2.
-se te enfriará-insistió Krista mirándolo desde el umbral de la cocina
Kurapika parecía un cachorro asustado y malherido que no lograba entender que el peligro ya había pasado y podía recostarse tranquilamente. Tal vez no estaba siendo lo suficientemente amable con él y se sentía incómodo.
Se acercó a él y se sentó a su lado dejando sus tostadas sobre la mesita para acompañarlo a desayunar. No estaba segura si en su estado podría soportar tantas calorías, pero era lo único que tenía para ofrecerle y no podía evitar creer que estaba un poco desnutrido al ver sus manos y sus pómulos tan marcados.
-…no recuerdo nada-soltó el pobre chico al fin tomando tímidamente la taza de té
-no sé lo que realmente sucedió. Leorio llegó a las cuatro de la mañana contigo en brazos diciendo que debía ayudarte, parecía que estabas agonizando, pero él ya había hecho el trabajo mayor. Estuvimos cuidándote hasta el amanecer. Leorio se fue a casa y te dejó aquí. No puedes irte hasta que estés curado por completo, se lo prometí.
-…está caliente…-susurró como si hubiese pensado en voz alta
-Leorio cree que rompiste reglas de la Asociación y deben estar buscándote
El silencio se instaló en el aire en un segundo, solo el murmullo de la televisión en la habitación de la enfermera interrumpió la tensión del ambiente.
Krista tomó la taza de entre las temblorosas manos de Kurapika y la dejó sobre la mesita esperando que el chico no se desmayara del repentino impacto que vino a su mente. Lo vio tenso y nervioso, con los ojos llorosos y la mirada perdida recordando, quizás, lo que había sucedido.
Volvió a sentir el impulso de tomar sus manos entre las suyas para tranquilizarlo. No era la primera vez que se encontraba en aquella situación donde la única salida es el silencio y la paciencia. Debía esperar a que Kurapika se recuperara mentalmente; si no recordaba nada de la noche anterior, era probable que los recuerdos llegaran abruptamente ante cualquier estímulo. Ella solo debía evitar que se esforzara demasiado.
-¿estás bien?-le preguntó cuando el rubio pestañeó varias veces y respiró hondamente, como si de pronto hubiese vuelto a la realidad.
-…quién eres
Ella le sonrió.
-mi nombre es Krista Aurie, enfermera casi profesional y mejor amiga de Leorio-se presentó con un leve sonroso en las mejillas-me titulo en dos meses, así que puedes confiar en mis cuidados
-Leorio nunca me habló de ti
-porque detesto la vida de un cazador, y no me interesa esa parte de Leorio. Soy una especie de…cable a tierra, a la tierra llana y superflua
Kurapika asintió levemente y volvió a tomar la taza de té bebiendo pequeños sorbos y pretendiendo no parecer tan débil y enfermo. Se sentía incómodo pero seguro, confortado; incluso sentía ganas de echarse a dormir tranquilamente sin miedo a ser sorprendido en la madrugada por alguna pesadilla. Krista no era un peligro, estaba casi convencido que podía confiar en ella…pero ¿y si todo era una trampa? ¿O si solo estaba soñando o a medio morir? ¿Quién le aseguraba que no era el triste espejismo de su inconsciencia queriendo amanecer en hogar cálido con tostadas desbordando queso caliente y preparadas solo para él? ¿Y si la amable mujer que estaba a su lado no era más que un estúpido sueño? El tiempo era relativo, él y su vida también lo eran, ¿cómo saber si estaba vivo si no lograba recordar quién y cómo había interrumpido su noche igual a otra?
El té estaba delicioso. Era el mismo que le servían en la cafetería de la Asociación, pero este estaba lleno de calidez y sin azúcar añadida.
Esbozó una media sonrisa y cerró los ojos sintiendo el cuerpo muy cansado y de plomo. Quería dormir un poco más, solo un poco más.
Killua sonrió con ternura observando la foto que Gon le había enviado a su teléfono. Desde que había conocido la mensajería instantánea el chico de Isla Ballena no había dejado de enviarle fotos todos los días de todo lo que hacía, lo que Mito cocinaba para él, las tareas que le quedaban por hacer o los bichos raros que encontraba en el bosque. No parecía profundamente afectado por haberse alejado de la vida del cazador, más bien, decía estar triste por no estar viajando junto a él y Alluka, y por no poder comunicarse con sus otros dos amigos. Al igual que Killua, Gon añoraba más la aventura compartida que el instinto de meter la nariz donde no debía. Se sentía tan solo.
-espero que pronto volvamos a vernos -le respondió Killua-estoy algo cansado, voy a tomar una siesta. Hablamos luego.
