Capítulo 2
X
Killian Jones, el hombre de mar a servicio de Su Majestad, sabía que Peter Pan no era un ser humano del todo. Desde el primer momento en que lo vio, de pie sobre las rocas húmedas en el borde del lago, se dio cuenta de que había algo casi sobrenatural en su persona, en la manera en que toda la isla parecía respirar al mismo tiempo que él, en cómo sabía cosas que nadie más podía saber o en la forma en que aparecía de la nada en los sitios más inesperados… aun así, Killian no sentía temor o aprensión, como ocurría con su hermano mayor, que prefería mantenerse lo más lejos posible del muchacho. Killian estaba al tanto de que Peter sentía una afilada atracción por él… y el sentimiento era mutuo.
En todos los momentos que estuvieron juntos, retozando sobre la breña de la selva o recostados a la orilla del lago, no se le pasó por la cabeza que Peter pudiera ser peligroso o que tuviera malas intenciones respecto a su relación, pero pronto tuvo que descubrir que así era, aunque ese, en realidad, no parecía ser su objetivo. Era más como su personalidad por default.
Tras la muerte de Liam por causa del Tormento, Peter no mostró ninguna clase de remordimiento por no haber sido más insistente en que se mantuvieran lejos de la planta venenosa. Mientras Killian lloraba la muerte de su hermano, el joven se recargó en una gran roca, con los brazos cruzados sobre el pecho, observando la escena con una mirada gélida que Killian no le conoció hasta el momento.
— ¡No te quedes ahí! —Exigió él, furioso, levantando la vista para contemplar a Peter, que parpadeó, sin comprender su llamado. Esa expresión de indómita indiferencia, de no adivinar lo que estaba pasando, Killian ya la había visto antes, pero sólo hasta ese momento le dio importancia porque la entendió: Peter estaba vacío por dentro y eso lo aterró—, ¡¿acaso no piensas decir algo?! —pero era una petición inútil.
A un inhumano, a un ser que vive en una isla desierta, rodeado de agua clara y sólo acompañado por su sombra, no se le puede pedir que ofrezca un consuelo humano, simplemente porque no los conoce. Y en ese momento, al ver su cara en blanco, libre de cualquier expresión relacionada a la pena, Killian entendió por fin que, por más besos salados, dedos entrelazados y abrazos que se hubieran dado en el corto tiempo que había estado en Nunca Jamás, cualquier clase de amor que se hubieran profesado era falso. ¿Cómo podía sentir un ser sin alma algo tan humano?
Peter entrecerró los ojos un momento y su mirada cruel se posó en el cuerpo, pálido y rígido, de Liam, firmemente abrazado contra el pecho de un desesperado Killian. En ese momento, el hombre pudo imaginarse los pensamientos que pasaban por su mente: ese abrazo, ese lugar tan cerca de su corazón, era sólo de él y nadie más tenía derecho de ocuparlo. Un estremecimiento le recorrió la espalda cuando Peter abandonó su cómodo sitio contra la roca y dio un paso al frente, extendiendo las manos hacia ambos lados de su cuerpo en una postura insensible.
— ¿Qué quieres que diga? —ofreció—. Diré cualquier cosa que te permita sanar esa herida, si es lo que quieres.
Killian sintió un poderoso nudo en la garganta. Todo calor abandonó su cuerpo y, de pronto, se sintió tan muerto como el hombre que descansaba entre sus manos. Quiso llorar a gritos. Quiso sujetar a Peter del cuello con todas sus fuerzas y agotar todo el aire en su pecho, pero tenía demasiado miedo.
— ¿Qué demonios eres? —fue lo único que pudo preguntar, hablando con una voz tan aguda por el temor, que casi no pareció suya.
Un soplo de viento helado danzó entre las copas de los árboles que los rodeaban. Una sombra joven se deslizó entre las nubes, sobre las aguas que reposaban en el lago bajo la cascada que estaba a su lado. El ruido del agua cayendo fue atronador y Killian la creyó capaz de destrozarle los tímpanos.
En el rostro de Peter se reflejó un destello de dolor que sólo duró un instante, antes de ser remplazado por la expresión fría de antes.
—Soy lo que desees que sea —respondió sencillamente, como si todo dependiera de Killian y no de sí mismo.
