Buenas! creo que es buen momento para hacer un resumen flash para todos aquellos que preguntan sobre este héroe olvidado. Bien, Fingolfin es hijo de Finwë con Indis, que era su segunda esposa. ¿Qué, nunca habían visto un elfo con segundo matrimonio? ¿Ah no? ¡Sorpresa! De su primer matrimonio había nacido Fëanor. Del segundo, cuatro hermanos: Findis, Lalwen, Fingolfin y Finarfin; que eran como el Fili y Kili de su época. Fëanor siempre había estado resentido con Fingolfin y Finarfin porque eran los favoritos de su padre, que de paso, había sido el creador de los silmarilis. Se llevaba especialmente mal con Fingolfin, al punto que llegó a amenazarlo poniéndole su espada al cuello.
Durante la fiesta del florecimiento, en la que Finwë condensa la luz de los árboles en los silmarilis, ellos hacen las paces. Fue durante esa fiesta que Morgoth y Ungliant matan a Finwë y roban los silmarilis, huyendo a la Tierra Media. Fëanor convocó a todos los noldor y pronunció un juramento que los ataba a ir a buscar las joyas robadas. Gran parte de los noldor murió durante el viaje a través del hielo que unía los dos continentes. Persiguen a Morgoth hasta Angband y allí se da la Batalla Bajo las Estrellas, donde Fëanor muere y Fingolfin logra el sitio de Angband, por lo cual es proclamado Rey Supremo de los Noldor. Lo que quedaba de las fuerzas de Morgoth son aplastadas en la Batalla Gloriosa, y el sitio de Angband dura alrededor de 400 años. Muchos se acostumbraron a vivir en paz como si no hubiera peligro.
Fingolfin era partidario de atacar Angband, pero no tenía ningún apoyo. Morgoth ataca primero, produciéndose la Batalla de la Llama Súbita, donde se realizó una alianza con los hombres edain. En esa batalla mueren tres de los hijos de Finarfin, Angrod, Aegnor, y Finrod Felagund, es decir, sus sobrinos. Además, sus otros sobrinos, los siete hijos de Fëanor fueron desterrados. Ante esta situación Fingolfin se desesperó pensando que el linaje de los noldor estaba perdido, agarró su espada Ringil, su caballo Rochallor y se fue a enfrentarse solo a Morgoth en Angband.
Morgoth lo enfrentó a campo abierto con Grond, el Martillo de los Mundos Subterráneos; cuyos golpes quebraban la tierra. Tres veces cayó Fingolfin de rodillas y las tres veces se levantó, con el escudo roto y el yelmo abollado. Pero la tierra estaba destrozada por los agujeros hechos por Grond, y Fingolfin tropezó y cayó de espaldas ante los pies de su enemigo, quien le puso el pie izquierdo sobre el cuello. Sintiendo sobre sí el peso de una montaña derrumbada, en un último y desesperado intento, Fingolfin golpeó con su espada y cortó el pie izquierdo de Morgoth, brotando de la herida una sangre negra y humeante que llenó los agujeros abiertos por Grond. Tal fue la ira de Morgoth que mató a Fingolfin, pretendiendo que su cuerpo fuese arrojado a los fuegos de Angband.
Pero Thorondor, Rey de las Aguilas, le rescató antes de ser arrojado al fuego e hirió a Morgoth en la cara. Thorondor llevó el cuerpo sin vida de Fingolfin a Turgon, donde fue enterrado por éste en un mausoleo que construyó especialmente para él en las Montañas Circundantes.
Esta historia se ubica durante los 400 años que duró el sitio de Angband. Espero haber explicado, sino pueden leer el libro. Uno de los más jodidos de entender que me ha cruzado la vida jajaja! Besitos!


Capítulo 2

Varios años pasaron durante ese viaje, pero no tenía idea cuantos. Cuando se ha vivido en la Tierra Imperecedera por tanto tiempo la preocupación de los mortales por él le parecía cuando mucho una nimiedad. El día y la noche, las estaciones y los ciclos que se sucedían, lo tenían sin cuidado. Como todo lo demás. Ya ni siquiera el recuerdo de los árboles que habían compartido su hogar con él le conmovía en modo alguno. Esas tierras ya no eran su hogar, porque el rechazo de Anairë había sido el rechazo de Aman, todo. Tampoco se encontraría nunca a gusto en la Tierra Media. Era un desterrado, un sin hogar, sin esposa, sin tiempo y sin reino. Sólo era, sólo existía.

