«La sangre siguió brotando de su espalda, un mar rojo que teñía las bellas rosas azules en un violeta intenso y perverso.

La luna llena enfocó la escena con su brillo nocturno, el cuerpo del santo desfallecido y las dos mujeres que lo contemplaban por largos segundos, esperando que algo ocurriese.

La mujer que vestía de rojo acarició con ternura el pecho desnudo del santo, que palidecía bajo los efectos de la hemorragia. Su corazón ya no emitía latido alguno, aquel cuerpo sin duda estaba muerto. Y ellas contemplaban cuan hermosa podía verse la muerte en esa pintura realista.

"Su sangre asesina no puede hacernos nada", pensó la mujer de mirada etérea. Y sin embargo la afirmación podía no ser tan cierta. La maestra de ambas les había advertido del peligroso veneno que poseía aquel individuo, del que incluso ellas podían ser afectadas. A su compañera de rostro cubierto parecía tenerle sin cuidado, por la forma en la que mecía la punta de sus dedos en esa sangre tibia. Lo disfrutaría así le dañara.

Y entonces algo comenzó a cambiar en el cuerpo del que fue el santo de Piscis, las dos mujeres vieron el tiempo en que empezaría.

Su metamorfosis.»


La crisálida se abre

Sin explicación alguna se estremeció, una sensación de angustia, de que acababa de cumplirse el mal presentimiento que venía persiguiéndole en ese mes donde las desapariciones subían de número en tan poco tiempo. El Patriarca no era el único intrigado por ello, también ella lo estaba, y más desde que se enteró de la desaparición de sus caballeros de bronce, los que fueron enviados a Alejandría.

"Y ahora también ha ido Albafica", meditó Sasha. No es que juzgara mal la decisión de Sage al dejar ir a Albafica en lugar de otro santo tras la inconclusa revelación de los astros, pero si sentía como si acabaran de mandar a la persona justa directo a la boca del lobo.

Desde la ventana de su recámara observaba la bóveda celeste poblada de estrellas, hace mucho había aprendido a diferenciarlas todas, a identificar las constelaciones que protegían a los distintos caballeros del Santuario. Tenía la atención puesta en la del lobo, la hidra y el león, pero sobretodo también en la de los peces, la cual repentinamente se apagó en el cielo.

—Imposible… no puede ser…—murmuró angustiada, intentó buscar el cosmos del caballero de Piscis a través del mundo, cosa que solo ella podía hacer con sus santos.

No estaba, no lo encontraba. Se había esfumado.

—Athena —se anunció Sage desde el otro lado de la puerta—seguramente usted ya lo acaba de percibir. La desaparición del cosmos de Albafica.

Asintió.

—Debemos encontrarlo a como dé lugar, no puedo permitir que estos sucesos también afecten a los caballeros.

—Me encargaré de ello de inmediato, la operación de recuperación del santo de Piscis, o en su defecto, su armadura —a ambos les desagradaba pensar en la posibilidad de la pérdida del primer santo de oro antes de librar guerra contra Hades—. Designaré la misión a Shion de Aries, quien debe estar en camino al Santuario. Cómo él también ha estado investigando movimientos sospechosos en la zona de Jamir pueda que su información sea valiosa para el rescate de los caballeros.

—De acuerdo, lo dejaré en tus manos.

Hizo una corta reverencia y se alejó de la puerta; apresuró el paso, asistido por dos sirvientes. Tardó unos minutos en redactar la misiva en un pergamino, y de inmediato lo mandó con los sirvientes a las dependencias de comunicación del Santuario. El pequeño rollo partiría atado de la pata de un cuervo mensajero, de los que pertenecían al caballero encargado de controlarlos.


El sol nacía de las montañas del Himalaya, trayendo consigo el nuevo día. Ese amanecer a diferencia de muchos tantos que presenció en su vida lo recibió con inquietud, la misma que llevaba sintiendo desde la noche pasada donde había visto apagarse la constelación de los peces. Como pocos, tenía la costumbre de mirar el cielo nocturno para saber de las estrellas protectoras de sus compañeros, sobretodo en días como esos donde estaba por entero desconectado del Santuario.

Sabía que algo andaba mal, y que pronto recibiría la noticia que se lo confirmaría. Tal como iba a suceder al momento de avistar en el cielo el vuelo de un ave negruzca que se dirigía a él.

Shion estiró el brazo para recibirla como un dócil animal, de inmediato notó el apretado rollo de pergamino que llevaba atado en la pata y lo removió. El ave se despidió con un graznido satisfecho de cumplir con el encargo dejando soltando unas pocas plumas negras que bailaron en el aire.

