CAPÍTULO I
Apunta a la luna y, si fallas, al menos estarás entre las estrellas.
CECELIA AHERN
Alec se despertó en su apacible piso de ladrillos rojos de Bayswater Road en Londres. Nada más levantarse, como cada mañana, descorrió las cortinas de su habitación que le permitían ver Hyde Park. Aquella era una mañana muy tranquila, y por suerte para él, no llovía. Todas las mañanas se iba a correr por el parque con Izzy, y él odiaba tener que correr bajo la lluvia. Se puso su ropa de correr, tomó un vaso de agua e hizo unos ejercicios de calentamiento. Cinco minutos después, tocaron a su timbre. Alec abrió, sabiendo ya de antemano quién era.
Isabelle también llevaba su ropa de correr y estaba sonriente.
–¿Preparado para que te machaque otro día más?
–Hoy no te dejaré ganar, Izzy.
–No mientas Lightwood. ¿Carrera hasta la calle? –preguntó y echó a correr escaleras abajo. Pero claro, Alec tenía que cerrar con llave la puerta de su casa, y llegó después de ella.
Después de esto, entraron en el parque y estuvieron media hora corriendo. En aquellos momentos, nunca hablaban. Iban a un ritmo muy alto, el uno al lado del otro. Y cuando quedaban cinco minutos, Izzy siempre se machacaba para poder sacarle ventaja a Alec. Él siempre la seguía a toda velocidad pero como ella siempre esprintaba un poco antes, siempre le ganaba por un poco.
–Cada día te recorto un centímetro más –le dijo Alec mientras subían las escaleras de su casa.
–Claro, sigue soñando –le respondió ella riendo.
Pero en vez de abrir la puerta de Alec, abrieron la de la izquierda. En cuanto entraron pudieron oler el aroma que despedían los huevos y el bacon mientras se estaban haciendo en la sartén.
–¡Simon, ya estamos aquí! –exclamó Isabelle nada más entrar y, acto seguido, se quitó las zapatillas de deporte y las lanzó.
Alec continuó caminando hasta la mesa, donde les esperaban como siempre tostadas, café, leche, mantequilla, mermelada y unos platos vacíos para el bacon y los huevos. Simon siempre se los terminaba de hacer en cuanto llegaban, para que no se enfriaran. Alec se sentó y al poco también lo hizo Isabelle, frente a él. Simon les puso la comida en los platos y también se sentó.
–¡Uhm, delicioso! –exclamó la chica, que ya les había hincado el diente a los huevos.
–¿Qué tal os ha ido? ¿Había mucha gente en el parque?
–No mucha. Los londinenses son unos malditos vagos –le respondió ella.
Terminaron de desayunar a toda prisa y Simon, como ya estaba preparado, se puso a recoger la mesa. Alec se despidió de ellos y se fue a su piso a ducharse y vestirse.
Después de una ducha bien fría, como siempre le habían gustado a Alec, se secó y se puso su uniforme de trabajo. Estaba compuesto por unos pantalones holgados negros que se ataban con una cinta en la cintura y una filipina de color azul intenso. En la parte derecha de ésta tenía enganchada al bolsillo una ficha que ponía: Alec y debajo, Mascotas George. Por último, se puso unos zapatos negros que en el trabajo cambiaría por unos zuecos del mismo color que la filipina y su chaqueta de cuero negra. Echó un vistazo al espejo y vio lo que veía todos los días desde hacía veinticinco años: la misma cara de un joven que todavía no es adulto, con piel pálida, mejillas rosadas y ojos intensos. Se peinó un poco el pelo, que le llegaba ya a la altura de las mejillas, y salió de su casa. Esperó a Isabelle y a Simon, que a los diez minutos salían por la puerta de casa, el vampiro casi arrastrando a la cazadora de sombras que le replicaba que todavía no había terminado de maquillarse.
