Gracias a Sol y a Kisa por los reviews y a Berihime por darle a fave :)

Antes de que digáis nada: viva la genética de Martin. Yo, al menos, me la voy a pasar por el forro aquí mismito. He reescrito este oneshot unas tres veces, historias diferentes. No estoy contenta con el resultado, pero sé que escribiré más sobre ellos (¡no me los toquéis!).

08—07—2013


RAPSODIA II


—Hay una mancha en el techo.

Aegon frenó en seco, masticando las palabras de su esposa, presa bajo el peso de su cuerpo. Resultaban un poco hirientes y desconsideradas dado la naturaleza de la situación. Le satisfacía que Sansa hubiese superado sus miedos a Desembarco del Rey, a los hombres en general y a lo íntimo en particular; pero ese exceso de amigable confianza durante el coito lo crispaba sobremanera, poniendo a prueba su paciencia como nunca lo habían hecho.

—¿Lo pintamos de otro color? —preguntó ajena a su desagrado.— Blanco.

—No —respondió el hombre de inmediato, tajante.— Estoy harto de tanto blanco y plata.

—¿Por qué? —Era todo inocencia, no se daba cuenta, y eso lo hacía ablandarse.— Son colores muy hermosos.

—Para empezar, no son ni rojo ni negro —expresó. Últimamente la Fortaleza estaba sufriendo cambios decorativos y espirituales bastante significativos, desde el color de las cortinas y las alfombras hasta los rituales religiosos: muchos en la Corte deseaban granjearse la aprobación y posible amistad de Sansa, así que lo normal por aquel entonces era que tuviese compañía en sus paseos por el Bosque de Dioses. Hasta él sufría los cambios. Su jubón, sin ir más lejos, era gris humo con hilo de plata, aunque por lo menos lucía un dragón estampado en el pecho. ¿Cómo resistirse a esos ojos azules y a esa mirada tierna? Dioses, era preciosa y no se daba cuenta de ello. A veces sentía ganas de golpearla para que viese la realidad con más perspectiva, pero en seguida se habría arrepentido de maltratar algo tan bello.

—Y yo estoy cansada del rojo —murmuró sin mucho ánimo.

—Rojo escarlata, cielo, no rojo carmesí. Eso ha quedado atrás.

Pero sabía que se equivocaba porque todas las noches Sansa Stark buscaba una estrella inexistente en el cielo, aferrada a sus recuerdos y a su hogar con una fuerza inquebrantable, oculta tras un muro de cortesía, un escudo blindado contra extraños e intrusos. Y aferrada a la espada, Aegon no podía olvidarse de la espada cuyo fino filo pensó que su esposa pretendía clavarle en el abdomen. Por suerte para él, la pasaba de mano en mano, pensativa, murmurando "Aguja" de vez en cuando, ensimismada en un mundo muy lejano al que no tenía acceso. Sansa no le dejaba pese a los años compartidos, pese a que era él el que se mantenía en un incómodo silencio para evitar importunarla.

Comprendió que continuaría incapaz de ignorar todos los años de súplicas, de burlas y humillaciones, de dolor e insensibilidad. Entendió que aunque ella había crecido como persona —según aseguraba Tyrion Lannister, el único de su casa con honor, el único en ser amable con ella, el hombre que la había liberado de un matrimonio forzoso sólo para lanzarla a otro por el bien del Norte. Al menos, eso había refunfuñado Jon Connington pocos días antes de su muerte. «Te hará falta la chica. Tres reinos te apoyarán si le haces un hijo» y Aegon casi había saboreado la bilis con la que su tutor (sería más justo llamarlo padre) se vio obligado a pronunciar esas palabras—, no iba a invitarle a sus memorias sobre Invernalia, hogaño hundida en las ruinas, ni le contaría anécdotas de su pasado que le hiciesen echar la vista más atrás todavía. Las capas con el huargo rugiente, los arcianos sangrantes, la nieve que caía en la capital y que ella pasaba horas mirando desde la lumbre, su pequeño hijo de ojos grises (favorecido por su ascendencia norteña a pesar de que ninguno de sus progenitores tenía ese mirar suyo tan frío)... no olvidaría su hogar. Podía pasarse el día entero administrando el castillo, dando órdenes a las doncellas y criados y hablando con los nobles de la corte, pero su hogar estaría siempre ahí, dentro de ella, de su corazón. Inmortal.

Aegon recordaba con una sonrisa el apocalipsis que había sido escoger un nombre para el pequeño.

—¿Baelor?

—Es feo.

—¿Jaehaerys?

—Muy largo.

—¿Rhaegar?

Sansa lo había visto entornando los ojos, sin duda pensando en la cara que habría puesto su padre de haber vivido para oírles.

—Era broma —se había apresurado a decir. Lo cierto era que se quedaba sin ideas.— ¿Aegon?

