Disclaimer: Los personajes de Naruto y la historia Corazón Salvaje no me pertenecen sino al Mangaka japonés Masashi Kishimoto y a la escritora mexicana Caridad Bravo Adams. Este fic es hecho con fines recreativos no pretendo buscar ningún tipo de remuneración o reconocimiento, simplemente lo comparto con ustedes porque realmente me gusta la historia y los personajes de Naruto
Hola qué tal meus amores, ¿Cómo están? Yo de nuevo, aprovechando que estoy metida de lleno en estos libro de la señora Caridad Bravo Adams, a medida que leía iba imaginándolos con mis ninjas favoritos en el reparte y pues me ganaron las ganas.
Jajajajaja sé que debería estar haciendo/terminando otras historias, pero bueno, ahorita mi cabeza loca anda a mil revoluciones por segundo.
La historia tendrá tres partes como la trilogía original, "Sasuke y Sakura", "Hinata" (Viene siendo el libro de Mónica) y la última el desenlace y final "Sasuke no Akuma" (Viene siendo el libro de Juan del Diablo versión Sasuke)
Realmente espero que sea de su agrado. Ya sin más que añadir, los dejo con la lectura. Disfrútenla, nos leemos al final.
PRIMERA PARTE
SASUKE Y SAKURA
Capítulo 1
La tormenta de octubre ruge sobre el inquieto Mar que bordea al país del remolino… Es de noche, y las ráfagas de un viento huracanado hacen estrellarse contra los acantilados de rocas las olas gigantescas, que caen luego, en hirviente manto de espuma, bajo el azote de la lluvia. Negro está el cielo; y la tierra, como sobrecogida. Es la costa brava que se abre, primero en pequeñas ensenadas, en playones estrechos, y luego, unos pocos metros más allá, se convierte en selva espesa… Tierra viva sobre la que ondea la bandera del País del Fuego…
Un barco entra en el puerto de Uzushiogakure, a despecho de los elementos desencadenados… y uniéndose al concierto del viento y de las olas, la salva de honor de veintiún cañonazos le saluda desde el Castillo Uzumaki…
Al mismo tiempo que la fragata, que ya se acoge a la rada de Uzushiogakure, un pequeño bote desvencijado ha ganado milagrosamente la arena de una diminuta playa próxima a la ciudad, y su único tripulante salta, metiéndose en el agua hasta la cintura, para arrastrar el frágil cayuco, librándolo de la furia renovada de los elementos…
La luz vivísima de un rayo ha iluminado de pies a cabeza al audaz marinero, que en noche tal arriba a la ensenada. Es fuerte y ágil; con flexible soltura de felino da unos pasos alejándose del mar, para erguirse después, como calculando el peligro del lugar en que dejó su bote. Tiene la piel tostada por la intemperie; ancho y fuerte el cuello; los hombros, cuadrados; las caderas, estrechas; las manos, callosas, y los pies descalzos, que parecen aferrarse como zarpas a la tierra que pisan… Puede tener apenas unos doce años…
El ominoso estampido de un trueno agitabas sombras nocturnas… El muchacho, dominando su primer movimiento de temor instintivo, mira de frente al firmamento oscuro, donde marcan los rayos los latigazos de su vívida luz, y exclama:
— ¡Santa Bárbara!
Por un momento parece vacilar, mas no es por temor. La horrible noche no le produce espanto… Sólo calcula, con mirada certera, qué camino debe seguir para llegar más pronto a la ciudad cercana, cuyas luces se apiñan alrededor de la bahía.
Palpa el pequeño sobre que como un tesoro lleva entre sus ropas mojadas, mira de nuevo al bote que dejara sobre la arena y echa a andar con paso silencioso y rápido…
—Si no se da usted prisa, llegaremos tarde a la fiesta del Shushō, amigo Uchiha.
— ¿Prisa? Nunca me di prisa por nada ni por nadie, amigo Akimichi; sin contar con que llueve a cántaros. Pocos serán los invitados que no se retrasen esta noche, y además, el Sannin Jiraiya llega en esa fragata que vio usted entrar hace veinte minutos escasos. Él es el invitado de honor…
—No más que usted, amigo mío. La fiesta es en honor de ambos, y el coche está aguardando desde hace mucho rato.
—Está bien, amigo Akimichi… Vamos, pues…
Fugaku Uchiha se ha puesto de pie con ademán de elegante fastidio… Ha dado unos pasos a través de la lujosa estancia, y se detiene en medio del vestíbulo, con gesto de extrañeza al oír los fuertes aldabonazos que repentinamente cubren el lugar con sus ecos… Disgustado, interpela altanero a su criado:
— ¿Quién llama de ese modo, Shin?
—Iba a verlo en este momento, señor —responde el criado—. No sé quién pueda ser el atrevido…
—Pues ponlo en su lugar —ordena, tajante, Uchiha. Una ráfaga de viento y lluvia hace irrupción, silbando, en el elegante vestíbulo; y airado, Uchiha grita:
— ¡Cierra esa puerta, estúpido!
Antes que el criado logre cerrarla, el importuno visitante ha penetrado de un salto; los revueltos cabellos mojados sobre la frente, el cuerpo semidesnudo chorreando agua sobre las alfombras… tan sorprendentemente atrevido y audaz, que Fugaku Uchiha y Chōza Akimichi retroceden al verle, apagada la indignación por la sorpresa…
— ¡Caramba! —exclama Akimichi.
— ¿Pero qué es esto? —indaga Uchiha.
—Busco al señor Fugaku Uchiha… —explica el muchacho con decisión.
—Debe ser un loco, señor… —interviene el criado—. ¡Voy a…!
— ¡Ahora, déjalo en paz! —ataja imperativo Uchiha.
— ¿Es usted don Fugaku Uchiha? —Inquiere el muchacho—. ¿Es usted, señor?
—Sí, soy yo… Pero tú, ¿quién eres? ¿Y qué diablos te pasa para atreverte a llegar a mi casa de esta manera?
—Mi nombre es Sasuke. Vengo desde el Kēpu Akuma para traerle esta carta. El señor Shimura se está muriendo y dijo que tenía usted que llegar antes de que él acabara. Si es usted de veras el señor Uchiha, venga conmigo… Traje mi bote para llevarlo… ¿Vamos…?
El muchacho ha dado un paso hacia la puerta, pero se detiene observando el rostro de Fugaku Uchiha, que le mira estupefacto, en la mano el mojado sobre de la carta que acaba de entregarle… Es un hombre alto y distinguido, que viste con extraordinaria elegancia… A su lado Chōza Akimichi, su amigo y notario; rechoncho y bondadoso, mueve la cabeza como si no pudiese dar crédito a lo que está viendo y escuchando, y con sorpresa y disgusto a la vez, pregunta:
— ¿Llevar al señor Uchiha en tu bote?
— ¡Cuando digo yo que es un loco…! Lo mejor será llamar para que vengan a llevárselo… —insiste el criado.
— ¡Quieto! —ordena Uchiha. Luego, como recordando, murmura—: Shimura… Shimura…
—Dijo que fuera usted en seguida, que él, por desgracia, no podía esperar demasiado. Si salimos ahora mismo, al amanecer estaremos allá.
—Shimura se está muriendo… —susurra Uchiha.
—Eso aseguró el curandero… Que no llegará a mañana… Y le dejó un remedio, pero él no se lo quiso tomar y me mandó con esta carta… Dijo que usted tenía que ir allá…
—Pues está completamente equivocado. No conozco a ningún Shimura… —exclama Uchiha, ceñudo.
— ¡No es posible, señor! Si es usted don Fugaku Uchiha…
— ¡No conozco a ningún Shimura! —recalca éste. Se vuelve hacia su amigo y le invita—: ¿Vamos, Akimichi?
— ¡Pero, señor…! —se lamenta el muchacho. Ha salido seguido del notario, sin volverse a mirar al muchacho, y salta el cochero del pescante para abrirle la puerta del carruaje. Por un instante contempla la mojada carta, la hunde luego en su bolsillo, y entrando al coche ordena con voz fuerte:
—Al palacio del Shushō. ¡Pronto!
El muchacho se acerca, gritando implorante:
— ¡Señor… señor… señor…!
Todo es inútil. El coche se ha alejado; el muchacho vacila un instante, y luego echa a andar bajo la lluvia que azota la calle…
Chōza Akimichi, el notario de la familia Uchiha, con las gruesas manos apoyadas sobre la empuñadura de plata de su bastón, mira de reojo al hombre que va a su lado. A pesar de la brusca respuesta dada al muchacho, a pesar de su gesto glacial, Fugaku Uchiha parece hondamente conmovido, profundamente preocupado. Tiene los labios apretados y las mejillas pálidas… Las inquietas manos cambian a cada instante de posición y con frecuencia palpan el húmedo sobre guardado en su bolsillo… Al fin, el notario, tras mirar y remirar, arriesga una palabra:
— ¿No va usted a leer esa carta? Puede tratarse de algo realmente importante. Cuando se obliga a un niño a venir desde el Kēpu Akuma hasta la ciudad, para traerla en una noche como ésta… será porque ese Shimura, a quien usted no conoce, tiene absoluta necesidad de decirle algo… —Baja la voz y, en tono insinuante, explica—: Shimura… A mí ese nombre me suena…
— ¿Cómo…?
—De momento no pude recordarlo, mas ahora voy haciendo memoria… Danzō Shimura llegó a Uzu no Kuni hará unos quince años. Pertenecía a una de las más distinguidas familias de Kumogakure… Trajo dinero para comprar una hacienda, y adquirió una bien extensa al sudeste de la isla, con grandes plantaciones de café, tabaco y cacao. Pronto se convirtió en un hombre opulento, alegre y liberal, franco y expresivo, como la mayor parte de la gente del País del Rayo, y trajo consigo a su esposa: una bellísima muchacha de la que estaba locamente enamorado…
— ¡Basta! —le ataja, airado, Uchiha.
—Perdón… No creí importunarle. Me sorprende que no recuerde a Shimura. Usted estaba en Uzushiogakure cuando los días de su desgracia…
— ¿A qué llama usted su desgracia?
