Para Laura Wolff que me hizo feliz con su lindo review.

Tristemente los personajes no son míos, ni siquiera Jaime =(

Falta un capítulo para terminar, si alguien quiere que siga recuerden dejar un review.


La estrellas ya brillaban cuando finalmente se acomodaron a comer. La liebre era tan flaca que al quitarle la piel prácticamente sólo quedaron los huesos, pero estaba caliente e incluso roer los huesos era mejor que pasar la noche con el estómago vacío. Hablaron un rato sobre trivialidades y como siempre, Brienne tuvo muchas oportunidades para disfrutar de la risa fácil de Jaime.

Si meses atrás alguien le hubiera dicho que llegaría a amar la sonrisa de Jaime Lannister lo hubiera tomado por loco sin dudarlo. Sin embargo, con el tiempo había llegado a apreciar muchas cosas de él además de su risa y su sarcástico sentido del humor. Sobre todo, admiraba que lo único más fuerte en él que su deseo de convertirse en un hombre de honor era su esfuerzo por disimularlo bajo una máscara de cinismo.

A veces se preguntaba qué diría Lady Catelyn al saberla finalmente convertida en la puta del Matarreyes. ¿Qué diría su padre? Brienne estaba segura de que ni él ni los dioses podrían perdonarla porque desde pequeña su septa le había dejado claro que el principal requisito para perdonar un pecado era el arrepentimiento. Y ella no estaba arrepentida.

No podía achacar su conducta de la primera vez a un impulso generado por la certeza de la muerte, porque la segunda vez no enfrentaban ningún peligro y cuando él la busco ella no fue capaz de negarse. No sólo consentía cada vez que él la buscaba, secretamente podía aceptar que deseaba que las pocas oportunidades que tenían de estar juntos se multiplicaran. Desgraciadamente, aun viajando, solos siempre había peligros de los que guardarse y ojos u oídos indiscretos a los que no era conveniente alimentar.

Aunque en un principio vanamente había tratado de engañarse a sí misma pensando que se trataba de gratitud o amistad, hacía tiempo ya que tenía claro lo que sentía por Jaime. En el fondo tenía miedo de aceptar la verdad porque sabía que ese amor convertía lo que había sentido por Renly en un juego de niños. Sabía perfectamente que para él lo sucedido en la cueva no había sido más que un último deseo, algo que hacer por última vez antes de morir. Sabía también que los hombres tenían apetitos que saciar y los saciaban con lo que tuvieran a mano, incluso con ella.

Nunca se había permitido fantasear con llegar hasta ese punto con él. En realidad no era capaz de recordar si en algún momento de su vida se había permitido fantasear luego de aceptar la verdad que encontraba en cada reflejo de su rostro. No fantaseaba ni se mentía a sí misma: no había finales felices para mujeres como ella. Por eso exactamente se limitaba a disfrutar de unos cuantos momentos aunque eso significara condenarse para siempre.

Cuando terminaron de comer permanecieron frente al fuego en silencio. Él estaba sentado sobre unas rocas y ella se acomodó en el suelo a su lado. Inclinó ligeramente la cabeza hasta rozarle la rodilla mientras Jaime jugueteaba suavemente con su cabello y luego deslizaba la mano por su mejilla mutilada y luego por su cuello hasta llegar lentamente a su hombro. Ese simple contacto bastó para lograr que por primera vez se sintiera una mujer completa. Más mujer incluso que cuando se le entregaba.

Sí, había momentos que lo valían todo.

Por eso al día siguiente hizo lo único que podía hacer: callar y fingir.

La lluvia se había dejado sentir desde temprano, ligera pero constante. No era lo suficientemente fuerte para obligarlos a detenerse pero si para helarles los huesos y ponerlos de mal humor. A media tarde, cuando abandonando toda precaución decidieron tomar uno de los caminos principales, se encontraron con una pequeña comitiva encabezada por un banderizo de los Lannister. Jaime ni siquiera pudo recordar su nombre y se limitó a fingir que reconocía al hombre, quien de inmediato lo colmó de atenciones.