Killian decidió que debía ser un demonio encarnado, el reflejo de una tentación prohibida que, en su mundo, no era bien vista por nadie. Desesperado, se maldijo dentro de su cabeza por no escuchar a Liam en vida y mantenerse lejos de ese… ser. Entonces, a gritos, le exigió que desapareciera, sin darse cuenta de que con sus palabras le estaba rompiendo el corazón, y el muchacho se disolvió en la nada, dejando un espacio vacío donde había estado antes.
Killian se quedó sólo con el cuerpo de su hermano a su lado, contemplando, atónito, el sitio donde Peter estuvo, entonces, cuando la sorpresa y la incredulidad se fueron, llegaron el horror y el arrepentimiento. Fue en ese momento que se permitió romperse por completo, gritando y maldiciendo, gruñendo como un animal herido, escuchando sus alaridos como ecos que se desplomaban por el risco en el que estaban y llenaban cada rincón de Nunca Jamás.
Liam no llevó a muchos hombres a su expedición, sólo a un puñado de personas que se ganaron su confianza en los últimos años. Cuando Killian apareció en el barco, pálido y demacrado, para darle a la pequeña tripulación la noticia de la muerte de su capitán, por un segundo creyó que lo matarían a palos, culpándolo de lo que había pasado, pero eso no fue lo que pasó: una sombra de temor, dolor y duda se extendió sobre los hombres que lo miraban, pero nadie hizo ademán de tomar represalias en su contra a pesar de que se suponía que él debía cuidar del capitán.
¿Qué clase de hombre de confianza era si ni siquiera había conseguido salvaguardar la espalda de su propio hermano? Esa era la cuestión que contemplaba en los ojos de todos, excepto en los del señor Smee, que rompió a llorar apenas estuvo al tanto de lo que había pasado. Killian sintió un profundo respeto por él y se maldijo una vez más por haber sido tan débil y caer en los brazos de Peter Pan.
Un hombre apellidado Robinson y su compañero, el señor Williams, lo acompañaron a lo alto del risco para recoger el cuerpo de Liam, que Killian no consiguió bajar del sitio por sí mismo. Mientras lo transportaban al barco, la sombra de Peter Pan los persiguió por la selva, ocultándose entre las ramas de los árboles y los matorrales. Todo el tiempo, Killian mantuvo la mano firme en el mango de su espada, aunque en el fondo sabía que sería incapaz de hacerle daño.
Mientras la tripulación disponía el cadáver de su capitán en su camarote en el barco, Killian esperó un momento antes de abordar la nave, quedándose de pie en la misma orilla del lago en el que vio a Peter Pan por primera vez, con las botas sumergidas en el agua, sin importarle que se arruinaran.
En la soledad, cerró los ojos un momento y respiró el aire fresco. Sobre el cuerpo de su hermano había colocado un pequeño saco lleno con ramas de Tormento que estaba dispuesto a restregar en el rostro del Rey, literalmente, para hacerle ver el gran mal que había provocado.
La mano de Peter apareció en su hombro, haciendo que se sobresaltara. Aún así, se mantuvo impávido en su sitio, sin abrir los ojos o prestarle atención al muchacho. Labios suaves aparecieron en la curva de su cuello, deslizándose hasta el borde de su oreja y Killian se maldijo por lo bajo ante el cosquilleo que provocaron.
—No te vayas —ordenó Peter—. No puedes dejarme, Killian —dijo, seguro de sus palabras.
La mano de Killian se cerró con más fuerza sobre la empuñadura de su espada, que siseó al ser levantada de la funda, pero no por completo. No se atrevió a hacer una amenaza verdadera porque se sabía incapaz de dañar a la persona que amaba…
»—Si eso es lo que deseas —siguió Peter, alejándose de su cuerpo, arrebatándole el beso que había depositado en su cuello, haciéndole sentir un terrible frío en la espalda—, no haré nada para evitarlo. Si tomar mi vida es lo que quieres, Killian, puedes hacerlo —afirmó, tan vehementemente, que Killian por fin lo miró: la luz mórbida había desaparecido de sus ojos, dándole pie a una infinita soledad. Una punzada de arrepentimiento acribilló el vientre del marinero—. Pero no me dejes así.
Solo, de nuevo.
Los ojos de Killian se empañaron. No fue su intención sentirse de esa manera y luchó contra sus emociones para evitar las lágrimas, pero fue un esfuerzo en vano. Enfrentó a Peter, sacó su espada de la vaina y la colocó contra el cuello del muchacho, el filo de la punta abriendo la más pequeña de las heridas bajo su garganta. Peter ni siquiera parpadeó, ni por asomo se mostró asustado de lo que Killian pudiera hacerle. Sus ojos verdes nunca dejaron de ver los suyos y Killian sintió el impulso de tirarse de rodillas, dejarse arrastrar por la marea y morir ahogado entre sus aguas.