En aquel viaje muchas veces había ayudado al oprimido, muchas otras simplemente había hecho caso omiso. No le hacía gracia ver a nadie sufrir, pero tampoco lo conmovía ni le producía ningún pesar. Había vencido a orcos, trasgos, trolls, wargos, arañas, y casi cualquier alimaña que se le hubiera podido ocurrir. Había recorrido campos y montañas, bosques y llanuras; había sufrido el frío hasta los huesos y un calor que parecía derretir su piel y volverlo loco. Pero en el fondo, todo se sentía igual. No diferenciaba una sensación de otra ni un paisaje de otro. Se volvió más huraño con los años y dejó de escuchar a la gente cuando le hablaba, dejó de responderles, y se hundió más y más en su propia miseria. Ansiaba encontrar la muerte detrás de la próxima colina, pero quiso el destino que la suerte siempre estuviera de su lado.

Un día cualquiera se internó en un bosque oscuro. No sabía dónde estaba, tampoco le tenía con el menor cuidado; pero gracias a lo sombrío y condensado de los árboles que se entremezclaban, decidió llamarlo para sí mismo el Bosque Negro. Veía entre los árboles unas luces fugaces, unos ojos de insectos, y supo que eran engendros de Ungoliant. En parte había sido su madre aquella bestia que junto con Morgoth había arruinado su vida entera, le había arrebatado a su amada esposa, lo había sumido en la oscuridad. Pero un momento después notó que eso no tenía ni un ápice de verdad, ella lo había abandonado por elección propia, con juramento que lo llevara a la Tierra Media o sin él. No parecía correcto desquitarse con aquellas bestias asquerosas que nada tenían que ver con su miseria, que habían nacido muchos años después de aquel fatídico día en que debió partir de Valinor. Era como si hubieran llegado a un acuerdo tácito, él no molestaría a las arañas, las arañas lo dejarían pasar sin problema.

Por horas continuó buscando la salida del bosque, sumido en un silencio sepulcral pero de algún modo agradable. En un momento dado llegó a un claro y decidió pasar allí la noche, sin dormir, sin descansar; era más un momento para su caballo que para él. Hacía varios días que no comida nada, y en verdad le hubiera gustado tener algo en su estómago, el hambre era algo para sentir al menos. Recorrió el claro a pie, buscando algún fruto que pudiera servirle, sin demasiada esperanza en la desolación del Bosque Negro. Mientras lo recorría pensó persistentemente que el bosque era una alegoría de su propio corazón, no podía oír ni ver nada, ni sentir nada, ni cruzarse con nadie. Oscuro, árido, desierto, cero absoluto. Oyó de repente un quejido de dolor, sus sentidos se alertaron, se detuvo y agudizó sus oídos. Pero no pudo distinguir nada distinto, y concluyó que lo había imaginado. Caminó unos metros más y volvió a oírlo. Prestó más atención aún, más por si hubiera algún peligro que por ayudar a quien sufría.

Luego de unos minutos logró verlo. Sobre su cabeza, en uno de los árboles más altos, yacía un cuerpo pálido encerrado entre las ataduras de las arañas. Comida para más tarde. No llegaba a verlo, pero estaba vivo. Dudó un momento, eso rompería su acuerdo tácito con las arañas; y no le caía en gracia ponerse en peligro por nadie. Sólo podía ver unos ojos castaños mirándolo con resignación desde allí arriba. Quizá si hubiera visto tristeza, desesperación, o una sola lágrima; lo hubiera dejado allí. Pero vio la misma aridez que nublaba su corazón, que era un ser tan repugnante y vacío como él mismo. Por primera vez en muchos años sintió algo diferente: curiosidad. Un anhelo lo animó a saber más de esa criatura de quien sólo había visto esos ojos, y se decidió en una fracción de segundo a acudir en su rescate. Hábil y rápidamente trepó a las ramas más altas y cortó las ataduras de la víctima. La cargó hasta su modesto campamento, donde su caballo lo esperaba; y recién ahí se decidió a desatarla.