—¿Es del Santuario? —interrogó la voz de Yuzuriha, quien salía de la cueva que les había servido de refugio para pasar la noche. Ambos vestían las ropas típicas de Jamir y llevaban las armaduras en sus cofres.

—Eso parece —confirmó, sentado con las piernas en posición de loto; desenrolló el papel con avidez y leyó sin problemas el mensaje encriptado en un lenguaje que solo los doce santos, el Patriarca y Athena conocían bien. Lo que decía ese papel le confirmaba su presentimiento, Yuzuriha también lo adivinó por el gesto de preocupación en el joven.

—¿Ocurrió algo malo?

—Tiene que ver con lo que investigábamos en Jamir, aunque en otra parte —explicó—debemos ir a Alejandría en Egipto, donde el número de desapariciones es mayor y el mismo lugar donde desaparecieron ya cuatro caballeros de Athena.

—¿Cuatro?, ¿quién era el cuarto?, creía que solo habían enviado a tres de bronce.

Shion se incorporó apoyando las manos en la superficie de la montaña, observando un momento el amanecer dorado rojizo de su tierra.

—Albafica de Piscis.


Su alma había descendido al Hades, sin duda alguna, se sintió como que hubiese sido de esa forma. Murió presa del desconocido dolor incapaz de hacer algo por salvarse, o por salvarlos a ellos, los desaparecidos y los caballeros de bronce.

Ahora flotaba, o eso creía siendo incapaz de percibir otra cosa. Su cuerpo debía estar hecho pedazos en la tierra, imposible de certificar si lo encontrarían o no, o si la armadura que lo protegía sería devuelta al Santuario si no desaparecía como ellos, como él.

Los muertos no pueden sentir la impotencia de los vivos, y Albafica no era la excepción. Si sentía una pizca de remordimiento por haber perdido sin hacer nada al respecto, pero era tan lejana y efímera que no tardó en dispersarse como todo lo demás.

Lo único que tenía ahora eran esas extrañas ganas de entregarse a un sueño profundo, ese al que todos temen abrazar porque saben que jamás volverán a despertar.

Albafica no temía, y tampoco hizo esperar a los brazos del sueño eterno.


Yunkers volvió en sí dando un respingo, como si acabara de despertar de una pesadilla. En realidad había tenido una, demasiado larga para tratarse de solo un sueño, donde estaba con sus compañeros supervisando las calles de la ciudad en la noche a la espera de tomar de improviso al responsable de las desapariciones, y repentinamente escuchaban una melodía, una canción tocada por una flauta; desde allí todo se volvía confuso. Recordaba escenas vagas, su memoria era lagunosa; y cuanto se esforzaba por encontrar esa pieza que conectaba ese extraño rompecabezas de sus recuerdos su cabeza amenazaba con quebrarse a causa de una palpitante jaqueca.

Junto a él los otros, Curtis de Hidra y Bleriot de León Menor se incorporaban. Estaba oscuro, por la posición de los astros debía ser un poco cerca de la media noche. Se encontraban en el Serapeum de Alejandría, en el interior donde se encontraba una plaza y de centro una fuente vacía, ¿cómo habían llegado hasta allí?, se preguntaba cada uno por separado. Las cabezas les daba vueltas y sentían leves mareos, pero podían mantenerse en pié y estar conscientes, que era lo principal.

—¿Están todos bien? —Interrogó Yunkers, recibió un breve asentimiento de cada uno de sus compañeros—esto es extraño, es como si hubiéramos despertado de algún tipo de sueño muy largo.

—No lo sé, también es bastante extraño pero… —Curtis se estrujaba las sienes queriendo evitar que la cabeza se le escapara del cuello por la presión—recuerdo un poco… juraba haber visto mientras sucedía lo que fuera que sucedía, a un santo de oro.

Antes de que alguien dijera algo al respecto, Bleriot señaló a un punto en la plaza con dedo tembloroso.

—A-ahí hay algo.

Los tres se acercaron contuvieron una exclamación de sorpresa y horror.

Bajo una fina capa negra rojiza que parecía ser sangre seca y unos extraños rosales de pétalos teñidos que lucían negros, se encontraba la armadura dorada de Piscis erguida en todo su esplendor; sin rastro alguno de su portador o señales de que hubiese librado una cruenta batalla.

