1. Pandemonium.
Izzy nunca pasaba desapercibida. Y, entendedme, normalmente no me importaba. No es que me alegrase por ella, me era, simplemente que me era indiferente. Pero cada vez que nos tocaba trabajar eso se convertía en un problema. Ella se limitaba a contestarme con una de sus frases hechas sobre tacones, vestidos y cómo una chica debía saber hacer todo con ello.
Ella. Siempre con aquella melena espesa y negra, como la de su madre, pero en contraposición a ella, suelto, dejando que cubriera su espalda casi rozando su cintura. Pero no, el problema no eran sus ojos grandes y sus labios rojos. No, definitivamente el problema no era su atractivo. Era que lo sabía, lo sabía y lo ensalzaba. Tacones de infarto que a mí me gustaba recordarle que más que tacones parecían andamios de construcción y que seguro que necesitaban redes de seguridad. Si a ello le sumamos el vestido blanco, de aquellos interminables que guardaba y que ensalzaban cada una de las curvas e inflexiones de su cuerpo. Por no hablar del goloso colgante de los Lightwood, con el que Jace siempre bromeaba alegando que a mí me quedaría mucho mejor. El caso es que Izzy se paraba a intercambiar palabras con molestos mundanos, intentando ser el centro de atención; o, bueno, más bien siendo el centro de atención. Y, entonces, era Jace el que salía a relucir y, cuando alguien se acercaba más de la cuenta, soltaba algo como "está conmigo". Aquello era suficiente para que se alejaran porque el chico tenía ese algo que hacía que los tíos se mantuvieran a raya. El mismo algo que hacía que fuera un imán para las chicas y el mismo algo que hacía que a mí mismo me temblaran las piernas. Pero como bien es dicho, ojos que no ven, corazón que no siente.
—Mira ese chico —soltó mi hermana, girando la cabeza hacia mí—. Creo que me está mirando, y es muy mono.
Sabía que era una provocación. Sabía que solo era una provocación. Que las palabras de Izzy no iban en serio. Que no la estaba mirando a ella, sino que me estaba mirando a mí. Porque seamos francos: ella no tenía un pelo de tonta. El que parecía imbécil era yo mismo. Mi lengua se adelantaba a mi propio pensamiento y, cómo no, me traicionaba.
—No te mira a ti, por extraño que parezca.
—¿Ah no? ¿Y por qué no iba a mirarme?
Mis labios se estaban separando para continuar con aquella conversación sin sentido, para darle otro motivo a la morena con carácter que era mi hermana para esbozar una sonrisa, y para seguir con aquel pulso que siempre manteníamos y que ninguno terminaba de ganar, sobre mi realidad y lo que yo intentaba y quería hacer ver a los demás. Pero en aquel momento llegó él. Él, el que se había criado como mi hermano, mi parabatai, el culpable de todo. Y gracias a él continuamos con nuestro caminar.
La parte trasera de Pandemonium se alzaba frente a nosotros. Fui el primero en sacar mi estela y por fin desaparecer a ojos de los mundanos.
Nos deslizamos dentro del lugar, moviéndonos entre la masa de gente que se acumulaba a tropel. Nunca llegué a entender ni entiendo qué atractivo hay en algo como ese tipo de discotecas. Nunca llegué a entender por qué los adolescentes añoraban aquellas fiestas claustrofóbicas y por qué buscaban cualquier excusa y cualquier noche para exponerse a ellas. Por qué se hacían documentos de identidad falsos. Y parecía el único como pez fuera del agua, porque, bueno, os podéis imaginar cómo estaban allí mis dos compañeros.
—Trabajo a las tres en punto —susurró Jace, separándose de Izzy, cómo no, esa vez le tocaba a ella. Un demonio un poco goloso y otro poco estúpido. Un buen partido.
No tardé en ponerme a la izquierda del rubio. Nunca tardaba. Izzy desapareció tras la puerta, con aquellas inscripciones rojas y mal pintadas que indicaban que era una zona prohibida. Nos quedamos allí, esperando a que la cazadora continuara con su trabajo y, por aquel momento, no teníamos nada mejor que hacer que hablar y él pavonearse ante rostros que, en realidad, no le podían ver.
—No creo que eso sea necesario —le dije mirando aquel halo de luz que desprendía en su mano su cuchillo serafín.
—No voy a darme el beneficio de la duda, Alec.