Dejó el teléfono bajo la almohada y se volteó sobre la cama arropándose para dormir. El día acababa de comenzar en la ciudad de Montek, sin embargo, él apenas había podido pegar una pestaña durante la noche. Sabía que debía dormir, no estaba en condiciones de soportar más de tres días despierto…pero no podía. Solo lágrimas brotaban de sus ojos azules, no soportaba el dolor ni la angustia de no saber dónde estaba ella, dónde se la habían llevado ni qué querían para devolverla. Había prometido a su hermanita mostrarle lo bello que era el mundo fuera de las rejas de la mansión Zoldyck, mostrarle que podía ser libre y feliz a su lado.
Mas, la silenciosa mañana del 2 de octubre, Alluka había desaparecido sin dejar rastro. No importó cuánto la buscase Killua por los alrededores ni lo mucho que recorriera las calles todos los días buscando alguna pista de quién había osado quitarle lo más preciado que poseía. Estaba seguro que ella no había decidido huir por su cuenta, Nanika no se lo hubiese permitido; significaba que alguien intentaba tenderle una trampa o simplemente hacerle mucho daño.
No había dicho una palabra a Gon, había fingido que Alluka estaba enferma y por eso no habían salido ni le habían enviado fotografías. Pero sabía que pronto debía hablar, o no sería capaz de encontrarla por su cuenta. También pensaba en llamar a Leorio y Kurapika, ellos estaban en el círculo cerrado de cazadores zodiaco, seguramente podrían permitirle acceso a información o podrían ayudarle más eficientemente en su búsqueda.
Tan solo tres minutos después, en ese cuarto de hotel desordenado y sin ventilación, Killua cayó vencido y aturdido por el sueño sin siquiera poder soñar. Su mente estaba en blanco y su cuerpo totalmente debilitado.
Krista se abalanzó sobre Kurapika abrazándolo fuertemente hacia ella y evitando que cayera de bruces sobre la mesita y las tazas con té caliente. Lo llamó por su nombre varias veces y lo sacudió un poco resignándose a que lo había perdido por completo.
Pateó la mesita hacia la pared opuesta y se dejó caer sobre la alfombra cuidando de dejar a Kurapika a su lado sin que cayera de golpe. Se arrodilló a su lado y pegó su oído al pecho del muchacho. Suspiró aliviada. Solo era un desmayo por agotamiento, no podía permitirse el riesgo de dejarlo empeorar hasta la muerte, Leorio no se lo perdonaría ni lo superaría. Sería volver a verlo destruido por perder a su mejor amigo, y era lo que jamás quería revivir.
Sonrió con los ojitos cansados cuando Kurapika susurró algo apretando los párpados con intenciones de despertar por completo. Volvió a pegar su oído junto al corazón del rubio y se aseguró no percibir ninguna anormalidad que pudiese preocuparla.
Lo miró fijamente y él cerró los ojos como si estuviera avergonzado sin dejarle ver el estado de sus pupilas. Su respiración se hizo un poco más superficial y rápida, como si soportara un dolor muy intenso o las ganas de llorar.
-¿puedes levantarte?
Kurapika asintió y se incorporó lentamente hasta ponerse de pie. Krista no lo ayudó, él no quería ayuda, y ella lo sabía, lo leía en esa mirada llena de impotencia y vergüenza. No lo detuvo cuando notó sus intenciones de salir de su apartamento, no lo obligaría a quedarse ni a recuperarse, si deseaba salir a morir en una esquina y ser encontrado por Leorio a las dos de la mañana era decisión suya. Ella solo cumplía los deseos de Leorio para hacerlo feliz y permitirle dormir tranquilo. Quizás la culparía si Kurapika desaparecía, mas, no podía ayudar a quien no deseaba ser ayudado.
Se sentó nuevamente en el sofá y se abrazó las rodillas mirando de reojo al rubio. Se había detenido con la mano sobre el picaporte dispuesto a salir pero sin poder hacerlo.
-no voy a detenerte. Puedes irte-dijo Krista sin el menor tono de enojo en su voz. En verdad le estaba dando la oportunidad de hacer lo que él quisiera. No obtuvo respuesta-pero también puedes quedarte, no por ti, por Leorio, para que valga la pena el haber corrido a salvarte la vida. Para mí tú no vales nada, pero para él significas mucho…y…-suspiró lánguida-no puedo permitirme hacerle un daño tan grande como el de volver a perder a un amigo. Vete cuando te sientas mejor.
