Dedicatoria: Para mis Constantes en este fandom, por su apoyo en cualquier lugar y tiempo: hellopinkie, ocsarah, musguita. Para ancary y minea, por concederme también el suyo con paciencia y generosidad. Mil gracias a todas.
II- Out here the good girls die
The boy with the thorn in his side
Behind the hatred there lies
A murderous desire for love
(The boy with the thorn in his side – The Smiths)
You were our golden child
But the gentle and the mild
Inherit the earth, while
Your prince's crown
Cracks and falls down
Your castle hollow and cold
You've wandered so far
From the person you are
(the frog prince – keane)
***
El siguiente casi lo había estado esperando. No la pilló tan desprevenida.
La inercia de aquella traslación a través de los años (sólo Dios sabía a cuándo) hizo que le flaquearan las rodillas y tuvo que sostener el peso del cuerpo contra el tronco de un árbol para frenar una nueva caída.
La áspera corteza crujía bajo sus uñas y raspaba contra su mejilla, pero al menos constituía una constante lo suficientemente robusta y antigua para confiar en que seguiría ahí, con las raíces hundidas en la tierra, aunque se rindiera a la necesidad de parpadear y el mundo volviera a cambiar a su alrededor en un flash hiriente de luz.
El dolor de cabeza había sido ya tan intenso que había dejado de prestarle atención. Se notaba embotada, con un zumbido apagado pero continuo entre los oídos, como garras afilándose contra una pizarra, que amenaza con volverla definitivamente loca.
Por instinto y costumbre, se llevó los dedos a la nariz esperando palpar líquido tibio perfilándole el labio. Nada.
El no estar sangrando casi le preocupó más.
La ansiedad de haberse distanciado de sus compañeros sin saber bien cómo y de no haberlos podido localizar antes del siguiente fogonazo, se suspendía como un plomo en la boca del estómago.
Zarandeó la cabeza, perdida, de un lado a otro. Conteniendo la arcada biliosa que le quemó la garganta.
Hizo varias inspiraciones para recomponerse y reanudar la marcha, dispuesta a buscar a James y el resto…y en la relativa quietud que propició el haber conseguido apaciguar sus propios nervios, lo escuchó.
El sonido limpio del metal contra la tierra, seguido del crujido de piedrecillas cayendo desde cierta altura.
Todas las alarmas se encendieron, activando su instinto de lucha y huida. Echó mano del fusil que cargaba a la espalda en bandolera, afanada porque el pulso no le temblara.
Cada paso la condujo más cerca del origen del chasquido y la rítmica fricción que la guiaban como un siniestro metrónomo, hasta que el sonido que hacían sus botas sobre el suelo se confundía con aquél.
− Sí que has tardado… − aquel atípico saludo, murmurado con amargura y el graznido ronco de la voz incierta que apenas acaba de acostumbrarse a abandonar la pubertad, la recibió antes siquiera de poder ver bien la cara a quien lo emitía. Mónotona por agotamiento, saturada de extenuación física, parca en palabras, intentaba no malgastar las pocas fuerzas que le quedaban con charla inútil. O quizás era que no acostumbraba a adornar sus frases con pleitesías falsas. Aquel chico se hallaba de espaldas a ella y tampoco se molestó en volverse para identificarla. Era, efectivamente, como si la hubiera estado esperando todo el tiempo (cuanto quiera que eso fuera).
Que fuera enfundado en el mono anodino de la corporación Dharma le proporcionó el patético consuelo de la contextualización temporal.
− Has visto la luz…
La deducción susurrada que escapó de sus labios en cuanto hubo atado cabos hizo que la postura de él se tensara aún más. Una nota desafinada en una sinfonía.
Puede que en el fondo no hubiera creído suficiente garantía de volver a verla que otro inesperado fogonazo prendiera la noche. O que tomara aquel fenómeno como una alucinación fruto de la extenuación.
Sin soltar el mango de la pala a la que se aferraba como un bastón, se giró.
El ceño fruncido en un signo de interrogación la hizo apretar los labios en una delgada línea. Bajó el cañón del arma. Él aprovechó para colocarse las gafas, que había llevado guardadas en el bolsillo del uniforme. Los familiares ojos azules la inspeccionaron con la fría agudeza de un escalpelo, diseccionándola de arriba a abajo, tratando de decidir si era realmente ella.