—El principio de su desgracia fue la fuga de su esposa…
— ¿Qué trata de insinuar?
—No insinúo, amigo Uchiha… recuerdo. Shimura juró públicamente matar al hombre que se la había llevado, pero el nombre de aquél quedó en el misterio. Ella desapareció para siempre y Shimura se dio a todos los vicios: bebía, jugaba, buscaba la compañía de las peores mujerzuelas del puerto… Al fin perdió la finca y, totalmente arruinado, desapareció él también. Pero recordando, recordando, me viene a la memoria algo que me dijo un amigo…
El coche se ha detenido frente a la puerta de la casa del Shushō, mas Fugaku Uchiha no se mueve… Tenso, crispado, vuelto hacia el notario, parece esperar sus últimas palabras, que Chōza Akimichi pronuncia como a desgana, con una sutil insinuación resbalando de cada frase:
—Parece ser que el último pedazo de tierra que le quedaba era esa desnuda roca del Kēpu Akuma. Sobre ella, por sus propias manos, fabricó una cabaña, y allí es donde seguramente agoniza y desde donde le ha mandado llamar. ¿No le parece?
—Tiene usted la buena memoria más abominable que conocí jamás.
— ¡Por Dios, amigo Uchiha, es mi oficio…! Son tantas las historias que se escuchan cuando se manejan papeles de familia, que con frecuencia son el reflejo de dramas de alcoba. Por lo demás, Shimura fue un hombre interesante… Sus asuntos dieron mucho que hablar, y su desgracia…
—No me interesa su desgracia. ¡Nunca fui su amigo!
—A veces, con ser enemigo basta para interesarse.
— ¿Qué quiere decirme, Akimichi?
— ¿Me autoriza para que hable francamente?
— ¿Acaso no estoy pidiéndole que lo haga?
—Pues bien… creo que debería usted leer esa carta, e ir a ver a su enemigo Shimura, al Kēpu Akuma…
Fugaku Uchiha, nervioso, ha oído las palabras del notario, y con gesto de rabia estruja en su bolsillo aquella carta que el muchacho le entregara momentos antes. Luego sonríe, tratando de vestir de ironía la inquietud que apenas puede ya disimular:
— ¿No tenía tanto empeño en que llegásemos temprano a la fiesta del Shushō?
—Hasta hace media hora era lo más importante que tenía usted que hacer.
—Y ahora, ¿qué? ¿Le parece más importante que el Shushō y su fiesta, recoger el último aliento de ese vicioso, de ese borracho, de ese desdichado caído en todos los vicios, sólo porque una mujer le ha engañado?
—Era su esposa y él la amaba —responde Akimichi con suavidad—. Lo cubrió de vergüenza y él no logró jamás encontrarse con el agresor.
— ¡No lo encontró porque no quiso buscarlo! —salta Uchiha, con ira concentrada.
—Tal vez el otro supo ocultarse bien…
— ¿Piensa usted que era un cobarde?
—No, claro que no puedo pensarlo. Sin duda, era capaz de afrontarlo todo, todo, menos el escándalo. Por lo demás, tenía obligaciones graves, y Mikoto Shimura no lo ignoraba. Era casado… su esposa estaba a punto de darle un hijo… Yo no culpo a ese hombre, amigo Uchiha… Son pecados de hombre… Más grave me parece no acudir a la llamada de un moribundo…
— ¡Basta, Akimichi! Iré allá.
— ¡Por fin! Perdóneme por haber insistido tanto. Le conozco un poco, amigo Uchiha, y sé que hay cosas que no se las perdonaría usted jamás.
—Entonces, ¿quiere usted presentar mis excusas al Shushō?
—Con verdadero gusto, amigo mío.
—Pues vaya. —De pronto Uchiha exclama—: ¡Un momento…!
—No es preciso que me recomiende la discreción más absoluta —aclara Akimichi, comprensivo—. Es… mi oficio, amigo Uchiha.
La tormenta ha terminado. El mar está casi tranquilo, y un viento fresco, casi frío, llega con la proximidad del alba, barriendo las nubes.
El frágil bote, que resistió la tempestad, encalla en la arena de una profunda grieta, tallada en la roca viva por los golpes del mar, y otra vez salta el muchachuelo metiéndose en el agua para sacar a tierra la barquilla, dejándola a salvo. Luego, sus pies descalzos, endurecidos por la intemperie, trepan por los peñascos afilados, primero con agilidad de felino, después más lentamente, como si no quisieran llegar hasta el lugar a donde van… Ya en lo alto del farallón de rocas, parece como si fuesen de plomo… se detienen a cada instante, tiemblan como si fueran a tomar otro rumbo, y al fin llegan hasta el hueco sin puerta, entrada de la mísera cabaña que es la única habitación, humana en el Kēpu Akuma.
Una voz de enfermo, cargada de rencor, pregunta:
— ¿Quién es?
—Soy yo: Sasuke…
— ¡Sasuke no Akuma!
Del camastro donde yace, con febril esfuerzo se ha incorporado un hombre que más parece, un despojo humano: la piel sobre los huesos; las mejillas hundidas; sucios, crecidos y revueltos el cabello y la barba… la boca, un hueco crispado de dolor… por vestidos, unos sucios andrajos. Inspiraría compasión profunda si no fuese por su mirada: ardiente, audaz, desafiadora, cargada de odio, relampagueante de rencor, como cargadas de odio y amargura suenan cada una de sus palabras.
— ¿Y el perro que te mandé buscar? ¿Viene contigo? ¿Dónde está? ¿Dónde está el maldito Fugaku Uchiha? ¡Corre… llámalo! Tráelo, dile que pase… ¡Un poco más y no puedo aguardarle!
—No vino conmigo —se excusa el muchacho.
— ¿No…? ¿Por qué? ¿No hiciste lo que te dije, maldito? ¿No llegaste a su casa? No me obedeciste, ¿eh? ¡Ahora verás…!
Ha tratado de levantarse, pero cae de nuevo sin fuerzas, para quedar inmóvil, extenuado, los ojos vidriosos… El muchacho le mira impasible, se acerca paso a paso, con una expresión extraña en sus profundos ojos altaneros, y afirma:
—Sí, llegué a su casa…
— ¿Y le diste la carta?
—Sí, señor, en la mano.
— ¿Y no vino después de leerla?
—No la leyó. Dijo que no conocía a nadie que se llamara Shimura…
— ¿Dijo eso el perro?
—Y se fue en coche a una fiesta donde lo estaban esperando.
— ¡Maldito! ¿Y tú qué hiciste entonces? ¿Qué hiciste?
— ¿Qué iba a hacer? Nada.
— ¡Nada…! ¡Nada! Sabes que me estoy muriendo… sabes que necesito que venga, ¡y no haces nada! ¡Tenías que ser quien eres…!
— ¡Pero, padre…! —suplica el muchacho.
— ¡No soy tu padre! ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? No soy tu padre. ¡Cuando esa maldita volvió a buscarme, cuando vino a buscar mi amparo, ya te traía en los brazos…! ¡No eres hijo mío! Si ella, además de engañarme, me hubiera robado un hijo mío, yo la habría matado. Pero no, volvió con el hijo de otro, con el hijo de ese canalla… ¡contigo!
— ¿Hijo de quién?
— ¿De quién…? ¿De quién? ¿Quieres saberlo? Para decírselo, lo mandé llamar. Hijo de él, de ése, del que se iba en coche a una fiesta mientras yo veo acercarse a la muerte… Del que me lo quitó todo, del que me lo robó todo, para darme, en cambio, a ti.
— ¡No entiendo… no entiendo!
— ¡Pues entiéndelo! Ese señor que te volvió la espalda, ese señor que te dijo que no me conocía… ¡es tu padre!
— ¿Mi padre…? ¿Mi padre…? —balbucea el muchacho en el paroxismo de la sorpresa.
—Pero no te preocupes… tampoco te conocerá ¡Qué asco!
—Señor Shimura… repítame eso. ¿Mi padre…? ¿Dijo usted que mi padre…?
—Tu padre es Fugaku Uchiha. ¡Díselo a todo el mundo, grítalo en todas partes! Tu padre es Fugaku Uchiha… A él le debes toda tu desgracia. Le debes la miseria, le debes la vergüenza, le debes tu desnudez y tu hambre… Le debes el insulto que han de echarte a la cara cuando seas hombre, porque él manchó a tu madre. Todo eso le debes… Y ahora, cuando lo llamo porque me estoy muriendo, porque vas a quedarte solo, se va a una fiesta donde lo están esperando.
Un sollozo se quiebra en su garganta, dejando paso a la ternura…
— ¡Sasuke… Sasuke, hijo mío…!
— ¡Señor…!
—Te aborrezco porque eres hijo suyo, pero hay algo con lo que puedes limpiarte, lavarte esa mancha… Cuando seas hombre, busca a Fugaku Uchiha y haz lo que yo no hice, lo que no tuve el valor de hacer: mátalo. ¡Mátalo! —Y como si en estas palabras hubiese puesto el último hálito de su vida, cae desplomado al suelo.
— ¡Señor… señor, señor! ¡Respóndame!
Lo ha sacudido en vano. ¡Danzō Shimura no responderá más!
Nadie en la costa; nadie en la honda grieta, entrada de la estrecha playa; nadie en los imponentes farallones de rocas en los que rudamente se estrella el mar; nadie en lo alto del promontorio del Kēpu Akuma; nadie en todo cuanto su vista inquisitiva alcanza… Ni alma viviente ni habitación humana… Sólo una cabaña miserable al amparo del negro promontorio que se adentra en el mar: el Kēpu Akuma.
Bien puesto tiene el nombre el abrupto paisaje, ahora más desolado bajo los espesos nubarrones grisáceos que envuelven las montañas… tan bajos, tan cerca de la tierra, como si quisieran también tragársela. Con paso firme, Fugaku Uchiha va hacia aquella cabaña y llama con estentórea voz:
— ¡Shimura!
