VIDA COTIDIANA

Ha transcurrido un año desde que Ganon fue vencido por el héroe elegido por la Espada Maestra y sellado por la encarnación de Hylia, la princesa dueña del poder dorado de las Diosas. Ahora el reino de Hyrule gozaba de la merecedora paz que se le había arrebatado un siglo atrás, y poco a poco comenzaba restablecerse la esperanza en los corazones de sus habitantes.

Al poco tiempo que Link rescató a la princesa de las garras de la oscuridad, comenzaron una nueva travesía para visitar a Impa y al legado de los fallecidos campeones, pues todos juntos debían pensar en una estrategia para reconstruir al destruido reino, y entre esas cosas, devolverle su magnificencia al castillo que alguna vez lo gobernó. Zelda, al inicio, no estaba de acuerdo con eso, pues aquel lugar, aunque fue su hogar antes del Cataclismo, se convirtió en su infierno por un siglo entero, sin embargo, su sueño de que todo vuelva a ser como antes era mayor, por lo que terminó aceptando.

Durante todo ese periplo, viajando de un lugar a otro, Link y Zelda reconocieron lo que sus corazones sintieron en el pasado y no se atrevieron a revelar, pero que conocían no solamente por el enlace de sus almas, sino también por las pruebas de amor que se otorgaron, hasta el punto de disponerse a sacrificar sus propias vidas. Estaban convencidos que en esa nueva era nadie iba a cuestionar que estuvieran juntos, pues pocos los conocían, y los que sí, seguro estarían de acuerdo. No existían leyes ni estatutos que se atrevieran a separarlos.

Después del viaje tan largo que tuvieron, decidieron ir a la Villa Hateno para descansar en la casa del guerrero, la que en el pasado perteneció a su padre, cosa que Link recordó hace poco. Hicieron de ese pequeño, pero acogedor sitio, su nido de amor, donde vivieron como una pareja en todo el sentido de la palabra. Ante los demás Zelda no era más que la mujer de Link, pero ya después, una vez que el castillo esté terminado, revelaría su verdadera identidad, claro está haciéndose pasar como una descendiente de la regente de hace cien años, pues nadie creería que sería la misma de antes, mucho menos tan joven.

Zelda deseaba que, una vez que todas las reconstrucciones terminen, poder casarse con Link, convertirlo en su rey para que gobierne junto a ella y saquen al reino adelante. El joven solamente estaba interesado en estar con ella, pues la princesa era el sentido que literalmente le devolvió el aliento de su vida, y el único nexo con su verdadera identidad.

Aquella mañana de esas tan comunes, Link conversaba con Karud, el dueño de construcciones Karid, para que su empresa comience con la parte más difícil del trabajo, devolverle la vida al castillo de Hyrule. Obviamente el hombre iba a necesitar mucho más que cien bloques de leña para reconstruirlo, aparte de muchos trabajadores cuyos nombres comiencen con "K", cosa que Link trató de negociar para que pase por alto, pero no, el hombre era muy fiel a las políticas de su organización, y las haría respetar sea como sea. El guerrero decidió no refutar más y confiar en él como lo había hecho en el pasado. No lo había defraudado.

Después de la plática con el peculiar hombre, decidió regresar a su casa a comentarle a su casi esposa la buena noticia, pero para su sorpresa no la encontró.

- ¿Zelda? – preguntó intrigado.

Salió a buscarla al pequeño jardín, y como se imaginó ahí estaba… sin embargo, estaba cabizbaja, con la mirada apagada, incluso con algunas lágrimas en sus ojos. Si algo detestaba con toda su alma era verla sufrir, pues durante más de un siglo lo había hecho, y no quería que eso se vuelva a repetir.

- Zelda…

Inmediatamente, la joven se limpió las lágrimas para que su amado no la vea. A pesar de la confianza que se tenían y todo lo que compartían, aun no superaba el hecho de nunca querer mostrarse débil ante él.