Lo primero que notó, incluso antes de verla, fue que era alguien de su misma raza. Una elfa de ojos castaños y vacíos, extrañamente baja en estatura, con el cabello rubio –un poco más oscuro que el suyo- y extrañamente, corto; llegando hasta la barbilla y enmarcando su cuello en forma por demás elegante. Todo eso le resultó aún más extraño y animó esa curiosidad que se estaba formando dentro de sí. La encontró herida con punzadas de aguijones, con sus ropas desgarradas y temblando por el veneno. Tomó una pequeña manta que tenía en su alforja y la envolvió suavemente con ella. Sus miradas se encontraron hasta que el elfo rompió el silencio.

-¿Quién eres? –al instante se preguntó si no estaba siendo demasiado descortés, pero ella sólo meneó la cabeza, sin bajar la mirada.

-Soy nadie –esa respuesta exacerbó la curiosidad del rey elfo al punto tal que necesitaba conocer cada segundo de sus siglos.

-Está bien –aceptó- Sin embargo, quisiera poder dirigirme a ti de alguna manera, ¿cómo puedo llamarte?

-Llámame Dianna entonces. ¿Y tú? –se preguntó cómo rayos no conocía al Rey Supremo, pero no tenía ningún orgullo para ser herido.

-También soy nadie –admitió derrotado.

-¿Cómo puedo llamarte? –dudó un momento, sin estar seguro de informarle a la extraña sobre su nombre verdadero. Se encontró dudando, se encontró sintiendo desconfianza y curiosidad. Sentía algo, por primera vez en muchísimos años. Y sin quererlo, esbozó una sonrisa, que le provocó a la elfa una expresión de intriga. Finalmente se decidió a decirle la verdad.

-Mi nombre es Fingolfin –Dianna asintió.

-No debiste ayudarme. No merezco que me cobijes con tu manta. Debiste dejarme morir.

-¿Por qué? –inquirió con una mezcla de pesar y curiosidad, comenzó a pensar que hubiera sido un crimen contra el mismísimo Eru dejar morir una criatura tan bella como esa que se apostaba herida frente a él. Admiración, eso era otra novedad para su corazón sitiado por una gruesa coraza.

-¿Por qué no? –lo desafió, y debió realizar un esfuerzo para encontrar una respuesta.

-Porque alguien te espera en casa. Estoy seguro que tienes padres, hijos, hermanos, un esposo, grandes amigos. No deberías decepcionarlos –aventuró.

-No –susurró simplemente.

-¿Nadie? –Fingolfin subió una ceja.

-Ya nada me importa. No siento nada, no tengo misión alguna, ¿por qué debería continuar con mi viaje? –entonces comprendió que quizá se había perdido en ese bosque por alguna razón. Deseaba saber más de esa hermosa creación, deseaba saber qué miserias se escondían detrás de sus ojos castaños. Pero no era sólo la curiosidad aquello que lo movía, sino que por primera vez en mucho tiempo, deseó ayudar a otro ser vivo. A ella le sucedía lo mismo que a él, pero ¿por qué camino había llegado allí? Eso era algo que no había sentido realmente desde el fatídico día en que partió de las Tierras Imperecederas, interés por algo o alguien. Sintió calidez en su pecho, pero también el frío de su corazón. Sentimientos encontrados, como poco después de la muerte de Fëanor. En ese momento había odiado albergar esas sensaciones contrapuestas en su pecho, pero ahora podía comprender que era eso mil veces mejor que no sentir nada.

-A mí me importas –sentenció en un susurro, sin pensar; sin dar crédito a que realmente lo hubiera dicho en voz alta. Pero Dianna sólo se encogió de hombros y comenzó a inspeccionar sus heridas como si no hubiera nadie allí. Intentó ayudarla, pero ella simplemente se apartó arisca. Él la observó como si fuera la primera vez que viera a una hembra en su vida entera, admirando cada movimiento de su cuerpo. Pronto sucumbió al veneno y se dejó llevar por la fiebre, recién entonces Fingolfin pudo comenzar a sanar su cuerpo.