—¡No la toques, insensato! —se apresuró Yunkers a reprender a Bleriot quien estuvo a punto de acercarse más—no deberíamos acercarnos, esa sangre debe ser de Albafica de Piscis, la cual lleva el mismo veneno que sus rosas, veneno puede matarnos con solo respirar un poco.

Sin embargo tampoco sentían como si debieran abandonar la armadura sagrada en ese lugar, y mucho menos, sin buscar el cuerpo de su portador.

¿Pero que sacaban tres caballeros de bronce al buscar el cuerpo de un camarada, cuya sangre podría matarlos?

La respuesta era demasiado obvia, pero aún así, no se quedarían de brazos cruzados.

—Debemos informar a Athena de esto.


¿A quién buscas, Albafica? —le preguntó la lejana voz de Lugonis, la de sus memorias.

Estaban ambos en el jardín de Piscis, con las rosas envenenadas sirviendo de alfombra bajo sus pies en un perfecto día soleado; se veían a sí mismos en el pasado, un Lugonis vistiendo el manto de Piscis y él más joven, siendo su aprendiz.

Ah, ya recordaba, acababan de terminar el ritual diario del vínculo escarlata, y por un breve lapsus se había distraído.

Creí haber visto a alguien aquí… pero eso es imposible, ¿verdad? —respondió inocentemente, apenas convencido de la respuesta que sabía por defecto.

En lugar de que le recordara como muchas veces, que eran los únicos capaces de entrar al jardín de rosas y sobrevivir a este; Lugonis hizo una nueva pregunta.

¿A quién creíste ver?

El alumno parpadeó, entonces no lo había imaginado del todo.

A una mujer.

—A una mujer. —Musitó, el sonido de su propia voz y la sensación del mover los labios hizo que comenzara a recuperar la conciencia. Abrió los ojos e inspiró profundo a causa de la sorpresa de encontrarse vivo, estaba vivo, ¿Cómo era posible si había muerto hace apenas nada?, y entonces, ¿Cuánto tiempo había permanecido muerto si es que en verdad lo estuvo?

No morirá, se lo prometemos Albafica-sama, eso dijo aquella mujer, Selene sin no recordaba mal su nombre.

Ahora que lo notaba, el Serapeum había desaparecido y ahora se encontraba en una habitación acomodada, acostado en cama. Se incorporó al sentirse seguro de poder moverse, ni rastros de dolor en su cuerpo, ni de nada de lo que había ocurrido a excepción de su cloth y…

Espera… siento mi cuerpo extraño.

No solo lo sentía, sino que también lo visualizaba. Miró sus manos y las notó mucho más delgadas, finas y pequeñas, al igual que la muñeca y el resto de sus brazos que parecían haber cambiado su dimensión. Sus ojos bajaron a su pecho y quedaron impactados al notar el cambio dramático que había sufrido no solo su torso, sino también su cuerpo por entero.

Ese cuerpo no podía ser el suyo, era imposible. Albafica se palpó los generosos pechos femeninos que ocupaba el lugar de las líneas de su bíceps, queriendo comprobar que aquello no era una alucinación. El descubrimiento al seguir la revelación hizo que saliera de la cama casi espantado. Sus pantorrillas eran más delgadas y delineadas, su silueta era más curvilínea y lo que fue todavía más trastornador, la ausencia de su virilidad intercambiada por un vientre plano. Todo eso sumando a la imagen que le devolvía el espejo de una cómoda frente a la cama se convirtió en el impacto definitivo. Ese era su rostro, solo que mucho más femenino de lo que habría imaginado ver enmarcado por la misma larga cabellera azul turquesa que poseía, a eso se le sumaban los jirones de tela trenzados en una firme malla de seda roja y azul cobalto que recogía los senos y el hecho de que el pantalón que originalmente llevaba bajo la armadura le quedaba más holgado, y se mantenía en su sitio gracias a un improvisado cinturón hecho de las mismas trenzas de seda bicolor.

—Imposible… —su voz incluso era distinta, mucho más delicada, sublime—esto no… puede ser…

¡Este no puede ser mi cuerpo!

Albafica apretó los dientes de furia, la furia que causa la impotencia.

—Una mujer… —masculló, antes de que abriera la puerta de golpe y saliera en busca de respuestas, responsables, y un sinfín de cosas que lograran calmar el infierno que comenzaba a arder en su interior por haberle quitado su cuerpo.

Apenas se percató de que el lugar donde estaba era una especie de torre, por la forma rectangular vertical que caracterizaba la estructura, y que era de noche –la del día siguiente-. Ellas debían de estar en ese sitio, las encontraría y más que una explicación les haría pagar caro todas y cada una de sus acciones.