Después de ser presentada cortésmente como Lady Brienne de Tarth y recibir la obligada mirada de cortés desagrado de Ser Goldshield se mantuvo un par de metros a la izquierda de Jaime. Lo suficientemente cerca para escuchar la conversación, pero no tanto como ser parte de ella.

Eran solamente una docena de caballeros escoltando a Lady Tatiana, una chiquilla que no podría tener más de trece o catorce años, bonita aunque algo regordeta. Estaba prometida con el hijo segundón de un señor de poca monta y la escoltaban para entregarla a su prometido. Con ella iban cuatro de sus damas, una de ellas, particularmente hermosa, miraba con desprecio a Brienne y sonreía con falsa timidez cuando creía que Ser Goldshield o Jaime miraban en su dirección.

Ser Goldshield le explicó a Jaime que además del matrimonio de Lady Tatiana también había logrado concertar el de una de sus doncellas, Katrina.

—Lo digo en serio, mi señor, hubiera deseado encontrarle un mejor partido porque los servicios en la alcoba que la chica me brindó fueron dignos de todo un rey —le comentó con una sonrisa que pretendía ser de complicidad—. Me duele perder a una servidora tan eficiente, pero es lo menos que un caballero puede hacer para recompensar un buen servicio, ¿no lo cree así, señor mío?

Jaime soltó un bufido y Brienne intuyó que estaba recibiendo más información de la necesaria.

Llegaron a una posada justo cuando la lluvia empezaba a arreciar y Ser Goldshield insistió en que cenaran y pasaran la noche por su cuenta en la posada. Jaime cruzó una breve mirada con ella y estuvieron de acuerdo en que no era tan mala idea pasar la noche bajo techo, incluso si eso implicaba soportar unas horas más la cháchara interminable del hombre.

Brienne se mantuvo a cierta distancia, terminó de cenar de prisa y se dirigió a los establos para asegurarse de que sus monturas estuvieran listas para la mañana siguiente. Uno de los animales tenía dañadas dos herraduras y antes de retirarse a descansar decidió consultar con Jaime la conveniencia de cambiar al animal por otro descansado y en buenas condiciones que la posadera le ofrecía por un buen precio.

Estaba a unos cuantos pasos cuando la puerta de la habitación de Jaime se abrió y la hermosa Katrina salió medio vestida con un camisón transparente y las mejillas sonrojadas. Jaime apareció detrás de ella con el pecho desnudo y por un instante los tres se quedaron congelados por lo incómodo de la situación.

—Mi Señor —murmuró Katrina, la primera en reponerse, haciendo una breve inclinación y desapareciendo por el pasillo mientras se acomodaba el camisón.

—No… quise interrumpir —fue todo lo que acertó a murmurar Brienne antes de darse la vuelta y desaparecer en la misma dirección de Katrina.

Sentía las mejillas rojas y quizás por puro instinto de preservación su mente quedó en blanco. Sin pensarlo siquiera regresó al establo y, buscando una actividad para ocupar sus manos, empezó a cepillar su caballo con movimientos lentos y repetitivos. Para cuando tomó conciencia de lo que estaba haciendo la mitad de la crin ya estaba enredada entre su mano y el cepillo y el animal coceaba con impaciencia.

Regresó a su habitación pidiéndole fuerzas a todos los dioses para actuar con naturalidad porque, se repitió mil veces antes de quedar dormida, aquello era algo natural. Todos los hombres, grandes señores y campesinos, en algún momento buscaban mujeres para compartir su cama, incluso aquellos casados con hermosas damas. Según la septa Roelle una mujer de verdad debía hacer caso omiso de esas actividades de su señor y actuar indiferente.

Jaime Lannister era un hombre, Brienne no era su mujer ni tenía compromiso alguno con ella y, ciertamente, hermosa sería la última palabra que la gente usaría para describirla. De modo que lo sucedido era algo normal, y aunque le estuviera carcomiendo las entrañas debía fingir naturalidad.

Y eso hizo.

Por eso cuando a la mañana siguiente Jaime trató de iniciar una conversación con la palabra "Anoche" ella lo interrumpió hablando de los caballos y de la conveniencia de partir lo antes posible. Todo debía continuar como siempre.