Warren se apartó un mechón de cabello del con el antebrazo tratando de no tocarlo con sus manos cubiertas de tempura.
- ¡Peace! ¡La orden de la mesa veintitres! ¡Vamos!
Warren miró sus manos sucias por un momento.
- ¡Ahora va!
Restregó brevemente sus manos en la toalla próxima antes de coger los platos, equilibrándolos a lo largo de los brazos y se encaminó a la mesa. La clienta miró el plato que puso ante ella con gesto despectivo.
- He pedido almejas con jengibre.
Warren la miró inexpresivo un momento.
- Ahora mismo lo compruebo.
Volvió a cargar el pedido sobre sus brazos y se encaminó de nuevo a la cocina. Cogió la comanda y la revisó. Se había confundido.
¡Mierda! ¡Jodido idiota! ¿Como has confundido un tempura con unas almejas en jengibre?
- ¡Peace! ¡La mesa quince hace media hora que espera su pedido!
Decididamente esa estaba siendo una mala, muy mala noche para él...
Cuando terminó su turno estaba demasiado cansado para dicutir. Miss Lee le había echado la bronca en ese dialecto estupendo que usaba para hacerle sentirse la última mierda del planeta. Ni siquiera había tenido las fuerzas para tratar de traducirlo y por un momento deseó que aquella mujer lo echase de una maldita vez. Al menos él habría hecho todo lo posible y sería el fin de su sufrimiento.
¡Remátame de una vez!
Salió al frío aire nocturno del callejón, hundido en su cazadora, tratando de olvidar por un rato todo, pero de repente cobró plena conciencia del peso de la mochila escolar a su espalda. Dentro de ella iba la maldita amonestación que debería entregar a su madre.
Su madre le estaba esperando cuando volvió. Su cara estaba cargada con esa mirada asesina que le decía que estaba en un serio problema.
- ¿Qué tal tu día?
Waren se encogió de hombros mientras colgaba su chaqueta en la percha, dándole la espalda.
- La directora llamó.
- Pues qué bien- murmuró.
Su madre agarró su brazo y lo hizo girar para que la encarase. Le encantaba hacerle notar que ella era la más fuerte (literalmente) en aquella desvencijada familia.
- ¡No se te ocurra mantener esa actitud conmigo esta noche! ¿Sabes todo por lo que he tenido que pasar para conseguirte una plaza en esa escuela? ¿Y ahora, estas a punto de lanzarlo por la borda porque no puedes controlar tu temperamento?
Warren se mantuvo en silencio, mirando con determinación el gesto de ira de ella. Había oído esa historia cientos de veces antes. Lo siguiente que haría ella sería echar la culpa a su padre.
- ¡Por dios! Tienes el temperamento de tu padre.
Justo en el blanco.
- Al menos dime por qué lo hiciste.
- Me enfureció.
- ¡Por dios, Warren! ¿Qué he de hacer para que lo entiendas? ¿Por qué no puedes entender que estás caminando por una delgada línea?
- Lo siento, no soy el perfecto angelito que te gustaría que fuese.
- ¡No me preocupa si eres perfecto! Simplemente no quiero que acabes como él.
- Puede que sea mejor que acabar como tú.
Una vez más su maldito temperamento le había traicionado. Había actuado, o mejor dicho, hablado sin pasar por el filtro de la conveniencia social. La palma de ella le cruzó la mejilla girándole la cara con violencia. El silencio posterior en el recibidor fue aplastante. Waren volvió su cabeza lentamente para encararla. Hubo un flash de miedo en los ojos de ella, y en ese momento él entendió por qué a ella le preocupaba que se volviese como su padre.
Waren se volvió y caminó de nuevo hacia la puerta, salió y la cerró silenciosamente tras él.
Durante su caminata se percató de dos cosas: no había cogido su chaqueta en su afán por largarse y el golpe en la cara había empezado a dolerle mucho. Uno de los poderes de su madre era volverse tan firme como el granito cuando lo necesitaba, y últimamente solía hacerlo cuando le golpeaba. Creía notar una leve hinchazón en el pómulo, pero no quiso comprobarlo.
No tenía ni idea de a dónde estaba yendo, pero, de alguna manera, no se sorprendió cuando llegó a la fachada posterior de la casa de Layla media hora después.
Observó el árbol magnífico que crecía en el jardín trasero y sintió el deseo irrefrenable de llamar a la puerta. Allí detrás debía estar la cocina y en alguna de las ventanas del piso superior debía dormir ella. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Rondar su casa? Su actitud puede que confirmase las habladurías de las que hacía eco la madre de ella. Retrocedió lentamente hasta topar con la acera contraria y se sentó en el bordillo.
William no había dudado en ir a buscarlo cuando lo había necesitado, Layla no vacilaba a la hora de contarle sus pequeñas gracias y desgracias. Él a pesar de limitarse a escuchar y hablar lo mínimo posible parecía ser el consejero más deseado por algunas personas. Los auriculares solían ser un buen sistema para manterner alejados a los chismosos. ¿Qué demonios veían en él para considerarlo el mejor hombro en que llorar? Debería ser capaz de hacer lo mismo y hacer caer el peso de sus problemas sobre algún otro, pero había algo que lo separaba de ellos y sabía muy claramente qué era. Estaba seguro de que ninguno de ellos lograría entender nunca lo que era tener un padre en la cárcel, que tu propia madre te pegase y te echase en cara cosas sobre las que no tenías ningún control ni que tuviese que dejarse las horas y la juventud en la cocina de un restaurante chino.