Era todo lo que tenía en mente, hasta que por una de las ventanas de ese piso obtuvo una vista muy clara de la situación actual de la ciudad portuaria. Había humo en algunos lugares, polvo levantado por fuertes impactos, indicando que estaban siendo emboscados, seguramente por algún enemigo. Las posibilidades de que se trataran de espectros eran considerablemente altas, y también, podría tratarse de esas misteriosas personas del templo de Serapis.

Meditar la situación logró apaciguar su desconcierto ante el cambio de su cuerpo: tenía que ir por su armadura si todavía estaba en el Serapeum, y también debía detener el ataque en Alejandría, así como llegar al fondo de las desapariciones y encontrar a esas dos mujeres.

Hizo una rápida comprobación de su cosmos y todo parecía normal, lo que quería decir que si estaba en capacidades de enfrentarse al enemigo.

Quizás hubiera cambiado por fuera, pero por dentro era Albafica de Piscis, y tenía un deber con el que cumplir.


Ni Yuzuriha ni Shion se vieron dispuestos a perder el tiempo, por lo que acortaron bastante camino gracias a la teletransportación que era entre muchos otros dones un legado de su raza. Cuando llegaron a Alejandría el misterioso ataque ya había iniciado, y el hecho hizo que ambos se dieran prisa en aparecer luciendo sus respectivas armaduras.

—Deben estar cerca —indicó Shion quien iba a la par de Yuzuriha en velocidad, ambos con el cuerpo inclinado y los brazos hacia atrás propulsados por sus pies.

Al llegar a la calle donde se suscitaba el disturbio frenaron, y para sorpresa de ambos, si se trataban de espectros causando problemas en las calles y aterrorizando a la población, pero estos eran reprendidos por otras personas que a pesar de llevar armaduras como ellos, no eran de su misma élite.

—En verdad, ustedes los espectros de Hades no son nada divertidos.

Uno de ellos llevaba el cabello de un tono rubio castaño, cuyas extensiones descendían hasta sus hombros en una cascada lisa mientras que la otra capa de pelo era una mata revuelta desmechada que le daba un aire rebelde y jovial, en contraste con las jóvenes y pícaras facciones que eran más propias de un Casanova que un guerrero. Su mirada altiva de color topacio contemplaba sin mucho interés al espectro que sujetaba del cuello de la armadura con la facilidad de quien sostiene un muñeco de trapo. Esbozó una sonrisa despectiva y simplemente le dejó caer, como si pudiera contagiarle algo. A juzgar por el estado del espectro aquel desconocido le venció con mucha facilidad, porque su sapuris estaba por entero destrozado, y la armadura del otro, que tenía un brillo azul hielo metálico con curiosos detalles que simulaban flores de enredadera, se hallaba intacta.

Él solo al parecer había acabado con siete espectros esbirros sin sudar, los mismos que estaban desperdigados a su alrededor. No podía tratarse de alguien normal, eso pensaban Shion y Yuzuriha que esperaban quizás que el otro notara sus existencias. Finalmente el caballero desconocido les dedicó una primera mirada que no estaba cargada de hostilidad, por el contrario, parecía bastante despreocupado al respecto.

—Hoo~, pero miren que tenemos aquí~ —canturreó en tono jovial, igual que acabara de encontrarse con viejos amigos—así que estos son los santos de Athena que tanto se jactan de proteger a los humanos; y perdón, no es que quiera hacer menos su noble labor entrometiéndome, es que no podía quedarme de brazos cruzados mientras aterrorizaban a estas hermosas jóvenes.

Señalaba con el brazo extendido a un grupo de mujeres agrupadas en una de las casas, donde sus cabezas se asomaban; parecían damas de compañía de algún sitio de entretenimiento por las sugerentes vestimentas que usaban. Shion se cercioró de que en sus alrededores no había ningún herido ni presencia enemiga. El extraño tenía razón.

—Te agradecemos el que te hayas tomado la molestia de ayudarles en nuestro lugar —enunció Shion sin disimular la nota de recelo en su voz. Iba a preguntarle su procedencia cuando el otro se le adelantó.

—No tienes nada que agradecer, Shion de Aries, dije que lo había hecho por querencia propia —aclaró el joven que no debía ser mayor que Shion por unos tres años, este pasó los ojos del santo de oro a Yuzuriha. Ladeó levemente la cabeza y negó con suavidad. —No sabía que las mujeres de Athena poseían ese grado de belleza, lo tomaré como referencia para el futuro —guiñó un ojo descolocando un poco a la rubia y su compañero—, bueno, dejando eso para otro momento —enseñó una sonrisa amistosa—soy Adonis, encantado de conocerles.