El nombre suena hueco en la desnuda estancia sin puertas, sin ventanas, sin muebles casi… En el camastro se halla la forma rígida de un cuerpo que se destaca bajo una sábana, increíblemente limpia en aquel lugar… Impresionado, Uchiha musita:
—Shimura…
De un tirón ha bajado un poco la sábana para ver aquel rostro en el que la muerte puso ya su máscara, y apenas puede reconocer en él al hombre joven, sano y arrogante, que fue su rival… Hay manchones de canas entre los revueltos cabellos oscuros, entre la espesa barba que cubre las mejillas adelgazadas, y hay también una sombra de suprema paz sobre los párpados cerrados… Estremeciéndose, Fugaku Uchiha cubre aquel rostro, y retrocede un paso…
Ha llegado tarde, demasiado tarde… Aquellos labios lívidos ya no le entregarán el secreto que guarda… Callan para siempre… Pero la mano de Fugaku Uchiha palpa nerviosamente en sus bolsillos y extrae el arrugado sobre de aquella carta que aún no ha leído… La guardó como puede guardarse un veneno, un arma, una dormida sierpe emponzoñadora. Pero ahora, frente a aquel cadáver, rasga el sobre y da un paso hacia la ventana sin hojas, por la que penetra la luz lechosa del día que nace…
Con mis últimas fuerzas te escribo, Fugaku Uchiha, y te pido que vengas a mi lado. Ven sin miedo… No te llamo para intentar una venganza. Es tarde para que yo me cobre en sangre todo el mal que me has hecho y que le hiciste a ella. Eres rico y feliz, amado y respetado, mientras yo, hundido en la abyección y en la miseria, miro llegar la muerte como la única liberación posible. No he de repetirte cuánto te odio. Tú lo sabes. Si te matase con el pensamiento, te habría aniquilado; pero sólo yo mismo me he consumido poco a poco en la hoguera de este rencor que me cubre el alma…
Por un instante, Fugaku Uchiha ha interrumpido la lectura para contemplar la forma rígida que destaca bajo el lienzo blanco, sintiendo que la angustia le invade, que le es difícil respirar bajo el techo de aquella cabaña donde todo parece rechazarlo, y otra vez vuelven sus ojos a la lectura…
Me mata el odio más que el alcohol, más que el abandono… Y por odio he callado durante muchos años. Hoy quiero decirte algo que acaso pueda interesarte. Esta carta la pondrá en tus manos un muchacho. Tiene doce años y nadie se ocupó jamás de bautizarlo. Yo le llamo Sasuke, y los pescadores de la costa le dicen algo más: Sasuke no Akuma… Poco tiene de ser humano. Es una fiera, un salvaje… Lo crié en el odio… Tiene tu corazón malvado, y yo he dado, además, rienda suelta a todos sus instintos. ¿Sabes por qué? Voy a decírtelo por si no te decides a venir a escucharme: Es tu hijo…
La carta ha temblado en sus manos… Con ojos agrandados de angustia mira a todas partes, pero los renglones desiguales le atraen como letreros de fuego, y bebe de un sorbo el resto de veneno de aquellas palabras…
Si lo tienes delante, míralo a la cara… A veces es tu vivo retrato… Otras, se parece a ella… A ella… la maldita… Es tuyo… Tómalo… Tiene el corazón envenenado y el alma dañada de rencor. No sabe más que aborrecer… Si lo llevas contigo, será el peor castigo que puedas tener… Si lo abandonas, será un asesino, un pirata, un salteador de caminos, que acabará en la horca… Y es tu hijo… Tiene tu misma sangre… ¡Ésa es mi venganza!
Pálido de espanto primero, rojo de indignación un instante después, Fugaku Uchiha ha estrujado aquella carta, último mensaje de su rival vencido, de su enemigo inmóvil para siempre ya; triunfador en la muerte, tanto como en la vida fue derrotado… Con súbito impulso de irrefrenable cólera, ha ido hasta el camastro, descubriendo el rostro del cadáver, y le espeta, tembloroso de horror y de rabia:
— ¡Mientes! ¡Mientes! ¡Esto no es verdad! ¿Por qué no me esperaste con vida para obligarte a confesar? ¡Embustero! ¡Cobarde! ¡Como siempre fuiste, tenías que portarte, hasta el final! ¡Cobarde, sí… cobarde! Jamás me buscaste cara a cara… Jamás, como hombre, me pediste cuentas… Y ahora… ¿por qué no estás vivo? ¿Por qué no me aguardaste? —Ha retrocedido tambaleándose, cegado por un vaho rojo que forma en torno suyo como una atmósfera de irrealidad—. ¡Eres el más vil de los embusteros, pero no vas a alcanzarme con tu torpe venganza! ¡No! ¡No!
— ¡Señor Uchiha! —llama, suave, la voz de Chōza Akimichi.
— ¡Eso no es verdad! ¡Eso no es verdad!
— ¡Uchiha! —insiste Akimichi, acercándose—. ¡Uchiha!
— ¡Cobarde… Canalla…!
—Amigo mío… ¿pero está usted loco?
— ¿Eh? ¿Qué? —reacciona, por fin, Uchiha.
—Está usted enfermo, trastornado… Vuelva a la realidad…
—Akimichi… Amigo Akimichi…
—Cálmese, por favor… Cálmese…
Fugaku Uchiha se ha contenido con tremendo esfuerzo, alejándose del camastro donde yace el cadáver, mientras Chōza Akimichi se acerca respetuoso.
—Es un embustero… ¡Un embustero y un canalla…! —sentencia Uchiha con voz sorda.
—Ya no es nada, amigo mío, sino un triste despojo. Déjelo, y vamos…
— ¿Cómo está usted aquí? —interroga Uchiha, saliendo del marasmo de su estupor.
—Me pareció conveniente venir a buscarlo… Shin me dijo el camino que había usted seguido. Creo que llegué a tiempo… y usted, en cambio, demasiado tarde. Pero venga, vamos…
—Aguarde… Aguarde… ¿Dónde está el muchacho?
— ¿Qué muchacho?
—El que llevó la carta… ¿Dónde está?
—No sé… No he visto a nadie. Supongo que el desdichado Shimura vivía en la más absoluta soledad.
—El niño vivía con él… ¿Dónde está?
—Repito que no he visto a nadie, pero si usted se empeña… ¡Oh, mire…!
Uchiha se ha vuelto con viveza… Muy cerca del camastro, sentado en el suelo, tras los desvencijados muebles de la casa —una mesa y un par de sillas rotas—, está el muchacho que fue hasta Uzushiogakure llevando aquella carta, y arden con un extraño fuego sus ojos oscuros bajo el pelo enmarañado que le cubre la frente…
— ¿Qué haces ahí escondido, muchacho? —Indaga Akimichi—. Levántate… Levántate, que el señor te está buscando…
Sasuke se ha levantado lentamente, sin dejar de mirar a Fugaku Uchiha, que siente enrojecer sus mejillas bajo aquella mirada… Es una mirada que acusa, que condena… acaso que pregunta…
— ¿Estabas ahí? ¿Estabas ahí desde que yo entré? —Quiere saber Uchiha—. ¡Responde!
—Sí, señor —contesta el muchacho—. Ahí estaba…
— ¿Por qué te escondías? —pregunta Akimichi.
—No estaba escondido… Estaba ahí…
—Sin decir una sola palabra… —se queja Uchiha.
— ¿Y qué tenía yo que decir?
El muchacho se ha puesto de pie. Es alto para su edad, delgado y recio, inquieto y ágil como un animalillo montaraz, y Uchiha se vuelve a él, sujetándolo bruscamente por los brazos…
—Me has estado espiando, oyendo mis palabras… Sí, ¿verdad? ¿Conocías tú el contenido de la carta que llevaste?
— ¿Cómo?
— ¡Que si habías leído esa carta…! ¡Responde! —le apremia Uchiha, airado.
— ¡Oh, suélteme! Yo no lo estaba espiando… ¡Suélteme! No tiene por qué sujetarme… Tampoco leí la carta… No sé leer…
—Naturalmente, amigo Uchiha —interviene, conciliador, Chōza Akimichi—. ¡Qué ocurrencia! ¿Cómo va a saber leer este pobre muchacho?
— ¿Te había dicho él lo que me escribió en esta carta? ¡Responde la verdad! —Uchiha se dirige al muchacho, en tono amenazador.
—Ya he dicho que no —responde el muchacho.
—Por favor, amigo Uchiha —aconseja Akimichi—. Calma… Calma…
Fugaku Uchiha se ha alejado unos pasos, apretados los puños y trémulos los labios, mientras el notario mira bondadosamente al muchacho inmóvil, duro y hosco, y le pregunta:
— ¿A qué hora murió el señor Shimura?
—No sé… Hace tiempo ya…
— ¿No has avisado a nadie?
—Llegué hasta las cabañas de allá abajo… Allí me dieron esa sábana… Después me dijeron que vendrían los de la justicia… Pero yo no estaba espiando a nadie… —insiste con terquedad—. Ese señor dice…
—El señor Uchiha está nervioso por todo cuanto ha pasado. Tu actitud le pareció extraña, pero nada más. Ven acá… acércate un poco… Comprendo que tú también te sientes mal. ¿Qué eras tú del señor Shimura? ¿Amigo? ¿Pariente? ¿Criado?
El muchacho se ha erguido. Su mirada, como una flecha, se ha clavado en Fugaku Uchiha, que vuelve ya sobre sus pasos, mirándolo de frente. Un instante se cruzan en el aire aquellas dos miradas extrañamente iguales… y el notario, tras contemplarles, indaga con suavidad:
— ¿No sabes lo que eras del señor Shimura? Probablemente, vecino nada más… ¿Eres de la aldea de pescadores que está allá abajo?
