CAPÍTULO 2
Porque durante la infancia de Harry también pasaron cosas...
DISCLAIMER: Harry, los Dursley y muchos otros que saldrán son creación de Jotaká, y como todo el mundo sabe, nadie que lee ffnet paga por ello.
COPYRIGHT: El potterverso sorg-expandido, sus personajes y demás, aún inspirados en el potterverso, si que son creación MÍAAAAAA, aunque tampoco me pagan por ello (ahg). Y también lo es la señorita Wellington...
EL JERSEY MARRÓN
Aquel año en clase de Harry todo el mundo quería ser amigo de Maddie Thompson. Bueno, mas bien todo el mundo "decente", porque Dudley y sus amigotes eran la excepción. Para ellos las niñas, y sobre todo si eran como Maddie, eran una especie de engorro que hay que tolerar en clase por alguna razón incomprensible. Las niñas, por lo general, no se peleaban, no jugaban al fútbol ni decían groserías. Las niñas se reunían en grupos a la hora del recreo para hablar de sus cosas, enseñarse sus numerosos objetos de color rosa, cambiar cromos de Tarta de Fresa y otras horteradas y preguntarse, al igual que los chicos pero de manera mas elaborada, cómo habría llegado un adulto a considerar que era educativo compartir clase con los niños. O peor aún. Por qué rayos la naturaleza tuvo la ocurrencia de crearlos.
Bueno, que Dudley y secuaces ignoraban a las niñas no era del todo exacto... O no lo iba a ser... Aquel año en clase Dudley Dursley vio a Maddie y pensó que tenía que ser su novia. Porque era preciosa.
Pero Dudley no tenía muy elaboradas las artes de seducción, que digamos. Así que intentó llamar su atención tirando el lapo más lejos que el resto cuando ella pasaba delante. O ganando sin discusión la competición de eructos. Maddie cada vez ponía mas cara de asco y Dudley pensaba que cada vez estaba mas en el bote. Justa relación proporcional a sus esfuerzos. Y Harry, sentado en una esquina del patio, solo y silencioso, se reía por dentro viendo el espectáculo de su primo en plan conquistador.
Lo peor vino con el viaje de tía Marge a Nueva York. Tía Marge había viajado con una asociación de criadores de perros para asistir a unas ferias caninas. Por lo visto había tenido tiempo de hacer compras, ya que le había traído a Dudley un jersey. Un jersey marrón con unos enormes lunares naranjas. Lo había comprado en unos enormes almacenes a un precio de fábula y le había parecido maravilloso. En realidad, la dependienta que le cobró miró de reojo a una compañera y después, cuando tía Marge ya se alejaba, ambas se echaron a reír. Librarse de aquel resto de diez temporadas atrás era un hito en la historia de la tienda.
-¡Estás guapísimo! – Exclamó tía Marge al verlo así, enfundado en aquel jersey. Harry pensó que mas bien parecía una cría de ternero bien cebada con un ataque de sarampión. Y Dudley, que sentido de la estética tenía mas bien tirando a poco, se infló como un globo. Tía Petunia, en cambio, no dijo nada. Tenía sus dudas, así que se pasó la tarde intentando decidir si el jersey le parecía monísimo o una completa horterada. En eso tío Vernon no pudo ayudarla. Se limitó a sonarse la nariz produciendo un ruido semejante a la bocina de un camión trailer de los mas largos, porque estaba en casa con un resfriado de aúpa.
Sería la señorita Wellington, la secretaria de Vernon, la que sacara de dudas a tía Petunia. Alexandra Wellington aparcó su flamante Mercedes coupé azul metalizado delante del número 4 de Privet Drive y se bajó del coche luciendo un traje sastre gris oscuro que seguramente había comprado en Milán. Tomó un portadocumentos de piel de cocodrilo auténtica y se encaminó resuelta hacia el domicilio de los Dursley portando una serie de contratos que tío Vernon debía firmar. Contratos que en su mayor parte habían sido negociados personalmente por la señorita Wellington en ausencia de su jefe. Pero eso no se lo haría notar.