− No debería extrañarme tanto con las cosas tan…terriblemente fantásticas… que ocurren en la Isla− dijo, de forma casual, casi como si intentara disculpar su lentitud de reflejos y su poco viva sorpresa. − Pero no has cambiado nada. Han pasado diez años de…aquello…y conservas exactamente la misma cara. − alzó una ceja, reevaluando su aspecto, haciendo memoria. − Ni una arruga. Ni una cana. La misma ropa. Las mismas manchas de sangre reseca…
Se acercó. Ella no retrocedió. Sólo tragó saliva, mirando al frente estoicamente. Había pasado por esa confusión antes. Sabía que aunque tratara de racionalizarlo y disimular que tenía la cabeza bien fría sobre los hombros, aquella rareza de la naturaleza debía estarle produciendo un cortocircuito mental.
Alzó una mano llena de tierra hasta casi acariciar la curva de su mejilla, extendiendo y flexionando los dedos a milímetros de la piel, para a continuación dejarla caer muerta a un lado del cuerpo.
− No eres una de nosotros. Tampoco de ellos. Richard…− aguardó una mueca traidora de reconocimiento por su parte. Ella tiró de las riendas del autocontrol. − Richard me ha jurado no conocerte, aunque le conozca desde niño y tampoco le haya visto envejecer con el paso del tiempo.
No dominaba bien las leyes de aquel estrambótico viaje por la cuarta dimensión, pero no le hacía demasiada falta saber mucha física cuántica para ser consciente de que cualquier cosa que hiciera o dijera podía tener repercusiones. Aunque, como les había explicado Faraday, fuera imposible cambiar el futuro si se inmiscuían en el pasado, no estaba dispuesta a tomar más riesgos de los que fueran estrictamente necesarios.
− Sé tanto como tú de estas… circunstancias anómalas… y probablemente acabarás descubriendo su explicación antes que yo.
El joven Ben Linus alzó el mentón, hincando la pala aún más en el sitio cuando siguió el objetivo de su mirada.
− Pues yo creo que sabes más de lo que cuentas…
Juliet desvió la mirada, incapaz de sostener la de Ben, gélida y desconfiada, por más tiempo. Reparó entonces en el montículo de tierra removida que albergaba el claro. Y en el socavón en el que él había estado trabajando antes de interrumpirle.
Un escalofrío la acompañó el trecho hasta que estuvo al borde del hoyo parcialmente cubierto de tierra. La esquina de una caja de madera vulgar y sin pintar asomaba como un guiño macabro. A pocos metros, un ramillete de anturios, rojos y carnosos, como un pecado exótico, bello y pasional, servían de corona fúnebre de una sepultura más pequeña.
− Quién…
De no haber estado tan cerca de ella, hombro con hombro, probablemente no habría podido escuchar la pregunta consternada que rodó de su lengua a cortar la tensión en el aire.
Sabía la historia de Dharma. El crecimiento de un imperio y su estrepitosa caída con la purga que permitió al propio Ben sentar las bases de una civilización distinta. La había escuchado y la había leído en demasiadas crónicas desde el punto de vista de los vencedores. Pero las fechas no cuadraban, las líneas en el rostro de aquel joven Ben eran demasiado livianas, y tampoco reconocía aquel rincón de la selva como el enclave donde Los Otros habían excavado las fosas comunes donde enterraron a los muertos de la corporación tras derrocarlos. Además, estaba segura de que Ben no había sido nunca un hombre dispuesto a honrar al enemigo con ese gesto. El intento de dignificar un improvisado cementerio colocando flores era demasiado íntimo…demasiado personal.
− Podría preguntar lo mismo de ti. Vas y vienes con esa luz misteriosa, me conoces cuando nadie que conozco te conoce a ti. Ocultas información en lugar de mentir… cuando eso sería más fácil para ti. Menos peligroso. − dijo, con más exasperación que amenaza, sin apartar los ojos de las sepulturas.
Decidió ignorarle. Parecía resignado a que las charlas durante sus encontronazos fueran interrogatorios unidireccionales.
− ¿Es tu madre? − preguntó sin duda ni miedo. No tenía nada que perder… y parecía la opción más razonable. Su madre, a la que siempre en sus conversaciones había parecido estar muy unido, y algún hermano… Todas las piezas del puzzle enigmático que era Benjamin Linus empezaban a encajar con cierto orden por fin.
Levantó una pala llena de tierra y la arrojó al hoyo inacabado, cubriendo con brusquedad la obscena esquina de madera en la que había reparado. Con demasiada dureza, quizás. Se preguntaba contra quién iba dirigido el veneno que, en lugar de escupir, tragaba por respeto a quien estaba enterrando. El resentimiento emanaba de oleadas con cada nueva pala que vertía.
Cuando pensaba que sería inútil presionarle y que la ignoraba en todo su derecho, la sorprendió rompiendo el silencio con una angustia rota en las cuerdas vocales.
− No. Era mi todo. Mi amiga. Mi única familia. La madre de mi hija…
El nombre que no había sido pronunciado resonó como un eco reciente, más despreocupado, ingenuo y aniñado, en su cabeza.