No podía hacer eso.
No podía dañar a Peter.
Y él parecía saberlo, pero ansiarlo de todos modos.
—No te vayas, Killian —repitió, ésta vez más suplicante que antes.
Killian jadeó, guardó su espada y dio un paso al frente. Sujetó los hombros de Peter con más fuerza de la necesaria, haciéndolo fruncir el ceño de dolor, y estampó sus labios contra los suyos en un beso desesperado y amargo, demasiado doloroso para ser disfrutado. Peter intentó alejarse del agarre de sus manos para abrazarlo, pero Killian se lo impidió, aferrándolo con más brío.
Con ese beso, le acababa de vender su alma al diablo.
Alejó a Peter con un empujón y corrió hacia el agua para saltar al pequeño bote vacío que lo esperaba en la orilla y remar hacia el barco donde descansaba el cuerpo de su hermano y lo esperaba su tripulación.
Cuando el barco zarpó, Killian contempló a Peter desde la cubierta; el chico nunca se marchó. Los vio desaparecer entre las nubes, con la mirada más vacía y solitaria que antes.
Killian se sintió devastado por la despedida, pero estaba seguro de que había dejado su espíritu atrás, como compañía del joven ermitaño de Nunca Jamás. Tal vez eso sería suficiente para acompañarlo el resto de la eternidad…
XI
Cuando Killian entró al departamento que compartía con Emma y Henry, la mujer, que estaba en la cocina preparándose una taza de té, lo miró por encima del hombro y sonrió con ligereza. Algo tibio se expandió en el pecho congelado de Killian, que no sentía ni la nariz ni las orejas tras haber pasado gran parte del día en el muelle, observando las aguas sin darle importancia al descenso de la temperatura al caer la noche.
Emma dejó lo que estaba haciendo y fue a su encuentro para darle un beso en la mejilla. Killian sonrió lo mejor que pudo y respondió el gesto estampando sus labios en la frente de la mujer, que lo miró con extrañeza.
—Te siento raro —dijo con sinceridad y Killian deseó que ella no fuera tan buena leyendo sus emociones, pero lamentablemente lo era—. ¿Está todo bien? —preguntó.
Killian separó los labios para responder, pero las palabras se atoraron en su garganta y, por más que quiso, no consiguió dejarlas salir, así que cerró los labios de nuevo y asintió con la cabeza, sintiéndose torpe. Las manos de Emma sujetaron sus brazos con ternura y se movieron de arriba abajo, dándole calor con la fricción de sus dedos.
Killian agradeció su contacto; había algo tan maternal en Emma, que no podía evitar que se le derritiera el corazón con sus pequeños gestos de amor. Pero en ese momento, una agrura subía por su garganta porque, si su corazón latía acelerado y se sentía perturbado, no era por ella, sino por alguien a quien creyó inexistente y lejano…
—Ven, te prepararé una taza de té —dijo Emma, sujetando su mano para arrastrarlo a la cocina, donde lo hizo sentar a la mesa—. ¡Estás congelado! ¿Qué rayos estuviste haciendo toda la tarde?
Killian se aclaró la garganta para contestar; estaba consciente de que mantener un continuo estado de mutismo le traería problemas, así que decidió conservar la careta de «Todo está bien» en alto.
—El bote —dijo sencillamente, intentando encogerse de hombros.
Emma puso una generosa taza de té de manzanilla frente a él, enarcando una ceja. Killian colocó sus manos frías alrededor de la porcelana e inclinó la cabeza para aspirar el delicioso y tranquilizante aroma de la bebida. De inmediato, todo su cuerpo pareció volver a la vida.
Emma ocupó la silla junto a la suya, su propia taza en mano, observándolo con atención. Frunció un poco el rostro, casi como quien se prepara para recibir un golpe.
— ¿Sigues molesto por lo que pasó ésta mañana? —preguntó, tentativa, observando los ojos azules de Killian, que parecían haber capturado el color del océano en cada iris.
El hombre dio un pequeño sorbo a su bebida, quemándose los labios en el proceso, pero fue algo a lo que no le dio importancia. ¿Esa mañana? Lo único que podía recordar de esa mañana eran los labios de Peter, el recuerdo de ese último beso soñado que se dieron en Nunca Jamás antes de que ese Killian Jones tuviera que partir…
Con las mejillas sonrojadas por la vergüenza, negó con la cabeza, aclarándose la garganta.