—¿Adonis? —aquel nombre le sonaba conocido a Shion, recordaba haberlo escuchado alguna vez en su vida, quizás vinculado a alguna de las historias mitológicas.

—No nos has dicho del todo quien eres, si eres un santo con armadura entonces sirves a alguien, ¿no es así? —inquirió Yuzuriha que no estaba conforme con la explicación.

—Veo que no solo son bellas, también inteligentes como su diosa —halagó a la amazona, quien no presentó reacción por eso. Suspiró sin perder esa actitud holgada—si te refieres a si servimos a un dios tus suposiciones son correctas.

—¿Ya terminaste de parlotear, Adonis? —preguntó el otro caballero que estuvo en segundo plano al encontrarse mucho más distante. Se acercó hasta quedar junto a su compañero, un paso tras él.

A diferencia de Adonis quien se veía agradable y abierto, el segundo caballero quien era en belleza más agraciado que su compañero, se veía en contraste menos deseable para llevar una conversación. Parecía que ese hermoso rostro solo era capaz de reflejar hastío y capricho, los rizos dorados de su cabellera corta le daban un aire de niño mimado, así como los ojos verdes realzados por voluminosas y firmes pestañas; y su tez apiñonada. Su armadura era similar en brillo –y aparentemente en materiales- a la de su compañero, con la excepción de que esta era magenta claro y las inscripciones reflejaban otro tipo de flores.

—Solo me acabo de presentar —se encogió de hombros restándole importancia a la interrupción de su compañero—¿Terminaste con los espectros que venían del muelle, Narciso?

—¿Ah?, ¿Esos asquerosos seres del subsuelo?, jm, no me interesa ensuciarme con la primera alimaña que veo —se apartó un rizo en un gesto presuntuoso—no soy como tú y el resto de desaforados que les encanta rodearse de tan vulgares seres.

—Se me olvida que tienes un sentido torcido de la selectividad, hasta con las cucarachas —negó con la cabeza Adonis sin perder la paciencia—entonces los dejaste escapar.

—Sólo los ignoré.

—¿Moviste el culo aunque sea un poquito para hacerles algún daño?, ¿un rasguñito?

—¿Me ves cara de purgador de insectos?

—¡Joder!, ¡¿Los has dejado irse así sin más?

—¿Qué parte de "yo no me rodeo de alimañas no has comprendido", Adonis?

El llamado Adonis iba a replicarle una más a su compañero, hasta que Shion intervino considerando que no era el mejor momento para limitarse a una discusión de compañeros de mantos.

—No es que quiera inmiscuirme en sus asuntos, ¿pero dijeron algo sobre espectros en el muelle?

El llamado Narciso lo miró por encima del hombro como si sopesara si era o no digno de recibir una respuesta por su lado.

—Llegaron desde el agua, la última vez que les dirigí la mirada hablaban de ir al Serapeum. Mencionaban algo de una armadura dorada.

—¿Una armadura dorada? —Shion y Yuzuriha se miraron las caras adivinando el pensamiento del otro, tenía que tratarse de la armadura de Piscis.

—Shion, será mejor que nos demos prisa.

El carnero asintió, y ambos se desplazaron rápidamente en dirección al Serapeum dejando al par de caballeros anónimos.

—Las cosas se van a poner animadas ahora, ¿no crees Narciso?

—Eso parece, ojalá sea así, y que los caballeros de Athena al menos no me decepcionen tanto como la repulsiva milicia de Hades.

—He escuchado que tiene a los Tres Jueces de su lado, así como los dioses gemelos y otros menores. Al menos en fuerza no tiene nada que envidiarle a Athena.

—¿Y es que ahora piensas como un soldado? —Se burló Narciso—ya razonas como un primitivo guerrero. Por eso odio bajar a la tierra, solo hay guerras que destruyen la poca belleza de este triste mundo.

Adonis avanzó por la calle con intenciones de irse, Narciso le siguió sin esperar que contestara.

Ellos no pertenecían a esas contiendas, y sin embargo eran conscientes de que pronto serían absorbidos por una, por su propia guerra.

—Las cosas se van a poner animadas, ya quiero que empiece el bacanal. —En los labios de Adonis una sonrisa ansiosa apareció.