—No… Yo vivo aquí… El señor Shimura era… Era mi padre…
—Efectivamente —suspira Uchiha—. Creo que este muchacho es hijo de Danzō Shimura y de su infortunada esposa. La enfermedad y el alcohol debieron enloquecer a Shimura en sus últimos tiempos… Ha debido decir tantas cosas extrañas, que el pobre muchacho está trastornado…
Su mano temblorosa ha querido posarse en la cabeza de Sasuke, que con un brusco movimiento lo esquiva. Luego, con gesto de desaliento, Uchiha sale lentamente de la cabaña, y Akimichi va tras él. Unos pasos más adelante se detiene y el notario interroga a su amigo:
— ¿Me permite preguntarle qué va usted a hacer?
—Haré que sepulten a Shimura con decencia. ¿Querría ocuparse de eso? —contesta Uchiha con tristeza, sereno, ya dueño de sus emociones.
—Naturalmente, si usted lo dispone…
—Pienso salir para mis tierras mañana, de madrugada…
— ¿Y el muchacho?
—Lo llevaré conmigo.
— ¡Ah…! ¿Pero querrá irse? No creo que ustedes hayan simpatizado.
—Confío en su buena maña para conquistarlo, Akimichi.
—Perdóneme una última pregunta. ¿Leyó, por fin, la famosa carta?
—La leí y la rompí en el acto. Sólo decía locuras y disparates. Por eso sé que Danzō Shimura estaba completamente loco. ¡Absolutamente trastornado!
Chōza Akimichi se ha llevado al muchacho, alejándolo un tanto de la cabaña, rumbo al camino que por otra vía comunica con la ciudad aquel paraje desolado. Han pasado las horas, y los oscuros y rutinarios trámites para dar sepultura al cuerpo de Shimura tocan ya a su fin. Sólo queda aquel último punto delicado que Fugaku Uchiha encargara a su diplomático amigo y notario.
—El señor Uchiha va a llevarte con él. ¿Sabes lo que eso significa? Te llevará a su casa, donde van a tratarte bien, donde hay toda clase de comodidades. Tu vida va a cambiar…
— ¡No… no quiero! —protesta el muchacho, huraño.
— ¿Que no quieres? No puedo creerlo. Seguramente no he logrado que entiendas mis palabras… El señor Shimura ha muerto. No te queda nada qué hacer por acá.
— ¡No quiero irme!
—No seas terco… Vas a una hermosa casa donde gozarás de todas las comodidades, donde vivirás como un ser humano. El señor Uchiha quiere ampararte, es muy bueno…
— ¡No! ¡No! ¡No es verdad! ¡No quiero ir con él!
—Pues tendrás que hacerlo, por las buenas o por las malas. No van a hacerte ningún daño… Al contrario… Pero será peor para ti que te lleven a la fuerza, metido en un saco como un mono salvaje.
— ¡Si me llevan a la fuerza, me escaparé!
—Y te volverán a atrapar… —dice el notario, afectuoso—. Pero ¿por qué eres tan terco, muchacho? Mira… ¿quieres que hagamos un trato? Yo voy a ir con ustedes; pasaré dos o tres días en Mangekyō, que es la hacienda del señor Uchiha. Si no quieres quedarte allí, cuando yo regrese para Uzushiogakure, te traigo.
— ¿Por qué no me deja con usted desde ahora? Yo sé trabajar en muchas cosas: cortar leña, cuidar caballos… Yo…
—Perfectamente. Te ocuparás de todo eso cuando volvamos a casa. Pero, por el momento, tienes que complacer al señor Uchiha. Te equivocas al pensar que no es bueno; es bueno y generoso, posee una linda casa de campo, su esposa es una bella dama, distinguida y amable, y tiene un hijo que poco más o menos tendrá tus mismos años. Seguramente te querrá para que estés con él, para que le acompañes en sus juegos y seas algo así como su pequeño lacayo. Lo vas a pasar bien, Sasuke.
—Yo prefiero quedarme con usted… o que me dejen solo.
—Solo no vamos a dejarte. Yo te llevo, y…
—Y me trae… Me trae después… me da su palabra… ¡Yo no quiero quedarme allá!
—Bien, hombre, bien. Te llevo y te traigo. Eres un ingrato con el señor Uchiha. Al menos, tienes que tratar de demostrarle tu gratitud por su buena voluntad. Anda, ve para el coche, que allí viene él y tengo que hablarle.
— ¿Qué pasa, amigo Akimichi? —pregunta Uchiha.
—Se resistió bastante, pero logré amansarlo con la promesa de ir yo con ustedes y traerle de regreso si no se halla a gusto. Él prefiere quedarse conmigo, y no lo tome usted a desaire. Es un muchacho raro, pero me temo que extraordinariamente inteligente a pesar de su aspecto rudo y salvaje.
— ¿Temer? ¿Por qué?
—Es una manera de hablar. Al fin y al cabo, siempre es preferible tratar con inteligentes que con brutos. Éste nos ha probado ser un valiente. El viaje que hizo anoche en ese bote, y con esa borrasca, precisa un temple que muchos hombres no hubieran tenido. Parece, además, altivo, reservado, con cierta dignidad natural. Nada de eso es común en quien vive como un mendigo. Se le ve cierta casta…
— ¡Deje en paz su casta! Lo recojo porque supongo que era lo que quería pedirme Shimura, pero nada más. A mi esposa no tenemos por qué darle detalles de nada de eso. La imaginación de las mujeres todo lo enreda. Espero que no se sorprenda usted demasiado si me oye contar alguna historia distinta referente al muchacho.
—Me temo que es usted quien va a enredarla, porque apenas se peine y se lave la cara, ese muchacho no podrá pasar por ningún mestizo. ¿Se ha fijado en que es un buen mozo? Sus grandes ojos recuerdan extraordinariamente a los de la infortunada Mikoto Shimura. ¿No se ha fijado?
Akimichi le ha observado, viéndole palidecer, apretar los labios… Luego, Fugaku Uchiha encoge los hombros, forzando el gesto despreocupado, al comentar:
—No he tenido tiempo de mirarle bien a la cara. De un modo o de otro, ya se arreglarán las cosas. Y en el peor de los casos, ¡todavía soy yo el que manda en mi casa!
— ¡Mamá, mamaíta! Por ahí viene ya papá. ¡Por ahí viene…!
Brillantes los ojos de alegría, un momento encendidas por la emoción las mejillas, habitualmente pálidas que enmarcan los rebeldes cabellos rubios, un muchacho como de doce años ha entrado en la alcoba de la señora Uchiha, que abre los ojos, incorporándose lentamente en la amplia hamaca en que descansa.
— ¿Ya? ¿Es posible? ¡Pero si no lo esperaba yo hasta el sábado!
Samui Uchiha tiene una belleza delicada y frágil… grandes ojos de color turquesa, cabellos rubios, suaves y ondulados como los del muchacho, y, como éste, pálidas mejillas de color ámbar.
Un momento ha desaparecido su gesto doliente ante la noticia que acaba de traerle su hijo. Y ya de pie, da unos pasos apoyándose en los delgados hombros de éste.
— ¿Estás seguro que es tu papá quien llega?
—Pues claro, mamá, Shisui vino corriendo a avisar. Dice que desde lo alto de la loma vio a papá en su caballo blanco, y detrás los tres coches de la caravana. A lo mejor vienen llenos de regalos…
—¿Para ti?
—Para ti, mamaíta. Si ha llegado barco del País del Fuego, papá te traerá de todo: telas de seda, perfumes, bombones y todas esas cosas que siempre te trae. Yo le pedí un reloj de bolsillo. ¿Me lo traerá?
—Seguramente, hijo. Pero llama a mis doncellas… A Kurenai, a Anko… a la primera que encuentres. Tengo que peinarme, que vestirme…
— ¡Señora, señora…! Dicen que el señor está llegando para acá —exclama Anko, la doncella, irrumpiendo en la alcoba.
— ¿Tú ves? ¿Tú ves, mamaíta? ¡Ya está aquí!
— ¡Jesús! Ayúdame a peinarme Anko. De cambiarme de ropa no hay tiempo, pero…
—La señora está, como siempre, linda y arreglada.
No miente la doncella. Como siempre, la señora Uchiha está impecable. Un fino traje blanco adornado con amplios encajes, medias de seda, zapatos de tacón Luis XV y un fino aderezo con el que muy bien podría presentarse en cualquier centro elegante de su tierra natal. Sin embargo, sólo está en la gran casa, centro de las plantaciones de Mangekyō, mansión enorme y sólida, de amplísimas estancias suntuosas, grandes lámparas y pisos brillantes como espejos; tan lujosa, tan señorial, con sus lunas de Venecia y sus consolas doradas, que resulta anacrónica en el corazón de aquella isla apartada, tórrida y salvaje; pero es digna morada de la frágil dama que avanza paso a paso sobre el pulido parquet, una mano apoyada en el brazo de su doncella favorita, otra sobre la dorada cabeza de aquel hijo único tan extraordinariamente parecido a ella.
— ¡Ahí está papá! —grita el muchacho, alejándose alborozado. Ha corrido al encuentro del jinete que ya se detiene frente a la entrada principal y desmonta de un salto del brioso caballo, arrojando las riendas a la media docena de sirvientes que han acudido para atenderle y saludarle. Y desde la semipenumbra de la ancha galería, Samui Uchiha contempla, con ojos de celosa enamorada, la figura varonil, altanera y gallarda, ante la que todos se inclinan, porque el amo de Mangekyō es soberano indiscutible de la tierra que pisa.
— ¿Me trajiste el reloj, papá?
—No, hijo. No tuve tiempo de buscarlo.
— ¿Y la caja de colores? ¿Y las cuerdas para mi mandolina?
—Lo siento, pero en este viaje no hubo tiempo para buscar nada.
—Fugaku… —murmura Samui, acercándose a su esposo.
—Samui… ¿cómo estás? —indaga el Uchiha, afectuoso y tierno.
—Como siempre… Pero dejemos mis achaques. ¿Cómo es que has regresado tan pronto? Todavía no te esperábamos…
—Supongo que no te disgusta el que haya adelantado mi regreso —contesta el hombre en tono jovial.
— ¿Disgustarme? ¡Qué cosas dices! Es una sorpresa gratísima; pero una sorpresa, al fin y al cabo. ¿Qué pasó? ¿No llegó la fragata que esperaban? ¿Suspendieron las fiestas preparadas en honor del Sannin Jiraiya? ¿O acaso le traes tú?