—No —contestó— Todo está… estupendo, amor —Emma no le creyó; Killian lo supo por la manera en que una de sus cejas se arqueó y sus labios se convirtieron en una línea perfecta. Para salir del bache, intentó cambiar de tema—. ¿Dónde está el chico? —preguntó, refiriéndose a Henry.
Emma suspiró, colocando el codo sobre la mesa y apoyando el mentón en su mano.
—En casa de Neal —respondió, algo desanimada ante la perspectiva, para sorpresa de Killian, que la miró, esperando una explicación más larga de su actitud—. Últimamente no quiere salir de ahí. Es como si prefiriera pasar más tiempo con él que conmigo y… —hizo una pausa, contorsionando el rostro en una mueca angustiada. Bebió un sorbo de su taza de té y cerró los ojos, luciendo agotada.
Killian colocó una mano en su hombro, masajeándolo para reconfortarla. Emma se inclinó hacia él, permitiéndole rodearla con el brazo.
—Oye, ¿qué pasa? —preguntó él, dándose cuenta por primera vez de que, tal vez, las cosas con Henry estaban peor de lo que imaginó en un principio.
—Me da miedo —confesó Emma, sin mirarlo a la cara— que después de la boda Henry decida que prefiere ir a vivir con su padre.
Hubo una pausa en la que ella no tuvo más que añadir a su comentario y Killian, simplemente, no supo qué decir.
Su relación con Henry había sido buena, amistosa, hasta que comenzó a salir con su madre. Entonces, el muchacho se volvió algo frío y distante con él, criticando su presencia en su vida de una forma casi cruel, pero las cosas no se salieron de control hasta la propuesta de matrimonio. Entonces, fue cuando el buen comportamiento de Henry Cassidy salió despedido por la ventana, casi como si hubiera sido disparado por un cañón de circo.
Ahora, Killian se daba cuenta de que su relación con el hijo de Emma posiblemente estaba rota y no había manera de que la reparara de aquí a la boda. ¿Sería el resto de su vida de esa manera? ¿Intentando congeniar con Henry cuando el chico obviamente lo odiaba por ocupar el sitio que le correspondía a su padre?
Nunca había sido la intención de Killian competir con Neal; siempre había estado consciente de que el hombre tenía un lugar especial en la vida de Henry y en la de Emma y jamás pretendió usurparlo. Pero tal vez ese no fue el mensaje que había estado enviando…
Quiso decirle a Emma que todo iba a estar bien. Que no se preocupara porque Henry era un chico listo que jamás le daría la espalda… pero estaría mintiendo. En esos momentos, no sabía cómo interpretar a Henry, porque ya no tenía tan buena impresión del muchacho como en el pasado. Ahora, lo creía capaz de tomar una decisión errónea con tal de ver sufrir a su madre y, por añadidura, a él.
— ¿En verdad lo crees capaz? —fue lo único que pudo preguntar.
Emma se alejó de él lentamente. Apoyando el peso de su cuerpo sobre la mesa, se sujetó la cabeza con ambas manos y suspiró profundo, intentando tranquilizarse.
—Hoy prácticamente se llevó toda una maleta a casa de Neal. Antes sólo se llevaba una muda de ropa y su cepillo de dientes. Me dio la impresión de que no estaba planeando volver mañana, pero no pude decirle nada. Se fue antes de que pudiera preguntar…
Killian frunció el ceño.
— ¿Por qué no lo llamas? Emma, cariño, que él y yo no nos llevemos tan bien como antes no significa que tengas que tomar un bando entre ambos. Yo comprendo que es tu hijo y que tu prioridad siempre debe ser él —confesó, sintiéndose algo estúpido por tener que decirlo en voz alta.
Emma asintió con la cabeza.
—Gracias —dijo con un hilo de voz—. Pero no se trata de eso. Creo que esto es más un berrinche por mi decisión de seguir con mi vida que un problema contigo. Pienso que Henry no te odia a ti, sino a la idea de que me case contigo. ¿Por qué no entiende que ya no hay nada entre Neal y yo? ¿Por qué ser padre es tan difícil?
Killian hizo una mueca: no podía contestar eso. Nunca había sido padre y Henry no le había dado la oportunidad de practicar, así que sólo podía adivinar.
Bebió un trago más de su taza, cuyo contenido había perdido calor en el transcurso de los minutos.
