Capítulo 1: El Despertar del Dahaka. La Condena de la Emperatriz del Tiempo.

Pasaron varios siglos desde su destierro, y la Emperatriz ya tenía formado su propio imperio en aquella Isla maldita, la Isla del Tiempo. Estaba formado por soldados y criaturas de diferentes categorías. Los de rango menor eran los guerreros, simples soldados con carabelas como máscaras que hacían más de criados que de otra cosa. Solían deambular por los pasillos de la fortaleza, y si había algún peligro, ellos eran los primeros en caer. Luego estaban los guardianes, cuyo aspecto recordaba a piratas. Eran los soldados que custodiaban las torres de la isla. Sobre estos, estaban los verdugos, que habitaban la prisión y zonas cercanas a esta. ¿Su misión? Torturar al pobre que caía en sus manos hasta la muerte. Eran maestros de la tortura. Los últimos eran la Guardia Imperial. Estos aparecían cuando la Emperatriz los invocaba únicamente. Además, en cada zona, la Emperatriz tenía una criatura superior que hacía de líder. En las Torres había Golems, en la prisión un Thrall de tamaño mayor, y en las cuevas místicas de la Isla, un antiguo santuario, se encontraba el favorito de la Emperatriz, su Hipogrifo, o Grifo a secas. Era su mascota. Había otras criaturas en la Isla, como guerreras invisibles, las sombras, sirvientas de la Emperatriz con grandes habilidades en artes marciales, y los soldados, puede que no más fuertes, pero sí los más astutos. En realidad era un solo soldado, pero debido a su habilidad para regenerarse gracias a estar formado por cuervos, podía hacer copias de sí mismo y enviarlas a inspeccionar zonas por él. La Emperatriz lo llamaba el Maestro Cuervo. Era su fiel espía. Y sobre todos estos, la mano derecha de la Emperatriz, su guardaespaldas Shahdee. Era la criatura de su creación más lograda, hecha a partir de su propia sangre, muy parecida a ella, pero con un toque más oscuro.

El tiempo en la Isla no pasaba. La Emperatriz había construido unos portales que transportaban a quien los atravesara desde la época presente hasta una época pasada donde se encontraba la Isla, tal y como la encontró la Emperatriz cuando llegó. Habían pasado más de 500 años, pero la vida seguía igual. Los barcos chocaban con las rocas de la Isla, los supervivientes eran capturados, algunos eran torturados y asesinados, otros hacían de esclavos hasta que morían … La Emperatriz no conocía la piedad. No estaba dispuesta a hacer nada por los humanos. Odiaba todo lo relacionado con ellos. En su corazón no había más que odio.

Pues bien, nos situamos en un día normal para la Emperatriz. Era temprano, acababa de amanecer, y la noche anterior, tras una fuerte tormenta, un barco había naufragado en las proximidades de la Isla en la época presente. Los guerreros hacían recuento de los cadáveres y los supervivientes. Kaileena supervisaba todo, con Shahdee a un lado y el Maestro Cuervo a otro. Varias mujeres suplicaban clemencia abrazadas a sus hijos mientras los soldados de la Emperatriz se llevaban a sus hombres.

- Emperatriz, el capitán del navío ha sobrevivido. – Anunció un soldado, trayendo con la ayuda de otro a un hombre herido. – Es este.

La Emperatriz lo miró con desprecio y asco y luego le habló:

- Habéis cometido un grave error al venir a mi isla.
- En ningún momento deseamos poner un pie en esta isla maldita. – Negó el capitán.
- Lástima, lo habéis hecho, y ninguno saldréis de aquí con vida. – Una sonrisa se le dibujó al pronunciar esas palabras. Se giró para marcharse, pero las palabras del humano la frenaron en seco.
- Sois una maldita arpía … - Maldijo él.
- ¿Qué … me habéis llamado? – Se giró con los ojos rojos de ira. De pronto el hombre comenzó a sentir una fuerte presión en la garganta que le impedía respirar. – Enteraos de una vez. Soy la Emperatriz del Tiempo.

Y con un movimiento de manos de la Emperatriz, la fuerza que presionaba el cuello del hombre se incrementó bruscamente, rompiéndole el cuello. Tras mirar asqueada el cuerpo de aquel humano, alzó la vista y miró a las mujeres y los niños y a los hombres que los soldados llevaban presos.

- Matadlos a todos.

De pronto, sintió una extraña sensación recorriéndole todo el cuerpo. No supo que podía ser. Disimuló para que no se le notara, no quería tener a la mitad de su corte tras ella haciéndole preguntas. Shahdee se acercó a ella:

- Kaileena, ¿qué hacemos con los cuerpos de los naufragados?
- Echádselos a los carroñeros. Ellos se encargarán.
- Como ordenéis, Emperatriz. – Le dijo, haciendo una reverencia.