— ¡Oh, no, no! Ni siquiera he visto al Sannin Jiraiya.
— ¿Qué ha pasado? ¿Alguna desgracia? El tiempo ha estado terrible estos últimos días…
—No, ninguna desgracia. La fragata entró sin novedad y las fiestas deben estarse celebrando.
—Pero…
—No me interesó quedarme a ellas, Samui. Eso es todo.
—Pensé que te agradaría departir con un compatriota ilustre. Seguramente traerá cosas interesantes qué contar. Podríamos tener noticias…
— ¿Chismes de salón o intrigas políticas? ¿Para qué puede servirnos aquí, querida? Estamos a siete mil millas del País del Fuego y hasta el sol nos alumbra a distintas horas.
—No por eso podemos olvidar a nuestra patria —le reprocha Samui.
—Mi patria es ésta, querida. Porque aquí está mi casa, está mi hijo y estás tú. En esta isla, que sólo para tu salud ha sido inhospitalaria. ¿Pero no sientes curiosidad en ver lo que te traigo?
—Se ha vuelto hacia el macizo de flores que envuelve la escalinata, entrada principal de aquella mansión, donde acaban de detenerse los tres carruajes que forman la caravana que le seguía. Uno totalmente vacío, del otro descienden ya sus servidores particulares, y del tercero, que es el más próximo, baja Chōza Akimichi casi arrastrando al hosco muchacho que ha sido su compañero de viaje. Las finas cejas de la señora Uchiha se juntan en un gesto de extrañeza que es casi, casi de disgusto, al comentar:
—Chōza Akimichi… ¿Pero a quién trae?
—A alguien que puede entretener tus ratos de ocio y los de nuestro hijo Naruto. —Explica Fugaku.
— ¡Un muchacho! —Salta, alegremente, Naruto—. ¡Me trajiste un amigo, papá!
—Justamente. Has dicho la palabra exacta. Te he traído un amigo. Me agrada mucho que lo hayas entendido en el primer momento. Un amigo, un compañero…
— ¿Pero qué estás diciendo Fugaku? —interrumpe Samui, con disgusto reprimido.
—Traiga usted a Sasuke, Akimichi—le indica a éste, el Patriarca.
— Señora Uchiha —saluda Chōza Akimichi, aproximándose—, es un gran honor para mí el poder presentarle mis respetos. —Luego, dirigiéndose a Naruto, exclama—: ¡Hola, buen mozo!
—Buenos días, señor Akimichi—corresponde Naruto
—Éste es Sasuke… —explica Uchiha, presentándolo.
— ¿Sasuke? ¿Sasuke qué? —quiere saber Samui.
—Por el momento, Sasuke a secas. Es un huérfano desamparado, para el que espero no falte un rincón en esta casa tan grande.
—Sasuke… a secas, ¿eh? —recalca Samui, con retintín.
—También me llaman Sasuke no Akuma —aclara el hosco muchacho, imperturbable.
—Jesús, María y José —se escandaliza la doncella persignándose.
Hay un momento de estupor general, y también alguna risa ahogada, cuando Akimichi, mundano, interviene:
—Excúselo, señora.
—El diamante todavía está sin tallar.
—Ya lo veo… Y sin separarlo de la broza —dice la señora de casa, en tono mordaz—. Los caballeros son una verdadera calamidad. A ninguno de los dos se les ha ocurrido bañar a este muchacho antes de meterlo en el coche.
—Es un olvido que puede remediarse —explica Fugaku, conteniendo su manifiesto disgusto—. Hazte cargo de él, Anko. Llévalo al baño, arréglalo, péinalo y ponle ropa limpia de Naruto.
— ¿De Naruto? —se extraña Samui.
—No creo que ya pueda usar la mía.
—Ni cabe en la de mi hijo.
—Todo puede compaginarse —interviene Akimichi, conciliador—. Seguramente no faltará ropa de alguien que pueda servirle.
—La negra Karui es la encargada de la ropa de los jornaleros —aclara despectiva la señora Uchiha—. Pídele una camisa y unos pantalones para este muchacho, Anko.
—Yo tengo un traje que me queda grande, mamá —ofrece Naruto—. Todavía no lo he estrenado, precisamente por eso. Es el de paño azul…
—Lo mandaron de regalo tus tíos desde Konohagakure —se opone Samui con creciente disgusto.
—Se lo ha ofrecido de buena voluntad —comenta el patriarca en tono suave, pero con determinación—. No le cortes el impulso generoso, Samui. Nuestro Naruto tiene ropa para vestir a diez muchachos. Ve con Sasuke y con Anko, hijo, y piensa que para él éste es un mundo nuevo por el que tú vas a guiarlo. —Volviéndose a su esposa, le suplica con amabilidad—: Tú ven conmigo, querida. Yo también voy a ponerme un poco más presentable. —Y alzando la voz, llama al criado—: Shin… Lleva al señor Akimichi a la habitación que suele ocupar y encárgate de que nada le falte.
—Por mí no se molesten —se disculpa Akimichi—. Me considero de la casa.
—Y lo es. Dentro de media hora, Samui nos hará servir un aperitivo que tomaremos juntos antes de sentarnos a la mesa, ¿verdad? Hoy te veo muy bien, tienes muy buena cara, Samui… Seguramente podrás acompañarnos y será un gran placer para nosotros. La mesa es otra cuando tú nos acompañas…
Ha salido Chōza Akimichi, seguido por el criado, y quedan solos los esposos Uchiha. Samui no puede ocultar los celos que le corroen el alma, al preguntar:
— ¿Quién es ese muchacho?
—Samui querida, cálmate…
—Y tú respóndeme… ¿Quién es ese muchacho? ¿De dónde lo sacaste y para qué le has traído aquí? ¿Por qué no me contestas?
—Voy a contestarte, pero por partes. Se llama Sasuke y es un huérfano…
—Eso ya lo dijiste —le interrumpe su esposa, nerviosa—, y es lo único que sé. Se llama Sasuke no Akuma… una respuesta bastante insolente de su parte, cuando nadie le preguntaba nada.
—No hay insolencia en su respuesta, Samui. Se trata del apodo que seguramente le daban los pescadores, por el lugar en que estaba ubicada la cabaña de sus padres.
— ¿Qué lugar era ése?
—Bueno… cerca de lo que llaman el Kēpu Akuma. —Fugaku intenta restarle importancia—. Hay allí una aldea de gentes muy humildes, muy pobres, que remiendan redes y componen barcos. Entre esa pobre gente.
—Entre esa pobre gente hay muchos huérfanos, hay muchos muchachos mendigos y miserables en los arrabales de Uzushiogakure. Jamás se te ocurrió traer a ninguno, y mucho menos dárselo a tu hijo como amigo… como hermano, diría yo.
— ¡Samui!
— ¡Es la forma en que has traído a ese pordiosero! —Exclama la mujer, arrebatada ya por la ira—. Y creo que tengo derecho a preguntarte: ¿por qué lo traes así? ¿Qué tienes tú qué ver con él? ¿Por qué no puede vestirse con ropa de los jornaleros, y pretendes que estrene los trajes de Naruto? ¿Por qué ha de ser nuestro hijo quien tiene que darle la bienvenida, y es en esta casa donde hemos de encontrarle un rincón, habiendo cien barracones de jornaleros donde siempre cabe uno más?
—Siempre te tuve por mujer de nobles y generosos sentimientos cristianos, Samui.
—No me falta la caridad para los desgraciados, y más de una vez te pareció excesiva.
—Cuando se trataba de desmoralizar a los que son mis servidores, a los que por fuerza tengo que hacer que me conozcan como señor y amo. No puede manejarse una hacienda, que es como una provincia, sin el respeto absoluto a una autoridad, sin disciplina y sin castigos que obliguen a respetarla. Por eso discutimos en más de una ocasión. En este caso…
—En este caso, todo es diferente. Lo sé, lo veo y lo palpo. No es una obra de caridad lo que estás haciendo. Es una obra de reparación. Ese muchacho te importa por ti mismo. Te importa mucho… demasiado…
—Pues bien, Samui… Sí… Voy a decirte la verdad. Ese muchacho es el hijo de un hombre con el que yo me porté mal. Un hombre que se arruinó por culpa mía. Ha muerto dejándolo en la más espantosa miseria. Creo un deber de conciencia ampararlo. —Duda un momento—. ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras de ese modo? ¿Es que no me crees?
—Me parece muy extraño. Has arruinado a muchos, y no trajiste sus hijas a casa… Mejor cabría pensar la historia de otro modo. ¡Ese muchacho es el hijo de una mujer a la que tú has amado!
Con esa acusación recta y precisa, como un venablo disparado contra la fría coraza de indiferencia con que en vano pretende revestirse Fugaku Uchiha, han ido las palabras de Samui dando justamente en el blanco. Por un momento ha parecido a punto de estallar en uno de sus arranques de violenta cólera. Luego, lentamente, se ha dominado, porque aquella mujercita rubia y frágil, doliente como una flor de estufa, es la única persona que parece tener la facultad de amansar en él los ímpetus bravíos, de resolver sus tormentas en una sonrisa o en un gesto ambiguo que cuaja después en forzada actitud galante.
— ¿Por qué te empeñas en pensar siempre lo que más pueda mortificarte?
—Pienso mal para acertar… y acierto, por desgracia.
—En este caso, no.
—En este caso más que en ninguno. ¿De qué amor es el fruto esa criatura? ¿Por qué no tiene nombre? Ese hombre a quien arruinaste, a quien quieres satisfacer recogiéndole el hijo, ¿qué apellido tenía? ¿Cómo se llamaba?
—Bueno, el caso es que el muchacho es hijo natural de este hombre de que hablo, que no llegó a darle el apellido… Se descuidó, son cosas que pasan. Al prometerle hacerme cargo de él, tranquilizaba, además, su conciencia. Y no querrás que falte a la promesa que hice a un hombre que murió bendiciéndome, sólo porque en esa linda cabecita le ha entrado una idea tan descabellada como la que acabas de manifestar.