—Como si alguna vez lo hicieras, Jace —Nos miramos, durante apenas unos segundos y fui yo el que apartó la mirada primero, como siempre. Me resultaba tremendamente molesto e incómodo, y teniendo en cuenta que éramos parabatai, aquello no tenía fundamento alguno—. Pero bueno, ya ha tenido sus cinco minutos de cortesía, ahora vamos —Le hice un gesto para que se pusiera en cabeza y fui yo cerrando la entrada... Literalmente.
Se había convertido en algo rutinario. Matar demonios, digo. Ya era como quien va a comer, como quien duerme. Pero no por ser rutina era mala, no me malentendáis. A mí me gustaba aquella rutina, me ayuda a concentrarme, a saber lo que venía después. Siempre me ha ayudado. Me ayudaba a clasificar aquella caza de sombras, sobrenombre que me daba mi trabajo como tal.
—Es todo vuestro, chicos —dijo la morena, sin girarse, retirándose. Y sí, yo sabía que ese era mi pie, así que salimos de las sombras e inmovilizamos al ser, contra el frío muro de piedra. Manos juntas y unidas por el alambre.
Fue entonces cuando el rubio salió de las sombras para postrarse en frente de aquellos ojos vacíos de todo atisbo de alma.
—Bien —dijo entonces—, ¿hay más contigo?
—¿Más qué?
Aquella era la contestación más absurda, más sin sentido, más idiota que a alguien se le podía ocurrir jamás. Pero, como ya he dicho, hasta el momento no había demostrado ser muy inteligente, como el resto de los suyos.
—Vamos, habla —Jace era el que siempre hablaba. Le gustaba y, como ya he dicho, era experto en intimidar; además de que siempre, pero siempre, tenía la personalidad suficiente para hacerse escuchar y la suficiente labia como para que todo lo que dijese fuera tomado por bueno y por verdad. Porque siempre que el hermano adoptivo de los Lightwood despegaba los labios, siempre, tenía una frase elocuente en la punta de la lengua; siempre sabía qué decir y cuándo decirlo—. Sabes lo que soy.
—Cazador de Sombras.
Eureka, más fácil de lo que había pensado yo mismo en un principio.
—Te hemos pillado.
Caminé hasta colocarme a la izquierda de Izzy y entonces la voz del otro volvió a resonar en aquel lugar polvoriento.
—Bueno —dijo—, todavía no me has dicho si hay algún otro de tu especie contigo.
—No sé de qué estás hablando.
¿En serio? Reprimí con tanto éxito como acostumbrada una carcajada amarga. El de los cabellos azules seguía intentando defenderse, aun habiéndolos reconocido como Cazadores de Sombras. Mi paciencia se agotaba, y he de decir que es mucha para ser uno de los míos: siempre me he considerado uno de los más templados cazadores conocidos. Pero no por eso, en ese momento, dejaba de ser un adolescente.
—Se refiere a los otros demonios —dije finalmente, antes de explotar y hacerle desaparecer de allí demasiado rápido. Siempre al margen, siempre contenido—. Sabes qué es un demonio, ¿verdad?
Y después de la negación, la afirmación, y de nuevo la negación, venía ese proceso en el que el demonio no sabía muy bien por dónde moverse, como una mosca en una tela de araña, mascullando cosas sin sentido. Y, como leyéndole la mente al de los ojos leonardos, giré mi rostro hacia él.
—Demonio —Volvió a tomar las riendas de la conversación el rubio—. Definidos en términos religiosos como moradores del infierno, los siervos de Satán; pero entendidos aquí, para los propósitos de la Clave, como cualquier espíritu maligno cuyo origen se encuentra fuera de nuestra propia dimensión de residencia...
—Eso es suficiente, Jace— Sí, al contrario de Jace, Izzy sí sabía dónde parar, dónde estaban los límites y cuando ya no había tiempo que perder en tonterías, porque el ser, estaba claro, no iba a decir nada más.
—Isabelle tiene razón —apoyé, porque al final, siempre nos apoyábamos—, nadie aquí necesita una lección de semántica... ni de demonología.
Cómo no, el muy canalla de Jace sonrió de aquella manera que él solo sabía, como un animal salvaje que solo tenía ganas de morder. Y dejar a los demás con ganas de morderle; y sí, estoy siendo objetivo.
—Isabelle y Alec piensan que hablo demasiado —intervino—. ¿Crees tú que hablo demasiado?
—Podría daros información —dijo entonces el demonio teñido de azul—. Sé dónde está Valentine.