No iban a permitirlo, la idea de vivir soportando la derrota de haber dejado que una de las sagradas armaduras del zodiaco cayeran en manos enemigas era inaceptable. Antes preferían morir con honor de santos, haciendo lo que estuviese a su alcance para que el enemigo no diera un paso más.

Bleriot tenía una herida en el costado seria, y aún así se mantenía en pie con mucha fuerza de voluntad para que los espectros no se acercaran a los rosales donde reposaba la armadura de Piscis. Yunkers y Curtis le protegían desde los laterales, uno con un ojo herido y el otro con los brazos quemados. Tenían el alma puesta en un solo objetivo, no dejar que nadie se acercara a esa armadura, no hasta que lograran regresarla a Santuario o su dueño regresara del más allá a portarla.

—Pfff hahahaha, mírenlos, parecen un montón de perros heridos —se burló uno de los espectros, el que tenía una especie de zarpas en la armadura rodeadas por un aura verde mohosa, que al gotear desintegraba la parte del suelo que tocaba cual ácido. —Yo, Possion la Estrella Celeste de la Ociosidad los reduciré a una masa irreconocible, ¡a puré de santos!

Yunkers apretó los dientes, aquel era el espectro que más problemas les estaba dando, los otros habían sido un poco amedrentados por sus fuerzas combinadas, pero con la llegada de ese estaban más confiados de ganarles. Para colmo, todavía no se recuperaban de aquel extraño lapsus y continuaban sintiéndose con la cabeza palpitante.

No se apartarían, así se acabara de lanzar contra ellos y los cortara en finas rodajas, dejando sus carnes arder en las llamas de su ácido nauseabundo. Hubieran terminado así de no ser por una inesperada lluvia de rosas negras que barrió con los espectros restantes e hirió al que servía de cabecilla temporal.

Juraron que era el caballero de Piscis quien descendía de un salto frente a lo que quedaba de los espectros, que realmente estaba vivo y había regresado por su armadura. La alegría les duró el mismo instante en que les abordó la sorpresa de encontrarse con algo completamente distinto.

Una mujer, que no iba precisamente luciendo en las mejores fachas, pero que poseía un cosmos tan intimidatorio como cualquier santo dorado.

Yunkers no podía creer lo que veía, al igual que sus compañeros. Esa mujer era idéntica al santo de Piscis.

—T-tú… ¿qui-quién e-eres…? —se esforzó por decir Possion, que débil se incorporaba con intenciones de cortar a la osada joven que tenía en frente. Su orgullo de espectro no toleraba que una mujer sin armadura los llevara, a él y a sus camaradas a esas condiciones.

La mujer de cabellos turquesa hizo aparecer entre sus dedos una rosa negra, idéntica a las que habían acabado con sus camaradas. La misma que iba a darle muerte.

—Eso es algo que no necesitas saber, espectro —musitó

Piranha Rose!

La rosa negra perforó su pecho y el espectro cayó sin vida en el pavimento del Serapeum. Un silencio un poco incómodo se instaló entre los caballeros de bronce que estaban confundidos por que una mujer repitiera con exactitud las técnicas del santo de Piscis y que esta les salvara, por si no fuera poco, tenía un horrible parecido con el dueño de la armadura que protegían.

—T-tú… ¿quién eres?, ¿cómo es posible que conozcas esas técnicas tan avanzadas y que pertenecen al santo de Piscis? —exigió saber Yunkers, desconfiado e intrigado.

La joven no respondió, no sabía cómo hacerlo. ¿De qué forma explicaría esa situación?, y qué decir de su armadura, la que estaba entre esos rosales marchitos, ¿No volvería a portarla ahora que su cuerpo era incompatible con esta?

Albafica tenía demasiadas dudas, y sin embargo, eso no le impidió voltearse hacia los caballeros de bronce heridos y hablar con la propiedad de siempre.

—Es peligroso que permanezcan cerca de la armadura, está cubierta con mi sangre, todavía seca podría matarlos y más si tienen heridas abiertas —les advirtió, y sus palabras fueron tales cuales otros santos que le habían visto mínimamente recordaban.

Era imposible, ¿verdad?, no tenía sentido que…

—No nos has dicho quien eres, ¿cómo saber que no eres el enemigo que se aprovecha de la situación?

Los tres caballeros se crisparon al unísono en cuanto vieron que una rosa roja aparecía en los dedos de la mujer y que les apuntaba. Ninguno se movió así fueran a recibir el golpe, apretaron los párpados al ver que sí arrojaría la rosa contra ellos y se sorprendieron de no sentir el impacto en cuanto escucharon el roce de la rosa cortar el aire.