—No vas a ablandarme con historias sentimentales…
—Entonces tendré que concretar las cosas: he prometido, he jurado ayudar al muchacho… No creo que pueda molestarte en lo más mínimo. Yo mismo me encargaré de educarlo…
— ¿Cómo a otro hijo…? —insinúa amargamente Samui.
—Como un amigo y leal servidor de Naruto—corta, tajante, el Uchiha—. Le enseñaré a quererlo, a defenderlo, a prestarle su ayuda y su protección cuando llegue el caso.
— ¿Su protección?
— ¿Por qué no? Nuestro hijo no es fuerte ni audaz.
—Me lo echas en cara como si yo fuera la culpable.
—No, Samui, no quiero llevar esta discusión adelante, pero si hemos de considerar la verdad, nuestro hijo, por un exceso de cuidados y mimos de tu parte, no es lo que debiera ser para las luchas y responsabilidades que caerán sobre él el día de mañana. Ya te lo dije antes: le falta valor, fuerza, audacia. Tiempo es que comience a adquirirlas cuanto antes.
—Mi hijo irá a educarse al País del Fuego. No quiero que se haga hombre en este medio salvaje.
—Tengo para él proyectos contrarios: quiero que se haga hombre aquí, que conozca a fondo el terreno en que ha de desenvolverse, que sepa gobernar, el día de mañana, el pequeño reino que voy a legarle. Si hubiéramos tenido una niña, serías tú la que dijeras sobre ella la última palabra. Es un muchacho y necesito que se haga un hombre. Por eso hablo y mando.
— ¿Y ese chiquillo que trajiste…?
—Ese chiquillo es casi un hombre ya, y servirá a las mil maravillas para mi empeño. Me encargaré de enseñarle que todo se lo debe a Naruto y que es su deber dar la vida por él si es preciso. ¡Ésa será mi venganza!
— ¿Venganza de qué?
—Del destino, de la suerte, o como quieras llamarle. Te ruego que no hablemos más del asunto, Samui. Déjame a mí arreglar las cosas.
— ¡Júrame que lo que me has dicho es verdad!
—Puedo jurártelo. No te he dicho nada que sea mentira. Además, no estoy haciendo nada con carácter definitivo. Sólo trato de darle al muchacho una oportunidad de probar que vale la pena ayudarlo. De lo que él me demuestre ser, dependerá su porvenir. Si tiene en las venas la sangre que dice que tiene, sabrá demostrarlo.
— ¿Qué sangre?
— ¿Dan ustedes su permiso? —Es Chōza Akimichi, que llega en el preciso instante en que la situación se hace ya insostenible entre los esposos.
—Adelante, Chōza—invita Fugaku, aspirando profundamente y agradeciendo en su fuero interno la llegada de su amigo—. Llega usted en el momento oportuno de que tomemos ese aperitivo de que hablé antes. No te molestes, Samui. Yo mismo ordenaré que lo traigan. —Y al decir esto se aleja, dejando solos a su esposa y a Chōza.
Samui ha hecho un vago ademán de detenerle, tensa el alma en la respuesta no obtenida a sus últimas palabras, pero queda inmóvil, turbada por aquella mirada con que Chōza Akimichi parece envolverla, adivinando hasta sus más recónditos pensamientos.
—A veces vale más no ahondar demasiado en las cosas, ¿verdad? Admitir, sin profundizar demasiado, que hasta los mejores hombres tienen, caprichos, debilidades y cometen errores lamentables, que con un poco de indulgencia pueden disimularse, evitando males mayores.
— ¿Qué trata de decirme, señor Akimichi?
—En concreto nada, señora. Hablaba por hablar, como hablo muchas veces; pero mientras cruzaba esta preciosa casa, para acercarme aquí, pensaba que son ustedes un matrimonio realmente dichoso y que conservar esa felicidad merece cualquier pequeño sacrificio de amor propio.
— ¿Para qué me está preparando, Akimichi?
—Para nada, señora... ¡qué ocurrencia! Es usted demasiado sensata para necesitar de un consejo mío, más si por casualidad me preguntara cuál es en mi opinión la mejor forma de llevarse con el señor Uchiha, yo le respondería que esperara. Mi padre, que fue notario de los Uchiha, en Konohagakure, me decía siempre: «La cólera de un Uchiha es como un huracán: violenta, pero pasajera». Oponerse a ella en el momento del arrebato, es una verdadera locura. Pero pronto pasa, y entonces es el momento de reparar lo que destrozaron...
— ¿Ves que bien estás? Pareces otro. Mírate en el espejo —dice Naruto a Sasuke.
— ¿El espejo…?
—El espejo, claro… Aquí. Mírate. ¿No habías visto nunca un espejo?
—Tan grande, no. Es como un pedazo de agua quieta.
—No le pases la mano, que lo empañas —prohíbe Shin, el criado—. ¡Habrase visto el salvaje…!
—Déjale en paz. Papá dijo que no lo molestara nadie.
— ¿Y quién lo está molestando? ¿Qué más quiere él?
Sasuke ha retrocedido un paso para mirarse de pies a cabeza en el espejo que tiene delante. Es, efectivamente, como un gran trozo de agua quieta que le devuelve entera su imagen… una imagen en la que parece otro, aunque es la primera vez, en los doce años de su vida, que puede contemplarse como ahora lo está haciendo. Hay un gran asombro de sí mismo en la oscura mirada. Aunque tiene la misma edad que Naruto Uchiha, es bastante más alto; su cuerpo, delgado y musculoso, tiene agilidad de felino; sus manos son anchas y fuertes, casi como las de un hombre; su frente es amplia y altanera, y sus rebeldes cabellos negros, ahora peinados hacia atrás, la dejan libre, dándole un vago parecido con el señor de Mangekyō; la nariz es recta; la boca, firme y apretada en gesto amargo, que haría demasiado duro aquel rostro infantil sin los grandes ojos negros, aterciopelados… aquellos admirables ojos, iguales a los de Mikoto Shimura.
—Ahora, ven para que te vean papá y mamá.
— ¿Con el señor…? ¿Con la señora…?
— ¡Pues claro! El señor y la señora son papá y mamá.
—Para ti, pero no para éste —interviene Shin, despectivo—. Yo creo que no debes llevarlo al salón.
¿Por qué no? Papá me dijo que tenía que enseñarle toda la casa, mis libros, mis cuadernos, mis trebejos de pintar, mi mandolina y mi piano.
—Enséñale todo lo que gustes, más si no quieres disgustar a la señora, no lo lleves al salón, ni a su cuarto, ni a donde ella pueda mirarle. ¿Entendiste? Y tú, entiéndelo también: si quieres quedarte en esta casa, no te pongas por delante a la señora.
Solo, en aquella aislada habitación que es a la vez biblioteca y despacho, Fugaku Uchiha ha vuelto a leer la carta que hundiera, arrugada, en sus bolsillos. La ha leído lentamente, desmenuzándola, deteniéndose en cada palabra, tratando de penetrar hasta el fondo cada una de sus frases. Después va hacia la pared central y, apartando unos libros, busca en el fondo de un estante la puerta disimulada de una pequeña caja de hierro, y arroja allí el papel, como si le quemara las manos.
— ¡Eh! ¿Quién anda ahí? —indaga al oír cerrarse, cautelosamente, una puerta.
—Yo, papá.
—Naruto, ¿qué haces escondiéndote en mi despacho?
—No estaba escondiéndome, papá. Entraba para darte las buenas noches…
—En todo el día no había vuelto a verte. ¿Dónde estabas?
—Con Sasuke…
—Podías haberte acercado con Sasuke. ¿Cómo le quedó, por fin, tu traje?
—Como hecho para él. A mí me quedaba grande, muy grande. Lo que no le sirvieron fueron mis zapatos. Se lo mandé decir a mamá con Shin, mas ella dijo que no importaba que estuviera descalzo. Pero eso es feo, ¿verdad?
—Sí, muy feo. ¿Dónde está ahora Sasuke?
—Lo mandaron acostarse.
— ¿Dónde…?
—En el último cuarto del patio de los criados —explica el muchacho, en tono compungido—. Shin dijo que así lo mandaba mamá.
— ¡Ya! ¿Y por qué no te acercaste a mí en todo el día?
—Porque andaba con Sasuke, y Shin dijo que mamá no quería que Sasuke se le pusiera por delante. Y como tú has estado todo el día con mamá… Claro que tú me habías mandado llevarlo por toda la casa, mas como dijo eso Shin… ¿Hice mal?
—No. Tienes que obedecer a tu madre, como es natural.
— ¿Y a ti no?
—A mí más que a nadie —contesta el Uchiha, tajante—. Mañana nos pondremos de acuerdo tu madre y yo. Ahora, ve a acostarte. Buenas noches…
—Buenas noches, papá.
—Aguarda… ¿Qué te parece Sasuke?
—Me encanta.
— ¿Te has divertido con él? ¿Has jugado? ¿Le has enseñado tus cosas?
—Sí, pero no le gustaron. Estaba muy serio y muy triste. Después salimos al jardín… nos fuimos más allá, y entonces comenzó lo bueno: Sasuke sabe montarse en los caballos sin ensillarlos, y tirar piedras, tan fuerte y tan alto, que alcanza a los pájaros que van volando… Y caza lagartijas y sapos. Cogió viva una serpiente con una horqueta que hizo de un palo, y le dio vuelta y la metió en una caja. Y no lo mordió, porque él sabe cómo agarrarla. Me dijo que si tuviéramos un bote iba yo a ver cómo se pesca… porque él sabe tirar las redes y sacar peces.
—Me lo imagino. Supongo que ése fue su oficio.
— ¿De veras, papá? ¿No es mentira que él puede andar solo en un bote por el mar?
—No es mentira… pero sigue contándome. ¿Qué más pasó con Sasuke?
—Se burlaron de él en la barranca porque andaba descalzo y con mi traje de paño azul… Le dio una trompada al que estaba más cerca, el cual era más grande que él, y lo tiró de espaldas. Los demás se fueron. Pero no vas a castigarlo, ¿verdad, papá?