Nos miramos, los tres, desconcertados. Todo el mundo sabía quién era Valentine. Todos los cazadores de sombras sabían que el suyo, el camino de la desobediencia y la rebeldía solo había llevado al caos y a la destrucción, y que era el ejemplo de lo que jamás se debía hacer. Que la Clave y sus reglas existían por un motivo. A mí me gustaban esas reglas, sabía el lugar que me correspondía, sabía que todos los demás lo sabían. Sí, algunas eran caducas, pero ya estaba demostrado que enfrentarse a estas no era la solución. No, todo requería un proceso lento que llegaría; con el paso del tiempo llegaría. Nadie necesitaba un nuevo Círculo. Finalmente me limité a encogerme de hombros, gesto que el otro joven interpretó para acabar con aquella conversación sin sentido, que solo sonaba a provocación.
—Valentine está bajo tierra. Esa cosa solo está jugando con nosotros —afirmó.
—Mátalo, Jace, no va a contarnos nada —Esta vez fue Izzy la que sacudió su melena, ya aburrida y viendo que el final estaba a punto de desembocar.
El nombrado asintió y se dispuso a aquello con diligencia. Palabras mal farfulladas por parte del demonio. No, era imposible que Valentine hubiera vuelto, y aunque no fuera solo una táctica para salvarse, tampoco habrían solicitado su ayuda y mucho menos perdonado la vida. Como ya he dicho me considero uno de los más pacientes de los Cazadores de Sombras. Había algo en los ojos del rubio que indicaba que su paciencia se había agotado tan precariamente como siempre.
—Por el Ángel —Estaba explotando—, siempre que capturamos a uno de vosotros, cabrones, afirmáis saber dónde está Valentine. Bueno, nosotros sabemos dónde está: está en el infierno. Y tú... —Uno de aquellos ágiles movimientos de cuchillo que tanto practicaba para aquellas ocasiones—, tú puedes reunirte con él allí.
Ya estaba hecho. O al menos ya hubiera estado hecho si aquella niñata no hubiera aparecido en el momento más inoportuno posible.
—¡Deteneos! —Los bucles pelirrojos cubrían su rostro, que estaba cubierto por un gesto de terror y preocupación—. No podéis hacer esto.
Al separarse de la mano de Jace, el cuchillo dejó de brillar, de despedir aquella luz blanquecina, y este, pocos segundos después, repiqueteó sobre el suelo de piedra. Los tres no pudimos hacer menos que girarnos, con aquel gesto de estupefacción que habíamos terminado copiando de nuestros padres. Tres Cazadores de Sombras perfectamente entrenados que no habían escuchado como una sucia mundi se colaba en el nido. Sí, los tres estábamos especialmente molestos con nosotros mismos por aquella realidad que nos había golpeado de lleno en la cara.
—¿Qué es esto? —Miré primero a Isabelle y después a Jace, esperando que alguno tuviera una explicación razonable para aquello.
—Es una chica —Sí, muy agudo—. Seguramente habrás visto chicas antes —Ya estaba allí, aquella necesidad de lucirse y enseñar a todo el mundo lo malo que era y lo bueno que estaba. La verdad es que en esos momentos, aquello no me hacía ni la más mínima gracia, porque, siendo francos, aquellas bromas, nunca la tenían—, Alec. Tu hermana Isabelle es una —Se acercó, entonces, lentamente a ella, intentando catalogar aquello dentro de su cabeza, ordenarlo, buscar alguna solución a un enigma—. Una mundi. Y puede vernos.
—Claro que puedo veros —replicó la muchacha que empezaba a resultar cargante, o bueno, ya lo era, y no había dicho dos frases seguidas—. No estoy ciega, ¿sabes?
—Ah, pero sí lo estás. Simplemente no lo sabes. Será mejor que salgas de aquí si sabes lo que es bueno para ti.
Cualquier otra persona habría hecho caso, viendo, además, que nosotros tres dábamos la charla por zanjada. Cualquier otra persona se habría marchado de allí y habría achacado lo que estaba viendo a una pelea de borrachos, un ajuste de cuentas o que había tomado demasiada cocaína ese día y ya empezaba a delirar. Cualquiera ante el tono osco y vacío de Jace se habría girado y se habría marchado de allí, previniendo problemas. Pero parecía que aquella chica lo único que buscaba era un buen lío, y de paso, hacernos perder el tiempo.
—No voy a ninguna parte —repuso la chica—. Si lo hago le mataréis.