Kurapika dejó caer su mano del picaporte y se apoyó en la puerta dándole la espalda a la mujer. Pronto la sintió venir hacia él y nuevamente dejó que lo llevara hacia el sofá, donde se recostó mirando el techo y guardó silencio. Se convenció que Leorio le había salvado la vida, lo menos que podía hacer era sobrevivir.
Alrededor de las siete de la tarde cuando el sol apenas se dejaba ver en el horizonte y la brisa nocturna comenzaba a helar el ambiente, Leorio aún se encontraba en la oficina de su jefa en la Asociación, intentando no parecer sosprechoso y actuar con normalidad. No le hab+ian hecho preguntas sobre el paradero de Kurapika, ni siquiera Mizai, el cazador con quien su amigo compartía misiones. Lo cual le producía aún más nervios y especulaciones sobre lo que Asociación sabía o no.
Intentó parecer normal durante el día, hacer lo que le pidiesen y verse relajado. Creía que en cualquier instante lo interrogarían hasta morir o que estaban haciéndose los desentendidos solo para vigilarlo, incluso creía que alguien podría estar leyéndole la mente, por ello intentaba pensar solo en su trabajo y confundir la imagen de Kurapika con la de su supuesta mascota herida que Krista estaba cuidando.
Le tranquilizaba saber que pronto podría volver a su apartamento, dormir y no preocuparse de ser engañado o vigilado estrictamente hasta sus pensamientos. Seguía el paso a paso de lo que su jefa le decía, contestaba correctamente a sus preguntas y le sonreía trémulo de vez en cuando. La verdad era que no confiaba en ella.
Cuando dieron las siete, se dispuso alegremente a regresar a casa, llamaría a Krista y todo estaría bien. Pensaría en la forma de ir a visitarla sin levantar sospechas y planearía mejor la respuesta que daría si le preguntaban por el rubio. Se reía pensando en la ironía de que Kurapika inventaría una mejor excusa que él.
Había regresado a buscar su bolso y su chaqueta a la salita de estar de los cazadores cuando notó que el locker de Kurapika estaba abierto y forzado. Las carpetas y papeles de su amigo habían sido revueltas hoja por hoja, incluso el bolsito donde guardaba lápices y cosas pequeñas estaba volteado.
Leorio se acercó un tanto asustado de ser observado y buscó entre el desorden que el registrador había dejado, la libreta azul cerrada a fuerza de nen que su amigo llevaba a todos lados. Se le apretó el corazón al no encontrarla y darse cuenta que había sido ingenuo al creer que lo buscarían a él para obtener información. Era su mejor amigo y evidentemente lo defendería; la Asociación no perdería el tiempo en su lazo de amistad, iría directamente hacia Kurapika sin darle tiempo de dar siquiera una explicación.
-¿quién hizo esto…?-preguntó alarmada una voz femenina que venía hacia él
-…Piyon…-susurró turbado el nombre de la cazadora que parecía muy triste por lo que veía
-malditos hipócritas-se dijo con rabia intentando ordenar rápidamente los papeles de Kurapika en el casillero
-¿sabes quién lo hizo?
Piyon se volteó hacia él con el ceño y los labios fruncidos, estaba furiosa.
-no. No lo sé-respondió conteniendo la rabia en sus palabras-nadie ha sido capaz de decirme qué sucede, supongo que a ti tampoco, Leorito
El muchacho guardó silencio y observó las manos temblorosas de Piyon. A pesar de su extraña forma de ser, Piyon era muy amable y se preocupaba con sinceridad de todos los miembros del zodiaco. No mentía al rechazar a la gente ni al interesarse en alguien. Era la única capaz de encerrarse con la jefa en su oficina y armar escándalo por pequeñeces que nadie más tomaba en serio, como los roces entre amigos o la cafetera en mal estado. Por ello era la última en enterarse de los problemas y solían aislarla de los temas de suma importancia. Para la Asociación una cazadora tan sensible y enamoradiza solo podía ser un dolor de cabeza.
-¿crees que esté muerto?-le preguntó de pronto con ojos suplicantes
-no he sabido de él desde ayer. Creí que ustedes sabían, o que lo habían mandado a una misión con Mizai
-¡tú deberías saberlo! Eres su mejor amigo ¿no? Andan juntos para todos lados, Kurapika confía en ti ¿cómo demonios no sabes dónde fue? ¿por qué registran sus cosas…? Como si fuera un criminal…-sollozó echándose a llorar en los brazos de Leorio
-debe estar bien. Quizás se escapó de vacaciones-dijo intentando tranquilizarla-no deberías preocuparte tanto
Piyon se soltó de él y se secó las lágrimas con el dorso del brazo.