—No. Hizo lo que me gustaría que tú hicieras si se rieran de ti alguna vez.
—Pero de mí no se ríe nadie… Se quitan el sombrero cuando paso, y si los dejo, me besan la mano.
Fugaku se ha puesto de pie con gesto extraño. Ha acariciado la rubia y desordenada cabellera de su hijo; lo empuja suavemente hasta la puerta del despacho y lo despide:
—Vete a dormir, Naruto. Hasta mañana.
Fugaku Uchiha ha cruzado su enorme casa, llevando en la mano una pequeña lámpara de petróleo, ha atravesado el patio de los criados hasta llegar a la entornada puerta de aquel último cuarto, donde sobre un jergón de paja, rendido por las duras emociones del día, duerme el pequeño Sasuke.
Un instante alza la luz, iluminándolo. Mira el pecho desnudo, la cabeza bien formada, el rostro de nobles y regulares rasgos… Así, con, los ojos cerrados, parece borrarse en él el parecido maternal, y los duros rasgos de la raza paterna destacan en el rostro infantil…
— ¡Hijo! ¿Hijo mío…? ¡Quizás… Quizás…! —Una duda sutil y penetrante, una duda que al brotar parece romper en su corazón algo duro y frío, subiéndole del pecho a la garganta, como puede subir la lengua quemante de una llama, ha inundado el alma de Fugaku Uchiha. Solo, contemplando a aquel niño que duerme, ha sentido por fin el impulso buscado en vano desde antes… Puede que Shimura no mintiera, puede que fueran verdad sus últimas palabras… Y, por primera vez, no es un sentimiento indefinible, mezcla de curiosidad y rencor, lo que le llena el alma. Es como un hondo orgullo, como una profunda satisfacción, un violento deseo de que, en verdad, sea de su propio tronco aquélla rama robusta, ruda y audaz, síntesis ardiente de su espíritu de aventura y de combate. Cualquier hombre podría estar orgulloso de pensar hijo suyo a aquel muchacho extraordinario, endurecido como un hombre frente a la desgracia, y la pregunta se hace afirmación en sus labios:
— ¡Hijo mío! ¡Sí! ¡Hijo mío…!
Con emoción que le hace temblar, descubre los rasgos iguales: la frente recta y altanera, las cejas oscuras como el cabello, el enérgico mentón cuadrado y duro, los largos brazos musculosos, el pecho alto y ancho… y, por contraste doloroso, piensa en Naruto, rubio y frágil, aun cuando brilla en sus ojos azules la mirada de una inteligencia superior; en Naruto, tan igual a su madre, heredero legal de su fortuna y su apellido, su único hijo ante el mundo…
— ¡Fugaku! —Le interpela Samui con voz alterada, penetrando en el humilde recinto—. ¿Qué pasa? ¿Qué haces aquí? ¿Qué significa esto?
—Soy yo el que puedo preguntarte —dice el Uchiha, rehaciéndose de la sorpresa—. ¿Qué significa esto, Samui? ¿Por qué no estás ya descansando?
— ¿Puedo acaso descansar, cuando tú…?
—Cuando yo, ¿qué? ¡Acaba!
—Nada… pero quisiera saber desde cuándo vas tú, con una lámpara, comprobando y velando el sueño de los criados.
— ¡No es un criado!
— ¿Qué es? ¡Dilo de una vez! ¡Dilo!
— ¿Eh? ¿Qué? —Es Sasuke que despierta a causa de las alteradas voces—. El señor Uchiha… La señora…
—No te muevas… quédate donde estás… Duerme… descansa… y mañana ve a buscarme en cuanto te levantes —le aconseja Uchiha.
— ¡Para que me hagas el favor de llevártelo de esta casa!
— ¡Calla! ¡No vamos a hablar delante del muchacho!
Bruscamente la ha tomado del brazo, obligándola a salir al patio, encendidos los ojos con aquel arrebato de cólera violenta que le es tan peculiar, y con ira a duras penas contenida, la acusa:
— ¿Es que has perdido el juicio, Samui?
— ¿Crees que me falta razón para perderlo? —Se exalta la esposa—. ¿Crees que no tengo motivos para estar desesperada? ¡Estabas ahí, viéndole dormir, contemplándole como nunca miraste a nuestro Naruto!
— ¡Basta, Samui, basta…!
— ¡Ese niño es tu hijo! No puedes negarlo. Es tu hijo. Tu hijo… y de alguna de esas perdidas con las que siempre me has engañado. ¿De qué charca lo sacaste para traerlo a mi hogar, para darlo por compañero a mi hijo?
— ¿Vas a callarte?
— ¡No! ¡No me callaré! ¡Que me oigan los sordos! ¡Porque no voy a tolerarlo! ¡Es hijo tuyo y no lo quiero aquí! ¡Sácalo de esta casa! ¡Sácalo, o seré yo la salga con mi hijo!
— ¿Quieres dar un escándalo?
— ¡No me importa! ¡Saldré para Uzushiogakure! El Shushō…
— ¡El Shushō no hace sino lo que a mí me dé la gana! —asegura el Uchiha bajando el tono de voz, que lo vuelve más amenazador—. ¡Vas a hacer el ridículo!
—El Sannin Jiraiya fue amigo de mi padre, conoce a mis hermanos… ¡El tendrá que ampararme! ¡Porque yo…!
— ¡Calla! ¡Calla!
— ¡Papá…! ¿Qué le haces a mamá…? —grita Naruto, acercándose angustiado.
Fugaku ha soltado el cuello blanco que ya locamente apretaban sus manos; ha retrocedido tambaleante, mientras su hijo le hace frente con impulso fiero:
— ¡No la toques! ¡No le hagas daño, porque yo… yo…!
— ¡Naruto! —reprende el padre.
— ¡Yo te mato si tú le pegas a mamá!
El Uchiha ha retrocedido aún más, apagada de pronto su rabia, totalmente desconcertado… Un momento mira sus manos que llegaron hasta el cuello de Samui, luego, bruscamente, vuelve la espalda y se pierde entre las sombras…
— ¡Naruto!… ¡Hijo!… —exclama Samui, rompiendo a llorar.
—Nadie te hará daño, mamá. Nadie va a hacerte nunca daño. Al que te haga daño, ¡yo lo mato!
— ¿Qué es eso? ¿El señor Uchiha…? —Es Akimichi, el notario, quien hace la pregunta a Shin, el criado.
—Sí… Es el caballo blanco del amo… El diablo anda suelto en esta casa desde que llegó ese maldito muchacho.
— ¡Calle! ¡Calle! ¡Algo ha tenido que pasar…!
Chōza Akimichi ha salido apresuradamente de la lujosa alcoba donde le han instalado. No le basta mirar por la ventana. Sale al ancho portal que rodea la casa, baja las escalinatas de piedra, sigue con ojos sorprendidos la blanca silueta de aquel caballo que a la luz de la luna se pierde ya sobre los campos, y exclama:
— ¡Señor… Señor…! ¡Pero qué barbaridad!
Otros ojos han visto alejarse la arrogante figura que es Fugaku Uchiha sobre su caballo favorito. Otros ojos infantiles, abiertos de sorpresa, acaso de espanto. Es Sasuke. Todo lo ha oído desde aquel último cuarto del patio de los criados, y ahora, fuera ya de la casa, corre como trastornado hasta que una mano cae sobre su brazo, reteniéndole rudamente…
—Y tú, ¿a dónde vas? —Inquiere Shin—. A dónde vas, te estoy preguntando…
—Yo iba… Yo…
—No tienes que ir a ninguna parte sino a la cama, a donde te han mandado hace ya dos horas…
—Es que el señor Uchiha…
—No te importa lo que haga el señor Uchiha.
—Pero la señora Samui…
—Esa menos te importa lo que haga.
—Es que yo vi, yo oí… Yo no quiero que por culpa mía…
—En lo que pase por culpa tuya, tampoco te tienes que meter. Tú no te gobiernas ni te mandas. Te han traído para que obedezcas y para que te calles. Anda a tu cuarto. Anda a tu cama, si no quieres que te lo diga de otra manera. ¡Anda! —Le ha dado un rudo empujón, metiéndolo en el cuarto, y cerrándolo con llave.
— ¡Ábrame! ¡Ábrame! —grita el muchacho, golpeando con fuerza la puerta.
— ¡Cállate, condenado! Ya te abriré cuando venga el amo. ¡Cállate!
—Anko, necesito hablar inmediatamente con la señora.
—La señora no quiere ver a nadie, señor Akimichi. Tiene la jaqueca… y cuando la señora tiene la jaqueca, no quiere ver a nadie.
La voz lenta, sin modulaciones, empalagosa y recargada de la doncella favorita de la señora Uchiha, se extiende como blanda barrera deteniendo el ímpetu del notario, que iba a cruzar ya bajo los cortinajes que dan entrada a las habitaciones privadas de Samui.
—Lo que tengo que decirle es importante —porfía Chōza Akimichi.
—La señora no oye a nadie cuando le duele la cabeza. Dice que cuando le hablan, le duele más. Además, es muy temprano.
—Anúnciame, dile que es urgente, y ya verás cómo me hace pasar.
La doncella ha sonreído mostrando su dentadura blanca, mientras mueve la cabeza adornada con una diminuta cofia de encaje a la moda francesa. Suave y tozuda, terca y mansa, parece tener el don de agotar la paciencia del notario.
— ¿No has oído que avises a tu señora? ¿Por qué te quedas ahí parada?
—Para avisarle a la señora tengo que hablarle, y la señora no quiere que le hablen cuando le duele la cabeza…
— ¿Qué pasa…? —interrumpe Samui, saliendo de su alcoba.
—Perdóneme, señora, pero es necesario que hablemos unos minutos… Es importante.
—Mucho debe serlo cuando viene usted a las seis de la mañana.
—Es que el señor Uchiha no ha regresado desde anoche en que salió a caballo.
— ¿No ha regresado?