Muy aguda, sin duda alguna. Se había dado cuenta de lo obvio y yo lo único que quería era aplaudirle y ver si eso surtía efecto para que se sintiera lo suficientemente bien consigo misma y sus obviedades. Verdaderamente no me apetecía tener que lidiar con esto.
—Es cierto —¿Por qué estaba Jace siguiéndole el juego? ¿Por qué seguían hablando?—. ¿Qué te importa a ti si le mato o no?
—Pu... pues... — Genial, además de metomentodo, medio tartamuda—. Uno no puede ir por ahí matando gente.
—Tienes razón. Uno no puede ir por ahí matando gente —En ese momento tendría que haber parado todo, esperaba que mi hermana lo hiciera, era la que siempre lo paraba, era casi la única, a parte de mí mismo que lo, o más bien le, podía parar; pero, a diferencia de mí, que por aquel entonces me veía incapaz de llevarle la contraria a mi parabatai y que a sabiendas de que tenía que frenar la diarrea verbal del otro, no moví ni un músculo, ella sí que podía enfrentarse a él—. Eso no es una persona, niñita. Puede parecer una persona y hablar como una persona, y tal vez incluso sangrar como una persona. Pero es un monstruo.
Y por fin, allí estaba Isabelle, de nuevo. En esas ocasiones me recordaba a nuestra propia madre y yo sabría que ésta estaría orgullosa, aunque no lo dijera en voz alta, del tono de su hija.
—Jace, es suficiente.
—Estás loco. He llamado a la policía, ¿sabes? Estarán aquí en cualquier momento.
Sí, definitivamente aquello ya era suficiente.
—Miente. Jace, crees...
Pero al parecer suficiente había sido demasiado tarde. Y es que se lo tenían que haber visto venir. Lo malo de las charlas es que dan tiempo a que el sin alma se reponga lo suficiente como para ser un problema. Lástima que nos enseñara que a los problemas se los mata. Fueron, entonces, una masa de pies y manos (y garras), luchando ya no por sobrevivir, sino por deshacerse antes del otro. Ante aquella situación me quedé mudo. Fue el látigo de Isabelle el que me despertó de aquel letargo y me hizo reaccionar. El demonio intentó acuchillar el rostro de Jace: sangre, sangre y más sangre, pero nada fuera de lo común. Pero allí volvía estar, aquel látigo preciso que la chica del vestido blanco había aprendido a blandir con una exactitud y precisión digna de un experto, haciendo que el peli-azul se alejase lo suficiente de Jace. Este se puso en pie, imponente como era en sí mismo y, volviendo a blandir su cuchillo que con movimientos ágiles había recogido del suelo, dio el golpe final. El líquido negruzco teñía la mano del rubio.
—Que así sea —El sudor salpicaba mi frente, y teniendo en cuenta lo inútil que me sentía, pues seguía clavado como una estatua en mi sitio, no tenía ningún sentido—: Los repudiados se os llevarán a todos.
Y después de esto y de retorcerse de dolor, desapareció.
—Déjame ver —Me desentumecí o, más bien, volví a la realidad y salí de ese mundo que me consumía, para hacer algo que sí que se me daba bien, y eso era cuidar a mis seres queridos en la medida de lo posible. No era demasiado, y como no era demasiado, el otro no tardó en alejarse un paso, siempre con su ego por delante.
Me incorporé, cómo no, en medio de la conversación.
—... Al menos que le presentes un cadáver— Jace se apartó de mí con un cabeceo, ni siquiera sabía de qué estaban hablando. Ni siquiera me importaba lo más mínimo. Sostenía el brazo contra su pecho. Le tenía que doler, por fuerza le tenía que doler, quizás se lo mereciera, solo un poco, porque él, sobre todo ella pero también él, eran los culpables de lo ocurrido, con su cháchara que parecía no haber acabado todavía. Sin siquiera darme cuenta, había dado un paso en su dirección—. Regresan a sus dimensiones de residencia al morir, por si tenías curiosidad.
Perfecto, Jace, ahora solo hace falta que la invites a tomar té.
—Jace, ten cuidado —Fui yo quien lo dije esta vez. Y es que no me gustaba un pelo el rumbo que andaban tomando los acontecimientos.
—Puede vernos, Alec. Sabe ya demasiado —Replicar, siempre replicar, siempre con un pero entre los dientes.
—Así pues, ¿qué quieres que haga con ella? —La vena que daba miedo de Izzy estaba allí, la sangre fría de los tres estaba allí.
—Dejarla ir.