Fueron corriendo, como siempre, hasta la parada de metro de Paddington, donde sus caminos se separaban: Isabelle y Simon cogían el metro en la vía contraria a Alec y bajaban en Piccadilly Circus. Allí Isabelle caminaba un corto trayecto hasta Regent Street, donde había un Centro de enseñanza de defensa personal y ella era una de las profesoras. Simon caminaba un poco más, y en dirección opuesta, pues trabajaba en una tienda de cómics, que se encontraba en la esquina entre Berwick y Peter Street, en el barrio del Soho, frente a una de sus famosas Sex Shops. Alec, por el contrario, cogía el metro hasta Warwick Avenue y caminaba hasta el final de Clifton Gardens.
Trabajar en Mascotas George le gustaba especialmente a Alec, y le había gustado desde el primer día en que trabajó allí. Para empezar, estaba en una pequeña calle comercial, con edificios no especialmente altos y con un ambiente en general amable. No estaba muy alejada del centro, pero no tenía aquel bullicio y estrés que se respiraba cerca del Támesis. Y después, el dueño, George, se había convertido en uno de sus mejores amigos desde el momento en el que se conocieron.
–Buenos días, Alec. ¡Qué bien que haya parado de llover! –dijo nada más entrar Alec por la puerta.
–¿Has llegado hace mucho? –preguntó Alec un poco preocupado. No le gustaba llegar después de su jefe, aunque fuera su amigo.
–Tranquilo, Alec –le respondió con una sonrisa–. He venido hace muy poquito, y además, ya sabes que no tengo que caminar nada para llegar hasta aquí. Es la única ventaja que le veo a no tener un pisazo como el tuyo delante de Hyde Park.
Ambos rieron, y Alec fue al cuarto del personal, donde se quitó su chaqueta de cuero y se cambió las botas por los zuecos de trabajo. En ese momento entró George.
–Voy a aprovechar ahora, que aún no ha venido nadie, para hacerme un café –le explicó George–. ¿Quieres tú también uno?
–No, gracias. Me acabo de tomar uno con el desayuno.
–¡Pues yo ya llevo dos! Pero es que esta noche no he dormido nada de nada.
–¿Ha habido alguna buena razón para no hacerlo? –preguntó Alec que, aunque llevaba mejor su timidez, era incapaz de no sonrojarse ligeramente cuando hablaba de temas más íntimos.
–Ojalá –suspiró y puso un vaso bajo la máquina–. Pero no, no he parado de dar vueltas en la cama, y con los únicos con los que he dormido abrazado ha sido con Potter y Ron –eran sus Golden Retriever– Además, tampoco tengo ningún plan para este fin de semana –murmuró apesadumbrado–. Creo que me conformaré conociendo los tuyos, que seguro que son apasionantes, como siempre –dijo y le dirigió una sonrisa.
–Bueno, mañana es viernes y, como ya sabes, saldré con mi hermana. Y luego el sábado… no sé.
–¿No tienes nada? –preguntó sorprendido.
Alec negó con la cabeza.
–¿Así que con Chen ya, nada de nada?
Alec era abiertamente gay. George también lo era y desde el primer momento lo habían sabido.
–No, no era mi tipo. Nos aburríamos juntos, no teníamos nada en común –le explicó Alec.
–Vaya, lo siento –le respondió de corazón–. Pensaba que éste estaría bien. Bueno, seguiré buscando, ¿vale?
George era amigo íntimo de un chico de una agencia de contactos. Alec no estaba apuntado a ella, pero George siempre le buscaba citas.
–No pasa nada, George. Otra vez será –Alec hizo un gesto de indiferencia.
–Supongo que buscarás a chicos con el perfil de siempre...
–Sí –Alec agachó su cabeza para intentar ocultar un poco su rubor.
