueda evitarlo. Cuando era pequeña, los niños siempre me cantaban: "¿Es una cebra colorada? ¿Es un tomate a rayas? ¡No! Es… ¡Katniss Everdeen!".

Meneo la cabeza mientras limpio la ventanilla con la mano. El paisaje brilla como si acabara de barnizar.

-Hablando de eso, ¿Cuándo lo hicisteis Seneca y tú por primera vez? Hace como tres meses ¿no?

-Sí pero desde entonces no paramos- responde Johanna meneándose en el asiento.

-No seas fantasma.

-Tranquila pequeña. Todo irá bien.

-No me hables como si fueras mi madre.

Esta es una de las razones por las que he decidido acostarme con Gale esta noche: para que Johanna y Clove dejen de reírse de mí. Al menos Glimmer sigue siendo virgen, así que no seré la ultima en estrenarme. A veces tengo la impresión de que voy a remolque por mis amigas.

-Ya te he dicho que no es para tanto-insisto.

-Si tú lo dices…

Johanna ha conseguido ponerme nerviosa, así que me dedico a contar los buzones que veo. Me gustaría saber si mañana todo me parecerá diferente, si la gente me mirará de otra manera. Espero que sí.

Llegamos a la casa de Clove

-Huy que fresca vas, ¿no?- dice Johanna guiñándole un ojo a Clove mientras esta entra al coche.

Como siempre Clove lleva solo una cazadora fina de cuero, aunque la radio ha dicho que la temperatura de hoy iba a estar bajo cero.

-¿Para qué sirve estar buenas si nadie lo ve?- responde Clove meneando las tetas.

Johanna y yo nos echamos a reír; con Clove cerca, es imposible estar de mal humor. Noto como se me deshace el nudo que tengo en el estomago.

Clove extiende una mano y le paso su café. A todas nos gusta igual: sabor avellana, sin azúcar y con extra de nata.

-Mira donde te sientas, no vayas a aplastar los bollos- le advierte Johanna, mirándola por el retrovisor con el ceño fruncido.

-¿Y no preferirías desayunar un poco de esto?- responde Clove dándose una palmada en el culo.

Volvemos a soltar una carcajada,

-Guárdalo para cuando tu bollito tenga hambre.

Gloss es la última victima de Clove. Lo llama bollito porque dice que es tierno y sabroso (aunque a mí me parece más bien pringoso y siempre huele a porro). Se enrollaron hace unas semanas.

Clove es la que más experiencia tiene de las cuatro. Perdió la virginidad en su segundo año de instituto, y ya se ha acostado con dos chicos diferentes. Una vez me dijo que las primeras veces, después de hacerlo se había quedado dolorida. Cada vez que me acuerdo, me pongo nerviosa; parecerá una bobada pero yo nunca había visto aquello como algo físico.

-Mmm, Bollito- suspira Clove acariciándose el estomago –Me muero de hambre

-Pues hay un bollo para ti- le digo

-¿Con sésamo?- pregunta Clove

-Claro- respondemos Johanna y yo al unísono, y Johanna me guiña un ojo.

Justo antes de llegar al instituto, bajamos las ventanillas y ponemos a todo trapo No More Drama, de Mary J. Blige. Cierro los ojos y recuerdo la fiesta en la que Gale y yo nos enrollamos por primera vez. Estábamos en la pista de baile y, de pronto Gale me agarró; mi boca choco con sus labios, y su lengua empezó a moverse bajo la mía. El calor de los focos de colores me rozaba el cuerpo con una mano, mientras la música se me colaba entre las costillas y había que el corazón me latiese a trompicones. El aire frio que entra por la ventanilla me da dolor de garganta, y la vibración del bajo me sube por las plantas de los pies igual que aquella noche, cuando creí que no podía ser más feliz; suena tan fuerte que casi me marea, como si el coche estuviera a punto de partirse en dos por el estruendo.