El muy idiota quería dejarla ir. Como si dejarla ir fuera una opción. El ceño casi me dolía de la tensión que estaba acumulando en este punto y al menos me tranquilizó en parte que mi hermana estuviera prácticamente igual de anonadada que yo. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que la mundana estaba aprisionada bajo el dorado del látigo de la morena.
—Quizá deberíamos llevarla de vuelta con nosotros. Apuesto a que Hodge querría hablar con ella —Según mis palabras iban saliendo de mis labios y haciéndose presentes, más arrepentido estaba de lo que estas significaban. Pero era lo correcto, había visto demasiado.
—Ni hablar de llevarla al instituto —dijo Isabelle—. Es una mundi.
—¿Lo es? —Y es que Jace acababa de preguntar lo que los tres queríamos saber en aquel momento. Y supongo que si la pelirroja hubiera sabido el significado de todo aquello, también habría querido—. ¿Has tenido tratos con demonios, niñita? ¿Has paseado con brujos, conversado con los Hijos de la Noche? ¿Has...?
—No me llamo niñita —Con todo aquello lo único que invadía la mente de la chica era un "no me llamo niñita"; perfecto, aquello era del todo infructífero—. Y no tengo ni idea de qué estás hablando. No creo en... demonios —Pero a pesar de todo parecía que sí, que algo en ella sabía perfectamente qué tema se estaba tratando allí—, o en lo que sea que tú...
—¿Clary? —Más invitados, menos mal que este sí que no podía saltarse los glamour de manera tan desconsiderada—. ¿Estás bien? ¿Por qué estás aquí sola? ¿Qué ha sucedido con los tipos..., ya sabes, los de los cuchillos?
No puedo negar que no me divertía en el fondo aquella situación, cuando la otra empezaba a atar cables y no sabía si se estaba volviendo loca o el loco allí era su amigo... O quizás que no todo era lo que parecía.
—Me ha parecido que entraban aquí —Por fin algo sensato por su parte—. Pero supongo que no ha sido así. Lo siento. Ha sido una equivocación.
Isabelle, al contrario que yo mismo, no reprimió aquella burla y no pudo por menos que hacerla patente a través de una risa.
Ninguno de los tres volvió a mencionar a la chica pelirroja ni a su amigo mundano, aunque seguramente uno estaba deseando hacerlo. De hecho es que esto, o sea, ella, no comprendía un verdadero problema para nosotros en el sentido estricto. Ningún mundano creería una palabra de lo que brotara de sus labios, sobre todo porque nadie echaría de menos a aquel demonio, y porque, cuando describiera a tales asesinos, y esos éramos nosotros, era del todo improbable por no decir completamente imposible que alguien nos reconociera. Teníamos el glamour de nuestra parte. Pero aun así, con estos pensamientos en mi mente, no conseguía quitarme la imagen de la mundana de la cabeza y aquellos argumentos que yo expongo ahora eran, en aquel momento, un intento de auto-convencerme de que no volvería a aparecer.
Entramos en el instituto y fui yo quien me alejé primero.
—Alec, ¿no te quedas un rato?
La verdad es que no, no me apetecía ni lo más mínimo. Llamémoslo corazonada, pero sabía que a partir de ese momento las cosas iban a complicarse. De hecho, no pensé si quiera en girarme y contestar, pero el reflejo del rostro de Jace hizo que no pudiera por menos que hacerlo.
—No. Voy a hablar con Hodge.
Su ceño se frunció notablemente, y es que, normalmente no le negaba nada, siempre estaba ahí para él. Si quería comer fuera, íbamos a comer fuera; si quería entrenar, entrenábamos; si él tenía algún demonio que matar yo estaba ahí para asegurarme que salía con vida y no demasiado magullado. Sí, puedo imaginar vuestra cara al leer esto, pero el hecho era que aquello era recíproco. Cualquier otra noche yo le habría pedido que me acompañara antes de ir a hablar con nuestro tutor. Pero no ese día. No ese día en el que los celos me comían por dentro. Sí, debería estar acostumbrado a que Jace tonteara con todas las chicas medianamente aceptables que pasaban por su lado, pero el hecho era que no lo estaba.
—Puedo ir contigo —Se adelantó hasta colocarse a mi lado.
—No, Jace, no es necesario.
—Oye —Se paró en seco. Eso nunca era buena señal, jamás—, ¿estás bien? —Una pregunta bastante inocente; una de sus manos sobre mi hombro y yo me quería morir. Porque sí, mintamos y digamos que ya estaba acostumbrado, pero el hecho era que nunca era suficiente, y nunca lo sería.