Cuando llevaba dos meses trabajando con George, éste le preguntó si iba a algún local en concreto, o si estaba apuntado a alguna agencia de contactos. Alec le dijo que no, no estaba apuntado en ningún sitio, y que no iba a ningún sitio en especial. Fue entonces cuando George le enseñó sus locales de preferencia, el Moonlight y el Ojos de Gato, que pasaron a ser los clubes que más frecuentaría. También le propuso apuntarle, pero Alec lo rechazó. George le preguntó por cuáles eran sus preferencias, para así, de vez en cuando, conseguirle citas; Alec, después de meses de negarse por vergüenza, acabó dándole su consigna: asiáticos de piel bronceada.
George suponía que debía recordarle a algún antiguo amor, porque en los cinco años que se conocían, Alec no había salido con ningún chico que no cumpliera esas dos condiciones.
–Bueno, lo decía porque he encontrado a alguien que quizás te podía interesar.
–¿Sí? –Alec, que ya estaba en la puerta y se disponía a salir, se giró, interesado.
–Sí, pero quería estar seguro que ya no salías con Chen. Sé que tú no eres de los que salen con varios a la vez.
Sí, eso era algo que Alec nunca hacía. Pero eso no quitaba que, a las diez o quince citas con alguien, decidiera cortar toda relación con ellos. Siempre le ponía como excusa a George que se aburrían y no tenían nada en común, o algo por el estilo.
–¿Cómo es? –le preguntó Alec, con chispas azules en los ojos. Alec siempre se emocionaba antes de conocerlos, pero luego, al siguiente día de estar con ellos, al despertarse al lado de ellos por la mañana, perdía toda la emoción del día anterior.
–Es un hombre de negocios que va a pasar un mes aquí y después se volverá a Hong Kong. Estaba interesado en estar con alguien durante ese tiempo, pero ha dejado claro que no quiere saber nada de esa persona luego. Supongo que… ¿a ti no te importa, no?
–No, ya sabes que eso para mí no es un problema –si no, cortaría yo con él, pensó.
–Le he hablado un poco de ti… y dice que le entusiasman los chicos altos con ojos azules.
Alec ya sabía cuál era la presentación que George solía hacer de él: alto, en forma, enigmático y tímido, con unos ojos azules intensos.
Alec asintió.
–¿Le digo que el sábado estás libre?
Alec volvió a asentir.
–Perfecto. Si acepta, mañana te digo dónde quedaréis.
El timbre de la clínica sonó. Seguramente, habría un cliente esperando. Alec abrió la puerta pero, antes de salir, se giró a volver a mirar a su amigo.
–Gracias, George. Y… no te preocupes por últimamente no conseguir citas. A veces es mejor dormir con las mascotas que con algunos tíos –le regaló una sonrisa antes de cerrar la puerta e ir a atender al cliente que acababa de llegar.
¡Aquí tenéis el segundo capítulo! Muchas gracias por leer el primero y dejar reviews. Tenía bastante miedo de que no gustara o que alguien me enviara a la ciudad silenciosa por ser tan asesina…
Nunca he estado en Londres (estoy intentándolo para este verano, pero no sé si tendré esa suerte), así que el maps ha sido mi aliado y he estado buscando los sitios que me parecían más apropiados para cada lugar. La tienda de cómics en la que trabaja Simon es una tienda que hay actualmente (se llama Gosh! Comics), que me ha gustado por su aspecto. La escuela de defensa personal es, en realidad, un gimnasio llamado L.A Fitness y Mascotas George se llama Village Vet. Como tengo pensado en el futuro de vez en cuando hablar de más sitios de Londres, si alguien que ha estado o conoce más la ciudad y discrepa en algo y/o tiene alguna sugerencia (por ejemplo, la ubicación del Club Ojos de Gato, que, con ese nombre, ya os estoy advirtiendo algo…) no dudéis en contármela.
Aunque intento que sean los personajes fieles a las descripciones de la maravillosa Cassandra Clare, hay que tener en cuenta en que han pasado veinticinco años y su situación no es la misma. Por eso os vais a encontrar a un Alec más lanzado (me encanta, me encanta, me encanta) jajaja y algunos aspectos diferentes en él.
Espero que os haya gustado y, ¡Ave atque vale!