— ¿Has intentado hablarlo con él directamente? —preguntó—. ¿Por qué no le pides a Neal que le explique las cosas? Quizás a él sí le entienda.
Entonces, Emma bajó la mirada, luciendo apenada. Killian volvió a enarcar una ceja.
—Es que tampoco estoy segura de que Neal lo comprenda —aceptó ella y eso era algo que Killian no había escuchado en todo el tiempo que llevaban de relación: hasta ese momento, pensó que Neal apoyaba cien por ciento su noviazgo, aunque ellos no se llevaran bien. Creyó que lo hacía por Emma.
— ¿De qué estás hablando? —preguntó, con un estremecimiento recorriéndole la espina dorsal.
De pronto, dentro de su cabeza había las cosas suficientes para sacar el pensamiento de Peter, que lo agobió toda la tarde, de ella.
Emma respiró profundo, casi con la misma intensidad de quien se prepara para confesar que es Jack, el Destripador.
—Él… ha estado, uhm, llamándome —reveló, con las mejillas algo rojas. Killian se sintió como si acabaran de golpearlo en el hígado con el puño cerrado.
— ¿Llamándote? —Preguntó, incrédulo—. Llamándote, ¿cómo? —insistió, sintiendo un borboteo de ansiedad en la boca del estómago. ¿Por qué apenas se estaba enterando de esto?
Emma se mordió el labio inferior, buscando la mejor manera de explicar las cosas. Killian deseó que la encontrara rápido, porque el corazón comenzó a latirle tan rápido en el pecho, que bien podría escapársele de un momento a otro.
Todo el frío que se había acumulado en su cuerpo desde que vio a Peter frente a la tienda de antigüedades volvió a él con la intensidad de una ventisca, haciéndolo víctima de fuertes temblores. Emma debió interpretarlos como celos — ¿eran celos? —porque puso una de sus manos en el cuello de Killian, intentando tranquilizarlo, pero no lo logró, el contrario: eso sólo evocó un recuerdo de Nunca Jamás, de Peter, que lo hizo sentir todavía peor consigo mismo.
La luz blanca de la cocina en la que se encontraban se volvió repentinamente más brillante y su visión comenzó a llenarse de destellos. Tal vez la migraña de esa tarde había vuelto para hacer un segundo intento.
—Desde que Neal se mudó a Storybrooke, ha intentado establecer… comunicación —explicó Emma. Eso, Killian lo sabía: incluso él mismo había respondido algunas de las llamadas telefónicas de Neal al departamento, pero todas ellas siempre eran para Henry, no para su novia. ¿Acaso ese pequeño bribón le había mentido? Eso tan… ¡embustero! —. Es decir, es el padre de Henry, por supuesto que no puede haber brechas entre nosotros si queremos que nuestro hijo crezca sanamente, pero desde que nos comprometimos, me ha hecho insinuaciones…
Killian sintió el impulso de golpear algo. Y había estado acumulando tanto estrés durante el día, que se sintió capaz de salir de su casa e ir directo a la de Neal para satisfacer su instinto, con Henry de por medio o no. Y Emma pareció leer sus pensamientos, porque de inmediato sujetó su mano y negó con la cabeza.
—Le he dejado claro que no hay posibilidades de reconciliación —le aseguró—. Pero me temo que es bastante insistente.
Killian, con coraje bullendo en la boca del estómago, se puso de pie para pasear por la habitación, deslizándose los dedos por el cabello, parándolo en todas direcciones. Molesto, inquirió:
— ¿Por qué no me lo dijiste antes?
Emma lo miró con frustración.
— ¡Porque no es nada serio! —exclamó, segura de sus palabras, pero Killian no estaba convencido: ese tipo de situaciones podían ser peligrosas y, por más que Emma le jurara que conocía bien a Neal, él no. ¿Qué tan lejos podrían llevar sus celos a ese hombre? Él no lo sabía y ahora se sentía preocupado por el bienestar de su prometida.
Al demonio con Peter Pan: en ese preciso momento, tenía un problema real.
— ¿Has pensado en decírselo a tu padre? Puedes… puedes solicitar una orden de restricción —propuso Killian, yéndose a los extremos.
Emma abrió la boca y lo miró, atónita.
— ¡Neal no es un mal sujeto! —defendió, mirando a Killian como sui hubiera enloquecido—. Una orden de restricción en su contra no es necesaria. Puedo manejar las cosas. Además, Henry no me lo perdonaría jamás.
Killian, cansado, elevó las manos por encima de su cabeza, gruñendo.