Kaileena se retiró a sus aposentos a pensar en lo que había ocurrido. Le dolía la cabeza, como si se le fuera a mostrar una visión. Decidió dar un paseo, pensando en todo lo acontecido en los últimos años. Realmente era la mujer más temida del mundo, se había ganado una reputación. Lástima que no sintiera amor alguno por el mundo de los mortales y sus habitantes. Para ella, el estar encerrada en el cuerpo de una humana era un infierno, y vivir en la tierra sufriendo la debilidad de la mortalidad era aún peor. Aquel mundo era una prisión para ella, y lo sería para siempre si continuaba así. No envejecería jamás, no moriría por muerte natural. Sólo si provocaba su muerte ésta acontecería. Puesto que no estaba dispuesta a compensar a los humanos por sus actos, si fallecía, su alma no regresaría a su lugar, sino que desaparecería en la nada. Era por eso por lo que se esforzaba en ganarse semejante reputación. Tenía que mantener los peligros a raya. Tenía grandes poderes y asombrosos conocimientos de numerosos campos, además de un ejército poderoso. No tenía nada que temer … ¿o quizás sí?

Conforme pasó el día, Kaileena se encontró aún peor. La cabeza le daba vueltas y sentía un malestar que le recorría el cuerpo entero. Apenas cenó, y se fue a la cama relativamente temprano. Tras despojarse de su túnica de Emperatriz y ponerse algo más cómodo para dormir, Kaileena cepilló su larga melena castaña mientras se miraba al espejo. Realmente no había cambiado nada en su aspecto en los siglos que había estado desterrada. En cierto modo, se había acostumbrado a este modo de vida. Sentía poder, que nada ni nadie podía con ella. Podía hacer lo que quisiera cuando se le antojase. Allí arriba, en cambio, tan sólo podía ver los años pasar a través de la Línea del Tiempo. No le estaba permitido alterar nada. ¿Para qué esforzarse en regresar? Era feliz, o lo sería hasta aquella noche.

Tras dar cientos de vueltas en la cama, tratando de dormirse, consiguió conciliar el sueño, pero no fue hermoso ni mucho menos. Su sueño, o mejor dicho, pesadilla, la trasladó a la prisión donde el Dahaka dormía. Aquel lugar parecía sacado del mismo infierno. El Guardián permanecía inmóvil, encadenado por miles de cadenas. Pero, de pronto, las cadenas comenzaron a soltarse una a una. Algo había pasado. La Línea del Tiempo corría peligro. En la armadura que le cubría la cabeza se iluminaron sus ojos, enrojecidos de ira acumulada. El Dahaka tiró de las cadenas, rompiéndolas. Estaba furioso, llevaba siglos encerrado allí, y estaba hambriento. Necesitaba alimentarse del alma de aquel que le había despertado. Ya no recordaba por qué estaba allí, sólo sabía que debía acabar con el elegido. Kaileena despertó en busca de una bocanada de aire. Estaba sudando, el corazón parecía que le iba a estallar, tenía los ojos muy abiertos, la piel de gallina y temblaba mientras numerosos escalofríos le recorrían la espalda. Al oír ruidos procedentes de sus aposentos, los dos miembros de la Guardia Imperial que custodiaban la puerta entraron para ver qué ocurría.

- ¡Emperatriz! – Gritó uno, apareciendo en la estancia.
- ¿Qué ha ocurrido? ¿Estáis bien? – Preguntó el otro.
- Sí, estoy bien, ha sido una falsa alarma. Podéis iros. – Les dijo mientras trataba de recuperar el aliento.
- Como gustéis. – Dijeron despareciendo.

Kaileena se incorporó para permanecer sentada, apoyada en las almohadas de su cama. Se llevó la mano a la frente para apartarse el pelo de la cara. Cuando consiguió recuperar el aliento, apoyó la cabeza sobre sus rodillas, cerrando los ojos. El silencio se vio interrumpido por una voz masculina procedente de su balcón.

- Parece que se avecinan problemas … - Escuchó. Alzó la mirada en busca del dueño de aquella voz. Era su mano derecha.
- ¿Cuervo? ¿Qué haces aquí? – Le preguntó.
- Escuché vuestros lamentos mientras sobrevolaba la Isla. – Le contestó, adentrándose un poco más en los aposentos de su Señora. - ¿Qué visión os ha atormentado de semejante modo? ¿Qué ocurre con el Dahaka?
- ¿El Dahaka? ¿Cómo sabes que he visto al Dahaka? – Le preguntó ella, sorprendida.
- Os he oído pronunciar su nombre. – Contestó. – Parecéis asustada, aún estáis temblando.
- Ven. – Le ordenó haciéndole un gesto.