-Piyon, ya nos vamos ¿vienes con nosotros?-le preguntó Cluck, la cazador paloma, desde la puerta cargando en sus brazos el bolso rosa de la cazador conejo
Leorio la vio partir alegremente como si nada hubiese pasado y solo pudo sonreír un poco sorprendido de los cambios de humor de la mujer. Pensó que estaba tan enamorada de Kurapika como la pobre Geru que apenas podía contener los suspiros cuando se encontraban de frente, pero quizás de un modo más caprichoso.
Se sentó en el suelo pensando en qué hacer. Si la Asociación ni siquiera iba a preguntarle sobre el paradero de su amigo y ya habían registrado sus cosas, significaba que sospechaban de Kurapika pero que lo acusarían de forma externa sin entrometer al resto del zodiaco. Tal vez ni siquiera pensaban en despedirlo o culparlo de haber roto su contrato, y solo querían saber exactamente cada paso del rubio para saber si podían o no confiar en él, saber si les servía. Robando la libreta de Kurapika sabrían cada paso que había dado, las personas a las que había torturado, a quienes había robado el tesoro que perseguía y lo que tenía planeado hacer en el Continente Oscuro una vez que estuviese embarcado gracias a la Asociación.
Si lo analizaba fríamente, a su jefa Cheadle, no le convenía trabajar con un muchacho tan conflictivo y comprometido como Kurapika. El rubio no dejaría en segundo lugar sus planes por hacer caso a la Asociación, si era necesario era capaz de arruinar los planes del zodiaco para obtener lo que quería. En su mente ya no existía nada más que ojos rojos, venganza y en un rinconcito, sus amigos.
Observó el reloj por última vez y se levantó ya cansado, esperando más que nunca el momento de echarse en su cama a dormir.
Hojeó por última vez los papeles de Kurapika buscando algo importante que pudiera ocultar, pero solo encontró una carta a medio escribir en medio de unos documentos de la Asociación. La letra era rápida y nerviosa, como si no tuviera tiempo de escribirla y su respiración fuese irregular.
La guardó rápidamente en su bolso junto al bolsito de los lápices y se dirigió a la salida recordando que tenía hambre y muchas ganas de beber una cerveza. Tal vez si la Asociación no estaba interesada en interrogarlo podría ir sin miedo a visitar a Krista y cenar con ella, pero también podía ser que solo estuviera siendo engañado y esperaban seguirlo para dar con Kurapika. Ni siquiera era capaz de confiar en sus movimientos.
-demonios…-susurró entristecido ya fuera de la Asociación, frente a la calle y sin saber a dónde ir
Una joven se tomó de su brazo y lo tironeó hacia ella encaminándose hacia el centro de la ciudad. Leorio la miró sorprendido y luego nervioso al percatarse quién era. Llevaba un lindo vestido de noche y el cabello colgando desde una alta cola de caballo. Iba canturreando una canción que no conocía y poco a poco iba acomodando su mano sobre el brazo de Leorio hasta parecer una pareja normal y corriente, como si él no se sintiera secuestrado y ansioso, y ella una maldita loca.
No se conocían más allá de dos meses por simple casualidad, y no existía más comunicación que la necesaria entre dos cazadores del mismo rubro. No había romance ni amistad, no había confianza más que para compartir un café en la mañana o para reír un rato al encontrarse en el ascensor. No conocían mucho más que el nombre y algunos gustos del otro, no había real interés y al pensarlo fríamente, solo se estorbaban mutuamente.
Pero ella lo quería, y no se daba por vencida. Emi no quería aceptar la negativa de Leorio, estaba convencida que la rechazaba solo por no tener tiempo para enamorarse o para dejarse acompañar de una chica. Creía que todo era cosa de insistir y enseñarle que podía ser todo lo que él pidiera, todo lo que necesitara y todo lo que deseara. No conocía a otra mujer que deambulara alrededor de él y estaba casi segura que era la oportunidad de su vida para enamorarlo.
Le dolía el estómago, y estaba mareada.
-Emi, no puedo salir contigo hoy
Ella no lo escuchó y siguió caminando hasta llegar a un café instalado en frente de la estación de trenes. Se sentó tímidamente en una solitaria mesita para dos y lo sostuvo de la mano mirándolo con profunda pena, suplicándole con sus ojos negros que por favor se quedara solo un momento.
Leorio suspiró pensando que quizás beber en compañía le haría mejor que hacerlo solo. Aun así se sintió cínico y estúpido aceptando la cita de Emi, no tenía intenciones de darle una oportunidad, pero necesitaba hablar y hacer una vida normal si es que alguien de la Asociación lo seguía.
El garzón tomó la orden de ambos regalándoles un pastel de crema para compartir. No notó el silencio incómodo que se formó ni la resignación de Leorio en cada una de sus palabras. Al menos él no quería estar ahí.