La Royal Demon Rose se clavó en el pecho de un espectro que pretendía atacar desde las sombras de las ruinas al trío de bronce. El cuerpo de este dio unos pasos delante y cayó al suelo con un ruido seco presa del veneno.

Aprovechó que los de bronce se apartaban para ver el cuerpo del espectro, y se acercó con cierta timidez a su armadura. El pez dorado le saludaba con el mismo brillo, la misma superficie. Posó una mano sobre la cabeza sintiendo una punzada de impotencia, era imposible vestirla tal cual como estaba ahora. Su mandíbula y puños se apretaron presas de eso.

—Hoo~, al parecer la princesa ha despertado de su mal sueño —irrumpió una voz. Albafica giró el rostro en la dirección concreta y encontró en los restos de una columna dos caballeros con armadura que no reconocía de ningún sitio. Adonis en compañía de Narciso descendieron a la desmantelada plaza, acercándose sólo los pasos suficientes para contemplar la imagen del ser metamorfoseado. Adonis contempló al caballero de Piscis de pies a cabeza en una rápida pero no menos detallada evaluación. —Nada mal, en verdad, la señora no se equivocó nada al escogerte. Eres muy parecida a ella en esa forma.

—Compara pero no ofendas, Adonis —reprendió Narciso, quien no dedicaba una mirada apreciativa a Albafica, por el contrario, parecía crítica, cortante y de marcado desagrado—nuestra señora es una diosa, es un crimen comparar su belleza con la de una vulgar rosa mortal, y para colmo, santo de Athena.

—Que malo eres reconociendo la competencia, Ciso —comentó con un deje de burla que irritó a su compañero. —Serás un magnífico avatar, Albafica de Piscis… o mejor dicho, señora Astarté.

Los santos de bronce exclamaron sorprendidos, entonces en verdad… ¿esa fémina era el santo de Piscis?

—¿Son del mismo grupo que aquellas mujeres? —interrogó Albafica midiendo la rabia que sentía, una que bullía con mucho mas salvajismo que cualquiera que hubiese sentido en su vida. —Ustedes… ¡¿Por qué me hicieron algo como esto…?

—Cambiar tu género fue un juego de niños, sin ofender, tenemos en nuestras filas a alguien que eso se le da demasiado bien —río Adonis sin perder el buen humor a pesar de la mirada airada de la pisciana—y refiriéndonos al porqué, nuestra señora lo demandó así y nosotros obedecimos. Eres la herramienta que necesita para renacer en la tierra.

—Siéntete honrado de ello, Piscis, estás destinado a prestarle tu cuerpo a nuestra diosa —añadió Narciso sin perder la aspereza en su voz.

—Además, no es como si te hubieras denigrado, incluso así te ves bastante bien.

El comentario fue la gota que derramó el vaso de su tolerancia, fue en búsqueda de Adonis rodeándose de las rosas demoniacas, proponiéndose embestirlo y obligarlo a dejar esa postura tan relajada. El rubio castaño eludió el ataque, recibiendo apenas un rasguño en la mejilla. Narciso ni se inmutó por su compañero, y este, Adonis, seguía actuando como normalmente, ignorando el hecho de que el líquido caliente corría por su rostro.

—Creo que ahora deberías atender a las preguntas de tus compañeros, parece que llegaron los que faltaban —anunció Adonis señalando al fondo de una de las entradas a la plaza. Ahí estaba un Shion estático y una Yuzuriha igual de perpleja, los ojos de ambos se clavaban en la mujer de cabellos turquesa quien les devolvía la mirada con escepticismo.

Desde el otro punto de vista, ellos ya habían visto y escuchado parte de la conversación entre esos misteriosos santos y la joven fémina, que tenía un parecido idéntico con Albafica, e incluso poseía sus técnicas. Aunque lo vieran, les costaba creerlo, era imposible que alguien cambiara su género de la noche a la mañana, ni Shion con toda la sabiduría que poseía encontraba una explicación a lo que acababa de ver. A una mujer que a la vez era el mismo santo de Piscis.

Shion.

Hasta la manera en la que hacía llegar los susurros a las puertas de sus oídos era la misma, no cabía duda: era él.

—Albafica…

Una suave brisa ocupó el silencio por momentos en los que Narciso bostezaba y Adonis veía el momento en abandonar ese sitio.