El Maestro Cuervo, o Cuervo, como lo llamaba Kaileena para abreviar, se acercó a la cama de su Emperatriz, y sin miedo alguno, se sentó en el borde, inclinándose sobre ella. Kaileena apartó la túnica negra que cubría sus labios y comenzó a besarle. No era de extrañar que la Emperatriz se hubiera creado un amante para suavizar su soledad, y al ser uno de sus súbditos, obedecía todas sus órdenes. La diferencia era que con él no podía enfadarse. Sin embargo, aquello no era más que una relación de conveniencia por ambos lados, y esas relaciones no duran para siempre. Kaileena obtenía placer de su compañía y el Cuervo se convertía en el protegido de su Emperatriz. Mientras fingiera aquella falsa, Kaileena no le haría daño. El Cuervo se separó de ella y la miró fijamente.

- Cada día estáis más hermosa, Emperatriz. – Ella sonrió y se incorporó.
- Puedes retirarte, Cuervo. Regresa a lo que estabas haciendo.
- Entonces continuaré volando junto a vuestra ventana para observaros. – Aquello, a decir verdad, estremecía a Kaileena. Se sentía constantemente observada por él.
- No abuses de tu suerte, Cuervo. – Le advirtió.
- Como deseéis. – Dijo, retirándose. – Quizás deberíais mirar la Línea del Tiempo para comprobar que todo esté en orden, se os ve intranquila.

El Cuervo se marchó. Kaileena quedó sola en sus aposentos. No paraba de darle vueltas a lo que había soñado. Se preguntaba si debería mirar la Línea del Tiempo para asegurarse. Había algo que la inquietaba. Si el Dahaka realmente estaba libre ahora, significaba que algo grave ocurría. Tenía que asegurarse. En silencio, atravesó los oscuros pasillos de su fortaleza para llegar a una cámara oculta en las Cuevas Sagradas de la isla. Allí nadie podría verla, ni siquiera el Cuervo. Cerrando los ojos y alzando la cabeza, comenzó a invocar a la Línea del Tiempo, que pronto se mostró ante ella. Un haz dorado se movía por la sala, rodeándola. Abrió los ojos a la Línea del Tiempo, que se tornaron dorados, y comenzó la verdadera visión.

"Una Línea del Tiempo posterior a la suya. Un Palacio en medio del desierto. Un ejército ha llegado de visita. Puede distinguir al Rey Shahraman, un gran gobernante. A su lado está su hijo pequeño, el cual acaba de cumplir la mayoría de edad y está en su primera batalla. Han sometido la India y portan regalos de aquel lugar. Les acompaña un anciano visir. Los ve hablar.

- ¿El Reloj de Arena? Esta allí, pero, ¿lleno? ¿Por qué han sido liberadas las Arenas del Tiempo en esa Línea del Tiempo? ¿Acaso mi hora llegó y mi espíritu no pudo salvarse? ¿Ese era mi destino si no conseguía redimirme? – Se preguntaba a sí misma.

Algo más llama su atención. El joven, tiene algo en la mano … ¡La Daga del Tiempo! Se acerca al Reloj. Lo abre y … Las Arenas comienzan a esparcirse, transformándolo todo.

- ¡Dioses! ¡¿Qué acaba de hacer ese lunático? Si las Arenas están libres su poder se ve ilimitado, lo destruirán todo.

La Visión cambia. Ve al joven aliándose con una muchacha. Es la princesa de la India, a la que llevaban presa. Tienen un romance, pero todo se borra cuando el Príncipe cierra el Reloj. Evita que se llegue a realizar el ataque y encuentren aquellos artefactos, pero el daño ya está hecho. El Dahaka ha sido despertado.

- Ese estúpido ha firmado su sentencia de muerte … Ha creado un lapsus en la Línea del Tiempo. – Entonces se lamenta – Si hubiera estado en mi lugar podría haberlo solucionado … ¿Qué dem …?

Aún hay más. La visión cambia. Ya han pasado 7 años. El joven ahora es un hombre maduro. Aunque aún no ha llegado a la treintena de edad, su aspecto hace pensar que es mayor. Está muy deteriorado. El Dahaka lo persigue pero se libra de él. Todo cambia otra vez. Está en un barco. Se dirige hacia … ¡¿La Isla del Tiempo? La visión cambia de nuevo. Ahora está frente a él. Las imágenes se mezclan, no consigue ver con claridad. De pronto una imagen queda grabada en su mente. El Príncipe la ha atravesado con su espada. Cae al suelo malherida. Está sangrando, no puede moverse. Lo ve acercarse a ella. Todo se vuelve borroso. Finalmente, la oscuridad se adueña de la visión. La Emperatriz ha muerto, ella ha muerto."

Kaileena cae de espaldas al suelo. No puede creer lo que ha visto. Su vida llega a su fin. Se arrastra hasta apoyarse en la pared de piedra. Apenas puede respirar. Está al borde de un ataque. Nota como los ojos se le llenan de lágrimas. Por primera vez en su vida, siente verdadero pánico. Desolada y confusa, se acurruca junto a la pared y llora en silencio.