—Sí, solo estoy un poco cansado —Y me zafé de su agarre para continuar mi camino.
—Me encanta que siempre cuentes tanto con nosotros, Alec —Esa vez fue Izzy la que venía a ejercer de conciencia, pero aun así continué mi camino.
—No es algo que esté sujeto a discusión, y no voy a permitir que lo convirtáis en algo como eso. Hay que informar a Hodge sobre lo ocurrido hoy, y no, no solo me refiero a lo de Clarissa —Sí, me acordaba de su nombre. Sí, sabía que había sido un diminutivo, no había que ser demasiado listo para acordarse de algo como eso—, me refiero también a lo del demonio — suspiré e intenté que comprendieran—. Escuchad, demasiados últimamente nos intentan pagar con descifrar dónde se encuentra Valentine. Dudo que todos sean lo suficientemente inteligentes como para ponerse de acuerdo, pero dudo aún más que justo todos, lo digan por una casualidad. Soy el mayor de los tres, así que seré yo el que tome las riendas y... —Pero, otra vez, y con lo molesto que me resultaba aquello, fui interrumpido, esta vez por una voz más grave y varonil, que era la de Hodge.
—Sí, esos rumores ya han llegado a la Clave, no sois los únicos que habéis tenido encontronazos así —Hodge hizo su aparición triunfal en aquel momento. Conocía el instituto como la palma de su mando, y a veces parecía que estaba en todas partes. Nosotros solíamos bromear con que ya casi se había fundido con él y que por eso siempre se terminaba enterando de todo lo que pasaba dentro—. Hay abierta una investigación, pero como ya sabéis, no vendría mal que todo lo que sepáis lo comuniquéis. Con respecto a lo otro...
—Una chica, una mundana para ser exactos —intervino Isabelle—. Podía vernos.
—Y ningún mundano debería poder vernos —completé yo, haciendo alarde de aquella manía que tenía, aclaratoria, que hizo que me ganara un gesto fruncido por parte del hombre.
—Gracias, Alexander —dijo con aquel sarcasmo recién sacado a relucir—. En cualquier caso... Que yo conozca no hay ni ha habido un caso como este. Mantened la vista puesta en ella y traedla aquí. Si causa problemas, llamaremos a la Clave para que sean ellos los que se hagan cargo.
—Yo me ocuparé —Fue el rubio quien, tan amable y abnegadamente, se había ofrecido para hacerse cargo de una atractiva chica. Sí, seguro que no le apetecía una mierda pero aun así lo iba a hacer por el bien de los cazadores.
Y tras un asentimiento, Hodge se dio la vuelta y yo hice lo mismo, pero en el sentido contrario. Maldita sea, todo aquello habría sido mucho más fácil y mucho más rutinario si... Bueno, no. En realidad no había otra manera.
La mañana del día siguiente no vi a Jace —que era fácil suponer que como buen alumno se había entregado de lleno en su tarea—, así que me marché a entrenar y a ocupar el tiempo, me gustaba mantenerme en buena forma, me gustaba que se notase, y, además, me ayudaba a no pensar y a darle demasiadas vueltas a las cosas al mismo tiempo, ¿qué podía ser mejor?
¿Qué? ¿Qué esperabais? ¿Qué queréis que os cuente? ¿Que os haga un esquema de dónde cómo y cuándo duele y que especifique qué hago para aliviarlo? Ya había visto por aquel entonces muchas veces ese tipo de comportamiento en Jace. Era atractivo y lo sabía, y no ponía ningún reparo en mostrarlo y usarlo. Quizás en eso se parecían demasiado mis dos hermanos, sacando de la ecuación a Max. Sí, mi hermano, por si no era lo suficientemente complicado gracias al vínculo parabatai, muchas veces se referían a Jace como otro Lightwood más. Pero eso es otra historia. Lo sabía y lo sigo sabiendo, lo reconozco, sé cómo se mueve y qué hace para atraer la atención. Sus frases hechas y sus falsas promesas. Mil veces me había imaginado que era yo y no ellas. No es un drama, es la realidad. Pero yo tenía algo que ninguna de ellas tenían. Y era su amistad, era que, verdaderamente nos queríamos, era que me apreciaba y yo a él, y con eso muchas veces era bastante, no suficiente, pero más de lo que podía esperar. ¿De lo demás? Jace no se enteraría, y mientras aquello fuera un hecho, nada más importaba.