Petunia Dursley le abrió la puerta mientras la saludaba a grandes voces. Ella presumía de que una descendiente de ni mas ni menos que el duque de Wellington trabajara como secretaria de Vernon. Era como si aquel hecho elevara su posición en el ranking social. Alexandra Wellington se codeaba con los "royals" y había sido fotografiada por el Hello en las carreras de Ascott el año anterior. Aunque lucía un tocado la mar de normalito, la verdad. No estaba de mas que el vecindario se enterara del tipo de gente que trabajaba con Vernon. No, mejor dicho, que trabajaba para Vernon.
-Hola Dudley.- La señorita Wellington saludó de palabra a su primo mientras hacía un gesto casi imperceptible con los ojos a Harry antes de tender los contratos a su jefe. Mientras Vernon los firmaba, Alexandra Wellington miró a Dudley sin que su rostro reflejara el más mínimo pensamiento.
-Bonito jersey, Dudley.
Y dicho aquello sonrió como un cocodrilo a Petunia. La señora Dursley se ruborizó.
-Alexandra, por favor, quédate a tomar un te.
-Como no, Petunia. -Y dicho aquello la señorita Wellington miró a Harry y le guiñó un ojo sin que la aliviadísima Petunia la detectara. Al fin y al cabo, su problema con la catalogación del jersey estaba resuelto.
Aquel fue el invierno del Jersey. Con mayúsculas. Harry llegó a acostumbrarse y a dejar de considerarlo una prenda horripilante. Y eso que fue muy divertido. Al menos al principio. Las niñas se daban codazos y cuchicheaban mientras el patético de Dudley se pavoneaba delante de Maddie, que optaba por lo general por mirar para otro lado y salir corriendo espantada. Hasta el día en que se vio acorralada. Ese día, además, Dudley decidió ganar el concurso de pedos. Y la pobre Maddie acabó vomitando sobre Dudley. El chico, lejos de amilanarse, se rió con ganas. Pero a partir de ahí se cansó de "cortejar" a Maddie y volvió a patear columpios, lanzar escupitajos y perseguir a Harry. Y dejó el jersey en el cesto de la ropa sucia donde languideció.
Algunas cosas no cambian. El primer día del curso siguiente estaba clarísimo que todo el mundo quería ser amigo de Maddie. Y Harry, el que mas. De pronto le parecía guapísima. Dulce, etérea. La niña ideal. Aunque por otra parte ya sabía que no podía dejar que lo notara Dudley. Por eso, cuando empezó a hacer frío y tia Petunia sacó el Jersey, con mayúscula, Harry sintió un vacío en el estómago y hubiera preferido que la tierra se le tragara.
Ya se reían bastante de sus ropas gigantes y de sus gafas siempre pegadas con celo para que ahora le colocaran aquello. Harry sintió una angustia tremenda. ¿Qué dirían en clase cuando lo vieran? Sobre todo ¿qué pensaría Maddie?
Fue una desesperación tan intensa que tía Petunia no fue capaz de ponerle el jersey porque este se había encogido. Afortunadamente, no estaba tío Vernon. Y por eso tía Petunia pensó, o mas bien quiso pensar, que había lavado el jersey en agua demasiado caliente y la lana había encogido. Estuvo dudando sobre si entregarlo al reverendo Perkins para el ropero parroquial o tirarlo directamente a la basura. Al final, optó por lo segundo. Al fin y al cabo, ella no frecuentaba la iglesia anglicana, y el reverendo podía aprovechar para intentar captarla. O peor, la hortera de su mujer podía intentar invitarla a uno de sus famosos tés, a los que asistía lo mas cutre de la zona.
En el fondo del corazón de Petunia Dursley, no obstante, se notó como un pequeño desahogo mientras rebuscaba en los cajones de Dudley.
-¿Por qué le has dado mi jersey azul a Harry? – Bramó el niño un rato después..
-Porque a ti ya no te sirve.
-Pero es mío. Dale el marrón.
-Tiene razón el chico, Petunia. Dale el marrón. Es de primera calidad. Así no irán diciendo que lo tratamos mal.
-El marrón no le vale. Se ha encogido demasiado.
-Lástima...
-¡Qué viejo está ese jersey! – Harry escuchó como una niña le decía a Maddie cuando se cruzaron con él en el pasillo.
Otro niño se habría sentido abochornado. A aquellas alturas, Harry había aprendido a ver la botella medio llena. Al menos, había heredado un jersey que no producía vomitonas.