—No, señora, y nadie sabe a dónde fue ni por qué salió de ese modo. Yo le vi pasar como alma que lleva el diablo y pregunté a los sirvientes, pero ninguno pudo darme razón.
Samui ha hecho un leve gesto de cansancio, apoyándose en su doncella. Ni las lágrimas largamente lloradas, ni la noche de insomnio cambian en nada su aspecto siempre igual: pálida, frágil como una flor de invernadero semiasfixiada entre estufas, da la impresión de escuchar siempre por primera vez hasta las cosas que mejor sabe. En este caso, sus labios se aprietan levemente y un breve y rojo relámpago de rencor cruza por su mirada.
— ¿Qué es lo que pretende usted que yo sepa, Akimichi?
—Dicen que salió después de hablar con usted. Yo sé que estos días ha sufrido emociones muy desagradables, que se encontraba en un desastroso estado de inquietud, de zozobra, de violencia contenida…
—Pues sabe usted más que yo. Por lo visto, es el triste destino de las mujeres: que no se nos entere de nada. Ha venido usted al peor lugar a informarse…
El notario ha buscado al niño, con la mirada inquieta, pero Naruto ha aprovechado la oportunidad para salir de las habitaciones de su madre. Ya del otro lado de las cortinas, se detiene un instante para oír con interés las palabras del notario.
—Me atrevería a pedirle un poco de paciencia para el señor Uchiha en estos días, señora. Usted es la única persona que puede aliviar su carga o hacerla más pesada; porque, aunque tal vez haya usted llegado a dudarlo, su esposo la adora, Samui.
—Pues tiene una extraña manera de adorarme —se lamenta ésta, con amargura—. Pero eso, desde luego, es un asunto personal y privado. Concretando: no sé a dónde ha ido Fugaku ni por qué ha pasado la noche fuera de casa. Y ahora, excúseme, estoy muy ocupada: preparo mi viaje a Uzushiogakure, con Naruto. Puede decírselo a mi esposo si es él quien le ha enviado a informarse de mi estado de ánimo. Salgo para Uzushiogakure, y ya envié una carta al Sannin Jiraiya para que me haga el favor de recibirme apenas llegue yo a la capital.
Libre de la compañía de su madre y de la vigilancia de Anko, Naruto se ha alejado a buen paso. Su cabeza arde… las ideas y los sentimientos parecen girar dentro de él en revuelta amalgama. Aquellas duras palabras que jamás escuchara entre sus padres, aquella violencia de Fugaku Uchiha, a la que hizo frente por amor de hijo y por instinto de caballerosidad, todo el cúmulo de sucesos extraños que parecen girar en torno suyo, se agolpan sobre el cielo azul de su feliz infancia, haciéndole sentirse, por primera vez en su vida, terriblemente desdichado. No quiere hablar a los sirvientes, no quiere aumentar con comentarios la pena de su madre… pero necesita confiar a alguien la angustia, que llena su corazón de niño. Piensa en su amigo… Por eso busca a Sasuke. Pero el cuarto en que le creía encerrado, está vacío. De la ventana abierta sobre el campo, falta un barrote que deja al descubierto el hueco por donde Sasuke escapara… Lo busca con un ansia nunca sentida, con la amarga sensación de desamparo de quien ve vacilar, por primera vez, a los que fueran para él evangelio y oráculo: sus padres…
Por la misma brecha que abriera Sasuke, Naruto se desliza también, saltando a la pendiente al mismo tiempo que llama a gritos al fugitivo:
— ¡Sasuke… Sasuke…!
Acaba de verlo, ya bastante lejos de la casa, junto a aquel arroyo de cauce pedregoso que baja a saltos desde la montaña, impetuoso y violento como lo es todo en aquella isla surgida de los mares al soplo de un volcán, y llega hasta él, sofocado por la carrera.
—Sasuke, ¿por qué no contestabas?
Despacio, Sasuke se ha puesto de pie, mirándolo casi con desagrado. Siente por él una especie de rencor. Es tan distinto a todos los muchachos que él viera hasta entonces… Con aquel rubio y alborotado cabello, el ceñido calzón de pana, la camisa de seda blanca… es como un muñeco de porcelana que se hubiera escapado de uno de los adornos del salón. Pero Naruto le sonríe de un modo varonil y franco, y los azules ojos le miran afectuosos, sinceros, en una corriente de irresistible simpatía, a la que «Sasuke no Akuma» resiste encogiendo los hombros…
— ¿Para qué andas gritando? ¿Quieres que me atrapen?
— ¿Acaso te escapaste?
— ¡Claro! ¿No me ves?
—Hmmm… Shin le dijo a Anko que te había encerrado para que no molestaras; y yo, en cuanto pude, me escapé del cuarto de mamá para ir a abrirte la puerta.
—Para no molestar, me largo.
— ¿Largarte? ¿Quieres decir que te vas?
—Pues claro. Pero no sé por dónde… ¡No quiero estar aquí más!
—Pero papá quiere que estés, y yo también. Eres mi amigo y no voy a dejarte. No te vayas, Sasuke. Yo, ahora, también estoy triste… El señor Akimichi le dijo a mamá que tú habías sido muy desgraciado, que habías sufrido ya demasiado para tus años, y yo, entonces, no lo entendí bien, porque no sabía lo que era sufrir de verdad.
— ¿Y ahora lo sabes?
—Sí… porque ahora estoy triste. Papá, de pronto, se volvió malo.
— ¿De pronto? ¿Nunca habían peleado antes?
—No… Nunca. ¿Pero cómo sabes que pelearon? ¿Estabas despierto anoche?
—Ellos me despertaron…
— ¿Quiénes? ¿Papá y mamá? Pues a mí, no. Yo estaba levantado. Papá me había mandado dormir, pero yo, a veces, no le hago caso. De pronto lo vi pasar y pensé que iba a regañarte por lo que yo le había contado que hiciste en la tarde. Después pasó mamá, entonces esperé un rato, hasta que oí que gritaban, y cuando llegué… Bueno, si estabas despierto lo oíste todo. Papá… —la voz se quiebra en su garganta—. Papá se portó mal con mamá.
Ahora es él quien rehúye la mirada de Sasuke, como si le avergonzara pensar que éste había escuchado la escena pasada. Pero Sasuke aprieta los labios sin responder, sintiéndose hombre frente a Naruto, con la instintiva conciencia de que debe callar, seguir callando aquel secreto torturante que no sabe si es mentira o verdad…
—Yo no sé cómo empezó la pelea. Oí que mamá quería ir a Uzushiogakure y que papá no quería dejarla. Y se puso furioso cuando ella dijo que iría de todos modos a ver al Shushō y al Sannin ese… que no sé ni cómo se llama, pero que era amigo de mi abuelo… Y entonces… si lo oíste, ya lo sabes. Tuve que meterme para defender a mamá y papá y yo quedamos peleados. Él se fue a caballo y todavía no ha vuelto a la casa. Por eso estoy triste…
Naruto ha aguardado una respuesta, un comentario, pero nada responde Sasuke, ceñudo y silencioso, por lo que interroga con suavidad:
— ¿Tú crees que papá no volverá más? Yo sé que hay hombres que se enojan mucho y se van para siempre de su casa.
—Seguro que vuelve.
— ¿Crees que vuelva? ¿De verdad? —exclama Naruto, con alegría. Mas acto seguido, le invade la preocupación—. ¿Pero seguirá peleando con mamá si vuelve? ¿Y a mí, Sasuke? A mí, ¿crees que papá no va a quererme más?
— ¿Querer…?
— ¿No sabes lo que es querer? ¿Nunca te quisieron? ¿Nunca quisiste a nadie? ¿Ni a tu mamá?
—Yo no tuve…
—Todos tienen. Será que no te acuerdas. Las mamás son muy buenas y cuando uno es pequeño lo cuidan mucho y lo duermen en los brazos. Todos tienen. Hasta los más pobres, los que viven en las barracas… Algunos no se acuerdan, pero todos tuvieron madre… —De pronto se voltea y exclama—: ¡Oh! Mira esa gente que viene por allá.
— ¡Ah! Sí… parece como que traen un muerto…
— ¿Un muerto?
— ¿No sabes lo que es un muerto? ¿Nunca viste un muerto?
—No, nunca lo vi. Pero… eso no es un muerto… Es una camilla de ramas. Traen a un hombre acostado.
—Herido o muerto…
— ¡Es papá! —Casi grita Naruto, con el espanto reflejado en su blanco rostro—. ¡Es papá!
N/A: Primer capítulo de Corazón Salvaje... Yeeeeeei. Como dije al principio, es una adaptación a las obras de la inigualable Caridad Bravo Adams, quise hacerlo de la telenovela, pero me leí la trilogía completa y pues ésta versión me ganó.
En este capítulo todavía están bien chicos los protagonistas de esta historia.
Será un SasuHina, pero primero habrá una parte uno, que sí es un SasuSaku, la historia de Juan del Diablo y Aimée que según tengo previsto abarcará cinco capítulos el primer libro, pues los haré así como este. Aquí hay cinco capítulos, que vienen siendo los orígenes de nuestro protagonista.
Traté de encajar los personajes con los originales, espero no hayan quedado tan mal. Así como también me di a la tarea de ubicarlos en la geografía de Naruto, todos los lugares existen en el manga y la serie, la diferencia es que no es un mundo ninja sino algo así como el de "Canción de Hielo y Fuego" de George R. R. Martin. El nombre de la hacienda de Fugaku se llama Mangekyō, como un guiño al kekkei genkai de nuestro clan favorito
Puse a Sasuke y Naruto como hermanos porque en la historia original ellos son tan contrastantes en su apariencia física que me permitió darme este lujo. Lo que sí me dejó triste es que le tuve que cambiar los padres a Naruto T_T. Y éste ya no es Uzumaki sino un Uchiha.
Bueno, espero les haya gustado, a mi la verdad me atrapó la historia escrita, nuevamente, esto lo hago con fines recreativos, no busco ningún beneficio económico, sino que lo comparto como me lo imagino con mis personajes favoritos interactuando en esta bonita historia.
Un beso gigante, espero sus opiniones.