- Princesa, ¿qué te ocurre? – preguntó el joven, preocupado.

- Nada importante. No te preocupes. – respondió ella, disimulando calma.

- Es imposible que no me preocupe. A decir verdad, desde hace días te he notado deprimida, pero no te he preguntado porque he esperado que tu decidas contarme… pero ya no puedo esperar. ¿No confías en mí?

- Sabes que sí, eres todo lo que tengo… es sólo que…

- Dime lo que te agobia, por favor.

- Es que… tengo miedo de regresar a vivir al castillo, pues siento que no voy a adaptarme, y menos tú… temo que te aburras y te agobies a mi lado. – contestó, sumamente apenada.

Link no dijo nada al inicio, sólo asimiló cada una de las palabras que su dama le dijo. Poco después, sonrió, la tomó de la mano y la llevó a un sitio un poco más apartado del jardín, uno en donde tenía guardado algo muy especial.

- Quiero enseñarte algo en lo que he estado trabajando.

Zelda se dejó guiar por su caballero a un rincón del jardín que en apariencia no tenía nada diferente, hasta que el joven apartó uno de los arbustos, mostrando lo que tenía escondido.

- Pero si es…

- Una Princesa de la Calma, la planté hace unos meses y hace poco terminó de florecer. – dijo Link, orgulloso.

- Está hermosa… pero… ¿cómo pudiste plantarla? Se supone que ellas sólo florecen por su cuenta y en determinados sitios. – preguntó Zelda, sorprendida.

- Ella no floreció porque yo la haya plantado, sino porque ella deseó hacerlo en este lugar.

- ¿Ah?

- Zelda no tengo que repetirte el por qué esta flor me recuerda a ti, y no me refiero porque es tu favorita, sino porque es capaz de nacer y crecer en el ambiente donde pueda sentirse libre, sin importar las adversidades que tenga que superar. Ella se adapta a donde sea con tal de sentirse cómoda, con tal de ser ella misma. – explicó el caballero.

- Link…

- Zelda, este tiempo conviviendo contigo, conociendo junto a ti tantas cosas, compartiendo desde la mesa hasta la cama, han sido los más felices de mi vida. Para otros pueden ser cosas de la vida cotidiana, repetitivas y sin sentido, pero para mí la calidez de un hogar que creí nunca tendría, y mucho más a tu lado. No tengas miedo de que las cosas cambien entre nosotros una vez que regresemos a vivir al castillo, pues yo me adapto a donde tu estés, jamás me aburriré, pues así como esta flor, yo quiero y decido… es todo lo que deseo. Si para ti regresar a tu antigua vida es caer en la rutina, quiero construir a tu lado la más monótona y aburrida de las aventuras.

Los ojos de la princesa se llenaron de lágrimas al escuchar las palabras de su caballero, pero esta vez eran de felicidad y no de miedo e incertidumbre. Ahora estaba segura de que podría enfrentar lo que sea mientras siempre lo tuviera a su lado. Pudo sobrevivir un siglo gracias a la esperanza de volverlo a ver, así que esto lo superaría con altura.

- Quiero ser tu Princesa de la Calma. Muchas gracias por reconfortarme, mi amor. Ahora me siento más tranquila. – dijo la dama, aliviada.

- Me alegra saber eso, y verás cómo nuestra vida en el palacio será mejor que ahora, pues sólo nos espera felicidad… sin embargo…

En ese momento, el joven tomó en brazos a su dama, causando que esta lance un grito de sorpresa. Pudo observar en él una mirada fiera e intensa, la misma que observaba todas las noches en las que no dormían.

- Las responsabilidades que nos esperan son bastante fuertes, así que es mejor que me compenses con eso por adelantado. Ya sabes… hay que respetar la rutina.

Y fue así, que con un apasionado beso, la pareja se dirigió a la intimidad de su alcoba a amarse desquiciadamente… lo más hermoso de su cotidiana vida.

24/10/2017