—Muy... repetido —había utilizado su tono más respetuoso, como una verdadera dama.— Y... ¿un nombre norteño?

Hasta en eso cedió sin poder hacer nada para resistirse. Le seguía pareciendo extraño escuchar el nombre de su hijo, Rickard Targaryen, mas se lo debía. Su familia se lo debía al Norte por todas las atrocidades cometidas. Y, de todas formas, a Rick le sentaba mejor ese nombre. No en vano, era plata pura, tanto el cabello como la mirada.

Todo la perseguía como un fantasma cuando se quedaba callada, imperturbable por fuera y extenuada por dentro. Los leones habían contribuido a debilitar su alma dejándola plagada de maltratos. Un moretón en el vientre, una pesadilla al anochecer. ¿Quién podría culparla de rememorar cada pequeña afrenta o insulto si tan sólo había sido una niña, casi princesa, entrenada para otro tipo de menesteres? Una niña que había abandonado su casa y había visto cómo la cabeza de su padre caía en el sept de Baelor. Una niña a la que habían pasado de manos como una vulgar yegua. Y una vencedora al fin y al cabo, pues pocos eran los que podían jactarse de seguir vivos al final de cada jugada. Quería ser lo suficiente para ella, ansiaba que los malos sueños se acabasen algún día a su lado. Lo deseaba de veras. Sin embargo, no bastaba con decirle unas cuantas palabras bonitas para que se dedicase a vivir sólo el presente. Detrás de cada silencio estaban Cersei, Joffrey, Petyr Baelish, Lord Bolton y muchos otros muertos.

Aegon suspiró, besó su frente y dejó que Sansa recargase su peso contra él, apretada en sus brazos. Inevitablemente, recordó el día de su boda: rápido, tan rápido que ni siquiera había dado tiempo a un encamamiento. Con la cabeza alta y el pelo rojo cayéndole sobre la espalda como una cascada de fuego.

—No voy a hacerte daño —le había dicho en un intento de serenarla.

En esos ojos azules —los mismos ojos a los que rara vez le negaba algo, en los mismos en los que creía que podría ahogarse— vio la desconfianza terca de una persona a la que había engañado constantemente. Una vez la tela se hubo deslizado perezosa por sus hombros cremosos, dejándolos desnudos y expuestos, se habían mirado con intensidad, buscando las certezas y los embustes de cada uno.

Después había musitado un "gracias", desnuda como lo estaba en ese mismo instante. «Gracias por decirme la verdad», había completado Aegon.

—En casa, tras los entrenamientos, Robb y Jon dejaban las espadas en el patio y venían a la sala de costura —comenzó, de repente.— Arya saltaba inmediatamente de su silla, con unos pantalones gruesos debajo del vestido, y corría detrás de ellos desatendiendo los gritos de la septa Mordane. Yo también tenía ganas de ir a jugar, pero primero terminaba mis labores. —Sansa se mordió el labio, dulcemente distraída, consiguiendo que Aegon deseara besarla. Ahora que había empezado a hablar, creía que debía callarse. Quizá le hiciese daño confiarle sus secretos.— Robb era mi favorito. Le pedía agarrada a su túnica que jugásemos a príncipes y doncellas. Él era el líder, siempre se le dieron bien esas cosas, así que ocupábamos nuestros puestos en un santiamén. En alguna ocasión estuve a punto de pisarme el dobladillo y caer por los escalones de la Torre Rota, cuya cima estaba destruida debido a un rayo, por querer llegar pronto. Los chicos se turnaban para rescatarme —confesó, sonrojada.— Normalmente Jon era un guardia que me custodiaba al pie de la torre y luchaba contra Robb con espadas de madera, sin ir en serio, sólo jugando. La última vez, Bran fue mi príncipe. Mientras los chicos y Arya estaban enzarzados en una pelea, él escaló la torre, aupándose con las manos y lo pies y entre las gárgolas de piedra. Llegó y le di un beso en la mejilla. Le dije alguna cosa estúpida, de esas que dicen las niñas pequeñas, y entonces nuestra madre le riñó por escalar, como de costumbre.

Una sonrisa había florecido en su rostro, tímida y triste, acompañada por las rebeldes lágrimas que huían de sus ojos. Aegon se quedó callado. Ni Lemore ni Haldon le habían enseñado qué debía decir en una situación así. Hasta que recordó algo.

—Gracias —susurró en su cuello. El resto Sansa lo completaría. «Gracias por amarme.»

La risa femenina le inundó el pecho e iluminó su cara. Hermosa, era hermosa y no se daba cuenta. Ambos sabían que el juego continuaba, que no se detenía nunca, ni para ellos ni para nadie. Sólo que ahora Aegon tenía la absoluta certeza de que estaban preparados para el largo camino que les quedaba por recorrer. Juntos.


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