—Sólo quiero que estés a salvo —dijo finalmente—. Emma, un hombre que se acerca a ti con intensiones románticas —las palabras provocaron un flujo de bilis desde su estómago hasta su boca— a sabiendas de que estás comprometida con alguien más no me parece una persona fiable.
Cuando las palabras salieron de su boca, parecieron la mejor opción para decir en ese momento, pero algo en la expresión de Emma se rompió casi como si hubiera terminado el compromiso con ella en ese preciso momento. Al ver su cara, Killian tuvo que volver sobre sus pasos y meditar cada cosa que había dicho para averiguar si había incluso algo inadecuado, pero no. No logró descifrar el motivo de la expresión de la mujer.
—Lo siento —dijo, ocupando una de las sillas frente a la mesa de la cocina, la más alejada de Emma, que lo miró con los ojos brillosos y una sombra de culpabilidad en las pupilas—. No fue mi intención incomodarte.
Ella suspiró, tan hondo, que dio la impresión de que el aire no le llenaba del todo los pulmones.
—No lo hiciste —aclaró ella, aunque Killian tuvo la impresión de que lo decía sólo para salir del paso—. Es sólo que… es complicado —Killian frunció los labios—. Él fue mi primer novio. El primer hombre del que me enamoré. Es el padre de mi único hijo —terminó, masajeándose los ojos con la parte inferior de sus manos.
Killian se sintió como si acabaran de apuñalarlo entre las costillas. ¿Qué estaba intentando decirle? ¿Qué tenía con Neal un lazo más fuerte de lo que él creía? ¿Qué Neal era más que el padre de Henry para ella? Se sintió herido.
—No comprendo lo que tratas de decir —manifestó, con las manos temblándole sobre el regazo.
Emma lo miró, pálida y con los labios secos.
—Es sólo… ¿no recuerdas tu primer amor? —preguntó, sonriendo un poco, con melancolía, como si Neal le doliera más de lo que se atrevía a aceptar.
El aire escapó de los pulmones de Killian. Puso los ojos como platos y se sintió a punto de perder el equilibrio a pesar de estar sentado en una silla.
Sueño con él cada noche pensó, sin poder evitarlo. Pero, ¿quién había sido su primer amor? ¿Peter o Milah? ¿Alguna vez amó a Milah? ¿Amar a un ser de tus sueños es un amor verdadero? Y recordó de nuevo la imagen de esa mañana, frente a la tienda de antigüedades…
Se tocó la frente con los dedos, intentando inhalar aire para sus pulmones asfixiados, pero sin conseguirlo del todo.
Emma se puso de pie tan rápido, que las patas de su silla chillaron sobre el suelo de madera al recorrerse. De la nada, sus brazos rodearon el cuerpo tembloroso de Killian, que no pudo evitar sentir sorpresa ante su reacción.
— ¡Lo siento, oh, Killian, lo siento tanto! —exclamó ella, con la voz más aguda de lo normal—. No fue mi intención decir eso —se disculpó y Killian no logró comprender de qué estaba hablando, hasta que…—. Sé lo que pasó con Milah. Lo lamento. No debí mencionarlo.
Ah.
Milah. Claro. Emma sabía sobre el accidente que le arrebató la vida a Milah. Ese que impidió que Killian profundizara en otras relaciones a lo largo de los años porque nunca consiguió superarlo del todo…
O eso era lo que creía. Mejor dicho, lo que quería creer.
¿Era posible que hubiera amado más la fantasía de Peter que la imagen de carne y hueso de Milah?
Oh, Dios…
Sujetó la mano de Emma con fuerza, oyendo el crujir de sus dedos, pero ella no se quejó.
Si nunca amó verdaderamente a Milah, pero sí estaba obsesionado con Peter… ¿qué le hacía pensar que estaba enamorado de Emma cuando el recuerdo del joven que vio esa mañana al otro lado de la calle lo hacía estremecer de zozobra?
Estaba completamente loco, no lo podía dudar.
XII
Esa noche, cuando se fueron a la cama, lo hicieron sin decirse «buenas noches». Emma no lo besó en los labios y él no hizo el intento de abrazarla contra su pecho.
El colchón bajo sus cuerpos se sentía tibio gracias a su calor corporal, pero el trecho entre ambos estaba tan frío como un témpano de hielo. No estaban molestos el uno con el otro, simplemente no tenían más cosas qué decirse ni las fuerzas suficientes para cumplir con los hábitos que estipularon desde hace años, cuando comenzaron su relación.