Jamás podrían entender como se sentía, ni sabrían cómo ayudarlo, como mucho conseguiría su piedad, y piedad era lo último que necesitaba en aquel momento.
Y de repente surgió el milagro. En el piso superior se encendió una luz tras una de las ventanas, la luz discreta de una lamparita de noche, y una sombra se movió tras ella. Instantes más tarde la cortina fue apartada y Layla abrió despacio los postigos. La chica observó el jardín y luego hacia la oscuridad más allá. Warren no estaba seguro de si lo había visto o no y dudó sobre si ponerse en pie o marcharse, puede que se tomase mal el que estuviese rondando su casa.
Ella pasó una pierna por encima del alfeizar de la ventana, luego la otra y se quedó sentada en él. Llevaba puesto un pijama blanco con algunas decoraciones florares alrededor del cuello. El árbol frente a ella, estiró sus ramas hacia sus pies y Layla se puso en pie en el posadero que le ofrecía. Se agarró a una de las ramas y el árbol se inclinó lentamente hacia el suelo.
Warren se puso en pie, observándola descender hacia la tierra, como si se hubiese tratado de una aparición. Ella posó los pies descalzos en el jardín y caminó hacia la valla.
Warren no se dio cuenta de que había cruzado la calle hasta que ella fijó la vista en sus ojos y pronunció su nombre.
- ¿Warren?
Él se acercó hacia la valla de madera que separaba el acogedor mundo de Layla, todo hierba, flores y vida del duro asfalto sobre el que él se sentaba hasta hacía un momento. Aquella valla separaba dos mundos, tan distintos que no podían coexistir... La mirada de ella recorrió todos los detalles del rostro de Warren. Le lanzó una mirada asustada.
- ¿Estás bien?
Él desvió la vista incómodo.
- ¿Cómo has sabido que estaba aquí fuera?
- Lo sentí- la oyó responder-. He desarrollado un par de poderes más.
Ella sonrió con un gesto de orgullo.
- ¿Ya eres algo más que una Flower Power?
Se arrepintió casi al momento de haberlo dicho, pero era tarde para retirarlo. Volvió los ojos hacia ella esperando ver un gesto de reproche, pero en lugar de eso se encontró con una mirada que no supo descifrar.
- Warren, ¿qué te ha ocurrido?
Él bajó la vista incómodo y Layla supo que no le contestaría, al menos no en su estado anímico actual.
- Pasa un rato si quieres, no tengo sueño y así me harás compañía.
Ella abrió la puerta.
Había un columpio que colgaba del magnífico arbol, Layla se sentó en él y Warren optó por acomodarse contra el tronco. El jardín estaba plagado de luciérnagas que volaban por el lugar dándole un aire de cuento de hadas. Hubo un largo silencio entre los dos. Layla sabía que él tenía algo que contar, pero no iba a forzarlo a hacerlo.
-Me pegó- dijo al fin.
-¿Quién?
-Mi madre.
Oyó a Layla tomar aire sobresaltada. Dudaba que alguna vez la madre de Layla hubiese alzado la mano contra ella.
-Me lo merecía-admitió-. Dije algo que no fue muy acertado.
- No debería haberte pegado- apuntó Layla.
Warren se encogió de hombros.
- No ha sido la primera vez. Se enfada a veces.
Cuando levantó la vista de la hierba, Layla lo estaba mirando con los ojos muy abiertos. Se levantó del columpio para ir a sentarse frente a él. Cuando deslizó su mano sobre la suya en una caricia él sintió primero algo parecido a la vergüenza por sentirse tan vulnerable en ese momento y al instante siguiente notó que un calor subía por todo su brazo partiendo del punto en que la piel de ella rozaba la suya. Layla no dijo una palabra, alzó la otra mano hacia su mejilla izquierda y deslizó sus dedos sobre ella delicadamente. La piel protestó ante el leve contacto y Warren no quiso imaginar el aspecto que debía tener. Su madre tenía la mano muy dura a veces, literalmente. Sintió un alivio súbito.
- ¿Qué has hecho?
- He extendido mi capacidad para sanar más allá de las plantas. Ahora puedo afectar también a algunas personas.
- Eso bastaría para que fueses a parar al grupo de héroes.
Ella sonrió afectada.
- No me interesa, estoy bien donde estoy.
- Tienes suerte.
Warren aferró con delicadeza la mano que ella había posado en su mejilla. Layla supo que él nunca le daría las gracias, era demasiado orgulloso para ello, pero reconoció el gesto.
- ¿Quieres quedarte? Puedo preparar la habitación de invitados. No creo que mi madre se oponga.
Él se sintió tentado pero entonces reparó en la implicación total de sus palabras. Despertar a una madre amorosa en mitad de la noche, dar explicaciones, acostarse sin haberse dado una ducha, o humillarse usar una ducha ajena...
- Debería volver a casa. Mi madre se preocupará y a pesar de todo es mi madre.
Layla asintió.
- Si necesitas algo ven... A la hora que sea.
Su madre estaba durmiendo sobre el sofá cuando Warren llegó a casa, con el teléfono agarrado bajo un brazo. Él cogió una manta y la cubrió ignorando la botella de vino tinto junto al sofá. Deseó que ella fuese como era antes, antes de enzarzarse en una batalla con su padre, antes de que a él le encarcelasen, antes... Cuando ella era fuerte, capaz y confiaba en sí misma.
Subió las escaleras para darse una ducha y meterse de una vez en la cama. Necesitaba que llegase de una vez la noche de aquel horrible día.