-¿por qué estás tan preocupado?-habló Emi rompiendo el hielo que pronto se apoderó de su corazón
-mucho trabajo y poco tiempo libre. A penas he podido estudiar por mi cuenta
-¿y Kurapika? No lo vi hoy
-no lo sé, debe estar de vacaciones o en algún hospital-sonrió aceptando la cerveza que el garzón trajo para él. Guardó silencio mientras servían el café de Emi y le dio una propina por adelantado. Conocía lo poco que se ganaba en ese rubro.
Emi cuchareó la crema de su café y acarició la mano de Leorio sobre la mesa sin mirarlo a la cara. El chico se apartó y bebió un gran sorbo de cerveza ignorándola. Sabía por qué lo había llevado ahí, por qué usaba ese vestido y por qué lo miraba con tanto cariño. No quería escuchar lo que tenía para decirle ni verse obligado a rechazarla otra vez. En verdad no le gustaba mucho más que una amiga y ni siquiera tenía planes de engancharse en una relación superficial como la que Emi le ofrecía.
-Leorio, me voy de la ciudad-sonrió Emi un poco más tímida-y quiero que vengas conmigo
-…Emi…-suspiró con cansancio
-puedo ser lo que tú quieras, Leorio-insistió ruborizándose- me quedaré en casa, seré tu esposa perfecta, no te faltará nada. Puedo hacerte feliz
-ya hablamos…
-¿en verdad prefieres esta miseria de vida? Vives cuidando a Kurapika como si fueras su hermano mayor y el muy ingrato ni siquiera te agradece todo lo que haces por él, incluso le llevas el almuerzo al trabajo. Es un maldito inútil, deberías quererte un poco más. Date una oportunidad conmigo, estaremos bien lejos de esta ciudad, de la Asociación y los cazadores. Seremos felices, te lo prometo.
-hablas como si todo dependiera de ti y lo que puedes hacer por mí. Pero yo de ti no necesito nada y no espero nada. No quiero vivir contigo.
-te estás matando-dijo en un tono más fuerte llamando la atención de algunos-¿hace cuántos días no duermes como corresponde? Desde que te conozco te he visto feliz una o dos veces…y es cuando estás conmigo. Sé que puedes enamorarte de mí, solo es cosa de tiempo
-lo siento, pero yo quiero a alguien más. No te quiero a ti ni a tu fantasía de ser felices. Me gusta mi vida, yo elegí vivir así, yo elegí a Kurapika como amigo y como hermano pequeño; tú no eres nada para venir a decir que todo lo que he elegido es un error-hizo un silencio doloroso. Emi lo miraba con ojos redondos y un poco de vergüenza al ser rechazada por segunda vez-no quiero que vuelvas a buscarme y traerme a un lugar así para pretender que estamos saliendo y que tus amigos de la universidad te vean. Yo no soy un juguete ni un maldito trofeo que puedes pasear por ahí…no finjas que no lo haces, conozco a las chicas como tú, son todas unas…malditas perras interesadas…-dijo entre dientes bajando la voz para que solo ella pudiera oírlo. Estaba cansado.
-¿eso es lo que crees de mí, Leorio? ¿No crees que pueda quererte de verdad? Es porque te han hecho daño ¿verdad? Pero yo puedo remediarlo, puedo ser diferente…dame una oportunidad. Mírame, tengo 20 años y solo quiero entregar mi vida a ti, a nadie más, ¿cómo puedes confundirme con otras?
-Emi, por favor
La chica calló. Él terminó su cerveza con el ceño fruncido y sacó dinero de su billetera para pagar lo pedido. No tenía intenciones de quedarse con ella, mucho de menos de salir de la ciudad a su lado. Pero no se daría por vencida, estaba segura que su lugar era estar a su lado, por siempre.
-no me pidas que me rinda, Leorio-aclaró con los ojos llorosos-no hay nadie que pueda quererte como yo, te lo aseguro
Leorio rió y pidió al garzón otra cerveza. Negaba con la cabeza como si no pudiera creer lo que oía mientras comía un poco del pastel. No encontraba forma de hacerle entender a Emi que no estaba interesado en ella y que nada ni nadie lo convencería de dejar su vida por un capricho de la joven cazadora.
Bebió rápidamente la cerveza entregando desde antes el dinero al joven que los atendía con una abundante propina. Miró a Emi con ternura y se retiró del café.
Bueno chicos :) gracias por su apoyo inmediato, espero no defraudarlos jaja
Nos vemos pronto con el tercer cap. Gracias!
Besos desde Chile 3