Emma se acostó dándole la espalda y Killian observó sus omóplatos durante un largo tiempo, hasta que el sueño comenzó a cerrarle los ojos y se vio obligado a buscar una postura más cómoda para dormir.
Antes de sucumbir por completo ante el cansancio, se preguntó si soñaría con Peter de nuevo. Si volvería a besarlo como la noche anterior, cuando el pánico de abandonar la isla fue lo que lo despertó —sumado al codo de Emma en sus costillas—.
Quería soñar con él. Acariciar sus mejillas con los nudillos y poner sus labios sobre los suyos. Quería succionarle el alma con la boca y hundir los dedos en su cabello rojo. Quería preguntarle si cabía la posibilidad de que fuera una persona real a pesar de la fantasía que envolvía todos los sueños que compartían y confesarle que había amado la ilusión de él más de lo que jamás amó a alguien real…
Cerró los ojos y suspiró profundo. Esperando.
Ver el cadáver de su hermano cayendo al agua fue el momento más solitario en la vida de Killian Jones. En ese instante entendió que no había nadie más en el mundo con su sangre, gracias a una madre que murió siendo él aún un niño de brazos y a un padre atravesado por el filo de una espada al meterse en líos de faldas en un bar cuando él era apenas un adolescente. Liam había sido su pilar desde aquel entonces y ahora su valentía, fuerza y fraternidad le pertenecían al océano, que se encargaría de disponer de ellos como mejor le pareciera.
Killian sintió un apretado nudo en su garganta, amenazando con hacerlo liberar frente a la tripulación la sarta de sentimientos que le palpitaban en el pecho, así que luchó con todas sus fuerzas contra él. Nunca más sería débil de nuevo. Ni por un hombre, ni por una mujer. Nunca por Peter Pan otra vez.
Uno de los hombres del barco lo llamó «Capitán» y él se rompió por completo. Comenzó a vociferar en contra del Rey, la nación y el sistema, intentando convencer a la tripulación de la corrupción que les rodeaba —usando el argumento certero de la tabla y el océano, por si alguien dudaba—. Desde ese momento, se declaró un pirata, apelativo que le sentaba mejor que ser un hombre al servicio de la persona que mandó a su hermano a una muerte jurada.
Tomó una antorcha y quemó la vela mágica que les permitió llegar a Nunca Jamás, jurando que nunca, nadie, visitaría esa tierra maldita una vez más si podía evitarlo.
La vida como pirata era más fría, más sangrienta, que la que había llevado hasta el momento, siendo el perro fiel de Liam. Saquear, robar, matar… todo era más sencillo si se concentraba en dejar atrás todo lo bueno que vivió hasta ese momento y sacar a la luz toda la desolación, la decepción y el horror que vivió en Nunca Jamás.
Cada vida que tomaba con el filo de su espada o el rápido y gélido deslizar de su daga en los cuellos ajenos, era en honor a Liam y a su propia estupidez, a las pésimas decisiones que tomó, creyéndolas inocentes.
Ese mal camino pronto lo llevó a perder una mano en una fiera batalla contra un contrincante pirata, pero no le importó. Sustituyó el miembro faltante con un garfio e incluso acunó su nuevo apodo con cariño: «Capitán Garfio».
Era más fácil ser ese hombre que Killian Jones.
Pero no todo podía salir siempre como él quería. A veces, su tripulación pasaba malos ratos en el mar gracias a la guardia real, esa a la que pertenecieron en tiempos más bermejos. En ocasiones, robar otros barcos era tan complicado, que tenían que anclar en algún puerto para ver qué suerte tenían en tierra.
En una de esas veces, llegaron a un pueblito destartalado que no parecía tener mucho que ofrecer, excepto la visión de un frondoso castillo en lo alto de una colina. Killian, sonriendo como un gato, detectó su presa rápidamente, pero nunca se le pasó por la cabeza que pudiera ser una trampa bien planeada, dispuesta por un enemigo al que nunca le había visto la cara, pero estaba al tanto de todos los pasos y maniobras del pirata.
Esa misma noche, cuando fue con sus hombres a buscar fortuna en el castillo desprotegido, se encontró por primera vez con el hombre al que llamaban El Oscuro, envuelto en sus ropas descuidadas y roídas, con el rostro corrompido por las marcas y cicatrices de la maldad. Cuando Killian vio esa cara, se le revolvieron las tripas y tuvo que contenerse de vomitar sobre sus propias botas. Gruñendo por lo bajo, viéndose atrapado por magia, se sintió condenado una vez más.