—Creo que lo dejaremos por hoy, igual, debemos enviar a quien supervise la evolución de la matriz —informó Adonis—así que con toda certeza nos volveremos a ver, señores, princesa Astarté. —improvisó una reverencia—por favor, cuide bastante ese colgante, no debe separarse de él o su cuerpo volvería a colapsarse por el dolor de la metamorfosis.

Con toda la mezcla de sentimientos, la rabia, la impotencia y el desconcierto, no había notado que en su cuello colgaba algo, de una fina tira de cuero negro pendía una piedra pulida en forma de rosa, en la cual se inscribía en la parte baja donde había una superficie plana una palabra en griego. Un nombre. Nacida de la espuma.

—Afro…dita… —alcanzó a leer sosteniendo el dije entre sus dedos, a la vez que Adonis y Narciso se retiraban engullidos por los portales de las ruinas. Ahora comprendía un poco más la situación en la que estaba metido, solo un poco, sabía quién y por qué su cuerpo había cambiado tan dramáticamente, y de allí surgían otra serie de problemas que se les venía encima a los santos de Athena.

—Albafica. —la voz de Shion sonó muy cercana, no se había dado cuenta del momento en que se acercaba. Se giró con brusquedad y dio dos pasos largos apartándose de la mano que pretendía posarse en su hombro a modo de consuelo.

—¡No me toques Shion!, ¡Te lo he dicho siempre!, ¿acaso alguna vez escuchas lo que te dicen? —explotó, y de inmediato se dio cuenta de lo enojadas que sonaban sus palabras, de que acababa de rechazar de la peor forma a quien solo se estaba preocupando por su condición. Albafica se arrepintió al momento de ver la mano de Shion descender y su expresión, al principio preocupada y consternada por la forma en la que fue rechazado, pasaba a ser una tristemente comprensiva. —Lo siento…, no quería hablarte así.

—Me alegra de que estés vivo —comenzó a decir Shion, un tanto confundido por la apariencia, logrando que él o la otra levantara la mirada—quiero decir, viva, o no, ¡no!, vivo, ¡sí!

—Déjalo así, Shion —intervino Yuzuriha, quien en primer lugar había evaluado el estado de los santos de bronce, y ahora tomaba parte—entiendo que no debe ser fácil, pero es solo una apariencia, sigue siendo la misma persona.

—No me importa cómo se refieran a mí ahora, me tiene sin cuidado —intervino Albafica—lo único que en verdad me preocupa es mi armadura y la forma en la que mi posición compromete al Santuario.

Porque si de verdad llevaba en su interior la sombra de una diosa que pretendía encarnarse en él, algo más que su posición como caballero dorado estaba en juego. De un momento a otro se convertía en el origen de un serio problema.

—Eso ya debemos arreglarlo una vez que regresemos allí y expliquemos la situación… no saquemos conclusiones apresuradas.

Albafica asintió, y el ambiente serio se cortó por la suave risita de Yuzuriha que señalaba a Shion con la mirada.

—Pero antes considero que debemos conseguirte una prenda que te tape mas, deberás acostumbrarte a que las mujeres no enseñan con tanta despreocupación el torso como ocurre con los hombres. —Aconsejó haciendo evidente que la malla, por efectiva que fuera para que el busto no le estorbara en un combate, seguía siendo demasiado reveladora.

El peso de la vergüenza cayó cuando notó que Shion se apenaba por caer en la trampa de Yuzuriha. Fue la primera vez en la que sintió con tanta desesperación el tener algo que le tapara el torso. Iba a ser difícil acostumbrarse el tiempo en que tuviera que soportar esa apariencia… si de verdad tenía la posibilidad de recuperar su auténtico género.


Notas de Dreamy:

Antes de cerrar el Word: Pfffffff e_e quedó horrible, lo sé, no me lo tienen que decir. Pero ¿qué les digo si son la 1 y media de la noche?, no esperen milagros nenes Uu.

El lugar donde despierta Albafica-chica es el Faro de Alejandría. Se especificará más de este sitio en el siguiente capítulo.

¿A qué no se lo esperaban?, acepto todo tipo de comentarios, enserio, hasta cartas bombas y amenazas de muerte. Me lo merezco por esta troleada de la que estoy bizarramente orgullosa. Esto es lo que causa el estrés de un 8vo semestre en la carrera de Ingeniería de Sistemas y la sobredosis de azúcar, ¡Yay!

PD: Me referiré a Albafica-chica tanto como él como por ella, al final viene a ser lo mismo ¿no?

Espero al menos haber cumplido con las expectativas después de causar tanta intriga en el prólogo ;D ¡Saludines!