− No la dejaron marchar a tiempo. Creían que sus médicos conseguirían salvarlas a las dos. Me convencieron de que lo lograrían… cuando lo único que querían era una cobaya más para experimentar. − la voz vibraba con ira contenida que empezaba a desbordarle desde el vacío entre los pulmones. − Tal y como Jacob me advirtió…
Comprendió que los fantasmas de la inocencia perdida perseguían al hombre que ella había conocido por primera vez años después. El estigma de la cruel brutalidad del destino que no había querido nunca regalarle nada y que le había robado todo como él se lo robaría a ella más adelante.
Entendió el odio. La traición.
La venganza.
La pena que se respiraba en aquel lugar le empañó la mirada, haciendo tanto daño a sus ojos como las motas del polvo que había levantado con la pala al dejarla caer furiosamente.
− Lo siento…
De haber sido otra persona, otro lugar…otro tiempo, quizás, en que hubiera podido decir que conocía a aquella persona realmente, le habría demostrado físicamente su apoyo. Un leve apretón de manos, una sonrisa. Aquella expresión apologética no era gran cosa para reconfortar a alguien que lo había perdido todo de la noche a la mañana, incluyendo la fe en la organización que había jurado protegerle como un padre. Pero la cautela le hacía mantener alta guardia.
Estaba tan cansada de aparentar.
Cogió un puñado de tierra con la mano, perdiendo algunos perdigones al friccionarlos entre los dedos, y lo arrojó a la tumba abierta con una muda oración por la tragedia de aquellas dos almas inocentes que se sumaban (¿encabezaban?) la larga lista que ella había ido elaborando con sangre, sudor y lágrimas de fracaso.
Furiosa, decidió hablar.
− Pero esa es la naturaleza de la Isla que tanto amas y a la que protegerás hasta el fin de tus días, Benjamin. Es recelosa y retorcida. ¿De cuántos meses estaba Annie? ¿Cuántas semanas llevaban sufriendo? − el recuerdo de las pequeñas criaturitas bien formadas, con cinco deditos en sus manos de piel traslúcida, incapaces de respirar, lacias y empapadas en la sangre de sus madres le hizo elevar el tono de voz. − Ellas…podrían haber vivido fuera de aquí., ¡y lo sabes perfectamente! Si las hubieran sacado y llevado lejos… hubieran estado a salvo y podrías estar sosteniendo a tu bebé en brazos. Si tu hija no hubiera sido tu hija, si hubiera sido concebida fuera de la Isla, de haber sido una extraña a esta tierra que está maldita y se ceba con aquéllos que considera suyos… habría tenido posibilidades de nacer aquí. Habría sido como cualquier otro niño de Dharma, como lo fuiste tú. Sana, hermosa. Sea lo que sea, tu Jacob… − escupió el nombre como una blasfemia − no lo hubiera consentido de otro modo, por mucha fe que hayas depositado en él, en su confianza en ti o en su poder para concederte lo que más deseabas.
La miró perplejo, hipnotizado por la visión de sus mejillas encendidas, el dolor honesto en su mirada abatida. Una maraña de culpas y frustración, como él mismo.
− No puedo creerte.
El modo en que enunció la frase, con escepticismo desesperado en lugar de acusarla directamente de mentir, la partió en dos.
− Pero está claro que sabes de lo que hablas… ¿Cómo conoces tantas cosas? ¿Quién. Eres? − repitió, con dureza.
De nuevo, se tragó la respuesta. Él carraspeó y parpadeó unas cuantas veces, intentando despegar las lágrimas que se obstinaban en nublarle la mirada.
− Dijiste que tenía que volver, que volveríamos a encontrarnos y no me he movido, ni pienso hacerlo. Éste es mi hogar. Así que seré yo quien te traiga de vuelta. Acabaré averiguando quién eres, cómo encontrarte…
Casi como si alguna fuerza sobrenatural le hubiera escuchado y hubiera decidido interceder por puro divertimento, el cerrado acento sureño de James llegó a sus oídos, pregonando su nombre hasta que reverberó con la voz propia de la selva.
En la sonrisa rota de aquel muchacho larguirucho y encorvado se encontró cara a cara con el Benjamin Linus al que había odiado fervorosamente.
Oportunamente, la luz y el chirrido de los engranajes del tiempo volvieron a ponerse en marcha, disolviendo aquel instante en una ceguera blanca.
Time can bring you down
Time can bend your knee
Time can break your heart
Have you begging please
Begging please
(Tears in Heaven – Eric Clapton)
One dove
To bring me some peace
In starlight you came from the other side
To offer me mercy
(One dove – Antony and the Johnsons)