En ese momento entendió que Peter Pan era una clase de maldad casi dulce, inocente, comparada a la del sujeto que se hacía llamar Rumplestiltskin.
— ¿Qué es lo que quieres de mí? —preguntó en el patio del palacio de El Oscuro, donde lazos de penumbra los mantenían atados en el suelo a él y a sus hombres.
El Oscuro, hasta ese momento, se había deleitado con danzar entre ellos, verlos atentamente a la cara y disfrutar sus expresiones de terror al saberse a merced de un bellaco tan grande, pero, cuando el capitán habló, toda la atención de Rumplestiltskin fue para él.
El hombre saltó entre los huecos formados por los cuerpos de dos delos piratas atados hasta alcanzar a Killian. Una vez frente a él, viéndolo desde arriba, pues el capitán estaba de rodillas en el suelo, le sujetó el mentón con una mano huesuda de largas uñas, sin preocuparse por hacerle daño. Killian intentó alejarse del agarre, pero todo esfuerzo fue inútil: conseguiría romperse el cuello antes que soltarse.
—No mucho, querido. Algo bastante sencillo y pequeño, insignificante, si quieres verlo así —respondió El Oscuro con voz chillona. Killian no confió en la nimiedad de sus palabras y se preparó para alguna atrocidad, porque sólo una calamidad podía surgir de un hombre como aquel—. Sólo quiero que me digas todo lo que sabes de una tierra perdida, olvidada por el hombre… que pisaste hace tiempo —un escalofrío recorrió el cuerpo de Killian al pensar en Nunca Jamás, en el último beso de Peter. El Oscuro lo miró con una mueca indescifrable y, por un aterrador segundo, el pirata pensó que el hombre había visto exactamente lo mismo que él. De nuevo, luchó para apartarse, pero no lo consiguió—. Eso mismo, querido —confirmó el hombre, haciéndole saber a Killian que ni dentro de su propia mente estaba a salvo de él—. Nunca Jamás, la Tierra Pérdida, la Cuna de la Magia. Háblame de ese lugar —por fin soltó el mentón de Killian, alejándose de él unos pasos, para caminar por el patio de su desolado castillo.
— ¿Para qué? —masculló Killian, sintiéndose enfermo al pensar en abrirle las puertas de Nunca Jamás, del mundo de Peter, a un ser como ese. Se maldijo por lo bajo… Peter… seguía haciéndolo débil a pesar de todo.
—Es evidente —respondió el hombre, haciendo florituras con las manos, pero no, por supuesto que no era evidente, por eso Killian estaba preguntando—. Oh y también quiero saber todo lo que puedas decirme acerca de sus habitantes. Sus protectores.
Killian se mordió la lengua al responder, apresurado:
—Nadie la habita —dijo, luchando por mantener el recuerdo de Peter lejos de su mente—. Nadie la protege.
—Oh, querido —interrumpió Rumplestiltskin—. Ese es un noble esfuerzo, pero infructuoso.
Killian le mostró los dientes, furioso. A sus espaldas, sus hombres escuchaban y presenciaban el intercambio de palabras, respirando con fuerza. Si lograba sacarlos a ellos del embrollo, se daría por bien servido: de todas formas, fue su idea entrar a robar a ese estúpido castillo.
—Aunque te hable del lugar, ¿cómo llegarás ahí, si eso es lo que quieres? La vela de mi barco fue destruida. No hay manera de que consigas volar hasta la segunda estrella sin ella —reveló, negando con la cabeza.
Esa era su última esperanza de decir algo que le permitiera poner a sus hombres a salvo, pero dudaba que El Oscuro los dejara marchar así nada más. Posiblemente, si no obtenía lo que quería, los asesinaría a todos y ese sería el final de las osadas aventuras del Capitán Garfio.
—Deja que yo me preocupe por eso —dijo el hombre, inclinándose para verlo a los ojos—. Ahora, habla y, si me satisface la información que salga de tu boca, querido —golpeó una de sus mejillas con la palma de la mano, intentando una ligereza en vano—, haremos un trato que te permitirá salvar la vida de tu tripulación, así como la tuya.
Eso era lo que Killian quería y obviamente por eso se lo estaba ofreciendo, para no darle otra opción.
Aun dudando, simplemente preguntó:
— ¿Piensas hacerle daño? —refiriéndose a Peter.
Rumplestiltskin sonrió. Era una sonrisa sincera, pero aterradora.
—Eso depende de él —contestó.
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